Como aprovechar los recursos de los pacientes en los grupos terapéuticos

Imanol Portilla Ezkerra

 

RESUMEN

En este artículo haré hincapié en la idea de que las personas que acuden a buscar ayuda terapéutica cuentan con recursos y habilidades que les ayudan a resolver sus problemas, y que es tarea de los profesionales despertarlos y reutilizarlos para obtener aquellos objetivos que los propios pacientes plantean. PALABRAS CLAVE: recursos, habilidades, objetivos, facilitar, respeto.

ABSTRACT

HOW TO TAKE ADVANTAGE OF PATIENTS’ RESOURCES IN THERAPEUTIC GROUPS. In this paper the author stresses the idea that people who seek therapeutic help have resources and skills that can assist them to resolve their problems, and that it is the professional’s task to awaken and re-use these resources in order for patients to achieve the objectives which they themselves pose. KEY WORDS: resources, skills, objectives, provide, respect.

RESUM

COM APROFITAR ELS RECURSOS DELS PACIENTS EN ELS GRUPS TERAPÈUTICS. En aquest article posaré l’accent en la idea que les persones que recorren a buscar ajuda terapèutica compten amb recursos i habilitats que els ajuden a resoldre els seus problemes. És feina dels professionals desvetllar-los i reutilitzar-los per aconseguir aquells objectius que els mateixos pacients plantegen. PARAULES CLAU: Recursos, habilitats, objectius, facilitar, respecte.

Cuando comencé a ejercer mi profesión como psicoterapeuta, tenía la impresión que el modelo en el que me había formado, en mi caso un enfoque humanista centrado en la persona, era la panacea y que podría resolver cualquier problema que se me presentara. Por ello, anteponía en muchas ocasiones mi modelo, su filosofía y sus técnicas a lo que los pacientes expresaban y a sus necesidades: era como si el modelo me guiase, en lugar de ser yo el que hiciera uso de él: como si atendiese más a sus requisitos que a los pacientes, lo que provocaba que en múltiples ocasiones no tuviera en cuenta las fuerzas, los recursos y las capacidades de los pacientes, cegado en los requerimientos técnicos y los presupuestos teóricos de dicho modelo. Con la experiencia profesional y la profundización teórico-práctica en el estilo terapéutico centrado en soluciones y recursos –La relación de ayuda de Rogers y Carkhuff (1988)–, fui comprendiendo las limitaciones que “mi modelo” y cualquier otro conllevan, cediendo así el protagonismo al paciente, y supeditando el enfoque a éste; dando relevancia a lo que la persona busca en el tratamiento y lo que ello significa, aplicándolo a la intervención clínica ya sea individual, grupal o familiar, según se haya convenido en el abordaje. Deseo, pues, que estas reflexiones sirvan para ayudarnos, como terapeutas, a saber reutilizar las fuerzas con las que ya cuentan los pacientes; para mí el objetivo más gratificante y hermoso de este trabajo apasionante que me permite aprender día a día de ellos y, por tanto, de mí mismo. Desarrollaré esta propuesta a través de trece ideas. Investigando, posiblemente, encontraríamos más, pero está bien dejarlo en este número impar y primo, y sacudir la superstición que existe sobre él.

  1. Creer para ver

La primera idea necesaria para recuperar y aprovechar recursos, es creer en ellos. Parece muy sencillo, pero quizá no lo es tanto; requiere un entrenamiento y “desaprender”, en ocasiones, buena parte de la tradición psicoterapéutica basada en los diagnósticos de la psicopatología imperantes. Sabemos que si creemos en algo, esto operará para que suceda. La terapia también es una profecia autocumplidora, en muchas ocasiones. Creer en los recursos implica tener una actitud positiva que haga factible el cambio: ver todos los aspectos que conciernen a nuestros pacientes, también los recursos de los que son portadores y que les ayudarán. De este modo, mi hacer profesional me permite señalar estos recursos los cuales, al devenir significativos para ellos, refuerzan mi actitud a observarlos, otorgándoles de este modo una mayor confianza en sí mismos y en la posibilidad de controlar sus cambios. En cada sesión grupal podemos caer en la cuenta, de forma experimental, que nuestra manera de proceder como terapeutas está teñida de nuestras creencias humanas y profesionales, y que aquello en lo que nos fijamos y hacemos repetidas veces obtiene como resultado, datos e impresiones dispares. Girando el sentido del hecho terapéutico, también los pacientes que van conociendo nuestro estilo de trabajo, nos devuelven, con sus respuestas, las constancias e incoherencias de nuestro proceder. El proceso terapéutico requiere la valoración terapeuta-paciente/terapeutas-grupo, de tal manera que los sistemas de creencias de unos y otros puedan transformarse en sistemas de creencias más útiles y prácticos, no sólo para los pacientes que tienen dificultades, sino también para los terapeutes que, en palabras de Keeny (1992), “tienen que solucionar el problema de sus pacientes”.

  1. No somos diferentes de nuestros pacientes

Nuestra profesión es enriquecedora para los que la ejercemos porque, entre otras cosas, permite darnos cuenta que los seres humanos tenemos muchas similitudes: cuántas veces en las sesiones escuchamos aspectos que nos son cercanos, situaciones que hemos pensado, sentido, experimentado o vivido. En este sentido, terapeuta y pacientes (o grupos) comparten, en un determinado momento de sus vidas, un espacio común –“el encuentro terapéutico”–, y nada mejor que mostrar nuestro lado más humano para lograr una cercanía que posibilite una mayor confianza. Confundir a nuestros pacientes con la patología diagnosticada creará una enorme distancia entre él y nosotros, tal como queda reflejado en el diálogo de D.H. Lawrence (1991) titulado:

-¿Qué es él?

-Un hombre, por supuesto.

-Sí, pero… ¿qué hace?

-Vive y es un hombre.

-¡Oh! … por supuesto… pero debe de trabajar, tiene que tener alguna ocupación.

-¿Por qué?

-Porque obviamente no pertenece a clases acomodadas.

-No lo sé… pero tiene mucho tiempo, y hace unas sillas muy bonitas.

-¡Ahí está!… entonces es ebanista.

-No… no…

-Entonces carpintero o ensamblador.

-No… en absoluto.

-¡Pero si tú lo dijiste!

-¿Qué dije yo?

-Que hacía sillas, y que era carpintero y ebanista.

-Yo dije que hacía sillas, pero no que era carpintero.

-Y bien… entonces es un aficionado.

-Quizá… ¿Dirías tu que un tordo es un flautista profesional o un aficionado?

-Yo diría que es un pájaro simplemente.

-Y yo digo que es sólo un hombre.

-¡Está bien!… Siempre te ha gustado hacer juegos de palabras.

En nuestra necesidad de poner nombre a las cosas, a menudo, confundimos el nombre con la cosa. El diálogo refleja la tendencia que tenemos los terapeutas de catalogar y categorizar los discursos de los pacientes lo que hace que, a menudo, nos alejemos del ser humano que tenemos a nuestro lado. La posición de cercanía se ve facilitada por la disposición física que adoptamos, por los gestos, por nuestro lenguaje, o incluso por el mobiliario con el que disponemos nuestros espacios terapéuticos. Mostrarnos en determinados momentos como personas vulnerables, haciendo de pasada –si lo creemos oportuno y sin caer en intimidades– comentarios acerca de momentos en los que sentimos y vivimos situaciones parecidas a las que estamos escuchando, pueden favorecer esa posición de cercanía tan necesaria para establecer una buena empatía terapéutica. El siguiente fragmento de Jon Danne –que Ernest Hemingway toma como cita para su novela: Por quién doblan las campanas (1968)– expresa acertadamente esta idea: “Ningún ser humano es una isla remota en sí misma, sino que todo hombre es una parte de continente, un pedazo de tierra firme; si un pedazo de tierra firme es absorbido por el mar, Europa se ve disminuida; igual que si se tratara de un promontorio, la muerte de todo hombre disminuye, porque yo tengo que ver con la humanidad… No preguntes pues, nunca, por quién doblan las campanas: doblan por ti”. También el psiquiatra y psicoterapeuta A. Canevaro (2002), sostiene que deberíamos, al igual que los novelistas, vivir el máximo de situaciones posibles para así poder respetar las diferentes creencias, visiones del mundo y experiencias de nuestros pacientes. Por último, Hemingway (2002) decía, igualmente, que una de las condiciones para ser un buen escritor es la de “mezclarse estrechamente con la vida”.

III. ¿Qué es lo que más le gusta hacer?

Para localizar aspectos conservados de nuestros pacientes, es muy útil conocer sus aficiones, preferencias o trabajos, y mostrar interés por ellos. Una chica que, en el transcurso de una sesión grupal, había sido cuestionada por abandonar sus estudios y que pasaba por ser “un total desastre” para sus familiares – según su propia expresión–, cuando se valoró el interés que sentía por el cultivo de sus plantas y sus logros como aficionada, respondió vivamente regalándonos semillas de aguacate con las instrucciones para cultivarlas. Buscar en las personas cosas interesantes, agradables y positivas, hace que podamos rescatar recuerdos, experiencias pasadas o presentes que, con frecuencia, sirven para poder ayudar a alcanzar los objetivos terapéuticos y poder adaptar nuestro lenguaje o nuestras prescripciones a dichos aspectos. Un joven que estudiaba ingeniería forestal y presentaba ataques de pánico ante los exámenes, le propusimos un plan para canalizar su nerviosismo, que requería las mismas fases que son utilizadas para luchar contra las plagas en los árboles, de manera que pudo usar sus conocimientos académicos con otros propósitos.

  1. Lo estás haciendo muy bien

Cuando estamos metidos en un problema, conflicto o crisis, tendemos a pensar que siempre se debe a que no hacemos bien las cosas, a que no hacemos lo suficiente o a que tenemos mala suerte…, lo que provoca que nos sintamos bloqueados o desdichados. Reestructurar y normalizar las situacions por las que pasan nuestros pacientes ayuda, muchas veces, a que estos se sientan más habilitados o competentes para resolver sus conflictos. Esto se puede conseguir haciendo hincapié en lo que se podría dejar de hacer y sin embargo se está haciendo, en valorar la valiente decisión (voluntaria o no) de haber iniciado una terapia, o en destacar todos aquellos progresos conseguidos hasta el momento. Esto restaura las fuerzas, a veces perdidas, y anima a colaborar con el terapeuta en su labor profesional. Debe evitarse, además, juzgar a las personas por lo que les sucede –bastante tienen con el problema que les trae a consulta, como para añadirles otro más: ser juzgados o moralizados por los terapeutas– , pues esa no es nuestra función.

  1. El amor cooterapéutico

Valoro el amor como el ingrediente más importante para conseguir la tantas veces nombrada empatía, entendiendo ésta como una corriente afectiva dirigida hacia nuestros pacientes, y que puede darse en niveles tanto de contenido conversacional (palabras, intervenciones grupales, reconocimientos, elogios, silencios, etc.) como, sobre todo, relacional (miradas, gestos, sonrisas, etc.) Al término de una sesión en la que una mujer había relatado lo dura que estaba resultando la experiencia con la psicoterapia, dijo que necesitaba el cariño de los demás en estos momentos de su vida y esto me dio la pauta para despedirla con un abrazo. Canevaro (2002) distingue el amor “romántico” –que se destempla y enfría con el paso del tiempo– del amor “coterapéutico” –que no decrece con el tiempo– y que se basa en la definición de amor que hacía Antoine de Saint Exupéry (1997): “ese delicado proceso por el cual te acompaño en el encuentro contigo mismo”.

  1. Cada persona es única

Si escuchamos con atención lo que relatan nuestros pacientes, podemos darnos cuenta de cuáles son las peculiaridades que los caracterizan y, así, podernos adaptar nosotros a ellos: que les hace venir a terapia, que desean conseguir y que desean que permanezca como está. El riesgo de presuponer: “como en esta sesión está deprimido, necesita…”, puede acabar creando nuevos problemas, que se propongan cosas inadecuadas o crear aún más la sensación de impotencia; en definitiva, alejarnos del ser humano que tenemos delante. Deberíamos estar dispuestos a aprender siempre –y con frecuencia sorprendernos– sobre la marcha, paso a paso y momento a momento a observar a cada persona, cada grupo, como únicos. Considero que es uno de los secretos para seguir manteniendo el entusiasmo en esta profesión. B. P. Keeney (1992) se refiere a la improvisación en psicoterapia, diciendo que cada enunciación en particular que se produce en una sesión ofrece una singular oportunidad para la improvisación, la intervención, la innovación, la invención o el cambio. Dice este autor que “al tocar jazz, él mismo usa la canción o melodía como estructura básica para improvisar. El terapeuta que utiliza la improvisación reconoce en las diversas escuelas tendencias y modelos, otras tantas canciones y melodías. Preguntar a un terapeuta improvisador si se dedica exclusivamente al estilo del MRI (1), sería como preguntarle a un músico de jazz si la única canción que sabe tocar es Dejé mi corazón en San Francisco. La energia y creatividad que consumiría el hecho de mantener viva la imaginación, si uno estuviera sometido a la limitación de tocar siempre la misma canción es inimaginable”. En mi opinión, la improvisación y el entusiasmo van de la mano y creo que se transmiten en nuestro trabajo, y un terapeuta entusiasta es más capaz de sacar lo bueno que todas las persones llevan consigo.

VII. Saber escuchar

Una vez dijeron, en un curso sobre mediación, una definición que me pareció muy acertada: “escuchar no es esperar el turno para volver a hablar”. No es, tampoco, traducir lo que dicen los grupos o pacientes, ni interpretarlo para adaptarlo a nuestros presupuestos. Como diría De Shacer (1998), escuchar no es leer entre líneas, sino leer las líneas. En realidad es mucho más sencillo de lo que creemos. Escuchar es estar bien atentos a lo que nos van contando de modo literal los pacientes y entresacar de ello, muchas veces, las claves que puedan llevarles a solucionar sus problemas. Además, resumir lo nos han dicho les hace sentirse comprendidos y escuchados. Con frecuencia el espacio terapéutico se convierte en un contexto en el que las personas sienten que de verdad son escuchadas y, a su vez, “escuchan” cosas que hasta entonces no habían escuchado, de sus grupos, de sus familiares, o de sus terapeutas. Esto puede constituir una novedad que redefina puntos de vista o ayude a revisar viejas creencias. A nosotros nos compete crear el contexto más adecuado para que esto ocurra.

VIII…Y saber preguntar

Es importante hacer preguntas abiertas que no contengan enunciadas hipótesis o presuposiciones por nuestra parte. Por ejemplo, en vez de preguntar: ¿Cree que se enfadará cuando llegue a casa?, sería más apropiado preguntar: ¿Cómo cree que reaccionará cuando llegue a casa? También considero importantes las preguntas presuposicionales del tipo: ¿Quién se va a alegrar más cuando esto se haya solucionado? En lenguaje de Weiner, Shacer y Giagevich (1998), dan la impresión de que el cambio no sólo es posible sino que es inevitable. Las preguntas orientadas al pasado, para recuperar recursos o experiencias positivas que ocurrieron tiempo atrás, son muy útiles para crear una atmósfera positiva y de cambio. Lo mismo sucede con las preguntas orientadas al futuro, que presuponen que los problemas se van a solucionar. Es conocido el poder de la sugestión en el contexto terapéutico. Posibilitar saltos, diferencias entre lo que ocurre en el presente y lo que ocurrió en el pasado o puede ocurrir en el futuro, permite crear nuevas situaciones, puntos de vista y expectativas de cambio. El lenguaje tiene la asombrosa capacidad de ver realidades diferentes y alternativas, y a través de él surgen nuevas posibilidades o ideas clarificadoras acerca de aquello van transformando paralelamente al cambio a nivel emocional que se está produciendo en sus vidas.

  1. La sesión como excepción

– “Desde hace tres meses no soy capaz de salir de casa”, nos dice un hombre que se ha desplazado varios kilómetros para venir a nuestras sesiones.

– “El niño no es capaz de estar quieto”, comentaba la madre de un menor que está tranquilamente sentado en el suelo haciendo un dibujo.

– “No somos capaces de hablar sin gritarnos”, dice en tono cordial una mujer que acude con su pareja en busca de ayuda.

– “No soy capaz de hablar con extraños, y menos con hombres”, dice una joven que lleva tres cuartos de hora hablando con su terapeuta, (que además es hombre).

– “No soy capaz de enfrentarme a mi problema, lo evito cada vez que se presenta”, dice una mujer que ha tomado la valiente decisión de iniciar una terapia para resolverlo (y por lo tanto, enfrentarse a él). Pienso que en muchas sesiones podemos encontrar excepciones a lo que sucede en la vida de nuestros pacientes. Ayudarles a verlo puede ser un buen inicio para que se den cuenta de que “nada ocurre siempre”, y que siempre “ocurren cosas” y que, por tanto, están demostrando tener recursos que les ayudarán a lo largo de su aventura terapéutica. Debemos amplificar al máximo estas posibles excepciones mediante preguntas de tipo:

– ¿Cómo cree que está consiguiendo no gritar en está sesión?

– ¿Qué le hace pensar el ver que su hijo está sentado dibujando tranquilamente?

– ¿Piensa que esa fuerza que le ayudó a venir hasta aquí puede servirle para alcanzar sus objetivos?

– ¿Qué te dice acerca de ti mismo el que hayas sido capaz de contarme todo esto sin ponerte nerviosa?

– ¿Crees que haber tomado la decisión de venir a terapia es un modo de comenzar a mirar de frente a tu problema? Las sesiones pueden convertirse en momentos especiales y enriquecedores para nuestros pacientes y para nosotros, si somos capaces de crear una atmósfera positiva que promueva los recursos y el cambio. Interesarnos, también, en el porqué han decidido ponerse en contacto con nosotros, puede hacerles ver que en estos momentos de su vida están más preparados y dispuestos a cambiar, y que eso es un recurso que puede facilitar las cosas.

  1. ¿Qué no cambiarían?

Quizá influidos por el modelo médico –solemos ir al dentista cuando algo nos duele, no para mostrarle nuestra hermosa dentadura–, a nuestros pacientes les sucede algo parecido; suelen pensar que las terapias son espacios para hablar de lo que les va mal, de lo que no funciona y de lo que debe cambiarse. A menudo los terapeutas tenemos que esforzarnos para que nuestros pacientes confien en ellos mismos, o en los compañeros de trabajo grupal o en los miembros de su familia, como “expertos en sus vidas y en sus cambios”. Puede ser muy útil investigar qué no cambiarían los unos de los otros, de sí mismos, de sus vidas…, esto suele crear una atmósfera positiva, que facilita el que se vean como personas competentes (frente a la sensación de impotencia o desamparo que existe cuando las cosas no van bien). Caras de sorpresa, miradas de apoyo, o muestras de complicidad son a menudo resultado de este tipo de preguntas, que bien utilizadas y ampliadas ayudan no naufragar en los mares de los problemas, los síntomas o las patologías.

  1. Cambio pretratamiento

Como muchos otros he observado, en las personas que acuden a pedir ayuda o información, que entre la llamada telefónica y la primera sesión, se producen pequeños cambios relacionados con lo que les trae a terapia. La pregunta: “¿Ustedes han notado eso?”, puede ser un buen comienzo de una sesión. Si responden negativamente, seguiremos adelante en nuestra entrevista, y si la respuesta es afirmativa, podemos detenernos en las respuestas, pues eso significa que los pacientes han empezado a poner en marcha sus recursos personales. Debemos destacarlo y seguir preguntando acerca de: ¿Cuáles son esos cambios que han empezado a notar?, ¿Qué es lo que han hecho para que las cosas ya sean algo diferentes?, ¿Cómo lo han logrado?, ¿Qué les hace pensar el hecho de haber sido capaces de mejorar un poco esa situación?, ¿Qué ocurrirá si las cosas continúan por este camino?, ¿Cómo se les ocurre que van a ser capaces de seguir manteniendo así las cosas?

XII. Un buen ajuste

Buscar recursos no significa no escuchar los problemas, o no preguntar acerca de ellos; tampoco significa ignorar el dolor humano, no tener en cuenta los síntomas o sus aspectos negativos o problemáticos. Para ajustarnos bien a nuestros pacientes debemos estar atentos a sus necesidades –y a veces necesitan contarnos con detalle lo mal que están las cosas, o hacernos un repaso de la historia del problema con sus ejemplos correspondientes–. Un buen ajuste se logra cuando somos sensibles a las necesidades, objetivos y momentos de las personas que acuden a terapia, y hay ocasiones en las que el ser positivos no hace más que empeorar las cosas –recabemos lo poco que ayuda y, al mismo tiempo, lo que culpabiliza a una persona deprimida, el recordarle aquello que van bien en su vida–. Para saber si nos ajustamos bien a nuestros pacientes debemos estar muy atentos a sus expresiones no verbales, a sus gestos, a ver si van aceptando nuestros pasos o nuestras sugerencias. Es importante reconocer que los terapeutas también caemos, a veces, en intentos de solución de “más de lo mismo”, que pueden llevarnos a fracasar terapéuticamente.

XIII. Aprender de los otros

La formación, las lecturas –contemplo con horror como aumenta mi estantería reservada a libros por leer–, los cursos y congresos, sirven para seguir aprendiendo de los demás –y otras veces, para darnos cuenta de lo mucho que ya sabemos o de que “no hay nada nuevo bajo el sol”–. El neurólogo Oliver Sacks (1995) nos muestra en sus apasionantes libros, cómo con la enfermedad conviven las capacidades humanas. En su libro, Un antropólogo en Marte, dice: Para mí, como médico, la riqueza de la naturaleza debe estudiarse dentro del fenómeno de la curación y la enfermedad, mediante la cual los organismos humanos, la gente se adapta y se readapta al enfrentarse a los retos y vicisitudes de la vida. En este sentido hay defectos, enfermedades y trastornos que parecen desempeñar un papel paradójico, revelando capacidades, desarrollos, evoluciones, formas de vida latentes, que podrían no ser vistas nunca o siquiera imaginado en ausencia de aquellas. Mis lecturas son relatos de supervivencia bajo circunstancias alteradas a veces de manera radical, en la que dicha supervivencia resulta posible gracias a los maravillosos poderes de reconstrucción y adaptación de que estamos dotados”. No sólo nuestros pacientes tienen recursos, también los terapeutas en nuestro trabajo desarrollamos una serie de habilidades que permiten sacar lo mejor de nosotros mismos, para ponerlo a disposición de las personas que nos piden ayuda. En su obra, El paciente que curó a su terapeuta, Siegel y Lowe (1995), dicen: “El hecho de verme constantemente en contacto con las expresiones más variadas del enorme talento y la adaptabilidad de la gente, ha ido creando en mi un sentimiento de profundo respeto por la capacidad humana en afrontar problemas e inventar soluciones. Sin lugar a dudas, ha elevado mi nivel de aceptación y de afecto por el mundo y sus habitantes, yo mismo incluido. Me he vuelto mucho menos propenso a juzgar en un sentido cualitativo – valorativo– y en cambio soy capaz de “mediación como formando parte de un auditorio”. La terapia es una experiencia extraordinaria, que ordinariamente reafirma la vida, tiene un toque de magia, y tanto misterio como descubrimiento. Como terapeuta, ¿Qué es lo que hago? Escucho, veo, percibo, siento, comparto, aprecio, respeto, enseño, acompaño, conecto, arriesgo, recomiendo, me retiro, observo, cuido, aprendo. Y además, me maravillo. Es así de simple”. Pienso que esta actitud por aprender y maravillarse es importante para poder mantener nuestra capacidad de asombro, de curiosidad, de admiración; y que el tratar, por tanto, a cada persona como única, hace que nuestros pacientes puedan sentirse valorados, reconocidos y respetados. La vida personal del psicoterapeuta, es un libro de J. D. Guy (1995) que permite conocer más a fondo nuestra profesión. Entre otras cosas afirma que, “El psicoterapeuta experimenta la satisfacción emocional como resultado de relacionarse a un nivel íntimo y a fondo con mucha gente. Resulta estimulante encontrar en muchas personas reservas de coraje, integridad y sinceridad mientras luchan por vivir su destino. El psicoterapeuta está en una posición privilegiada para ser testigo de esa batalla y compartir el dolor del fracaso y la alegría de la victoria. El terapeuta debe resistirse a la tentación de dar respuestas y directrices fáciles, y centrarse en cambio en estimular al paciente para que él mismo encuentre sus propias soluciones. Esto requiere que el terapeuta sea una persona muy paciente. No es probable que quienes tienden a mostrarse impacientes, y a encontrar resultados rápidos y espectaculares, consideren el rol del psicoterapeuta compatible con su personalidad. El proceso de la terapia es a menudo lento y laborioso, y requiere que el terapeuta pueda sentirse satisfecho con resultados limitados, que sólo se obtienen tras no pocos penosos esfuerzos. Es posible que consideren cómodo el rol de psicoterapeuta los que tienen sentido del humor y disfrutan riendo con los demás. Hay una cierta igualdad, alternativamente tragicómica en muchos acontecimientos de la vida y los encuentros íntimos con otro ser humano, casi siempre incluyen alguna dimensión de humor. Los que encuentran placer en disfrutar de los demás, sus perspectives únicas encontrarán fascinante el trabajo de psicoterapeuta. El humor también tiene cierto aspecto curativo cuando se expresa en el momento oportuno, que puede ser compartido por el terapeuta y el paciente de una forma muy especial. Es improbable que la persona que carezca de este sentido del humor, se sienta atraído por la intimidad y lacomunicación inherentes al rol terapéutico”. Para concluir de cuanto ha sido expuesto podríamos inferir que:

  • No existe un sólo modelo que lo abarque todo.
  • Además de poseer formación, escuelas en las que sustentar las teorías y los modos de intervención aprendidos y desarrollados, de tener al alcance de la mano las múltiples herramientas y modelos para actuar terapéuticamente, uno puede dejarlos aparcados en la mente y volver al paciente, poniéndole en el primer plano.
  • Al intervenir terapéuticamente de este modo, conseguimos tener un modelo para cada paciente.

Notas

(1): Método elaborado por el Mental Research Institute, que consiste en pedir al interesado que no hable de las cosas que realmente teme, sino que sencillamente se imagine las consecuencias más catastróficas e inverosímiles.

Bibliografía

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