Desempeño sociocomunicativo en niños con TEA. Un análisis desde la Lógica Transcursiva (2)*

Dante Roberto Salatino

RESUMEN

Desempeño sociocomunicativo en niños con TEA. Un análisis desde la Lógica Transcursiva. El propósito de este trabajo es revisar los fundamentos neurobiológicos y psíquicos de la llamada Teoría de la Mente (ToM), cuyas supuestas fallas en su desarrollo pretenden explicar la aparición de los trastornos sociocomunicativos que presentan las personas con Trastorno del Espectro Autista (TEA) para arrojar algo de luz sobre la apari­ción de algunos signos como, por ejemplo, los rasgos no sociales del autismo. A partir de un análisis crítico de algunos aportes de las Ciencias Cognitivas, llegamos a la conclusión de que la Teoría de la Mente es un modelo inapropiado para evaluar la comprensión del lenguaje, porque no tiene en cuenta sus aspectos subjetivos. La Lógica Transcursiva, como contrapartida, aporta una interpretación del proceso comunicativo y de esa forma, demuestra la improcedencia de la Teoría de la Mente. Palabras clave: autismo, Teoría de la Mente, neuronas espejo, comprensión del lenguaje, proceso comunicativo, lógica transcursiva.

ABSTRACT

Socio-communicative performance in children with ASD. An analysis from Transcursive Logic. The purpose of this paper is to review the neurobiological and psychological foundations of the so-called Theory of Mind (ToM), whose alleged flaws in its development pretend to explain the appearance of the socio-communicative disor­ders presented by people with Autism Spectrum Disorder (ASD) in order to shed some light on the appearance of some signs such as, for example, the non-social features of autism. From a critical analysis of some contri­butions from the Cognitive Sciences, we conclude that the Theory of Mind is an inappropriate model to assess language comprehension because it does not take into account its subjective aspects. Transcursive Logic, on the other hand, provides an interpretation of the communicative process and thus demonstrates the inappro­priateness of the Theory of Mind. Keywords: autism, Theory of Mind, mirror neurons, language comprehension, communicative process, transcursive logic.

RESUM

Acompliment social i comunicatiu en nens amb TEA. Una anàlisi des de la Lògica Transcursiva. El propòsit d’aquest treball és revisar els fonaments neurobiològics i psíquics de l’anomenada Teoria de la Ment (ToM), en la que les suposades falles en el seu desenvolupament pretenen explicar l’aparició dels trastorns socials i comunica­tius que presenten les persones amb Trastorn de l’espectre autista (TEA) per clarificar l’aparició d’alguns signes com, per exemple, els trets no socials de l’autisme. A partir d’una anàlisi crítica d’alguns aportacions de les Ciències Cognitives, arribem a la conclusió que la ToM és un model inadequat per avaluar la comprensió de llenguatge, perquè no té en compte els seus aspectes subjectius. La Lògica Transcursiva, com a contrapartida, aporta una interpretació del procés comunicatiu i, d’aquesta forma, demostra la improcedència de la ToM. Paraules clau: au­tisme, Teoria de la Ment, neurones mirall, comprensió de el llenguatge, procés comunicatiu, lògica transcursiva.

*Debido a la extensión del artículo, se ha dividido en dos partes. La primera se publicó en el pasado número 38 (noviembre 2021).

Bases psicobiológicas de la comprensión en el lenguaje natural humano

El lenguaje natural humano constituye el medio comunicativo que opera reorganizando la realidad circundante y su naturaleza es sim­bólica. El símbolo, según lo ve la lógica trans­cursiva, representa un tipo de identidad, pero escindida. En otras palabras, tal como sucede con los actores reales, sujeto y objeto, el sím­bolo tiene dos vertientes: una superficial, que es la que se hace evidente en el significado del lenguaje cotidiano y que solo puede ser interpretado, al no guardar relación con la psi­quis; y una profunda, que queda anidada en la función psíquica, o sea, en el pensamiento, la que puede ser comprendida. La dinámica del lenguaje natural está sustentada, según la propuesta aquí presentada, en un origen psí­quico de la vertiente profunda del símbolo que deriva de una idea. La estructura psíquica da lu­gar al registro histórico del sujeto (o memoria estructural) pero, además, sirve de molde (por eso lo llamamos ADN psíquico) para generar los pensamientos.

Estos, desde el punto de vista lógico transcur­sivo, son la negación de las ideas; única forma de lograr una aproximación a lo profundo de la rea­lidad subjetiva (Salatino, 2009). El pensamiento así constituido representa el germen del símbo­lo y una nueva negación lo transformará en una manifestación superficial, que no será otra cosa que un reflejo particular de un pensamiento y una imagen filtrada de la realidad percibida con anterioridad, pero sin ninguna relación con ella.

Haciendo uso de la metáfora de los colores quizás podamos vislumbrar mejor la propuesta.

Decíamos en otro trabajo (Salatino, 2018) que un color determinado representa, en esta reali­dad particular, un hecho real. Cuando este he­cho real es percibido por un sujeto, lo aportado por la evidencia es registrado en la memoria es­tructural y pasa a formar parte de la estructura psíquica mediante una idea. Una negación del color registrado, lo cual significa obtener el co­lor complementario, pasa a constituir la función psíquica, que, al tomar como argumento la idea anterior, se transforma en el pensamiento. Este color complementario tiene una cierta satura­ción, o sea, está más o menos iluminado. Esta iluminación no es otra cosa, aquí, que el nivel de consciencia con que está siendo considera­do. La subjetividad le agrega un cierto grado de transparencia al color obtenido. Queda así con­formada la vertiente profunda de un símbolo, o lo que es lo mismo, un signo comprendido.

Llegada la hora de comunicar la experiencia vivida sobre el pensamiento formado (el color complementario), se produce una nueva nega­ción, con lo que se obtiene otra vez el color pri­mario percibido, la vertiente superficial del sím­bolo. En realidad, el producto obtenido y que finalmente será comunicado no es para nada igual al percibido, ya que el filtro psíquico le agregó luminosidad y transparencia, dos carac­terísticas que lo modifican pero que no se pue­den transmitir mediante una simple expresión verbal, de allí la falta de relación entre ambas vertientes simbólicas.

El color resultante y que será supuesto por un interlocutor en una expresión es del tono del percibido anteriormente. Es decir, se parece bastante pero no tiene todas las características perfectamente conservadas, haciendo que la experiencia contada por el sujeto solo produzca una idea aproximada en su interlocutor, aunque no le genere estructura psíquica como cuan­do él percibe un hecho; esto es suficiente para poder entenderlo, al lograr una reconstrucción psíquica convenida, muy aproximada gracias al código lingüístico, de la experiencia vivida por quien se lo cuenta.

Es muy importante hacer la diferenciación en­tre comprender y entender. Entender es percibir el significado de algo, aunque no se lo compren­da. Mi interlocutor puede entender lo que le digo al relatarle el color percibido por mí, pero no me comprende. Con otros términos, encuentra el significado a lo sucedido, mas no el sentido. Por esta razón, es muy común que alguien que es­cuche nuestro relato de un hecho representado por un color, nos diga: “te entiendo, pero…”. Si lo hubiera comprendido, el “pero” no existiría. El planteo que hemos hecho de una situación en extremo ficticia podría dejar la sensación de que esto no es lo que ocurre habitualmente. Sin embargo, solo hay comprensión cabal de algo cuando este es vivido por nosotros mismos. Es decir, que forma parte de nuestra experiencia encarnada y no es solamente una imagen holo­gráfica de esa realidad, como la que se genera cuando nos relatan algún hecho usando el len­guaje convencional y nosotros jamás hemos pa­sado por esa situación.

El hecho real para quien escucha el relato, el color percibido, será el de la expresión lingüís­tica que estará teñida, aunque con matices, del mismo tono convencional del color que su interlocutor había percibido. El diálogo es po­sible gracias a que ambos hablantes tienen en su estructura psíquica una organización lograda por la experiencia y que está acorde a los he­chos que se suceden en la realidad. Por ende, la estructura de lo expresado guarda una rela­ción convencional y normativa (impuesta por la cultura) con lo sucedido. Pero los fundamentos psíquicos de la comprensión no son visibles en la superficie para quien percibe la expresión y no el hecho, sino que queda aferrada en la psi­quis del hablante como fundamento lógico de lo subjetivo. Esto es porque se comprende el he­cho real que está asociado al código de superfi­cie. Así, mi interlocutor me entiende, pero no me comprende. Si se diera la posibilidad de que él hubiera pasado por la experiencia de percibir un hecho de similares características (aunque nun­ca serían iguales), es posible también que haya una interpretación basada en categorías lógicas, además de entendimiento, pero que de ningu­na manera se equipara a mi comprensión, que está basada en especies. La comprensión, como la subjetividad misma, es un aspecto absoluta­mente individual y no transferible; por tanto, lo mismo me ocurrirá cuando mi interlocutor me relate algo vivido por él.

A modo de resumen, proponemos la Figura 1 del anexo, que trata de considerar lo que ocurri­ría durante la comunicación en un acto sémico (semiosis), entendida como expresión de un he­cho real y en donde quedan explicitados los me­canismos psíquicos (propiamente subjetivos) de: percepción, comprensión / entendimiento (interpretación) y producción de una expresión lingüística, además de las unidades operativas de los distintos sistemas reales que manejan el otro nivel lingüístico de la realidad: el lenguaje universal.

Se puede observar, en la figura, el proceso comunicativo con sus actores principales que ofician en forma alternativa, como productor y receptor, respectivamente. Algo que trata de reflejar la tonalidad bicolor de los círculos: azul externo (1) funciona como sujeto (fuente del cambio = productor), verde externo funcio­na como objeto (destino del cambio = recep­tor). Cada uno mantiene su núcleo opuesto en la profundidad, haciéndose evidente, en forma oscilatoria (por turnos), durante la mecánica de todo el proceso de apertura/cierre que se da en la frontera, sellando lo objetivo con indeleble subjetividad. En el hablante, se da la siguiente sucesión de procesos: aprender → conocer → comprender. En el oyente: aprender → conocer → entender (interpretar). Parafraseando, de al­guna manera, a Wittgenstein (1999), podríamos expresar lo anterior en el siguiente aforismo: Se puede entender e interpretar lo que se dice y se escucha, pero solo se llega a comprender lo que se calla.

Toda esta dinámica está asegurada, como se muestra en el esquema, por el mantenimiento persistente del núcleo lógico fundamental que representa el lenguaje universal, sobre el que está estructurada y funciona toda la realidad subjetiva, como ya hemos visto repetidas veces.

En un intento de enfocar lo hasta aquí con­siderado desde una visión práctica, abordare­mos el tema de la ironía como una muestra de las distintas facetas involucradas en el proceso comprensivo de nuestro lenguaje natural. Cuan­do abordemos los trastornos psíquicos que aquejan a los que padecen de TEA, asimilemos cabalmente por qué estos niños no compren­den el doble sentido ni pueden colocarse en el lugar del otro, siendo esclavos de la literalidad.

La ironía como modelo de la comprensión

La ironía representa, en su mayor parte, un elemento eminentemente pragmático. Prueba de ello lo da el bagaje cultural del que hay que disponer para interpretar una expresión irónica. Lo dicho irónicamente en una cultura y median­te una lengua determinada puede no resultar irónico en otras circunstancias, aunque lo iróni­co siempre esté presente. No obstante, se toma la figura de la ironía porque, más allá del len­guaje mismo, su figura discursiva tiene muy bien demarcados los mecanismos de producción y, sobre todo, los de la comprensión.

La ironía es una de esas raras estructuras de nuestro lenguaje que nos muestra, sin veladuras, la realidad tal como es, ya que, por debajo de su aspecto superficial (evidente) manifestado en el significado literal, aflora su esencia, lo profundo: el sentido. No hay ninguna otra estructura sim­bólica que tenga esta propiedad, es decir, la de llevar el pensamiento a flor de piel. Es por esta razón que la ironía constituye un material ideal para investigar los mecanismos cognitivos de nuestra psiquis y, entre ellos, los dedicados a la comprensión de nuestro lenguaje natural.

Ironía deriva del término griego εἰρωνείa (eiro­neia), que significa simulación. El simulador (ei­ron) finge ignorar aquello que conoce, velando así su verdadera intención. La estructura psíqui­ca que permitiera la producción de una aserción irónica, evidentemente, debería estar facultada para posibilitar su comprensión si se la recorre, por decirlo de alguna forma, simultáneamente en sentido inverso; de lo contrario, resultaría inadmisible, siempre que no esté afectado por alguna patología, que quien profiera una ironía no comprenda lo que está diciendo. Por otro lado, hay que considerar un detalle no menor: un hablante no es solo tal, sino que pasa alter­nativamente a ser oyente y viceversa, por lo que un mecanismo de ida y vuelta tiene que estar asegurado y se debe cumplir simultáneamente. Teniendo en cuenta lo anterior, intentaremos analizar, en forma sencilla, las supuestas bases psicobiológicas de su comprensión.

En una situación discursiva en donde se platee la ironía frecuentemente, la intención oculta se hace manifiesta por el contexto, la entonación, el lenguaje corporal que intenta dar a entender algo distinto de lo que se está diciendo en modo verbal; de allí la importancia de lo cultural. Cual­quiera que sea la manera de hacerse evidente, la ironía es una forma que irrumpe en la comunica­ción humana desde el mismo surgir del lenguaje.

En los albores del conocimiento ya se tiene re­gistro de ella y desde su lugar como tropo en la antigua retórica hasta su uso persuasivo en un discurso político actual, la ironía es un acompa­ñante incondicional de nuestro lenguaje natural.

Un aspecto lingüístico que haya sido aborda­do desde tantos puntos de vista nos tiene que llamar la atención. Llevamos más de dos mil años tratando de definirla y, aún hoy, no hay una respuesta definitiva. Por tanto, no creo que haya demasiado error si se considera a la ironía como un universal que, más allá de los matices que lo tornasolan, ostenta un núcleo fundamental de naturaleza compleja y absoluta constancia.

La lógica transcursiva puede definir ese núcleo a que hiciéramos referencia y lo puede hacer desde que la ironía tiene como base lógica un PAU (patrón autónomo universal). De tal forma que, si se logra demostrar lo anterior, podríamos generalizar el concepto y decir, basándonos en la propuesta presentada en este trabajo, que toda la realidad subjetiva es irónica.

Dada la trascendencia que actualmente tiene el abordaje del discurso irónico desde la prag­malingüística, tomaremos una de las tantas teo­rías sobre la ironía de las que se han elaborado en esta especialidad para contrastarla con el en­foque lógico transcursivo.

Se ha elegido la teoría de la relevancia pro­puesta por Sperber y Wilson en 1986 básica­mente porque, más allá de ser una teoría con una importante vigencia, intenta hacer un apor­te a la comprensión de los procesos cognitivos que se suponen que brindan elementos que per­mitirían determinar lo implicado a través de lo dicho (Sperber y Wilson, 1995). Además, ha sido muy utilizada para fundamentar algunos aspec­tos de la ToM. Los autores tratan de cubrir la brecha que, en el uso diario de nuestro lenguaje, se da entre lo que se dice textualmente y lo que realmente se quiere comunicar y lo hacen desde la aplicación de distintos mecanismos inferen­ciales.

Antes de abordar lo que la teoría propuesta nos dice sobre la ironía, vamos a ubicarla en el contexto científico. Adepta sin discreción a la teoría modular de la mente de Fodor: “Siguien­do a Fodor (1983), nosotros vemos la mente como una variedad de sistemas especializa­dos, cada uno de los cuales con su propio mé­todo de representación y computación” (p. 71). Constituye un bastión importante de la psico­logía cognitiva. Recordemos que esta rama de la psicología supone que la mente funciona de manera análoga a una computadora, aunque arguyendo un no-mecanicismo al suponer que el hombre construyó las máquinas a imagen y semejanza de sus estructuras mentales inna­tas, según rezan algunos de sus defensores (Gil, 2006, p. 413).

Un enfoque tan dirigido, necesariamente, que­da anclado a una perspectiva lógica estrecha y que no es otra que la de la lógica clásica. Sper­ber y Wilson (1995) nos hablan desde su teoría, de inferencias, como los únicos representantes genuinos de los procesos cognitivos o mentales; es decir, del pensamiento.

Aceptar sin ambages los principios lógicos que rigen a la lógica aristotélica como leyes del pensamiento es, como mínimo, una descripción inconveniente (Stebbing, 1965, p. 529) pues su­giere una referencia directa a las uniformidades del pensamiento y a los aspectos psicológicos. Para que sea pertinente hablar de pensamiento cuando invocamos el punto de vista lógico tra­dicional, solo podemos estar hablando de pen­samiento lógico, cuyo único propósito es llegar a conclusiones a través del razonamiento. Este surge cuando partimos desde algo que conoce­mos para llegar a algo que, antes de tal razo­namiento, nos era desconocido. Conocer algo, ante esta perspectiva, se deriva de una creencia. Para que una proposición sea conocida debe­mos creer que es verdadera. El problema crucial que se plantea es que no se hace distinción en­tre creencia y conocimiento.

Hay, al menos, cinco formas de llegar a una creencia (Stebbing, 1965, p. 526):

  1. a) Que siempre hayamos creído en algo, que no cuestionamos y, ante lo cual, estamos iner­mes frente al error.
  2. b) Basados en la autoridad, que reconoce dos variantes: i) aceptación de una verdad por respeto, y ii) aceptación de una verdad por venir de un experto.
  3. c) Ante la evidencia directa (aparente).
  4. d) Por persuasión, que casi siempre está supedi­tada al engaño.
  5. e) Por convicción o razonamiento. Mecanismo que es patrimonio de la lógica y por ende, de la ciencia.

Si hablamos del pensamiento lógico debemos decir que una de sus características fundamen­tales es la pertinencia, aquella que permite esta­blecer conexiones, pero que, a la vez, no exime del juicio que hay que imponer para detectar incoherencias lógicas.

Sperber y Wilson (1995) extrapolan la perti­nencia antes aludida a una relevancia como pa­trón cognitivo universal.

Concretamente, la teoría de la relevancia se sustenta en el pensamiento lógico, es decir, aquel fundamentado en principios que no pue­den ser probados sin presuponerlos. En otras palabras, aporta pruebas relativas a algo no probado.

Los principios lógicos solo pueden ser probados por sí mismos (argumento circular) y, por tanto, dan origen a la auto-consecuencia que los trans­forma en leyes fundamentales que no pueden ser transgredidas. Esto es lo mismo que decir, según ya lo hemos visto, que se está anclado en una monocontextura.

La fuerte adherencia de los autores considera­dos a los preceptos fodorianos los obliga a plan­tear una arquitectura mental que en nada se dis­tingue de la de un compilador (Fodor, 1983, p. 41). Estos programas son modulares igual que la mente que pergeñara Fodor inspirado en la frenología de Gall (Domenech, 1977, p. 12).

Al tomar como respaldo la teoría computa­cional, la teoría de la relevancia, en sus rasgos básicos, puede ser tratada por el álgebra de Boole (1854), es decir, por una formalización al­gebraica de las siguientes operaciones lógicas: y (conjunción), o (disyunción), y no (negación), o sus equivalentes en la lógica de clases (Cola­cilli de Muro, 1979, p. 192): intersección, unión y complemento.

Haremos un análisis de la ironía según la ve la teoría de la relevancia, la cual afirma que “la tendencia cognitiva universal a maximizar la re­levancia hace posible que, al menos en cierto grado, se puedan predecir y manipular los esta­dos mentales de los demás” (Sperber y Wilson, 2004, p. 244). De esta afirmación, deriva el uso de la teoría de la relevancia como una de las jus­tificaciones de la existencia de la ToM.

La Figura 2 del anexo muestra un análisis so­bre una supuesta producción irónica analizada desde el álgebra de Boole, a través de un ejem­plo neutro de una producción irónica basado en la categoría aristotélica, sustancia que ontoló­gicamente es caracterizada por el par de con­ceptos opuestos: sustancia/atributos (Aristóte­les, 2004, p. 31), adhiriendo absolutamente a la lógica clásica.

De acuerdo con la aplicación del análisis lógi­co propuesto se llega a una ambigüedad entre engaño e ironía. La producción lingüística no permite diferenciar estas dos situaciones, por­que no hay forma de representar lógicamente esta diferencia, como no sea presuponiendo la inducción de inferencias en el oyente, a través de premisas implicadas (implicaturas), trans­mitiendo conclusiones implicadas (Sperber y Wilson, 2004, p. 252), lo cual es absolutamente arbitrario, ya que se extrapolan a un evento psí­quico las conclusiones derivadas de un análisis del pensamiento lógico. Se debe aclarar que en este análisis no se ha tenido en cuenta el con­texto; aspecto que en la teoría de la relevancia es “fabricado” (es ad hoc) siguiendo las mismas pautas lógicas que en el caso del pensamiento.

¿Cuáles son las posibles causas de esta ambi­güedad?

Una disposición jerárquica, transitiva y binaria de la información, por adherir a la lógica clásica, lo cual la vuelve estática.

Un problema con la identidad de cada situa­ción. Solo se tiene en cuenta lo cuantitativo, en donde ambas situaciones son iguales, en des­medro de lo cualitativo, en donde se diferen­cian. En otras palabras, a pesar de tratar con la intención ostensiva y lo inferencial, se excluye el sujeto (recordar la no designación de la lógica clásica), considerando solo el objeto.

No tener en cuenta el tiempo, que es la única forma de certificar una simultaneidad. Engaño e ironía se ven como sendas fotografías tomadas en un tiempo tn. Entonces, se ve 00 y se lo con­sidera como 0, por hacerlo en forma secuencial, en vez de ver 01 si se consideraran simultánea­mente.

La base metafórica de las ciencias cognitivas, la cual queda actualizada con las siguientes ex­presiones anónimas extraídas de la jerga infor­mática: “Las computadoras no son inteligentes, solo piensan que lo son”; “Las computadoras son de esos aparatos odiosos que nunca hacen lo que queremos, sino lo que le decimos que ha­gan”; “Si torturas lo suficiente a los datos, con­fesarán”; “Pasa suficiente tiempo confirmando una necesidad y la necesidad desaparecerá”; y, por último, una con un apropiado tono irónico: “La confusión está clarísima”.

¿Qué aporta la lógica transcursiva en el caso de la ironía?

Linda Hutcheon (1995) caracteriza el sentido irónico diciendo que es relacional, inclusivo y diferencial (p. 58). Lo de relacional, porque a la ironía la plantea como una estrategia que rela­ciona no solo sentidos (dijo, no dijo), sino tam­bién sujetos que actúan como intérpretes y, a la vez, como generadores de lo irónico. El sentido irónico surge como consecuencia de una rela­ción dinámica entre generadores de sentido di­ferentes con el fin de crear algo nuevo. En otras palabras, nos sugiere la imagen provocativa de un fenómeno complejo de tensión entre lo dicho y lo no dicho, en donde cada uno de los cuales toma sentido en función del otro. Además, no plantea esta relación en condiciones de igual­dad, sino todo lo contrario, el poder de lo no dicho como desafío sería la condición semántica fundamental de la ironía.

Lo inclusivo lo refiere, poniendo como ejem­plo la ilustración del famoso conejo-pato que publica Wittgenstein (1999) en sus Investigacio­nes Filosóficas para mostrar una ilusión óptica en donde la figura puede interpretarse como pato si los dos apéndices que salen de ella hacia la izquierda se asimilan a un pico; o como un co­nejo, si son interpretados como un par de largas orejas (ver figura 3 del anexo).

Menciona el filósofo que no podemos expe­rimentar ambas lecturas al mismo tiempo. Hut­cheon (1995), en cambio, sugiere que, si estas figuras son interpretadas como componentes de una situación irónica, nuestra mente podría verlas al mismo tiempo (esta es una posición idéntica a la adoptada cuando analizamos el cubo de Necker desde la LT [Salatino, 2012, p. 406]). Planteado como algo dinámico, sugiere que podría haber en lo irónico una rápida osci­lación entre lo dicho y lo no dicho y, si bien esta visión de conjunto no permite ponderar como más relevante a ninguno de los componentes, esta mezcla de sentidos semánticos, aunque se­parados por el sutil borde de la ironía, permite hacerse una idea del sentido irónico como go­bernado por el cambio y no como algo estático.

Lo global, en fin, lo plantea como la necesi­dad de abandonar las restricciones de la noción semántica estándar de la ironía que la propo­ne como una inversión. Es decir, como formada por dos contrapartes enfrentadas y sustituibles. Los patos no son lo contrario a los conejos, sim­plemente son diferentes. Podemos hablar de incongruencia, asevera la autora, pero esa in­congruencia no puede ni debe asimilarse a con­trariedad.

Ambos términos deben ser percibidos juntos y sólo separados por un borde neto que permita la comparación para que la incongruencia pue­da ser considerada irónica; que pueda ser tole­rada, agregaríamos nosotros.

Hideki Hamamoto (1997), en su artículo Irony from a cognitive perspective (p. 257), propo­ne un modelo de los aspectos cognitivos de la ironía. En él indica que en la ironía habría dos componentes cognitivos: un conocimiento pre­vio surgido de la realidad superficial (aparente) y que genera expectativas o predicciones; y uno posterior, o reconocimiento, que tipifica un de­terminado fenómeno como efectivamente real. El elemento fundamental del fenómeno irónico sería la discrepancia entre el reconocimiento y el conocimiento previo (o expectativa), que co­rrespondería al concepto de “tensión” plantea­do por Hutcheon. La diferencia entre el “cono­cimiento de la ironía” y su “forma lingüística” se debe a una diferencia de niveles: uno no-lingüís­tico y el otro lingüístico, aunque, no necesaria­mente uno sea la negación del otro.

Hamamoto, en 1995, propone un esquema (Fi­gura 4 del anexo) en donde intenta una sistema­tización del fundamento cognitivo de la ironía. En este esquema, sobre el eje –C/C no existiría discrepancia entre E (lo esperado) y R (lo real). En términos de Hutcheon, no existiría “tensión” entre ellos. En cambio, sí habría discrepancia entre los dos niveles a lo largo del eje –D/D.

El mecanismo en los niveles cognitivo y lin­güístico funcionaría contemplando cuatro mo­dalidades irónicas básicas:

  1. La estándar o prototípica, igual a la que ad­hiere Grice (1995, p. 53). Nivel lingüístico: 1 (se afirma algo como real); Nivel cognitivo: 0 (se piensa lo opuesto) …Máxima Discrepancia
  2. En donde está involucrada la disolución de una situación. El hablante expresa verbal­mente la percepción de discrepancia entre la expectativa (E) y la realidad (R). Nivel lingüís­tico: 0 (se sugiere la discrepancia); Nivel cog­nitivo: 1 (se sabe que la realidad es lo opuesto) …Mínima Discrepancia
  3. Aquí se describe el estado real (una situación verdadera) tal como es. Nivel lingüístico: 1 (se plantea la solución a la situación irónica); Ni­vel cognitivo: 1 (se piensa la realidad tal como se la expresó); …Máxima Congruencia (ironía cancelada)
  4. Se plantea el caso de las declaraciones irónicas involuntarias. Nivel lingüístico: 0 (dice algo iró­nico sin quererlo); Nivel cognitivo: 0 (no per­cibe la realidad incongruente) …Mínima Con­gruencia
  5. El autor propone una posible situación iróni­ca que se superpone a la primera en cuanto al código binario que la caracteriza, pero en sí, representa una situación invertida. En la primera modalidad, la realidad resulta ser lo opuesto a lo dicho, por lo que el oyente, al percatarse de la incongruencia, vuelve, gene­ralmente, a proferir la misma expresión escu­chada, pero con una entonación distinta para hacer evidente la ironía. En este caso de la inversión, todo esto se hace de una sola vez; es decir, el oyente conociendo la realidad ne­gativa de antemano la expresa positivamente de una manera irónica.

El funcionamiento del esquema de Hamamo­to, según lo hemos descrito, constituye una co­nexión de Galois (2), o sea, una oposición me­diada por otra oposición idéntica a la señalada como el patrón de nuestro PAU y, como tal, al núcleo del lenguaje universal, como así también, a la estructura dinámica de una especie. Esto úl­timo es trascendente, pues transforma a la iro­nía en una suerte de piedra rosetta o de trilobite semiótico (si se me permite el término) que nos posibilita desentrañar, de alguna manera, el por­qué de nuestros pensamientos e ideas y cómo el lenguaje cotidiano enmascara o trastoca la rea­lidad subjetiva que pretende comunicar nuestro lenguaje natural, al pasar por el filtro psíquico. Esto da absoluto sentido a la expresión que acu­ñáramos al comienzo de este apartado: “la iro­nía es la única estructura simbólica que lleva el pensamiento a flor de piel”.

Como se aprecia en la figura 5 del anexo, la correspondencia entre el esquema propuesto y la especie, desde el punto de vista lógico, es ab­soluta. En el esquema, se pueden individualizar los dos niveles operativos de la ironía. Por un lado, el dextrógiro (DX) o SVO, representando el nivel lingüístico convencional o superficial y que se corresponde paso a paso con lo estructural o volitivo de la especie; y por otro, el levógiro (LV) o O▼S, que representa el nivel de la cognición o profundo y que guarda relación estricta con lo funcional de la especie o aquello que constituye el prolegómeno del pensamiento; esto es, de la actividad cognitiva propiamente dicha.

La operación de nuestro esquema de la ironía es muy simple si se acepta, por ejemplo, que el nivel superficial se puede traducir directamente a lo lingüístico puro, por constituir el esquema expresivo adoptado por la lógica aristotélica, en donde las afirmaciones acerca de los atributos de una sustancia son declarados de una forma natural en proposiciones singulares de la forma del sujeto-predicado (Stebbing, 1965, p. 529). Se debe recordar que el nivel superficial es el de la monocontextura o binario, aquel que se ajus­ta estrictamente a la lógica tradicional y el único que en realidad aborda la teoría de la relevan­cia (como cualquier otra teoría lingüística). Por otro lado, la relación que guardan los elemen­tos del nivel superficial es la que aparece en casi cualquier expresión idiomática, por lo menos de nuestras lenguas indoeuropeas: S = sujeto, V = verbo (acción) y O = objeto.

En cuanto al nivel profundo, su estado deriva de las operaciones lógicas transcursivas (Salati­no, 2017, p. 225) mediante las cuales se pueden registrar todas las variantes irónicas básicas y transitar por ellas, sincronizándose así con los distintos momentos del funcionamiento psíquico.

En la variante irónica [1], el foco es el objeto o lo cuantitativo (la apariencia); en la variante irónica [2], lo es el sujeto o lo cualitativo a tra­vés de lo afectivo; en la variante irónica [3], se considera la unión (Ս) de los elementos de las situaciones anteriores, en donde, sin embargo, se respeta el borde de la ironía a través de una disyunción lógica. De esta manera, se convali­da el aspecto dinámico, ya que el foco principal es el cambio evidente, o sea, la ironía superficial o aquella que ponen en evidencia los elemen­tos lingüísticos. Finalmente, en la variante iró­nica [4], en donde la intersección (Ո) entre los elementos se soslaya mediante una conjunción lógica que, aunque profunda, revalida una cate­goría que le hace perder la intención irónica a la situación. Por esta razón, su foco es el cam­bio profundo: aquel que, sin ser evidente, opera en forma oculta una reorganización situacional que emerge intempestivamente, a pesar de su productor, transformándose en una acción evi­dente modificada y permitiéndole al interlocu­tor que advierte la no intencionalidad solazarse en lo irónico, mientras que su productor (que perfectamente puede ser un autista) no percibe la ironía o el doble sentido como tal, porque ca­rece del debido tono afectivo.

La ironía, observada desde el punto de vista psíquico-estructural y dinámico, permite a la ló­gica transcursiva proponer el esquema de la Fi­gura 6 del anexo para explicar el doble proceso de comprensión/producción lingüística.

La situación irónica, cualquiera sea esta y como tantas otras, es típicamente heterárqui­ca, o lo que es lo mismo: opera distintos niveles simultáneamente. Por tanto, su abordaje desde la lógica monocontextural (binaria o clásica) es, cuando menos, dificultoso.

Vimos que, en el planteo irónico, se usan los operadores lógicos tradicionales de conjunción (y lógico), disyunción (o lógico) y negación, pero la forma eficiente de tratar con una situa­ción compleja como esta, en donde no se puede dejar de lado al sujeto productor, es manejando en forma generalizada lo conjuntivo y lo disyun­tivo y en forma policontextural la negación; como lo hace la lógica transcursiva, al contem­plar aspectos tan típicamente subjetivos.

De la propuesta anterior, se desglosan, ahora sí, los procesos involucrados en un acto de ha­bla (como el propuesto, aunque no soluciona­do, por Searle en 1986) y en toda comunicación evidente. En otras palabras, lo que se piensa, la intención que conlleva y el efecto que produce a través de la comprensión y producción, res­pectivamente.

Mediante lo conjuntivo generalizado (equiva­lencia: ≡) se enfoca la comprensión al sincronizar desde la estructura psíquica (ideas o represen­tantes del tiempo externo), la función psíquica (o pensamientos) cuyo sustrato es la negación transcursiva que opera el tiempo interno. A tra­vés de lo disyuntivo generalizado (disyunción exclusiva: XOR), se opera la producción de ex­presiones lingüísticas.

La operación paralela y simultánea de estos dos circuitos es un modelo posible de una circu­laridad distribuida de un sistema en su entorno, que oscila, como en la propuesta de Hutcheon, entre ambos niveles: superficial y profundo, aunque respetando el borde (la frontera) que liga lo subjetivo y lo objetivo.

Un posible funcionamiento sería: toma de los estímulos (señales), desde la superficie a través de un significado, creando estructura psíquica mediante las ideas al registrarlas en la profun­didad, insertándolas en la historia del sujeto (generación de un signo operativo: Patrón de Acción Fijo [PAF]). Luego, se elabora un sen­tido que surge de la comprensión del signifi­cado (de un signo), formándose un símbolo al establecerse funcionalmente en el pensamiento, para después resurgir en la superficie como una expresión simbólica lingüística que es portado­ra de un nuevo significado, una intención y una facilitación para lograr un determinado efecto en el entorno, pero sin relación con estructura ni proceso psíquico alguno. En el niño que pa­dece de alguna variante de TEA, al solo tener la posibilidad de relacionar dos objetos mediante un cambio interno (y no un sujeto y un objeto mediante un cambio externo) (Salatino, 2021), se produce una desconexión social que susten­ta algo así como una motivación hacia adentro, ignorando la existencia del requerimiento que, desde el entorno, alguien le hace.

Conclusiones

En este trabajo hemos revisado críticamente algunos aportes que las ciencias cognitivas han hecho al tema de la comprensión del lenguaje, para, desde allí, justipreciar las bondades que se le asignan a la ToM. La improcedencia del mo­delo analizado tal vez debamos buscarla en el hecho de que los aspectos subjetivos del len­guaje son un tema de investigación largamente descuidado por la ciencia en general y por la lin­güística en particular; desde la ciencia general, porque su objetividad proscribe el abordaje de lo subjetivo y desde la lingüística, porque adhi­rió sin concesiones a las ciencias cognitivas al transformarse en parte de ellas. El concepto de mente fue, paradójicamente, clave en la promo­ción de este descuido, al surgir como patrón oro de las ciencias cognitivas, en contra del conduc­tismo.

En la década de 1960 y, básicamente, de la mano de la por entonces recientemente creada psicología cognitiva e influenciada por la nacien­te revolución informática, dejando de lado el ce­rebro (el aspecto biológico), se concibe la men­te (supuesta base de lo subjetivo). Esta se podía entender como una colección de programas de computación que manejaban operaciones sim­bólicas (nunca explícitamente detalladas), en donde, como es razonable, no quedaba lugar para el sujeto y sus avatares. De esta manera, se produce una insalvable división entre lo cog­nitivo y lo volitivo, lo que a la postre constituyó no un rechazo, sino un modelo depurado de la psicología conductista en donde la psiquis no era tenida en cuenta.

La propuesta cognitivista cambia el par estí­mulo-respuesta conductista por el input-output informacionista y nada más. Como diría Bunge (2004, p. 230), “la ventaja de este difundido punto de vista es obvia: puesto que sus prac­ticantes no meten las narices en los cerebros y ni siquiera se asoman a ellos, no tienen que manipular la parafernalia de laboratorio o ves­tirse con guardapolvo. Ni siquiera están obli­gados a leer publicaciones sobre neurociencia. Todo lo que deben hacer es ‹‹estudiar qué hay en la mente (su propia mente)››”. El mismo Bun­ge puntualiza, muy concretamente, los errores evidentes que conlleva esta visión tan estrecha de los aspectos subjetivos, entre los que men­cionaremos: 1) Confunde la mente (cerebro) con los modelos conceptuales que permiten simulaciones en un computador; esto es como aceptar que un cirujano, al abrir un paciente, se encontrase con láminas a todo color como las dibujadas por Testut, en vez de órganos, vasos y sangre reales; 2) Asume que el hombre es un procesador simbólico, lo cual desbarata todo lo subjetivo que soporta a la expresión lingüística, desconociendo, además, que lo simbólico del lenguaje no tiene su origen ni siquiera en pro­cesos sub-simbólicos (como sugiere Bunge), sino pre-simbólicos o pensamientos como se los cataloga en esta investigación. Lo simbólico no se construye desde los conceptos, sino de nociones que, al incorporar el tiempo (interno), devienen en pensamiento y todo esto parte de considerar al sujeto como el particular-universal implícito, portador (en su subjetividad) del len­guaje universal de la realidad, y 3) No explica ningún proceso mental; un diagrama de flujo no tiene nada que ver con proceso mental alguno.

Concluyendo, entonces, para Chomsky (el fundador más carismático de las ciencias cog­nitivas) y todos sus seguidores, la mente es in­material (irreal) y, por lo tanto, no solo no tiene nada que ver con el cerebro, sino que tampo­co con el sujeto portador de ese cerebro. Esta situación decantó en una psicología y todas las subespecialidades que derivaron o usan de ella hasta hoy, que pudo adscribirse libremen­te a una modularidad de la mente (introducida por Fodor en 1983), enormemente populariza­da como base para la interpretación del origen y funcionamiento del lenguaje, por psicólogos evolucionistas como Pinker (2001, 2003, 2007), quien más allá de la polémica desatada con Fodor por el aspecto computacional de la men­te, se transformó junto a otros bestsellers de las ciencias cognitivas, en uno de los principales di­fusores de esta limitada concepción de lo subje­tivo que nació en la práctica, desde los trabajos pioneros de Chomsky.

En la década de 1980 surge una alternativa a la visión informacionista, el conexionismo que, si bien no podríamos decir que la reemplazó, pero sí que hoy es la que tiene quizás mayor relevancia.

Esta nueva corriente que tiene sus raíces leja­nas en el tiempo (en el trabajo de W. McCulloch y W. Pitts de 1943) se basó en la construcción de neuronas artificiales y su posterior conexión en un intento de simular el funcionamiento ce­rebral. La primera neurona artificial (Rosenblatt, 1961) sirvió de acicate, no para los neurocientífi­cos, como era de esperar, sino para aquellos que se dedicaban a la computación y solo tardía­mente, cuando este tipo de desarrollo alcanzó un nivel importante gracias a comprender mejor sus posibilidades (Minsky, 1967) se difundió en el campo de la inteligencia artificial y alcanzó también, para quedarse, al ámbito lingüístico (Redes conceptuales de Hudson [1984]; redes no simbólicas de Lamb [1999]).

Aunque es verdad que el conexionismo tiene ataduras más firmes con el cerebro que el infor­macionismo, y aún en el caso de las aplicaciones lingüísticas que pretenden despegarse de las aplicaciones estrictamente computacionales, no deja de ser un enfoque reduccionista en extre­mo e inductor de profundos malentendidos.

Así, como dijimos anteriormente que el hom­bre no es un procesador simbólico, debemos decir que el cerebro del hombre no es una co­lección de compuertas lógicas todo-nada. Eso son, sí, las redes neuronales. Son simplemente modelos matemáticos muy ingeniosamente di­señados para cumplir con los formalismos bási­cos de la lógica binaria. Como tales, entonces, no pueden manejar aspecto subjetivo alguno, por más que hoy se las humanice enfocándolas desde la hipótesis localizacionista de las funcio­nes mentales que, según sus defensores, ha sido ampliamente confirmada por la neurociencia contemporánea mediante modernos métodos de diagnóstico utilizando imágenes computa­rizadas del cerebro como la Resonancia Mag­nética Funcional (fMRN; Lamb, 2004: 227-53, 254-76; 2006: 4; 2009). Estas confirmaciones pierden confiabilidad cuando aparecen publi­caciones como la del trabajo Broca’s area and language instinct (Musso et al., 2003), en donde se demuestra (de una manera muy poco cien­tífica), mediante los mismos medios (fMRN), la probable existencia del centro de la gramática universal (propuesto por Chomsky) en el área de Broca; algo totalmente distinto a lo que di­cen demostrar los estudios en los que se basan las apreciaciones de Lamb (1999), e inclusive del mismo Bunge (2004), que solo nos proveen información sobre dónde, supuestamente, ocu­rren las cosas en el cerebro, pero no de lo que allí sucede, con lo cual, muy mal se puede de­fender la existencia de una ToM.

Tampoco constituye un aporte a la compren­sión de los fenómenos subjetivos del lenguaje la propuesta de Lamb, que sugiere que no se pueden entender los procesos cerebrales del lenguaje sin entender lingüística. O sea, el fun­cionamiento de las estructuras neurales dedica­das al procesamiento del lenguaje no se puede entender si no se tienen en cuenta los aspectos lingüísticos. Luego, basados en la evidencia ob­tenida desde la neurociencia y combinándola con la evidencia proveniente desde la lingüísti­ca, sería posible construir un puente entre las redes neuronales y las redes lingüísticas (Lamb, 2009). Los inconvenientes que existen con esta propuesta derivan, por un lado, de que las su­puestas redes lingüísticas tienen un fundamen­to que en nada las distingue de las redes neu­ronales artificiales y, por otro, que se declara complementaria de la lingüística analítica (que incluye la gramática generativa de Chomsky, la gramática léxico-funcional (una variante de la anterior), la gramática cognitiva, entre otras).

La lingüística analítica, nos dice Lamb (2009), intenta describir los datos lingüísticos mientras que la lingüística neurocognitiva (tal como se conoce hoy la propuesta de Lamb), examina los datos lingüísticos como “evidencia de una es­tructura del sistema de información cortical” o que la corriente analítica tiende a ver las pala­bras y otras unidades lingüísticas como objetos o símbolos almacenados y la neurocognitiva, en cambio, ve las unidades lingüísticas en términos de conexiones distribuidas en una red, entre otras observaciones por el estilo.

Con todo esto, queremos mostrar que el en­foque cognitivista (ya sea informacionista o co­nexionista) no contempla ningún aspecto sub­jetivo del lenguaje que le permita hablar sobre la comprensión, y mucho menos aun de adivinar las intenciones de los demás, con solo analizar sus expresiones. Es más, lejos de ello, trata de seguir demostrando (sustentado de una u otra manera en la metáfora computacional) que el lenguaje se basa en aspectos lógicos que dan pie para simularlo mediante una computadora y así poder explicar su posible funcionamiento, un mecanismo inferencial que está totalmente divorciado de la realidad del lenguaje natural humano.

En contrapartida a todo lo anterior, basamos la comprensión del lenguaje natural en la estruc­tura y función psíquicas. Este enfoque permitió definir cómo nuestro cerebro lleva adelante la actividad cognitiva mediante una estructura ló­gico-relacional básica: la especie. Los procesos de identidad que allí se dan permiten el surgir de una auténtica comprensión de un determi­nado hecho; esto es cuando, usando el pensa­miento, se le encuentre sentido a algo, algo que el autista, al tener una distorsión de su estruc­tura psíquica (Salatino, 2021), no puede hacer.

La comprensión del lenguaje, entonces, la po­dríamos equiparar a un tipo de complementación entre lo volitivo y lo cognitivo, que permite ex­presar el sentido encontrado a un hecho median­te una acción. Es decir, provocando en la psiquis o en el entorno inmediato, una transformación. El autista, con su resistencia al cambio (dada su incapacidad social), no lo puede llevar a cabo.

También, pudimos ver que carece de sentido tratar de comprender un simple código, como lo es el lenguaje convencional. En cambio, el lenguaje natural humano debe ser comprendido para transformarse en una verdadera expresión del pensamiento. La razón de esta tajante dife­rencia debemos buscarla en los vicios lógicos en los que incurrió la ciencia de la mano de la ca­tegorización, núcleo operativo del cognitivismo.

La lógica transcursiva aporta una interpreta­ción del proceso comunicativo basada en ge­nuinos mecanismos psíquicos (propiamente subjetivos), en donde se puede comprobar el lugar que ocupa el fenómeno de la compren­sión: poder explicar por qué un niño con TEA no comprende el lenguaje.

Con una intención pragmática, se utilizó la iro­nía como modelo de comprensión, en un inten­to de descifrar, desde lo empírico, su exquisito mecanismo, a la vez de desestimar el uso de la lógica binaria (pensamiento lógico) para lograr el mismo objetivo. De esta manera, se deja cla­ro que todos los modelos de comprensión del lenguaje, hoy vigentes, adolecen de la distorsión que les imprime un supuesto enfoque objetivo de la ciencia. Además, se pudo demostrar en dónde está la incapacidad de los niños con TEA para captar el doble sentido de una expresión verbal.

Como corolario, entonces, no pretendemos descartar los logros habidos desde las ciencias cognitivas en el diagnóstico y tratamiento de los niños con TEA, sino que sugerimos que debería investigarse el tema desde otros puntos de vis­ta, como para aproximar aún más su diagnós­tico y elaborar planes de ayuda para combatir el déficit sociocomunicativo de estos niños, ba­sados en un soporte científico mejor elaborado.

Notas

(1) Las imágenes en color se pueden ver en la versión electrónica del artículo (nota del re­dactor).

(2) Conexión de Galois: a grandes rasgos, se puede decir que es una manera particular de oponer dos conceptos a través de otra oposi­ción. Si dos conceptos pertenecen a distintas categorías y uno de ellos es mejor conocido, a través de la Topología se puede establecer un homomorfismo entre ambas categorías (o sea, compararlas). Si se toman dos pares de concep­tos, que son vistos en cada par, como funciones opuestas, y si en uno de estos pares, por ejem­plo, sujeto – objeto, queremos establecer una relación de oposición concurrente; es decir, en donde ambos elementos, a pesar de ser exclu­yentes para la lógica clásica, estén presentes al mismo tiempo, se los puede oponer a través de otra oposición de las mismas características. Esto permite su comparación y el estableci­miento de la estructura algebraica que descu­brió Galois en 1832: el grupo. Este grupo cumple con una serie de características que convalidan la pertinencia de la comparación entre estos pares y permite demostrar que dos conceptos se pueden considerar opuestos sin ser exclu­yentes. Esta interpretación de la conexión de Galois posibilita establecer una relación entre lo objetivo (lo conocido) y lo subjetivo (lo desco­nocido), sugiriendo, así, que lo subjetivo debería corresponder también, de alguna manera, a los hechos reales.

Bibliografía

Aristóteles (2004). Tratados de lógica (el Orga­nón). México: Editorial Porrúa.

Boole, G. (1854). An Investigation of the Laws of Thought, on which are Founded the Mathema­tical Theories of Logic and Probabilities. Lon­don: Walton and Maberly.

Bunge, M. (2004). La investigación científica. Barcelona: Siglo XXI.

Colacilli de Muro, M. A. y J. C. (1979). Elementos de Lógica Moderna y Filosofía. Buenos Aires: Ediciones Estrada.

Domenech, E. (1977). La Frenología: Análisis his­tórico de una Doctrina Psicológica Organicis­ta. Barcelona: Elite/Grafic.

Fodor, J. A. (1983). The Modularity of Mind. Cambridge: The MIT Press.

Gil, J. M. (2006). Un estudio de la ironía en el capítulo 9 del Quijote de 1605. Nueva revista de filología hispánica, 54(2), 413-452.

Grice, P. (1995). Studies in the Way of Words. Massachusetts: Harvard University Press.

Hamamoto, H. (1997). Irony from a cognitive perspective. En R. Carston y S. Uchida (Ed.), Relevance Theory: Aplications and Implica­tions, pp. 257- 270. London: John Benjamins.

Hudson, R. (1984). Word Grammar. Oxford: Blackwell.

Hutcheon, L. (1995). Irony’s edge: The theory and politics of irony. New York: Routledge.

Lamb, S. M. (1999). Pathways of the Brain. The Neurocognitive Basis of Language. Philadel­phia: John Benjamins.

Lamb, S. M. (2004). Language & Reality. Lon­don: Continuum.

Lamb, S. M. (2006). Being Realistic, Being Scien­tific. En LACUS Forum 32: Networks. Houston, TX: LACUS.

Lamb, S. M. (2009). Langbrain. Language and Brain: Neurocognitive Linguistics. [en línea] http://www.rice.edu/langbrain/

McCulloch, W. S. y W. Pitts (1943). A logical cal­culus of the ideas immanent in neurons activi­ty, Bull. Math. Biophys., 5, 115-133.

Minsky, M. (1967). Computation: Finite and Infi­nite Machines. N. J.: Prentice-Hall.

Musso, M. C., Moro, A., Glauche, V., Rijntjes, M., Reichenbach, J., Buchel, C., et al. (2003). Broca’s area and the language instinct. Nature Neuroscience, 6, 774–781

Pinker, S. (2001). El instinto del lenguaje. Cómo crea el lenguaje la mente. Madrid: Alianza.

Pinker, S. (2003). La tabla rasa: La negación moderna de la naturaleza humana. Barcelona: Paidós.

Pinker, S. (2007). Cómo funciona la mente. Bar­celona: Destino.

Rosenblatt, F. (1961). Principles of Neurodyna­mics. Perceptrons and the Theory of Brain Me­chanisms. New York: Cornell University.

Salatino, D. R. (2021). Riesgo de autismo en la descendencia lograda mediante técnicas de reproducción asistida. Un análisis desde la ló­gica transcursiva. Revista de Psicopatología y Salud Mental del niño y del adolescente, 37, 9-24.

Salatino, D. R. (2018). La geometría funcional como fundamento de la estructura y la fun­ción del aparato psíquico. Revista de Psicopa­tología y Salud Mental del niño y del adoles­cente, 32, 77-94.

Salatino, D. R. (2017). Tratado de Lógica Trans­cursiva. El origen evolutivo del sentido en la realidad subjetiva. Mendoza, Argentina, auto­edición. ISBN: 978-987-42-5099-5.

Salatino, D. R. (2012). Aspectos Psico-bio-so­cioculturales del Lenguaje Natural Humano. Introducción a la teoría psíquica del lenguaje.Mendoza: Argentina, Autoedición. ISBN: 978-987-33-2379-9.

Salatino, D. R. (2009). Semiótica de los sistemas reales. Tesis Doctoral, Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Argentina

Searle, J. R. (1986). Actos de habla: Ensayo de filosofía del lenguaje. Madrid: Cátedra.

Sperber, D. y Wilson, D. (1992). On Verbal Irony. Lingua, 87, 53-76.

Sperber, D. y Wilson, D. (1995). Relevance: Communication and Cognition. Cambridge, Blackwell Publishers Inc.

Sperber, D. y Wilson, D. (2004). La Teoría de la Relevancia. Revista de Investigación Lingüísti­ca, VII, 237-286.

Stebbing, L. S. (1965). Introducción moderna a la lógica. México: Universidad Autónoma de México.

Wittgenstein, L. (1999). Investigaciones Filosófi­cas. Madrid: Altaya.