De la fragmentación a la cohesión. Una experiencia grupal con víctimas de abuso sexual infantil

Montserrat Palau i Pujol

RESUMEN  

De la fragmentación a la cohesión. Una experiencia grupal con víctimas de abuso sexual infantil. Presentamos, en este artículo, una experiencia de psicoterapia psicoanalítica de grupo con tres niñas de cuatro y cinco años que habían sufrido abusos sexuales de muy pequeñas por parte de un familiar cercano y que ninguna había ver­balizado. El único síntoma manifiesto era una importante inhibición, que las tres compartían. Se inició una psico­terapia semanal sin un límite predefinido de tiempo que ha durado un año y medio. Como resultado del proceso psicoterapéutico, las niñas fueron capaces de salir de la inhibición, desarrollar un juego simbólico, manifestar fantasías inconscientes y encontrar otra manera de expresarse con el cuerpo y también de comunicarse con él. Palabras clave: abuso sexual infantil, psicoterapia psicoanalítica grupal, inhibición, juego simbólico, fantasías inconscientes, fragmentación, cohesión.

ABSTRACT  

From fragmentation to cohesion. A group experience with victims of child sexual abuse. In this article, we pre­sent a psychoanalytic group psychotherapy experience with three girls, aged between four and five, who had been sexually abused by a close relative. None of the victims had verbalized it. The only manifest symptom was an important inhibition, which the three of them shared. A weekly psychotherapy was started without a prede­fined time limit. It lasted a year and a half. As a result of the psychotherapeutic process, the girls were able to get out of inhibition, develop a symbolic play, manifest unconscious fantasies and find another way to express themselves with the body and also to communicate with it. Keywords: child sexual abuse, group psychoanalytic psychotherapy, inhibition, symbolic play, unconscious fantasies, fragmentation, cohesion.  

RESUM  

De la fragmentació a la cohesió. Una experiència grupal amb víctimes d’abús sexual infantil. Presentem, en aquest article, una experiència de psicoteràpia psicoanalítica de grup amb tres nenes de quatre i cinc anys que havien patit abusos sexuals de molt petites per part d’un familiar proper i que cap d’elles havia verbalitzat. L’únic símptoma manifest era una important inhibició, que totes tres compartien. Es va iniciar una psicoteràpia setma­nal sense un límit predefinit de temps que ha durat un any i mig. Com a resultat del procés psicoterapèutic, les nenes van ser capaces de sortir de la inhibició, desenvolupar un joc simbòlic, manifestar fantasies inconscients i trobar una altra manera d’expressar-se amb el cos i també de comunicar-s’hi. Paraules clau: abús sexual infantil, psicoteràpia psicoanalítica grupal, inhibició, joc simbòlic, fantasies inconscients, fragmentació, cohesió.

Introducción

En el presente artículo, se explica un trabajo clí­nico llevado a cabo en uno de los centros de salud mental infantil y juvenil (CSMIJ) que la Fundació Orienta tiene concertados con el Servei Català de la Salut para atender a la población de cero a 18 años. Presentaré un grupo formado por tres niñas que, al inicio del tratamiento, tenían cuatro y cin­co años. Las tres presentaban motivos diferentes de consulta y maneras diferentes de llegada al Servicio. Las llamaré Dunia, Fina y Gloria.  

Método

En el momento de la primera consulta, hacía cinco meses que Dunia vivía en una residencia de la Dirección General de Atención de la Infan­cia y la Adolescencia (DGAIA) (1). Les preocu­paba su importante fracaso escolar y que en la residencia era muy inhibida en sus relaciones. Era frecuente que empezara las relaciones con cierto matiz erotizado. Había sido separada de su familia por ser muy desestructurada. De he­cho, la DGAIA había asumido la custodia de to­dos los hijos de la pareja. El padre había abusado de Dunia de manera continuada, desde que era muy pequeña, sin llegar a la penetración. Desde que fue retirada de la familia, no lo había vuelto a ver. Veía a su madre una vez al mes.  Fina era la mayor, de cinco años. Vivía con sus padres y dos hermanos mayores. La familia era bastante conflictiva. La madre era una enferma mental y el padre estaba afectado por una enfer­medad incurable. La petición de consulta venía por los Servicios Sociales, que habían recibido la indicación del hospital infantil de referencia. Allí había sido atendida por presuntos abusos sexua­les por parte del hermano mayor, adolescente, y un amigo suyo. El servicio hospitalario había confirmado que Fina había recibido tocamien­tos. En la exploración, les preocupó la gran inhi­bición de la niña y las dificultades de relación con los iguales. También refirieron rasgos obsesivos. No tenía dificultades de rendimiento escolar. Gloria vivía con su madre y con dos hermanos mayores. Habían consultado toda la familia, dos años antes, por indicación de los Servicios So­ciales. En aquel momento, el padre acababa de recibir una orden judicial que le prohibía ver a sus hijos por haber abusado sexualmente de los tres. Había intentado penetrar a Gloria a los dos años de edad. Inicialmente, la niña fue atendida en nuestro Servicio y, aunque llegó con una gran agitación, había hecho una buena evolución. A los cuatro años, coincidiendo con la consulta de las otras dos niñas, preocupaba la posibilidad que estuviera haciendo una pseudo-latencia: iba bien en la escuela y en casa su conducta era mo­délica. En cambio, persistía en algunas conduc­tas más regresivas, como dormir con el chupete, y en otras poco adecuadas, como querer ir des­nuda por casa o no querer ponerse pantalones porque no podía enseñar las bragas, que se las quitaba a la mínima ocasión. En el CSMIJ, aten­díamos a todo el grupo familiar una vez al mes.  El hecho de presentarse tres casos de edades muy similares a la misma terapeuta y el hecho común de que los tres habían sufrido abusos se­xuales de muy pequeñas por parte de un fami­liar cercano, me animó a pensar en la posibilidad de hacer el grupo. También me movía el deseo de investigar cómo la psicoterapia psicoana­lítica grupal podía ayudarme en una situación como esta.  Había, además, una problemática de persona­lidad parecida. Las tres niñas manifestaban una importante inhibición, aunque de naturaleza di­ferente. Dunia, que estaba acogida en una re­sidencia, presentaba una inhibición intelectual, a diferencia de las otras dos. Gloria, que vivía con su madre, presentaba principalmente una inhibición de los comportamientos más propios de la edad. Tanto Fina como Dunia presentaban dificultades de relación con los otros.  Individualmente, durante la valoración diag­nóstica, ninguna de ellas había expresado nin­guna vivencia que hiciera pensar en los abusos sexuales que habían sufrido. Estas vivencias no se presentaban ni de forma directa ni bajo for­mas simbólicas. Predominaba la inhibición. Esta podría tener que ver con la propia naturaleza de los hechos o con la edad temprana en que tu­vieron lugar, sobretodo en el caso de Dunia y de Gloria. Me hacía pensar que se trataba de viven­cias que posiblemente sólo podían sentirse sin tener consciencia de ellas y, por lo tanto, mani­festarse bajo la forma de actuaciones de viven­cias sensoriales teñidas de sentimientos. Por lo tanto, eran hechos que no se podían sentir ni re­presentar emocionalmente de forma conscien­te. Esta era la característica en común que pre­sentaban: no eran capaces de poderlo expresar de forma simbólica, a través de fantasías más o menos conscientes, del juego, de dibujos, etc.  Pensé entonces en la indicación de psicote­rapia de grupo precisamente por la posibilidad de poder expresar sus conflictos de forma más sensorial, concreta, nada simbólica. Consideré también que el hecho de que las tres habían pa­sado por situaciones parecidas podría favorecer la expresión y mitigar el miedo a no ser com­prendidas. Si aparecía claramente el tema de los abusos sexuales, ninguna de ellas lo sentiría como algo totalmente extraño.  La indicación de psicoterapia grupal era sólo para las tres niñas. La forma de expresión tan poco simbólica que pensaba que podrían tener a partir de lo que yo había constatado en la ex­ploración individual no hubiera sido posible si en el grupo habían otras niñas sin esta experiencia real. Se trataba de vivencias muy particulares, muy concretas y personales. Además, pensaba que para otras niñas o niños, la experiencia po­dría ser traumática, según como se desarrollara la dinámica de grupo.  No obstante, tenía mis dudas. Me preocupaba mucho el peligro que yo sentía de focalizar ex­cesivamente en los conflictos que yo sabía que les unía. También me preocupaba el manejo téc­nico que se podría hacer si aparecía una excesi­va erotización.  A pesar de la incertidumbre, decidí iniciar una psicoterapia semanal con una observadora, sin un límite predefinido de tiempo. Finalmente, ha durado un año y medio.  

Resultados y discusión

Desde el principio, la asistencia ha sido muy regular por parte de Dunia y Gloria; Fina, en cambio, asistió de manera irregular.  Al inicio, no fue posible constituir el grupo. Aparecían las situaciones que sabemos que se dan siempre al principio en los grupos, normal­mente a causa de las ansiedades persecutorias que entorpecían la integración. Dunia no podía hacer ningún juego ni interaccionar con las otras dos. Verbalizaba muy poco lo que hacía. Con frecuencia, decía palabras aisladas como “culo”, “tetas”, cuando se le preguntaba por algo que había hecho. Fina se mostraba muy regresiva, esperando indicaciones del terapeuta y, cuan­do veía que no se producían, se ponía a hacer dibujos para su madre, que después siempre se llevaba. En algunos momentos, Gloria intentaba proponer alguna actividad pero no era segui­da por los otros. Fue la que al inicio del grupo expresaba los deseos de investigar el espacio físico y de si eran las únicas niñas que veía el terapeuta. Este hecho no fue compartido por las otras dos de forma activa.  Cualquier propuesta de la terapeuta también era rechazada.  Fina expresaba a menudo lo que hacía con el padre y la madre, sobre todo con esta última. Aunque Gloria vivía con la madre, casi nunca explicaba nada sobre ella. Además, era quien la traía a las sesiones, al igual que la madre de Fina. Creo que esto hacía daño a Dunia, ya que ella no vivía en aquella época con sus padres. Y como se ha dicho antes, sólo veía a la madre una vez al mes. Pensaba que tal vez, la inhibición de Dunia en las sesiones tenía que ver con esto y por ese motivo introduje en el grupo la realidad de las niñas. Dunia y Gloria no querían explicar con quién vivían y yo sí que hablé.  Dudaba, pero lo hice, mostrando el dolor y la extrañeza que podía producir no poder vivir con los padres en el caso de Dunia o con el pa­dre en el caso de Gloria. No sé el conocimiento consciente que podían tener ellas de la causa de estas separaciones, ya que siempre ha predomi­nado una notable inhibición por parte de ellas a cuestionárselo. Nunca hablamos de las causas, y ellas tampoco nunca lo preguntaron. Pienso que el inicio del grupo fue como el de la mayoría de ellos: predominaba la inhibición y la desconfianza por la novedad y se intentaban traer los elementos aseguradores, como son las vivencias familiares. Las tres dibujaban casas donde vivían fami­lias. Solamente Fina hacía referencia a su pro­pia familia. Podríamos pensar que, en un nivel transferencial, traían la vivencia de que estaban en una casa-tratamiento, en el que éramos un grupo de gente dispuesta a hacer algo juntas. Lo verbalicé en alguna ocasión, cuando parecía que podían estar receptivas. En la quinta sesión, es produjo el primer mo­vimiento del grupo. Antes de entrar a la sesión, la tutora de Dunia me comentó que hacía unos días que la niña estaba muy intranquila porque la compañera de la residencia que tenía su mis­ma edad había sido adoptada y no paraba de decirle que tendría unos padres y que ella, no. Al empezar la sesión, las tres se pusieron a di­bujar. Fina se inquietó porque había lápices de colores más cortos y acusó a las otras dos de sacarles demasiada punta. Gloria se defendió diciendo que ella no había sido y entonces Fina acusó a Dunia, que no dijo nada. Las tres dibuja­ron casas. Les dije que explicaran lo que habían dibujado y Gloria dijo que era una casa abando­nada, donde no podría vivir nadie porque estaba muy rota. Fina dijo que la suya también estaba abandonada pero que vivía un señor en ella. La terapeuta les dijo que tal vez ella también se po­dían sentir un poco abandonadas y que por eso estaban un poco tristes. Se produjo un silencio. Iban dibujando y de repente, Gloria, refiriéndose a una figura huma­na que había dibujado al lado de la casa, dijo: “mira, esta es mi madre”. La terapeuta comentó que Gloria vivía con su madre, que Fina también pero que Dunia, no. Esta contestó muy rápida­mente, con mucha rabia, casi gritando, que ella vivía con la educadora. Volvió a hacerse el silen­cio y Dunia se levantó de pronto y rompió un trozo del dibujo de Fina, quien se puso a llorar desconsoladamente, diciendo que el dibujo era –como cada día- para su madre.  Gloria se acercó a Fina, le cogió el dibujo y junto con Dunia, lo rompió. Dijeron que ya no eran amigas de Fina. Gloria empezó a pegarla, Dunia a lanzarle juguetes. Las separamos. En ningún momento, Dunia se defendió de los ata­ques.  Comenté que se habían asustado al hablar de sus familias y que no podían parar. Se fueron tranquilizando. Dunia se desconectó, se estiró en el suelo haciendo rodar un coche y Gloria se sentó sin hacer nada, mirando a Fina, que hacía otro dibujo. Pienso que, en esta sesión, se muestran las vi­vencias de soledad y envidia de Gloria y Dunia hacia Fina, que habla de la madre y del padre. Fina muestra más abiertamente que tiene un padre, cuando dice que en casa vive un hom­bre-padre. Precisamente, esta es la figura más conflictiva para Gloria y Dunia, que ya no viven con él. Además, en parte, el padre es la causa de la separación de la familiar en los dos casos y nunca se habla de ellos en su entorno.  Después de las primeras vacaciones, las de Navidad, en la octava sesión, vienen Dunia y Gloria y se produce un movimiento interesante de acercamiento y huida. Creo que las dos ha­bían vivido la separación con miedo de haber sido olvidadas, abandonadas, pero la niña olvi­dada fue depositada en Fina. No se acordaban de ella, ni si quien faltaba era un niño o una niña, y fueron incapaces de recordar su nombre.  Parece que esta proyección masiva les permi­tía momentáneamente acercarse entre ellas y también a la terapeuta. Dunia llegó a sentarse en las rodillas del terapeuta y, rápidamente, Glo­ria lo hizo con la observadora. Después iniciaron un juego simbólico con animales pero Dunia no aguantó y empezó a excitarse mucho repitien­do “caca” y “culo”. Empezaron a agredirse entre ellas y a la terapeuta, de manera considerable. El intento de proyectar en Fina la angustia de ha­ber sido olvidadas durante las vacaciones ya no les servía. Hablamos de ello. Acabamos la sesión jugando a hacer comida para los animales.  Pienso que la separación por las vacaciones las angustió mucho y la ausencia de Fina fue seguramente vivida como la confirmación de la exclusión, del olvido. Esta inquietud no se pudo contener mediante las actividades simbólicas y apareció la excitación motriz, la vivencia corpo­ral de aquello tan angustiante que no se podía ni poner en palabras. Solo sentían que necesitaban el contacto físico. Y la sesión acaba alimentando a los animales. Por lo que parece, la vivencia de que las sesiones son un alimento las tranquilizó, sintiendo que, en la realidad, no se había dado la destrucción temida. Seguramente, esta experiencia las ayudó a irse acercando entre ellas y con la terapeuta. Se dieron entonces unas sesiones en las que fueron mostrando dinámicas parecidas. Fina era recha­zada abiertamente por las otras dos y se sentía con muy poca capacidad para defenderse. Yo mostraba el deseo de todas de poderse acercar, pero con miedo a ser rechazadas. Aunque solo Fina era la rechazada, las tres sentían el mismo temor. Dentro de las sesiones, se mitigaba el re­chazo pero no se superaba porque iba surgien­do en cada sesión.  Pienso que el acercamiento-rechazo empezó a angustiarlas. Progresivamente, Dunia empezó a hacer uns juegos que primero consistían en desnudar y vestir las muñecas pero después se escondía tras la terapeuta o tras las sillas para volverlas a desnudar. A este juego se añadía Glo­ria y empezaron a decir, con excitación, que las muñecas “estaban follando”. Fina se asustaba. Después de estas sesiones, apareció una fran­ca erotización entre Gloria y Dunia, cosa que fue vivida por Fina con mucho temor. No era nada simbólico, era un intento de repetición real de conductas altamente erotizadas entra las dos e intentos de mantener unas relaciones parecidas con la terapeuta y la observadora. Reproduzco unos fragmentos de una sesión de esta época. Acuden las tres niñas. Empieza la sesión y se ponen todas a dibujar. Muy pronto, se pelean: Gloria ataca a Fina, pero vuelven a dibujar. De repente, Dunia y Gloria rayan con furia los di­bujos. Gloria y Fina vuelven a dibujar pero Du­nia las va molestando. Va repitiendo “tetas, cu­los”, pero las otras dos no contestan. Entonces, como hace habitualmente para desconectar, se estira en el suelo y hace correr un coche. Dunia pregunta si es hora de marchar. Se le contesta que todavía falta mucho. Se inquieta, coge una muñeca, se pone detrás de la terapeuta y em­pieza a desnudarla. Fina, preocupada, dice que “es una porquería”. La terapeuta, con tono de pregunta, dice que si piensan que es una por­quería desnudarse y hablar de culos y de tetas. Ninguna contesta. Dunia se va excitando, dice que las muñecas “están follando”. Gloria se aña­de y empiezan a hacer movimientos pélvicos, una delante de la otra. Dunia empieza a acariciar el pelo de Gloria y, con un tono de voz erotiza­do, va diciendo “eres preciosa, eres mi mujer”. Gloria se aparta pero Dunia sigue haciendo ges­tos corporales muy erotizados. Dunia se dirige a la observadora e intenta dar­le un beso en la boca. La observadora se aparta y le pregunta si piensa que ellas dos pueden ser novias. Dunia contesta que sí. La observadora le dice que no y Dunia se sienta en sus rodillas e intenta tocarle los pechos. La observadora la retira delicadamente y Dunia lo acepta. La terapeuta dice que parece que Dunia está confundida y que piensa que cuando quiere a una persona “ya son novios”. Las niñas ponen cara de sorpresa, sobretodo Dunia. Esta se diri­ge hacia Gloria y le dice “vamos a hacer el amor”. Se va a un extremo de la sala, medio escondidas detrás de un mueble y se abrazan, ríen, inter­cambian expresiones como “chúpame el cho­cho”, e insultan a Fina, que ha estado todo este rato con cara asustada sin hacer nada, sentada en una silla, mirándolas. La terapeuta dice que ellas dos se quieren pero que no son “novias”.  En esta sesión, como en otras, intenté que mis intervenciones no fueran represoras. Solo in­tervine de manera enérgica en una sesión en la que, en un momento de mucha excitación, entre las dos ya empezaron a desnudarse. En aque­lla ocasión, dije que allí solo íbamos a intentar entender lo que les pasaba y que no hacía falta desnudarse. Lo aceptaron. En aquellas sesiones tan erotizadas, intenté poner palabras a las sensaciones que segura­mente tenían y vincularlas a sentimientos de re­lación. Era el intento de verbalizar lo que hacían y sugerir lo que debían estar sintiendo. Cuan­do apareció la intensa erotización, me limité a hacer intervenciones descriptivas del tipo: “les gustaba”, “se lo pasaban bien en aquel momen­to porque estaban bien juntas pero que no eran novias”, etc. Pienso que, en aquellos momentos, había fun­damentalmente una vivencia sensorial y yo, con mi intervención, intentaba vincularlo a un senti­miento, es decir, ayudar a mentalizarlo: pasar de una cosa que solo era reconocida como una res­puesta sensorial a alguna cosa con una vivencia emocional y relacional. Se trata de lo que tanto ha explicado la Dra. Corominas (1991, 1996): la posibilidad de men­talizar las sensaciones, de convertirlas en ele­mentos alfa mediante el ejercicio de pensar por parte del terapeuta (Bion, 1962). Vemos cómo, en estas situaciones, la función alfa está inhibi­da por parte del grupo. Buscan excitadamente al otro y abandonan lo que no se excita; todo es actuado, no pueden pensar. Seguramente, aquí hay el desencadenante de la inhibición que sufren: no pueden investigar, pensar, etc., sólo pueden repetir de forma actuada sus angustias o inhibirlas totalmente. Creo que Fina era la que se identificaba con los miedos de las tres, mientras Dunia y Gloria las evacuaban en ella mediante la identificación proyectiva. También pienso que Fina hacía lo mismo con las otras dos, pero ella lo que pro­yectaba era el placer, la excitación, que sentía como algo que era “porquería”, seguramente también compartido por las otras dos. Progresivamente, fui mostrando las identifi­caciones proyectivas respectivas, mostrando cómo las tres se asustaban cuando sentían que no podían parar la excitación y que, al mismo tiempo, les gustaba. También intenté mostrar que cuando ellas hablaban de “novios” o de “fo­llar” o cuando no lo decían y lo actuaban con la correspondiente excitación, de todo eso se po­día hablar. Con frecuencia, intervenía diciendo: “a ver, qué pensáis que es esto que ahora decís”, o “a ver, hablemos de esto que estáis haciendo”. A menudo, no había respuesta verbal, pero al me­nos tenían la vivencia de que eran cosas de las cuales se podía hablar sin la necesidad de ha­cerlo y de convertirlo en actuación.  También insistí muchas veces en introducir el sentido de realidad normal, diciendo que cier­tas cosas que ellas decían que hacían o de las que hablaban eran cosas que las hacían las per­sonas mayores, y que las harían cuando fueran mayores. También hacía referencia a que algu­nas de estas cosas les habían pasado a ellas de pequeñas, y por eso se asustaban tanto cuando les pasaba ahora; que estaban confundidas y no sabían si eran cosas que hacían solo los mayores o no, porque también veían que niños y niñas de su edad no lo hacían. Mi finalidad era poner en palabras lo que creía que les pasaba y contex­tualizarlo en la adecuación a su edad.  Después de unas sesiones muy intensas en el sentido de la erotización, fue apareciendo una nueva relación. En una sesión, empezaron un juego que consistía en poner piezas de construc­ción dentro de la papelera. Una de ellas se sen­taba encima y decía que estaba haciendo caca, mientras que las otras dos, sentadas alrededor, la miraban. Esto lo hacían de manera rotatoria, un rato cada una. Era la primera vez que hacían una actividad compartida. Al principio, me re­sultaba difícil entender qué pasaba. Fui tantean­do si se trataba de fantasías de nacimientos de niños, pero no parecía que fuera eso. Después pensé que dramatizaban un intento, por parte de las tres, de deshacerse de las sensaciones-sentimientos, cacas-porquerías que cada una intentaba depositar en la otra. Esta vez no lo de­positaban en la otra sino que cada una se hacía cargo de aquello que era suyo. Pienso que aquí ya había una simbolización, ya podían representar mentalmente las sensa­ciones. Después de haber sufrido la excitación y de haber hablado de ello, lo habían incorporado pero no podían ir más allá: empiezan, entonces, a evacuar. Con la evacuación, hay una fragmen­tación, porque todavía es algo que no pueden contener mentalmente. Es decir, que vamos de la cohesión a la fragmentación por la ansiedad.  Mis intervenciones consistían en mostrar que ahora las tres podían hacer cosas parecidas, que podrían ver que cada una de ellas sentía cosas parecidas, que no tenían necesidad de pensar que las cosas que las asustaban solo asustaban a la otra. Y que las cosas que les gustaban tam­bién podían gustar a las tres. Es decir, intentaba que pudieran llegar a la cohesión. A continuación, siguieron algunas sesiones en las que jugaban a que venían los Reyes Magos y les traían muchos regalos. Lo hacían de forma alternada. El juego era bastante igualado pero predominaba que quien recibía más regalos era Dunia. Este juego se dio en una época del año muy lejos de la festividad de Reyes.  La primera vez que hicieron un juego de rega­los fue bastante antes, en una sesión en la que Fina trajo una vela en forma de 6, ya que aquel día era su cumpleaños. Las otras dos niñas la atacaron mucho. Después, en un intento de re­paración empezaron a hacerle regalos de mane­ra compulsiva. Posiblemente, se trataba de una reparación maníaca: eran los Reyes Magos quie­nes les traerían cosas porque no estaban enfa­dados. Parece que los Reyes eran figuras su­peryoicas benévolas. Después de mentalizar las cosas malas, ellas lo traducían como algo má­gico y mesiánico y la terapeuta quedaba como una figura deificada. Ahora que han evacuado las cosas malas de su cabeza, tenía que pasar algo maravilloso, y cada una de ellas pone en la terapeuta un Rey Mago. En aquel momento, lo trabajé como la necesidad de que ellas sintieran que las cosas podían ser mágicas, podían cam­biar de forma mágica.  Después de haber iniciado este juego en las sesiones, aparecen cambios importantes en la vida de las niñas: Dunia ya había empezado el proceso de ser adoptada (después de serlo, continuó viniendo al grupo), la madre de Gloria se casó y la de Fina mostraba una notable mejo­ría en su estado general. Tal vez, para las niñas eran cosas mágicas. En realidad, eran mejorías que ellas tal vez vivían como mágicas. Pero, como hemos dicho, creo que había algo más. El hecho de que la madre de Gloria se casara y la aparición de padres adoptivos para Dunia trajo fantasías de posibles hermanos, fanta­sías que pudieron verbalizar de manera explícita. También es posible que aparecieran estas fantasías inconscientes como una muestra de aquellas de las que habla Isaacs (1943) cerca del nacimiento de bebés. Las niñas empezaban a poder traer fantasías inconscientes sobre el nacimiento de bebés: los bebés-cacas. Jugaban todavía a hacer cacas. La aparición de fantasías inconscientes era la muestra de la posibilidad de salir de la inhibición.  Pero para hacer bebés se necesitan padre y madre. El padre de cada una de ellas era una figura muy denigrada o inexistente, y tal vez necesitaban convertirlos en Magos, idealizados, para borrar la denigración real de los padres biológicos. La madre era alguien más cercano para las tres, excepto para Dunia. Trabaje este aspecto en el sentido edípico, ya que pensaba que estas fantasías también podían ser una manifestación edípica, ya que las niñas ya no estaban tan bloqueadas. En este sentido, trabajé su deseo de poder tener hijos; de poder ser como sus madres, que podían tener hijos. Es decir, trabajar la identificación con la ma­dre, como una salida edípica. Era lo propio de la edad. Ellas también habían tenido un padre y una madre que, de alguna manera, las habían engendrado, hecho crecer, no habían muerto ni habían dejado de evolucionar psicológicamente.  Posiblemente sus vivencias reales de los abu­sos que habían sufrido habían impedido el de­sarrollo de fantasías normales. Las tres estaban inhibidas. Al ir trabajando sus vivencias senso­riales, la inhibición fue desapareciendo para dar lugar a las fantasías inconscientes comunes y propias de la edad.  Como hemos comentado antes, también po­demos pensar que, en un nivel transferencial, el Rey Mago fuera la terapeuta: la persona que va transformando las porquerías que ellas traen consigo en cosas valiosas, que no las ha reñido, que no les ha dicho que eran cacas. Fuimos tra­bajando este aspecto comentando que ellas po­dían sentir que hacíamos cosas mágicas en las sesiones porque hablábamos de las cosas que las asustaban y no pasaba nada malo.  Este juego de los Reyes Magos duró mucho tiempo, pero se iban intercalando nuevas viven­cias, ya fuera en forma de juego o de actuacio­nes. Empezamos a jugar a papás y mamás en las sesiones, aunque siempre con la dificultad de quién sería el padre. Nadie lo quería ser o, sencillamente, ya no se planteaban que en la fa­milia tuviera que haber un padre. La aparición del padre adoptivo de Dunia causó una gran consternación en el grupo. Du­nia empezó a sentirse muy importante, ya que siempre la acompañaba él. Las otras dos -y, so­bretodo, Gloria- sentían mucha envidia y admi­ración. Gloria hizo un sometimiento de admira­ción hacia Dunia y ambas atacaban a Fina de manera considerable. Pero, en esa época, Fina ya empezaba a defenderse de los ataques de ellas dos. Posiblemente, Dunia y Gloria volvían a hacer servir los mecanismos de defensa iniciales de deshacerse de las cosas feas, difíciles, y proyec­tarlas sobre Fina. También es verdad que era un receptáculo adecuado: no sabía defenderse, iba muy mal vestida, era la menos agraciada física­mente. Pero en esta etapa, Fina no aceptaba pa­sivamente ser este receptáculo y ya se rebelaba. Las otras dos eran más capaces de aceptar esta rebelión, y cada una se hacía cargo de sus cosas. Progresivamente, fueron jugando con las mu­ñecas barbies que Dunia y Gloria llevaban a las sesiones. Las muñecas eran chicas muy gua­pas o eran hermanas que hacían cosas juntas. En otras ocasiones, eran madre e hija, o una de ellas era la madre que tenía un bebé y la otra lo cuidaba. Creo que, con estos juegos, mostraban el intento normal de identificarse con mujeres, pero jugando. Es decir, con la certeza de sus de­seos pero también con la de que todavía no se habían hecho realidad. Se trataba de una identificación con una fi­gura muy idealizada. Fina, que no traía barbies aunque decía que las tenía en su casa, represen­taba la parte más denigrada. No obstante, en esta época ya no era abiertamente rechazada por el grupo. Pienso que estos juegos fueron un paso im­portante en el proceso de resolución edípica. Podían identificarse con una mujer-madre que cuidaba y se cuidaba. No obstante, el proble­ma seguía siendo la introducción del padre. Esta figura apareció muy poco. Ninguna de las tres quería ser el padre si en algún momento del jue­go surgía la necesidad o el deseo de que apa­reciera. No sé si este hecho se ha dado a causa de las malas experiencias de estas niñas con el padre o la figura paterna o si también ha influido el hecho que, en el momento en que este podía aparecer, ellas ya se encontraban en una fase de resolución edípica y, por tanto, predominaba más el deseo de identificación con la figura ma­terna. Pienso que, a nivel transferencial, como terapeuta hice este papel de padre, ya que las conectaba con la madre. Después de esta etapa de juego con las bar­bies, volvieron a jugar a papás y mamás, combi­nando este juego con el de estas muñecas. Los juegos consistían en tener hijos, ir de viaje, hacer la comida… es decir, unos juegos muy ricos con simbolizaciones y muy propios de la edad, ya que tenían entonces entre cinco y seis años.  Al escribir este artículo estamos ya en la eta­pa final de tratamiento. En esta fase, antes de hablar de la finalización, empezaron a desarro­llar juegos nuevos. Representaban ser cantantes que bailaban con movimientos muy ostensibles o hacían ejercicios gimnásticos que se enseña­ban las unas a las otras, sobretodo Dunia. Creo que estos juegos representan otra ma­nera de expresarse con el cuerpo y también de comunicarse con él entre ellas. Esta comunica­ción es totalmente diferente de la que se daba al inicio de tratamiento. Si bien se trata de una comunicación corporal, tiene una riqueza comu­nicativa con muchos matices simbólicos, como son las letras que ponen a sus canciones.

Conclusiones

Pienso que este trabajo psicoterapéutico que se ha llevado a cabo con ellas ha resultado ser positivo. La misma evolución que han hecho dentro del grupo nos lo demuestra. Han hecho una notable evolución cuando han sido capaces de salir de la inhibición. Esto ha pa­sado, inevitablemente, como consecuencia de que se haya dado la posibilidad de la aparición de las fantasías inconscientes normales. Pero esto fue posible a partir del momento en que pudieron aportar al grupo sus vivencias senso­riales, sin consciencia de tenerlas, y que las revi­vieran en un contexto que iba dando significado relacional consciente a todo aquello que hacían compulsivamente.  En su vida real, han hecho cambios impor­tantes. La que más ha cambiado ha sido Dunia. Pienso que se ha sumado el hecho muy bene­ficioso de su adopción y la posibilidad de po­der seguir el tratamiento; tengo la impresión de que, en aquel momento, representaba el único vínculo entre su vida anterior y la posterior. Du­nia está muy tranquila, se puede relacionar muy bien con todo el mundo, ha hecho una buena integración familiar y ha salido de su inhibición intelectual. Gloria también ha cambiado. Dejó la pseudo-latencia que había hecho prematuramente, ha podido superar las conductas regresivas que presentaba y ya no siente el deseo irrefrena­ble de desnudarse. Continua bien en la escuela, aunque está un poco agresiva en casa, ya que continúan los problemas familiares. Fina también ha mejorado. Ya no presenta rasgos obsesivos, se relaciona bien con los com­pañeros y sigue rindiendo bien a nivel escolar. No obstante, en casa siguen también los proble­mas familiares. Pienso que se ha podido ayudar a resol­ver una conflictiva grave y que también este trabajo me ha hecho reflexionar en lo que tantas veces constatamos acerca de que los abusados sexualmente de pequeños pueden convertirse en abusadores de mayores. A la luz del trabajo hecho, pienso que la repeti­ción compulsiva que encontramos en algunos adultos podría ser la forma de expresar estas vivencias que no pueden ser mentalizadas. Solo pueden ser actuadas sin ser conscien­tes. Si es así, también hemos hecho un traba­jo preventivo.  A pesar de mi miedo inicial de focalizar ex­cesivamente en los conflictos que sabía que las unía, esto no sucedió. Pienso que fue gracias a ellas, que fueron mostrándome toda la riqueza que tenían y que no eran solamente niñas abu­sadas sexualmente.  

Agradecimientos

Quisiera dar las gracias a Dunia, Fina y Glo­ria. Si bien son nombres ficticios, hay unas ni­ñas reales detrás. También quiero agradecer las valiosas aportaciones de la Dra. Corominas, con quien esporádicamente he supervisado este grupo. Y, por último, a la observadora, Lídia Edo, por todo el trabajo hecho.  De la fragmentación a la cohesión. Una experiencia grupal con víctimas de abuso sexual infantil Psicopatol. salud ment. 2020, M4, 35-4343  

Notas

  • La DGAIA es un organismo de la Ge­neralitat de Catalunya que “promueve el bienestar de la infancia y de la adolescencia en riesgo de marginación social con el ob­jetivo de contribuir a su desarrollo perso­nal”. Entre sus funciones, “ejerce la protec­ción y tutela de los infantes y adolescentes desamparados” (Generalitat de Catalunya, 2011).

Bibliografía

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Corominas, J. (1991). Psicopatologia i desenvolu­paments arcaics. Barcelona: Espaxs.

Corominas, J., Farré, Ll., Martí (1996). Psicotera­pia de grupos con niños. Barcelona: Paidós

Generalitat de Catalunya (2011). Direcció Ge­neral d’Atenció a la Infància i l’Adolescència (DGAIA) [web]. Recuperado de:  https://treballiaferssocials.gencat.cat/ca/ambits_tematics/infancia_i_adolescencia/proteccio_a_la_infancia_i_ladolescencia/el_sistema_catala_de_proteccio_a_la_infancia_i_ladolescencia/direccio_general_datencio_a_la_infancia_i_ladolescencia_dgaia/

Isaacs, S. (1943). Naturaleza y función de la fantasía. En M. Klein, Obra Completa, vol. 3, Buenos Aires: Paidós Hormé, 1974. Montserrat Palau i Pujol Psicopatol. salud ment. 2020, M4, 35-43