Transferencia e identificación: dos procesos básicos en la elaboración de las crisis de identidad en la adolescencia
Amalia Guadalupe Gómez Cotero, Fernando López Armenta, Viviana Rafaela Carmona Torres, María De Lourdes Solano Hernández, Darinka Yamile González Sánchez, Rosa Paola Figuerola Escoto y Angelica Maria Pablo Velazquez
RESUMEN
El siguiente artículo presenta el caso clínico de una adolescente que enfrenta una crisis de identidad, dificultades escolares y conductas disruptivas. Se destacan los desafíos de la adolescencia desde la perspectiva psicoanalítica, incluyendo la reorganización de la identidad y la gestión de duelos por la infancia. Se describe el tratamiento integral que incluye psicoterapia individual, asesoramiento familiar, coordinación con el equipo escolar y apoyo en temas de identidad de género. Palabras clave: adolescencia, identidad, psicoanálisis, crisis, conducta disruptiva, género, tratamiento integral.
ABSTRACT
Transference and identification: two basic processes in the development of identity crises in adolescence. The following article presents the clinical case of an adolescent girl facing an identity crisis, school difficulties and disruptive behaviors. The challenges of adolescence are highlighted from a psychoanalytic perspective, including identity reorganization and childhood grief management. Comprehensive treatment, including individual psychotherapy, family counseling, coordination with the school team and support in gender identity issues, is described. Keywords: adolescence, identity, psychoanalysis, crisis, disruptive behavior, gender, comprehensive treatment.
RESUM
Transferència i identificació: dos processos fonamentals en el desenvolupament de la crisi d’identitat durant l’adolescència. L’article següent presenta el cas clínic d’una adolescent que enfronta una crisi d’identitat, dificultats escolars i conductes disruptives. Es destaquen els desafiaments de l’adolescència des de la perspectiva psicoanalítica, incloent-hi la reorganització de la identitat i la gestió de dols per la infància. Es descriu el tractament integral que inclou psicoteràpia individual, assessorament familiar, coordinació amb l’equip escolar i suport en temes d’identitat de gènere. Paraules clau: adolescència, identitat, psicoanàlisi, crisi, conducta disruptiva, gènere, tractament integral.
Introducción
La adolescencia, como fenómeno y como etapa del proceso de desarrollo humano, ha sido estudiada históricamente desde diversas ópticas y disciplinas académicas. La Organización Mundial de la Salud (OMS) (2019) define la adolescencia como una fase de la vida que se sitúa entre la infancia y la edad adulta, es decir, entre los 10 y los 19 años de edad. Este mismo organismo describe que en esta etapa las personas experimentan una serie de cambios físicos, cognitivos y psicosociales, lo cual tiene a su vez un impacto directo en las emociones, los pensamientos, el proceso de toma de decisiones y la interacción que establecen con su entorno (OMS, 2024).
Siguiendo esta definición general, se puede afirmar con certeza que la adolescencia es una etapa crucial en el desarrollo de los individuos. Los fenómenos biológicos, psicológicos y sociales que ocurren en este periodo ejercen una influencia poderosa en la vida ulterior de las personas, por lo que su comprensión y estudio es indispensable para dar respuesta a las necesidades y desafíos específicos de este sector de la población (Lavielle-Sotomayor et al., 2014; Lozano Vicente, 2014).
Cuando se hace un abordaje de esta etapa del desarrollo es importante tener en consideración las diferencias conceptuales que existen entre la “pubertad” y la “adolescencia”. La primera se refiere a un proceso de cambios acelerados de orden biológico. Durante este proceso se produce el desarrollo de los caracteres sexuales secundarios que incluye, entre otras características, la maduración de las gónadas y las glándulas suprarrenales, así como el aumento significativo de la masa ósea, grasa y muscular. Desde el punto de vista fisiológico, se considera que el inicio de la pubertad está marcado por la aparición de la telarquia (botón mamario) en las mujeres entre los 8 y los 13 años, y el aumento del tamaño testicular en los hombres, entre los 9 y los 14 años (Güemes-Hidalgo et al., 2017).
Por otro lado, la adolescencia se puede describir como un proceso mucho más extenso, ya que, además de contemplar los cambios biológicos de esta etapa, engloba también otros fenómenos subjetivos y la interacción del sujeto con determinantes sociales y culturales. Siguiendo estas definiciones, se entendería que la pubertad es la fase que marca el inicio de la adolescencia (Hoffman, 1996).
Desarrollo de la identidad de género
Cuando se habla sobre el desarrollo de la identidad, el género toma protagonismo como un eje fundamental en el que convergen distintos elementos que son definitorios en la elaboración de las crisis de identidad características de la pubertad y la adolescencia.
A diferencia del sexo biológico, el género es un constructo mucho más complejo que hace alusión a un conjunto de normas sociales que se atribuyen a los sujetos en función del sexo biológico con el que nacen. Estos mandatos sociales responden también a las particularidades de cada sociedad y contexto histórico en el que se expresan. Las normas diferenciadas para cada sexo se asignan y refuerzan desde el momento del nacimiento como directrices que regulan el comportamiento, los deseos y acciones tanto en la esfera pública como en la privada (Subirats, 1994).
En la actualidad, se sigue considerando de forma predominante que la identificación del género tiene un carácter binario, asignando de forma social una serie de atributos aceptables para varones y otro grupo de atributos aceptables para mujeres (Platero, 2014), todo y que estas concepciones dicotómicas de género se han venido flexibilizando cada vez más en las últimas décadas.
La identidad de género es un constructo complejo que va más allá de una simple clasificación binaria entre la feminidad y la masculinidad. La identidad de género se construye, actualiza y transforma constantemente a través del diálogo bidireccional entre el sujeto y el grupo social en el que se encuentra arraigado. Renold (2004) argumenta que la identidad de género se forma a partir de dos dimensiones interconectadas: una externa, influenciada significativamente por la interacción social, y otra interna, que depende del posicionamiento reflexivo y activo de cada persona. Al mismo tiempo, es crucial reconocer que las creencias y perspectivas de una persona están influenciadas por su entorno social y otros atributos sociodemográficos de los sujetos, como la etnia y la clase social, lo que da lugar a la existencia de identidades de género complejas, diversas y en continuo desarrollo (Chisvert-Tarazona, 2012). En resumen, la interacción entre los planos externo e interno permite entender la diversidad de identidades de género actuales, ya que estas se configuran y reconfiguran según el contexto y las oportunidades de transformación que éste ofrece.
Desde la óptica del psicoanálisis más contemporáneo, se ha enfatizado el impacto que las vicisitudes de la identidad de género tienen en la vida cotidiana de las personas y su influencia definitoria en la construcción de la subjetividad (Dio Bleichmar, 2010). Laplanche (2007) sostiene que el género se asigna mediante un conjunto de actos sociales y lingüísticos desde
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el nacimiento, sugiriendo así una primacía de los fenómenos sociales sobre la influencia del sexo biológico. Laplanche también señala que la asignación del género precede a la simbolización y que el dinamismo de su naturaleza necesariamente debe buscarse en los intrincados fenómenos sociales en los que se construye. La identidad de género para Laplanche es un fenómeno relacional en el que convergen también las representaciones del cuerpo y las identificaciones con las figuras parentales; este se estructura a partir del intercambio de mensajes que tienen lugar en el marco de las relaciones de apego y cuidado desde la primera infancia, lo cual lo llevó a concluir en que el género es un constructo plural que no se encuentra sujeto a ningún tipo de clasificación rígida (Laplanche, 2007).
Las conceptualizaciones contemporáneas del psicoanálisis hacen énfasis en el carácter dinámico y fluido de la identidad de género y de las implicaciones que esto tiene en la práctica clínica con personas de cualquier edad, no únicamente en el trabajo con adolescentes (Elise, 2000; Kulish, 2010). Harris (2005) comparte la concepción relacional de este fenómeno y propone que la identidad de género emerge de las interacciones entre el self y los otros. La autora utiliza la palabra “ensamblaje” para describir el dinamismo con el que el género, como ocurre con otros atributos de la identidad, se desarrolla siguiendo múltiples vías y se nutre del diálogo entre fenómenos intrapersonales e interpersonales. El desarrollo de la identidad de género no es un fenómeno lineal predeterminado, sino más bien caótico y complejo, en el sentido de que no sigue ni llega a un objetivo predeterminado. Este número intrincado de variables hace que la identidad de género esté siempre abierta a una continua reorganización.
En aras de superar las dicotomías restrictivas de las identidades de género tradicionales, cada vez son más las voces dentro del psicoanálisis que apuestan por el desarrollo de un enfoque teórico y clínico que integre las nociones de fluidez y dinamismo tanto en las identidades de género como en la experiencia de la sexualidad en general. Desde esta postura, se desafía la división rígida de las relaciones de género y se propone un modelo inclusivo donde lo masculino y femenino se integren, abarcando una diversidad amplia de identidades y orientaciones sexuales, abogando por una comprensión de la sexualidad basada menos en las diferencias entre hombres y mujeres, y más en sus similitudes y conexiones (Quindeau, 2008).
La integración de estas conceptualizaciones tiene también implicaciones directas en la práctica clínica, ya que estas posturas contemporáneas ofrecen una visión más amplia en la que se pueden comprender y elaborar los conflictos que aparecen en personas cuyas identidades de género no se alinean con las categorías binarias (Diamond, 2020). Las nuevas formas de relaciones y estilos de vida sexuales en la sociedad moderna están teniendo una influencia importante en la teoría psicoanalítica y en la práctica psicoterapéutica, enfatizando la necesidad de un enfoque flexible y diverso para abordar la complejidad de las identidades sexuales contemporáneas (Quindeau, 2008).
Para los teóricos y clínicos del psicoanálisis que se posicionan dentro de la concepción relacional del género, durante el trabajo clínico, salta a la vista el hecho de que los malestares que aparecen en torno a la identidad de género, en muchas ocasiones, lejos de representar fracturas profundas en el núcleo del Yo, responden a malestares relacionados con inconformidad hacia el estatus quo y las constricciones sociales que limitan la libertad de los individuos (Kulish, 2010).
Fenómenos psicodinámicos en la adolescencia
El psicoanálisis, como cuerpo teórico y como marco clínico, desde sus orígenes ha mostrado un especial interés en los fenómenos psíquicos que acontecen durante la adolescencia y el impacto de éstos en la vida ulterior de los sujetos (Gómez Cotero et al., 2021). Freud (1905) se interesó por estudiar estos fenómenos subjetivos y sus conclusiones revolucionaron la concepción que en aquel momento se tenía sobre la pubertad y la adolescencia. Freud (ídem) propuso que, en el desarrollo humano, existen dos etapas en las que la sexualidad cobra un especial protagonismo: la etapa fálica en la edad infantil y la metamorfosis de la pubertad, esta última marcada por la maduración de los órganos genitales, la búsqueda de un objeto sexual exogámico y la conformación definitiva de la vida sexual.
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Peter Blos (1981) estudió la etapa de la adolescencia como un segundo proceso de individuación, dando continuidad a las propuestas de Mahler, quien planteaba que el primer proceso de individuación ocurría en etapas tempranas del desarrollo cuando el infante lograba establecer una diferencia clara entre el yo y el no-yo (Mahler, 1968). Blos propone que esta segunda individuación cursa con un colapso transitorio que tiende a una reconstrucción final de las funciones y la organización yoica.
Al igual que otros autores, Blos consideraba que la adolescencia necesariamente debe implicar un proceso de ruptura con la identidad que hasta entonces había mantenido el sujeto. El adolescente ha de transitar por complejos fenómenos psíquicos para desarrollar un Yo estable y una reorganización de los impulsos libidinales bajo el primado genital (Klein, 2020).
Anna Freud dedicó también una parte importante de su obra al estudio de los fenómenos psíquicos que ocurren durante la adolescencia y su impacto en la formación de la personalidad a largo plazo. Esta autora describía que en la pubertad ocurre una ruptura de la tregua lograda por las pulsiones sexuales durante el periodo de latencia. Este nuevo despertar de las pulsiones provoca un enfrentamiento entre el Yo y el Ello, lo cual genera un reajuste en la dinámica de los instintos y una redistribución de la energía psíquica de los sujetos (Freud, 1980).
La ansiedad provocada por la ruptura de este equilibrio que se había conseguido durante el periodo de latencia activa múltiples mecanismos de defensa tanto de orden neurótico como de tipo psicótico (Ídem). En la adolescencia, el vínculo entre el sujeto y el otro se vuelve inestable debido a que las identificaciones primarias que se habían establecido en la infancia pierden solidez. Este enfrentamiento interno deja al adolescente en una posición de vulnerabilidad nunca antes experimentada, lo cual, a su vez, incrementa el riesgo de la aparición de mecanismos psicopatológicos que pueden consolidarse como rasgos estables del carácter si no son abordados oportunamente (Gutton, 1993).
Dentro de la teoría psicoanalítica se considera también que el tránsito por la adolescencia implica la gestión y eventual elaboración de tres duelos bien identificados: el duelo por el cuerpo infantil, el duelo por los padres infantiles y el duelo por la identidad infantil (Aberastury y Knobel, 1971). Cuando los cambios físicos de la pubertad comienzan a hacerse notorios, el sujeto pronto descubre que los imperativos del mundo externo se transforman también; el adolescente se ve en la necesidad de asimilar que, con estos cambios físicos, también le son impuestos roles, expectativas y pautas de convivencia que en la edad infantil no le habían sido requeridos (Gutton, 1993).
Las vicisitudes de la identidad adolescente
La adolescencia representa un proceso de metamorfosis en la que se abandona la seguridad de la etapa infantil para adentrarse en las vicisitudes que eventualmente llevarán hasta la conquista de la independencia de la vida adulta, una etapa en la que se espera que los individuos construyan una identidad relativamente estable (Moreno Fernández, 2015).
Para Erikson (1968), la identidad es un constructo complejo y dinámico que experimenta transformaciones diversas a lo largo de la vida. La construcción de la identidad está asociada a una percepción subjetiva de mismidad y continuidad reconocida tanto por el sujeto como por el entorno. Este mismo autor señala que la adolescencia es uno de los momentos más decisivos en su consolidación, ya que los cambios propios de esta etapa activan un proceso de reajustes de la identidad infantil que lleva al adolescente a confrontarse con realidades a las que previamente no había estado expuesto.
Durante la adolescencia los sujetos buscan explorar y actualizar la concepción que tienen sobre sí mismos y la proyección que de esto hacen hacia el exterior. Los adolescentes comienzan a integrar un sistema de creencias y valores con el cual orientan su integración en el grupo social. En esta etapa, las personas toman decisiones fundamentales sobre la elección vocacional, se establecen las bases de la identidad y se busca una expansión del mundo social y afectivo fuera del entorno familiar (Moreno Fernández, 2015).
Con este desplazamiento hacia el exterior del núcleo primario, los padres también se ven orillados a reajustar el rol que juegan en la vida de los adolescentes, ya que éstos comienzan a buscar figuras de apoyo y modelos de identificación
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en el grupo de pares. La mirada y la opinión del grupo social comienza a ganar un peso definitorio en la construcción y validación de la incipiente identidad adolescente (Davis, 2014).
La identidad implica una descripción que el adolescente hace sobre sí mismo acerca de sus atributos físicos, su personalidad, sus destrezas, sus carencias y los roles que desempeña dentro del grupo social y familiar para desarrollar una valoración de sí mismo y del lugar en el que se percibe dentro del mundo (Griffa y Moreno, 2015; Santrock, 2004). El dinamismo de la identidad se debe en parte a que responde a un entramado de variables bidireccionales entre el sujeto y su entorno. Los modelos de identificación que cobran relevancia en la adolescencia se actualizan en la medida en que el individuo reevalúa la concepción que tiene de sí mismo, el modo en el que cree que es percibido por los demás y la forma en que su entorno le define (Urbano y Yuni, 2016; Krauskopf, 2002).
Para Erikson (1968), en la etapa de la adolescencia el sujeto se encuentra ante una crisis evolutiva con dos posibles desenlaces: identidad vs confusión de roles. El desenlace favorable de este periodo vital crítico corresponde con el mantenimiento de la cohesión interna, pero, si el desenlace es desfavorable, el sujeto experimenta una confusión de roles que le imposibilita dar coherencia a su propia biografía. La adolescencia queda así señalada como la instancia de mayor énfasis en lo que concierne a la construcción de la identidad, ya que el sujeto debe despojarse de los atributos infantiles para adquirir nuevos elementos identitarios acordes a su nuevo estatus (Ives, 2014).
Erikson (1968) hace énfasis en que la crisis de la adolescencia no debe ser considerada como una ruptura de orden patológico, sino como una crisis normativa del desarrollo que le permitirá al sujeto transitar hacia el establecimiento de una identidad adulta sana; un logro que dependerá, en gran medida, de los recursos y el acompañamiento que el entorno le proporcione al adolescente (Feixa, 2020). La “moratoria psicosocial” a la que Erikson hace alusión se refiere justamente a este periodo de crisis de la identidad, una especie de campo de pruebas en el cual el individuo experimenta, ensaya, se apropia y se deshace de elementos variados hasta encontrar, tras una resolución favorable, aquella configuración que le permite una adaptación exitosa a su entorno.
Aunque existe un consenso sobre la relevancia crítica de la adolescencia en la construcción de la identidad, no hay ningún punto en el ciclo vital en el que esta permanezca estática e inmutable. La identidad es resultado de la interacción del sujeto con el entorno y este diálogo bidireccional se mantiene a lo largo de la vida. La identidad se actualiza y se transforma en puntos posteriores del desarrollo humano, con lo cual no es infrecuente que aparezcan en la edad adulta otras crisis identitarias en función de determinados acontecimientos vitales (Tió, 2020).
Al igual que ocurre en la crisis de la adolescencia, la resolución adaptativa de las crisis de identidad posteriores dependerá de la capacidad del sujeto para mantener este intercambio de inputs con el exterior. Cuando la psicopatología irrumpe en estos procesos, se observa un deterioro del vínculo entre el sujeto y su entorno. Los procesos de crisis patológicos suelen estar caracterizados por la elevación defensiva de una barrera impermeable que interrumpe este diálogo con el exterior y, por lo tanto, de la evolución (Bion, 1962).
Identidad e identificaciones
Durante el proceso de desarrollo infantil, se establece el terreno que dará lugar a la crisis de la adolescencia. Los recursos personales adquiridos en la infancia conforman el repertorio de herramientas del adolescente para enfrentar los cambios propios de esta etapa. Los recursos que se poseen al llegar a la pubertad influyen significativamente en la transición a la vida adulta, abarcando desde la capacidad de regulación emocional hasta los estilos de apego y las habilidades comunicativas, entre otros aspectos fundamentales de la maduración temprana (Tió, 2020).
En las primeras etapas, la identidad se construye a través de la interacción entre el infante y sus cuidadores, donde se entrelazan lo propio y lo ajeno, el self y el objeto. Esta dialéctica es regulada inicialmente por procesos de introyección y proyección (Klein, 1946), que determinan identificaciones primarias con el objeto
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y, posteriormente, se amplían con influencias sociales, culturales y contextuales (Grinberg, 1985; López, 2003).
La identificación emerge como un mecanismo esencial en la configuración de la estructura psíquica desde las primeras etapas del desarrollo, donde las experiencias del infante con sus cuidadores moldean estas identificaciones. Sin embargo, la subjetividad del bebé también influye, ya que los objetos introyectados reflejan las percepciones del individuo sobre las interacciones con ellos (Stern, 1985; Tió, 2020).
En este artículo describimos el caso clínico de una adolescente de 14 años (N) que acudió a psicoterapia con diversos deterioros asociados a la crisis de identidad propia de esta etapa del desarrollo. Desde la óptica del psicoanálisis, se ofrece una interpretación de los fenómenos psíquicos subyacentes a estos malestares y los factores contextuales que precipitaron la expresión de esta crisis, haciendo especial énfasis en el rol que juegan los procesos de identificación durante este momento crítico para la estructuración del psiquismo.
Este estudio se rigió por principios éticos, garantizando la confidencialidad de la información recopilada y el respeto constante por el bienestar de N y su familia a lo largo de todo el proceso de investigación. Los resultados obtenidos ofrecen una visión detallada de la eficacia del enfoque psicodinámico en el tratamiento de la identidad de género en adolescentes, contribuyendo así al conocimiento en este campo y proporcionando perspectivas valiosas para futuras investigaciones y prácticas clínicas.
Material y/o método
En el presente estudio cualitativo, se adoptó un enfoque de estudio de caso en el que se analizó el impacto del tratamiento integral en la construcción de la identidad de género en adolescentes, con especial atención al caso específico de N.
Participantes
Se ha establecido un enfoque integral para abordar las crisis de identidad de género en adolescentes, involucrando a participantes clave como el adolescente N, sus padres, un psicoterapeuta especializado y el equipo escolar (psicóloga escolar y profesores). La inclusión se basa en la condición de crisis de identidad de género, mientras que la ausencia de consentimiento informado actúa como criterio de exclusión, garantizando prácticas éticas y respeto por la autonomía del adolescente.
Procedimiento
El proceso comenzó con la obtención del consentimiento informado tanto del adolescente N como de sus padres, permitiendo su participación tanto en el tratamiento como en la investigación asociada. Posteriormente, se llevó a cabo una evaluación inicial exhaustiva de N, abordando aspectos emocionales, familiares, escolares y sociales para obtener una comprensión completa de su situación.
Con base en los resultados de la evaluación, se diseñó un plan de tratamiento integral que se adaptó específicamente a las necesidades individuales de N. Este plan fue concebido con el objetivo de abordar de manera efectiva los diversos aspectos identificados durante la evaluación inicial.
La implementación del tratamiento incluyó la ejecución de diversas estrategias terapéuticas, las cuales fueron documentadas cuidadosamente. Se registró la frecuencia y duración de cada intervención, asegurando así un seguimiento detallado de la progresión del tratamiento y proporcionando datos valiosos para la evaluación continua y la posible modificación del plan según las necesidades cambiantes de N. Este enfoque sistemático garantizó una atención integral y personalizada para abordar la crisis de identidad de género de N de manera efectiva.
Descripción del proceso de evaluación e impresión diagnóstica
Dados los motivos de consulta, se procedió a realizar una evaluación psicológica detallada para explorar la posible presencia de alteraciones en el neurodesarrollo. Se empleó la Escala de inteligencia de Wechsler para Niños (WISC) para evaluar el cociente intelectual y se encontró que N tenía un nivel de inteligencia promedio. En esta batería de evaluación, no se observaron indicadores de déficits en ninguno de los dominios de las funciones ejecutivas.
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En las entrevistas con los padres no se reportaron dificultades relacionadas con la memoria de trabajo ni de atención. Estos mismos rasgos fueron explorados también con los profesores y tampoco se reportaron rasgos de inatención ni de hiperactividad. N utilizaba un lenguaje coherente y claro en todo momento. Mantenía un contacto visual adecuado con el interlocutor y se encontraba orientada en tiempo, espacio, persona y contexto. En las primeras sesiones, N mostró una actitud hermética y desafiante hacia la terapeuta, una actitud que fue flexibilizando progresivamente.
Durante las sesiones de evaluación, se identificó también que N presentaba algunos rasgos de depresión y ansiedad, tales como apatía, irritabilidad, alteraciones significativas en los hábitos de sueño e ideas pasivas de muerte. La duración de estos síntomas no superaba los seis meses en el momento de la evaluación. Debido a la presencia de conductas autolíticas, N fue referida al servicio de psiquiatría del mismo centro e inició tratamiento con benzodiazepinas.
Durante las sesiones de evaluación, N compartió con la terapeuta que, desde hacía algunos meses, había experimentado malestares relacionados con su identidad de género. N describió que se identificaba como chico e incluso había elegido un nombre masculino con el que quería que le llamaran. Sus padres sabían de este malestar, pero no lo mencionaron en el motivo de consulta. En el momento de la evaluación, N no cumplía con criterios suficientes para el diagnóstico de disforia de género, según las directrices del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (American Psychiatric Association, 2014). N expresaba un deseo insistente de “ser chico”; sin embargo, al momento del inicio de esta intervención psicoterapéutica, no se cumplía el criterio de duración mínima de seis meses que el DSM-5 específica para el diagnóstico mencionado anteriormente.
Estrategias terapéuticas
Se utilizó la psicoterapia individual que constituirá un pilar fundamental, estructurando sesiones semanales con un enfoque psicodinámico. A través de estas sesiones, se propiciará la exploración profunda de las emociones, pensamientos y conflictos internos de N, permitiendo un espacio de reflexión y comprensión de su mundo interior.
Paralelamente, se brindará asesoría en crianza y disciplina positiva, mediante sesiones específicas dirigidas a los padres de N. Estas sesiones tendrán como objetivo proporcionar herramientas y técnicas efectivas para fomentar un ambiente familiar saludable y promover un desarrollo emocional positivo en el niño.
La colaboración estrecha con el equipo escolar constituirá otro componente esencial de la intervención. Se establecerá una coordinación efectiva con la psicóloga escolar y los profesores, con el propósito de apoyar el rendimiento académico y facilitar la integración social de N en el entorno escolar. Este enfoque colaborativo busca garantizar una atención integral que aborde tanto aspectos académicos como sociales de la vida del niño.
En consonancia con un compromiso inclusivo, se abordarán temas relacionados con la identidad de género. Se ofrecerá información actualizada a N y su familia, incluyendo la posibilidad de participar en una reunión en una clínica especializada en este ámbito. El objetivo es proporcionar el apoyo necesario y la comprensión adecuada para que N y su familia transiten este proceso con conocimiento y respaldo profesional.
Por último, se implementará una estrategia de promoción del bienestar emocional y social, fomentando actividades sociales y recreativas. Estas actividades se diseñarán con el propósito de favorecer la integración de N en su entorno, al tiempo que estimulan su desarrollo personal y social. El objetivo es crear un ambiente enriquecedor que contribuya al crecimiento equilibrado de N y fortalezca su bienestar integral.
Descripción del caso clínico
N era una adolescente de 14 años que fue atendida en consulta privada en la Ciudad de México. En el motivo de consulta, los padres refirieron dificultades conductuales de severidad significativa que estaban deteriorando la convivencia familiar. Se mencionó también que estas conductas disruptivas estaban teniendo un impacto negativo en el desempeño escolar, la relación con profesores y la integración de N en el grupo de pares.
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N era hija única y al inicio del proceso psicoterapéutico se encontraba en el segundo año de educación secundaria. Había suspendido todas las asignaturas de la última evaluación escolar y corría un riesgo elevado de repetir el mismo curso académico debido a su bajo rendimiento y una aparente ausencia de interés por los estudios y la vida escolar en general. Los padres decidieron buscar asesoría profesional debido a que, en las semanas previas, N se había negado por completo a asistir a clases y expresaba con insistencia su deseo de cambiarse a otro instituto, ya que se percibía rechazada tanto por profesores como por sus compañeros.
Se acordó con los padres realizar sesiones individuales de psicoterapia con orientación psicodinámica de forma semanal con N y se alternaban algunas semanas con sesiones de asesoría en crianza y disciplina positiva con los padres. Se acordó con la familia que en los objetivos terapéuticos se daría prioridad también a los conflictos de identidad que expresaba N, ya que este punto era un foco de malestar y estaba profundamente relacionado con el resto de los temas expresados en el motivo de consulta.
Al inicio del proceso, la terapeuta se refería a N con el nombre masculino que había elegido y se trabajó en cómo expresar este deseo a otras personas de forma asertiva y cómo actuar ante el rechazo que percibía por parte de sus compañeros. Después de algunas sesiones, un par de chicas de su clase ya se referían a N con este nombre y comenzó a establecer con ellas un vínculo incipiente de amistad. Se trabajó también en el fortalecimiento de las habilidades sociales para cultivar los vínculos que comenzaba a establecer con estos compañeros de clase.
De forma paralela, en esta primera etapa de la intervención también se trabajó con técnicas psicoeducativas y se ofreció información confiable sobre los temas en los que N mostraba interés. En las sesiones se logró identificar que N tenía información inexacta sobre diferentes conceptos como género, sexo biológico, género no binario, género fluido, identidad sexual, identidad de género, orientación sexual, etc. La información que conocía sobre estos temas provenía mayoritariamente de contenido de redes sociales y sitios web no especializados en estas temáticas. Esta misma información fue revisada en las sesiones de asesoría parental.
Cabe mencionar que, en la sesión inicial con los padres se mencionó que N hacía un uso excesivo del móvil, en promedio cinco horas por día entre semana y muchas horas más durante el fin de semana. Ante los comportamientos disruptivos de N, los padres revisaban su móvil como forma de castigo y N reaccionaba con episodios de frustración intensa y agresión verbal hacia sus padres. También se reportó que, durante estos episodios de frustración, N se había hecho lesiones superficiales en las muñecas en varias ocasiones utilizando cuchillas de afeitar. No se tenía registro de ideaciones suicidas, aunque N sí expresaba ideas pasivas de muerte.
Además, dados los motivos de consulta, se procedió a realizar una evaluación psicológica detallada para explorar la posible presencia de alteraciones en el neurodesarrollo. En esta evaluación se encontró que N tenía un cociente intelectual promedio y no se encontraron déficits en ninguno de los dominios de las funciones ejecutivas. Debido a la presencia de conductas autolíticas, N fue referida al servicio de psiquiatría del mismo centro e inició tratamiento con benzodiazepinas.
Durante las sesiones de evaluación, N compartió con la terapeuta que, desde hacía algunos meses, había experimentado malestares relacionados con su identidad sexual. N describió que se identificaba como chico e incluso había elegido un nombre masculino con el que quería que le llamaran. Sus padres sabían de este malestar, pero no lo mencionaron en el motivo de consulta. En el momento de la evaluación, N no cumplía con criterios suficientes para el diagnóstico de disforia de género, según las directrices del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (American Psychiatric Association, 2014).
N expresó que había solicitado a sus compañeros del instituto y profesores su deseo de utilizar el nombre masculino que había elegido, una petición que no fue atendida. N atribuía a este tema el hecho de que sus compañeros le excluyeran de actividades grupales. N mencionó que había investigado en internet sobre el proceso de reafirmación de género y había expresado a sus padres su voluntad de iniciar con el tratamiento hormonal cuando tuviera edad suficiente.
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A través de redes sociales y foros en línea, N había contactado con una comunidad de adolescentes que se encontraban en su misma situación en relación con su crisis de identidad y participaba activamente en grupos de WhatsApp en los que se mantenía en comunicación constante con adolescentes de diferentes países. N refería que en esta comunidad virtual encontraba la aceptación que no percibía en otros entornos de su vida. Se identificó también que, a través de redes sociales, N estaba en contacto con otras personas que se autolesionaban.
En las sesiones con N se hacía énfasis en que, si era su deseo iniciar con el proceso de transición, era importante que ésta fuera una decisión informada. Se recomendó a la familia también que reservase una reunión de asesoría en una clínica especializada en atención a personas trans para informarse de los procedimientos médicos y legales implicados en el proceso de afirmación de género.
El vínculo con la terapeuta se fue fortaleciendo en la medida en que N notaba que su malestar en relación con su identidad estaba siendo atendido. El acercamiento en la relación terapéutica coincidió también con las primeras invitaciones que N recibió para asistir a reuniones sociales con el grupo de amigas en el que se estaba integrando. Con el incremento de su actividad social en este contexto, N redujo progresivamente su participación en los foros en línea de adolescentes queer, cabe mencionar que, este término es un paraguas que abarca identidades y orientaciones sexuales y de género no normativas. Originalmente una palabra despectiva, ha sido re-apropiado por la comunidad LGBTQ+ para describir experiencias que no se ajustan a las normas heterosexuales o cisgénero tradicionales. Queer incluye a personas lesbianas, gays, bisexuales, transgénero, no binarias, y otras identidades de género diversas, y refleja una perspectiva flexible y abierta hacia la diversidad sexual y de género.
Después de cuatro meses de haber iniciado el proceso psicoterapéutico y la medicación con ansiolíticos, N reportó que había conseguido controlar en su totalidad las conductas autolesivas.
Los progresos mencionados dieron paso a una disminución significativa del malestar expresado con relación al contexto escolar. De forma voluntaria, N contactó con la psicóloga de su instituto y solicitó su ayuda para mediar con el resto de profesores y negociar alternativas para mejorar sus notas. En este punto del proceso, N expresó su deseo de permanecer en la misma escuela e insistía en que no quería repetir el curso porque se tendría que separar del grupo de amistades que ya había formado.
Con la intervención coordinada de la terapeuta, la psicóloga escolar y la familia, se consiguieron pactar con el equipo docente algunas estrategias para que N pudiera recuperar en periodo extraordinario las asignaturas que le habían quedado suspendidas. El rendimiento académico de N mejoró drásticamente hacia el final del curso escolar y comenzó a expresar un especial interés en la asignatura de artes plásticas.
En esta parte del tratamiento, N compartió con la terapeuta que estaba teniendo dudas sobre si el proceso de afirmación de género era lo que realmente quería. En estas mismas sesiones N comenzó a mostrar una preocupación en su arreglo personal que antes no había expresado. Comenzó a usar esmalte en las uñas. Un par de sesiones después, también se observó que llevaba delineador en los ojos y la madre le comentó a la terapeuta que había sorprendido a N usando sus cosméticos.
Todas estas observaciones fueron expresadas con naturalidad por parte de la terapeuta y se reforzó de forma positiva el hecho de que N se estuviera dando la oportunidad de experimentar con diferentes expresiones de su identidad.
Aproximadamente a los seis meses de tratamiento, N le expresó a su terapeuta que había perdido el interés en iniciar el proceso de transición de género y que quería volver a ser llamada por el nombre que sus padres le habían asignado al nacer. El malestar expresado por las dudas sobre su identidad fue disminuyendo gradualmente durante los meses posteriores, algo que también se reflejaba en su arreglo personal. N comenzó a compartir con la terapeuta algunas imágenes de vestidos que quería comprar para asistir a algunas fiestas a las que había sido invitada y compartió también su interés en un chico al que había conocido a través de redes sociales y con quien intercambiaba mensajes de forma frecuente.
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A los 12 meses del inicio del proceso de psicoterapia con N, las conductas autolesivas se mantenían en remisión y los malestares relacionados con su identidad habían desaparecido por completo. N había formado un grupo de amistades estable y mostraba interés por la vida académica. Por recomendación de la terapeuta, los padres habían buscado a una tutora privada que hacía un par de horas de refuerzo escolar por semana con N para ayudarle a estudiar para sus exámenes. La relación de N con sus padres había mejorado sustancialmente, aunque seguían teniendo dificultades para establecer límites, especialmente en el tiempo de uso del móvil.
Dado que los malestares emocionales de N se habían conseguido superar, en la última parte del proceso se trabajaron con los padres algunas técnicas para establecer rutinas, hábitos de higiene, de salud y de estudio. La relación entre N y su madre continuaba siendo tensa en muchas ocasiones, debido en parte al estado de ánimo deprimido y la irritabilidad que todavía presentaba la madre, aunque se observaba que los episodios de confrontación habían disminuido de forma significativa. N seguía expresando un interés especial por la asignatura de artes plásticas y su profesora había sugerido a los padres que explorarán la posibilidad de que N estudiara en el futuro un bachillerato artístico.
Resultados
La intervención terapéutica con N, una adolescente de 14 años, reveló avances notables en su bienestar emocional y desarrollo personal. Al inicio del proceso, N enfrentaba severas dificultades conductuales y crisis identitarias, lo que afectaba tanto su entorno familiar como su desempeño escolar. La resistencia para asistir a clases, los episodios de autolesiones y el uso excesivo del móvil eran preocupaciones centrales.
La evaluación psicológica inicial indicó un cociente intelectual promedio y la ausencia de déficits en las funciones ejecutivas. Sin embargo, la presencia de conductas autolíticas llevó a una derivación al servicio de psiquiatría, donde se inició un tratamiento con benzodiazepinas. Durante las sesiones, N compartió su malestar relacionado con la identidad sexual, expresando su deseo de iniciar un tratamiento hormonal en el futuro.
El abordaje terapéutico integral se centró en estrategias adaptadas a las necesidades específicas de N. La colaboración con el equipo escolar, la asesoría en crianza, y la provisión de información sobre identidad de género fueron aspectos cruciales. La promoción del bienestar emocional y social, junto con la participación en actividades recreativas, contribuyeron a fortalecer la resiliencia y confianza de N.
Como se menciona en la descripción de caso a los cuatro meses, se observaron mejoras significativas. N logró controlar completamente las conductas autolesivas, participó en actividades sociales con un nuevo grupo de amistades y mostró una mejora en su integración social. La colaboración entre la terapeuta, la psicóloga escolar y la familia permitió implementar estrategias para mejorar el rendimiento académico, con una disminución notable de los conflictos escolares.
A los seis meses, N experimentó una transformación en su expresión de género, explorando diferentes manifestaciones. El proceso de afirmación de género, inicialmente deseado por N, fue reconsiderado, y a los 12 meses, expresó su pérdida de interés en iniciar dicho proceso. Además, decidió volver a ser llamada por el nombre asignado al nacer.
La evolución positiva continuó con la remisión total de las conductas autolesivas y la desaparición completa de los malestares relacionados con la identidad. N formó un grupo de amistades estable, mostró interés en la vida académica y expresó su deseo de explorar su talento en artes plásticas. A los 12 meses, N había alcanzado una estabilidad emocional notable, evidenciada por la mejoría en la relación con sus padres y su interés en establecer rutinas y hábitos saludables.
Estos resultados subrayan la eficacia del abordaje terapéutico integral y adaptable a las necesidades específicas de N. La colaboración entre profesionales y la familia fue esencial, destacando la importancia de la aceptación incondicional y el establecimiento de un vínculo seguro en el proceso terapéutico con adolescentes.
Discusión
Desde el inicio del proceso de evaluación se pudieron observar los rasgos distintivos de la
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crisis de la adolescencia que se han revisado previamente. En primer lugar, se observa que N busca la separación del núcleo familiar a través de comportamientos hostiles y cargados de agresividad hacia sus padres. Durante la crisis de la adolescencia, es frecuente que en el proceso de individuación el Yo active mecanismos defensivos como la identificación proyectiva para deshacerse, a través del ataque a los padres, de los elementos no deseados de la identidad infantil que se está abandonando (Tió, 2020).
Esta separación de los padres implica necesariamente una evaluación por parte del sujeto de las similitudes que comparte con sus figuras de apoyo primario para proceder a alejarse de estas identificaciones establecidas durante la infancia. El alejamiento de estas identificaciones primarias genera una sensación de disolución de la identidad, algo que en la crisis puberal actúa también como motor en la búsqueda de nuevas identificaciones de orden secundario fuera del núcleo familiar (Kernberg, 2006).
La actitud oposicionista y rebelde que frecuentemente muestran los adolescentes es resultado también del proceso de individuación. N contradice y desafía frecuentemente a sus padres como una reafirmación de la independencia que reclama. A través de estas conductas, N se emancipa del mandato parental y se rechaza la obediencia a autoridades externas; es decir, se niega a permanecer en el lugar asignado por el discurso de los padres. A través de estas confrontaciones, N pone de manifiesto que hay discursos alternativos a la narrativa parental, la cual pierde poder sobre ella porque ahora los padres no son percibidos como portadores de la verdad. Con la desarticulación del discurso parental el adolescente se rebela en contra del dominio externo (Rassial, 1999).
El proceso de estructuración de la identidad sexual puede ser la vía en la que emergen conflictos relacionados con otras esferas de la vida del adolescente. Los conflictos observados en este proceso en ocasiones son el síntoma de conflictos complejos en los que convergen malestares tanto individuales como familiares y sociales (Bell, 2020; Evans y Evans, 2021). N mantenía una relación especialmente conflictiva con su madre, quien era percibida como una figura débil y sin ninguna autoridad en la familia. La madre de N había tenido un historial extenso de complicaciones de salud física y mental que en varios momentos de la infancia de N interfirieron en las atenciones y el sostén que podía ofrecer. Se identificó que la relación de N con su padre era el único vínculo estable que percibía, todo y que con él también exhibía una actitud desafiante.
La hostilidad hacia el padre del mismo sexo es frecuente en las crisis de identidad de género en adolescentes. Como se mencionaba antes, a través de la identificación proyectiva, N ataca los elementos de la feminidad a través del rechazo a su madre. Lo que se observa en la superficie como conflictos o fisuras en la identidad es un indicador de una ausencia de identificaciones (Ladame, 2001). Parece quedar de manifiesto en este caso que N no había conseguido interiorizar una representación estable y positiva de su madre durante la infancia, algo que en la crisis puberal se expresa a través de fisuras en el núcleo de la identidad que se intentan compensar a través de otras identificaciones.
El deseo de ser varón en un momento dado de esta crisis puede haber sido el resultado de una identificación con la figura paterna, una figura con quien N se siente más vinculada y a quien percibe con mayor independencia y fortaleza; atributos que N desea para sí misma y que trata de incorporar al Yo a través de la identificación con la masculinidad.
Los atributos asociados a la feminidad son estructuralmente menospreciados en la sociedad patriarcal de nuestro momento histórico. Además, muchos de estos atributos socialmente considerados como femeninos son compartidos con atributos infantiles (Tió, 2020), lo cual genera un conflicto adicional en un proceso en el que N trata de evolucionar, dejando atrás la identidad infantil y los atributos que asocia con su madre. La figura materna, en este caso, pasa a ser también el objeto en el que se canaliza el rechazo y descontento hacia el estatus que la feminidad tiene en nuestra sociedad (Flax, 1995).
Las conductas autolíticas que N presentaba también pueden ser señaladas como parte del complejo entramado de mecanismos defensivos que operan durante la crisis puberal. Como se mencionaba antes, diversas angustias emergen cuando el sujeto identifica las transformaciones
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de la corporalidad. El cuerpo infantil se ha perdido y en su lugar habita ahora un cuerpo desconocido que no identifica como propio (Aberastury y Knobel, 1971; Gutton, 1993).
Se observa cómo opera el mecanismo de la negación cuando N percibe los cambios de su cuerpo adolescente. Al inicio del proceso de psicoterapia, N solía utilizar ropa holgada para ocultar ante los demás (y ante ella misma) el desarrollo de los caracteres sexuales secundarios. El deseo de ser chico también puede estar relacionado con la negación de habitar un cuerpo adolescente, ya que el de los chicos de su edad es, en alguna forma, más cercano al cuerpo infantil que N solía tener (sin crecimiento de senos, sin ensanchamiento de caderas, etc.). Este tipo de mecanismos también se observa frecuentemente en adolescentes como un intento de gestionar la pérdida del cuerpo infantil (López, 2023).
De esta forma, las conductas autolesivas operan como una resistencia más ante la angustia del cambio corporal y la inconformidad con la feminidad que expresa N. Los momentos de angustia desbordante son neutralizados a través del ataque directo a aquello que inconscientemente es una de las fuentes principales del conflicto de N: el cuerpo extraño que no reconoce, el cuerpo femenino que le encasilla en mandatos y expectativas sociales que se niega a asumir (Paganini, 2021). El dolor de los cortes le da razón de que ese cuerpo le pertenece, la sangre que brota de las incisiones es la evidencia irrefutable de que ese cuerpo es real, por mucho que lo desconozca.
El caso de N es útil para ejemplificar la poderosa herramienta que representa la transferencia dentro del marco terapéutico, especialmente cuando los conflictos centrales del caso están íntimamente relacionados con el vínculo parental-filial. Al inicio de la intervención, N se mostraba particularmente hostil con sus padres y ellos, a su vez, mostraban un rechazo hacia ella que, en otros momentos, durante su infancia temprana, también habían sentido. En un momento crítico para la construcción de la identidad, las interacciones que N mantenía con sus padres eran mayormente críticas y punitivas, haciendo notorios sus defectos, sus errores y expresando la decepción que sentían al ver que su hija les trataba de una forma tan desdeñosa. Este vínculo conflictivo retroalimentaba el rechazo mutuo entre N y sus padres.
N reproducía este mismo tipo de vínculo en el instituto con profesores y compañeros, estableciendo relaciones interpersonales desde una posición de hostilidad y desprecio. De la misma forma en la que ocurría con sus padres, estas actitudes retroalimentaban el ciclo de rechazo mutuo. Estas mismas actitudes fueron mostradas por N al inicio del proceso psicoterapéutico, ya que durante las primeras sesiones se mostró hermética y poco colaborativa con la terapeuta. El ciclo de rechazo se vio interrumpido cuando la terapeuta reaccionó con paciencia y validando su actitud de rechazo. Se hizo explícito en ese momento que su reacción ante una persona desconocida era entendible. La labor de sostén por parte de la terapeuta en esta primara parte fue esencial para recibir la frustración de N y devolvérsela traducida en aceptación y empatía.
Esta reacción favoreció que, sesiones más tarde, N comenzara a compartir experiencias con la terapeuta hasta que la alianza terapéutica estuvo establecida. Hicieron falta un par de sesiones en las que se reforzaba positivamente y se expresaba gratitud por parte de la terapeuta. Al notar que no había rechazo ni críticas en el vínculo, N fue mostrando cada vez más apertura e incluso llegó a expresar interés en la vida personal de la terapeuta. N percibía un espacio seguro en el que expresó sus vulnerabilidades con la certeza de que sus inquietudes y preocupaciones serían escuchadas y atendidas. N percibía que el compromiso de la terapeuta con su bienestar era real y que se estaba coordinando una estrategia conjunta con sus padres y sus profesores que comenzaba a mostrar indicios de resultados alentadores.
En el trabajo con adolescentes es común observar una transferencia del vínculo con las figuras parentales. Establecer una relación de seguridad y cuidado con un adulto llega como un bálsamo para aquellos adolescentes que tienden a vincularse desde actitudes hostiles. A través de la transferencia es posible reparar y fortalecer los imagos parentales interiorizados en la primera infancia para generar una movilización positiva de los significados y representaciones atribuidas a estas figuras primarias, lo
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cual fomenta una experiencia de confianza en el adulto que después sirve como puente para incidir en otras áreas.
Conclusiones
Con la revisión de este caso, quedan de manifiesto diferentes aspectos de la crisis de identidad que se observa frecuentemente en la práctica clínica con adolescentes y se ha ilustrado el abordaje utilizado para el acompañamiento de casos complejos. El desenlace favorable aporta evidencia de cómo el psicoanálisis ofrece una comprensión profunda y detallada de estas problemáticas en las que se observa una complejísima convergencia de fenómenos psíquicos, biológicos, sociales y culturales.
La intervención en casos de crisis de la adolescencia debe ser integral y adaptada a las necesidades individuales de cada adolescente. En el caso de N, el abordaje terapéutico integró aspectos emocionales, familiares, escolares y sociales para brindarle un acompañamiento efectivo durante su proceso de individuación. La comprensión profunda de los conflictos internos y externos que experimentaba N permitió diseñar estrategias terapéuticas efectivas que abordan sus necesidades específicas y promoverán su bienestar emocional y su desarrollo personal.
Este entramado de fenómenos explica también el enfoque elegido para el abordaje de este caso, ya que, por su complejidad, fue necesaria la colaboración con otros profesionales de diferentes disciplinas para hacer una intervención sistémica. El caso de N nos sirve para demostrar que las intervenciones individuales, en ocasiones, no son suficientes para hacer un acompañamiento integral, especialmente cuando se trabaja con población infanto-juvenil. Los progresos alcanzados se consiguieron gracias a la implementación de una estrategia coordinada entre N, la terapeuta, la familia, diferentes profesionales de la educación y otros profesionales de la salud.
Este caso nos muestra que, en el trabajo con población infanto-juvenil, el quehacer de los profesionales de la psicología no se limita al trabajo realizado en las sesiones individuales de psicoterapia. En muchas ocasiones, especialmente en casos complejos, el rol de los profesionales de la salud mental también tendría que abarcar la coordinación de estrategias a un nivel más “macro”, de orientar el establecimiento de una estructura y también de nutrir al sistema familiar para que éste pueda dar el soporte que los infantes y adolescentes tanto necesitan.
Los conflictos de identidad observados en el caso de N nos sirven también para aterrizar, en un ejemplo concreto, diversas conceptualizaciones que desde el psicoanálisis se han elaborado sobre la crisis vital de la adolescencia.
Quizás más relevante que las técnicas psicoterapéuticas, el trabajo con adolescentes arroja luz sobre la importancia del rol de la figura del terapeuta en medio de una etapa crítica definida por la inestabilidad y los cambios constantes. Es importante que en el trabajo con este sector de la población, el espacio terapéutico sea un lugar de aceptación incondicional que favorezca el establecimiento de un vínculo seguro con los adolescentes. Como terapeutas, es necesario estar preparados para sostener, desde la compasión, las actuaciones hostiles y desafiantes que los adolescentes (y en algunos casos también las familias) pueden llegar a mostrar como parte de esta crisis.
El establecimiento de un vínculo seguro será el primer paso para favorecer una transferencia fecunda en la que se puedan canalizar y elaborar las angustias intensas que aparecen en esta etapa. Tal como se ha ilustrado en el caso de N, la transferencia fue una herramienta poderosa que, en momentos posteriores del proceso terapéutico, sirvió como base para que N pudiera establecer identificaciones positivas sobre la feminidad a través de la identificación con la terapeuta.
A través de este vínculo, N tuvo acceso a un referente femenino empoderado que sirvió como precedente para que después buscara otros referentes femeninos que sirvieran como modelos de identificación y eventualmente elaborar los conflictos de identidad que le provocaban malestar. Estas identificaciones secundarias establecidas con referentes fuera del núcleo familiar (la terapeuta, la psicóloga del instituto y las nuevas amigas) le permitieron a N hacer una resignificación de la feminidad. A través de estas identificaciones, N consiguió introyectar
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significados alternativos de una feminidad empoderada e independiente que se alineaba con sus anhelos de autonomía.
En este mismo punto, no se puede dejar de lado la influencia que juega el contexto histórico-social en los conflictos relacionados con la expresión del género de las personas. El binarismo, la heteronormatividad y los estereotipos rígidos de género perpetuados por ideologías machistas, constriñen el potencial de los sujetos y les encasillan en mandatos sociales limitantes.
Por último, el caso de N nos sirve para reflexionar sobre una tendencia preocupante de ciertos sectores conservadores de la psicología y la psiquiatría que insisten en patologizar las vicisitudes normales de la pubertad y la adolescencia. Las crisis de identidad, como la que se ha ilustrado en este caso, tienen una función adaptativa dentro del contexto en el que se originan. Patologizar este tipo de fenómenos puede acarrear riesgos críticos para la integridad emocional de los adolescentes.
La reflexión también es necesaria en torno al rol que como psicoterapeutas desempeñamos ante este tipo de casos. En estos tiempos en los que la intolerancia y el odio amenazan la paz de las sociedades, es necesario cuestionarnos si nuestra labor profesional está orientada a “normalizar” a aquellos sujetos que por diferentes razones se consideran disidentes o, si por el contrario, es la de promover la tolerancia, el respeto y la compasión hacia todas las expresiones de diversidad inherentes a nuestra condición humana.
Cabe mencionar que, en la práctica clínica con este tipo de conflictos, es crucial que los profesionales seamos conscientes de los sesgos que nuestra ideología individual puede imponer sobre la metodología y los planes de intervención, especialmente en relación con la construcción y expresión del género. Aunque nuestra actuación profesional está guiada por directrices éticas y metodológicas, sería perjudicial ignorar que, como individuos, también estamos inmersos en una sociedad y cultura que influyen en nuestro trabajo. A pesar de no poder escapar completamente de esta influencia, debemos mantenernos alerta a estos sesgos para evitar el dogmatismo. El cuestionamiento constructivo y la autocrítica hacia los cuerpos teóricos con los que trabajamos son esenciales para el progreso y avance de la psicología como ciencia.
Es muy importante aclarar que el caso de N no se expone aquí para ejemplificar que la movilización hacia una identidad cisgénero es sinónimo de una intervención psicoterapéutica exitosa. Lejos de eso; la intención de analizar este caso es hacer explícito nuestro rol como acompañantes que ofrecen sostén y brindan un vínculo en el que las personas se nutran de una seguridad y aceptación que les permita explorar, en su unicidad, las expresiones de género con las que se sientan cómodas y conformes.
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Transferencia e identificación: dos procesos básicos en la elaboración de las crisis de identidad en …, síntomas de malestar y resiliencia en tiempos de covid-19 en adolescentes
Alexis Bustos-Villarroel1A y Noemí Pereda2A
RESUMEN
La pandemia por covid-19 y las medidas de confinamiento supusieron cambios importantes en las estructuras sociales que aumentaron los factores de riesgo tanto para las experiencias de victimización infantil y adolescente como para los síntomas de malestar psicológico. Sin embargo, los estudios publicados con muestras de alto riesgo son muy escasos. La muestra está conformada por 125 adolescentes de 14 a 18 años, pertenecientes a proyectos de intervención ambulatoria de la red de protección de SENAME/Mejor Niñez. Mediante una encuesta de autoreporte los jóvenes respondieron a variables sociodemográficas, experiencias de victimización, síntomas de ansiedad y depresión, y resiliencia. La muestra analizada presentó una elevada prevalencia de experiencias de victimización, si bien no es superior a la revelada en otros estudios prepandémicos. Destaca la necesidad de intervenir ante los síntomas de ansiedad y depresión, y basar los programas de tratamiento en la promoción de la resiliencia. Palabras clave: covid-19, Chile, adolescentes, victimización, resiliencia.
ABSTRACT
Victimization, symptoms of discomfort, and resilience in times of covid-19 in youth. The covid-19 pandemic and lockdown measures brought about significant changes in social structures, increasing risk factors for both child and adolescent victimization experiences and psychological distress symptoms. However, there is a scarcity of published studies with high-risk samples. The sample consists of 125 youths aged 14 to 18 years, belonging to outpatient intervention projects within the SENAME/Mejor Niñez protection network. Through a self-report survey, the youths responded to sociodemographic variables, victimization experiences, anxiety and depression symptoms, and resilience. The analyzed sample exhibited a high prevalence of victimization experiences, although it is not higher than that revealed in other pre-pandemic studies. There is a need to intervene in anxiety and depression symptoms, and treatment programs should be based on promoting resilience. Keywords: covid-19, Chile, adolescents, victimization, resilience.
RESUM
Victimització, símptomes de malestar i resiliència en temps de covid-19 en joves. La pandèmia per covid-19 i les mesures de confinament van suposar canvis importants en les estructures socials que van augmentar els factors de risc tant per a les experiències de victimització infantil i adolescent com per als símptomes de malestar psicològic. Tanmateix, els estudis publicats amb mostres d’alt risc són molt escassos. La mostra està conformada per 125 joves de 14 a 18 anys, pertanyents a projectes d’intervenció ambulatòria de la xarxa de protecció de SENAME/Mejor Niñez. Mitjançant una enquesta autocomplementada, els joves van respondre a variables sociodemogràfiques, experiències de victimització, símptomes d’ansietat i depressió i resiliència. La mostra analitzada va presentar una elevada prevalença d’experiències de victimització, si bé no és superior a la revelada en altres estudis prepandèmics. Destaca la necessitat d’intervenir davant els símptomes d’ansietat i depressió, i basar els programes de tractament en la promoció de la resiliència. Paraules clau: covid-19, Xile, adolescents, victimització, resiliència.
La pandemia por el virus SARS-CoV-2 (covid-19) impuso una nueva forma de organización social basada en la restricción de la libertad de circulación a raíz de las cuarentenas y las distintas etapas o fases de confinamiento. Estos cambios en las dinámicas psicosociales generaron un impacto en las ecologías sociales, principalmente por el cierre de los centros escolares y la realización de las actividades laborales desde el hogar (Carrión-Martínez et al., 2021).
A su vez, estas condiciones particulares propiciaron factores de riesgo asociados a la familia y al ejercicio de la parentalidad, configurando un entorno facilitador para la violencia (Pereda y Díaz-Faes, 2020).
Así, la inseguridad económica (Conrad-Hiebner y Byram, 2020), el aislamiento familiar y la falta de apoyos externos (Usher et al., 2020), los conflictos relacionales y emocionales en el interior de la familia (Prime et al., 2020), el estrés y las exigencias de la crianza (Brown et al., 2020; Cluver el at., 2020) y el agotamiento parental (Griffith, 2020), aumentaron el riesgo de violencia intrafamiliar en pandemia (Humphreys et al., 2020), especialmente en mujeres, infantes y adolescentes (Peterman et al., 2020).
El caso de los niños y adolescentes es especialmente grave, dado que, a pesar del riesgo de victimización constatado en múltiples estudios, se produjo una disminución preocupante en las notificaciones oficiales de maltrato y abuso infantil (véase la revisión de Marmor et al., 2023). Estudios como el de Vezzaro et al. (2022) en Uruguay confirman un descenso en el número de casos atendidos por maltrato y abuso sexual infantil entre el 2016 y el 2020 en una unidad de atención a la infancia, atribuyéndolo a un descenso en la detección de estos, no a un descenso en la realidad del problema. En este sentido, la investigación de Rölfing et al. (2020) da cuenta de la complejidad de poder establecer la prevalencia del fenómeno a partir de las notificaciones oficiales durante la pandemia, dado que la mayor parte de casos de violencia contra la infancia y la adolescencia son detectados por profesionales del ámbito educativo. Estos, al mantenerse alejados de sus estudiantes por las cuarentenas, no pudieron acceder a esta realidad. Así, autores como Roje et al. (2020) han instado al estudio de las experiencias de victimización infantil y adolescente durante el covid-19 mediante encuestas de autoreporte dirigidas a las potenciales víctimas.
Victimización, malestar y resiliencia
La victimización se puede definir como la exposición al abuso, violencia doméstica o abandono, y afecta millones de niños y adolescentes en el mundo al año (Stoltenborgh et al., 2015). Usualmente se asocian las experiencias de victimización con impactos psicosociales negativos a largo plazo, como alcanzar menores niveles educativos (Currie y Widom, 2010) o tener trabajos más mal remunerados o mayores tiempos de desempleo (Brimblecome et al., 2018), así como tener mayor tendencia a la criminalidad (Malvaso et al., 2018). Pero, de igual manera, las experiencias de victimización se encuentran asociadas con impactos psicosociales más a corto plazo como episodios de ansiedad, depresión, así como una reducción significativa en la autoestima (Pontillo et al., 2019). Por otra parte, la resiliencia se presenta cuando, a pesar de condiciones desfavorables y de adversidad significativa, las personas logran resultados positivos (Rutter, 2006), y se considera más bien un proceso de adaptación y de resistencia a los factores externos que un constructo o rasgo de personalidad (Luthar et al., 2000).
Victimización, malestar y resiliencia durante la pandemia
Existen distintos estudios que han evaluado las experiencias de victimización que niños y adolescentes han reportado durante el contexto pandémico. En Europa, destaca la investigación de Augusti et al. (2021) quienes, mediante las respuestas a un cuestionario dirigido a jóvenes noruegos de entre 12 y 16 años, encontraron un 8,2 % de abuso psicológico, un 2,4 % de abuso físico y un 1,4 % de abuso sexual en esta muestra. Para el acoso sexual en línea, la tasa fue del 5,6 % durante ese período. Los análisis sugirieron que la victimización previa fue el predictor más preciso de las experiencias de violencia durante el confinamiento. Un año más tarde, Augusti et al. (2023) compararon las tasas de prevalencia de un año antes y durante la pandemia, encontrando un incremento significativo en los reportes de abuso sexual que pasó de un 3,1 a un 4,5 % para la muestra de adolescentes encuestados, si bien el abuso psicológico disminuyó de un 12 a un 8 %.
En América, Ma et al. (2023), a partir de los reportes de una muestra de adolescentes en EE. UU., encontraron una prevalencia general de abuso emocional y abuso físico del 21,8 % y del 3,1 %, respectivamente. Esta prevalencia era significativamente mayor en aquellos jóvenes con un padre o adulto conviviente que hubiera perdido el trabajo (28,5 % para el abuso emocional y 4,5 % para el físico). En Canadá, Craig et al. (2022) encontraron que el 46 % de los adolescentes encuestados informaron haber experimentado al menos una forma de abuso emocional a menudo o siempre, mientras que un 7,9 % reportó maltrato físico a menudo o siempre, durante el confinamiento.
En China, Zhang et al. (2022) encontraron que la prevalencia de victimización durante el período de confinamiento en una muestra de niños y adolescentes en edad escolar se había incrementado, o había disminuido, en función del tipo de violencia. Así, durante el período de confinamiento descendió la exposición a violencia familiar (13,9 % vs. 17,0 %), se mantuvo la violencia física (13,7 % vs. 13,9 %), y se incrementaron el abuso emocional (20,2 % vs. 14,6 %) y la negligencia (7,3 % vs. 6,9 %). También en China, Long et al. (2022) encontraron un ligero descenso en la prevalencia de negligencia física y emocional, abuso físico y emocional posterior al confinamiento en una muestra de adolescentes de 12 a 18 años. Sin embargo, la prevalencia de abuso sexual se incrementó (2,9 %) respecto a la previa al confinamiento (1,6 %). Los varones mostraron un aumento en la prevalencia de abuso sexual significativamente mayor, así como aquellos jóvenes con más síntomas de depresión.
La victimización electrónica es una de las formas de victimización que podría haber aumentado de forma significativa a causa de las restricciones de movilidad y el aumento en el uso de tecnologías de parte de la población adolescente (Marciano et al., 2022). Esto es consecuente con la investigación de Barlett et al. (2021) con jóvenes estadounidenses, en la cual se constata el aumento del ciberacoso en el contexto de la pandemia y las cuarentenas, fenómeno que se relacionó con el aislamiento y con el aumento del tiempo de conexión a Internet. Sin embargo, trabajos como el de Bacher-Hicks et al. (2022) indican que el covid-19 produjo un descenso en los casos de acoso escolar y ciberacoso en los jóvenes estadounidenses. El mismo resultado han obtenido Repo et al. (2022) en Finlandia, aludiendo a la importancia de la presencialidad en el acoso entre adolescentes. La reciente revisión de Huang et al. (2023) parece confirmar este descenso en el ciberacoso durante la pandemia. Sin embargo, Sorrentino et al. (2023) matizan este descenso e indican que, si bien los estudios revisados se caracterizaron por una gran variedad en la operacionalización y medición del ciberacoso, y por diferentes metodologías utilizadas para la recopilación de datos, las tasas de prevalencia de participación en ciberacoso y/o cibervictimización durante la pandemia generalmente revelaron un aumento en muchos países asiáticos y Australia y una disminución en los países occidentales.
Cabe destacar que son muy escasos los estudios publicados con adolescentes pertenecientes a muestras de alto riesgo y se desconocen sus experiencias de victimización durante la pandemia. Stewart et al. (2021), en Canadá, analizaron a una muestra de adolescentes en tratamiento por problemas de salud mental y no encontraron un aumento en la incidencia de exposición a violencia doméstica, abuso físico, sexual o emocional, concluyendo que las medidas restrictivas de la pandemia de covid-19 pueden haber actuado como un factor protector ante el conflicto interpersonal en este colectivo.
Las medidas de control de la pandemia por covid-19 han provocado un importante malestar en los adolescentes y ha incidido especialmente en grupos vulnerables, como aquellos con problemas previos de salud mental (Zolopa et al., 2022). Estudios de revisión han encontrado una elevada frecuencia de síntomas de ansiedad y depresión tras el confinamiento (Racine et al., 2021). La irritabilidad y la ira también han sido informadas con frecuencia por niños y adolescentes (Panchal et al., 2023). La mayoría de los estudios informan de un deterioro en la salud mental de los grupos de edad más jóvenes, con un mayor número de síntomas depresivos y ansiosos en comparación con estimaciones previas a la pandemia, así como miedo relacionado con la enfermedad y angustia psicológica (Samji et al., 2022). También se ha destacado un empeoramiento del afecto negativo, el bienestar mental y un aumento del sentimiento de soledad (Kauhanen et al., 2023). Los estudios revisados muestran que el covid-19 ha tenido un destacable impacto negativo en la salud mental de niños y jóvenes, si se comparan los datos con aquellos anteriores al inicio de la pandemia.
Y si bien este daño causado en la salud mental de los adolescentes se ha constatado en la extensa mayoría de publicaciones al respecto, la resiliencia, o capacidad de afrontar la adversidad y mantener el equilibrio emocional, ha podido observarse también en algunos jóvenes (Manchia et al., 2022). Así, en el estudio de Oosterhoff et al. (2020) en Canadá, cerca de la mitad de la muestra de adolescentes informó que la pandemia también tuvo efectos positivos, con más tiempo para pasar con la familia y más tiempo para hacer ejercicio y hobbies. Esta capacidad de resiliencia se ha visto relacionada durante la pandemia con características individuales, como la capacidad de regulación emocional, el mantenimiento de la autoestima o una mejor salud mental general, pero también con factores sociales y del entorno, como el funcionamiento familiar y el apoyo de los padres, o el soporte de maestros, terapeutas y pares (Doom et al., 2023). En general, la pandemia ha tenido efectos negativos en la salud mental de niños y adolescentes. Sin embargo, los efectos varían considerablemente en función de diferentes variables que pueden actuar como riesgo o como protección.
En este contexto, el presente estudio tiene como objetivo describir las experiencias de victimización en una muestra de adolescentes chilenos de entre 14 y 17 años participantes de la red SENAME/Mejor Niñez, red de protección especializada en atención a niños y adolescentes que han experimentado vulneración de derechos y se encuentran en diversos proyectos de atención ambulatoria. Como objetivo secundario, se evaluarán las características de resiliencia individual y de recursos de la comunidad en relación con las experiencias de victimización. La hipótesis central se relaciona con las experiencias de victimización, las cuales tendrían un impacto directo en las sensaciones de malestar en la población estudiada. Por su parte, los jóvenes que presentan características de resiliencia individual, familiar y comunitaria no tendrían un impacto directo en su salud mental, ya que ello operaría como un factor protector.
Método
Participantes
La muestra está conformada por 125 adolescentes residentes en Chile, que participan en proyectos ambulatorios de la red de protección SENAME/Mejor Niñez. Los proyectos en los que se encuentran participando son de diversa índole: desde programas reparatorios en experiencias de maltrato y abuso sexual infantil, programas educacionales, programas de prevención focalizada, familias de acogida y programas de intervención especializada. La muestra fue aleatoria en tanto hubo una invitación masiva a participar en los distintos proyectos en las distintas regiones del país. Los participantes tenían entre 14 y 18 años (M = 15,65; DT = 1,22); la mayoría fueron mujeres (54 %), de orientación heterosexual (69 %) y principalmente de la región metropolitana (73 %), del Maule (9 %), Magallanes y la Antártica Chilena (4 %). En menor medida, participaron también de las regiones del Bío Bío, Araucanía, Aysén, Antofagasta, Ñuble y Los Ríos. La tabla 1 del anexo muestra sus principales características sociodemográficas.
Sobre el covid-19 y el contagio, un 29 % de los adolescentes reportaron que algún miembro de la familia contrajo el virus, mientras que un 5 % reportó no tener conocimiento al respecto. En el contexto familiar de los adolescentes pertenecientes al estudio, se evidencia la preocupación por la pérdida de la fuente laboral de algún miembro de la familia (40 %) y el impacto en la situación económica del hogar (60 %). Respecto del consumo de sustancias al interior de la familia en el contexto pandémico, los adolescentes reportan que el consumo de THC alcanzó el 8 %, el alcohol un 19 % y la cocaína, un 4%. Ver tabla 2 del anexo.
Instrumentos
El protocolo de recogida de datos, administrado mediante una plataforma en línea, incluyó las siguientes secciones.
Datos sociodemográficos. Incluyó datos del adolescente (e. g., género, edad, orientación sexual y lugar de residencia en el país), del contexto familiar (e. g., características sociohabitacionales, haber padecido covid-19, preocupación familiar por la pérdida de trabajo, el impacto económico y consumo de sustancias).
Victimización. Se aplicó el cuestionario de autoreporte Juvenile Victimization Questionnaire (JVQ; Finkelhor et al., 2005) en su versión española (Pereda et al., 2018), diseñado con la finalidad de evaluar múltiples formas de victimización en niños y adolescentes de entre los 14 y los 18 años. El cuestionario se compone de 36 formas diferentes de victimización agrupadas en seis módulos, (i. e., delitos comunes, victimización por cuidadores, victimización por iguales o hermanos, victimización sexual, exposición a violencia y victimización electrónica). Con la finalidad de adaptar la evaluación al contexto del covid-19, en el presente estudio se sustituyó el especificador temporal “en el último año” por “desde el inicio del confinamiento, es decir, desde que se cerraron las escuelas” en cada uno de los ítems.
Ansiedad y depresión. La escala de autoreporte DetectaWeb-Distress (García-Olcina et al., 2018) consta de 30 ítems, los cuales evalúan problemas relacionados con la emocionalidad en la infancia, incluyendo indicadores de ansiedad y depresión. Ésta se presenta en un formato de respuestas de cuatro opciones en una escala con formato de respuesta tipo Likert, a saber: 0 = nunca, 1 = a veces, 2 = a menudo y, 3 = siempre. Se seleccionaron los tres ítems que evalúan antecedentes de depresión (“¿Te has sentido casi todos los días deprimido/a o muy triste?”, “¿Has notado menos interés y/o ganas para hacer las cosas?”, “¿Has pensado que no vales nada?”) y los tres ítems que evalúan ansiedad (“¿Te preocupas mucho por las cosas como el colegio, tus amigos, tu salud, la salud de tus familiares?”, “¿Te preocupas por algunas cosas más que otros chicos/as de tu edad?”, “¿Te preocupa lo que va a ocurrir en el futuro?”). El alfa de Chronbach para ansiedad fue de 0,55 y para depresión fue de 0,77. El alfa de Chronbach para la puntuación total la escala fue de 0,72 en este estudio.
Resiliencia. Se aplicó el Adolescent Resilience Questionnaire (Gartland et al., 2011), el cual permite identificar los recursos de resiliencia disponibles en los adolescentes, tanto de manera individual, como en el contexto social más amplio. En este estudio se incluyeron 10 ítems agrupados en aquellos relativos a recursos propios (cuatro ítems), obteniendo un alfa de Cronbach de 0,72. Y aquellos relativos a recursos del entorno (seis ítems), con un valor alfa de Cronbach de 0,64. Los ítems del cuestionario se puntúan siguiendo una escala de respuesta graduada de cinco puntos que va desde “casi nunca” (1) a “casi siempre” (5). En el presente estudio, se sustituyó el especificador temporal “en los últimos seis meses” de cada ítem por “desde el inicio del confinamiento”.
Procedimiento
La investigación fue autorizada por la Dirección Nacional del Servicio Nacional de Menores (SENAME). El SENAME fue el organismo encargado y responsable de la política pública en el trabajo en torno a la protección de derechos y la responsabilidad penal de niños y adolescentes, desde su creación en 1990 hasta su finalización, el 30 de septiembre del año 2021. También se obtuvo el permiso de la Dirección del Servicio Nacional de Protección Especializada a la Niñez y Adolescencia -Mejor Niñez-, encargado de reemplazar al SENAME, y dedicado exclusivamente al trabajo en la protección especializada en infancia y adolescencia.
Se facilitó un documento de consentimiento informado a los padres, madres o cuidadores de los adolescentes que deseaban participar en la investigación, en la cual se le explicaban los objetivos del estudio y el tratamiento de los datos. Al comienzo de la encuesta, se informó sobre las características generales de la investigación. Se explicitó que la colaboración era voluntaria y consistiría en rellenar un cuestionario sobre experiencias vividas desde el inicio de la cuarentena en marzo del 2020 hasta el fin del confinamiento, en septiembre del mismo año y considerando hasta diciembre durante el periodo de transición (paso a paso). También se detalló que los datos eran confidenciales, excepto en el caso en que alguna de las respuestas supusiese un riesgo para el participante. Con el objeto de resguardar el anonimato, pero mantener visibles las posibles vulneraciones de derechos ocurridas en el contexto de la cuarentena, se solicitó a los participantes que anotaran sus iniciales y el nombre del proyecto en el cual se encontraban insertos, posibilitando la identificación de situaciones complejas que hubo que resguardar, con las iniciales de sus nombres y apellidos, la edad, el nombre del proyecto y la ciudad en la cual se encontraban. Todos esos datos formaban parte del apartado de información sociodemográfica.
Los criterios de inclusión fueron tener entre 14 y 18 años, vivir en Chile en cualquiera de sus 16 regiones, haber leído la explicación del estudio y querer participar voluntariamente, estar participando o ingresado a algún proyecto ambulatorio de la red SENAME o Mejor Niñez y dar su consentimiento. En el caso de detectar situaciones de maltrato, violencia o abuso en el contexto de la toma de muestra, el investigador tuvo la obligación de reportarlo a través de los protocolos elaborados para tales efectos. La comunicación de riesgo se activó en las situaciones de abuso sexual infantil. Estas situaciones se informaron directamente a las unidades técnicas de las ONG en la cuales se encontraban insertos los jóvenes; éstas son organismos colaboradores directos de la política pública de infancia.
Análisis de datos
Para el análisis de los resultados descriptivos se utilizó el programa estadístico r, contemplando las variables de: edad, género y orientación sexual.
Para los análisis correlacionales se contemplaron las variables de género, orientación sexual, dividida en heterosexual y minoría sexual, y las variables de victimización, resiliencia, ansiedad y depresión. En este sentido, se realizaron dos tipos de análisis: por una parte, se realizó un análisis descriptivo de las características sociodemográficas, edad, género y orientación sexual. Se establecieron dos grupos en la muestra: sin y con experiencias de victimización. De ello, se extrajeron medidas de asociación bivariadas o de comparación de grupos entre estas variables. Se aplicó la prueba chi-cuadrado para las variables sociodemográficas: edad, género y orientación sexual. También se incluyeron las dimensiones de consumo de sustancias, contagio por covid-19 y pérdida del trabajo en la familia. Se utilizó a prueba t de comparación de medias para las puntuaciones totales en las dimensiones de resiliencia (recursos propios y del entorno). Y, la prueba Wilcoxon rank sum test para las medias de los grupos diferentes; es decir, grupo sin y con experiencias de victimización, las cuales se acompañaron, respectivamente, del coeficiente φ, la d de Cohen y η2. Por otra parte, se efectuó un análisis de regresión logística en las cuales se encontraron cuatro variables que contribuyeron significativamente a los análisis de victimización. Para el primer objetivo y la regresión logística los datos fueron analizados por el programa estadístico STATA 18®.
Resultados
Prevalencia de victimización
La prevalencia de victimización se situó en un 61,6 % (n = 77) de la población encuestada, a saber: victimización física por adultos cuidadores (12,5 %), victimización psicológica por adultos cuidadores (28,7 %), victimización física por iguales/hermanos (11,2 %), victimización psicológica por iguales/hermanos (10 %), victimización sexual por adultos cuidadores (2,5 %), victimización sexual por pares/hermanos (1,25 %), exposición a violencia familiar entre los padres (15 %), exposición a la violencia familiar en contra de hermanos u otros menores (8,75 %), exposición a la violencia familiar contra los abuelos u otros adultos mayores (1,25 %), acoso en línea no sexual (21,25 %) y acoso sexual en línea (13,75 %).
Se encontraron diferencias por género en la prevalencia de victimización psicológica por adultos cuidadores (femenino: n = 14; 56 %; masculino: n = 9; 36 %), existiendo diferencias estadísticamente significativas (χ²(6) = 12,42; p < 0,001; φ = 0,08) y la victimización por exposición a la violencia contra los abuelos u otros adultos mayores, la cual mostró también diferencias estadísticamente significativas (χ²(6) = 15,62; p < 0.01; φ = 0,25). La tabla 3 del anexo muestra los resultados completos.
Victimización y variables asociadas
Como puede constatarse en la tabla 4 del anexo, se observó una asociación significativa entre la orientación sexual y las experiencias de victimización (χ²(1) = 9,30; p < 0,01; φ = 0,27), siendo el colectivo identificado como minorías sexuales aquel más afectado por estas experiencias. De igual manera, hubo asociación estadísticamente significativa en el consumo de drogas o alcohol por parte de la familia durante el confinamiento y la cuarentena y la victimización (χ²(1) = 16,47; p < 0,001; φ = 0,37). El resto de las variables no muestran relaciones estadísticamente significativas.
Respecto de los recursos de resiliencia, se encontró una asociación estadísticamente significativa en la dimensión general y la victimización (t (123) = 2,63; p < 0,01; d = 0,48), con una mayor resiliencia en los adolescentes sin experiencias de violencia.
Sobre los indicadores de ansiedad o depresión, fueron los ítems de depresión los que tuvieron asociación estadísticamente significativa con las experiencias de victimización (t (117) = -2,81; p < 0,01; η2 = 0,53).
La tabla 5 del anexo recoge los análisis de regresión logística para victimización, resiliencia e indicadores de salud mental. El modelo estadístico explica el 22 % de la dispersión de los datos (Pseudo R2 = 0.22).
Los adolescentes que presentan indicadores de resiliencia (recursos propios o del entorno) presentan menos probabilidades de reportar experiencias de victimización (OR = 0,943; IC 95 % 0,882 – 1,008; p < 0,1). Asimismo, los adolescentes que se identifican con una minoría sexual presentan tres veces más la probabilidad de reportar estas experiencias (OR = 3,948; IC 95 % 1,386 – 11,244; p < 0,01). Por su parte, los adolescentes que presentan indicadores de ansiedad o depresión tienen el doble de probabilidades de reportar victimizaciones (OR = 1,134; IC 95 % 0,992 – 1,297; p < 0,1). Finalmente, en las familias donde hay consumo de sustancias, los adolescentes presentan cinco veces más probabilidades de reportar algún tipo de victimización (OR = 5,746; IC 95 % 1,660 – 19,886; p < 0,01).
Discusión
El presente estudio revela una elevada prevalencia de experiencias de victimización en adolescentes atendidos por la Red SENAME/Mejor Niñez, durante la cuarentena por covid-19 en Chile, en la cual más de la mitad de la muestra experimentó alguna forma de violencia.
Sin embargo, y si bien son muy escasas las investigaciones con muestras de riesgo, la pandemia no parece haber tenido un efecto en la victimización reportada por los adolescentes en el presente estudio. En investigaciones previas al contexto pandémico en Chile, siguiendo una metodología similar, pero con una muestra representativa de adolescentes de la población general (Pinto-Cortez et al., 2022), se observa que las mismas formas de victimización son porcentualmente más altas en comparación con la investigación actual. Los datos comparados entre ambas investigaciones muestran la complejidad de los efectos de las medidas de confinamiento en la violencia. De forma similar al estudio de Stewart et al. (2021), con una muestra de adolescentes en tratamiento por problemas de salud mental, las medidas restrictivas de la pandemia por covid-19 pueden haber actuado como un factor protector en este colectivo. A su vez, que en la presente investigación los porcentajes sean inferiores no quiere decir, necesariamente, que las experiencias de victimización no ocurriesen, sino que quizás éstas no hayan podido ser develadas por los adolescentes, considerando el cierre de establecimientos educacionales y el redireccionamiento de los centros de salud a paliar los efectos del covid-19. Sin estas dos redes, niños y adolescentes pueden haber visto disminuida su capacidad de solicitar ayuda y no atreverse a responder a la encuesta.
Respecto a las variables asociadas al reporte de victimización en la muestra, la literatura especializada ha puesto de manifiesto que las mujeres y los niños, niñas y adolescentes son los que presentan mayor riesgo de ser victimizados o de vivir experiencias de violencia en su amplia gama de expresión, especialmente con el advenimiento de la pandemia, las cuarentenas y la restricción de movilidad (Peterman et al., 2020; Usher et al., 2020). Este mismo resultado se ha obtenido en el presente estudio donde las adolescentes han presentado porcentajes mayores de victimización en la gran mayoría de formas de violencia, pero especialmente en las formas de violencia sexual, si bien las diferencias no han sido estadísticamente significativas en su mayoría. Por su parte, el colectivo masculino adolescente presentó una mayor experiencia de victimización en relación con su grupo de pares, experimentando agresiones físicas de hermanos u otros adolescentes, si bien este resultado no ha sido confirmado por resultados prepandémicos con jóvenes chilenos de la población general (Pinto-Cortez et al., 2022), donde las mujeres eran más victimizadas también en este contexto. Los adolescentes también han reportado una mayor exposición a la violencia familiar contra hermanos u otros menores, siendo un resultado que merece ser analizado desde una perspectiva cultural, dado que en otros trabajos similares con jóvenes estadounidenses no se han observado diferencias de género en esta variable (Hamby et al., 2011).
En lo que concierne a la orientación sexual, el grupo de adolescentes autoidentificado como perteneciente a una minoría sexual presentó tres veces más la probabilidad de vivir experiencias de victimización, en tanto el pertenecer a este colectivo supone un factor de riesgo preponderante (Infante y Salinas, 2017), sumado a las sensaciones de soledad, interacciones sociales negativas y el aumento de malestar subjetivo durante la pandemia (Platero y López, 2020).
Un factor de riesgo determinante evidenciado en la presente investigación es el consumo de drogas o alcohol en la familia, el cual, como se sabe, tiene una relación importante con las experiencias de maltrato hacia la infancia y adolescencia (véase la revisión de Choenni et al., 2017). La importancia de este sólido factor de riesgo para el maltrato infantil continuó persistiendo durante la pandemia (véase la revisión de Garner et al., 2023). Así, el consumo de sustancias por parte de algún miembro de la familia del joven fue un relevante factor asociado a la victimización en el presente estudio, así como en estudios de otros países (Augusti et al., 2021).
La resiliencia emerge en el presente estudio como un factor protector importante en el contexto pandémico, tanto aquella relacionada con los recursos propios, como la vinculada con los recursos familiares. La pandemia ha causado un impacto impredecible e incierto que ha podido suponer una amenaza para el bienestar de las familias y, en muchos casos, un contexto idóneo para la violencia contra niños y adolescentes (Humphreys et al., 2020). Sin embargo, la resiliencia puede reorganizar y rearticular las relaciones y significados, tanto familiares como individuales, frente al contexto pandémico y sus dificultades (Prime et al., 2020). Así, aquellas familias que han mantenido una relación sana, comunicación, una mentalidad positiva y la creación de apoyo han podido responder de forma adaptativa a la adversidad (Gayatri y Irawaty, 2022). En este sentido la investigación deja de manifiesto que los adolescentes que presentaron indicadores de resiliencia familiares, al poder hablar de los problemas con algún miembro de su familia, tenían menor probabilidad de reportar situaciones de maltrato. A su vez, variables de resiliencia individuales como el optimismo, saber dónde pedir ayuda y adaptarse a los cambios aparecen como elementos centrales en el presente estudio, así como en estudios previos sobre resiliencia en adolescentes durante la pandemia (Kuhlman et al., 2021). Considerando las características especiales de la muestra, el trabajo en los proyectos de intervención en que se encuentra la población estudiada debería propender al desarrollo de habilidades relacionadas con la resiliencia individual y facilitar el contacto con algún miembro de la familia que pueda servir de apoyo y fuente de diálogo, con el objeto de resarcir las experiencias de victimización que han podido experimentar en el contexto de la cuarentena. De igual manera, explorar y explotar los recursos de la comunidad, tanto en los establecimientos educacionales como en los proyectos de intervención en los cuales se encuentran los adolescentes sujetos de protección, potenciando una comunicación sana y bientratante con adultos fuera de la familia se posiciona como un factor protector.
Respecto a los síntomas de ansiedad y depresión en niños y adolescentes observados durante la pandemia covid-19, estudios de metaanálisis sugieren que uno de cada cuatro jóvenes a nivel mundial experimentó síntomas clínicamente elevados de depresión, mientras que uno de cada cinco jóvenes síntomas clínicamente elevados de ansiedad. Estas estimaciones conjuntas son el doble de las estimaciones previas a la pandemia (Racine et al., 2021). En el presente estudio, reportar síntomas de ansiedad y depresión parece incrementar el riesgo de reporte de victimización en la muestra analizada. La relación entre problemas de salud mental y experiencias de victimización en jóvenes se ha constatado en estudios previos (Álvarez-Lister et al., 2017).
De acuerdo con los resultados del presente estudio, se constata la necesidad de ampliar esfuerzos y centrar la atención en poblaciones de adolescentes de riesgo, sobre todo para evaluar los efectos que ha dejado la cuarentena por covid-19 y los periodos de confinamiento, en todas sus posibles dimensiones. Los estudios sobre victimización en contexto pandémico en menores de edad atendidos por el sistema de protección son escasos, siendo necesario prestar una mayor atención a esta problemática y basar los programas de intervención que se implementen en su tratamiento en la evidencia de estudios empíricos que promuevan la resiliencia (Doom et al., 2023). No se puede olvidar la estrecha relación entre victimización y salud mental, una variable sobre la que la pandemia también ha demostrado haber tenido un fuerte impacto (Panchal et al., 2023) y que debería estudiarse en colectivos vulnerables.
Limitaciones
El presente estudio cuenta con una muestra reducida que impide generalizar los resultados, si bien hay que considerar las especiales condiciones que impuso la pandemia y, sobre todo, las cuarentenas. Si bien, el presente estudio contó con la aprobación de la directora nacional de SENAME y la directora nacional del Servicio de Protección Especializada a la Niñez y Adolescencia, durante el año de la toma de muestra (2021). Otra limitación posible es la aplicación misma de la encuesta de autoreporte, la cual era en línea y debía contar con dos consentimientos informados, uno para padres o cuidadores legales de los adolescentes y otro firmado por los jóvenes que deseaban participar voluntariamente del estudio. Esto supone una complejidad mayor, en el sentido de, si un padre, madre o cuidador se negaba a que su hijo o adolescente a su cargo participara, el adolescente no podría hacerlo a pesar de la voluntariedad del joven.
Finalmente, a pesar de las limitaciones mencionadas, el presente estudio es pionero en su área, ya que, a la fecha no existen otros estudios en Chile interesados por experiencias de victimización en contexto de cuarentenas por covid-19, sumado a que los adolescentes encuestados pertenecen a un grupo de riesgo en tanto se encuentran insertos en programas de protección de la Red SENAME/Mejor Niñez; es decir, son jóvenes que han experimentado alguna vulneración de derechos en su vida y están siendo acompañados por equipos profesionales del área psicosocial, educacional o terapéutica.
Los resultados arrojan elementos centrales en relación con el malestar psicológico experimentado por adolescentes en tiempos de covid, como también las manifestaciones de la resiliencia individual, familiar y comunitaria, los cuales deben contribuir a generar intervenciones situadas y específicas en estas materias en el sistema de protección actual.
Agradecimientos
Los autores agradecen al Servicio Nacional de Menores (SENAME), al Servicio Nacional de Protección Especializada a la Niñez y Adolescencia (Mejor Niñez), y a la Fundación Crea Equidad, quienes colaboraron con la difusión de la encuesta y el desarrollo de la investigación.
Bibliografía
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Encontrarán las tablas correspondientes de este artículo en el PDF adjunto.
