El doble desafío de la adolescencia migrante

Beatriz Rodríguez Fernández y Eva Gil Rodríguez

RESUMEN

El doble desafío de la adolescencia migrante. Las adolescencias migrantes se encuentran ante el doble desafío de elaboración de cuestiones propias de su desarrollo junto a las relacionadas con el proceso migratorio parti­cular o de su entorno adulto. En el presente artículo se reflexiona sobre la conceptualización de la adolescencia migrante, los procesos migratorios y los duelos asociados a partir de relatos en primera persona, superando el adultocentrismo y etnocentrismo para la buena praxis profesional. Palabras clave: adolescencia, migración, duelo migratorio, acompañamiento.

ABSTRACT

The double challenge of migrant adolescence. Adolescent migrants are faced with the double challenge of dealing with issues of their own development together with those related to the particular migratory process or to their adult environment. This article reflects on the conceptualization of migrant adolescence, the migratory processes and the associated mourning based on first-person accounts, overcoming adultcentrism and ethno­centrism for good professional praxis. Key words: adolescence, migration, migratory mourning, accompaniment.

RESUM

El doble repte de l’adolescència emigrant. Les adolescències emigrants es troben davant del doble desa­fiament d’elaboració de qüestions pròpies del seu desenvolupament juntament amb les relacionades amb el procés migratori particular o del seu entorn adult. En aquest article, es reflexiona sobre la conceptualització de l’adolescència emigrant, els processos migratoris i els dols associats a partir de relats en primera persona, supe­rant l’adultcentrisme i l’etnocentrisme per a la bona praxi professional. Paraules clau: adolescència, migració, dol migratori, acompanyament.

Una mirada hacia las migraciones

A pesar de que vamos a hablar de las ado­lescencias actuales, comenzamos con un tema mítico del extinto grupo Mano Negra, que se titula El Señor Matanza (1994). La letra dice: “Él decide lo que va, dice lo que no será, decide quién la paga, dice quién sufrirá. Esa y esa tie­rra y ese bar son propiedad del Señor Matan­za”. Esa es la realidad en la que viven niños, niñas y adolescentes (en adelante NNA) de distintos países, realidad que obliga a sus fami­lias a huir en busca de vida. Una situación mu­cho más frecuente de lo que puede parecer es que el motivo de migración subyacente al de buscar una vida mejor sea alejar a los hijos de situaciones de extrema violencia y así intentar preservar una posibilidad de futuro para ellos y ellas.

Pero ¿cómo se le explica a un hijo que se abandona el país para que “no se lo lleven”? Es muy habitual que los adolescentes, pero tam­bién los niños, vivan el proceso migratorio con un gran enfado hacia su familia por no enten­der lo que está pasando y no poder soportar la frustración que supone el hecho de alejarse de todo aquello que conocen: amigos, escuela, ca­lles, olores. Según los datos de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM, 2019), el 14,6 % de las personas migrantes son NNA, re­presentando un 1,6 % del total de los niños del mundo. De estos, el grupo etario más numero­so está entre los 15 y los 19 años, es decir, en la adolescencia. Sin embargo, si buscamos datos sobre los factores que empujan a la migración, nos encontramos con que el 65 % están mo­tivados por la búsqueda de un empleo, según recoge el Parlamento Europeo (2020).

Ante esto, nos preguntamos; ¿están recogi­dos los factores que afectan a NNA en estos datos? ¿Tenemos en cuenta a las personas, en su globalidad, al realizar estos estudios o nos quedamos solo en la superficie?

Según Goździak (2021), los primeros movi­mientos de seres humanos sucedieron hace entre 80.000 y 60.000 años. Moverse, buscar otros lugares, caminar, es algo intrínseco al ser humano. Es, además, un proceso colectivo: aun­que la decisión última proviene de lo individual, los motivos suelen tener un componente común, ya sea la búsqueda de una vida mejor que la que nos ofrece nuestro lugar de origen, la violencia, el cambio climático o un proceso adoptivo.

Nos gusta pensar en las migraciones como un proceso de ida y vuelta. Si, como decíamos, hace 80.000 años los primeros migrantes llega­ron a Asia procedentes de África, durante los inicios del siglo XX toda América recibía barcos llenos de europeos que buscaban un lugar más seguro o un trabajo con el que poder mantener­se y mantener a sus familias. Pero migrar tam­bién es lo que sucedió entre los siglos XVI y XIX, cuando millones de personas africanas fueron llevadas a América para ser esclavizadas. Esta, como otro tipo de migraciones, se producen de manera forzada, aunque, en el caso de la escla­vitud o la trata de seres humanos, la violencia ejercida sea extrema. Cuando se reivindica el derecho a migrar también se debe hacer lo pro­pio con el derecho a no migrar, con el derecho a poder tener una vida digna en el lugar de proce­dencia. En los medios y en el debate público, se hacen referencias continuas al efecto llamada, mencionando la atracción de los flujos migrato­rios hacia determinados países por las potencia­lidades de vida que presenta ese destino frente a otros. En cambio, se obvia lo verdaderamente fundamental en la dinámica estructural de la mi­gración: el efecto expulsión (los efectos) desde los países de origen, es decir, aquellos motivos por los que es muy dificultoso o inviable desa­rrollarse con garantías y seguridad. La vivencia subjetiva de expulsión o de sentirse expulsado del país de origen suele estar presente, en gran medida, sobre las personas que migran; espe­cialmente, aquellas que lo hacen en búsqueda de protección.

Como todo lo que atañe a los seres humanos, la migración es compleja, heterogénea y diver­sa. Para comprenderla, necesitamos ir más allá de lo puramente demográfico. Los éxodos ma­sivos por conflictos, los riesgos en el cruce de fronteras o el grado de integración/asimilación de la cultura, son los tópicos principales sobre los que gira el discurso social y político en torno a la migración. Si aplicamos la clásica metáfora del iceberg, estas ideas serían la superficie, lo visible. Bajo el agua, el grueso del fenómeno, lo no-visible o invisibilizado, esto es: las relaciones familiares transnacionales, los desplazamientos internos, el etnocentrismo en las políticas, la xe­nofobia, el retorno al país de origen y un largo etcétera, entre el que se encuentra la infancia y adolescencia migrante. Como ciudadanas y profesionales, debemos bucear, adentrarnos a lo invisible y hacerlo visible. Lo que no se ve, no puede pensarse. Si no es de este modo, di­ficultosamente podríamos conocer las conse­cuencias psicosociales que atraviesan a quienes migran.

Un aspecto clave es diferenciar también entre proceso migratorio y viaje migratorio. El proce­so migratorio se relaciona con lo psicosocial en juego; es decir, con todo lo que supone empren­der un nuevo proyecto de vida, que iría desde los primeros momentos en los que se plantea la salida del país de origen, la toma de decisión, el viaje, la llegada a destino o destinos, desarrollar­se en ese nuevo entorno, los duelos, los afectos, etc. (Melero y Díe, 2010). El viaje migratorio, en cambio, es el desplazamiento en sí; una parte de ese proceso y que, con más o menos facilidad, podremos determinar su final. A pesar de ello, es muy habitual que durante años las personas que están inmersas en un proceso migratorio se muevan a distintos lugares; es decir, realicen di­ferentes viajes migratorios, a veces a ciudades, a veces a países, ya que el objetivo no siempre se consigue en el primer lugar de destino, o las expectativas se diluyen. A eso hace referencia el término transmigrante.

Al respecto del proceso migratorio, podríamos entenderlo como una carrera de fondo o, inclu­so, una carrera sin meta; abocando a un estado de tránsito continuo y cuyo impacto sobrepasa a la persona; afectando a lo social e, incluso, a las generaciones sucesivas, que heredan el pro­ceso migratorio. Esa herencia o legado invisible constituye en muchas ocasiones las marcas in­tergeneracionales del trauma migratorio.

¿Qué entendemos por adolescencia migrante?

Primeramente, debemos detenernos en qué entendemos por adolescencia migrante, porque a partir de esta idea podemos analizar cómo los vemos, cómo los pensamos y cómo nos relacio­namos con esta en nuestro papel como ciuda­danas y/o profesionales.

Los fenómenos migratorios de la infancia y la adolescencia están impregnados por el adul­tocentrismo. Se ata su experiencia a la de las adultas. Como muestra, los mediáticos términos menores no acompañados, menores separados o segunda generación, que conforman el grueso del imaginario social sobre lo infanto-juvenil. A partir de estas nomenclaturas, los NNA se ca­tegorizan y definen por: la presencia/ausencia de una persona adulta cuidadora y, en caso de contar con ella, por su grado de relación con el país de destino; minusvalorando la interacción infanto-juvenil con el entorno, su historia psico­social y procesos particulares.

El impacto de cualquier manifestación adulto­centrista es destacado en lo particular de las re­laciones, como en las dinámicas familiares y, en lo general, de las políticas sociales, educativas y sanitarias, como de la producción científica (Abaunza, 2021). La invisibilización de este co­lectivo los coloca en una postura de mayor vul­nerabilidad y vulnerabilización, fruto de la negli­gencia social por no ser vistos ni reconocidos.

El lugar de nacimiento, el desplazamiento geográfico o la nacionalidad no son variables suficientes para entender quiénes componen la categoría social de infancia-adolescencia mi­grante (Pávez, 2017). La sociedad “lee” como migrantes también a aquellos que son hijos de migrantes, aunque ellos mismos hayan nacido en el país de destino de sus padres y no hayan vivenciado un viaje migratorio. Y estos son leí­dos como migrantes, especialmente, cuando se encuentran en condiciones socioeconómicas vulnerables, proceden de países empobrecidos, están racializados o cuentan como documen­to para identificarse, un pasaporte o un NIE. Por todo ello, comprobamos que el recono­cimiento como migrantes es mucho más una cuestión de clase y estatus que una cuestión demográfica. En definitiva: de contar o no con una serie de privilegios valorados desde el país de destino.

Como resumen, Ceriani, García y Gómez (2014) entienden por adolescencia migrante a todas aquellas personas cuyas experiencias vi­tales y derechos se ven directamente afectados por el hecho migratorio y las políticas que las regulan, a la vez que sufren la crisis evolutiva propia de esta edad.

La doble crisis: desafío adolescente y desafío migrante

Por lo tanto, ¿qué sucede cuando tu adoles­cencia está marcada por tu proceso migratorio o el de tus referentes adultos?

Las etapas vitales están demarcadas por pro­cesos biológicos y socioculturales. Estos últimos son especialmente valiosos en la adolescencia, por sus propias características constitutivas, en torno a la búsqueda de la independencia, la identidad y la sexualidad (Lingiardi y McWi­lliams, 2020).

Que lo sociocultural sea protagonista en la etapa adolescente hace pensar que existe gran variabilidad cultural al respecto de lo que se en­tiende por adolescencia en diferentes latitudes, tanto por las edades que comprende, su repre­sentación o las tareas demarcadas para esta etapa. Para algunas culturas, es el momento de la formación. Para otras, de la incorporación laboral, las primeras relaciones amorosas o el momento de casarse; incluso, para muchos, el momento en el que migrar para la búsqueda de la autonomía propia y reafirmación de la identi­dad. Pese a la gran variabilidad, en términos ge­nerales, existe cierto consenso transcultural en determinar que existe una etapa posterior a la infancia y previa a la adultez, de transición hacia esta (Luzuriaga, 2013).

Si, en esta etapa de transición hacia la vida adulta y la búsqueda de una identidad propia, se suma una transición espacial con el cambio de lugar de vivienda, pero también de referentes culturales y de códigos de relación, el proceso de adolescencia se ve dificultado por tener que dejar espacio a elaborar otras crisis, las propias y de sus cuidadores primarios, en caso de ha­berlos. En referencia a Carolina del Olmo (2013), también podemos pensar en todas aquellas adolescentes que ven mermada su tribu de cui­dados y deben realizar sus procesos de evolu­ción personal con falta de referentes, a la vez que las responsables de su crianza se encuen­tran en apuros por no tener apoyos suficientes en el cuidado. Aparecen también los cambios corporales propios de la adolescencia que se ven aumentados por ser estos en ocasiones cuerpos no hegemónicos en el entorno que ha­bitan y sometidos a la presión estética del canon del lugar y momento. Así mismo, se presenta la exigencia familiar y del propio contexto, que a menudo chocan y posicionan al adolescente en una situación de sobreexigencia, llevándolas a asumir roles y cuidados más propios de las adul­tas que de su momento evolutivo. Esto es, los deseos familiares proyectados sobre las nue­vas generaciones. La sobreexigencia, a su vez, para algunas se alimenta también del deseo de sobreponerse a los prejuicios y estereotipos, que, en términos generales, ubican a las adoles­centes en una posición inferior respecto de sus iguales nacionales. En cambio, otras, hacen pro­fecía autocumplida. ¿Dónde mirarte cuando no hay referentes adultos valorados socialmente?

Aquí radica el doble desafío de las adoles­cencias atravesadas por los procesos migrato­rios. Citando a nuestros compañeros Ricardo Fandiño y Vanessa Rodríguez Pousada (2021), sabemos de la importancia del entorno para contener la crisis adolescente, un contexto que se muestre lo suficientemente seguro para que ellos puedan ir construyendo su propia identi­dad. En este punto, radicaría el desafío parti­cular social y profesional de la mirada hacia la adolescencia migrante.

Duelo(s) migratorio(s)

Volviendo al inicio, cuando hablábamos del enfado de las adolescentes, queremos pararnos a pensar en lo que significa migrar para muchos NNA. Qué es lo que pueden entender de los mo­tivos, pero también qué capacidad tienen para proyectar a futuro y comprender las consecuen­cias de ese viaje que están realizando. A veces, no saben si volverán a ver su calle; otras piensan que son unas vacaciones y, en todos los casos, la separación atraviesa su sentir. Porque algo que siempre está presente en la vida de una perso­na migrante es la separación y, con ella, deben aprender a vivir. Shahram Khosravi (2021) nos habla de ese primer momento de separación en su libro Yo soy frontera, autoetnografía de un viajero ilegal, y nos dice: “No me volví, no miré atrás. No podía. Pero en el coche ya no pude mantener la vista alejada de mi madre por más tiempo. Se quedó en la puerta, sin llorar para no entristecerme. Pero estaba temblando. Yo sabía que una tormenta sacudía cada célula de su co­razón, como le sucedía al mío. Cuando mi her­mano puso el coche en marcha, no pude conte­ner más la respiración y las lágrimas empezaron a brotar. Desde entonces no han dejado de co­rrer” (pág. 67). Shahram tenía 21 años y huía del reclutamiento del ejército iraní durante la guerra con Irak.

Para aprender a vivir con esa separación son diferentes los subterfugios que la mente usa y uno de ellos lo explica de forma brillante Yeison García (2021a) en su poema Llegada. Yeison nos habla de la memoria del cuerpo y como en ella guardan todo lo que hace referencia a ese otro lugar de sus vidas, al igual que lo hacemos to­dos si reconocemos un olor de nuestra infancia y, al instante, tenemos una sensación concreta. Yeison lo ejemplifica con la música y lo que ella supone, tanto para afirmarse identitariamente como para conectar con su origen, su familia y sus recuerdos.

Yeison nos dice: “lo único palpable de aquellos días es que éramos niños” (García, 2021b, 3:07). Eso es lo que parecemos olvidar cuando pone­mos el adjetivo migrante detrás de sus nom­bres. La migración no es un hecho neutral, sino que afecta profundamente a la persona, la fami­lia, el entorno, las sociedades de origen y las de destino. Sin embargo, no constituye por sí mis­mo un factor de riesgo. Los factores de riesgo psicosociales tienen que ver con las condiciones de salida, tránsito y vida en el país de destino, como lo son la baja renta, la situación adminis­trativa irregular, distancia cultural, desconoci­miento del idioma, no contar con red de apoyo, etc. Según el Informe Crecer Saludable(mente) de Save the Children (Aumaitre et al., 2021), las personas adolescentes de origen migrante su­fren, en proporción a las nacionales, un mayor número de trastornos mentales y/o de conduc­ta, asociado a los factores de riesgo expuestos anteriormente.

Y en todo este proceso que estamos descri­biendo, los NNA también se deben enfrentar a un fuerte duelo. El duelo migratorio, definido por Achotegui (2018) como la elaboración de las pérdidas asociadas al hecho migratorio, di­ferenciándose siete duelos en relación con la fa­milia y los seres queridos: la lengua, la cultura, la tierra, el estatus social, el contacto con el grupo de pertenencia y los riesgos por la integridad física. La intensidad de cada uno de estos due­los viene determinada por las condiciones de vulnerabilidad y los estresores psicosociales. En definitiva, de contar o no con recursos y sostén para superar la crisis.

El uso del término duelo denota el matiz natu­ral y evolutivo del propio proceso, al entenderse que todo cambio supone una pérdida y que su elaboración satisfactoria implica una progresión fundamental en el desarrollo de la persona.

El duelo por la familia y seres queridos, duelo por la cultura y duelo por el grupo de pertenen­cia suponen una muestra de que la migración puede implicar una crisis en la identidad, dado que los referentes individuales y sociales, así como sus significados, cambian en un marco cultural diferente (Mata et al., 2010).

En castellano, la palabra duelo tiene la acep­ción relativa al proceso de adaptación ante la pérdida y, también, de hacer frente a una situa­ción de desafío.

La etapa adolescente y los procesos migra­torios comparten la vivencia de ambivalen­cia, los procesos de duelo, la redefinición de la identidad y el valor de lo social (Sayed-Ahmad, 2008). De esta manera, las personas adoles­centes atravesadas de algún modo por los pro­cesos migratorios se encuentran en una doble crisis. A pesar de la diversidad de las historias y narrativas personales, existe cierto consenso en determinar que la vivencia de procesos migra­torios en la etapa adolescente puede dificultar la construcción de la propia identidad y las re­laciones sociales, tanto con la familia como con los grupos externos a esta (Gimeno y Lafuente, 2010).

El papel de los profesionales: validación y acompañamiento a las realidades migrantes

Tomando de nuevo a Yeisson García como guía en este análisis, mostramos otro de sus poemas del poemario Derecho de Admisión (2021a), en este caso titulado Crecer sin tierra: “A los que migramos en la niñez / nos toca gra­vitar en el aire, / ser puente entre varios univer­sos, / reclamar nuestra libertad de pertenencia / a las cosas de las que nos hablan en casa / y otras, que nos han rodeado con la mirada.”

Para que esa gravitación de la que habla Yei­son no se convierta en un hecho traumático, el acompañamiento que se le pueda brindar a las adolescentes puede suponer un apoyo que ayu­de a elaborar esos duelos y pérdidas de los que hablamos. Y es necesario desde sus necesida­des reales. Safia El Aaddam (2022) nos/les dice: “No sois lo que os han dicho que sois. No sois los límites que os han puesto en el instituto. No era nuestra responsabilidad hacer de traducto­ras, mediadoras, gestoras… Tampoco era nues­tra responsabilidad la situación económica que había en casa. Ni el choque cultural de nuestros padres, ni sus miedos, ni sus traumas, ni su duelo migratorio. Ni su nostalgia, ni el ansia insatisfe­cha de su no retorno” (pág. 235).

Safia nos recuerda que para que las adoles­centes tengan un sostén también debemos acompañar a los adultos que las rodean. Tal y como hemos comentado, y como Safia descri­be, las situaciones de las familias son, en mu­chos casos, de fuerte precariedad y dolor, por lo que precisan de apoyo, a veces económico, pero muchas veces también emocional. Es ne­cesario acompañar a quienes acompañan día a día a las adolescentes para que sus potenciali­dades se vean impulsadas y servir así de apoyo a quienes están en proceso de desarrollo.

El acompañamiento debe tener como base la escucha integral. Más allá de las palabras, que se encuentran impregnadas por la cultura de cada cual, la escucha debe incluir una comunicación sensorial, a través de la cual los adolescentes puedan hacernos llegar sus inquietudes, frus­traciones y deseos. Las diferencias idiomáticas, pero también las diferentes formas de compren­der un suceso determinado, pueden suponer una limitación en la relación a establecer como profesionales; por eso debemos tener los oídos, los ojos y la piel abiertas a aquello que nos quie­ren transmitir.

Aunque nos guste pensarnos con un alto gra­do de objetividad en el desempeño de nuestra profesión, la realidad es que todas llevamos mo­chilas cargadas de opiniones y prejuicios. No negar la existencia de esta mochila y hacernos cargo de ella es necesario para lograr esta escu­cha integral de la que estamos hablando. Tam­bién para lograr establecer un vínculo que les proporcione referentes confiables y abiertos a sus propuestas en la búsqueda de su identidad personal.

Por otro lado, nos hablan Vázquez y Llibrer, en el libro Adolescencia y Transgresión (2014), de la importancia de que el entorno sirva de sostén durante el proceso de crecimiento de los NNA. También ha de estar presente en la etapa adolescente, ya que es el momento en el que se pone distancia con las figuras parenta­les y se necesita, por tanto, de otros referentes que puedan realizar esta labor de sostén. Como sociedad, tenemos una responsabilidad con los adolescentes en esta labor de sostén y, espe­cíficamente, con las adolescentes migrantes, para que sientan que sus historias de vida, sus referencias culturales y personales tienen un lu­gar y son respetadas tal y como son. Se trata, por tanto, de reconocer la valía del colectivo de personas adolescentes. En este caso, de aque­llas vinculadas de una u otra forma a procesos migratorios, de reconocer también sus aspira­ciones y derechos en el lugar en el que residen actualmente.

Reflexiones finales para llevarse en el día a día profesional y personal

En un acto de honestidad y respeto, explicita­mos que nosotras no estamos atravesadas por los procesos migratorios y reconocemos nues­tros privilegios. Uno de ellos, el poder contar con un espacio como este para poder hablar sobre estos temas. Por ello, hablamos tomando como referencia el testimonio de las personas que he­mos acompañado durante nuestra trayectoria profesional y compartiendo los potentes discur­sos creativos de personas como Safia, Shahram y Yeisson, quienes hablan a las adolescencias migrantes.

Ya, por último, queremos retomar el inicio y preguntarnos, ¿quién es El Señor Matanza? No olvidemos que la guerra y la pobreza tiene nom­bre y apellidos, que vive entre nosotras y que las vidas de muchas personas se ven sometidas a sus deseos. No olvidemos que hay una deu­da con los países empobrecidos que sigue en aumento y que cada una de nosotras tenemos la posibilidad de restituir con nuestras acciones profesionales y personales.

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