Cuerpos profanados, mentes quebrantadas. Abuso sexual infantil
Naly Durand
RESUMEN
Cuerpos profanados, mentes quebrantadas. Abuso sexual infantil. El presente trabajo intenta abordar las complejidades del abuso sexual infantil, desde la mente del abusado y del abusador. A través de algunas viñetas clínicas, se mostrarán distintos tipos de abuso en niños y adolescentes, diferenciando estados mentales perversos, polimorfos y psicóticos de los abusadores, así como su intencionalidad. También en la clínica se analizarán las diferentes reacciones de los niños y adolescentes abusados y la postura ética del analista frente a estos hechos. Palabras clave: abuso sexual, perversion, polimorfismo, psicosis, ética.
ABSTRACT
Profaned bodies, broken minds. Child sexual abuse. This paper attempts to address the complexities of child sexual abuse from the mind of the abused and the abuser. Through some clinical vignettes, different types of abuse in children and adolescents will be shown, differentiating abusers ‘perverse, polymorphic and psychotic mental states, as well as their intentionality. The clinic will also analyse the different reactions of abused children and adolescents and the analyst’s ethical stance regarding these facts. Keywords: sexual abuse, perversion, polymorphism, psychosis, ethics.
RESUM
Cossos profanats, ments trencades. Abús sexual infantil. El present treball intenta abordar les complexitats de l’abús sexual infantil, des de la ment de l’abusat i de l’abusador. A través d’algunes vinyetes clíniques, es mostraran diferents tipus d’abús en nens i adolescents, així com la seva intencionalitat. També en la clínica s’analitzaran les diferents reaccions dels nens i adolescents abusats i la postura ètica de l’analista davant aquests fets. Paraules clau: abús sexual, perversió, polimorfisme, psicosi, ètica.
Introducción
El maltrato infantil es una forma de violencia dentro de la cual está contemplado el abuso sexual infantil. Este es un flagelo a nivel mundial, una franca violación a los derechos humanos del niño que moviliza grandes esfuerzos para su control y atención. Sin embargo, cada día crece más y se especializa en modalidades diferentes Haciendo un poco de historia, hubo culturas, como la de los griegos, que admitían la pedofilia, pero con ciertas normas: los púberes debían tener más de 12 años; si los griegos se relacionaban sexualmente con niños de menos edad, eran castigados. En ese mismo orden de cosas, la pedofilia no era considerada en sí misma violenta, si no como un comportamiento “romántico” y de amor hacia los púberes; no se lo asociaba a las violaciones sino a situaciones de placer y cuidado. Una paciente adulta, haciendo referencia a los abusos que vivió con un primo de su madre, los relataba de la siguiente manera: “era un niño más, a pesar de sus 30 años. Nos sorprendía en un pasillo oscuro de la casa de mi abuela cuando jugábamos a las escondidas y, sin violencia, nos manoseaba. Hoy entiendo que intentaba masturbarnos; nos restregaba sobre su pene erecto, sin descubrírselo; nos besaba en el cuello, los brazos y nos lamía las tetillas de niñas de cinco años. Nosotras, mi prima y yo, moríamos de placer; nos disputábamos el lugar a ver quién corría primero, donde suponíamos que él se había escondido. Aún hoy ansío esas caricias con mi marido: estaban llenas de ternura y sensualidad”. Esto abre todo un mundo de interrogantes y, además, es lo que nos muestran las estadísticas actuales: el 80 % de los abusos son de niñas, el 85 %, de familiares; el 40% son incestuosos. Y, entre los abusadores, en primer lugar están los discapacitados con una cierta debilidad mental, luego los esquizofrénicos y los alcohólicos y finalmente, los seniles. El tema amerita abrir el espectro de nuestra comprensión psicoanalítica y, por supuesto, la atención a los niños víctimas de abuso sexual infantil. Esta compleja situación nos compromete en nuestra posición de psicoanalistas de niños y adolescentes, no sólo desde una perspectiva clínica, sino también desde una perspectiva ética. Respecto a la indagación y el abordaje del niño abusado, nos replanteamos la manera en que habitualmente se realiza. La forma indagatoria reedita la violación otra vez en la mente del abusado, somete al niño o al adolescente a recordar y hablar de situaciones que el observador externo necesita conocer, pero que no necesariamente el niño necesita decir. La sociedad, los juzgados de menores y también las familias creen que todo se resuelve a partir de la revelación de los hechos. Pretenden que el niño relate una y otra vez lo que le ha ocurrido, cada vez que se lo pidan, sin poder entender que a veces no quieren recordarlo y que cuando lo obligan a hacerlo, sienten que están volviendo a abusarlo. Por otro lado, hay que observar, analizar y respetar qué significado tuvo el abuso para cada niño. Hay diferentes maneras de cómo los niños vivencian el abuso. Algunas veces, embotados emocionalmente no le encuentran ningún sentido; otras, corrompidos e identificados, desarrollan una fascinación por el abuso y desean convertirse en un abusador; lamentablemente también lo suelen tomar como la única manifestación de cariño que reciben y cuando son muy pequeños lo pueden entender como un juego. Los padres de un niño de ocho años consultaron por una masturbación compulsiva de su hijo, desde los cinco años. Según él, una niñera le había enseñado a hacerlo. Era un niño que había sufrido durante su primer año de vida una patología muy extraña, en la que quedaba en apnea y había que reanimarlo. No tenía en ese momento buen pronóstico y se esperaba que no pudiera salir con vida de algunos de esos episodios. Evolucionó bien y a partir del segundo año se transformó en un niño muy ansioso. A partir del inicio de la masturbación, bajó su nivel de ansiedad y él decía que le gustaba hacerlo; durante su análisis, entendimos que le permitía liberarse de la angustia de muerte y que estaba muy agradecido por eso a su niñera. Como psicoanalistas deberíamos darle lugar a este tipo de sentimientos que tienen los niños y analizarlos en el consultorio, pero también tenemos que comprender que los padres no lo entiendan y que el adulto que provocó esa conducta fue responsable de una acción dañina para el menor, a pesar de que en este caso tan especial haya tenido otro desenlace en la mente de ese niño. Por supuesto, no podemos dejar de dudar de las intenciones de la niñera y de su patología. Hay diferentes tipos de abuso y todos son responsabilidad del adulto, aún teniendo en cuenta lo que nos explica Abraham (1925) en su antiguo y clásico artículo de principios del siglo pasado acerca de la sexualidad infantil. El autor hacía la diferencia del niño que seducía y participaba gustoso del abuso, configurando luego una neurosis obsesiva, mientras que el que era violentado configuraba una histeria. Pero dejando claro que siempre es el adulto el responsable del hecho. El niño, según la etapa de su desarrollo, puede o no participar, con placer y también con culpa, de algunos actos cuando estos no son lesivos para su cuerpo. Si el trauma o el abuso es más “benigno”, por Cuerpos profanados, mentes quebrantadas. Abuso sexual infantil Psicopatol. salud ment. 2020, M4, 89-9491 llamarlo de alguna manera, o no tan dañino, afecta a la personalidad del niño a nivel neurótico y necesita recordar el trauma y hablarlo para poder así olvidarlo. Pero cuando el daño es mayor y el trauma genera efectos tóxicos y crónicos, pueden necesitar olvidarlo con el objetivo de volver a recordarlo en otras circunstancias. La necesidad de recordar para olvidar, así como de olvidar para recordar, es propia, personal e individual de cada mente humana (Álvarez y Michelena, 2002). Obviamente, somos psicoanalistas y estamos hablando de un olvido entre comillas, que puede ser entendido como si la mente no quisiera o no pudiera recordar; o también, como si la mente entrara en un proceso defensivo de negación, el cual no hay que violentar, porque el niño lo siente como necesario, tal como pueden ser las defensas maníacas, útiles en los procesos de duelo normal, necesarias para que el Yo siga viviendo. En la especificidad de la relación analítica, en sintonía con el paciente, será posible interpretar aquello que el paciente pueda asimilar y soportar. Estos procesos de olvido, tal como los plantea Anne Álvarez (1992), podrían ser equivalentes a la necesaria latencia en el desarrollo de los seres humanos, que sobreviene luego del convulsionado Edipo. Una adolescente abusada por su padre recién pudo hablarlo en su segundo año de análisis diciendo que en su momento lo vivía como en una nebulosa, que sólo deseaba que terminara rápido, que no lo recordaba con claridad, hasta que empezó a soñarlo, como un repetitivo sueño traumático y recién allí pudo contarme que su papá se masturbaba contra su cuerpo. Esta paciente tenía dificultades para vivir su adolescencia, en interacción con sus pares. Era más bien la típica adolescente aislada y en su sexualidad adulta posiblemente también tenga problemas, por el nivel de perversión del progenitor y la pasividad de ella frente a los hechos. Como en todos los procesos psíquicos, la aceptación, comprensión y elaboración de los duelos es compleja y, más aún, los abusos sexuales son procesos dolorosos, largos y complicados, no siempre visibles, que en ciertos casos no pueden ser verbalizados. El abuso sexual infantil, así como cualquier otra situación traumática o patológica de la mente humana, es absolutamente singular en cada caso y no es posible llegar a una generalización simplista y reduccionista que puede dañar no solamente al niño y adolescente abusado, sino también al pensamiento psicoanalítico, en una comprensión errónea de los hechos. Existe una diferencia entre los estados sexuales de la mente polimorfos y perversos. Es importante diferenciar que cuando el abuso sexual surge de las perversiones, la intencionalidad de dañar al objeto y pervertirlo es explícita en su deseo; mientras que los abusos derivados de estados mentales polimorfos pueden ser confusos y pueriles buscando un placer sexual, al modelo del polimorfismo infantil de los niños, lo que da lugar al daño secundario y no una intención primaria. Otra situación diferente es cuando el abuso lo ejerce una persona con predominio de un estado mental psicótico (Meltzer, 1974). ¿Qué ocurre en la mente del abusado cuando no hay una intención de daño por parte del abusador? ¿Por ejemplo, cuando este último es un psicótico o un débil mental o se enamora del abusado? ¿Y qué pasa en la mente de ese niño cuando el abuso puede ser enmarcado en el contexto de una perversión, cuando el adulto tiene la intención de pervertir al objeto? Presentaré a continuación tres viñetas clínicas en las que podremos analizar y ver esas diferencias.
Mi mamá hacía cosas raras
Lucía, de 25 años, estudiante universitaria de una carrera humanística, inició su análisis al poco tiempo de haber fallecido su mamá. Una tía materna, que vivía con ellas y el hermano de Lucía cuatro años menor, fue internada en un geriátrico con un proceso de Alzheimer avanzado. De tal manera que ambos hermanos quedaron desprotegidos, ya que su padre tenía otra familia con hijos y su esposa no toleraba a Lucía ni a su hermano. Luego de casi un año de comenzar un análisis complicado por la inestabilidad de su lugar de residencia, Lucía puede hablar del verdadero problema. Era claro en el material que algo Naly Durand Psicopatol. salud ment. 2020, M4, 89-9492 más que la muerte de su madre la atormentaba. Esta tenía diagnóstico de esquizofrenia y había vivido encerrada con su tía y sus dos hijos, sin ningún tipo de tratamiento desde la separación de su marido. La tía abuela de Lucía había cumplido las funciones maternales que la madre no podía asumir. Llegó a una de sus sesiones angustiada y conmovida por una noticia que había salido en los diarios en esos días de una institución en la que se habían descubierto múltiples abusos de niños discapacitados. P: Mi mamá hacía cosas raras, ataba con hilos el picaporte de la puerta de mi cuarto para que nadie entrara mientras yo dormía. Siempre me decía que los hombres eran malos, que no les tenía que creer y que no me tenía que enamorar de ningún hombre. Yo tenía ocho años y no entendía por qué me lo decía. A: Ahora que te sientes ya más tranquila y confiada conmigo, me puedes contar estas cosas raras que hacía tu mamá. P: Y no sé si te voy a poder contar todo… (Mira para otro lado, se le llenan los ojos de lágrimas)… Se metía en mi cama desde que yo tenía cuatro años, no me acuerdo bien, si era a los cuatro, a los seis… no sé… Me acuerdo y me da mucho asco… Hasta los 12, 13 o 14 años… Yo lo vivía como si fuera un sueño, lo tengo en una nebulosa, sólo quería que terminara rápido y se fuera. ¡¡¡Nadie se daba cuenta!!! A: ¿Y tú no hablabas? ¿No se lo dijiste a nadie? P: No tenía en quién confiar, es la primera vez que me animo a decirlo. Al principio, cuando era muy chiquita, no entendía, creía que eran cariñitos. Después me di cuenta que los cariñitos en esos lugares no estaban bien y sentí mucho asco, pero no confiaba en nadie. Creí que ahora tampoco iba a poder decírtelo a ti… pero pude (llora). A: Quizás porque tu mamá ya no está, porque confías en que este tratamiento pueda ayudarte y porque era una necesidad muy grande poder compartir con alguien lo que has vivido durante tantos años confundida y en silencio. P: Ella estaba enferma, lo sé, era una esquizofrénica, ¡¡pero algo de responsabilidad en sus actos tiene que haber tenido!! A: ¿Qué sientes por ella? P: ¿Tú quieres saber si la odio? No, no la odio, pero fue un alivio que se muriera, es horrible pensarlo, sentirlo y decirlo… Unos meses antes de morir había intentado ahorcarme para que no me fuera de vacaciones con mi papá (llora), decía que él me iba a hacer daño. A mi hermano nunca le hacía nada, siempre lo dejaba libre para que hiciera lo que quisiera; ella decía que porque era hombre. A: Así como ella pretendía matarte para que tu papá no te hiciera daño, sin darse cuenta que matándote te estaba haciendo el peor de los daños, de la misma manera se metía a tu cama para evitar que te gustaran los hombres, que en su delirio te iban a dañar, sin darse cuenta que ella te dañaba mucho más. Quizás en su mente confundida posiblemente creía que te protegía si cambiaba tu identidad sexual. P: Tengo muchas ganas de llorar, mucha bronca con mi papá, que no me protegió, con mi tía abuela, que ni se imaginaba lo que pasaba, y una mezcla de asco, pena y rechazo por ella (Solloza convulsivamente y con angustia). El análisis de Lucía ha seguido el difícil camino de aclarar confusiones entre amor, erotización, juego, daño, perversión y locura, recorriendo también conflictos con su identidad sexual. Lucía está por terminar su carrera universitaria, con excelente desempeño, y está pensando hacer una maestría para trabajar en un tema afín a lo que fueron sus vivencias de niña. A pesar de los abusos que la madre pudo haber ejercido sobre el cuerpo de su hija durante los años de su infancia y pubertad, Lucía está pudiendo recuperarse, sin una negación maníaca de lo ocurrido y sin sentirse trastocada en lo esencial de su mente, ni pervertida en sus intenciones Entendemos que este abuso ha sido realizado en un estado mental psicótico del abusador y la situación ha sido analizada en el tratamiento de la paciente como un abuso sin abusador.
Seducida por amor
Ayelen, una adolescente de 17 años, fue enviada a una institución pública por haber sido abusada por su padrastro. A: Yo no estoy enojada con él, lo extraño mucho, yo lo quería y él también a mí, siempre me lo decía y me lo dijo cuando se lo llevaba la policía: Cuerpos profanados, mentes quebrantadas. Abuso sexual infantil Psicopatol. salud ment. 2020, M4, 89-9493 “Perdóname, Ayelen, me enamoré de ti, nunca quise hacerte daño” (llora) Y… se ahorcó en la celda del penal, dicen que dejó una carta para mí… mi mamá no me la ha querido dar (llora). E: ¿Y tú qué piensas de todo lo que nos ha contado tu mamá? A: Tiene razón en estar tan enojada. Es verdad todo lo que ella dice, pero nunca se dio cuenta hasta que se lo contaron mis hermanos. Juan se metía en mi cama todas las noches que ella se iba a trabajar en la guardia nocturna del hospital, desde que yo tenía 13 años. Al principio no me hacía nada, me miraba, hablábamos. E: ¿A ti no te daba miedo? A: No, porque él era muy bueno conmigo. (Silencio). Después nos empezamos a acariciar, a besar… Y ya cuando mi mamá empezó a trabajar todas las noches en el hospital empezamos a dormir en la cama grande ¡¡¡Lo extraño mucho!!! (Llora) ¡¡¡Por qué se tuvo que matar!!! ¡¡¡Se podría haber separado de mi mamá y nos podríamos haber casado!!! ¡¡¡Yo voy a cumplir 18 años!!! (Mirando a las entrevistadoras desafiantemente y con los ojos llenos de lágrimas) ¡¡¡Y qué…!!! No lo hizo ese actor famoso, ese feo de lentes grandes… (Haciendo referencia a Woody Allen) y no pasó nada (llora). La transparencia y la sinceridad de esta adolescente ayudan a poder seguir trabajando con ella, aún en el ámbito de un consultorio de hospital público, sin revictimizarla, ni indagarla violatoriamente. Para ella se había muerto “su marido”. La confusión, la competencia edípica, así como los celos y las culpas, seguramente los sentía, pero su vivencia más profunda era de un duelo por su enamorado; sin ningún sentimiento de haber sido violada, sino seducida por amor. ¿Esto es una confusión de ella o una realidad de la relación entre Ayelen y su padrastro, que era 16 años más joven que su madre?
La princesa y sus monstruos
Micaela mira muda y con grandes ojos desorbitados a su mamá, que relata los aberrantes abusos realizados por el padre en su cuerpo y el de su hermano varón dos años más mayor. La madre insiste en que ella hable: “cuéntale tú, Micaela, a la doctora, lo que les hacía tu papá”; “no me acuerdo”, responde la niña mirando hacia abajo. Cuando comienza su análisis y durante mucho tiempo sólo quiere colorear libros de princesas, no habla, mira con temor a la terapeuta y la madre pregunta al finalizar cada sesión si ha podido contar algo más. Para esta madre desesperada, es importante que su hija hable porque tiene la esperanza de que si lo hace, se vaya a exorcizar de todos los demonios, vaya a olvidar y se vaya a curar. Micaela no puede hacer referencia a nada de lo ocurrido desde que ella tenía aproximadamente tres años hasta los siete, cuando consultan. Su padre no sólo la había violado a ella, sino que obligaba a ambos hijos a mirar pornografía con él, presenciar masturbaciones grupales entre él y sus amigos y había incluido a sus dos hijos en una red de filmaciones de pornografía infantil. Fue necesario que pasara mucho tiempo antes de que Micaela pudiera empezar primero a dibujar figuras, que al principio eran incomprensibles, pero luego se veía claramente que eran las posiciones en que la filmaban con su hermano y otros niños. Las dibujaba y me las entregaba en silencio. Luego empezó a dibujar penes erectos eyaculando y finalmente ella muy chiquita como tapada por alguien muy grande. A medida que fue progresando su análisis, fue cediendo la masturbación compulsiva y los terrores nocturnos, así como también los juegos denunciados por algunos padres del colegio, en los que Micaela encerraba a sus compañeras en el baño y las masturbaba. Desde una perspectiva psicoanalítica, también podemos leer en Micaela la ambivalencia frente a los hechos: me gustaba / no me gusta; lo quería / no lo quiero. Pero este aspecto es para ser trabajado psicoanalíticamente con la niña porque el proceso de aceptación del dolor, la pérdida y el trauma es complicado y no siempre fácil de verbalizar. Las experiencias perturbadoras, pero que a la vez han ofrecido una gratificación a los deseos inconscientes de los niños, les generan ambivalencia. Así como Freud nos explicó que en el trabajo del duelo cada recuerdo debe ser enfrentado, lamentado y liberado, en el trabajo del abuso, de la misma manera, estos niños abusados deben unir sus recuerdos en pequeñas dosis, para que no sean experimentadas como una nueva intrusión. Como psicoanalistas que somos, e intentando comprender la mente de esta niña, sin dejar de considerar que el responsable es el adulto, no podemos dejar de ver el placer que ella pudo haber experimentado por la normal erotización propia de la edad, así como también el sentimiento de omnipotencia de sentirse adulta y desplazar a su mamá. Su papá no se privó de trastocarle los valores, de disfrazar el mal por el bien, de pervertir su función paterna transformándola en un sometimiento aberrante, pudiendo haber afectado los procesos identificatorios de su hija. Pero la pregunta sigue siendo si más allá de los síntomas con los que este cuerpo profanado habla… ¿Es en la mente donde podría anidar el peligro de una posible perversión?
Intentando concluir
Los destinos de un abuso, sea de las características que sea, pueden ser varios: la trayectoria hacia la comprensión e integración, como en el caso de Lucía; el encapsulamiento con posteriores síntomas, posible desenlace de la adolescente aislada, como en el caso de Ayelen. Y lo que es más grave: la afectación a toda la personalidad, que comienza a pervertir los diferentes aspectos de la mente y lleva al abusado a convertirse en un nuevo abusador, que podría ser el destino de Micaela. En estos casos, también hay que hacer la salvedad de cómo es la mente del niño abusado. Por ejemplo, en un caso de violación de un varoncito de seis años por su abuelo paterno, él hablaba mucho de lo que le había pasado y solía decir al comienzo de su análisis que lo tenía como idea fija en la mente. Eso lo llevaba a ir a observar a los niños más chiquitos de tres y cuatro años de su escuela, con deseos de violarlos como lo habían hecho con él. Y a medida que progresó su análisis, me fue diciendo que la idea se le iba desapareciendo poco a poco. El peor de estos destinos es cuando el abusador es un perverso o es una pareja de padres sadomasoquistas o es una familia perversa. Por ejemplo, el caso de una abuela que preparaba a su nieta con sus propios collares y su perfume para que su hijo mayor, hermano del padre, la violara. Cuando todo sale a la luz, el padre de la niña abandona a su esposa, negando las violaciones de su hermano a su propia hija, que habían sido comprobadas por el cuerpo médico forense y se va a vivir con su madre y hermano. Explorar los aspectos de un abuso puede llevar muchos años. Hay que ceñirse al ritmo del niño y trabajar en porciones manejables y digeribles, que son diferentes en cada uno. A menudo, hay que armar un aparato para poder pensar, porque no hay cómo contener un pensamiento, ni una emoción. Una niña de tres años, que no podía ni hablar, ni recordar, ni sufrir lo que le había pasado, en una primera entrevista se sacó su bombacha, subió al escritorio de la psicóloga, se puso a bailar mostrándole sus genitales, con el objeto de impactarle la mente, como ella había sido impactada por una violación intempestiva y traumática. Para terminar, intentaremos rescatar la esperanza, que siempre está en el fondo, como en la Caja de Pandora. Cuando un niño puede pensar, recordar, unir hechos, pensamientos y emociones en el tiempo que él lo necesite, con un objeto analista no abusador, tiene posibilidades de que su mente quebrantada pueda hacer alguna transformación.
Bibliografía
Abraham, K. (1925). Psicoanálisis Clínico. Buenos Aires: Ediciones Hormé. Álvarez, A. y Michelena Paggioli, M. (2002).
Una presencia que da vida. Madrid: Biblioteca Nueva.
Meltzer, D. (1974). Estados sexuales de la mente. Buenos Aires: Kargieman.

