Altruismo y apego en madres y padres de acogida: un estudio piloto

Maria Tomás, Carles Pérez-Testor y Lídia Moreno

RESUMEN

Altruismo y apego en madres y padres de acogida: un estudio piloto. El objetivo del artículo es valorar las variables de altruismo y apego en padres y madres de acogida en familia ajena. El estudio piloto muestra los resultados de los 71 primeros casos (41 mujeres y 30 hombres) de una investigación que está en proceso, cuyos participantes residen en Barcelona (capital y provincia) y presentan edades comprendidas entre 40 y 68 años. La mayor parte de esta tiene estudios superiores, está casada y tiene algún hijo biológico. Para la recopilación de datos se utilizaron dos escalas cuantitativas: Cuestionario de Apego Adulto (Melero y Cantero, 2008) y Escala de Prosociabilidad Caprara (Caprara, Steca, Zelly y Campanna, 2005). Palabras clave: familia de acogida, apego, conducta prosocial, altruismo.

ABSTRACT

Altruism and attachment in foster parents: a pilot study. The article aims to assess the variables of altruism and attachment in foster parents. The pilot study shows the results of the first 71 cases (41 women and 30 men) of an investigation that is in progress, whose participants live in Barcelona (capital and province) and are aged between 40 and 68 years. Most of them have a University degree, are married, and have a biological child. Two quantitative scales were used for data collection: the Adult Attachment Questionnaire (Melero and Cantero, 2008) and the Caprara Prosociability Scale (Caprara, Steca, Zelly, and Campanna, 2005). Keywords: foster fa­mily, attachment, prosocial behaviour, altruism.

RESUM

Altruisme i aferrament a mares i pares d’acollida: un estudi pilot. L’objectiu de l’article és valorar les variables d’altruisme i aferrament en pares i mares d’acollida en família aliena. L’estudi pilot mostra els resultats dels 71 primers casos (41 dones i 30 homes) d’una investigació que està en procés, els participants de la qual resideixen a Barcelona (capital i província) i presenten edats compreses entre 40 i 68 anys. La majoria té estudis superiors, estan casats i té algun fill biològic. Per a la recopilació de dades, es van utilitzar dues escales quantitatives: Qües­tionari d’Aferrament Adult (Melero i Cantero, 2008) i Escala de Prosociabilitat Caprara (Caprara, Steca, Zelly i Campanna, 2005). Paraules clau: família d’acolliment, aferrament, conducta prosocial, altruisme.

Introducción

La mayor parte de niños encuentran en su fa­milia la protección, el afecto y la estimulación que les son necesarios para una satisfactoria atención a sus necesidades y un adecuado de­sarrollo de su personalidad y su integración social. Existen, sin embargo, niños y adoles­centes cuyas circunstancias familiares son muy diferentes, pues su hogar no es el lugar de la protección, sino del maltrato por omisión (negligencia), por acción (maltrato emocional, físico, abuso sexual, etc.) o por una combina­ción de ambos. Se trata de aquellos menores para los que legislación tiene prevista la pues­ta en marcha de actuaciones protectoras de muy diverso tipo. En estos casos, el objetivo primero debe ser el de intentar modificar las condiciones del hogar y de las relaciones, de manera que no sea necesaria la separación del menor de sus padres y de otras figuras de re­ferencia (Palacios, 2011).

Sin embargo, cuando el interés del menor (es decir, la garantía de la adecuada atención a sus necesidades) lo requiera, se debe proce­der a separar al menor de su entorno de par­tida. Y, en este caso, las alternativas familiares deben ser privilegiadas sobre las instituciona­les. Las circunstancias familiares que dieron lugar a la separación del menor pueden ser muy diversas.

Así, hay familias en las que la inadecuada atención a las necesidades de sus hijos obedece a crisis transitorias, que pueden ser superables si se reciben las ayudas adecuadas. Hay otras en las que se prevé también esa posibilidad, pero con mayor margen de incertidumbre respecto a la duración o al éxito de las intervenciones. Exis­ten también aquellas en las que la reintegración familiar no se ve como viable ni a corto, ni a me­dio o a largo plazo, pero en las que no se dan cir­cunstancias que permitan un cambio definitivo e irrevocable en el estatus jurídico de la filiación del menor por la vía de la adopción. Están, final­mente, aquellas en las que estas circunstancias sí están presentes y que llevan a la integración plena y para siempre, con cambio de filiación, en una nueva familia. Se debe distinguir, no obs­tante, entre la medida de acogimiento familiar (donde no hay cambio de filiación) y la adop­ción (con cambio definitivo e irrevocable de filiación, sin previsión de contactos del menor con su familia) (Palacios, 2011). No obstante, es en la acogida familiar en la que nos centraremos en la presente investigación.

El sistema de protección a la infancia y la ado­lescencia en Cataluña tiene el reto de promover la mejor calidad de vida posible a aquellos chi­cos que, por algún motivo, se han encontrado en una situación en la que les faltan los elementos básicos para el desarrollo integral de la persona­lidad (Ley 14/2010). También prevé que, en los casos graves, se pueda declarar su desamparo y que para garantizar su protección puedan ser separados de su núcleo familiar y quedar bajo tutela de la administración pública competente.

Hasta prácticamente principios de los años noventa del siglo XX, la atención que se pres­taba a menores en situación de desamparo se basaba exclusivamente en un modelo benéfico de recogida de niños en grandes instituciones (Del Valle y Fuertes, 2000), gestionadas ma­yoritariamente por entidades religiosas que se encargaban de desarrollar todas las actividades cotidianas en la residencia. La consolidación del sistema democrático coincide en el tiempo con la aprobación, por parte de las Naciones Unidas, de la Convención de Derechos del niño en 1989, reconociendo por primera vez los derechos de los menores, para poderse integrar en la socie­dad y disfrutar de una igualdad de derechos y oportunidades.

Atendido a su núcleo familiar, se propone una medida protectora a la Dirección Gene­ral de Atención a la Infancia y la Adolescencia (DGAIA). Se destaca, pues, el hecho de que se valora la acogida residencial como el último re­curso al que se intenta recurrir, intentando, pri­meramente, que todos los niños dispongan de un contexto familiar en el que crecer.

En el campo de la intervención familiar, el acogimiento familiar se sitúa en el ámbito de la protección a la infancia como la medida más adecuada en los casos en los que se debe se­parar a un niño de su familia de origen, pero no se plantea su adopción. En sus dos princi­pales modalidades, en extensa (con familiares directos del menor) y en ajena (con personas no relacionadas con el menor), esta medida de protección supone la integración de menores en familias dispuestas a cuidarles y hacerse cargo de su educación y desarrollo (ya sea temporal o permanentemente), todo ello sin crear vínculos de parentesco ni filiación y en un proceso com­plejo que no está exento de retos y dificultades (Amorós y Palacios, 2004; Fisher, Leve, Delker, Roos y Cooper, 2016).

No obstante, tomar decisiones sobre lo que es lo mejor para un niño o adolescente que ha sufrido una situación de desamparo supone un proceso de una complejidad muy grande, entre diferentes motivos, porque en muy pocas situa­ciones se dispone de toda la información que sería necesaria para precisar cuál sería la pro­puesta que supondría un mayor interés para el niño.

Presumiblemente, esta información se obten­dría con el tiempo, uno de los factores que, pre­cisamente no se da en estas situaciones y que supone uno de los aspectos clave de la vida de estos y todos los menores. Por tanto, nos en­contramos que se tienen que tomar decisiones en un contexto incierto y borroso, siendo uno de los aspectos más difíciles, el considerar cuá­les son los más relevantes para tener en cuenta. No obstante, se destaca que, cada vez más, se incorpora la opinión (que no diagnóstico) del sujeto sobre el cual y con el cual se tomará la decisión (Casas, Montserrat y Lloasada, 2018).

No obstante, esta medida de protección pue­de abrir el debate de la valoración de cuales pueden ser sus aspectos positivos y los negati­vos. Para ello, nos centraremos en los tres gran­des ejes de este proceso: niño, acogedores y familias acogedoras.

Niños acogidos

Cuando hablamos de acogida familiar, se par­te de la idea de que esta medida de protección al menor, la de crecer en un núcleo familiar, es la mejor (Rodríguez y Morell, 2013), motivo por el cual hay que apoyar a las familias para poder cubrir las necesidades de sus hijos de acogida. Después de una primera valoración de los ser­vicios básicos de atención social, si se detecta que existe alguna situación de riesgo, maltrato o desamparo, el Equipo de Atención a la Infancia y Adolescencia (EAIA) hace una intervención con el menor, la familia y el núcleo de convivencia para valorar la situación sociofamiliar. Si se de­termina que el menor no se puede quedar en el núcleo familiar, esta medida se inicia producién­dose de manera temporal, durante el tiempo que se valore. Siendo posible, con esta medida, la protección del niño amparado en un contex­to familiar, cabría mencionar también cuestio­nes en relación al bienestar percibido por estos niños, tales como si se sienten seguros en ese nuevo contexto familiar y si sus acogedores cu­bren las necesidades emocionales o subjetivas que puedan tener.

El estudio ya citado de Casas y colaboradores (2018) hace énfasis en los aspectos menciona­dos anteriormente y otros muy destacables a la hora de valorar la percepción de estos niños en relación a sus familias ajenas o extensas. El estu­dio fue basado en chicos de entre 12 y 14 años. Entre los diferentes aspectos que se valoraron, destacamos los siguientes.

Alrededor del 80 % de los chicos acogidos en familia (extensa o ajena) están muy satisfechos con sus acogedores. Entre los acogidos en cen­tros, un 49 % están satisfechos con sus educa­dores, mientras que un 38 % están muy satisfe­chos. En cambio, un 13 % aseguran que no están satisfechos con sus educadores.

En relación con si los chicos tutelados esta­ban de acuerdo con la medida de protección que tenían, se observan algunas diferencias en función del tipo de acogida. Aquellos acogidos en familia extensa son los que están en mayor proporción muy de acuerdo con su medida (80 %), seguidamente de aquellos acogidos en fami­lia aliena (70 %). Aquellos que fueron acogidos en un centro residencial, mostraban un 54 % en desacuerdo con la medida de protección, mien­tras que solo un 24 % estaban muy de acuerdo.

Por último, sobre si los adolescentes tutela­dos se sienten seguros en el lugar donde están en acogida, cabe señalar que más del 75 % de aquellos acogidos en familia (extensa o aliena) se sienten muy seguros con su familia de acogi­da. Entre los acogidos en centros residenciales, los datos eran de un 37 %. A la inversa, un 21 % de los acogidos en un centro aseguraban que no se sentían seguros en el centro donde residían.

En el estudio se destacan también aspectos tales como si los acogidos perciben que sus fa­milias acogedoras (extensas o ajenas) los escu­chan, siendo el 90 % los que consideran que sí, mientras que entre los que están un centro resi­dencial la cifra sería del 70 %. Resulta interesan­te observar que, independientemente del tipo de acogida, los adolescentes tutelados que es­tán muy de acuerdo con que sus acogedores o educadores los escuchan, muestran una media de bienestar subjetivo más elevado que el resto.

En cuanto a la relación con sus familias bioló­gicas, los resultados apuntan a que los adoles­centes tutelados que no tienen padre o madre presentan un nivel de bienestar subjetivo más elevado que el resto, tanto si tienen relación con ellos o no. Una posible explicación a este aspecto sería que estos niños, una vez supera­do un duelo de pérdida, la situación es mucho más clara y, por tanto, menos confusa. No obs­tante, aquellos que presentan un bienestar sub­jetivo bajo son aquellos que sí tendrían relación con sus padres biológicos pero que querrían aumentar la relación con ellos, contrariamente a los que tienen mayor bienestar, que ya están de acuerdo con la relación que mantienen. En este sentido, pues, los autores parten de la hipó­tesis de que preguntar a estos chicos su opinión respecto la relación que querrían mantener con estos, dentro de lo posible, podría suponer una estrategia favorable para favorecer su bienestar respecto la relación con sus progenitores.

Otros aspectos destacables en el estudio en relación con cuestiones positivas de la acogida en familia extensa, es la estabilidad que estos han tenido con relación a sus familias acogedo­ras, siendo el 90 % de los acogidos por la misma familia respecto del año anterior.

Familias acogedoras

En esta última línea, Del Valle, Bravo y López (2009) concluyen en un estudio sobre el acogi­miento familiar en España que los acogedores en familia ajena no suelen repetir su experien­cia; acogen a uno o varios niños y el episodio suele alargarse mucho, incluso hasta la mayoría de edad, y no suelen realizar más acogimientos (porque, entre otras cosas, a veces el niño se queda a vivir con ellos o es adoptado).

Este aspecto reafirma el hecho de que el aco­gimiento en España tenga una enorme estabi­lidad y que no se dé el caso frecuente en otros países de niños que pasan con facilidad de unas familias a otras; pero, en cambio, los acogimien­tos tienen una cierta tendencia a la permanen­cia, con lo que se convierte en un modelo casi-adoptivo, lo que dificulta disponer de familias que hagan una serie de acogimientos a lo largo del tiempo.

No obstante, España es uno de los países eu­ropeos con menos familias ajenas disponibles (a pesar de que sí muchas de extensa), posible­mente por la falta de conciencia de esta realidad debido a su invisibilidad, por el desconocimien­to de la población general sobre la acogida a pesar del esfuerzo por parte de la Administra­ción. También por aspectos culturales, que ha­cen que, en los países latinos, el concepto de familia se encuentre muy ligado en los vínculos de sangre (Martín, 2015). Este hecho dificulta aceptar a alguien de fuera en la intimidad fami­liar, entendiendo esta iniciativa, pues, como un hecho desinteresado y altruista.

Aun así, son diferentes los estudios que rela­cionan diferentes tipos de motivación más allá de la puramente altruista para llevar a cabo una acogida familiar, centrados más bien en la so­ciedad o en uno mismo, al margen de ser cen­trados en el niño (Canali y Vecchiato, 2013). Es­tos autores hablan también de resultados en un estudio llevado a cabo con padres de acogida americanos en los cuales, a pesar de que la mo­tivación principal para llevar a cabo una acogida era que se confiaba un niño a una familia en la cual crecer, un porcentaje considerablemente elevado recurría a la acogida familiar para reci­bir cariño de un niño o para ampliar su familia.

Del mismo modo, también se hace mención en otros estudios a las motivaciones referidas al deseo de ser padres debido a la imposibilidad de serlo biológicamente o por problemáticas fa­miliares (Dando y Minty, 1987).

En relación con este último punto, estudios recientes en Cataluña hablan también de un incremento de motivaciones para acoger rela­cionadas con la formación o ampliación de una familia, en vez de la opción de acoger por so­lidaridad, como había sido más habitual hasta ahora, destacando también, que un 40 % de los padres acogedores no tenían hijos, (Montserrat, Fuentes y Sitges, 2019). Cabe destacar que este aspecto está estrechamente relacionado con el pronóstico que se le pueda atribuir al proceso de acogida. Para esperar un buen pronóstico hace falta que acogedores estén motivados por razo­nes altruistas, ya que a menudo es fácil olvidar que el objetivo final de la acogida será siempre, dentro de lo posible, el retorno del niño con la familia biológica y poder convivir nuevamente con ella (Ochando, Rucabado y Ortega, 2015) y, en este sentido, algunos autores (Testa y Shook, 2002; León y Palacios, 2004; Palacios y Jimé­nez, 2007; Cleaver y Walker, 2004; Landsverk, 1996) han evidenciado que uno de los aspectos predictores de la reunificación familiar son las visitas con los padres biológicos a lo largo del proceso de acogida. La circunstancia de que los chicos sean puestos a convivir con una familia que no es la propia está encuadrada como una medida transitoria, de restitución de derechos. La misión es la de permitir que los niños y jó­venes se encuentren en un lugar lo más natural posible y no permanezcan en centros, en los que la atención “personalizada” es insuficiente para favorecer el desarrollo integral (Arranz y Oliva, 2010). El lapso de permanencia debe ser el míni­mo posible mientras se trabaja con la familia de origen para propiciar el restablecimiento pleno de la relación, citado en el último apartado.

La familia postulante es un grupo organizado de personas en el que cada miembro juega un rol y ostenta una jerarquía, participan de una historia y proyecto vital, habiéndose socializa­do bajo condiciones y costumbres compartidas (Fernández Moya, 2006). Este grupo abre su es­pacio de vida para que otras personas, los niños vulnerados, con otras costumbres e historias, se integren a su cotidianeidad. Necesariamente el proceso involucra un cambio para todas las personas que conviven (Sabah, 2006; Strijker y Zanaberg 2005).

Los miembros de la familia postulante van a recibir la influencia de los niños albergados y es­tos van a necesitar acomodarse al nuevo siste­ma, mostrando los efectos de un influjo mutuo.

Se quiebra la continuidad cultural de la crianza y de los vínculos que preceden a la nueva confi­guración familiar. Los niños y jóvenes ubicados tienen reglas y costumbres arraigadas. Estas se van a amalgamar con la de los hijos de la familia extraña, primando las de esta última (Ballester, 2010). Los nuevos miembros integrados nece­sitarán de cuidados parentales intensos, por lo que se complejiza la tarea parental y se intensi­fican los conflictos de lealtades.

Tratar de tejer una historia común, incluyendo el pasado de los chicos, es un desafío del aco­gimiento familiar. Muchas familias no son capa­ces de crear una historia superadora sin eludir el pasado de los acogidos, creando una suerte de negación de los vínculos anteriores (Luna, 2001; Valgañón, 2012).

Todo el esfuerzo organizacional y vincular de integración mutua tiene un plazo perentorio. La unión de la familia acogedora estudiada es temporal. La impronta de esta circunstancia se encuentra presente como imperceptible fondo cotidiano. En varias ocasiones funciona a ma­nera de valla que obstaculiza los intercambios y disminuye el sentido de pertenencia. Una familia acogedora es paradójica. En un nivel lógico, reci­be el mensaje que dice estos chicos no son tuyos sino de otros y, al mismo tiempo, en otro nivel lógico, el mensaje contrario: trátalos como si fueran propios por un tiempo (Valgañon, 2012).

Las familias acogedoras producen ajustes permanentes en sus interacciones para soste­ner el desarrollo funcional de sus miembros y de su ciclo vital (Fernández, 2010). Además, se destacan necesidades particulares en torno a la comunicación de la historia familiar, las visitas y la relación con su familia biológica, y la relación entre familia biológica y acogedora, lo cual im­plica programas de apoyo constante dirigidos a este colectivo (Fuentes, Amorós, Mateos, Bal­sells y Violant, 2013).

No obstante, hay personas que perciben la acogida familiar como una manera de satisfa­cer una paternidad no lograda y otros muchos creen que los acogedores tienen los mismos de­rechos que los otorgados por la patria potestad (Bertran y Trenado, 2020).

Muchas investigaciones demuestran la corre­lación que existe entre los frecuentes contactos con los padres biológicos y la posibilidad de re­torno (Sherman, Neuman y Shyne, 1973; Thorpe, 1974; Fanshel y Shinn, 1979). No obstante, no es suficiente con favorecer las visitas para que el retorno sea positivo, hace falta también ofrecer unos servicios de apoyo durante la acogida del menor, además de después de este. Paralela­mente, las familias biológicas deberían también recibir una ayuda técnica durante los primeros meses del retorno para favorecer el proceso (Amorós y Panchón, 1996).

Además, una atención adecuada, precisa y rá­pida por parte de los técnicos y profesionales implicará que las familias acogedoras existentes sigan motivadas en relación con el recurso y no abandonen su tarea (Amorós y Palacio, 2004).

Es a partir de la valoración de estos pros y contras de la acogida en familia ajena que nos centramos en uno de los contras mencionados anteriormente: la motivación que se valora re­cientemente en acogedores relacionada no tan­to con un aspecto altruista, sino relacionados con los aspectos ya mencionados.

Y es en relación con este aspecto, a la valora­ción del altruismo en estas familias, que se plan­tea la siguiente cuestión también en relación con el apego. Partiendo de la hipótesis de que son al­truistas, entendiendo el altruismo como aquellas conductas que muestran una tendencia a preo­cuparse por el bien de las personas de manera desinteresada, ¿hay alguna relación entre el nivel de altruismo que muestran estos padres y ma­dres de acogida y el apego que han podido tener ellos durante su infancia con sus progenitores?

En relación con el apego, esa relación afectiva más íntima, profunda e importante que estable­cemos los seres humanos ya en la infancia con figuras de referencia, sabemos que el reperto­rio de factores que parecen influir y predecir la conducta prosocial es amplio y complejo: facto­res biológicos, familiares, culturales, escolares y personales (Garaigordobil, 2003).

No obstante, y en relación con lo que men­cionábamos anteriormente, las siguientes líneas pretenden mencionar los factores familiares como predictores de la conducta prosocial, ha­ciendo especial mención dentro de esos aspec­tos familiares, al apego.

Los padres, agentes relevantes de socializa­ción, representan la cultura transmitiendo de forma explícita o implícita los valores sociales a los niños. Por ello, el contexto familiar tiene gran influencia en el desarrollo de la conducta proso­cial. Desde las teorías de apego, se ha sugerido que en la experiencia relacional del niño con sus padres este adquiere la confianza básica y la se­guridad necesaria que le permitirá la apertura a otros contactos sociales, aprendiendo de este contexto relacional formas de comunicación ín­tima, el uso de la expresión emocional, a pedir ayuda y ayudar para satisfacer también necesi­dades de los demás (Garaigordobil, 2014). Ade­más, son varios los autores que afirman que es tanto en género masculino como femenino que se da una clara relación entre un apego seguro y la conducta prosocial-altruista, siendo, además, las niñas las que muestran un mayor apego se­guro y también las que muestran un nivel de al­truismo más elevado (Ortiz, Etxeberria, Ezeiza, Fuentes y López, 1993).

A partir de esta cuestión, se plantea la investi­gación definida en las líneas anteriores y de las que se habla a continuación.

Método

Instrumento, muestra y procedimiento

Los instrumentos empleados para la presente investigación consistieron en el Cuestionario de Apego Adulto (Melero y Cantero, 2008), la Esca­la de Conducta Prosocial Caprara (Caprara, Ste­ca, Zelli, y Capanna, 2005) y un documento de datos sociodemográfico.

En la Escala de Prosocialidad de Caprara et al. (2005), se desarrolla una escala para evaluar la prosocialidad en adultos. Sus 16 ítems reflejan comportamientos y sentimientos asociados a cuatro tipos de acciones: compartir, gritar, ayu­dar y sentir empatía. Cada uno de los 16 ítems está asociado a cinco categorías en una esca­la ordinal. La traducción de sus etiquetas es 1 = Nunca, 2 = Ocasionalmente, 3 = A veces, 4 = A menudo y 5 = Siempre.

Por otra parte, la Escala de Apego Adulto (Me­lero y Cantero, 2008), compuesta por 40 ítems, se agrupan en cuatro escalas. La primera escala, “baja autoestima”, “necesidad de aprobación” y “miedo al rechazo” evalúa la necesidad de apro­bación, autoconcepto negativo, preocupación por las relaciones, dependencia, miedo al recha­zo y problemas de inhibición conductual y emo­cional. La segunda escala, “resolución hostil de conflictos”, “rencor y positivismo”, evalúa ira ha­cia los demás, resentimiento, facilidad a la hora de enfadarse, posesión y celos. La tercera esca­la, “expresividad emocional” y “comodidad con la intimidad”, evalúa sociabilidad, facilidad para expresar emociones y confianza en los demás a la hora de expresar y solucionar los problemas interpersonales. Por último, la escala “autosufi­ciencia emocional” e “incomodidad con la inti­midad”, valora la priorización de la autonomía frente al establecimiento de lazos afectivos, la evitación del compromiso emocional y la sobre­valoración de la independencia personal.

Este estudio piloto está formado por 20 par­ticipantes. Basándonos en esta primera muestra seleccionada, hablamos de 11 mujeres y nueve hombres de edades comprendidas entre 40 y 68 años residentes en Catalunya. Los datos so­ciodemográficos mostraron que la mayor parte de éstos tenían estudios superiores (85 %), esta­ban casados (90 %) y tenían algún hijo biológico (70 %). Cabe destacar que la muestra se obtuvo sin ningún criterio previo de inclusión, hacien­do partícipes así a todos los acogedores que lo desearan, de la Asociación de Ayuda Social Cel Obert (ICIF). La muestra de la presente investigación se recogió con la colaboración de diferentes téc­nicos de la ICIF colaboradora, los cuales facilita­ron a los acogedores los cuestionarios autoapli­cables con una previa explicación de estos para su mayor comprensión. Se utilizó el programa estadístico SPSS para valorar la significación estadística de los diferentes valores. Para todas las pruebas, se consideró el valor máximo del 5 % para el error tipo I.

Resultados

La distribución de la muestra fue muy similar en cuanto al sexo y al rango de edad. En cambio, cabe destacar que la gran mayoría de la mues­tra aun residía toda ella en Catalunya, un por­centaje muy bajo era nacido fuera de España. La mayor parte de este estudio piloto ha mostra­do tener estudios superiores mientras que una minoría tenía estudios secundarios. En la tabla 1 del anexo podemos ver también que práctica­mente toda la muestra era personas casadas y con algún hijo biológico.

En relación con los objetivos de la investiga­ción, los resultados de la presente tesis permi­ten mencionar los siguientes apartados.

En general, la muestra evaluada presenta ni­veles altos en todas las dimensiones de altruis­mo. Se considera así que estos llevan a cabo el proceso de acogimiento familiar por motivos altruistas, dejando al margen aquellas motiva­ciones personales tales como tener una familia, entre otras (ver tabla 2 del anexo). Cabe desta­car, sin embargo, que el altruismo es un valor de alta deseabilidad social.

Además, se destaca en este resultado, es la subescala con un valor más significativo (p = 4,19), mientras que el menos significativo sería empatía (p = 3,96).

Partiendo de la base de que la hipótesis prin­cipal es aceptada (los acogedores muestran al­truismo), destacamos una diferencia de género, mostrando a las mujeres un nivel de altruismo más elevado que los hombres. Concretamente, podríamos decir que presentan un mayor gra­do de empatía (p = 4,13) y de capacidad para compartir (p = 4,20), valores que muestran una media mayor respecto a los hombres (ver tabla 3 del anexo).

Son más las mujeres que muestran un apego seguro respecto a los hombres (ver tabla 4 del anexo), el cual está caracterizado por la expre­sión de sentimientos (p = 3,78). Los hombres, además, muestran una mayor significación en las subescalas baja autoestima (p = 3,00) y re­solución hostil (p = 3,13).

Se puede concluir que existe una correlación significativa entre un apego seguro y altruismo (ver tabla 5 del anexo). La dimensión de ayuda del apego presenta correlaciones significativas con el altruismo; específicamente, se puede de­cir que a mayor predisposición de ayuda mues­tra al sujeto, menor resolución de conflictos hostil presenta (p = 4,29), así como menor auto­suficiencia emocional (p = 3,62) y mejor autoes­tima (p = 3,54).

Respecto a la dimensión de compartir, po­demos ver como a mayor puntuación de ésta, mayor capacidad de expresión de sentimiento muestra al sujeto (p = 3,14).

Seguidamente, y respecto a la empatía, se puede decir que, a mayores niveles de esta, ma­yor capacidad de expresión emocional presen­tan los sujetos (p = 3,06) y menor es el nivel de resolver de forma hostil los conflictos (p = 2,53).

Por último, también se aprecia en los resulta­dos que, a mayor capacidad de cuidar por parte de los sujetos, menor ha sido también la resolu­ción hostil (p = 2,96).

Discusión y conclusiones

La muestra de padres y madres de acogi­da que han participado en el presente estudio muestra tener una conducta caracterizada por el altruismo y la prosociabilidad. La bibliografía nos dice que varios estudios relacionan diferen­tes tipos de motivación más allá de la puramen­te altruista para llevar a cabo una acogida fa­miliar, centrados más bien en la sociedad o en uno mismo, al margen de ser centrados en el niño (Canali y Vecchiato, 2013). Otros estudios recientes muestran también un incremento de motivaciones para acoger relacionadas con la formación o ampliación de una familia, en vez de la opción de acoger por solidaridad como había sido más habitual hasta ahora (Montserrat et al., 2019). No obstante, nuestros resultados no muestran esta tendencia, siendo estas conductas  motivadas, como decíamos, desde el altruismo. No obstante, es cierto que la muestra representa una primera parte del estudio piloto que se está llevando a cabo y cabe la posibilidad de que la muestra total finalice mostrando unos resulta­dos distintos. No obstante, cabe destacar que no podemos olvidar que este sería un valor de una alta deseabilidad social, motivo por el que, por ahora, concluiríamos que se consideran al­truistas. En esta línea, destacaríamos este como un aspecto de buen pronóstico, ya que como hacen mención diferentes estudios, hace falta que los acogedores estén motivados por razo­nes altruistas, ya que a menudo es fácil olvidar que el objetivo final de la acogida será siempre, dentro de lo posible, el retorno del niño con la familia biológica y poder convivir nuevamente con ella (Ochando et al., 2015). En este sentido, algunos autores (Testa y Shook, 2002; León y Palacios, 2004; Palacios y Jiménez, 2007; Clea­ver y Walker, 2004; Landsverk, 1996) han evi­denciado que uno de los aspectos predictores de la reunificación familiar son las visitas con los padres biológicos a lo largo del proceso de aco­gida, lo cual implica que este proceso se lleve a cabo desde un motivo desinteresado.

Cabe destacar, también, que, en relación con es­tos resultados, las mujeres presentan un nivel de altruismo y conducta prosocial mayor del que pre­sentan los hombres, siendo también más altruistas las mujeres, aspectos ya mencionados anterior­mente por la bibliografía encontrada, en la cual son diferentes los autores y estudios que corroboran que el género femenino presenta un nivel de al­truismo mayor que el masculino desde la infancia (Ortiz et al., 1993). A la vez, estos autores mencio­nan la relación entre el apego seguro y los altos ni­veles de altruismo, aspecto que, a la vez, corrobo­ra esta investigación, ya que los resultados indican también que son más las mujeres que muestran una mayor capacidad de apego en comparación con los hombres. Este apego estaría caracterizado por la expresión de sentimientos. De esta manera, concluiríamos la correlación entre ambos.

Se destaca también en esta investigación una tendencia a mostrar menor autosuficiencia emocional y menor empatía a edades más avan­zadas, aspectos que no se presentaban como uno de los objetivos del estudio, pero que ha destacado entre los resultados.

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