Drama en una vivienda de protección social (1). Escenas y posturas de cuidado

Rémy Puyuelo

RESUMEN

Drama en una vivienda de protección social. Escenas y posturas de cuidado. Una situación de urgencia en CMPP. El “dejarse ir” del cuidador permite, cuando lo necesita, acoger el evento allí donde se produce para convertirlo en un momento clínico actuado que se inscribe en el recorrido de atención psicológica dentro de un proyecto de simbolización. Eso pasa por el evento convertido en escenografía témporo-espacial, verdadera mediación en el seguimiento de poblaciones de niños y familias que presentan desorganizaciones identitarias obstaculizadas por la latencia. Palabras clave: CMPP, urgencia, obstáculos a la latencia del niño, adolescentes, mediación, escenografía témporo-espacial, cuidado psíquico.

Los lugares en los que tiene lugar la asistencia… la casa, la barraca, la vivienda compartida… Diferenciar el entorno en términos de vida fantasmática y sus proyecciones del entorno en sentido amplio sin un por qué, sin fantasías ni causalidades psíquicas, producto del azar y de la coacción que hemos puesto en peligro; de ahí nuestra complejidad de pensar las paradojas alrededor de la madre-entorno que son nuestro ámbito de pensamiento.

Mi hipótesis: la liberación espacial del cuidador le permite, cuando es necesario, situarse allí donde el paciente lo espera. Esto ocurre especialmente en las patologías narcisistas identitarias, en las que fracasan las simbolizaciones y el sujeto se enfrenta a realidades excesivas. En esos casos, el encuentro se da en el territorio que el paciente ha investido de manera narcisista. Al cuidador, entonces, le corresponde co-crear un confort espacial a dos o más, con una figura simbolizante, para que sean posibles los cuidados.

Estas situaciones clínicas actuadas son muy variadas, no siempre queridas, pero a menudo provocadas: las crisis y las urgencias, los equipos educativos en la escuela, ciertos encuentros ampliados padres–hijo–equipo, encuentros ante el juez de menores, momentos que cuestionan los equilibrios familiares (divorcio, fallecimiento, desempleo, mudanzas, etc.), momentos en los que “saltan los plomos” en la sala de espera o en las consultas, equipos móviles de perinatalidad para poblaciones carenciadas…

Todos estos momentos, acontecimientos… son, en realidad, escenografías clínicas que debemos integrar y en los que debemos pensar en el curso de los cuidados.

Las experiencias clínicas en las que pensar son inagotables y sus repeticiones suelen ser fecundas.

A partir de notas antiguas y de la vuelta de un niño que ahora se ha convertido en adulto, les propongo una nueva versión de una escena de cuidados.

En un balcón del sexto piso, un hombre amenaza con lanzarse al vacío junto con su hijo de siete años.

Fabien, hijo único, es seguido en el CMPP (2) desde hace mucho tiempo por trastornos del comportamiento, dificultades instrumentales que van parejos con múltiples traumas narcisistas de la primera infancia y fracaso escolar. Presenta una precariedad identitaria, fruto de abusos narcisistas. Su tratamiento, tanto grupal como individual, ha cuestionado el equilibrio simbiótico familiar que se apoyaba en él. Los trastornos de Fabien, de hecho, unen el universo familiar y son una solución costosa que permite poner en pausa la dinámica.

El padre está el paro, y ha agotado el período. Se ha separado hace poco de su mujer. No soporta la idea de abandonar este piso por el cual se endeudaron y de estar lejos de Fabien. Su pasado de niño de la ASE (3) lo llevó a investir este apartamento como primer lugar de su ser, punto de referencia e ideal familiar, territorio auto-cuidante, figura de una estructura de encuadre externa a falta de una estructura de encuadre interna, en el sentido de A. Green (Botella, 2002).

Los bomberos, la policía y los vecinos están allí, desamparados. El coro (4) de la barriada Bagatelle hierve de rumores. La madre solicita al CMPP cercano -que conoce a Fabien- y dice que el padre está “fuera de sí”, inaccesible a cualquier lenguaje. Es miércoles, estoy allí. Conozco a Fabien y he atendido al padre una o dos veces. Recuerdo a un hombre rudo, de manos ásperas y agrietadas por los inviernos y el trabajo en la construcción. Es cercano a Fabien y dispone de pocas palabras para hablar de él. Recuerdo haberme interesado en su trabajo de operador de grúa en aquella época. Recuerdo mis juguetes de infancia y él me explicó la belleza de esa profesión, en la que solo a bordo, suspendido en el vacío, desafiaba la altura de los edificios en construcción. Y, esa mañana, se propone saltar al vacío con su hijo, otra versión de una contrafobia, creación auto-curativa que atestigua los impases maternos arcaicos, actualizados por la futura pérdida de su apartamento y la soledad que le provoca el divorcio en curso.

La policía también me indica que tiene un rifle de caza. Poco motivado por este conjunto de elementos, me hago cargo. ¿Tenía yo otras posibilidades? No lo creo.

Cuando salgo del ascensor, las voces callan, se instala un silencio poco reconfortante. Ahora estoy solo. Con las manos un poco húmedas, busco el timbre y no lo encuentro. ¡Tengo miedo, hay que admitirlo! Llamo a la puerta. Me oigo decir: “Soy del CMPP. Ya nos hemos visto. Conozco a Fabien”. Me siento interpelado, me encuentro en una situación clínica por mi pertenencia al CMPP y por el trabajo ya iniciado. Mi voz se hace más fuerte, como si estuviera en una situación conocida. Más bien una película en la que me veo de forma doble. Este desdoblamiento protector organiza mi desamparo. Me tiemblan las piernas y esto me devuelve a una realidad corporal más banal que me permite mantener el contacto conmigo mismo ante la precariedad momentánea de mis procesos de pensamiento.

La puerta se abre y se cierra de inmediato tras de mí.

La situación: dos hombres fuera de sí y un niño atónito.

Me acoge de urgencia una banqueta destrozada. Me siento desconcertado y pido un café. Él corre a la cocina, muy enojado, pero toma nota de esta mediación inesperada.

Fabien está a mi lado en la banqueta. La ventana de cristal está abierta. Detrás de la puerta la agitación del coro está en su apogeo, lo cual contrasta con el ruido de la vajilla en la cocina. Veo detalles y no puedo concebir la situación en su globalidad.

Fabien mueve las piernas con nerviosismo. Coloco la mano sobre su muslo. Manifiestamente sorprendido, él fija la pared agrietada que tenemos enfrente. La preparación del café, el hecho de sentarse, tienen un efecto calmante sobre el padre. Una función de contención de la excitación. Lo cotidiano recupera su derecho. La tetera se hace oír. Lo insólito de la situación me sorprende, totalmente descolocado del ritmo de este día de miércoles que conozco de memoria. Inquietante extrañeza de estar ahí. Los ruidos se han detenido en el pasillo; ya no los oigo, pero sé que la policía y los vecinos están ahí, esperando. Está en marcha un juego dentro-fuera. También sé que estoy solo.

La urgencia ha pasado; a mi agitación interna le sigue un inicio de reflexión. Ya no tengo aquella imagen traumática del padre y del niño arrojándose por la ventana. Mi cuerpo se borra con el regreso de mi capacidad de pensar. El tiempo recupera sus derechos y me pregunto desde hace cuánto tiempo estoy ahí.

El café está demasiado caliente. Se lo digo al padre, señalándole que eso no tiene importancia. Me sorprende este comentario totalmente inapropiado en esta situación. Fabien empieza a llorar en silencio. Ha recuperado la capacidad emocional y el llanto, al decirle que hemos tenido mucho miedo y que su papá seguramente está muy triste por todo “esto”, subtitulando los afectos.

El padre, todavía de pie, frente a nosotros, se interesa por lo que digo.

Les digo entonces que están muy tristes los dos. El padre parece de pronto ya no saber qué hacer con las manos; le tiendo mi taza vacía diciéndole que el café estaba bueno y que lo necesitaba mucho. Regresando de la cocina, consuela a Fabien y yo emprendo una “conversación” hablando de cualquier cosa, como en una charla sin importancia.

Entonces veo un balón de rugby. Pregunto: “¿quién juega al rugby?” “¡Es papá!” dice Fabien orgulloso. Nuestras miradas se cruzan… Los afectos y lo pulsional vuelven y dejan paso al desconcierto y a la excitación. Cada uno ha vuelto a sí mismo. Tras la excitación y el sobresalto viene lo pulsional y la reanudación de las identificaciones proyectivas.

Le he hecho “el pase” a Fabien.

Luego le pido que vaya a cerrar la ventana. La escena de cuidado se cierra en una claustrofilia que da seguridad y que se convierte en un espacio de juego.

Me pregunto dónde está el fusil. En realidad, ¿habrá alguno? ¡nunca lo sabré!

De golpe, me siento muy cansado, expresión de elementos de depresión corporal personal, pero también receptáculo de los movimientos depresivos del padre y del hijo. Paradójicamente, he recuperado fuerzas. El tiempo recupera sus derechos y una cierta agilidad psíquica intenta ya encontrar salidas a esta situación de la cual los distintos participantes podrían salir menos dañados en su narcisismo.

Me sorprende un movimiento maníaco de omnipotencia, eco de mi anterior desamparo. “Estamos jodidos”, expresión popular de la que me sorprendo a mí mismo; y que provoca llanto en el padre.

Fabien se le acerca.

Ya no hay urgencia. Ya no hay preguntas de vida o muerte; cada una de las partes ha recuperado sus límites corporales-psíquicos, su historia, sus afectos, sus representaciones. El lenguaje retoma su derecho. Pero la crisis sigue ahí, en espera de soluciones.

Les explico a Fabien y a su padre mi proyecto, mi prescripción: el padre debe ir a la comisaría para explicarse. Fabien irá a la casa de la vecina, a la cual conoce bien, y un educador del CMPP pasará por la mañana, a no ser que ya esté detrás de la puerta del domicilio. Veremos a la madre en el CMPP durante el día. Volveré a ver al padre durante la semana para hacer balance de lo ocurrido. Le digo: “los dos tendremos que pensar”, con lo cual le propongo una conexión lingüística común posterior que tiene en cuenta tanto lo masculino como lo paterno. Padre e hijo aceptan esta transacción sin exclusiones.

Salgo, estando seguro de que la puerta no se cerrará tras de mí. Confío en que padre e hijo han recuperado una seguridad compartida. Propongo a la policía, que sigue ahí, en espera, este proyecto para que lo valide haciendo evacuar al coro de la escalera. La asistente social del CMPP está también ahí, así como un educador de barrio que se ofrece a cuidar a Fabien hasta que llegue su mamá, que está refugiada en casa de una vecina en otro bloque de viviendas del barrio.

Nos ponemos de acuerdo.

Como ya se imaginarán, esta historia no ha terminado.

El equipo del CMPP y los trabajadores sociales del barrio han “atado cabos sueltos” alrededor de esta situación, que resultó ser organizadora para los diferentes miembros de la familia.

¿Cómo entender esta situación como una escena clínica actuada, dentro del contexto de un recorrido de atención, y tratar de pulsionarla para sus diferentes actores? Eso significa: cómo retomar la sucesión de hechos y sus ecos en unos y otros, incluidos los profesionales, por supuesto, para permitir proponer, a partir de una experiencia de impotencia y angustia cercana entre los tres actores, una postura de cuidados.

Algunos elementos clínicos pueden ayudarnos: la puesta en espacio y la actuación de problemáticas psíquicas no simbolizadas, dificultades de mentalización de los diferentes actores, depresiones imposibles, simbiosis, díada ágora-claustrofóbica que no conducen a una organización fóbica al servicio del pensamiento. ¿Cómo acompañar al padre en su faceta femenina y en su paternidad y sus renuncias y hacer lugar a la madre…?

La toma en cuenta clínica de esta situación por el CMPP: el cuidado trastornado -fiesta de la simbiosis- ha llevado a una des-simbiotización del universo familiar que sólo podía expresarse a través de trastornos del comportamiento, por fallo de las simbolizaciones o respuestas psicóticas o somáticas. Esta situación actuada es una respuesta a la atención psicológica en la que cada miembro de la familia intenta separarse, individuarse en el contexto del barrio bajo la mirada del coro.

El coro es, a la vez, un mediador entre la polis (el vecindario) y los héroes, en la tragedia griega, ligado a la primera cuyos valores defiende, unido a los segundos a los que asesora y cuyos sufrimientos comparte. Crea un ambiente, un contenedor sonoro, y una continuidad al no abandonar nunca la escena. Aporta profundidad y favorece las proyecciones por su geografía (está fuera de la escena en la que evolucionan los protagonistas). ¿Soy yo acaso uno de los corifeos?

La retroactividad solo puede organizarse en la medida en que una anticipación crítica, acompañada y guionizada, ha adquirido sentido para los distintos actores, permitiéndoles construir un relato y acceder a una narratividad compartida en un segundo tiempo. Del testimonio al relato (Derrida, 1997).

Una nueva escenografía del cuidado familiar ha permitido “utilizar” esta situación como espacio de trabajo. En ella, cada uno de los actores, dejando de lado lo exterior y lo interior, ha podido avanzar hacia una mejor individuación. Esto ha hecho posible que el padre desconfusione a su hijo, doble de sí mismo, pero también hermano rival demasiado próximo a la madre e hijo imaginario idealizado. Al mismo tiempo, ha dado lugar a que la madre, al reconocer sus elementos depresivos, pudiera acceder a ser atendida psíquicamente y adoptar una postura materna más adecuada. La separación de los padres ha aclarado muchos malentendidos y Pôle Emploi (5) ha hecho lo demás para restaurar el narcisismo del padre. Fabien, liberado en parte de los lazos simbióticos familiares y a partir de nuestra urgencia común, ha podido vincularse a un educador que le ha acompañado en el barrio y en su escuela durante mucho tiempo.

Esta escenografía, eco de una dramaturgia, nos permite entender que, a menudo, en las organizaciones narcisistas de precariedad identitaria, hay que ir al campo del sujeto; es ahí donde se juega, no donde lo quiere la atención sanitaria, sino donde puede ocurrir. Cuando el desplazamiento psíquico y los elementos transferenciales son deficientes, la cosa se juega en los desplazamientos físicos, las trasposiciones, las translaciones, los transportes, la posibilidad de ir más allá… en el espacio investido por las identificaciones adhesivas (lugar psíquico) del sujeto (en este caso, aquí, el padre y su pasado en la ASE) para poder llevar a una guionización y dramatización. El dónde estoy es el prerrequisito del quién soy. La deslocalización del cuidado, el desvío, son entonces necesidades. También podríamos mencionar al respecto a los equipos móviles actuales (Puyuelo, 2014).

El hallazgo preconsciente de la petición de café intenta transformar la situación traumática en una situación de hospitalidad, por lo tanto relacional, pero también recuperar lo cultural y lo religioso. El “estoy en vuestra casa” pone en relieve al huésped, la otredad propuesta y toda su ambigüedad, como subraya Derrida (1997). “Hostis”, en latín, significa huésped, pero también enemigo. Esta petición me pone en situación de dependencia del otro y también trata de regular la excitación, canalizarla en una tarea cotidiana y, por tanto, pulsionar la situación. Este tipo de respuestas inesperadas, sorprendentes ante las situaciones, se revelan casi siempre por sus secuelas, en cuanto a la autenticidad y la verdad psíquica. Asocio sobre nuestras capacidades de recepción del extranjero…

Este momento clínico requiere, para ir más allá del aturdimiento, la excitación, la emoción, una reactivación pulsional con afectos y representaciones. Y que el objeto se presente no como un objeto seductor, excitante, reflexivo y pensante, sino más bien como un mojón, una masa presente; un punto de referencia que actúe a la vez como obstáculo y como límite para la deriva corporal, y la mitomanía, con vistas a una coreografía psíquica del cuidado y de pequeñas conversaciones mudas con el cuerpo. Así, en un doble movimiento separador y organizador, se juega a ese precio lo que no puede vivirse psíquicamente.

Los distintos actores “toman su lugar”. Esto también requiere que improvisemos, en el sentido musical, dentro de este agitatto. Se trata entonces de posiciones. La posición es una actitud del cuerpo, tensión dinámica entre hecho, movimiento y simbolización con efecto de presencia, de testigo, portador de sentido potencial, siempre en relación con el otro. No hay posición sin objeto interno y objeto externo. Es una presencia en el espacio, punto de fijación y encuentro entre cuerpo y psiquismo, expresión de conflicto, resultado de un pasado que espera un futuro. Es una actitud particular, notable, del cuerpo, detención de un movimiento, a la vez anticipación y resultado, figura estética que puede convertirse en una actitud mental, actitud de espíritu e incluso moral en el sentido de Montaigne.

Este momento clínico se ha convertido en un trabajo de escritura en algo retroactivo, que resignifica la acción en el sentido de Paul Ricoeur (1995), haciendo narratividad e historia que adquiere profundidad, perspectiva siempre en una operación de sentido del cuidado del ser; es decir, no sanar, sino llevar a los distintos actores a reconocer al otro sin que ello cuestione su propia identidad.

Es necesario conjugar la economía del acto (descargo, puesta en signo, puesta en juego, puesta en relato, puesta en pensamiento) y el camino de la mentalización (soma-cuerpo-excitación-pulsión-afecto-representación de cosa-representación de palabra-pensamiento reflexivo). Estos dos movimientos desarrollistas son en realidad más complejos, ya que se indexan en los encuentros con el objeto. En cada etapa hay una reanudación, en una operación de dar sentido a la etapa anterior, pero también hay que tener en cuenta movimientos de regresión y repliegue narcisista del sujeto según edades, crisis, encuentros de la vida. Nos permitirán jugar con espacio-tiempo, interior-exterior, cuerpo, metáfora, mediaciones y lenguaje, manteniendo a la vista el sentido y el sujeto sufriente y sexuado a la espera del objeto.

Notas del traductor

(1) El autor hace referencia a Habitations à Loyer Modéré (HLM). En Francia, las HLM corresponden a viviendas sociales de alquiler asequible, aunque en algunos casos también incluyen fórmulas de acceso a la propiedad. Están financiadas con fondos públicos y gestionadas por organismos especializados para garantizar el acceso a una vivienda digna a personas y familias con ingresos limitados.

(2) En Francia, los Centres Médico-Psycho-Pédagogiques (CMPP) son dispositivos de atención ambulatoria, gratuitos y financiados por la seguridad social, destinados a niños y adolescentes con trastornos psicológicos, del desarrollo o del aprendizaje. Están gestionados por equipos multiprofesionales (médicos, psicólogos, logopedas, psicomotricistas, etc.) y se consideran un recurso central de la red sociosanitaria infantil.

(3) En Francia, la Aide Sociale à l’Enfance (ASE) es el servicio público de protección de la infancia, dependiente de los Consejos DeRémy partamentales. Ofrece medidas de apoyo y acompañamiento a las familias en dificultad, así como acogida y tutela de menores en situaciones de riesgo o de desamparo. Su misión incluye la prevención, la protección y la atención educativa de los niños y adolescentes, en coordinación con los servicios judiciales y sanitarios.

(4) Aquí el autor hace un paralelismo con el coro de las tragedias griegas.

(5) En Francia, Pôle emploi es el organismo público encargado del empleo. Resulta de la fusión, en 2008, de la Agencia Nacional para el Empleo (ANPE) y la red de seguros de desempleo (UNEDIC). Sus funciones incluyen la inscripción de demandantes de empleo, el pago de prestaciones por desempleo, la orientación profesional y el acompañamiento en la búsqueda de trabajo.

Traducción del francés de Jordi Freixas Dargallo.

Bibliografía

Botella, C. (dir.) (2002). Ecrits en l’honneur d’André Green. Delachaux-Nieslé.

Derrida, J. (1997). Anne Dufourmantelle invite Jacques Derrida à répondre de L’hospitalité. Ed. Calman-Levy.

Puyuelo, R. (2014). Preface. En S. Tordjman y M. Wiss, À la rencontre des jeunes en souffrance.

L’expérience d’une équipe mobile pluriprofessionnelle. Ed. De Boeck.

Ricoeur, P. (1995). Tiempo y narración, vol. 1: configuración del tiempo en el relato histórico. Siglo XXI Editores.