Papá, soy Youtuber. Infancias adolescentizadas
Karina Bacelar Pereiraz
RESUMEN
Papa, soy Youtuber. Infancias adolescentizadas. La franja etaria comprendida entre los seis y los 12 años constituye una etapa en la que tienen lugar transformaciones psíquicas de gran relevancia para el futuro equilibrio psicológico del sujeto en construcción. Durante este período, a modo de submarino, los restos pulsionales y fantasmáticos ligados al pasaje edípico se sumergen en las profundidades del aparato psíquico, quedando latentes hasta su posible reactivación con la irrupción de la pubertad. Sin embargo, el momento social actual está marcado por un evidente declive y disolución de esta fase evolutiva, a la que una adolescencia precoz y sobredimensionada va ganando terreno. Cada vez es más frecuente encontrar en la clínica a niñas y niños que adoptan comportamientos propios de jóvenes, muchas veces alentados —de forma más o menos explícita— por sus propios padres, y que llegan al contexto clínico con graves problemáticas de salud mental. Palabras clave: tecnologías de la relación, información y comunicación (TRIC), desarrollo infantil, psicopatología Infantil, funciones parentales, psicoanálisis.
Matías, un adolescente de siete años
Matías tenía siete años la primera vez que lo conocí. Era un niño con obesidad severa, de movimientos torpes y una corporalidad laxa, que se desplazaba por la sala de terapia como una peonza que pierde impulso. Sus padres solicitaron ayuda, entre otros motivos, porque, en palabras de su madre, el comportamiento del niño en casa era “insufrible”, quien lo describía como un “pequeño tirano incontrolable”. Gritaba e insultaba a sus progenitores, especialmente al padre, a quien había agredido físicamente en reiteradas ocasiones.
La vida familiar estaba supeditada a los deseos de Matías: salían de casa si él quería, comían lo que él decidía, e incluso en algunas ocasiones lo dejaban faltar al colegio porque se negaba a ir. En el entorno familiar se mostraba caprichoso, demandante e intolerante a la espera o a la frustración.
Las crisis de conducta eran tan intensas que los padres se vieron obligados a acudir en varias ocasiones a los servicios de urgencias.
Los progenitores lo describían como un niño muy maniático y obsesivo, características que no se evidenciaban en el centro escolar. Matías tenía mucho miedo a moverse por la casa solo, especialmente de noche. Presentaba problemas para conciliar el sueño y tenía pesadillas frecuentes.
En las entrevistas, los padres se mostraban devastados por la experiencia de criar a su hijo. Reconocieron que, de haber sabido cómo serían las cosas, “nunca lo habríamos tenido”. La sensación de agotamiento era abrumadora, se sentían sin fuerzas ni energía para sostener a un niño con semejantes dificultades.
A lo largo del proceso terapéutico, la madre reveló que había atravesado una depresión en el último trimestre del embarazo. Describía ese período como “insoportablemente largo” y confesaba que sentía que el feto “la consumía”. El cuidado del recién nacido le resultaba abrumador: los llantos la desbordaban y las demandas constantes del bebé la sobrepasaban. Pocos meses después del nacimiento de Matías, se trasladó a vivir fuera por motivos laborales, dejando al niño al cuidado del padre. Respecto a los cuidados básicos de su bebé, verbalizaba haber dedicado “mucho tiempo y estudio” a temas de alimentación infantil. No obstante, se evidenciaba una marcada dificultad para sintonizar emocionalmente con él.
El padre, miembro de las fuerzas del orden, se presentaba desaliñado, con una actitud sumisa y una postura pasiva en las entrevistas. Sin embargo, con Matías perdía los nervios, le gritaba y e incluso lo violentaba físicamente para intentar imponer su autoridad.
Las discrepancias en las pautas de crianza eran notorias. La madre solicitaba ayuda, pero era incapaz de contener emocionalmente a su hijo. El padre, por su parte, se mostraba reacio al tratamiento, convencido de que todo se resolvería con el paso del tiempo.
Desde las primeras sesiones, Matías manifestaba su deseo de convertirse en youtuber: “quería ser de los ricos, de los muy, muy ricos”. Estaba plenamente convencido de que, con su canal de YouTube y TikTok, alcanzaría la fama. Su padre alimentaba estas fantasías megalomaníacas, ya que era él quien creaba las cuentas, promocionaba el contenido y animaba a Matías a continuar. El canal versaba sobre su vida cotidiana: sus vacaciones familiares, sus mascotas, lo que desayunaba, o sencillamente se grababa a sí mismo haciendo muecas en su habitación. Un día me contó que había publicado un libro en una plataforma digital: La vida de Matías. Esta idea, que surgió de su padre, tenía por objetivo “fortalecer la autoestima del niño y trabajar sus dificultades en lectoescritura”.
En el ámbito escolar, Matías se comportaba de forma educada, colaboradora y respetuosa con las normas y profesores. Recibía apoyo logopédico y tenía importantes déficits atencionales. Sin embargo, su gran dificultad residía en el área social. Era objeto de burlas, insultos y exclusión por parte de sus compañeros.
Al inicio del proceso terapéutico jugaba al escondite o a la gallinita ciega. Pronto abandonó esos juegos para encarnar un niño millonario con iPhone de última generación. A veces fabricaba móviles de cartulina que luego destruía violentamente con una “varita mágica”. Con ella, también me convertía —o se convertía— “en una caca”. Este juego de características más destructivas dejó paso a otros en los que se hacían evidentes sus anhelos omnipotentes donde era todopoderoso, multimillonario, famoso o ilustre, y en los que la ley y las normas aparecían de manera sádica y recurrente. Jugaba a ser un profesor que controlaba a sus alumnos con cámaras de seguridad; o un policía torpe e insolente que me multaba e insultaba sin motivo. En otro juego, vendía baratijas como si fueran joyas: cobraba sumas millonarias por un peine o un destornillador. Durante todos estos juegos sus disfemias desaparecían y su el lenguaje se volvía soez. A nivel anímico se mostraba muy apático y desmotivado, requiriendo de ayuda para iniciar el juego terapéutico.
Con el tiempo, comenzó a hacer preguntas sexuales a los adultos más cercanos. “¿Tú practicas el coito? ¿con qué frecuencia?”, repetía incesantemente. Estaba muy preocupado con este tema y con ganar dinero, por lo que convenció a su padre para incubar pollitos y venderlos a cinco euros: “Así iré ahorrando para ser millonario”, explicaba. Semanas después comenzó a autolesionarse en la escuela, golpeándose la cabeza contra la pared.
A lo largo del tratamiento, Matías consiguió ir poniendo palabras a sus sentimientos. Como un adolescente, se sentaba en su silla y me hablaba de lo solo que se sentía, del rechazo que vivía en su clase y de cómo se burlaban de él por su canal de Youtube. No comprendía por qué sus vídeos, que para él eran motivo de orgullo, provocaban risa o desprecio en sus compañeros. Con el apoyo del equipo escolar se logró una mejora en la dinámica del grupo de clase y mejor integración; además, reportaban avances significativos en el niño: informaban de una mejoría en la comunicación, disminución de la dispersión en el aula y evolución en el aprendizaje que se reflejaba en el rendimiento académico.
En las fases finales del tratamiento, Matías manifestaba su anhelo de cursar 5º de primaria, convencido de que el uso del ordenador en clase lo haría sentirse especial y visible. Encontraba placer en llegar tarde al colegio, pues eso le garantizaba la atención de sus compañeros. Incluso intentó modificar el horario de terapia con ese propósito, aunque su propuesta fue finalmente rechazada.
En las entrevistas familiares comenzaron a evidenciarse las proyecciones parentales sobre Matías: “nunca se sabe hasta dónde puede llegar… podría ser youtuber o famoso”, afirmaba el padre. Fue también en este espacio donde se esclareció que padre e hijo compartían la misma cama desde su nacimiento. Se insistió entonces en la necesidad de que el niño contara con un espacio propio y diferenciado, dada la violencia implícita en ese vínculo. Tras varios intentos, se logró el cambio, pero no duró mucho: al mes, el padre regresó a la cama con Matías, justificando que “lo llamaba por las noches” y que se sentía agotado. Este retroceso trajo consigo un rebrote de conductas regresivas: agresiones al padre e insultos a la madre. Sin embargo, desde el ámbito escolar la evolución del niño se valoraba como positiva.
En la última entrevista, los padres comunicaron su decisión de abandonar el tratamiento, luego de consultar con un profesional, según ellos “muy famoso”, que los convenció de que “lo del niño tenía que tener una causa cerebral”. La decisión fue firme e irrevocable.
Hipótesis etiológicas y reflexiones clínicas
La madre
En los primeros meses de vida, el bebé siente como parte de sí el pecho o biberón que lo alimenta, siendo incapaz de diferenciar que quien le da de comer forma parte de una realidad externa. Lo esperable es que se establezca en este momento un estado de simbiosis, de no diferenciación y de fusión entre la madre y el bebé (Mahler et al., 2002). Este estado sería una condición necesaria para el posterior desarrollo y subjetivación del niño. A partir de esta interrelación célula narcisista madre-bebé se va creando, de manera progresiva, un estado de integración psíquica en el lactante.
En toda esta primera etapa, los padres, si son sanos, libidinizarán al bebé y lo colocarán en el trono de His Majesty the Baby (Freud, 2015a), ofreciéndole sus ideales, sus anhelos narcisistas, sus creencias transgeneracionales y lo llenarán de cargas conscientes e inconscientes propias. Esta etapa se corresponde con el narcisismo primario (Freud, 2015a). La madre debe adaptarse a las necesidades del bebé de tal forma que este pueda tener experiencias de omnipotencia.
El proceso que sucede a un período simbiótico evolutivamente adecuado implica que el niño logre un funcionamiento autónomo en presencia de la madre, siempre que esta mantenga una disponibilidad emocional suficiente (Mahler et al., 2002). En el caso de Matías, se observa que dicha simbiosis, esperable en las primeras etapas del desarrollo, probablemente no se haya establecido de manera exitosa. La madre expresó explícitamente que sentía que el embarazo “la consumía”, lo cual sugiere un estado depresivo que le impidió vincularse emocionalmente con su hijo durante los primeros meses de vida.
A esto habría que añadir la vivencia de Matías de discontinuidad en los cuidados primarios maternos, lo que podría haber generado fallos precoces en el holding materno (Winnicott, 2013). Hay que entender que la madre de Matías no contaba con recursos personales que le permitieran contener el mundo pulsional de su hijo, lo que explicaría, en parte, las dificultades de autorregulación emocional que se observan en el pequeño. En la medida en que la madre no asumió plenamente esta función, el niño también fracasó en su intento de interiorizarla, quedando expuesto al desbordamiento por tensiones internas que alteran su funcionamiento psíquico.
Estos defectos en el sostén temprano podrían haber obstaculizado el desarrollo de los mecanismos encargados de regular la construcción de la imagen de sí. Es decir, Matías no ha logrado constituir un yo suficientemente consolidado ni representaciones estables de sí mismo.
Por otro lado, el yo ideal permanece al servicio de su omnipotencia infantil, en parte porque la madre no ha podido ofrecer las condiciones necesarias para generar en el niño sentimientos de omnipotencia que le permitan, posteriormente, integrar experiencias de frustración o desilusión. Las defensas maníacas se revelan entonces como una protección frente al sufrimiento y a los sentimientos de vacío, inutilidad y desvalorización, lo que le permiten al niño negar su vulnerabilidad y mantener una ilusión de control.
El padre
A diferencia de lo que tradicionalmente se espera del padre —cuya función simbólica consiste en instaurar la ley y el deseo— el padre de Matías se encuentra sumido en su propio delirio de paternidad (Laurent, 1980, como se cita en Ubieto, 2019). Además de proyectar sus ideales narcisistas sobre el niño, ha convertido a su hijo en su objeto fálico, en una extensión de sí mismo. Incapaz de poner límites y frustrar las demandas infantiles, otorga al pequeño un lugar de omnipotencia que le resulta tóxico para su desarrollo psíquico.
Desde esta perspectiva, puede pensarse que entre Matías y su progenitor se da lo que Fandiño y Rodríguez (2021) denominan una “inversión del sentido del reflejo”, en la que no es solo el niño quien busca ser mirado, sino que es el padre quien se busca a sí mismo a través de la mirada del hijo. Este intenta, mediante estas proyecciones masivas, obtener el reconocimiento social del que careció en su propia historia.
Matías clama una y otra vez, con las agresiones hacia su padre, por un adulto que instaure la ley. Así lo constatan sus juegos en los que se convierte en policía, profesor o juez. Ante la carencia de referentes adultos consistentes, el niño busca figuras identificatorias ideales en la web, más próximas al yo ideal que al ideal del yo, lo que favorece una construcción grandiosa y defensiva de su self (Janín, 2022).
El pequeño se encuentra huérfano de referentes que ejerzan la función de autoridad; que lo tomen de la mano y le ayuden a transitar del principio de placer al principio de realidad; que lo empujen progresivamente a dejar atrás su proyección imaginaria omnipotente; que le ayuden poco a poco a bajarse de su trona de His Majesty the Baby (Freud, 2015b). Actualmente, vivimos bajo la prescripción del “prohibido prohibir”, en palabras de Bellido (2024), un precepto que imposibilita el desarrollo de un sistema social estructurado y contenedor de la infancia.
Infancias adolescentizadas
Transformaciones socioculturales
Para poder hablar de infancias contemporáneas y pensar el caso de Matías, debemos tener en cuenta, además de la construcción y el desarrollo de su psiquismo al interior de su parentela, las transformaciones socio-culturales actuales. Tomando como referencia a Ubieto y Pérez (2019), estos cambios podrían resumirse en tres: transformación de las familias contemporáneas; la degradación de la infancia a los ideales de rendimiento; y la tecnología como religión.
Transformación de las familias contemporáneas
Nuevas paternidades: del Prohibido prohibir a los padres holding. En las relaciones parentofiliales actuales se observa un declive de la autoridad parental tradicional (Recalcati, 2014). Hemos pasado del hijo-Edipo, cuyo conflicto principal giraba en torno a la diferencia generacional, al hijo-Telémaco, que busca a un padre ausente (Recalcati, 2014). Se ha transitado desde el padre autoritario y patriarcal hacia un modelo permisivo basado en el laissez-faire, que promueve la homogeneidad relacional y rechaza la diferencia generacional, favoreciendo vínculos horizontales entre niño y adulto (Ubieto, 2019). Lejos está esta reflexión de promover o hacer un llamado a la restauración del padre kafkiano, dado que los resultados podrían ser trágicos, como se ilustra en la película El Regreso (Zvyagintsev, 2003), en la cual dos hermanos adolescentes asesinan a un padre sádico que estuvo ausente durante más de once años. Más bien, el propósito es invitar a profundizar en las funciones clásicas atribuidas a la figura paterna —y también materna— y en la manera en que estas se articulan en las configuraciones familiares contemporáneas.
La familia contemporánea se caracteriza por su diversidad, dejando atrás el modelo tradicional donde el padre era la única figura de autoridad y la madre la encargada exclusiva del cuidado (Fandiño, 2024). Actualmente, estas funciones ya no ejercen desde una perspectiva binaria de género, sino que responden a nuevos determinantes culturales y sociales.
Un buen ejemplo de ello lo encontramos en la novela Literatura Infantil de Zambra (2023). Esta obra aborda la paternidad desde la perspectiva de las nuevas masculinidades, retratando a padres contemporáneos que alimentan, cambian pañales, cuidan, aman y sostienen. Son padres que, cada vez con mayor frecuencia, acuden a consulta ejerciendo o intentando ejercer una paternidad que va más allá de la concepción clásica centrada únicamente en la autoridad. Padres que asumen funciones tradicionalmente asociadas a lo materno y que, ya sea por voluntad propia o por las exigencias actuales, se ven en la necesidad —o en la obligación— de ejercer el holding o sostén.
Nuevas maternidades: el handling como técnica. La maternidad contemporánea ya no puede entenderse desde los estándares tradicionales. ¿Qué significa ser madre en 2025? ¿En qué consisten las nuevas maternidades? Fandiño y Rodríguez (2021) describen a la madre hipermoderna, aquella que debe desdoblarse constantemente. Es una madre ilusionista, capaz de transitar del mundo privado-familiar al sociolaboral, a menudo obligada a dividirse en madre y mujer según lo que el momento requiera. Los tiempos actuales exigen, a veces por elección y otras por imposición, que quien ejerce la maternidad se convierta en una malabarista del ámbito privado y público.
Ya Winnicott (2022) subrayaba, con su concepto de handling, la importancia de una presencia materna sostenida y sensible, que se transmite en el modo en que se toca, se mira y se sostiene al bebé. El cuidado materno implica paciencia, dedicación y espera sin exigencias, aunque vivimos en una sociedad que contradice este principio (Recalcati, 2018).
Uno de los padecimientos actuales tiene que ver con la pobreza y la aceleración del tiempo, lo que genera una tensión entre los cuidados maternos y el discurso capitalista dominante. ¿Cómo ejercer la maternidad sin sucumbir a la avidez del tiempo? ¿A qué costo ofrecemos estos cuidados en una época marcada por la prisa, la dispersión y la desazón?
Nuestro contexto sociocultural actual impulsa la búsqueda de métodos que sustituyan ese regalo temporal, dificultando la construcción de la singularidad en la relación materno-filial y la paciencia en los cuidados. De este modo, múltiples tips y consejos sobre el mundo infantil (ej.: tipos de alimentación), junto con un sinfín de accesorios del mundo del bebé (ej.: carritos, cunitas, bañeras, etc.), se convierten en herramientas que, para quien las utiliza, corren el riesgo de llevar al equívoco de que el cuidado maternal es tan solo una técnica. Los cuidados maternos no se miden en horas y no pueden estandarizarse sin perder su esencia. Sin embargo, pareciera que en tiempos recientes hay una tendencia a homogeneizarlos, olvidando la singularidad necesaria en la relación con la figura de apego para el desarrollo saludable del bebé.
Asistimos, pues, a un momento social que coloca a la familia como institución en un callejón sin salida. En la época actual, la institución familiar se configura como un lugar de refugio y seguridad frente a un mundo que se encuentra en transformación. Por el contrario, el ritmo y demanda social actual destruye las relaciones familiares debilitando la posibilidad de la construcción de vínculos afectivos (Fisher, 2016).
La degradación de la infancia a los ideales de rendimiento. De niño a producto
En la sociedad actual, es común escuchar que el rendimiento de un niño durante los primeros años determinará su futuro, olvidando que el desarrollo infantil es un proceso dinámico y en constante transformación. En la clínica, somos testigos de la angustia que sienten muchas madres y padres al imaginar que sus hijos puedan quedar fuera de la rueda productiva (Bleichmar, 2008). Esta preocupación los lleva a buscar soluciones donde los deseos y necesidades reales del niño quedan en segundo plano. Así, la función de los padres como creadores de sujetos, según Janín (2017), se reduce a fabricar “objetos” de alto rendimiento para satisfacer sus propios ideales narcisistas. De este modo, se instala en los niños la idea de que para sobrevivir deben ser competitivos. Tal como señala Berardi (2007), en el mundo actual, para ser competitivo es necesario estar siempre conectado.
David Le Breton (2016) nos ofrece una reflexión profunda sobre la fatiga, describiéndola como un “tope identitario” capaz de transformar a la persona para bien o para mal. Cuando la fatiga es elegida, puede generar una fuerza renovadora; sin embargo, si se impone sin deseo ni capacidad, se vuelve destructiva y “nadifica el ser”, dejando a la persona sin sentido ni propósito.
El caso de Matías ejemplifica esta lógica: su obsesión con la tecnología no responde a un mero entretenimiento, sino a una internalización de las exigencias del mercado adulto. Alicia Valdés (2024), en Política del Malestar, describe cómo los discursos sociales actuales imponen ideales de éxito y productividad que llevan a los sujetos a la extenuación, tal como se refleja en la conducta de este niño.
En nuestra práctica clínica, vemos con frecuencia niños y niñas en la etapa de latencia sometidos a una sobreexigencia desmedida. Son pequeños de siete a diez años con ideales del yo más propios de la adolescencia. Los adultos, de manera inconsciente, hipertrofiamos estos ideales a través de exigencias exageradas: sacar las mejores notas, destacar en el deporte o aprender varios idiomas. Estas demandas dificultan la instauración de mecanismos más típicamente latentes en los niños y niñas. Este exceso de presión productiva en la etapa infantil podría explicar por qué muchos jóvenes al llegar a la adolescencia regresan a un narcisismo infantil y se aferran a su yo ideal en lugar de construir ideales del yo que faciliten la transición hacia la adultez.
La tecnología como religión
La posición más primitiva del niño es la de ser objeto de mirada. Para poder mirar el mundo y comenzar a construirse, primero necesita sentirse visto. Solo si ha sido mirado por un Otro significativo podrá reconocerse y empezar a habitar su propia identidad. Esta idea ya había sido planteada por Spitz (1972), quien sostuvo que la mirada entre madre e hijo constituye el inicio de un vínculo psíquico esencial, lejos de ser un simple gesto funcional. Por su parte, Winnicott (2022) desarrolló el concepto de función especular para explicar cómo el niño, al mirar el rostro materno, se encuentra con una imagen de sí mismo. Ser mirado lo hace real: es en esa experiencia donde comienza a sentirse capaz, inteligente y digno de amor.
Pero ¿qué ocurre cuando la mirada atenta al otro se ausenta o se vuelve indiferente? Según Esquirol (2006) y Rot (2023), vivimos en una era marcada por la indiferencia. Una indiferencia que erosiona el lazo social. El triunfo de la imagen sobre la mirada, como lo plantea también Dessal (2019), convierte el deseo de ser visto en una demanda de validación inmediata, medida en likes. Una lógica que ya se instala en la infancia.
Han (2013) advierte que habitamos una “sociedad de la transparencia”, donde solo quien se muestra, existe. Donde los sujetos deben exponerse para ser, transformándose en sus propios agentes publicitarios, exaltando lo cotidiano como si fuera extraordinario (Rot, 2023). Este contexto no deja fuera a la infancia. Los niños son posicionados como consumidores por excelencia, capturados por un circuito donde los objetos reemplazan vínculos (Janín, 2022) y la información deviene núcleo identitario (Han, 2022).
McLuhan afirmaba que “el medio es el mensaje” (citado en Fandiño y Rodríguez, 2021) y esta idea resuena hoy con fuerza. Las herramientas que creamos terminan por modelarnos. Almudena Hernando (2018), desde la arqueología, defiende que la identidad humana se transforma según los medios que empleamos para comunicarnos. En este tiempo, es la tecnología la que está redefiniendo los contornos de lo humano. No solo media nuestras relaciones: las reconfigura. Un ejemplo de ello lo encontramos en el documental Cyborg Generatión (Morillo, 2024)
La virtualidad obliga a repensar qué es lo real, porque tal y como plantea Rot (2023), las fronteras entre lo online y lo offline son cada vez más difusas. Se observa en muchos niños, como Matías, que se desarrollan en entornos donde las redes ya no son solo espacios de paso, sino hábitats emocionales. Redes que no solo informan, sino que afectan, que emocionan, que vinculan y que, en definitiva, forman parte y modelan su identidad.
Se convierte así la tecnología en la nueva diosa a la que rendir pleitesía; deidad que fascina y seduce a través de un laberinto de imágenes, espejos y espejismos; la cual ejerce una función activa en la construcción de las nuevas identidades de niños y niñas contemporáneos.
Adolescencias voraces. Acortamiento y disolución del período de latencia
La introducción de estos ideales de rendimiento y estos cambios y transformaciones sociales en la infancia turba la diferencia entre niños, adolescentes y adultos (Ubieto, 2019). Como sabemos, cada época tiene una figura emblemática, y la de la nuestra es la adolescencia. Vivimos en un mundo de espectáculo, en donde los jóvenes son los actores, en donde los adultos jugamos a ser adolescentes y en donde los niños sufren, en última instancia, las más nefastas consecuencias de este juego.
Fandiño (2014) advierte sobre una idealización creciente de la adolescencia, aspecto que se expresa tanto en niños que desean ingresar cuanto antes a ese territorio, como en adultos que se resisten a abandonarlo. Junto con Rodríguez (2021), denominan este fenómeno como “infantoescencia” y “adultescencia”. A ello se suma una erotización cada vez más precoz de las infancias, particularmente de las niñas, transformadas a menudo en mercancía visual y sexual en series, publicidad o redes sociales. Este proceso comienza también a dejar huellas corporales. Estudios recientes, como el de Wang et al. (2024) en Harvard, muestran una clara tendencia al adelanto cronológico de la menarquia. Otro metaanálisis (Eckert-Lindt et al. [2020], como se cita en Fandiño y Rodríguez [2024]) confirma una disminución progresiva en la edad de inicio puberal en niñas desde finales de los años 70.
En El malestar en la cultura, Freud (2015c) defendía el poder represivo de la cultura sobre el mundo pulsional del individuo. Esta represión, necesaria para la vida en sociedad, implicaba la renuncia a la satisfacción directa de los deseos y permitía garantizar así un orden social.
Pareciera que la cultura hoy en día actuara de un modo más sofisticado en el inconsciente del sujeto; no interviene únicamente desde el exterior, sino que su influencia pareciera haber penetrado hasta los niveles más íntimos del psiquismo. Así, siguiendo la tesis de Colina (2023), podríamos pensar que la cultura ya no sólo reprime, sino que también performa el inconsciente. Esto implica que el sujeto no sólo se somete a normas sociales actuales, sino que llega a identificarse con ellas.
Asistimos, pues, como espectadores pasivos, al deshielo de la etapa de la latencia, a la disolución de un período que Wilhelm Reich (1995), en su libro Análisis del carácter, describía como “un producto (…) propio de la cultura”, tiempo este necesario para la construcción de diques represivos y contenedores de la sexualidad que sustenten una personalidad sana en la etapa adulta (Freud, 2015c). Pero para que exista la latencia, algo debe quedar velado. Si no hay represión, “la sexualidad polimorfa de los primeros años de vida se instalará como funcionamiento en el psiquismo del niño” (Knobel, 2017).
Matías, un niño de siete años
Los misterios de la infancia. Del Desamparo Digital al Acompañamiento Parental
Como referíamos al comienzo, el niño está obsesionado con el sexo y el dinero. El infante se encuentra en período de latencia sobreexcitado, el cual manifiesta a través de sus comentarios y conductas sexualizadas (recordemos sus preguntas obsesivas sobre el coito y criar pollitos en una incubadora). Esta sobreexcitación le dificultaba el desarrollo de funciones tales como la lectoescritura, la atención, la conciencia de sí mismo (Blos, 1979). Tanto a través de internet y redes sociales, como de la relación
con su padre, el infante entra en contacto con contenidos excitantes que no puede metabolizar. Matías es incapaz de descargar su libido sexual por medio de la sublimación, por lo que debe hacerlo a través de su cuerpo y comportamiento.
En 1982, Neil Postman, en una conferencia titulada La desaparición de la infancia, proponía que con la llegada de la televisión los más pequeños comenzarían a acceder a secretos propios de la edad adulta, como el sexo o el dinero (Postman, 2012). Según este sociólogo, preservar estos misterios a los niños permitiría establecer diferencias generacionales, entre aquellos que tienen edad y madurez para comprenderlos y los que no. Por el contrario, el padre de Matías se presenta ante su hijo como un transmisor de la llamada “lógica del mercado”, por lo que la instancia idealizada protectora para el infante estaría puesta en el dinero y el poder. Los deseos que este padre proyecta en el pequeño no tienen ninguna relación con las necesidades emocionales reales de este.
Las niñas y niños necesitan descubrir los entresijos y vericuetos del mundo adulto de manera progresiva, dulcificada y limitada. En caso contrario, pueden terminar instalados en un eterno presente continuo indiferenciado de la etapa adolescente en la que difícilmente un futuro puede esperarse porque todo resulta conocido. Pequeños abocados a estados de apatía, como el caso de Matías, suspendidos en el tiempo sin un futuro que anhelar.
¿Cómo poder ayudarles a integrar toda esa información, noticias, imágenes, que reciben queramos o no (con controles parentales o sin ellos) de manera continuada en su vida cotidiana? Difícil trabajo de digestión para estómagos tan diminutos. Es cometido del adulto aceptar con humildad que somos extranjeros en un territorio que es el suyo y no el nuestro. Sólo con cuidado, sigilo y mucho respeto podremos adentrarnos en él. Sin embargo, es habitual encontrarnos situados como padres o adultos en dos posiciones que considero poco útiles en el acompañamiento digital. La primera de ellas sería la posición de hipercontrol. Esta forma de vigilancia tecnológica se ha convertido en la más corriente para demostrar que uno es un padre o una madre responsable (Fandiño y Rodríguez, 2021). Caemos en la fantasía de que así protegemos o educamos a nuestros hijos cuando en realidad este mecanismo resulta tan eficiente como ponerle diques al mar.
La otra postura posible sería el desinterés y/o desprecio por la tecnología. Nos refugiamos en argumentos como “yo de esto no entiendo nada”, “a mí esto nos interesa lo más mínimo” o “yo es que no soy nada tecnológico”. En otras ocasiones, nos cobijamos en el anhelo de que tiempos pasados fueron mejores. Somos nosotros, los que con esta falta de implicación y altivez ahondamos en la brecha digital que, si ya no es pequeña, la convertimos en una fosa abisal.
Las infancias contemporáneas crecen y se desarrollan en un mundo que es tecnológico, nos guste más o menos, queramos o no. Nuestro cometido como adultos debería ser interesarnos genuinamente por eso que tanto los deleita para no quedarnos atrás, buscando aprender con ellos y de ellos. Porque de lo que sí precisan los infantes es de alguien que les triture y facilite la realidad tecnológica, que les ayude a digerir y absorber los nutrientes y desechar lo sobrante. En definitiva, de un aparato digestivo (un otro adulto) que les posibilite alimentarse adecuadamente.
El dulce arte de no llegar a ninguna parte
Con tan solo siete años, Matías se encuentra sometido a dictadura de la transparencia, atrapado bajo el influjo y mandato “ser mirado y dar a ver”, degradado al rendimiento, doblegado a las consignas de los ideales de autoproducción (vender un libro sobre su vida para rentabilizarla), de autorrealización (ser youtuber) y autooptimización (ser millonario).
Gabriel García Márquez (1995), en su ensayo Un manual para ser niño, alertaba sobre el riesgo que corrían muchos de ellos en manos del adulto, en el caso de que este no fuese capaz percatarse de sus virtudes y promoviera otras que considerara más relevantes para él. Deberíamos entonces acercarnos a la infancia como un momento de creatividad, de despliegue de posibilidades personales, de desarrollo de la autonomía del niño y no como una etapa productiva y de exigencias que persiga ideales de éxito que tienen como objetivo alcanzar la felicidad. Solicitamos a los niños que respeten al adulto, pero no somos conscientes de que nosotros, como adultos, no respetamos su niñez. Permitamos pues que puedan disfrutar “del dulce arte de no tener que llegar a ninguna parte” (Márquez, 1995). Porque, tal y como escribe la poeta Louise Gluck, “miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria”.
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Karina Bacelar Pereiraz
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