Las barreras autistas: un infortunio de orden sensorial
Mara Sverdlik
RESUMEN
Las barreras autistas: un infortunio de orden sensorial. El presente artículo propone una revisión del concepto “barrera autista” de Francis Tustin a fin de recoger su potencia explicativa y enriquecerlo con los aportes conceptuales de diversos autores en el marco del paradigma del psicoanálisis contemporáneo. El objetivo es precisar un modelo procesual que nos permita entender la articulación de las formas intrapsíquicas e intersubjetivas que se van codeterminando en la construcción de una barrera autista como forma fallida de estructuración de límites del psiquismo temprano con las consiguientes dificultades de construcción representativa y simbólica partiendo de las primeras formas de la percepción que quedan alteradas. Palabras clave: barrera autista, modelo procesual, psicoanálisis contemporáneo.
ABSTRACT
Autistic barriers: a sensory misfortune. The present article proposes a revision of the concept Autistic Barrier from Francis Tustin in order to collect its explanation potency and to feed it with other author’s contributions in the frame of Contemporary Psychoanalysis. The aim of this work is to define a processual model that allow us to articulate the inner subjective forms with the inter-subjective process in co-determination to think the failures in building the early frontiers or limits in child´s psyche with the logical consequences about perception and symbolic development that become altered. Key words: autistic barrier, processual model, contemporary psychoanalysis.
RESUM
Les barreres autistes: un infortuni d’ordre sensorial. El present article proposa una revisió del concepte “barrera autista” de Francis Tustin per tal de recollir la seva potència explicativa i enriquir-lo amb les aportacions conceptuals de diversos autors en el marc del paradigma de la psicoanàlisi contemporània. L’objectiu és precisar un model processual que ens permeti entendre l’articulació de les formes intrapsíquiques i intersubjectives que es van codeterminant en la construcció d’una barrera autista com a forma fallida d’estructuració de límits del psiquisme primerenc amb les dificultats consegüents de construcció representativa i simbòlica, partint de les primeres formes de la percepció que queden alterades. Paraules clau: barrera autista, model processual, psicoanàlisi contemporània.
Introducción
Mucho se ha escrito acerca de las patologías del espectro autista. Todos aquellos que trabajamos con niños: pediatras, maestras de educación inicial, psicólogos, logopedas, nos encontramos con que esta problemática es cada vez más frecuente. Este es el hecho novedoso: su frecuencia. Se hace necesario pensar en esta expansión de una modalidad subjetiva que, sin patologizar a sus protagonistas, deja restos de dificultades tanto en los procesos de pensamiento como en las vinculaciones afectivas y sociales. En el decir de Francis Tustin (1987), producen escombros de insensatez, ya que las alteraciones perceptivas de inicio afectan directamente la construcción del sentido subjetivo singular y de coordinación adaptativa a la lógica social. He aquí el asunto más importante que señala la autora y que es necesario prestar atención: se trata de un trastorno fundamental de la percepción.
En este asunto, los psicoanalistas, desde el Proyecto de Freud de 1895, tenemos mucho que aportar respecto de la construcción social de la percepción, ya que, como lo señala el autor, se construye en principio un mundo interno caótico carente de organización, de huellas de impresiones sensoriales de diverso origen; táctiles, olfativas, gustativas, propioceptivas, auditivas, visuales, que, en su conjunto, producen representaciones en forma de Magma (Castoriadis, 1989) o Pictograma (Aulagnier, 1994) o Cámara representativa e intensidad libidinal (Lyotard, 1990) o como Indiscriminación/discriminación de afecto-representación (Green, 1999a). Todos estos autores que siguen el camino freudiano de la experiencia de satisfacción señalan como condición de la construcción psíquica de los orígenes a la representación que es base, aloja y constituye a los procesos perceptivos. Según Green (1996), el aparato psíquico es un aparato de representación. La representación es el resto que queda del encuentro entre la pulsión y el objeto. Se parte, en los inicios del aparato psíquico, del proceso de formación de la representación, que como su nombre lo indica es una re-presentación: un volver a presentarse. ¿Qué es lo que vuelve a presentarse? La energía psíquica, el empuje vital que, en sí mismo, no tiene presentación directa en el aparato psíquico, pues es un concepto límite: entre el cuerpo y la psique. Su acceso a la psique es a través de sus representantes, que son huellas que quedan del encuentro del sujeto con el objeto. El resultado es un conjunto de huellas de distintas sensaciones sin referencia alguna al objeto externo objetivo-real, sino la pura emergencia de un mundo cerrado, propio y singular, regulado por el principio de placer. Las huellas que se imprimen son huellas de placer y este será un principio regulador fundamental para la construcción psíquica. Aún si tomamos a Husserl, representante de la línea fenomenológica en filosofía, en la mirada de Derrida (1985), nos dirá que el fenómeno parte de una interioridad que son indicios que se relacionan con la presencia del otro. No hay pura presencia de la representación sino en vínculo con el otro. No solo Freud, no solo Husserl, sino también Piaget (Piaget e Inhelder, 1969) nos habla de los procesos circulares primarios como modos de construcción de las representaciones de inicio que se hacen en el marco del juego del bebé.
Psicoanálisis, filosofía y teoría cognitiva ubican el fenómeno perceptivo no como maduración biológica endógena, sino como una producción psíquica nacida del vínculo con el otro. ¿Por qué reeditar en las propuestas de las neurociencias o las teorías del desarrollo, el tradicional empirismo inglés donde el sujeto recibe estímulos directamente del exterior y donde las neuronas sustituyen la función de representación? Se reactiva un modelo biológico que ignora la función psíquica fundamental de la representación que constituye el núcleo de la imaginación básica o radical (Castoriadis, 1989). El sujeto humano en sus inicios imagina el mundo exterior antes de poder percibirlo. La percepción como tal constituye un punto de llegada que implica un trabajo psíquico complejo en el marco de la actividad lúdica, que es el modo de relación más importante que se establece con los objetos que sostienen la crianza (Winnicott, 1986). Si logramos comprender cómo se construye el proceso perceptivo en un modelo complejo, tendremos más herramientas conceptuales para entender tanto la alteración de la percepción (que no es neurológica exclusivamente, sino que ese es un nivel de base que requiere ser complejizado) como su vinculación a los fenómenos propios de la crianza actual, que trasciende la lectura patologizante de la subjetividad parental para poner énfasis en las formas actuales de criar y las modalidades lúdicas en el marco de la subjetividad propia del capitalismo tardío. El psicoanálisis contemporáneo ofrece un modelo de pensamiento que permite entender la percepción como una construcción psíquica elaborada en el contexto de la actividad lúdica con los otros encargados de la crianza y que, en esa perspectiva, se puede comprender su disfunción, alteración o déficit sin apelar al misterio de la genética, de la embriología o las incógnitas sin resolver de la biología que se apresuran en naturalizar su funcionamiento psíquico sin apostar a su complejización. Con la mirada puesta en una dificultad de funcionamiento biológico de base, la oferta terapéutica no se despliega en el plano de la construcción psíquica desde las formas más básicas del juego, las capacidades figurativas y la verbalización integrada al afecto y el sentido. Al contrario, se apuesta a una presión adaptativa (por urgencias de la escolaridad o de saldar con rapidez los problemas más urgentes) en formas de entrenamientos que generan serios déficits en el despliegue de la imaginación y, por ende, del afecto, que son la base de los procesos de simbolización que conforman el pensamiento reflexivo. Es así como se constituyen configuraciones subjetivas donde la memoria tiene características de información enciclopédica, el lenguaje se presenta robotizado con escasa capacidad de referirse a sentidos propios y dificultades en la comprensión, se manifiesta falta de empatía y puesta en juego de afectos variados y discriminados, se da un predominio del pensamiento operatorio lógico-matemático y la completa o parcial dificultad para entender la lógica del intercambio social. Estas características no necesariamente se deben consolidar como una típica modalidad autista, sino que son algunos de los fenómenos que se rigidizan en los dispositivos terapéuticos adaptativos que adiestran a los niños para que desarrollen capacidades sin atravesar las lógicas lúdicas de la crianza normal.
La atención en conflicto como marco subjetivo en los procesos de crianza
Se ha reflexionado, en los últimos tiempos, acerca de las modalidades subjetivas que se establecen y consolidan en las formas de producción del capitalismo tardío y sus exigencias específicas: pérdida del vínculo con el trabajo y reemplazo por la hiperproductividad singular, dominio del valor de cambio y pérdida completa del valor de uso, hiperestímulo de consumo y, fundamentalmente, atravesamiento de todos los ámbitos de la vida singular y social por la hiperestimulación en la producción y consumo de imágenes heterogéneas en su forma de circulación y sentido. En esta línea de pensamiento, Amador Fernández Sabater (2023) propone que la atención es un trabajo negativo: atender es dejar de atender a la atención programada, codificada y guionada y poder prestar esa atención a la situación presente. Y prestar atención al otro trae un encuentro no ordenado en pautas a cumplir, con predominio de horarios y objetivos donde la experiencia lúdica se pierde como fuente de creación perceptiva singular. Esta emerge cuando hay disponibilidad a la presencia placentera no condenada por los criterios de la adaptación. Los efectos de las imágenes superpuestas, sin relato, que se consumen en forma reiterativa y ocupan parte del tiempo en las actuales infancias tempranas generan un empobrecimiento perceptivo. Si a esto sumamos las dificultades de los adultos para ofrecer un juego no destinado a cumplir pautas de orden cognitivo, sino de contacto placentero y sorpresivo con el mundo que está naciendo para el cachorro humano, todo ello impacta de manera directa en la construcción subjetiva. No se trata de volver atrás a ningún mundo idílico, se trata de estar ahí jugando: compartiendo, donando y nutriendo el mundo de los implicados en el juego, aunque sea un rato corto o que acompañe al baño o al dormir. Una atención que se presta y vuelve enriquecida.
Modelo complejo del psicoanálisis para abordar la subjetividad contemporánea
El psicoanálisis contemporáneo no es una referencia temporal a la actualidad, sino una posición epistemológica basada en el modelo de la complejidad donde se afirma una renovación metapsicológica a partir de las novedades que traen las modalidades subjetivas propias de la formación económico-social del capitalismo tardío. Green (2003) conceptualiza este movimiento epistemológico que, en palabras de Urribarri (2011), produce un giro en la teoría a partir de los años 2000 donde señala que, históricamente, nos ubicamos en el post–postfreudismo; es decir, en los desarrollos teóricos posteriores a Melanie Klein y Jacques Lacan. Psicoanalistas que no tienen una posición unificada, desde la década del 70, han renovado distintos aspectos de la teoría, a partir de la ampliación de los nuevos problemas que los pacientes traían a consulta, dejando de pensar en los ejes de la neurosis-perversión o psicosis para avanzar en los límites de la analizabilidad (ampliar la posibilidad de alojar mayor diversidad de pacientes en el encuadre del psicoanálisis) y dar cuenta de estas modalidades de frontera que constituyen los pacientes no-neuróticos. Se hace referencia a los aportes, entre otros, de Bion, Aulagnier, Castoriadis, Lyotard, Tustin, McDougall, Anzie, Laplanche y el mismo André Green. Y fue D. Winnicott, en la oferta de transicionalidad teórica, quien abrió las puertas para poder pensar en una activa apertura de la producción psicoanalítica. Urribarri (Green y Urribarri, 2015) expone el modelo clínico contemporáneo que apunta a integrar los aportes y superar los impasses de los modelos freudiano y postfreudiano, proponiendo concebir al sujeto psíquico como producto de un proceso heterogéneo de representación que simboliza las relaciones entre lo intrapsíquico (centrado en la dinámica de la pulsión y del sujeto) e intersubjetivo (centrado en la dinámica del objeto). En la clínica, los casos límites se constituyen en los casos paradigmáticos desde los cuales se explora la extensión y límites de la analizabilidad y de las variaciones del método. Hago mención aquí a un aspecto importante de la renovación metapsicológica que plantea Green (1999b) que se refiere al eje del narcisismo. Se trata de un andamiaje donde se despliegan los modos en que el Yo se constituye y muestra su multiplicidad de aspectos y funciones. El postfreudismo frenó el trabajo conceptual sobre el narcisismo y el Yo tanto en la propuesta de M. Klein que da prioridad a lo endógeno (el bebé nace ya con una florida organización psíquica) o en la modalidad especular y de alteridad que propone J. Lacan (El Yo se unifica en el Espejo). El Yo no era confiable porque se lo pensaba sin conflictos o con una organización compleja desde el primer año de vida o porque era la sede de locas imaginerías. Los autores mencionados expanden sus teorizaciones en campos aledaños a las psicosis y traen conceptualizaciones abiertas acerca de los procesos de representación y límites del aparato psíquico que ponen al Yo y la imaginación en el centro de nuevos descubrimientos. Green (2014) pone especial énfasis en considerar que el conflicto psíquico nodal que activa el aparato psíquico es la pulsión de vida en tensión con la pulsión de muerte, que se despliega en el terreno del narcisismo. El narcisismo como estructura encuadrante aloja a las fuerzas internas pulsionales del sujeto, genera modos de autorregulación y produce los recursos necesarios para la complejización psíquica en interacción con las funciones intersujetivas. El conflicto psíquico está centrado en la capacidad de objetalizar (poner energía e interés) y crear objetos (variados, sustituibles y de diversas características, siendo los funcionamientos psíquicos capaces de funcionar como objetos a investir) o de desinvestir y destruir objetos (quedarse fijado a un objeto único, perder rápidamente el interés o bien retirar bruscamente la energía en un objeto) y se despliega en el terreno del Yo. Es necesario pensar un Yo que se constituye de manera procesual, en tensión entre el afuera y el adentro, que va construyendo sus propios recursos y se va complejizando tanto en sus procesos representativos (fantasías, pensamientos, percepciones) como de auto construcción de límites (membranas psíquicas, continente, defensas), que lo lleva a abrirse y cerrarse para vincularse con los distintos vasallajes (Ello-inconsciente-superyó-ideales-realidad-otredad) y que corre el riesgo de los excesos en ese cierre o apertura. Tenemos en la tradición psicoanalítica un predominio de modelos del Yo que hablan de formas de apego o formas especulares, que se construyen muy tempranamente donde, ya sea que se identifique el Yo con cuidados maternos o con imágenes o funciones especulares, domina el proceso identificatorio como forma única de construir el Yo. Tanto en las teorías del apego como en las teorías especulares, se limita el pensamiento del Yo a formas de causalidad directa tanto endógena (que viene de dentro del sujeto) como exógena (de fuera y del otro) y no se trabaja sobre formas de co-determinación entre lo intersubjetivo y lo intrapsíquico. Ese Yo pensado sin procesualidad unifica en determinado momento el polimorfismo sexual de los orígenes y es atravesado luego por fases sucesivas de la sexualidad infantil; o bien es pensado como self sin tensión o conflicto pulsional, momento de unificación, más o menos temprano en el primer año de vida. Apego de inicio, positivo o negativo o bien integración especular ligada a la imagen y enunciados del otro. En este marco explicativo, no hay lugar para entender cómo se constituye una barrera autista porque requiere volver sobre las propuestas conceptuales de los orígenes y revisar en detalle ese proceso de construcción psíquica y porque, fundamentalmente, el problema perceptivo de base se vincula al cierre del propio Yo en sus primeras fronteras o construcción de límites; riesgo de exceso que veremos cómo se despliega.
Un modelo que integra representaciones y límites
Para comprender la barrera autista es necesario sostener un modelo conceptual que pueda integrar la producción de representaciones con las fronteras del Yo. Las alteraciones en la construcción de la percepción se vinculan a formas fallidas de construcción de los límites del Yo. Green (1994), en diálogo con Bion y Anzieu, propuso elevar a la categoría de concepto el término de límite, membrana o continente, ya que se intrincaba con los procesos de representación y despliegue del lenguaje y pensamiento. A diferencia de ellos, consideró comprender las formas en que se constituyen los límites en la primera infancia no exclusivamente como producto de un proceso identificatorio con la figura materna. Para Green (1995), los límites se constituyen vinculados al trabajo de lo negativo (separación, pérdida, ausencia y fallas), donde las defensas de lo negativo (alucinación negativa, escisión, negación, desmentida, represión primaria) son estructurantes del narcisismo de vida cuando predomina la objetalización. Las defensas (positivas y negativas) organizan las representaciones internas que, articuladas, producen formas de pensar; trabajo de lo negativo en riesgo de exceso y potencial organización de un narcisismo de muerte vinculado a las vicisitudes de los objetos encargados de la crianza.
En esta línea de elaboración conceptual, hemos intentado abrir las conceptualizaciones de los orígenes (Sverdlik, 2014); desplegar procesos que hasta entonces se pensaban como dinámicas del primer año de vida para precisar fenómenos y procesos que se dan durante la primera infancia y permiten diferenciar momentos muy definidos en edades específicas. Estas construcciones psíquicas que se organizan en torno de las defensas y su articulación con las diferentes formas de la representación conforman la creación del pensamiento en los orígenes (Sverdlik, 2010).
Nos vamos a detener posteriormente en la alucinación negativa, que es la defensa que se altera en la barrera autista para comprender la falla temprana de la construcción perceptiva.
Francis Tustin y la barrera autista
Para Tustin, la barrera autista es una defensa frente a las experiencias tempranas que no resultaron satisfactorias. La barrera es un límite fallido frente a una separación dolorosa. Queda un registro traumático de la separación que autoengendra conductas automáticas que compensan el daño producido en el déficit de sensaciones y protegen al niño de la amenaza de aniquilamiento. La dificultad se da en el déficit que tiene el niño para codificar y procesar estímulos al producirse una mala separación física de la madre. Este movimiento hacia adentro es descrito por Tustin como un encapsulamiento que tiene una fijación sensorial, figuras y objetos autistas, conductas autoengendradas, terrores intensos, alteraciones de la percepción y las representaciones internas y dificultades en la constitución de la imagen corporal cohesionada. Tustin considera que se trata de una ruptura de la superficie corporal, conjuntamente con la sensación de continuidad de la existencia y de la representación de sí mismo. Vemos aquí cómo la autora señala la idea de ruptura de membranas primarias: del cuerpo, de la percepción y de sí mismo. Esta ruptura es producto de una separación fallida de la función materna que no logra cumplir el rol de sostén, en la oferta y el intercambio sensorial creador de objetos que permitan salir de la indiferenciación para procurar separaciones creadoras de subjetividad. Es el ritmo de seguridad el que se encuentra dañado en este intercambio que falla. La madre (o quien ejerza la función) no posee un filtro adecuado para la recepción y despacho de estímulos y, por lo tanto, se genera un déficit para codificar y procesar la información. En lugar de la piel, dice Tustin, se genera una barrera artificial inerte. La protección anti-estímulo es deficitaria y los estímulos, amenazantes. ¿Qué es, entonces, una barrera autista? Tustin presenta la barrera como una formación reactiva, una contra-catexis (una fuerza que opera contra otra fuerza) permanente, que se constituye como forma de funcionamiento predominante, por lo cual no le permite al sujeto usar otros mecanismos de defensa cuando hay amenaza o peligro pulsional y se considera que el peligro siempre está presente (por eso es una defensa deficitaria, porque no defiende al sujeto). Las formaciones reactivas pueden ser muy localizadas y manifestarse por un comportamiento parcial (en un ritual, por ejemplo) hasta constituir rasgos de carácter más o menos integrados en el conjunto de la personalidad. En el caso de las barreras autistas, es una barrera que lo protege fundamentalmente de los estímulos del mundo exterior, ya que el sujeto pierde los filtros para la recepción y organización de los estímulos. La barrera produce un bloqueo de los estímulos y queda paralizada la aprehensión de la realidad: nada puede entrar y nada puede salir. Es ahí donde se estancan los procesos psíquicos que se abrirían en ese espacio potencial; y el trabajo creador del niño para elaborar y ajustar ilusiones se ve interrumpido. Las sensaciones del cuerpo también experimentan una extraña transformación (quedan adheridas, fragmentadas e indiscriminadas) porque no se complejizan con las formas de las fantasías y sirven de material para su propio juego. Predominan las sensaciones táctiles, muchas veces autoinducidas. Los estímulos excesivos (cualquier estímulo lo puede ser por su calidad o intensidad) producen una ruptura en la continuidad corporal y en la percepción de los objetos. El único estímulo confiable es táctil. Se menoscaba el funcionamiento de las sensaciones auditivas y visuales que permiten la creación de objetos perceptivos en la distancia. Según la autora, se producen sensaciones, figuraciones y experiencias tamizadas por el encapsulamiento. La vinculación con el otro se corta y se aferra a estos objetos inanimados que interrumpen el despliegue del afecto, la empatía y la imaginación que se queda sin material para constituirse. Cuando se observa un niño con estas modalidades de retracción (en dirección hacia adentro) en la consulta, veremos que no mira, no le llaman la atención los estímulos de los juguetes y los juegos del otro; se queda jugando con su propio juguete en forma reiterada casi mecánica y muchas veces sin despliegue de la verbalización o alguna modalidad gestual expresiva. Se trata de un trastorno fundamental de la percepción: observamos que se forma una membrana gruesa con forma de barrera protectora que no deja que entren y salgan estímulos; que la única modalidad de vínculo con el afuera y el adentro es de sensibilidad táctil, que da continuidad y seguridad, y que se alteran los estímulos que constituyen la distancia: estímulos auditivos y visuales. Este corte en la vinculación perceptiva, donde no se pueden gestionar estímulos porque su intensidad es aterradora, produce un corte en el vínculo con el otro, por ende, en el despliegue del afecto y la imaginación creadora. Aparecen las figuras y objetos autistas que generan conductas y formas de relacionarse con el afuera y el adentro con un sentido propio donde domina la protección. Es por ello por lo que Tustin dice que estas protecciones son escombros de insensatez. Estos objetos y figuraciones son autoconstruidos; su sentido no se constituye en el soporte con el otro y los sentidos socialmente compartidos, sino que domina un sentido propio de sensibilidad táctil que da cuenta de su realidad: sólo existe lo que puede ser tocado. Lo táctil tiene permanencia y protege de la ausencia aterradora. La percepción de distancia se vive con sensaciones que van del rechazo al terror. La sensibilidad táctil es protectora de la ausencia, por lo cual hay pegoteo con las superficies, para que no existan hiatos, con preferencia por figuras y objetos duros que no den lugar a vulnerabilidad alguna. Se entiende de esta manera la persistencia de algunos niños de aferrarse a su cochecito (preferencia muy frecuente de medios de transporte: aviones y trenes también) o alguna parte de un objeto (la tapa de una botella), o cualquier cosa dura que se encuentre antes de venir a sesión. Menciono aquí una niña que ponía diversas y poquitas cosas en su mochila y las cogía con prisa y al azar. Aparecía entonces con su tesoro protector azaroso e insensato: un broche para el pelo de algún adulto, un playmobil indefinido que cogió de la habitación del hermano, una rueda sin pertenencia conocida y un palito de helado. También es curioso observar la persistencia en la prensión de dureza de las cosas. Un niño, que ya con los primeros avances del trabajo terapéutico había dejado a su muñeco de Buzz y pudo dibujarlo, venía con el dibujo cogiéndolo de la misma forma que al muñeco y le costaba desprenderse de él para poder jugar: un objeto blando aún con características de dureza y rigidez.
Descentrar y desculpabilizar a la madre
Tustin presenta a la barrera autista como una respuesta a una separación catastrófica de la madre. Pone en el centro la dinámica de una ruptura, en un aspecto específico de la función materna que refiere a la recepción y salida de estímulos. Esto produce un déficit en la codificación y procesamiento de estímulos en el pequeño sujeto y hay una percatación traumática de la madre dadora de sensaciones. Toda experiencia de pérdida sensible es intolerable. Sin embargo, la autora misma nos amplía la mirada cuando habla de la pérdida del ritmo de seguridad entre el niño y el adulto que implica una coordinación entre ambos protagonistas; el fruto de esta coordinación es la creación de objetos. Se genera una ilusión de continuidad corporal donde la experiencia se enriquece con los procesos proyectivos del bebé y la capacidad del adulto de alojar las proyecciones del infante. Es un aspecto del sostenimiento en la función parental que Tustin observa como un funcionamiento descoordinado. Esta alteración refiere al filtro que ejerce el adulto en la gestión de los estímulos que permite recibir y procesar esos estímulos. Hoy podemos pensar que la ruptura del ritmo de seguridad no es meramente un déficit de presencia materna, sino de las múltiples amenazas de la vida contemporánea para una crianza con la regulación rítmica que requiere la construcción psíquica. Esta regulación precisa ser pensada en una discontinuidad positiva y negativa.
Revisión de la elaboración freudiana de la Experiencia de satisfacción: la alucinación negativa como categoría que enriquece la propuesta teórica de la barrera autista
Green (1999b) retoma el desarrollo de la Experiencia de satisfacción que hace Freud en el Proyecto de 1895. En un texto escrito en 1967, inaugural para la teoría del narcisismo y denominado Narcisismo: estado o estructura, introduce una dimensión del trabajo de lo negativo que da cuenta del surgimiento de la primera membrana del Yo. La experiencia de satisfacción remite a los primeros momentos de la vida, cuando el bebé en contacto con quien lo cuida genera impresiones sensoriales internas de variado origen (cenestésico, propioceptivo, olfativo, gustativo, auditivo, visual, etc.). Esas impresiones son huellas o restos de lo vivido que conforman las primeras representaciones (lo que queda como registro de esa experiencia con la madre o quien ejerce el rol de crianza primaria). Estas representaciones se activan cuando el bebé requiere nuevamente de satisfacción en ausencia de sus objetos primarios. Para que esta satisfacción en ausencia pueda darse, Green observa que se produce una inversión de las investiduras hacia dentro: el bebé se centra en sí mismo y no en el objeto (pecho, objetos, caricias, movimientos vividos). Se genera una de-sexualización en el sentido de placer de satisfacción con el objeto interno/externo: en vez de satisfacción de succión y plenitud alimenticia, vuelve sobre el conjunto de lo vivido en forma de huellas-memoria que le dan placer y genera un investimiento nuevo, una energía nueva. Es una energía erótica novedosa y un objeto interno nuevo que da placer en la activación de huellas vividas. Este movimiento autocentrado producirá esas investiduras propias que se llamaran libido narcisista. Es el momento de autoengendramiento del Yo. El Yo surge por esta inversión de investiduras que se da cuando la satisfacción no termina por diversas circunstancias de la “falla-suficientemente buena” en el objeto. Esa falla del objeto primario nos remite a la posibilidad del bebé de estar a solas y que Winnicott denominó “ausencia en presencia” (en varios textos y con centralidad en su teoría) y que implica que la demanda del bebé no se cubre de manera inmediata y hay retardo o inadecuación normal en la respuesta parental. Es en ese momento, de manera independiente de la presencia o ausencia del objeto, que el sujeto genera una centración (meterse para adentro o retracción) donde desaparece la demanda o referencia al afuera y se produce la alucinación negativa. Esta primera membrana de no percibir el afuera organiza un incipiente adentro. En ese adentro, se conforma una pantalla blanca donde se despliega la actividad proyectiva que da lugar a la alucinación positiva. Aparece una percepción blanca de no percibir el afuera; un breve desconocimiento del afuera que es muy frecuente observar en los bebés cuando interrumpen el amamantamiento y no se duermen, pero mueven los labios en satisfacción o cuando se despiertan y se quedan sonrientes y tranquilos en la cuna en un hermoso estado de placer que, si el adulto no interrumpe, dura un tiempo corto pero intenso. Se trata de movimientos de autoemergencia psíquica donde la clausura (cierre o estar para adentro) relativa que conforma la alucinación negativa posibilita la alucinación positiva, que es la forma en que las huellas de lo vivido, mediante la alucinación (retorno perceptivo vívido que reemplaza cualquier experiencia en el mundo externo), provocan satisfacción (que veremos resurgir en los sueños y de manera fallida en las psicosis). Es este concepto que proponemos para pensar la barrera autista en el sentido de poder pensar un movimiento de clausura excesivo de la psique en los primeros momentos de la vida por una descoordinación con la función encuadrante de quienes ejercen la crianza. Esta falta de coordinación o ritmo de seguridad no implica necesariamente alguna patología grave de los objetos parentales. A veces, alguna circunstancia de salud, laboral o familiar, absorbe la disponibilidad psíquica para ofertar presencia regulatoria de calidad simbolizante (y no solamente de cuidados del cuerpo y rutinas de vida). Veamos, entonces, cómo funcionan las membranas para comprender su cierre. Este concepto de clausura es muy enfatizado por Castoriadis (1989) y la teoría de la complejidad. Freud mencionaba la membrana para-excitación como membrana reguladora, como una interfaz (conversor de energía habitual) que convierte la cantidad de estímulo que entra en el aparato psíquico en una inscripción cualitativa, cuando el quantum de excitación lo exige. Anzieu (2007) conceptualiza esa interfaz como una función del Yo-Piel. Un autor muy cercano a Green, Guy Lavallé (2001), toma esta cuestión y trabaja la alucinación negativa como concepto fundamental para comprender el cierre de la barrera autista, cuando un exceso de alucinación negativa (no percibir el objeto) produce opacidad. La alucinación negativa es la primera forma en que el trabajo de lo negativo genera una membrana psíquica que regula el adentro y el afuera de la psique en un sentido positivo de construcción psíquica. Continuando el movimiento de la internalización de la oferta parental que trabaja Green como pantalla en blanco en la alucinación negativa de la madre (la no percepción del objeto), pone énfasis en ese filtro alucinatorio negativo que es un resto interno del vínculo con el otro cuando el sujeto puede activamente no percibir, produciendo una pantalla en blanco que vincula el adentro y el afuera. Es importante el espacio que, desde la función parental, se ofrece para que tenga lugar (no interrumpir esos breves momentos del bebé para que termine de mamar o responder en forma inmediata cuando se despierta). Esta envoltura visual negativa (no ver) recoge el estímulo que viene de fuera en un primer contacto, lo proyecta en la pantalla y finalmente se lo apropia, quedando dentro como material psíquico propio. La pantalla alucinatoria negativa sostiene, filtra, limita y contiene. Es una pantalla interna que se enciende cuando el bebé se mete para adentro y activa las huellas que quedaron de vivencias de placer. No son figuras organizadas como un dibujo o un objeto real. Son fragmentos de percepciones diversas, no solamente visuales sino cenestésicas, olfativas, gustativas y demás sensaciones que devienen de las distintas experiencias vitales del bebé. No hay centralidad del pecho y la visión. Es una experiencia más amplia y no da una representación organizada. Considera el autor que, en este proceso de los orígenes, hay un doble circuito continente: el primer circuito transforma el estímulo recibido en una proyección en la pantalla blanca. El segundo circuito implica el retorno hacia sí mismo observando (observándose) la proyección en la pantalla donde produce la alucinación positiva. Se recibe el estímulo, luego se expulsa con la proyección y la pantalla permite ver lo proyectado como alucinación con satisfacción y fijación del placer. Es interesante enfatizar como un mecanismo tan habitual como la proyección, en la teoría psicoanalítica en general, que se da como automático y primario, no funcionaría en forma tan espontánea. Decir que un bebé proyecta y fantasea el pecho materno no es un punto de partida, sino producto de un proceso previo bastante complejo. Esta consideración es muy importante, ya que en la actualidad nos encontramos con niños con mucha dificultad en el despliegue lúdico. La base de esa dificultad se centra en la inhibición de la actividad proyectiva, que es la actividad psíquica que abre la figurabilidad o imaginación. A veces, uno observa que no pueden hacer juegos habituales como la escena de comer o ir al doctor. En vez de atribuir el fenómeno a una abstracta falla en la mentalización, es necesario precisar qué aspecto de la actividad del pensamiento está dificultado para poder intervenir en formas específicas del juego.
En la barrera autista que venimos pensando, se observa un corte en este doble circuito continente donde la pantalla blanca es rígida y corta la capacidad proyectiva del sujeto. Lavallé menciona, además, que en esta dinámica de la actividad proyectiva de los orígenes, se produce una transformación de sujeto pasivo (que recibe) en activo (que hace). Las primeras alucinaciones son figuraciones caóticas con un alto quantum afectivo. La intensidad afectiva será, por un lado, una afectación energética y, por otro, un vector de sentido que conforma ya una experiencia subjetiva propia. El quantum alucinatorio aportará a los autoerotismos una vivacidad de la percepción que dejará imantado el polo perceptivo y, por ello, es necesario poner atención en las instancias reguladoras y frenadoras de la actividad alucinatoria. Esta intensidad de la actividad perceptiva de los inicios fundamenta la necesidad de regular las pantallas tecnológicas a edades tempranas, ya que constituyen un estímulo excesivo que frena la actividad propia del sujeto en estos primeros tiempos de la vida y genera un predominio en la recepción pasiva sobre la actividad que despliega e integra las sensaciones. Y el autor nos sitúa en nuestra problemática específica, cuando refiere que, si el circuito se ve marcado por un exceso alucinatorio negativo, la pantalla será demasiado opaca y la proyección insuficiente, es el caso de la psicosis blanca o el autismo. Y si es marcado por una pantalla muy transparente, la proyección se vuelve excesiva; es el caso de la psicosis. Se plantea, pues, que se produce una pantalla negativa cuya calidad y buen funcionamiento depende de la interiorización del objeto u objetos primarios. Interiorizar implica una dimensión de borramiento o negativización del o de los objetos y, como hemos visto anteriormente, de manera más precisa de la actividad de la función encuadrante y de su regulación rítmica que ofrece un marco de íntima y adecuada relación entre la presencia y la ausencia. Es, en este contexto y en la perspectiva de complejizar el modelo de funcionamiento de los primeros momentos de la vida, que se puede entender con mayor complejidad los procesos de proyección e identificación. La dimensión de actividad negativa o trabajo de lo negativo, como lo denomina Green, enriquece la manera de abordarlos. Y, como bien considera Lavallé, lo alucinatorio positivo es motor de todo contenido representativo posterior y lo alucinatorio negativo construye continente a las representaciones. También agrega un plano más respecto a la dinámica del dominio y la actividad a partir de la experiencia de satisfacción. Plantea que hay un primer nivel en el encuentro con el objeto de que es de satisfacción de recepción pasiva de estímulos que quedarán impresos como huellas ligadas al placer. Una vez que se da la operación de pantalla de la alucinación negativa y esas huellas se proyectan y el bebé se apropia de esa proyección en el marco de su pantalla, se genera una primera forma de dominio de la pulsión. Dominio en el sentido de la actividad propia del sujeto: primeros recursos que se oponen a la pura fuerza pulsional y a su circuito de satisfacción. Se construyen, en forma activa, representaciones que se transforman en algo figurable y, por lo tanto, pensable. Esta precisión no es menor, ya que la clínica con niños autistas nos muestra las dificultades de pasivización (de no actividad) respecto del vínculo con todos los objetos, internos y externos. El autor considera que, sobre esa base, se construye un primer nivel de constancia de las representaciones, ya que este dominio acoge y fija el fluir de los estímulos. La focalización que inmoviliza a partir de estas primeras experiencias perceptivas se da en repetición. Es un dominio inmovilizante que da constancia perceptiva. Esta repetición es fundamental para la constancia que da al Yo capacidad de funcionamiento. Y aquí nos advierte que la repetición idéntica es un arma de doble filo porque esa fijeza puede hacerle el juego a la pulsión de muerte (en el sentido de bloquear la objetalización o la capacidad creadora figurativa del sujeto). La constancia como fijación de la imagen será producida recién cuando las representaciones-palabras fijarán la imagen a la cosa y ya se puedan desplegar fantasías organizadas en mínimas verbalizaciones y luego en narrativas. En un principio, este pensamiento en los orígenes consiste en una constancia relativa e inestable con alto desplazamiento de formas figurativas caóticas y de las investiduras (el garabato es una forma gráfica que nos permite comprender algo de esta circulación interna).
Introduce aquí Lavallé la problemática de la repetición que, si bien genera cierta constancia, también puede generar clausura. Este es un eje muy importante en la discusión clínica, ya que se sugiere frecuentemente formas repetitivas en el encuadre para que los niños no se angustien y, a su vez, produce mayor grosor de la barrera o continente que no deja fluir el intercambio del afuera y el adentro. Los niños muchas veces logran jugar con otros juguetes o desplegar alguna escena, pero en cada novedad se apegan y buscan una repetición indefinida del mismo juego. Cuando se propone alguna modificación, aunque pequeña, se desbordan, gritan y lloran. Pero es importante empujar a la novedad y apertura porque el riesgo de cierre se sostiene hasta que se logre mayor complejidad y estabilidad interna. El minucioso trabajo conceptual de Lavallé permite profundizar la procesualidad en la estructuración de las membranas psíquicas y pensarlas como un modelo general de envoltura negativa (producto de las mínimas distancias internas del pequeño sujeto). Se puede extender la propuesta a todos los modos sensibles que conforman la percepción y no solo a lo visual. Menciona la problemática de la calidad de la membrana en términos de opacidad/transparencia, donde el bucle interno puede romperse por vicisitudes de la función encuadrante.
Como referimos anteriormente, un exceso de ausencia o de presencia o ambas combinadas pueden alterar el ritmo regulatorio y romper la plasticidad de las membranas en estructuración. Un niño muy pequeño jugando solo mucho tiempo no construye autonomía, sino que repite el mismo juego (acumula y tira, hace filas o agrupa sin criterio o traslada cosas de un lado a otro) y esa repetición es no simbolizante. Cuando hay opacidad, se frena la capacidad proyectiva (no hay exteriorización por cierre) y cuando hay transparencia, se limita la introyección (no hay interiorización por exceso de apertura). En ambas situaciones, se perturba la dinámica de pasaje de lo alucinatorio a lo representativo propiamente dicho. En la búsqueda de comprensión del autismo vemos que la opacidad es la problemática de base de la envoltura perceptiva en estas dificultades. La actividad proyectiva que es transformadora de las percepciones cuando es insuficiente produce formas adhesivas y miméticas sin distancia ni diferenciación, como un collage perceptivo adherente alienador de la actividad del sujeto.
En la opacidad, las pulsiones fracasan en la dinámica del doble circuito mencionado anteriormente, privando al sujeto de la realización alucinatoria del deseo. El autoerotismo y el despliegue de la fantasía se ve impedido. El Yo construye una barrera de para-excitación autónoma y la satisfacción se abre camino en las formas autocalmantes que son acciones repetitivas estereotipadas. Es en el quantum alucinador y la dinámica proyección – introyección que la pulsión deja restos representativos. En la opacidad del autismo, se corta esta dinámica, se desinvisten las cadenas de representación y afecto, se cortan sus lazos y las formas de circuito corto de placer extinguen la fuerza y provocan calma, modificando la capacidad de investimiento sustitutivo propio de la función objetalizante (poner energía e interés en distintas actividades y objetos que dan placer sin cerrarse a formas únicas o de repetición). Se expresa en la actividad lúdica estereotipada que se repite en búsqueda de calma y no de curiosidad y exploración. Podemos hablar aquí de pulsión de muerte si la interpretamos en su dinámica de desinvestimiento (retirar la energía o interés) y fijación y no de fuerza mortífera (el niño no busca novedad en los estímulos, sino calma y protección con un efecto empobrecedor para la vida). Dar en la clave de la dinámica de estos procesos, sin apelar a fuerzas destructivas traumáticas trascendentes al psiquismo, nos permitirá hacer una intervención ligadora y objetalizante tan posible en estos primeros tiempos de la vida por la plasticidad psíquica. La destructividad no deviene en forma automática de la pulsión (por intensidad o por déficit ligada a las fallas de los objetos parentales), sino de los procesos de estructuración del Yo cuando se produce desinvestimiento o fijación.
El ritmo como dispositivo
Diversos autores han trabajado la dinámica que se da en los primeros tiempos de la vida del bebé como un dispositivo rítmico y la importancia de la oferta heterogénea y en continuidad-discontinuidad para sostener el ritmo en el vínculo. El ritmo se convierte en un movimiento estructurante del aparato psíquico y su ruptura produce alteraciones en ese proceso. Podemos citar a varios autores, entre ellos a Anne Denis y René Thom que han sido trabajados por Green (2001) para pensar la actividad lúdica como un dispositivo semiótico, cuyos niveles (motor, perceptivo, fonemático, de placer-displacer y metafórico) se articulan en la actividad del juego.
El ritmo de seguridad y el Fort-Da
Los dispositivos rítmicos se pueden considerar una forma pensable del vínculo entre los adultos que crían y el infante, donde la dinámica de la continuidad o discontinuidad es estructurante de ese espacio transicional (Winnicott, 1986). Ese espacio de apertura potencial no adquiere un funcionamiento autónomo o automático, sino que se da en el marco del encuentro-desencuentro con el objeto de que, en tanto no genere saltos bruscos, aprehende una regulación propia. Es lo que podemos observar en el juego del Fort-Da o del carretel (observación que hace Freud de su propio nieto en su cuna donde juega con un objeto atado a un hilo que tira fuera de la cuna y lo recupera en reiteradas oportunidades), donde la ausencia se sostiene en la alegría de la posible aparición del objeto y que se complejiza con la actividad del tirar- traer, los fonemas que acompañan y un incipiente tiempo y espacio en el ahora-después y aquí sí-aquí no, que conforman en palabras de Green, los niveles de un dispositivo semiótico, base de la creación de sentido. El ritmo del juego requiere ser sostenido por el adulto en los primeros tiempos de la vida para que se articulen los distintos niveles mencionados: nivel motor, nivel fonemático, nivel afectivo, nivel perceptivo y metafórico y que no haya predominio de uno solo o ausencia de otro. A veces, cuando los niños juegan solos pueden generar pregnancia; por ejemplo, en el nivel motor e impedir el despliegue de los demás niveles del dispositivo lúdico (exceso de pregnancia con déficit de saliencias o cortes en términos de los sistemas que trabaja René Thom [1993]). Es lo que sucede, por ejemplo, con los niños que tiran los objetos excesivamente, donde se da un predominio de pregnancia en el nivel motor y de manera parcial, ya que el tirar no se acompaña del traer (o embocar, atajar, recibir). El ritmo no es ni espontáneo ni automático y se puede desarticular con facilidad si el niño juega solo o no se interviene en la regulación. Es el ritmo que se rompe en los procesos autistas donde la alucinación negativa, un exceso de centración hacia dentro, corta la dinámica de placer perceptivo interno. Se desinviste (se abandona el interés) el polo perceptivo, deja de activarse la proyección y la sensibilidad táctil toma toda la sensibilidad del sujeto y el contacto se transforma en tacto de manera exclusiva. No se establece la dimensión del tirar porque el desprendimiento del objeto es insoportable. Se corta la percepción a distancia porque no hay ilusión en lo porvenir, solo la presencia absoluta y permanente de lo táctil genera constancia y estabilidad. La percepción a distancia es promesa de sentido, promesa de sensación y presencia. Es allí donde se rompe el ritmo de seguridad. El ritmo de seguridad no deriva de la repetición mecánica en modos, horarios o variables constantes externas. Se constituye en la capacidad de la presencia en ausencia del lado del objeto, de trasformar el contacto directo con el cuerpo en expectativa de encuentro perceptivo diverso y variado, en la oferta de percepción a distancia. La percepción a distancia debe ser investida para ser sostenida intrapsíquicamente (sonajeros y juegos de escondite dan cuenta de estos procesos). Se debe ir sustituyendo el predominio del contacto táctil con el cuerpo para pasar a un contacto perceptivo complejo. El ritmo requiere de la discontinuidad de la función del objeto que en la presencia debe hacer un trabajo de investimiento (interés y curiosidad) de la percepción a distancia (auditiva-visual-propioceptiva fonatoria y lenguajera) para sustituir el predominio de lo táctil como pura presencia. En términos de Thom (1993), pregnancia de la distancia para tolerar la saliencia de lo no táctil. Y en la distancia, generar una continuidad donde esos recursos internos soporten la ausencia y anuncien el encuentro. La seguridad no se transmite solo como afecto verbal o presencia. La seguridad se liga a la ausencia y confianza en el porvenir. Ilusión de contacto y de presencia.
Conclusiones
La idea central es pensar el trastorno perceptivo que se da en las problemáticas del espectro autista como una discontinuidad excesiva en el ritmo propio de la regulación necesaria para la crianza. Si enfatizamos en las formas de la oferta lúdica variada y consistente, entenderemos esas fallas tempranas que se inician como descoordinación y luego se fijan en déficits más o menos severos. La ruptura del ritmo lúdico es muy frecuente en estos tiempos. Falta de tiempo, exceso de presión adaptativa, falta de disposición al juego, oferta fácil de pantallas, generan formas excesivas de ausencia donde el niño sabe jugar solo o se le enseñan prematuramente letras y números para avanzar en su escolaridad y se pierde el juego con despliegue de la imaginación y la narrativa que requiere de mayor atención de parte de los adultos. La clínica nos muestra que no es necesario hablar de patología grave en los padres, sino de padres sometidos a los males de época. Es difícil que un niño que se cierra pueda abrirse y complejizar recursos. Sin embargo, esto es posible. Es un trabajo arduo, lento y con mucha presión social adaptativa. La clave hay que buscarla en la construcción compartida de los ritmos de crianza donde se construye la percepción. Los adultos han dejado de jugar, cantar o bailar en las formas propias de la primera infancia. Cantar no es lo mismo que poner una canción en el móvil. Es ritmo, es voz humana directa, placer y sentido compartido. El pensamiento clínico nos permite entender en proceso la creación del pensamiento en los orígenes y elaborar herramientas clínicas que prioricen los despliegues subjetivos y no un adiestramiento de-subjetivante al servicio de modelos médicos o pedagógicos que cumplen protocolos estereotipados y vacíos.
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