Las traumatizaciones transgeneracionales y la mentalización

Maria Teresa Diez Grieser

RESUMEN

Las traumatizaciones transgeneracionales y la mentalización. Los padres que no lograron elaborar e integrar sus experiencias traumáticas ponen en peligro el desarrollo y la salud psíquica de sus hijos. La transmisión de los trastornos de regulación propia y de la relación dependientes del trauma se realiza a través de diferentes “correas de transmisión”. Los momentos atmosféricos, las fantasías, los sentimientos y las convicciones de los padres traumatizados, el tipo y la calidad de su modo de relacionarse, así como las interacciones concretas con los hijos hacen surgir lo traumático entre padres e hijos. Los procesos traumáticos perturban la capacidad de mentalización de los padres y dificultan o imposibilitan que los hijos consigan desarrollar adecuadamente su competencia mentalizadora. Las intervenciones psicoterapéuticas orientadas a la mentalización en diferentes modalidades (familiar, atención a los padres, individual) pueden ayudar a la elaboración y la resolución de los procesos de transmisión transgeneracional. En este artículo, las consideraciones teóricas se ilustran y acompa­ñan con tres presentaciones de casos. Palabras clave: mentalización, transmisión transgeneracional, psicotrau­matología, resiliencia, transcripción genética.

ABSTRACT

Transgenerational traumatisation and mentalization. Parents who have not been able to process and integrate their traumatic experiences endanger the development and psychological health of their children. The trans­mission of trauma-dependent self-regulation and relationship disorders takes place via different “transmission belts”. Atmospheric moments, fantasies, feelings, and convictions of the traumatised parents, the type and qua­lity of their relationships as well as the concrete interactions with the children give rise to the trauma between parents and children. Traumatic processes disrupt the mentalising capacity of the parents and make it diffi­cult or impossible for the children to develop their mentalising competence adequately. Mentalization-oriented psychotherapeutic interventions in different modalities (family, parenting, individual) can help in the elaboration and resolution of transgenerational transmission processes. In this article, theoretical considerations are illus­trated and accompanied by three case presentations. Keywords: mentalization, transgenerational transmission, psycho-traumatology, resilience, genetic transcription.

RESUM

Les traumatitzacions transgeneracionals i la mentalització. Els pares que no van aconseguir elaborar i integrar les seves experiències traumàtiques posen en perill el desenvolupament i la salut psíquica dels fills. La trans­missió dels trastorns de regulació pròpia i de la relació dependents del trauma es realitza a través de diferents “corretges de transmissió”. Els moments atmosfèrics, les fantasies, els sentiments i les conviccions dels pares traumatitzats, el tipus i la qualitat de la seva manera de relacionar-se, així com les interaccions concretes amb els fills fan sorgir tot allò que és traumàtic entre pares i fills. Els processos traumàtics pertorben la capacitat de mentalització dels pares i dificulten o impossibiliten que els fills aconsegueixin desenvolupar adequadament la seva competència mentalitzadora. Les intervencions psicoterapèutiques orientades a la mentalització en di­ferents modalitats (familiar, atenció als pares, individual) poden ajudar a elaborar i resoldre els processos de transmissió transgeneracional. En aquest article, les consideracions teòriques s’il·lustren i acompanyen amb tres presentacions de casos. Paraules clau: mentalització, transmissió transgeneracional, psicotraumatologia, resilièn­cia, transcripció genètica.

Introducción

En las dos últimas décadas se ha producido un enorme desarrollo en el campo de la psicotrau­matología: así, es posible formular claramente los procesos traumáticos y de resiliencia y se han desarrollado e implementado las medidas asistenciales adecuadas terapéuticas y sociales amplias.

En la práctica, sin embargo, parece justificada la queja de que aún se equiparen apresurada­mente acontecimientos vitales críticos y expe­riencias agobiantes con traumatizaciones.

Estos factores de riesgo y protección pre, peri y postraumáticos están determinados cons­titucionalmente por un lado y, por el otro, de­penden de las influencias ambientales. La inte­racción entre las características de la persona y los factores del ambiente social próximo, así como del más amplio, son determinantes para los procesos de protección (Fröhlich-Gildhoff y Rönnau-Böse, 2015).

Los recursos familiares tienen una importan­cia relevante durante el desarrollo evolutivo y, en especial, en la infancia temprana. Las viven­cias relacionales seguras con cuidadores men­talizadores representan un prerrequisito ópti­mo para unos procesos de desarrollo exitosos (Fonagy y Target, 2004). Vivencias adversas en los primeros años de vida con cuidadores tem­pranos, tales como abandono y violencia emo­cional y física, así como abuso sexual, conducen regularmente a una mayor vulnerabilidad fren­te al estrés en los niños afectados y deterioran sus capacidades para la regulación propia y de sus relaciones (Mosley-Johnson et al., 2021). El espectro de trastornos y síntomas asociados con esta problemática se ha establecido en la práctica clínica bajo el término diagnóstico de “trastorno de estrés postraumático complejo” (Reddemann y Wöller, 2017) y ha planteado in­terrogantes importantes en lo relativo al abor­daje terapéutico de las personas traumatizadas. A este respecto, especialmente en lo relativo a la indicación y el tratamiento, hay que diferenciar entre aquellos modelos teóricos e intervenciones traumaterapéuticas centrados predominante o exclusivamente en las experiencias traumáticas y sus síntomas y aquellos otros centrados en los patrones arraigados, a menudo, compensatorios del trauma, tales como la pérdida de la seguridad y el control, o el desamparo.

De acuerdo con los resultados de la investi­gación epidemiológica de las Adverse Child­hood Experiences (ACE [Edwards et al., 2005]), se acepta unánimemente que las experiencias adversas acumuladas en la infancia tienen un impacto negativo duradero en la salud física y psíquica de las personas afectadas. Un estu­dio alemán reciente confirma estos resultados (Witt et al., 2019). Estos estudios muestran que una parte de la población total (13 %; entre el 1 % y el 38 % dependiendo del estudio [véase el metaanálisis de Hughes et al., 2017]) presenta traumatizaciones causadas por el estrés en la infancia, traumatizaciones que moldean la regu­lación propia y sus patrones de relación. Muchas de estas personas agobiadas crean una familia y se convierten en padres, no en último extre­mo, confiando en experimentarse como com­petentes a través de la parentalidad y también lograr una buena vida para sus hijos (van Ee et al., 2015).

La parentalidad está vinculada con emociones y fantasías violentas e intensas; Bion (1979) ha­blaba de “tormenta emocional”. Desde el naci­miento, la relación entre los padres y los hijos se enmarca, desde el primer momento, por imáge­nes, deseos y temores. En esta relación se pro­ducen múltiples procesos de transmisión, en un principio, principalmente corporales, y se carac­terizan por las huellas de recuerdos parentales, algunos de los cuales contienen “materia pri­ma” no procesada, que plantea enigmas (Kittler, 2015, p. 117) y que se escenifica en la relación con los hijos. La relación con los hijos suele desenca­denar procesos co-traumáticos (Pleyer, 2004). Estos emergen porque las características y los comportamientos de los niños activan a los pa­dres y los vuelve incapaces para registrar ade­cuadamente y responder con sensibilidad a sus necesidades y, en su lugar, los descuidan y/o los maltratan. Estos “círculos viciosos” (Papou­sek, 2004) influyen en el desarrollo de los niños afectados y provocan trastornos emocionales y problemas de comportamiento.

La impotencia y la frustración de sus expec­tativas genera en los padres procesos nega­tivos y virulentos (Rice et al., 2016). Pero a su vez, la parentalidad también suele ser un factor de resiliencia para padres agobiados psicológi­camente (por ejemplo, menor tasa de suicidio) y también les motiva para buscar atención psi­quiátrica o psicoterapéutica (Qin et al., 2003). En cualquier caso, en la mayoría de los padres traumatizados, el agobio ante la parentalidad está en primer plano. Así se señala en estudios que demuestran que la experiencia de la falta de autoeficacia o de impotencia parental puede desencadenar o intensificar el estrés y las enfer­medades mentales en los padres (Bonfils et al., 2014).

Tanto estos resultados, como la experiencia clínica, permiten la conclusión de que entre los padres y los hijos se establecen procesos de co­municación de carácter existencial que influyen en los estados de ánimo y comportamientos respectivos. En esos estudios, se subraya la im­portancia de los procesos de transmisión en los que los problemas parentales de regulación de sí mismos y de la relación influyen directa o indi­rectamente en el desarrollo de los hijos. El efec­to directo e inmediato se muestra en el hecho de que, en parte, los niños presenten los mismos síntomas y actitudes comportamentales que los padres traumatizados o de que, respectivamen­te, los padres ejerzan una influencia negativa en el autodesarrollo de los niños. Los efectos indirectos aparecen cuando los niños tienen co­nocimiento o conviven con el traumatismo de los padres. En esta situación, en los niños se ge­neran procesos de identificación introyectiva, tratando de establecer una conexión básica con sus padres traumatizados. En cierto sentido, los hijos de padres traumatizados, desde que na­cen, dan con padres “que están ocupados inte­riormente con un pasado cargado de violencia, y, a su vez, no están realmente presentes” (Kitt­ler, 2020, p. 10).

La infancia temprana es una fase especial­mente vulnerable respecto a los procesos de transmisión. Las fantasías, los sentimientos y las actitudes de los padres se encuentran en los niños con un sistema abierto, que gradual­mente se organiza y se estructura principalmen­te a través de la resonancia y la regulación del afecto por los padres. La capacidad de menta­lización de los padres, es decir, poder registrar los estados de ánimo, sensibilidades y expre­siones de los niños independientemente de sí mismos, y también poder reaccionar sensible y adecuadamente a ello, representa el eje central de procesos del desarrollo infantil exitosos. La capacidad parental para mentalizar fomenta la autoreflexibilidad del niño, que, a su vez, mol­dea decisivamente el desarrollo de la regulación emocional, la autoeficacia y un vínculo seguro. El desarrollo de un vínculo seguro y de la men­talización depende de la calidad del vínculo, de la disponibilidad emocional de los cuidadores y de su capacidad para reflejar las situaciones subjetivas del niño de forma adecuada y mar­cada. La calidad protectora de las propuestas de relación, así como la fiabilidad, se generan en los momentos de ajuste, determinados por la capacidad y competencia de los padres durante la interacción.

Sobre la transmisión parental de las traumati­zaciones

En general, bajo el término frecuentemente usado de la transmisión transgeneracional de las traumatizaciones, se entiende la transmisión de experiencias traumáticas y procesos psíqui­cos internos de padres a hijos y a las genera­ciones siguientes. Según el estado actual de la discusión, sabemos que esta transmisión pue­de realizarse directa o indirectamente y causar diferentes efectos en las generaciones poste­riores. Muchas de las teorías al respecto y los modelos de intervención vinculados se refieren a un gran número de informes sobre víctimas del Holocausto y sus descendientes y, desde la década de los años 90, progresivamente, a nu­merosos estudios empíricos de la investigación sobre este.

Sin embargo, en lo que atañe a los datos, en especial de esos estudios, la situación es con­tradictoria debido a problemas conceptuales y metodológicos diversos, que dificultan la inter­pretación de los resultados o la comparación entre los distintos estudios. Ante esa situación, Tilo Held (2019) constata en su artículo sobre la “experiencia potencialmente traumática” que la transmisión transgeneracional en términos cuantitativos es relativamente rara, pero que la idea de una transmisión inevitable de las trau­matizaciones entre generaciones se mantiene en los ámbitos clínico y socioeducativo.

Según los resultados de las investigaciones re­lacionadas con el Holocausto, no es posible de­mostrar de forma empírica claramente que los descendientes de los supervivientes presenten trastornos psíquicos con una frecuencia signifi­cativamente mayor que los grupos control. En efecto, los resultados pueden interpretarse en el sentido de que los descendientes de super­vivientes de personas traumatizadas muestran una mayor vulnerabilidad frente a los problemas y trastornos de salud mental. Estos hallazgos confirman la experiencia clínica de que las trau­matizaciones no procesadas de la generación de los padres siguen afectando a la generación de los hijos y suelen generar secuelas negativas en la segunda generación (Kogan, 1995). Por ello es muy importante comprender los meca­nismos que rigen los complejos procesos de la transmisión transgeneracional de experiencias traumatizantes. Esta problemática condujo a diferentes supuestos, a veces contradictorios (véase Held, 2019). Estos diferentes enfoques tienen en común la idea de que la transmisión no consiste en un determinismo, sino que -se­gún los recursos individuales y sociales y, en especial, los procesos de protección tempra­na en función de las experiencias positivas en la relaciones primarias- cabe esperar diferen­tes derroteros en su desarrollo (Moré, 2013). Las consideraciones teóricas y los modelos relativos a la transmisión incluyen los ámbitos biológicos, psicoanalíticos y de la dinámica fa­miliar, así como los específicos de la socializa­ción (Kellermann, 2011). Una tesis más reciente sostiene que la experiencia traumática -o más exactamente: los efectos de esa experiencia- se transmite de una generación a otra a través de mecanismos epigenéticos que influyen en la función del ADN o en la transcripción de los ge­nes. El término epigenética se refiere a una serie de modificaciones en el genoma potencialmen­te heredables, que pueden desencadenarse por efectos ambientales. La investigación sobre la herencia epigenética de las secuelas de los traumas se confronta con muchas dificultades científicas y metodológicas, sin mencionar las cuestiones conceptuales relativas a la interpre­tación de los efectos que se transmiten. Lo que es cierto es que los factores ambientales y, en especial, la experiencia del estrés prenatal y en la primera infancia se asocian con efectos bio­lógicos cuantificables. Pero, actualmente, tam­bién ha quedado claro que las modificaciones biológicas son reversibles si se facilitan aportes relacionales y entornos sociales adecuados (Ye­huda y Lehrner, 2018).

Actualmente, los especialistas pueden refe­rirse a importantes resultados (Lyons-Ruth y Block, 1996; Iyengar et al., 2014) procedentes, en un principio, de la investigación sobre el Ho­locausto, y, cada vez más, a través de un cor­pus considerable de conocimientos que reúne y procesa a disposición de la práctica psicote­rapéutica los resultados de estudios sobre los efectos traumatizantes de los padres traumati­zados en su descendencia.

Este artículo pretende diferenciar entre un primer nivel, en el que las fantasías, los senti­mientos, los pensamientos y los comportamien­tos de los padres pueden provocar estrés y traumatización en los niños, y un segundo nivel, que se centra en el procesamiento y la reacción de los niños y mostrar los mecanismos y los po­sibles abordajes terapéuticos con estudios de caso.

Padres traumatizados y mentalización

Los padres traumatizados presentan proble­mas específicos, tales como dificultades para la autorregulación y representaciones relacionales cargadas de valor traumático, que pueden llevar a trastornos de mentalización (véase el estudio de caso). Además de esto, suelen carecer de ex­periencias educativas positivas propias.

Si fracasan los importantes procesos de sin­tonización entre los padres y el niño como base de la mentalización, ello puede generar confu­sión y desorientación en el niño en relación con sus propios afectos. Un ejemplo clásico es el de un niño que tiene miedo o ansiedad y lo expre­sa a su cuidadora. Sin embargo, esta no reco­noce el afecto como miedo, sino, por ejemplo, como rabia o enfado y lo expresa de acuerdo con esta atribución: “no sé/entiendo por qué siempre que te tienes que ir a la cama te pones tan furioso. Ya va siendo hora de que termines con esa rabia.” Si la cuidadora marca e interpre­ta de esa manera ese comportamiento, el niño asumirá la denominación errónea de su afecto, lo que lo hará inseguro. Incluso puede llevarle a una disociación de la imagen de sí mismo (Oes­tergaard, 2017). Este tipo de interferencias en la sintonización suelen darse si los padres, debi­do a sus propias tensiones, registran de forma distorsionada las manifestaciones de sus hijos. Otro ejemplo de los llamados “fantasmas en la habitación de los niños” (Fraiberg et al., 1975) es la vivencia de una madre que se sentía amena­zada por su bebé que pateaba “agresivamente” porque los movimientos agitados le desperta­ban recuerdos de los abusos físicos sufridos por ella (Diez, 2001). Si esos desajustes se repiten, el niño experimentará de acuerdo con esa atribu­ción los afectos marcados por la cuidadora. Si su excitación o su miedo se interpretan errónea­mente como rabia, esto lo llevará probablemen­te a conductas distorsionadas.

Los efectos de las traumatizaciones parenta­les se hacen visibles en las siguientes áreas rela­tivas a los comportamientos relacional y educa­tivo concretos (basado en Schmid, 2019):

  • Dificultades para planificar y respetar las es­tructuras y rutinas diarias
  • Dificultades para percibir sus propias necesi­dades
  • Dificultades para distinguir entre uno mismo y los demás
  • Dificultades para regular los sentimientos ne­gativos
  • Dificultades para percibir las necesidades de los niños

Cuatro de las cinco áreas mencionadas atañen a aspectos y dimensiones de la mentalización, por lo cual esta perspectiva es útil y fructífera en el trabajo psicoterapéutico con padres trau­matizados.

Las traumatizaciones intergeneracionales hay que interpretarlas siempre como traumatiza­ciones del vínculo o de la relación, respectiva­mente. Los padres transmiten a sus hijos viven­cias que ellos mismos no pudieron superar. El desarrollo deteriorado de los límites psíquicos entre las generaciones representa la base de la transmisión de las traumatizaciones. El límite entre dos sujetos se desmorona o no se puede construir, lo que perjudica el desarrollo del niño. La ausencia de límites impide la distinción clara entre el pasado y el presente, y el pasado se in­troduce en el presente (Bohleber, 2003).

Las traumatizaciones en los contextos relacio­nales afectan siempre el desarrollo de la capaci­dad de mentalización, por lo que es de esperar un desequilibrio entre las diferentes dimensio­nes de la mentalización en los padres trauma­tizados. Esto significa que, a menudo, reaccio­nan automática y fuertemente guiados por sus afectos. Por definición, se encuentran en modos prementalísticos, que tiñen claramente su regu­lación afectiva y su forma de relacionarse. En las personas traumatizadas, el modo de equi­valencia psíquica es especialmente acusado, lo que hace que sean incapaces de distinguir sufi­cientemente entre el mundo interior y exterior. La ausencia de límites entre pasado y presente y entre interior y exterior explica, en parte, la aparición de flashbacks y las consecuentes re­acciones evitativas. Para no verse desbordado, se evita pensar y, en su lugar, se actúa y se es­cenifica en modo teleológico (las necesidades y las emociones se expresan actuando) para de­fenderse del desamparo psíquico.

El modo como si, caracterizado por la diso­ciación de los afectos, distingue los estados en los que se encuentran las personas traumatiza­das: aparecen sentimientos de desrealización y estados disociativos que perturban el estado de ánimo y la conducta relacional de la persona afectada. Pero desde la perspectiva de la men­talización, las traumatizaciones en el ámbito de las relaciones implican, sobre todo, la experien­cia de haber tenido que soportar sólo las tensio­nes, sin otra persona que proporcionara apoyo y referencia social (Allen y Fonagy, 2015). Esta vivencia básica puede inscribirse como una for­ma específica de relación de extrañamiento con los otros: una en la que el sujeto y el mundo se encuentran indiferentes u hostiles frente a fren­te y, por tanto, interiormente desvinculados, a no ser que posteriormente sean factibles expe­riencias relacionales alternativas. Rosa (2016) habla, en este caso, de la “relación de ausencia de relación”. Aquí, la alienación se define como un estado en el que el mundo “aparece siempre rígido, inasequible y sin respuesta” (p. 316). No en vano, debido a estas experiencias, las per­sonas traumatizadas tempranamente presentan el modo corpóreo como la forma predominan­te de la autoregulación y de la relación. En este modo, su cuerpo registra y reacciona, mientras que las representaciones y, especialmente, las palabras, tienen poca importancia o significado (Diez, 2022).

Las formas prementalísticas de la percepción parental, su forma de pensar y sentir, desarro­llan patrones de relación entre los padres y los hijos que moldean la relación de forma irregula­da e irreflexiva (ver tabla 1 del anexo).

Así, Scheeringa y Zeanah (2001) han descrito tres patrones relacionales entre madres trauma­tizadas y sus hijos: en primer lugar, el patrón de rechazo, de no-respuesta, indisponibilidad; en segundo lugar, el patrón de sobreprotección, restrictivo; y, en tercer lugar, el patrón de re-es­cenificación, temeridad, inquietante. Van Ee et al. (2015) añaden tres patrones más a esta lista: el patrón de expectativas sobredimensionadas, porque el progenitor traumatizado ha abando­nado toda esperanza para sí mismo, pero el hijo debe llevar una buena vida; el patrón de dar de­masiado, caracterizado porque el progenitor lo hace todo por/para el niño. Estos dos patrones ilustran claramente las dificultades de los pa­dres traumatizados para ponerse en el lugar del niño, es decir, para mentalizar. El tercer patrón se describe como “a pesar de todo, haré todo lo que pueda” y se considera un patrón del tipo re­siliente; en este caso, los padres traumatizados se confrontan con sus síntomas y su historia y consiguen reflexionar sobre su comportamiento y sus sentimientos.

Desde el punto de vista de la teoría de la men­talización, los procesos de transmisión pueden explicarse como consecuencia de la incapaci­dad de los cuidadores agobiados psíquicamen­te para percibir y reflejar adecuadamente al niño. Los estados mentales de ansiedad, susto, desesperación e ira o tristeza que el niño per­cibe en los cuidadores primarios los interpreta, al mismo tiempo, como reacción a este y los in­terioriza como parte de su autorrepresentación (Fonagy, 2003a). Esto genera la perturbación de los procesos mentales resultado de los va­cíos e incongruencias en el self. En esos niños, tras la sensación de vacío -si previamente se desplazaron los sentimientos negativos de los cuidadores hacia el niño, colonizando práctica­mente su self– puede esconderse una vergüenza profunda (Fonagy, 2010).

Consecuentemente, la preponderancia de los modos prementalísticos en los cuidadores pri­marios impide la percepción del mundo inter­no del niño y, a menudo, origina atribuciones destructivas que pueden moldear significativa­mente la relación paterno-filial, así como el de­sarrollo del niño. Por lo tanto, el reconocimiento de la dificultad para comprender plenamente el mundo interno del niño, y mostrar interés y cu­riosidad hacia él, se consideran indicadores im­portantes de una capacidad reflexiva parental operativa.

Diferentes estudios realizados en los últimos años han demostrado que la capacidad parental para mentalizar es un predictor para un desa­rrollo positivo del niño (Meins et al., 2002). En cualquier caso, ese pronóstico no se confirma si los padres configuran sus propuestas de re­lación exclusivamente según criterios cogniti­vos. El niño puede experimentar estas ideas y actitudes comportamentales (pseudomentali­zadoras) como intrusivo, dado que, a menudo, se basan en una interpretación falsa de su mun­do interno. Otra nota más de las perturbaciones de la capacidad reflexiva de los padres es que suelen mostrar interpretaciones muy limitadas, funcionalistas y referidas a la realidad externa. También pueden manifestarse como interpre­taciones exageradas de las actitudes y el com­portamiento del niño, con tintes distorsionados, intrusivos o, incluso, paranoicos.

Como puede verse en la figura 1 del anexo, desde la perspectiva de la mentalización, los sentimientos, las fantasías y los comportamien­tos de los cuidadores primarios traumatizados generan procesos traumáticos en sus hijos, bá­sicamente, a través de dos “correas de trans­misión” principales. Se trata, por un lado, de las fantasías, sentimientos y comportamientos amenazantes y/o amenazadores de los padres traumatizados y, por otro lado, de su ausencia de mentalización.

En el peor de los casos de estrés crónico y no superable, que no sea atemperado por los padres, sino que incluso lo provoquen y reafir­men, los niños afectados desarrollan estados de sobreexcitación permanente, así como una disociación cronificada (Perry, 1994). A su vez, los resultados de los estudios sobre el maltrato comprueban el efecto destructor de las trauma­tizaciones tempranas en la capacidad infantil para la regulación de los afectos, así como tam­bién la limitada capacidad de los padres trau­matizados para percibir correctamente los afec­tos infantiles y responderlos adecuadamente. Por ejemplo, madres negligentes hablan a sus bebés significativamente menos que las madres del grupo de control (Laucht et al., 2000). En el caso de madres deprimidas, aparecen, con fre­cuencia, dificultades en la regulación afectiva de la relación con sus hijos (Staun, 2017). Son pro­pensas a la hostilidad o retraimiento hacia ellos (Lovejoy et al., 2000), abandono, negligencia en el cuidado, castigos severos y maltrato, es­pecialmente, si han sido traumatizadas por abu­so o maltrato en su propia infancia (Dubowitz et al., 2001). La situación es similar para las madres adictas al alcohol y las drogas (Kaiser, 2008).

Muchos padres son parcialmente incapaces para regular el estrés debido a experiencias traumáticas personales. Para ellos, sus hijos se convierten en objetos de transferencia del pa­sado: esos padres interpretan y reaccionan al comportamiento del niño según su propio guion de lo traumático que aún no han podido elabo­rar. Las madres, que han sufrido abusos físicos y/o sexuales en la infancia o severas violencias en la pareja, suelen sentirse provocadas por el comportamiento vital y ruidoso de sus hijos. Por ejemplo, una asistente social de una casa de acogida de mujeres señalaba que la madre de un niño siempre lo rechazaba y le daba la espalda cuando el niño corría hacia ella con los brazos abiertos después de la hora de juegos. En la conversación, la madre contó que en esos momentos sentía ansiedad y veía al cónyuge violento en su hijo. Schechter y sus colaborado­res (2005, 2008) encontraron una capacidad de mentalización limitada en las madres que habían sufrido violencia interpersonal en la infancia. El trastorno traumático de las madres afectaba la estructuración de representaciones equilibra­das e integradas en los hijos. Las atribuciones negativas, tan frecuentes en tales situaciones, conducen a la interiorización de estas en los ni­ños y, mediante procesos identificatorios, a la repetición activa de tales círculos viciosos de interacción. La transmisión de las traumatizacio­nes a través de las interacciones es una correa transmisora fundamental. Sin embargo, tampoco habría que olvidar que la deprivación u omisión presenta otra forma de traumatización. La no re­acción, la ausencia emocional de los cuidadores primarios en situaciones angustiosas, abruma psíquicamente al niño y conduce a disociacio­nes equiparables a la muerte psíquica (Gurevich, 2012).

Esas experiencias traumáticas dificultan el desarrollo completo de la mentalización. La di­ficultad para desarrollar una confianza episté­mica -ser capaz de percibir al cuidador como creíble y considerar el contenido que este trans­mite como un mensaje relevante y útil- suele mantenerse a largo plazo e influye en la capaci­dad para relacionarse y aprender. En el caso de los adultos, las traumatizaciones distorsionan sus ideas y representaciones sobre el vínculo. Estas favorecen comportamientos problemáti­cos y disfuncionales hacia los niños, tales como actitudes amenazadoras, hostiles o de rechazo (Cassidy y Mohr, 2001).

Los procesos de transmisión de las traumatiza­ciones parentales y las reacciones de estrés in­fantil y las identificaciones

Las experiencias traumáticas no procesadas, no mentalizadas, de los padres repercuten cla­ramente en sus competencias parentales. Por un lado, estas experiencias pueden afectar sus capacidades básicas para establecer una vida cotidiana ordenada y adecuada para los niños; por otro, están interiormente absorbidos por sus propios procesos postraumáticos y sín­tomas, lo que les impide ofrecer a los niños la resonancia adecuada y estructuración de la re­lación adecuadas. Además, sus fallas y trastor­nos de mentalización complican el desarrollo de esta en los niños, que entonces no desarrollan esta competencia clave para su evolución (Diez y Müller, 2018; Diez, 2022). Entre los padres y los hijos, se expande lo traumático distorsionando los procesos de intercambio emocional (Kittler, 2020).

El desconcierto relacional a causa del trauma de esos padres y su incapacidad para transmitir a sus hijos una imagen coherente de sí mismos y del mundo impide que estos los vean como fuente fiable de información. A menudo, por eso, estos niños permanecen hipervigilantes y desconfiados frente a los demás y, por tanto, no adquieren el apoyo y el conocimiento en su entorno social que podría reafirmar sus recur­sos, es decir, carecen de “confianza epistémica” (Sperber et al., 2010; Fonagy y Luyten, 2016).

Por otra parte, los hijos de padres traumati­zados, tratando de evitar conflictos y para con­seguir o mantener el contacto con sus proge­nitores, buscan adaptarse a sus patrones. En muchas situaciones y constelaciones, se hacen cargo de las funciones parentales, ya que los pa­dres pueden ser incapaces de afrontar las tareas cotidianas a consecuencia del trauma. En espe­cial, debido a su dependencia y necesidades del desarrollo, los hijos de padres traumatizados es­tán expuestos a diversas proyecciones parenta­les, delegaciones (Richter, 1962) y procesos de transmisión que moldean su vida interior. Los mecanismos introyectivos-identificatorios es­tablecen vínculos entre los niños y sus padres traumatizados, que, para los primeros, sin em­bargo, va unido a trastornos de desarrollo y pro­cesos patológicos.

Por último, hay que referirse al entorno social, dado que los nuevos miembros de un grupo so­cial reciben asignado siempre un lugar determi­nado transgeneracional que deben ocupar para ser aceptados. “Nadie escapa a esta violencia de la atribución: si se identifica con la atribución totalmente, no hay lugar para su propio ser y pensar- una alienación […], si no se identifica en absoluto, esa vía le lleva al aislamiento, a la expulsión, incluso a la muerte” (Kittler, 2015, p. 109).

Procesos de trasmisión parentales

La traumatización intergeneracional encua­dra todos los fenómenos que llevan a que los descendientes de las personas traumatizadas se enfrenten con afectos y estados de ánimo que no se han generado en su propia experiencia. Del mismo modo, también el desbordamiento afectivo o la experiencia de verse a merced de una gran variedad de sentimientos -a veces muy intensos- sin recibir el apoyo adecuado parental para registrarlos y regularlos, puede entender­se como un fenómeno de transmisión indirecta. Se trata de traumas “heredados”, que se trans­miten de adultos a niños a través de fantasías, sentimientos y medidas concretas relacionales y educativas.

Podemos distinguir las siguientes “correas de transmisión” en los procesos de transmisión pa­rentales:

  • La afectividad general y la capacidad de men­talización de los padres (Luyten y Fonagy, 2019).
  • La “parentalidad intuitiva”; es decir, la ca­lidad específica de la propuesta relacional (Papoušek, 2011).
  • Mecanismos específicos de superación/ patro­nes compensatorios del trauma que caracteri­zan el comportamiento de los padres y pue­den agobiar a los niños (Korittko, 2016; Diez, 2022).

La siguiente viñeta de caso ejemplificará el manejo de los procesos de transmisión interge­neracional en el trabajo psicoterapéutico con una joven de 17 años.

Estudio de caso Ruth (1)

Ruth era la menor de dos hijos de una pareja binacional que se habían conocido en un viaje por el extranjero. El padre era el único hijo de supervivientes del Holocausto, que habían lo­grado formar juntos una vida satisfactoria en Suiza. El padre de Ruth era una persona exito­sa y comunicativa que describía su relación con sus padres como distante y poco afectiva. La madre procedía de un país latinoamericano y había sentido poca cercanía emocional y apoyo en su propia familia. Era muy reservada y deja­ba, en gran medida, el cuidado de los dos hijos en manos del padre.

El médico de cabecera derivó a Ruth a la psi­coterapia debido a los síntomas bulímicos que manifestaba desde hacía varios años. El trata­miento produjo rápidamente una mejoría signi­ficativa de los síntomas y Ruth se volvió cada vez más vital y con curiosidad. Las sesiones re­velaron que su insistencia en el modo corporal y otras formas prementalísticas de regulación de sí misma y de la relación (véase la tabla 1 del anexo) representaban una adaptación al lema familiar del no-pensar. No había logrado cons­truir un espacio interior estable que le permi­tiera percibirse adecuadamente a sí misma y sus necesidades. Rellenaba la tristeza y el vacío inmediata y concretísimamente con alimentos; estos tenían carácter objetal y, en un primer momento, generaban relajación y sentimientos positivos. Las frustraciones y la rabia las exte­riorizaba a través del acto de vomitar que, en su caso, por el uso de un objeto, resultaba es­pecialmente agresivo, lo que parecía contribuir a la relajación y la satisfacción temporal. Los ataques de hambre-vómito, además, le daban la impresión de poder disponer de su cuerpo y ser auto efectiva. La reducción de los síntomas con la ayuda de la terapia llevó pronto a que apa­recieran ansiedades intensas y difusas, que en poco tiempo se extendieron tanto que le impe­dían salir de casa. Esta evolución hizo necesario sesiones familiares, dado que la situación se vol­vió insoportable para los padres. En la segunda sesión familiar, en la que se habló de los senti­mientos en la familia, a través de un cuadro pin­tado por esta, se vio que en la familia, en primer lugar, los sentimientos positivos tenían cabida, mientras que el miedo o la tristeza, en particular, apenas parecían desempeñar un papel.

La reflexión conjunta en varias sesiones fa­miliares llevó finalmente a que el padre pudie­ra hablar de su infancia. En este contexto, Ruth se enteró de que sus abuelos habían estado en campos de concentración y lo importante que había sido para su padre funcionar bien y tener éxito durante la infancia y así gratificar a sus pa­dres. Y que los padres, a su vez, estaban muy orgullosos de su hijo y siempre trataron de man­tenerlo alejado de su experiencia en los campos de exterminio. El padre contó que en casa nun­ca le habían hablado de ese tema y que para él pronto quedó claro que había asuntos sobre los que no se debía preguntar. Con el tiempo, dijo, llegó casi a olvidarlo y no reaccionaba cuando el tema de los supervivientes del Holocausto salía a colación. Tampoco había querido nunca ver películas sobre ese tema. En primer lugar, los sentimientos positivos tenían cabida, mien­tras que el miedo y la tristeza apenas parecían desempeñar un papel. Cuando tuvo hijos, acor­dó con sus padres que no debían decirles nada sobre ese tema.

Cuando se enteró de todo esto en la sesión familiar, Ruth reaccionó muy furiosa y con re­proches hacia su padre. En sus propias sesio­nes, lloró y, poco a poco, empezó a considerar de otra manera muchas de las cosas que había registrado y vivido en su infancia. Por ejemplo, recordó que siempre había ido muy a disgusto a casa de sus abuelos, a pesar de que eran muy amables y tenían una casa maravillosa. Sus pa­dres le reñían mucho si se negaba a visitar a los abuelos, y que cada vez le sabía peor y le daba la impresión de que era una persona insensible y cruel por no querer visitarlos. Pero ahora, se daba cuenta de que posiblemente había perci­bido cosas que no se expresaban claramente. A menudo, la abuela estaba muy ausente y pare­cía una muñeca, el abuelo tenía ojos muy tris­tes, incluso cuando se reía. Esas situaciones le habían preocupado, pero no se había atrevido a hablar de ellas.

Un año después del inicio del tratamiento, Ruth contó en las sesiones familiares que recor­daba muy bien situaciones de cuando era muy pequeña en las que su padre no le dejaba llo­rar. Por ejemplo, si se caía y lloraba por el dolor, enseguida acudía su padre corriendo y le decía que no había sido nada y le quitaba importancia. Pensando sobre ello, sin embargo, ve que jus­tamente no era como decía su padre entonces, que no hubiera tenido importancia y que creía que habría sido importante que se le dejara llo­rar, y comenta que únicamente habría necesita­do consuelo.

Su padre confirmó ese recuerdo y respondió a la pregunta de la terapeuta que simplemente no podía soportar que su hija llorara. Finalmen­te, sin embargo, salió a colación la idea de que un rasguño no tenía importancia, no era nada. Y el padre respondió a la pregunta de con qué comparaba un rasguño, quedándose pensati­vo, a lo que Ruth añadió: “¿Comparado con lo que se vive en un campo de concentración?”. En ese momento, el padre reconoció que cons­tantemente comparaba su sufrimiento y el de sus hijos con los acontecimientos terribles que habían vivido sus padres. Y, por ello, daba por descontado que su sufrimiento, comparado con el de ellos, no era nada y que, por eso, era un motivo para estar contentos y felices.

La elaboración de estas situaciones en la psi­coterapia con Ruth le abrieron nuevas perspec­tivas y, poco a poco, consiguió distanciarse de los procesos de transmisión paterna. Sin embar­go, para ello fue necesario que se emancipara y se fuera a vivir a su propio piso y de este modo poder estar en un espacio no contaminado por lo traumático. El trabajo psicoterapéutico con Ruth duró un total de seis años. Durante los dos primeros años de tratamiento, se mantuvieron las sesiones familiares regularmente; con el tiem­po, también se hizo evidente que la madre sufría una depresión, por lo que también buscó apoyo psicoterapéutico. También se hizo necesaria una terapia de pareja, ya que la evolución positiva de la madre cuestionó la dinámica de la pareja.

El largo tratamiento psicoterapéutico de Ruth y su familia ilustran cómo pueden ser discutidos y trabajados en un entorno familiar los procesos de transmisión transgeneracional. Los “mensa­jes desconcertantes” (Laplanche, 1988), que era el trasfondo de los problemas de identidad y las ansiedades masivas de la adolescente, pudieron empezar a solucionarse principalmente a través del trabajo con la familia. Si bien la “delegación traumática” (Buchartz, 2019, p. 130) del padre le había podido estabilizar intrapsíquicamente a él, sin embargo, había perjudicado masivamente el desarrollo de la joven. La comprensión con­junta de cómo las numerosas interacciones co­tidianas habían provocado una traumatización “cumulativa” (Khan, 1963) de la joven y le había dificultado en el desarrollo de un self coheren­te capaz de regular los afectos y las relaciones, permitió importantes cambios tanto a nivel fa­miliar, como individual. El esclarecimiento trans­generacional se realizó en varios pasos y fue­ron necesarios varios intentos para verbalizar lo traumático y que surgiera una narrativa.

En el caso siguiente, las “correas de transmi­sión” centrales de la traumatización transgene­racional son los llamados “fantasmas en la habi­tación del niño” (Fraiberg et al., 1975), que, en virtud de las erróneas interpretaciones, distor­sionan constantemente y tensan la relación en­tre el niño y su madre.

Estudio de caso de la Sra. M. y Emily

La Sra. M. solicitó ayuda terapéutica para su hija de dos años. Ya al teléfono, parecía muy altera­da; decía que tenía miedo de perder los estribos con su hija y hacerle daño. La Sra. M. compareció sola a la entrevista inicial, a pesar de la petición de la terapeuta. Su pareja no tenía tiempo y no estaba preocupado. En esta primera sesión, la Sra. M. contó que Emily era una “mujercita” inte­ligente y vital que quería decidirlo todo, pero, al final, acababa siempre descontenta. Contó que ella había tenido una infancia difícil y que había sufrido maltratos físicos por parte de su madre. Por ello, se fue de casa cuando aún era una ado­lescente para vivir con el novio que tenía. No te­nía contacto con sus padres hacía varios años.

La Sra. M. acudió a la segunda sesión con su hija. La niña no quería entrar en la consulta, se aferraba a su madre y gritaba desgarradora­mente. La madre se sentó en el suelo a su lado, donde había algunos juguetes. Emily siguió gri­tando. La madre no reaccionó a los gritos, pero empezó a contar que su marido y ella habían decidido separarse. Emily gritó sin que la señora M. le prestara atención. Cuando la terapeuta le preguntó si tenía idea de por qué Emily gritaba así, dijo: “bueno, se comporta así siempre, por­que no le gusta compartirme con otras perso­nas”. A la pregunta de la terapeuta de si habría quizás otros motivos para los gritos de Emily, respondió encogiéndose de hombros.

La terapeuta se dirigió directamente a Emily diciéndole: “si te oigo gritar así, me duelen mu­cho los oídos y me pregunto si estás tratando de decirnos lo desesperada que estás porque también te duele algo que no sabes cómo se lla­ma”. Emily levantó la vista y la madre se quedó estupefacta. La terapeuta siguió hablando con Emily y la niña se relajó y, finalmente, pudo jugar con un juego de bolitas detrás de la madre. La madre no reaccionó a este cambio, y contó que Emily era incapaz de jugar y que constantemen­te estaba pegada a ella.

Finalmente se desarrolló una escena que mos­tró que Emily estaba en perfectas condiciones de jugar en tanto que su madre estuviera aten­dida por la terapeuta, pero que inmediatamente gritaba o quería salir de la habitación si la madre se ocupaba de ella. La madre aceptó con inte­rés y curiosidad la sugerencia de la terapeuta de filmar algunas sesiones de la terapia madre-hija y después mirarlas juntas. El visionado de algu­nas secuencias seleccionadas por la terapeuta fomentó la capacidad de la madre para mentali­zar a Emily, lo que tuvo un efecto positivo en su interacción con la niña.

Sin embargo, también quedó claro que, de­bido a la propia traumatización de la Sra. M., el espacio intermedio entre la madre y Emily estaba ocupado por ideas y sentimientos que desfiguraban la visión de las necesidades y el comportamiento de Emily. Según contó en la sesión individual, la Sra. M. se sentía controlada y maltratada por la niña, algo que le recordaba su propia infancia. Esto la ponía furiosa, contó, y le daba miedo de pegar a Emily. Por eso, estaba impaciente de que Emily creciera y que se lleva­ran como dos amigas.

El trabajo con la Sra. M. y Emily duró casi dos años y se desarrolló en diferentes constelaciones. Por un lado, regularmente se realizaban sesiones madre-hija, a veces con el padre, pero también paralelamente se realizaban frecuentes sesio­nes individuales con la madre, la que, finalmente, también decidió iniciar su tratamiento psicote­rapéutico individual. La evolución positiva de la problemática se logró interrumpiendo la transmi­sión de la no-mentalización, así como apoyando las capacidades de regulación propia y de la rela­ción en la madre. Un objetivo esencial del trabajo psicoterapéutico con la Sra. M. consistió en pro­mover sus capacidades reflexivas y, mejorando la capacidad de mentalización, establecer mejor los límites entre pasado y presente, así como en­tre interior y exterior o el self y los demás.

La mentalización parental positiva y favorece­dora del desarrollo -tal como se aspiraba en el caso presentado- está caracterizada por los si­guientes aspectos (Midgley et al., 2017):

  • Referencia a los propios pensamientos y sen­timientos.
  • Referencia a los pensamientos y sentimientos de los demás miembros de la familia.
  • Consideración de las perspectivas de los otros
  • Conciencia de la opacidad de la mente de los demás.
  • Interrelación de la conducta y los estados in­ternos.
  • Capacidad para el juego y el humor.
  • Conciencia de la falta de claridad y la incohe­rencia propias.
  • Esfuerzos para restablecer el contacto des­pués de los malentendidos y las rupturas y “reparar” las rupturas,
  • Capacidad responsiva a los demás en las con­versaciones.

En la práctica, existen diferentes instrumen­tos que se pueden utilizar para estudiar de for­ma estandarizada las capacidades de autorre­flexión de los padres. La entrevista del apego para adultos (Adult attachment interview [AAI]) y la entrevista del desarrollo parental (Parental Development Inventory [PDI]) se han demos­trado particularmente útiles para este fin. Según las observaciones y los datos que aparezcan en la fase de evaluación y aclaración, y teniendo en cuenta la edad de los niños, puede estar indi­cada una terapia con padres e hijos, que, a su vez, considere la interacción, o bien, puede ser el procedimiento acertado el trabajo centrado en los padres.

En relación con la problemática de la transmi­sión intergeneracional del trauma, la combina­ción de una terapia familiar y el trabajo indivi­dual con el niño o adolescente sintomático suele ser un abordaje útil y eficaz: una buena posibi­lidad de construir un comportamiento relacio­nal positivo con familias disfuncionales y de re­gistrar y modificar los ciclos no mentalizadores (Lundahl et al., 2006).

Los padres traumatizados necesitan psico­terapeutas que les transmitan seguridad, que adopten una actitud abierta e interesada hacia ellos y que estén dispuestos a “ponerse en su lugar” para ver los mundos de las relaciones a través de sus ojos. Partiendo de ahí y de una actitud “mejilla con mejilla” (Diez y Müller, 2018, p. 121), es posible mentalizar al niño y, en conse­cuencia, sostenerlo.

Reacciones de estrés de los niños y procesos de identificación

En el caso de los niños, los límites entre el self y el otro se debilitan mediante los procesos de introyección e identificación con la experiencia traumática parental y a través de la funciona­lización de los niños en los procesos de trans­misión transgeneracional. La referencia a los lí­mites difusos entre la fantasía y la realidad de Bohleber (2009) se corresponde, en el enfoque de mentalización, con el modo de equivalencia. La permeabilidad de los límites genera identi­ficaciones arcaicas del niño con el progenitor afectado y engendra pena, dolor y culpa en él. Bogan (1995) distingue cuatro tipos de trauma­tizaciones transgeneracionales:

  • Traumatización debido a la inaccesibilidad emocional de una de las figuras parentales.
  • Traumatización en la fantasía (revivir para in­tentar comprender y ayudar).
  • Traumatización del niño porque se le utiliza como instrumento para repetir el trauma de los padres.
  • Traumatización por la pérdida del self propio.

En una etapa muy temprana del desarrollo infantil, en la que prevalecen los mecanismos de proyección e introyección, el niño asume la experiencia traumática no procesada de los pa­dres. Los niños se atribuyen a sí mismos esos acontecimientos. De ese modo, la experiencia traumática conecta a los padres y a los hijos in­conscientemente.

Especialmente en el contexto de los trata­mientos psicoanalíticos de pacientes adultas, se han reconocido y descrito de forma dife­renciada formas específicas de identificación y patrones de relación entre las generaciones. Haydée Faimberg (2009) acuñó el término “te­lescopaje” para ilustrar la imbricación y la teles-cópica de sentimientos entre las generaciones de padres e hijos. Esta autora describe a estas pacientes como identificadas con el funciona­miento de sus padres interiorizados, que veían a sus hijos como parte de sí mismos y les negaron la oportunidad de construir su espacio físico y psicológico propio. La metáfora del “telescopio” de Faimberg describe gráficamente cómo los traumatismos desmentidos en las generaciones anteriores, que, a menudo, ya afectaron a los abuelos y que se transfieren inconscientemente a los hijos y nietos, repercuten en estos últimos. Esos traumatismos familiares y los secretos en­terrados asociados escapan a la conciencia y, a menudo, permanecen ocultos durante mucho tiempo en el proceso de la psicoterapia (véase el “estudio de caso de Ruth”).

Kestenberg (1995) describe otra variante más de la transmisión entre generaciones donde los hijos, al asumir los roles parentales (parentifi­cación) y al tratar de llenar los vacíos emocio­nales de la familia, tratan de restaurar la con­tinuidad histórico-vital de sus propios padres. Esta autora describe este mecanismo como un “túnel del tiempo” que permite que coincidan el pasado, el presente y el futuro. Mathias Hirsch (1997), por su parte, habla de “introyectos”, es decir, de elementos transferidos inconsciente­mente que se sienten como ajenos al propio yo y que, por tanto, no se pueden integrar. Al igual que los elementos beta de Bion (1992, 1997), se trata de elementos no digeridos e indigeribles psíquicamente que ocupan el interior psíquico del niño como cuerpos extraños.

Estudio de caso Leandra: “La Matrioska”

La madre de Leandra (14 años) trajo a su hija a terapia porque holgazaneaba en la cama y de­cía que se quería morir. Leandra era una chica delicada y tímida que, en el primer contacto, no quería contar mucho. Sin embargo, para ella era importante la cuestión de si la terapeuta era también psiquiatra, como la de su madre. A pe­sar de una pequeña decepción, por no ser así, Leandra empezó a aprovechar las sesiones para hablar de diversos problemas con sus amigas. Al principio, los comportamientos que preocu­paban a su madre no tenían importancia. Tras unas cuantas sesiones, empezó tímidamente a contar que estaba sintiendo “cosas raras” que le asustaban. Por ejemplo, su mano cambiaba y a veces oía voces. A las preguntas de la tera­peuta, Leandra respondió que estos fenómenos se producían después de fumar cánnabis, pero nunca en otros momentos. Por último, también contó que en los últimos meses había consu­mido cánnabis cada vez con más frecuencia y mayor cantidad. Después de que la terapeuta le informara sobre los peligros del consumo de cánnabis, se decidió conjuntamente que inten­taría reducirlo y dejarlo por completo lo antes posible. La terapeuta la confrontó claramente con su temor de que Leandra pudiera entrar en una realidad paralela. Leandra se emocionó por la clara preocupación de la terapeuta y mantu­vo el acuerdo. En el transcurso de las sesiones siguientes y debido a un acontecimiento fami­liar, quedó claro que Leandra, a diferencia de su hermano mayor, desde una edad muy tempra­na había sentido que no podía entender la for­ma de ser de su madre. Leandra contó además que, cuando tenía seis años, su madre tuvo que ingresar en una clínica psiquiátrica. Cuando su madre volvió, le contó sobre las cosas que po­día ver y oír. Ella también quería ver y oír cosas como esas, pero no había funcionado. Mientras Leandra hablaba de esto, empezó a verse que el hecho de fumar cannabis le permitía entrar en estados similares a los que, según creía, había tenido su madre en la psicosis, y que eso le ha­cía sentirse finalmente cerca de ella y compren­derla por primera vez. De hecho, las sesiones deacompañamiento con los padres pusieron de manifiesto que la madre estaba encantaba con la cercanía emocional con Leandra, con la que podía hablar de todo.

El trabajo psicoterapéutico con Leandra y sus padres duró un total de cinco años. Un aspecto importante de la terapia individual fue la elabo­ración de los límites propios.

Leandra transfirió los anhelos fusionales a la terapeuta: se teñía el pelo como ella, imita­ba su estilo de vestir y, en el futuro, quería ser también psicoterapeuta. Surgieron enredos de transferencia-contratransferencia porque Lean­dra conseguía encontrar cada vez nuevos acce­sos al interior de la psicoterapeuta y esta co­rría el riesgo de aportar demasiada información autorreveladora. La terapeuta recaía repetida­mente en un modo de equivalencia sin límites, que trataba de contrarrestar con intervenciones racionalizadoras. Dudaba de su criterio y de su trabajo y de si Leandra no debería acudir al ser­vicio de psiquiatría. En su contratransferencia, se abrieron paso la sensación de confusión y los sentimientos de culpa. Una supervisión inten­siva facilitó la triangulación necesaria (Grieser, 2015) y condujo a la terapeuta al reconocimien­to y “reparación” de las intrusiones mentaliza­doras de la terapeuta.

En resumen, se puede afirmar que la adapta­ción de los hijos a la vulnerabilidad parental o la búsqueda de la relación con los padres mediante procesos introyectivos e identificatorios (“túnel del tiempo”, [Kestenberg, 1995]; “telescopaje” [Faimberg, 2009]; “introyectos” [Hirsch, 1997]) supone una importante correa de transmisión, caracterizada por la resonancia de los hijos.

Observaciones finales

Las personas traumatizadas de forma com­pleja, a menudo, proceden de familias en las que se suelen transmitir las tensiones, los patrones disfuncionales y las experiencias traumatizantes del vínculo y la relación de generación en gene­ración. En esas familias, los trastornos asociados al trauma y los modelos parentales compensa­torios pueden conducir a la traumatización de los niños.

Los niños reaccionan al desamparo parental con sobreexcitación e hipervigilancia, así como con diversos comportamientos destinados a “desafiar a los padres y moverles a que es­tén presentes y disponibles para ellos” (Pleyer, 2004, p. 141). Las traumatizaciones tempranas en el contexto del vínculo desestabilizan inva­riablemente la capacidad de mentalizar, ya que afectan al eje regulador del estrés (Strüber, 2019) y hacen que las respuestas rápidas y au­tomáticas moderadas por las estructuras cere­brales posteriores y límbicas entren en acción con más frecuencia que las funciones ejecutivas prefrontales. Lo cual significa que la mentaliza­ción “se desconecta” y, en su lugar, aparecen respuestas defensivas automáticas (lucha/hui­da/congelación [Luyten y Fonagy, 2019]). Las personas traumatizadas en la infancia temprana por sus cuidadores primarios se enfrentan a la experiencia básica de estar solos e “incapaces de pensar lo inconcebible, así como de sentir lo que no se debe sentir” (Luyten y Fonagy, 2019, p. 86). Carecen de la resonancia y la referencia social que les permitiría contar con otra persona en situaciones de desbordamiento afectivo.

Los padres traumatizados corren el riesgo de transmitir a sus hijos sus experiencias no pro­cesadas como “materia prima” a través de mo­mentos atmosféricos, mediante fantasías, pen­samientos y sentimientos, así como mediante interacciones concretas y propuestas de rela­ción. Por su parte, los niños pueden quedar atra­pados en “tierra de nadie” a través de procesos introyectivos -identificatorios y debido a la falta o insuficiencia de las experiencias de mentali­zación, lo que puede dificultar o incluso imposi­bilitar su llegada al presente y a sí mismos. Los procesos de esclarecimiento transgeneracional necesitan siempre varios pasos que posibiliten la comprensión, documentación y la narrativa de las experiencias traumáticas (Kittler, 2015). La teoría y la práctica de la mentalización pue­den proporcionar impulsos importantes y pro­cedimientos concretos para ese cometido.

Bibliografía

Allen, J. G. y Fonagy, P. (2015). Trauma. En: P. Luyten, L. C. Mayes, P. Fonagy, M. Target y S. J. Blatt. Handbook of psychodynamic approa­ches in psychopathology. New York: Guilford Press, S. 165–199.

Bion, W. R. (1962). Learning from experience. New York.: Basic Books. (Traducción españo­la: Aprendiendo de la experiencia. Barcelona: Horné-Paidós, 2006).

Bion, W. R. (1992). Elemente der Psychoanaly­se. Frankfurt a. M.: Suhrkamp. (Trad. española: Elementos del psicoanálisis. Barcelona: En­cuentros, 1988).

Bion, W. R. (1997). Transformationen. Frankfurt, a. M.: Suhrkamp (Trad. española: Transforma­ciones, Valencia: Proli molibro, 2001).

Bohleber, W. (2003). Das Trauma und seine Be­deutung für das Verhältnis von innerer und äusserer Realität. En M. G. Leuzinger-Bohleber y R. Zwiebel, (ed.). Trauma, Beziehung und so­ziale Realität. Tübingen: Edition diskord.

Bohleber, W. (2009). Wege und Inhalte trans­generationaler Weitergabe. Psychoanalytis­che Perspektiven. En H. Radebold, W. Bohle­ber y J. Zinnecker, (ed.). Transgenerationale Weitergabe kriegsbelasteter Kindheiten: In­terdisziplinäre Studien zur Nachhaltigkeit his­torischer Erfahrungen über vier Generationen (Kinder des Weltkrieges), pp. 107-119. Weinhe­im: Juventa.

Bonfils, K. A., Adams, E. L., Firmin, R. L., White, L. M. y Salyers, M. P. (2014). Parenthood and severe mental illness: Relationships with re­covery. Psychiatric Rehabilitation Journal, 37, 186–193. DOI 10.1037/prj0000072.

Burchartz, A. (2019). Traumatisierung bei Kin­dern und Jugendlichen. Stuttgart: Kohlham­mer.

Cassidy, J. y Mohr, J. J. (2001). Unsolvable fear, trauma, and psychopathology. Clinical Psychology: Science and Practice, 8, 275–298.

Diez Grieser, M. T. (2001). Neugeborene Kinder drogenabhängiger Eltern: Beziehungsdiag­nostik als Grundlage für Interventionen. En F. Pedrina (ed.), Beziehung und Entwicklung in der frühen Kindheit. Psychoanalytische Inter­ventionen in interdisziplinären Kontexten, Tü­bingen: edition discord, pp. 139–149.

Diez Grieser, M. T. (2004). Zur Funktion des Cannabiskonsums in der frühen Adoleszenz: Zwei Fallbeispiele. Arbeitshefte Kinderp­sychoanalyse, 33, 35–55.

Diez Grieser, M. T. (2016). Beziehungsgestaltung und Kommunikation mit traumatisierten Kin­dern und Jugendlichen. Trauma – Zeitschrift für Psychotraumatologie und ihre Anwendun­gen, 1(2), 40–50.

Diez Grieser, M. T. (2016): Flüchtlingskinder zwischen Trauma und Entwicklung. Und Kin­der, 97, 25–32.

Diez Grieser, M. T. y Grieser, J. (2020). Psycho­dynamische Psychotherapie mit Jugendlichen. Stuttgart: Kohlhammer.

Diez Grieser, M. T. y Müller, R. (2018). Mentalisie­ren mit Kindern und Jugendlichen. Stuttgart: Klett-Cotta.

Diez Grieser, M. T. (2022). Mentalisieren bei Traumatisierungen. Stuttgart: Klett-Cotta.

Dubowitz, H., Black, M., Cox, C., Kerr, M., Litro­nik, A., Radhakrishna, A., English, D., Wood Schneider, M. y Runyan, M. (2001). Father in­volvement and children’s functioning at age 6 years: A multisite study. Child Maltreatment, 6(4), 300–309.

Edwards, V. J., Anda R. F., Dube, S. R., Dong, M., Chapman, D. F. y Felitti, V. J. (2005). The wide-ranging health consequences of adverse childhood experiences. En: Kendall-Tackett, K. y Giacomoni, S. (ed.), Victimization of children and youth: Patterns of abuse, response stra­tegies. Kingston, NJ: Civic Research Institute.

Ensink, K., Normandin, L., Target, M., Fonagy, P., Sabourin, S. y Berthelot, N. (2015). Mentaliza­tion in children and mothers in the context of trauma: An initial study of the validity of the Child Reflective Function Scale. British Journal of Developmental Psychology, 33(2), 203–217.

Faimberg, H. (2009). Teleskoping. Die interge­nerationelle Weitergabe narzisstischer Bin­dungen. Frankfurt a. M.: Brandes & Apsel.

Fungí, P. (2003a). Bindung, Holocaust und Er­gebnisse der Kinderpsychoanalyse: Die dritte Generation. En: Fonagy, P. y Target, M. (ed.), Frühe Bindung und psychische Entwicklung. Gießen: Psychosozial Verlag, pp. 161–193.

Fonagy, P. (2003b). The development of psychopathology from infancy to adulthood: The mysterious unfolding of disturbance intime. Infant Mental Health Journal, 24(3), pp. 212–239.

Fonagy, P., Gergely, G., Jurist, E. J. y Target, M. (2004): Affektregulierung, Mentalisierung und die Entwicklung des Selbst. Stuttgart: Klett-Cotta.

Fonagy, P. (2010). Attachment and perso­nality pathology. En J. F. Clarkin, P. Fona­gy y Gabbard, G. O. (ed.), Psychodynamic psychotherapy for personality disorders: A cli­nical handbook. American Psychiatric Publis­hing, pp. 37-87.

Fonagy, P. y Luyten, P. (2016). A multilevel perspective on the development of borderli­ne personality disorder. En D. Cicchetti (ed.), Developmental psychopathology, vol. 3: Ma­ladaptation and psychopathology. New York: John Wiley & Sons, pp. 726–792.

Fonagy, P., Gergely, G., Jurist, E. J. y Target, M. (2004). Affektregulierung, Mentalisierung und die Entwicklung des Selbst. Stuttgart: Klett-Cotta.

Fraiberg, S., Adelson, E. y Shapiro, V. (1975). Ghosts in nursery: A psychoanalytic approach to the problem of impaired infant-mother re­lationships. Journal of the American Academy of Child and Adolescent Psychiatry, 14(3), 387–422.

Fröhlich-Gildhoff, K. y Rönnau-Böse, M. (2015). Resilienz. München: Reinhardt/UTB.

Gurevich, H. (2012). Die Sprache der Abwesen­heit. Psyche, 66, 1074–1101.

Grieser, J. (2015). Triangulierung (Analyse der Psyche und Psychotherapie, Vol. 13). Gießen: Psychosozial-Verlag.

Held, T. (2019). Die potentiell traumatische Er­fahrung – wie entscheidet sich, ob es zur Trau­mafolgestörung kommt? Kinderanalyse, 27(2), 111–132.

Hirsch, M. (1997). Schuld und Schuldgefühl. Zur Psychoanalyse von Trauma und Introjekt. Göt­tingen: Vandenhoeck & Ruprecht.

Hughes, K., Bellis, M. A., Hardcastle, K. A., Sethi, D., Butchart, A., Mikton, C., Jones, L. y Dunne, M. P. (2017). The effect of multiple adverse childhood experiences on health: A systema­tic review and meta-analysis, The Lancet Pu­blic Health, 2, 8, e356–e366.

Iyengar, U., Kim, S., Martinez, S., Fonagy, P. y Strathearn, L. (2014). Unresolved trauma in mothers: Intergenerational effects and the role of reorganization. Frontiers in Psycholo­gy, 5, 966.

https://doi.org/10.3389/fpsyg.2014.00966.

Kaiser, P. (2008). Mehrgenerationenfamilie und neuropsychische Schemata. Göttingen: Ho­grefe.

Kellermann, N. P. F. (2011). “Geerbtes Trauma”. Die Konzeptualisierung der transgeneratione­llen Weitergabe von Traumata. En Tel Aviver Jahrbuch für deutsche Geschichte, 39, 137–160.

Kestenberg, J. (1993). What a psychoanalyst learned from the holocaust and genocide. The International Journal of Psychoanalysis, 74, 1117–1129.

Kestenberg, J. (1995). Die Analyse des Kindes eines Überlebenden. Eine metapsychologis­che Beurteilung. En M. S. Bergmann, M. E. Ju­covy y J. Kestenberg, (ed.), Kinder der Opfer – Kinder der Täter. Frankfurt a. M.: Fischer, pp. 173–206.

Khan, M. M. R (1963). The concept of cu­mulative trauma, The Psychoanalytic Stu­dy of the Child, 18(1), 286–306; DOI: 10.1080/00797308.1963.11822932.

Kittler, E. (2015). “Was du ererbst von deinen Vätern, erwirb es, um es zu besitzen. Was man nicht nützt, ist eine schwere Last”. Anmerkun­gen zur Transgenerationalität aus einer Mut­ter-Kind-Therapie, Kinderanalyse, 23(2), 107–128.

Kittler, E. (2020). Zwischen Eltern und Kindern – wenn die Gegenwart den Blick auf die Vergan­genheit verstellt. Kinderanalyse, 28(3), 3–31. DOI: 10.21706/ka-28-1-3.

Kogan, I. (1995). The cry of mute children. Lon­don: Free Association Books.

Korittko, A. (2016). Posttraumatische Belas­tungsstörungen bei Kindern und Jugendli­chen. (Störungen systemisch behandeln, vol. 5). Heidelberg: Carl Auer Verlag.

Korittko, A. y Pleyer, K. H. (2014). Traumatischer Stress in der Familie: Systemtherapeutische Lösungswege. Göttingen: Vandenhoeck & Ru­precht.

Laplanche, J. (1988). Die allgemeine Ver­führungstheorie und andere Aufsätze. Tübin­gen: edition discord.

Laucht, M., Esser, G. y Schmidt, M. H. (2000). Längsschnittforschung zur Entwicklungsepi­demiologie psychischer Störungen: Zielset­zung, Konzeption und zentrale Befunde der Mannheimer Risikokinderstudie. Zeitschrift für Klinische Psychologie und Psychotherapie, 29(4), 246–262.

Lovejoy, M. C., Graczyk, P. A., O’Hare, E. y Neu­man, G. (2000). Maternal depression and pa­renting behavior: A meta-analytic review. Cli­nical Psychology Review, 20(5), 561–592.

Lundahl, B. W., Nimer, J. y Parsons, B. (2006). Preventing child abuse: A meta-analysis of parent training programs. Research on Social Work Practice, 3, 251–262;

https://doi.org/10.1177/1049731505284391

Luyten, P. y Fonagy, P. (2019). Mentalizing and trauma. En A. Bateman y P. Fonagy (ed.), Han­dbook of mentalizing in mental health practi­ce. Washington: American Psychiatric Asso­ciation Publishing, pp. 29–103.

Lyons-Ruth, K. y Block, D. (1996). The disturbed caregiving system: Relations among child­hood trauma, maternal caregiving, and infant affect and attachment. Infant Mental Health Journal, 17, 257–275.

Meins, E., Fernyhough, C., Wainwright, R., Das Gupta, M., Fradley, E. y Tuckey, M. (2002). Ma­ternal mind mindedness and attachment se­curity as predictors of theory of mind unders­tanding. Child Development, 73(6), 1715–26.

Midgley, N., Ensink, K., Lindqvist, K., Malberg, N. y Muller, N. (2017). Mentalization based treatment for children. A time-limited ap­proach. Washington, D.C.: American Psycho­logical Association.

Moré, A. (2013). Die unbewusste Weiterga­be von Traumata und Schuldverstrickungen an nachfolgende Generationen. Journal für Psychologie, 21, 1–34.

Mosley-Johnson, E., Campbell, J. A., Garacci, E., Walker, R. J. y Egede. L. E. (2021). Stress that endures. Influence of adverse childhood expe­riences on daily life stress and physical health in adulthood. Journal of Affective Disorders, 284, 38–43. DOI: 10.1016/j.jad.2021.02.018.

Oestergaard Hagelquist, K. (2017): The mentali­zation guidebook. London: Routlegde.

Papoušek, M. (2004). Regulationsstörungen der frühen Kindheit: Klinische Evidenz für ein neues diagnostisches Konzept. En M. Papoušek, M. Schieche y H. Wurmser (ed.), Regulationsstörungen der frühen Kindheit. Bern: Huber, pp. 77–110.

Papoušek, M. (2011): Verwundbar, aber unbe­siegbar – Ressourcen der frühen Kommu­nikation in Eltern-Säuglings-Beratung und -Psychotherapie. En T. Hellbrügge y B. Sch­neeweiß (ed.), Frühe Störungen behandeln – Elternkompetenz stärken. Stuttgart: Klett-Cotta, pp. 69–90.

Perry, B. D. (1994). Neurobiological sequelae of childhood trauma: PTSD in children. En M. Murberg (ed.), Catecholamines in post-trau­matic stress disorder. Washington, D.C.: Ame­rican Psychiatric Press, pp. 233–255.

Pleyer, K. H. (2004). Co-traumatische Prozes­se in der Eltern-Kind-Beziehung. Systhema, 18(2), 132–149.

Qin, P., Agerbo, E. y Mortensen, P. B. (2003). Suicide risk in relation to socioeconomic, de­mographic, psychiatric, and familial factors: A national register–based study of all suici­des in Denmark, 1981–1997. American Journal of Psychiatry, 160, 765–772. DOI 10.1176/appi.ajp.160.4.765.

Reddemann, L. y Wöller, W. (2017). Komplexe Posttraumatische Belastungsstörung. Göttin­gen: Hogrefe.

Rice, F., Sellers, R., Hammerton, G., Eyre, O., Bevan-Jones, R., Thapar, A. K., Collishaw, S., Harold, G. T. y Thapar, A. (2016). Antecedents of new-onset Major Depressive Disorder in children and adolescents at high familial risk. JAMA Psychiatry, 74, 153–160. DOI 10.1001/ja­mapsychiatry.2016.3140.

Richter, H. E. (1962). Eltern, Kind und Neurose. Die Rolle des Kindes in der Familie/Psychoa­nalyse der kindlichen Rolle. Berlin: Neuauflage Rowohlt,

Rosa, H. (2016). Resonanz. Eine Soziologie der Weltbeziehung. Berlin: Suhrkamp.

Scheeringa, M. S. y Zeanah, C. H. (2001). A rela­tional perspective on PTSD in early childhood. Journal of Traumatic Stress, 14(4), 799–815.

Schechter, D. S., Coots, T., Zeanah, C. H., Coa­tes, S. W., Davies, M., Myers, M. M., Trabka, K. A. y Liebowitz, M. R. (2005). Maternal mental representations of the child in an inner-city cli­nical sample: Violence-related posttraumatic stress and reflective functioning. Attachmentand Human Development, 7(3), 313–331.

Schechter, D. S., Coates, S., Kaminer, T., Coots, T., Zeanah, C. H. Jr. y Davies, M. (2008). Dis­torted maternal mental representations and atypical behavior in a clinical sample of vio­lence-exposed mothers and their toddlers. Journal of Trauma and Dissociation, 9, 123–147.

Schmid, M. (2019). Zusammenarbeit mit dem Herkunftssystem und Biographieerkundung.Traumapädagogische Weiterbildungsmodul Kinderdorf Lütisburg. Presentación no publi­cada.

Sperber, D., Clement, F., Heintz, C., Mascaro, O., Mercier, H. Origgi, G. y Wilson, D. (2010). Epis­temic vigilance. Mind & Language, 25, 359–93.

Staun, L. (2017). Mentalisieren bei Depressionen. Stuttgart: Klett-Cotta.

Strüber, N. (2019). Die erste Bindung. Wie El­tern die Entwicklung des kindlichen Gehirns prägen. Stuttgart: Klett-Cotta.

Synofzik, M., Vosgerau, G. y Newen, A. (2008). I move, therefore I am: A new theoretical fra­mework to investigate agency and ownership. Conscious and Cognition, 17(2), 411–24. DOI: 10.1016/j.concog.2008.03.008.

Van Ee, E., Kleber, R. J. y Jongmans, M. J. (2015). Relational patterns between caregivers with PTSD and their nonexposed children. A re­view. Trauma, Violence and Abuse, 17(2), 186–203.

Witt, A., Sachser, C., Plener, P. L., Brähler, E. y Fegert, J. M. (2019). The prevalence and con­sequences of adverse childhood experiences in the German population. Deutsches Ärz­teblatt, 116, 635–642. DOI: 10.3238/aerzte­bl.2019.0635.

Yehuda, R. y Lehrner, A. (2018). Intergenera­tional transmission of trauma effects: Puta­tive role of epigenetic mechanisms. World Psychiatry, 17, 243–257.

Encontrarán las tablas correspondientes de este artículo en el PDF adjunto.