Sexualidad fluida y conflictos de identidad en la adolescencia: una mirada desde el psicoanálisis
Amalia Gómez Cotero, Fernando López-Armenta y José Luis Acosta
RESUMEN
Sexualidad fluida y conflictos de identidad en la adolescencia: una mirada desde el psicoanálisis. En este trabajo se describe el caso de una adolescente de 13 años que experimentaba conflictos relativos a la identidad de género y la orientación sexual. Desde la perspectiva psicoanalítica se exploran las variables biográficas que pudieron haber influido en la aparición de este malestar y se profundiza en la relación entre este tipo de conflictos durante la adolescencia y el auge de identidades que se desmarcan del binarismo heteronormativo. Palabras clave: sexualidad fluida, conflictos de identidad, género, psicoanálisis.
ABSTRACT
Fluid sexuality and identity conflicts in adolescence: a view from psychoanalysis. This paper describes the case of a 13-year-old adolescent girl who experienced conflicts related to gender identity and sexual orientation. From a psychoanalytic perspective, we explore the biographical variables that may have influenced the appearance of this discomfort; we examine the relationship between this type of conflict during adolescence and the rise of identities that break away from the heteronormative binarism. Keywords: fluid sexuality, identity conflicts, gender, psychoanalysis.
RESUM
Sexualitat fluida i conflictes d’identitat a l’adolescència: una mirada des de la psicoanàlisi. En aquest treball, es descriu el cas d’una adolescent de 13 anys que experimentava conflictes relatius a la identitat de gènere i l’orientació sexual. Des de la perspectiva psicoanalítica, s’exploren les variables biogràfiques que podrien haver influït en l’aparició d’aquest malestar i s’aprofundeix en la relació entre aquest tipus de conflicte durant l’adolescència i l’auge d’identitats que es desmarquen del binarisme heteronormatiu. Paraules clau: sexualitat fluida, conflictes d’identitat, gènere, psicoanàlisi.
Introducción
La adolescencia ha sido ampliamente descrita desde diversas disciplinas académicas como una etapa decisiva en el desarrollo ulterior de los individuos. Los fenómenos biopsicosociales que comienzan en este periodo de crecimiento tienen un impacto que va más allá del fin de la adolescencia en si misma, lo cual hace que esta transición entre la infancia y la edad adulta sea un proceso especialmente complejo (Lavielle, Jiménez, Vázquez, Aguirre, Castillo y Vega, 2014).
Si bien la sexualidad es una parte inherente a la existencia de nuestra especie, es cierto también que esta área de la vida se manifiesta y se vive de forma distinta en dependencia del momento vital en el que se encuentran los individuos (Calero, Rodríguez y Trumbull, 2017).
El desarrollo sexual del adolescente se encuentra, además, bajo la influencia de otras variables intrapersonales características de esta etapa, como el desarrollo de la personalidad y el establecimiento de un sistema de valores morales, por mencionar algunas.
A todos estos factores, se tendrá que agregar también el hecho de que los adolescentes son especialmente sensibles a la retroalimentación que reciben de su entorno social, razón por la cual el despertar del deseo sexual, las primeras experiencias eróticas, la identidad, la orientación y las preferencias sexuales estarán reguladas también por la influencia del contexto y otros inputs sociales como los medios de comunicación y las plataformas digitales (Vega, Robledo, García e Izquierdo, 2012; Eleuteri, Saladino y Verrastro, 2017; Korkmazer, De Ridder y Van Bauwel, 2020).
Nuevas conceptualizaciones sobre la orientación sexual
Dentro del amplio espectro de manifestaciones que abarca el desarrollo sexual, en este trabajo nos centraremos en el análisis de algunas expresiones de la orientación sexual y su correlación con la aparición de conflictos de identidad de género que pueden aparecer durante la adolescencia.
El modelo categórico que se ha utilizado tradicionalmente para explicar las diferencias en la orientación sexual de los individuos ha dividido al grueso de la población en dos grupos (heterosexuales y homosexuales), que se caracterizan fundamentalmente por dos tipos de atracción sexual (hacia personas del sexo opuesto vs personas del mismo sexo). A pesar de que este modelo se ha flexibilizado para incluir un tercer tipo de personas (bisexuales; que sienten atracción hacia personas del mismo sexo y hacia personas del sexo opuesto), las suposiciones centrales referentes a la naturaleza categórica y estática de la orientación sexual siguen asumiéndose como un modelo hegemónico (Diamond, 2016).
En un reporte de 2011 publicado por el Institute of Medicine, se propuso que la orientación sexual es un fenómeno mucho más complejo que trasciende las concepciones categóricas binarias o dicotómicas. En esta misma publicación, se hizo una aproximación conceptual en la que se abordó la orientación sexual como una dimensión dinámica en la que se experimenta atracción sexual y/o romántica que puede (o no) materializarse en encuentros o relaciones con personas del mismo sexo, sexo distinto o ambos sexos.
La sexualidad fluida
Este modelo para abordar la conceptualización de la orientación sexual permite integrar las experiencias de muchas personas que reportan cambios inesperados (a veces permanentes y a veces transitorios) en la atracción hacia los demás. Estos cambios se asocian a cuestionamientos sobre la identidad individual y a cambios en la conducta sexual. La capacidad para experimentar este tipo de fluctuaciones en la atracción, la identidad y el comportamiento se conoce como sexualidad fluida (Diamond, 2008; 2013).
La existencia de este concepto no implica que todos los individuos sean bisexuales o que la orientación sexual no exista; la sexualidad fluida, más bien, propone que la concepción tradicional de la orientación sexual (modelo categórico binario) no logra explicar la totalidad de las variaciones en la atracción sexual que algunas (cada vez más) personas experimentan a lo largo de la vida, en las que se observa un claro alejamiento de las conceptualizaciones dicotómicas del género y la sexualidad (por ejemplo, hombre-mujer, homosexual-heterosexual, masculino-femenino, etc. [Butler, 2009]).
El estudio de la sexualidad fluida ha cobrado relevancia en la última década debido a que esta teoría alcanza a explicar también los cambios en la identidad y la conducta que acompañan a las fluctuaciones en la atracción sexual. Se ha observado que cada vez más individuos que han tenido experiencias sexuales con personas del mismo género no se identifican con ningunas de las categorías tradicionalmente establecidas (heterosexual, gay, lesbiana, bisexual). Se ha reportado que estos patrones de atracción no exclusivos abren la puerta a una amplia gama de opciones de comportamiento e identidad que los sujetos logran adaptar a sus circunstancias específicas (Copen, Chandra y Febo-Vazquez, 2016; McCabe, Brewster y Tillman, 2011; Suarez-Errekalde, Cabrera y Prieto, 2019).
Para la psicología clínica, específicamente en el trabajo con adolescentes, estas nuevas conceptualizaciones sobre la sexualidad y el género tienen una relevancia trascendental, ya que si bien esta etapa se caracteriza por la aparición de fluctuaciones en la identidad y los patrones de comportamiento, para los adolescentes puede resultar confuso, conflictivo e incluso traumático cuando estas experiencias internas, hasta entonces desconocidas, se ven confrontadas con los modelos tradicionales y estándares sociales rígidos en torno a la sexualidad de los individuos (Cruzat y Carrasco, 2020; Ravetllat, 2018).
La convergencia con la teoría psicoanalítica
El psicoanálisis continúa siendo, hasta ahora, uno de los cuerpos teóricos por excelencia para el estudio de la subjetividad de los individuos. Desde sus orígenes a principios del siglo XX, esta teoría logró proporcionar a otras disciplinas académicas un marco descriptivo en el que se señalaban los efectos nocivos de los ordenamientos sociales y abrió la puerta hacia la posibilidad de deconstruir estas prácticas colectivas. A pesar de las críticas en torno a él, el psicoanálisis es hoy el abordaje teórico que ha logrado profundizar con mayor riqueza en el entendimiento de la vida psíquica y las relaciones intersubjetivas. Por esta razón, desde hace ya varias décadas, ha establecido un diálogo con las teorías del género del que se han obtenido hallazgos esclarecedores (Meler, 2020).
Como elemento destacable de este diálogo interdisciplinario, se puede mencionar el ensayo titulado La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna (Freud, 1908), un texto en el que ya se sugería que el género y las múltiples manifestaciones de la sexualidad son elementos del psiquismo que no son innatos en nuestra especie, sino que responden a determinantes sociales, culturales y políticos que actúan como elementos que condicionan la construcción de la subjetividad. A Freud (1905) también le corresponde el mérito de haber teorizado sobre el polimorfismo, que consideró característico de la etapa más primitiva del desarrollo psicosexual. Lo definió como un estado en el que la energía libidinal no se ha dirigido hacia un objeto de deseo específico y que en etapas posteriores terminará siendo moldeada por las experiencias de cada individuo.
Para entender este complejo proceso será necesario analizar el momento del desarrollo en el que se establecen las identificaciones primarias, una etapa temprana en la que el bebé establece una relación simbiótica con el objeto primario y en la que todavía no se percibe la diferenciación entre los sexos (Klein, 1926). En este primer estadio se comienzan a formar simbolizaciones inconscientes primitivas que surgen del narcicismo primario y la omnipotencia infantil; se trata de un estado autoerótico en el que Freud (1905) describió la presencia de un periodo de bisexualidad originaria.
Enseguida viene la fase de las identificaciones secundarias, marcada por la diferenciación de los sexos y la asimilación de los roles que le corresponden a cada uno. López (2003) señaló también la importancia que el contexto histórico-social puede ejercer en la construcción de la subjetividad, ya que las identificaciones (sanas o conflictivas) que se establezcan en este periodo cobrarán relevancia en etapas posteriores del desarrollo.
Desde la perspectiva psicodinámica, la adolescencia es considerada como un periodo crítico en el que se manifiestan dimensiones reprimidas de la infancia, que están relacionadas con la historia del sujeto, la familia y el contexto en el que se ha desarrollado (Douville, 2000). Siguiendo esta misma línea, López (2003) menciona que en esta transición hacia la vida adulta se consolidan las identificaciones producto de las imágenes o imagos parentales introyectados previamente durante las etapas más tempranas del desarrollo psicosexual.
En este trabajo se abordará, desde el psicoanálisis, el caso clínico de una adolescente de 13 años en el que se pudieron observar conflictos de identidad relacionados simultáneamente con los roles de género y la orientación sexual. En la descripción de esta intervención se analizan las variables psicodinámicas que, en combinación con factores contextuales, pudieron haber influido en la aparición de malestares emocionales. Se enfatiza la importancia de las identificaciones durante esta etapa del desarrollo en la que se experimenta el despertar sexual y se configura la estructura de la personalidad adulta.
Descripción del caso clínico
Ariana era una chica de 13 años que fue atendida en consulta privada en la Ciudad de México. En el motivo de consulta se refirieron conflictos relacionados con su identidad y orientación sexual, que le provocaban un malestar clínicamente significativo, sumado a tensiones frecuentes con su familia. Después de una valoración inicial exhaustiva, se logró descartar la presencia de disforia de género, ya que los malestares reportados no cumplían con los criterios establecidos en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (American Psychiatric Association, 2014).
Los objetivos terapéuticos que se plantearon al inicio de la intervención estuvieron enfocados al acompañamiento de Ariana en la búsqueda y reafirmación de su identidad, brindar contención emocional durante la etapa de incertidumbre que estaba experimentando y trabajar con la familia para implementar pautas de convivencia que fomentaran una atmósfera de apertura, aceptación y tolerancia mutua para disminuir los conflictos en casa. Se trabajó en sesiones de psicoterapia individual con enfoque psicodinámico, una vez por semana y con una duración aproximada de 60 minutos. En varias ocasiones, durante el proceso terapéutico se realizaron también sesiones de forma conjunta con la familia.
Desde el inicio de la intervención, Ariana se definió a sí misma como “amorfa”; usaba cabello corto y le gustaba usar ropa que tradicionalmente se asocia al género masculino. En relación con su imagen corporal, Ariana refirió sentir rechazo por sus senos y caderas (partes del cuerpo asociadas a la feminidad), que trataba de ocultar vistiendo camisetas largas y holgadas, razón por la cual otras personas frecuentemente le confundían con un chico.
En oposición a este rechazo de los estándares estéticos asociados a la feminidad, Ariana era una gran apasionada de la danza clásica y practicaba esta disciplina artística de forma constante en una academia privada. En este contexto específico, Ariana disfrutaba de maquillarse y usar la ropa ajustada requerida para practicar esta actividad, cosa que le agradaba particularmente porque, a decir de ella, estas prendas eran tan ajustadas que casi no se le notaba el busto. Fuera de este contexto excepcional, Ariana se sentía identificada con la cultura surcoreana y con su forma de vestir trataba de emular el estilo estético de los chicos surcoreanos pertenecientes a algunas boybands de K-Pop; de hecho, uno de sus mayores sueños era mudarse a Seúl para estudiar ahí durante una temporada.
A pesar de que Ariana, en general, expresaba abiertamente su rechazo hacia los estándares sociales y estéticos asociados a la feminidad, nunca mostró interés en poseer un cuerpo de chico ni comportarse completamente en un rol tradicionalmente masculino.
Ariana mencionó también sentirse confundida por la atracción que sentía tanto por chicos como por chicas; a pesar de que había tenido algunas relaciones sentimentales con chicas, reconocía que los chicos no le eran indiferentes. Aparentemente, esta era la razón por la que se autodenominaba como “amorfa”, ya que en ese momento no se identificaba con ninguna de las categorías en las que tradicionalmente se clasifica la orientación sexual (heterosexual, homosexual o bisexual). Según las descripciones de sus relaciones de pareja anteriores, Ariana se sentía atraída hacia las chicas mayores que ella, estéticamente femeninas y con personalidades dominantes. Con todas ellas, repetía un patrón de vinculación en el que aparentemente ella se colocaba en una posición de dependencia desde la que demandaba cuidados y protección por parte de sus parejas.
Ariana nació cuando su madre tenía 17 años y nunca conoció a su padre biológico. Debido a las dificultades que esto representó en su momento, la madre de Ariana solía trabajar largas jornadas para poder mantener a su hija, por lo que no pasaban mucho tiempo juntas. Ariana fue criada principalmente por su abuela materna. Los conflictos familiares que fueron reportados parecían estar relacionados con algunas actitudes de Ariana: se negaba a ayudar con las tareas domésticas y frecuentemente se mostraba desafiante con su madre. La relación con la abuela parecía ser más cordial y relajada; esta última nunca se había mostrado escandalizada por las actitudes y comportamientos de Ariana, ya que consideraba que estas situaciones eran parte natural de la etapa de desarrollo en la que se encontraba y confiaba en que eventualmente se le pasaría.
Analizando el caso de Ariana, se puede observar que los conflictos de identidad que se reportaron son consistentes con las descripciones que Gutton (1993) elaboró sobre la etapa puberal. Según este autor, el inicio de la adolescencia estaría marcado, entre otras cosas, por una inherente crisis identitaria a través de la cual el individuo busca separarse de las figuras de apego primarias para autorreafirmarse y, eventualmente, solidificar una identidad diferenciada. Siguiendo este mismo planteamiento, durante la pubertad la energía libidinal aún no se ha dirigido hacia un único objeto de deseo, sino que puede fluctuar de forma no exclusiva en función de las nuevas experiencias y la historia de cada sujeto.
En cuanto a los conflictos con la imagen corporal, Gil (2001) describió cómo durante la adolescencia el cuerpo se vuelve extraño y surgen temores inconscientes ante la experiencia de habitar uno que hasta entonces se desconocía. En el caso de Ariana, con el desarrollo de los caracteres sexuales secundarios (crecimiento de los senos, ensanchamiento de caderas, etc.), aparecieron temores y sentimientos de angustia que aparentemente intentó neutralizar a través de la negación. La evidencia de este mecanismo defensivo se pudo observar en la insistencia de Ariana para cubrir las partes de su cuerpo que le provocaban conflicto. Mediante el uso de ropa holgada, intentaba recuperar el control sobre el cuerpo, que parecía ajeno ante su mirada todavía infantil.
La disociación también puede ser desplegada ante situaciones que amenazan la identidad como otro mecanismo defensivo para escindir del Yo aquellos elementos de la realidad que resultan perturbadores para el sujeto. Según López (2003), este recurso puede estar operando a nivel inconsciente para afrontar los duelos que tienen lugar durante la adolescencia. En este caso, la estrategia defensiva basada en la disociación y negación de los caracteres sexuales secundarios respondería a un intento inconsciente de preservar el cuerpo infantil que hasta entonces se tenía y, de esta forma, conservar también la posición de dependencia de la que gozaba Ariana dentro de la dinámica familiar.
Este tipo de mecanismos, de igual forma, se pueden vincular con regresiones a etapas primitivas del desarrollo en las que el sujeto no es consciente de la diferenciación de los sexos y, por lo tanto, tampoco se han interiorizado las normativas sociales que hegemónicamente le corresponderían a cada uno (género). Se ha propuesto que en etapas preedípicas del desarrollo existe un proceso de duelo que es inherente a la construcción normalizada del género (Meler, 2020). Este duelo de tipo narcisista ocurre ante la pérdida de la omnipotencia infantil y por la aspiración a la totalidad, que se caracteriza por un deseo inconsciente de poseer ambos sexos. Irene Fast (1984) denominó esta etapa como “periodo sobreinclusivo” y sugirió que la ansiedad de castración durante esta época específica del desarrollo estaría relacionada con el temor de perder el sexo que no se tiene.
Es en este punto en el que las determinantes sociales cobran protagonismo como elementos moldeadores de la subjetividad. En el caso particular de Ariana, se pudo apreciar cómo gran parte de los conflictos que presentaba en relación a su identidad como sujeto sexuado en realidad correspondían a conflictos con la feminidad como constructo social. El intento de escapar de un cuerpo de mujer representaba, de hecho, un intento de escapar del rol femenino (asignado socialmente) que parecía estar destinada a adquirir a partir de ese momento.
La relación entre los conflictos de identidad sexual y los de identidad de género no es un tema nuevo en la clínica psicoanalítica. Desde esta teoría se ha señalado cómo las estructuras sociales juegan un papel decisivo en la reproducción de sistemas relacionales en los que se oprime a las mujeres y se menosprecian los elementos asociados a la feminidad (Flax, 1995). Para reafirmar esta idea, podemos incluir textualmente a López (2003), que afirma que “el rechazo de lo femenino está simbolizado en numerosos ritos de paso en donde queda una marca en el cuerpo del niño que se transforma en hombre, abandonado el mundo de la madre; mientras que, en la niña, la menstruación actúa en lo simbólico como garantía al sexo femenino”. García Siso (2003) menciona que los trastornos de la identidad de género se dan en mayor proporción en niños que en niñas, en una relación de 6 a 1. En su hipótesis para explicar esta prevalencia, el autor señala que en nuestra cultura las niñas son más toleradas cuando muestran comportamientos que se asocian a la masculinidad, mientras que los niños que muestran comportamientos tradicionalmente femeninos suelen ser fuente de inquietud y preocupación. En este caso, se pudo observar que los conflictos en el entorno familiar estaban directamente relacionados con el rechazo que Ariana mostraba para involucrarse en actividades que históricamente se han asignado a las chicas (labores domésticas, cuidar de otros, etc.) y con la demanda que ella hacía para acceder a privilegios que socialmente se tienen reservados para los chicos (viajar sola, estudiar en el extranjero, desarrollarse profesionalmente).
En el caso específico de Ariana, se podría rastrear el origen del conflicto con la feminidad tradicional a través del análisis de las vicisitudes que surgen en etapas preedípicas y edípicas en relación con el establecimiento del objeto de deseo sexual y la identificación con las figuras de apego primario. De acuerdo con Freud (1920), un posible origen de este tipo de conflictos en las mujeres podría estar relacionado con experiencias tempranas de deprivación materna que provocarían una fuerte fijación con esta figura. Otros autores coinciden con Freud en este punto al plantear que algunos casos específicos de homosexualidad femenina podrían estar relacionados con vivencias frustrantes en la primera infancia en las que no se consiguió construir un vínculo seguro y confortador con la figura materna (Gómez y Enciso, 1989; Phillips, 2001).
Siguiendo en esta misma línea, se ha planteado que esta deprivación del vínculo materno en etapas preedípicas podría producir fijaciones narcisistas en las que el sujeto dirige la energía libidinal hacia sí mismo como un mecanismo defensivo ante la falta de una figura de apego. En etapas posteriores del desarrollo, esta erotización del Yo podría ser expresada a través de la búsqueda de parejas del mismo sexo a través de las cuales se busca la identificación femenina que no se tuvo con la figura materna (Ajuriaguerra, 1975; Freud, 1920).
Los planteamientos teóricos descritos anteriormente pueden verse reflejados en el caso de Ariana, que desde muy pequeña estuvo al cuidado de su abuela y no tuvo una relación cercana con su madre. La compensación de esta ausencia materna se pudo observar en la atracción de Ariana hacia chicas mayores que ella, a las que demandaba protección y cuidados al colocarse en una posición de dependencia. A través de este mecanismo, Ariana recreaba la relación madre-hija de la que fue privada en su infancia y, al mismo tiempo, alimentaba sus fantasías narcisistas en las que ella misma era su objeto de deseo (desplazando la energía libidinal hacia alguien similar a ella).
La ausencia simultánea de la figura paterna en el caso de Ariana resulta igualmente interesante para entender los conflictos de identidad que presentaba. Beltrán y Muñoz (2009) proponen que algunas chicas que han tenido relaciones conflictivas con sus padres podrían identificarse con la figura paterna en un intento de oponerse a la dominación masculina. Este mecanismo estaría marcado por la identificación de estas chicas con la figura agresora en etapas edípicas con el fin de acceder al mismo estatus que ostenta la figura paterna y evadir así la hostilidad y el abandono del que ellas fueron objeto.
En diferentes ocasiones, Ariana mencionó explícitamente el “odio” que sentía por su padre. Ella argumentaba que él la había abandonado y nunca se había preocupado por ella. Se puede interpretar que, en la identificación con la figura paterna ausente, Ariana supera el complejo de Edipo al establecer una relación no sexualizada con el padre y, al mismo tiempo, organiza una estrategia defensiva que la protege de ser abandonada nuevamente al instalarse ella en el rol del abandonador. Esta identificación explicaría, por un lado, la atracción hacia otras chicas como objetos de deseo y también los conflictos de identidad; a través de esta elaboración, Ariana rechaza la feminidad tradicional al considerarla como un rol social en desventaja y en el que ella queda vulnerable al abandono.
Después de varias semanas de tratamiento, por motivación propia, Ariana comenzó a usar maquillaje, se tiñó el cabello, usaba pendientes y comenzó a mostrar algunos cambios en el tipo de ropa que vestía. En una de las sesiones, Ariana se enteró de que su terapeuta había estudiado varios años en el extranjero, lo cual para ella pareció ser revelador, ya que asociaba que en su rol de mujer no era posible tener acceso a este tipo de oportunidades. Como se mencionó antes, uno de los sueños de Ariana era estudiar en Corea del Sur, pero su madre y su abuela frecuentemente le mencionaban que las chicas no podían viajar solas y que era una meta que no iba a lograr. En este punto, la terapeuta se encargó de flexibilizar estas creencias poniéndose ella misma como ejemplo de que los objetivos que Ariana tenía podían ser posibles. El rol confortador y motivador de la terapeuta hizo posible que la menor superara la creencia de que las mujeres no pueden desarrollarse académica y profesionalmente. Durante varias sesiones, se trabajó en reforzar la autoestima de Ariana y empoderarla para desarrollar hábitos que le permitieran lograr sus metas.
Los resultados fecundos de este trabajo llegaron un par de meses después cuando Ariana fue aceptada en una de las academias de arte más prestigiosas del país, resultado que obtuvo después de mucha preparación para superar las distintas pruebas que tuvo que realizar como parte del exhaustivo proceso de admisión. De un momento a otro, se mostró impaciente por tener el cabello largo para poder usar los accesorios de ballet que tanto le gustaban, comenzó a cuidar más su alimentación y estableció una rutina muy saludable de cuidados personales y ejercicio.
El tema de la orientación sexual fue manejado con naturalidad por parte de la terapeuta. Durante las sesiones, se trabajó bajo la consigna de que su atracción hacia chicas y chicos era un aspecto normal de su desarrollo; se hizo mucho énfasis en hacerle ver a Ariana que, en esta etapa, experimentaría muchos cambios y que, independientemente del desenlace, lo que importaba era que pudiera construir una identidad con la que se sintiera cómoda. Este mismo punto se trabajó también con la familia. Tanto su madre como su abuela flexibilizaron sus concepciones sobre el género y la orientación sexual. Ariana reportaba en las sesiones que sentía más apoyo y aceptación por parte de su familia y esto se vio reflejado en una disminución significativa de los conflictos en casa.
Después de casi un año de acompañamiento, se han venido observando progresos notorios en los conflictos de identidad que se reportaron al inicio. Ariana afirma que siente atracción tanto por chicas como por chicos, pero que no se identifica como bisexual. Ella sigue considerando que “amorfa” es una representación más cercana a lo que ella experimenta. La diferencia es que, después de casi un año de terapia, ahora Ariana vive ese “amorfismo” sin conflictos. Reporta que no puede encontrar una etiqueta que describa exactamente lo que siente tanto por chicas como por chicos, pero entiende ahora que el desarrollo sexual es un fenómeno complejo y que no todo necesita ser etiquetado. Ariana sabe que esta atracción no exclusiva puede o no ser transitoria pero ya no se muestra preocupada ni angustiada por este tema. Ella se percibe aceptada por su familia y se muestra optimista ante cualquiera que sea el eventual desenlace.
Conclusiones
Dentro del proceso psicoterapéutico de Ariana, la transferencia hacia la terapeuta tuvo un papel central debido a la relación conflictiva que había tenido con su madre y por los vínculos ambivalentes que había establecido con figuras femeninas. Uno de los puntos centrales de la estrategia terapéutica se centraba en recrear simbólicamente la relación madre-hija a la que ella no tuvo acceso y convertir a la figura de la terapeuta en un modelo positivo de referencia con el que Ariana lograra identificarse, para así tratar de conciliar algunos aspectos de la feminidad con los que tenía conflicto.
La relación que logró establecer con la terapeuta le permitió acceder a un modelo femenino empoderado e independiente con el que logró identificarse y sanar la relación distante que tenía con su madre. La idealización de la figura masculina se ha debilitado en la medida en que Ariana ha deconstruido y resignificado algunos elementos del sistema de género binario todavía muy arraigado en nuestra cultura.
El caso de Ariana representa también una oportunidad para reflexionar sobre la aparición de nuevos paradigmas en torno a las expresiones humanas de la sexualidad. Durante la práctica clínica, cada vez se observan más casos en los que se hace evidente la urgencia de revisar los marcos conceptuales que se siguen utilizando para reintegrar a aquellos que se escapan de la normalidad estadística.
En este trabajo se ha puesto de manifiesto cómo la perspectiva de los estudios de género puede aportar elementos significativos para favorecer una revisión crítica de la psicopatología psicoanalítica que enriquezca nuestra disciplina y nos dote de mejores herramientas para desempeñar nuestra labor profesional en un contexto que se renueva constantemente. Esta tarea autocrítica se antoja necesaria no solo para el psicoanálisis, sino para el resto de los colectivos que integran la diversa comunidad de especialistas en salud mental.
En referencia a los conflictos de identidad y la orientación sexual expuestos en este caso, es necesario señalar que gran parte del malestar expresado por la adolescente provenía de la persecución estructural a la que se enfrentan los individuos que configuran estructuras no hegemónicas de la identidad y del deseo erótico. Historias como la de Ariana demuestran que las excepciones por sí mismas no tendrían que ser automáticamente patologizadas, al mismo tiempo que se observa cómo la discriminación sistemática puede lacerar la estima de quienes, por razones biográficas, han construido subjetividades que no se adaptan a los estándares binarios heteronormativos.
Las identidades emergentes que se desmarcan de las categorías tradicionales de la orientación sexual y del binarismo que ha regulado los sistemas de género se hacen cada vez más visibles, especialmente entre las generaciones más jóvenes. El auge de esta diversidad de identidades parece avanzar a un ritmo apacible pero ininterrumpido y seguramente será solo cuestión de tiempo antes de que estos colectivos, desde su unicidad, comiencen a reclamar los espacios de los que hasta ahora han sido excluidos. Por el momento, se trata de una lucha silenciosa cuyo campo de batalla se sitúa en el psiquismo del individuo disidente.
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