Abuso sexual infantil y su retorno en la adultez: reflexiones desde un caso clínico
María Paula Moretti y Alejandra Taborda

RESUMEN

Abuso sexual infantil y su retorno en la adultez: reflexiones desde un caso clínico. La clínica con adultos abusados sexualmente en la infancia es una línea de investigación muy abordada en estudios sobre el abuso sexual infantil. El presente trabajo es un estudio descriptivo de caso único con el objetivo de analizar el material clínico de una paciente de veinticinco años que sufrió abuso intrafamiliar en la infancia. Este material se extrae de entrevistas de un proceso psicoterapéutico. En primer lugar, se realiza la descripción del caso clínico y lue­go se articula con análisis teórico psicoanalítico. Se profundiza en: desubjetivación, traumatismo, mecanismos defensivos y desamparo, acomodación, síntomas, elaboración terapéutica y contexto patriarcal. Por último, se reflexiona sobre el ideal de familia como dadora incondicional de cuidado y se plantea al abuso sexual infantil como síntoma social, siendo una compleja problemática que requiere de abordajes interdisciplinarios. Palabras clave: abuso sexual infantil, adultez, trauma infantil, caso clínico.

ABSTRACT

Childhood sexual abuse and its return in adulthood: reflections from a clinical case. The clinic with sexually abu­sed adults in childhood is a line of research that has been widely addressed in studies on child sexual abuse. The present work is a descriptive single case study with the aim of analyzing the clinical material of a twenty-five year old patient who suffered intrafamilial abuse in childhood. This material is extracted from interviews of a psychothe­rapeutic process. First, a description of the clinical case is made and then it is articulated with psychoanalytic theoretical analysis. It is deepened in: desubjectivation, traumatism, defensive mechanisms and helplessness, ac­commodation, symptoms, therapeutic elaboration and patriarchal context. Finally, we reflect on the ideal of the family as an unconditional giver of care and consider child sexual abuse as a social symptom, a complex problem that requires interdisciplinary approaches. Key words: child sexual abuse, adulthood, child trauma, clinical case.

RESUM

Abús sexual infantil i el retorn a l’adultesa: reflexions des d’un cas clínic. La clínica amb adults abusats sexual­ment a la infància és una línia de recerca molt abordada en estudis sobre l’abús sexual infantil. Aquest treball és un estudi descriptiu de cas únic amb l’objectiu d’analitzar el material clínic d’una pacient de vint-i-cinc anys que va patir abús intrafamiliar a la infància. Aquest material s’extreu d’entrevistes d’un procés psicoterapèutic. En primer lloc, es fa la descripció del cas clínic i després s’articula amb anàlisi teòrica psicoanalítica. S’aprofundeix en: desubjectivació, traumatisme, mecanismes defensius i desemparament, acomodació, símptomes, elaboració terapèutica i context patriarcal. Finalment, es reflexiona sobre l’ideal de família com a donadora incondicional de cura i es planteja l’abús sexual infantil com a símptoma social, cosa que és una problemàtica complexa que requereix abordatges interdisciplinaris. Paraules clau: abús sexual infantil, adultesa, trauma infantil, cas clínic.

Introducción

El abuso sexual infantil (en adelante, ASI) es entendido como una de las formas más terri­bles de maltrato infantil (Cohen Imach, 2017). Ocurre cuando un niño, niña o adolescente (en adelante, NNA) es utilizado para la esti­mulación sexual de su agresor (un adulto co­nocido o desconocido) o la gratificación de un observador. Implica toda interacción sexual en la que el consentimiento no existe o no puede ser dado, independientemente de si el NNA entiende la naturaleza sexual de la actividad e incluso cuando no muestre signos de rechazo (UNICEF, 2018). La interacción abusiva inclu­ye: manoseos, frotamientos, contactos y besos sexuales; coito interfemoral (entre los muslos); penetración sexual o su intento, por vía vaginal, anal y bucal aun cuando se introduzcan objetos; exhibicionismo y el voyerismo; actitudes intru­sivas sexualizadas, como efectuar comentarios lascivos e indagaciones inapropiadas acerca de la intimidad sexual de los NNA; exhibición de pornografía; instar a que los NNA tengan sexo entre sí o fotografiarlos en poses sexuales; con­tactar a un NNA vía internet con propósitos se­xuales (grooming) (UNICEF, 2018).

Si se lo piensa desde el marco legal, se dañan derechos protegidos a nivel internacional por la Convención sobre los Derechos del Niño (1989) y a nivel nacional en Argentina, por la Ley Na­cional N° 26.061, Ley de Protección Integral de Niños, Niñas y Adolescentes (2005), entre los que pueden mencionarse: derecho a la integri­dad, la intimidad, la privacidad y, principalmen­te, se vulnera el derecho a no ser expuesto a ningún tipo de violencia, abuso, explotación o malos tratos.

Asimismo, continuando en Argentina, el ASI es una forma de violencia prevista en el Código Civil y Comercial de la Nación (2014), que en su artículo 647 prohíbe específicamente cualquier tipo de malos tratos o hechos que lesionen o menoscaben física o psíquicamente a los NNA por parte de quien tenga a su cargo la respon­sabilidad parental. Además, el abuso sexual es un delito sancionado penalmente por el Código Penal de la Nación (1921) en su Título III “Delitos contra la integridad sexual” (artículos 118 a 133) y Ley Nacional N° 25. 087, Ley de Delitos Contra la Integridad Sexual (1999).

La clínica con adultos abusados sexualmente en la infancia es una línea de investigación pro­fundizada en los estudios sobre ASI. Es por ello por lo que el presente trabajo tiene como obje­tivo principal analizar el material clínico de una paciente adulta que sufrió abuso sexual intrafa­miliar en la niñez. De manera más específica, se busca realizar una lectura de los síntomas por los que consulta trece años después de haber concluido la experiencia corporal abusiva. La primera parte del trabajo refiere una descrip­ción del material clínico correspondiente. En se­gunda instancia, se presenta su análisis teórico basado en herramientas conceptuales y orienta­ción psicoanalítica.

Método

Se trabajó con un estudio de caso de tipo in­trínseco. Es decir, este no fue seleccionado a priori sino que la decisión de considerar que de­bía ser comunicado se tomó después de que se iniciara y llevara a cabo parte del trabajo analíti­co con la paciente en la clínica (León y Montero, 2015).

En cuanto a los participantes, se trata de una paciente de nacionalidad argentina de sexo fe­menino de veinticinco años que sufrió abuso sexual intrafamiliar a lo largo de varios años du­rante su infancia.

Con respecto a los instrumentos, se analizó material clínico extraído de entrevistas indivi­duales semidirigidas llevadas a cabo dentro de un proceso psicoterapéutico con enfoque psi­coanalítico.

Por último, es importante mencionar los as­pectos éticos del estudio. Se contempló lo pac­tado en la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos de UNESCO (2005) y lo planteado por Pugliese (2021) en su libro “Guía para la redacción de documentos producidos en la práctica psicológica”. Se obtuvo el con­sentimiento libre, voluntario e informado de la paciente. Para preservar su identidad y anoni­mizar sus datos personales, se modificó el nom­bre propio. En esta ocasión, se optó por llamarla “Sofía”. Asimismo, se acordó confidencialidad de todas aquellas referencias que pudieran con­ducir a la identificación tales como provincia de residencia, institución educativa a la que asiste, entre otras.

Caso clínico

Sofía asiste al consultorio con dos motivos de consulta manifiestos. En primer lugar, expresa que tuvo su primera relación sexual con su ac­tual pareja (hombre de su misma edad) y refie­re que los encuentros sexuales no los disfruta, suele evitarlos y siente falta de deseo. Desde los 23 años está con él, es decir, hace dos años, con quien se frecuenta aproximadamente dos veces por semana y los fines de semana. Menciona que se trata de su primera relación formal, ya que refiere haber tenido algunos enamoramien­tos previos pero pasajeros e informales.

En segundo lugar, menciona sentimientos de inseguridad e inferioridad en lo que respecta a su imagen corporal. Desde la mirada profesio­nal se advierte un posible cuadro de anorexia nerviosa. La paciente pasa largas horas sin co­mer y saltea comidas, sintiendo culpa cuando ingiere alimentos. Le desagrada y evita mirarse al espejo, ya que se percibe con sobrepeso, arri­bando a una evaluación de su imagen corporal más bien negativa. Se deriva a nutricionista. La Licenciada en Nutrición denota bajo peso cor­poral moderadamente severo e indica continuar tratamiento psicológico.

En sesiones posteriores, paulatinamente, des­cribe otras dificultades que la disgustan, que serán mencionadas y descriptas a continuación. La paciente asigna una data de dos años al ini­cio del conjunto sintomatológico y lo asocia con los primeros meses de su relación de noviazgo.

Al momento de consulta, Sofía vive con su madre, quien es empleada pública y trabaja durante las mañanas, mientras que por la tar­de realiza tareas propias del hogar. Refiere que existe entre ambas una “mala relación”, lo cual se pone de manifiesto en discusiones cotidianas que la preocupan y expresa, además, que no puede confiar o acudir a ella para la resolución de conflictos personales. Su padre falleció antes de que ella naciera.

Sofía es estudiante universitaria de la Licen­ciatura en Fonoaudiología y Terapia del Len­guaje. Si bien al momento de la consulta se dedica exclusivamente a lo académico, men­ciona que, con anterioridad, entre los 20 y 24 años ha trabajado en bares y boliches durante las temporadas de verano. Se denotan dificulta­des para sostener las exigencias académicas, le cuesta mucho estudiar y llevar la carrera al día. Los exámenes le generan altos niveles de ansie­dad y verbaliza que la persigue un gran temor a quedar en falta ante los docentes por no saber lo suficiente. Expresa que esta ansiedad la lleva a desaprobar e incluso recursar varias materias. Por tales motivos, hace cuatro años que inició la carrera y, al momento de la consulta, se en­cuentra en segundo año. Desde este lugar, se autopercibe como “una buena para nada”.

A su vez, la paciente describe presencia de angustia sin motivo aparente que la invade en varios momentos del día, siendo más intensa en horarios nocturnos. Siente que es acompañada por un malestar físico, con un nudo en la gar­ganta, dolores de barriga, sudoración de manos y mareos.

Por último, menciona que tiene pesadillas que la atormentan muy frecuentemente. Dichos sue­ños comparten tres patrones en común: alguien la persigue, la atrapa (agarrándola con sus bra­zos) y, al ser invadida por un gran temor a ser lastimada, se despierta repentinamente.

En la novena sesión relata dificultades en sus relaciones sexuales con su pareja actual. Aquí una gran angustia la invade y promueve un in­tenso llanto. Refiere que ha recordado algunas imágenes sobre algo que le pasó cuando era una niña. Es allí cuando logra poner en palabras, por primera vez en las sesiones, el abuso sexual que vivenció por mucho tiempo en su infan­cia. Recuerda que algunos fines de semana se hospedaba junto a su prima en la casa de su tío materno, quien estaba divorciado y tenía apro­ximadamente 30 años de edad. Por las noches, una vez que se acostaban en la habitación de la prima y se dormían, su tío la despertaba y le pedía que lo acompañara a su habitación y a su cama, fundamentando que era más grande y có­moda y que incluso allí podría ver los dibujitos animados que ella quisiera. Una vez que se re­costaba el adulto empezaba a tocarle el cuerpo y genitales y hacía que ella tocara sus genitales. Finalmente, él eyaculaba. Muchas veces lo hacía sobre alguna parte del cuerpo de Sofía, dicién­dole que era como un pegamento mientras él mismo la limpiaba con papel higiénico.

Durante el transcurso de las sesiones, Sofía re­cuerda que esto sucedió por primera vez cuan­do tenía seis años y que duró hasta sus 12 años, edad en la cual ella empieza a pasar más tiempo con sus amigas de la escuela que con su prima. Menciona que se le hace difícil recordar. Incluso expresa que cuando era niña le costaba distin­guir si eso que había pasado en la cama del tío había sido real o un sueño. También verbaliza que, de alguna manera, cuando tenía nueve años (tres años después de que el hecho violento iniciara), se lo contó a su madre en dos ocasiones. En la primera, recuer­da haberle dicho que había sentido un poco de “vergüenza” porque su tío le hacía cosas “gra­ciosas”. En otra oportunidad, menciona que le dijo que iría a lo de su tío, pero que no se queda­ría a dormir porque este le hacía dar “vergüen­za”. Ante esto, Sofía refiere que su madre se mostró un poco confundida sin preguntar nada. Asimismo, expresa que le era muy difícil contar­le en detalle lo sucedido debido a que su tío le pedía que debían mantenerlo bajo secreto, un secreto seguro entre ambos. Después de estas dos conversaciones, ninguna de las dos volvió a hablar del tema en ningún otro momento. Si bien durante algunas semanas Sofía se negó a quedarse a dormir en la casa de su tío, con el paso del tiempo, menciona que volvió a dormir en su casa, varias veces más, siendo sometida una y otra vez a episodios de ASI.

Describe que su tío mantuvo y sigue mante­niendo una relación muy significativa y afectuo­sa con su madre, compartiendo el día a día de manera frecuente. Asimismo, expresa que hasta el día de la fecha continúan reuniéndose los fi­nes de semana, compartiendo la mesa familiar con su madre, abuela materna, su prima y su tío. Manifiesta que este adulto las visita de forma seguida y que siempre se muestra predispuesto a colaborar cuando su madre lo requiere, sobre todo en arreglos y tareas de mantenimiento de la vivienda.

Discusión

Definición y desubjetivación

Las experiencias sexuales infantiles de Sofía son un claro ejemplo de ASI. Pasqualini y Llo­rens (2010) nos explican que se trata de una convocatoria de un adulto (en este caso el tío materno) a una niña (Sofía) a participar en ac­tividades sexuales (aparentemente sin acceso carnal) que no puede comprender, para las que no está preparado su psiquismo por su nivel de constitución y a las cuales no puede otorgar su consentimiento desde una posición de sujeto.

Se da una clara relación asimétrica en donde la niña no tiene la misma capacidad de decisión, pensamiento, defensa, ni evacuación de las ex­citaciones sexuales y en donde el adulto utili­za el cuerpo de una niña para su propio goce y placer sexual. Por ende, involucra la categoría de perversión, es decir, de apropiación del cuer­po del otro para la obtención del placer (Calvi, 2019, 2020).

De la mano de Intebi (2018), reconocida re­ferente en este campo de la violencia en toda América Latina, podríamos afirmar que se tra­ta de un comportamiento con contacto sexual que se da en un contexto diádico (tío y sobri­na) y que cumple con los tres criterios para ser abusivo. En primer lugar, existe una diferencia de poder: el tío controla emocionalmente a su sobrina. Su posición de jerarquía y su diferen­cia física le permiten manipularla fácilmente, no hay planificación conjunta ni consenso para el acto sexual. En segundo lugar, existe una dife­rencia de conocimientos: el agresor conoce el significado del comportamiento sexual y de sus consecuencias, aspectos que la víctima no pue­de comprender cabalmente. En tercer y último lugar, existe una diferencia en las necesidades satisfechas: la conducta no busca la gratifica­ción sexual mutua, sino que el agresor busca satisfacer sus propios impulsos y necesidades sexuales.

Asimismo, se podría pensar que el ASI descri­to es, además, incestuoso, perpetrado por un miembro de la familia (Intebi, 2018), incurriendo en una doble transgresión, al transgredir tam­bién la prohibición de intercambios sexuales in­tergeneracionales.

Aquí posiblemente se agrega una cuota de in­comprensión en Sofía generada por un vínculo ambiguo. De quien espera protección, aparece lo contrario (Pugliese, 2021). Se da un traspaso interno en ella, con mucha ansiedad confusional, desde la figura familiar de protección, sostén y cuidador a la figura del dictador. Un dictador que toma el cuerpo de ella como si fuese de su propiedad para hacer lo que él desea, con transgresión de lo íntimo. En este régimen dic­tador no hay un tercero, no hay ley que ampare y proteja, y la víctima se siente encerrada, de­pendiendo de un otro por quien es cosificada, y siendo rechazada totalmente en su condición de sujeto. En definitiva, Sofía no poseía alterna­tivas en el vínculo más que someter su voluntad a la de su dictador (Calvi, 2019).

Tomando los aportes de Giberti (2016), se tra­ta de un incesto filial, persistente en el tiempo (aproximadamente, seis años), en el que se le exige a la niña guardar silencio y que produ­ce una desinvestidura del Yo en la víctima. El incesto deviene desubjetivación, es decir, una pérdida de libidinización del Yo, descrita como un “dar de baja al yo”, producido por efecto del daño psíquico en la víctima. Esto puede verse al momento de la consulta de la paciente con su yo debilitado y empobrecido con sus sentimien­tos de inseguridad, inferioridad y pensamientos irracionales de “ser una buena para nada”.

En este sentido, Bleichmar (2018) sostiene que la apropiación del cuerpo de la niña por parte del adulto la posiciona en lugar de objeto, de goce, siendo esto desubjetivante. En relación con lo que propone Calvi (2019, 2020) se podría pensar que Sofía vive modos de destitución de subjetividad, siendo reducida violentamente a condición de objeto. Ello implica un proceso de cosificación de la abusada. Por su parte, Pereira França (2010) sostiene que el ASI debe ser con­siderado dentro de la especificidad de los trau­matismos desarticuladores de los trazos identi­tarios básicos constituyentes del psiquismo.

Trauma y traumatismo en sus distintos tiempos

Resulta importante destacar el estrecho vín­culo existente entre abuso sexual y trauma psíquico, siendo que la violencia sexual sufrida durante la infancia en esta paciente revistió un impacto traumático con efecto arrasador so­bre su subjetividad. Se trata de un traumatis­mo temprano o precoz siendo que se produce cuando el aparato psíquico aún no está consti­tuido (Calvi, 2017, 2019; Pugliese, 2021).

En el diccionario de psicoanálisis de Laplanche y Pontalis (2013), se define de modo diferencial al trauma y traumatismo psíquico. Se explica que son términos utilizados en la medicina, mu­chas veces como sinónimos. “Trauma” deviene del griego y significa “herida”, lo cual deriva del término “perforar”. En cambio, “traumatismo” se reservaría para designar las consecuencias sobre el conjunto de organismo de una lesión resultan­te de una violencia externa. El psicoanálisis ha re­cogido estos términos trasponiendo al plano psí­quico las tres significaciones inherentes a ellos: la de un choque violento, la de una efracción (fractura) y la de consecuencias sobre un con­junto de la organización. Más específicamente, Freud (1920) define a “trauma psíquico” como un acontecimiento de la vida del sujeto caracte­rizado por su gran intensidad que conlleva una incapacidad de este de responder adecuada­mente, provocando efectos patógenos durade­ros en la organización psíquica. Concretamente, explica cómo estas excitaciones poseen fuerza suficiente para perforar la protección antiestí­mulo del psiquismo. En términos económicos, el traumatismo psíquico se caracteriza por un aflu­jo de excitaciones excesivo en relación con la tolerancia del sujeto y su capacidad de contro­lar y elaborar psíquicamente dichas excitacio­nes. Con relación a esto último, Pereira França (2010) sostiene que, en la situación traumática, lo que ocurre es la imposibilidad de establecer ligazones y de representar.

Correlativamente, Bleichmar (2008) define a lo traumático como aquello que excede las sig­nificaciones inscriptas. Así, lo traumático opera como intromisión en el psiquismo a partir de los excesos que el acontecimiento produce sin que pueda ser capturado por la representación.

Calvi (2017, 2019) afirma que lo traumático alude a una cantidad inmetabolizable que no puede ser procesada bajo los modos habituales, siendo que lo que llega es exceso de energía se­xual a un cuerpo donde aún no hay representa­ciones de la sexualidad adulta. Las vivencias se­xuales en la infancia son experimentadas como intrusión con una fuerte sensación de inermidad. Es así como la violencia sexual contra Sofía fun­cionó como un suceso que impactó y perforó la membrana protectora del psiquismo, dejándola inerme y con imposibilidades de elaborar el es­tímulo. Desde Pugliese (2021), se podría afirmar que estas vivencias implosionaron al psiquismo de Sofía interfiriendo en su desarrollo evolutivo normal.

Ferenczi (1984a) plantea la confusión de len­guas que se origina entre el infante y el adulto cuando este último confunde la ternura infan­til con la pasión sexual. En este caso, la niña en desarrollo se encuentra en una etapa de amor objetal pasivo o estadio de ternura, que es una primera etapa que puede adoptar un aspecto erotizado pero que solo busca la ternura del adulto. Si este, por su condición patológica, la confunde con pasión amorosa, se produce el abuso sexual, que perturbará el desarrollo in­fantil. El tío, con sus predisposiciones psicopa­tológicas, genera esta confusión, desbordando el aparato psíquico de la niña. Es así como To­porosi (2018) plantea que el abuso no se puede comprender, sino que excede totalmente por­que es parte del lenguaje y sexualidad de un adulto.

En lo descripto hasta el momento en esta sec­ción está implícito una distinción que para Ben­yakar es fundamental: las diferencias que se ex­tienden entre el hecho fáctico externo y hecho psíquico interno. Por un lado, describe al evento fáctico disruptivo, donde la cualidad de disrup­tivo corresponde exclusivamente al evento o a la situación capaz de provocar una discontinui­dad, una distorsión y una desorganización en un proceso psíquico. Es una situación que puede actuar sobre alguien o algo. Dicha discontinui­dad y lo que ocurra con ella no pertenecen ya al evento en sí, sino que dependen del sujeto que lo vive. Aquí pasamos a hablar de vivencia y vivenciar. Vivencia es un concepto metapsi­cológico que alude a la actividad psíquica. Es el producto de un modo de procesar que tie­ne el psiquismo. Es la vivencia la que puede ser traumática (no el evento) (Benyakar, 2016; Ben­yakar y Lezica, 2016). Calvi (2019) también hace referencia a ello recordando que lo traumático no es lo acontencional sino que es el efecto pro­ducido en un psiquismo.

Partiendo de esta base, diríamos que los epi­sodios de abuso sexual protagonizados por el tío materno en contra de Sofía constituyen un evento fáctico disruptivo. En él se observan dos cualidades que potencian la capacidad disrup­tiva: minar el sentimiento de confianza en los otros y ser repetitivo (existencia a lo largo del tiempo) (Benyakar, 2016). Con esta gran po­tencia, el evento se presenta y conserva en el psiquismo de Sofía como hecho no elaborado, dando lugar a una vivencia traumática. Se de­nota un vivenciar traumático donde el afecto y la representación fallan en su articulación. Calvi (2020) sostiene que el abuso sexual en la infan­cia siempre tiene efectos traumáticos, siendo que funciona como una catástrofe individual que puede incluirse en las llamadas situaciones extremas en tanto que pone en peligro la vida del sujeto, produciendo un desmantelamien­to psíquico y destruyendo los referentes que orientaban la vida cotidiana.

Lecannelier et al. (2021) construyen el térmi­no de trauma complejo. Refieren que, históri­camente, se han considerado las experiencias y eventos de vulneración en la infancia como una problemática asociada a vulneraciones especí­ficas como, por ejemplo, un abuso sexual. Sin embargo, esta aproximación presenta la dificul­tad de dividir en eventos específicos lo que, en la mayoría de los casos de alta vulnerabilidad, suele ser un trauma complejo, crónico y/o múl­tiple. Ello nos invita a pensar que Sofía no ha es­tado expuesta a eventos traumáticos puros de abuso sexual y aislados entre sí, sino que estos se integran en una experiencia de vulnerabilidad múltiple y crónica en su infancia. Es así como la victimización en ella es una condición más que un evento.

Se puede observar, también, el traumatismo en sus dos tiempos. El primer tiempo es llama­do por Freud (1920) “el espanto” (Shreck) y es aquel que enfrenta al sujeto no preparado con el acto sexual altamente significativo perpetrado por su tío, y cuya significación no puede ser asi­milada. Serían aquellas escenas que vivencia du­rante seis años en su infancia. Esto se relaciona con el concepto de interrupción de la historia. El tío como referente que hasta ese momento fun­cionaba como tal se derrumba, no hay ley que ordene el caos que los arrasa. Ello conlleva a un efecto de cataclismo en la vida psíquica de la paciente que pudo haber sido percibida como sensación de vacío (Calvi, 2017, 2019). En un se­gundo tiempo o escena, este recuerdo deven­drá patógeno. En Sofía, la segunda escena, aso­ciada a la primera, podría ser la iniciación y las experiencias sexuales con su pareja en la edad adulta. Es allí recién cuando deviene el trauma. El recuerdo mismo funcionará como fuente de energía traumatizante (Calvi, 2019).

Se podría considerar aquí las reflexiones de Canesin Dal Molin (2016), quien, influenciado por Ferenczi, considera que el trauma puede llegar a tener tres tiempos. Su originalidad radica en la inclusión de una fase intermedia entre el primer y el segundo tiempo: específicamente, cuando la niña, al tercer año de las vivencias repetitivas de abuso, busca ayuda en los objetos externos en la tentativa de ligar la experiencia abusiva. Es decir, cuando logra expresar a su madre “la vergüenza y lo gracioso”. En este caso, la madre recurre al mecanismo de la desmentida (“no fue nada”, “no pasó nada”), sin dar lugar al procesa­miento del hecho traumático. Esto se profundi­za en el apartado siguiente.

Mecanismos defensivos y desamparo materno

En el presente caso clínico, pueden identifi­carse mecanismos defensivos que operan con el objetivo de mantener apartada la experiencia traumática y los sentimientos asociados a ella. Estos pueden visualizarse en dos actores de la escena: en la víctima, Sofía, y en su madre como cuidadora principal.

Un mecanismo de defensa que parece ca­racterizar a ambas y, por ende, a la estructura familiar, es el mecanismo Verleugnung, traduci­do al castellano como renegación o desmenti­da. Da cuenta de un proceso de escisión y de un rechazo singular que impiden reconocer la realidad de la percepción traumatizante, siendo que el contenido traumático permanece encap­sulado, al no poder transformarse en una expe­riencia metabolizante y subjetiva (Calvi, 2017, 2019, 2020; Laplanche y Pontalis, 2013; Pereira França, 2010). Es un mecanismo al que suele recurrir tanto la víctima como posibles testigos del acontecimiento o incluso también el mismo abusador (Herrero, 2009).

Desde la vivencia de la paciente siendo una niña, podemos pensar que no hay un claro re­gistro de lo que ocurre. No tiene nombre lo su­cedido, es imposible de simbolizar y poner en palabras. Podría decirse que hay un estado de percepción sin conciencia, sin registro repre­sentacional (Calvi, 2019). Hay intentos claros de no reconocimiento de la realidad traumatizante. Monzón (1999) plantea que el propio Yo queda dañado aquí, en tanto es atacada su capacidad de reconocer una percepción, de aceptar algo como existente, de discriminar como propia una sensación corporal. Desde esta autora también podría pensarse en cómo la desmentida actúa en Sofía como una especie de amnesia. Ello puede ejemplificarse de manera concreta cuan­do la paciente expresa que, al día siguiente del abuso, no podía recordar mucho lo que había pasado y, muchas veces, pensaba (se autocon­vencía) de que en realidad nunca pasó y había sido solo un sueño.

En cuanto a la madre, parece no comprender y creer lo mencionado por su hija, como así tam­poco intenta indagar sobre lo acontecido. Tal como plantea Loureiro Malán (2005), el silen­cio respecto al abuso sexual, incluso el secreto familiar, se logra mediante el mecanismo de la renegación o desmentida. Aquí se observa un silencio que podría ser una construcción defen­siva por parte de esta adulta. La paciente, siendo aún una niña, a tres años del inicio de los abusos, logra poner en sus propias palabras (palabras conocidas) algo del orden de lo abusivo desde lo que a ella la hace sentir como la “vergüen­za” y lo “gracioso”. Pese a esto, la desmentida de la madre obturó la posibilidad de preguntas tales como “¿Qué te da vergüenza?”, “¿Qué es lo gracioso?”. Ello parece reforzar el mecanismo de desmentida propio de Sofía, quedando en­trampada en un silencio de años (siendo que no volvió a mencionarlo hasta la terapia).

El sufrimiento de la paciente a causa de la vio­lencia sexual provoca una destrucción de la me­moria consistente en una renegación que afecta al psiquismo con efectos devastadores. Lo que ha “olvidado” durante años solo tiene lugar en el contexto terapéutico con posterioridad (Cal­vi, 2019, 2020). Hassoun (1996) sostiene que no se trata de una operación de borramiento de la huella sino, por el contrario, de la desmentida que recae sobre un acontecimiento, un sepulta­miento de la memoria a partir del cual lo que se puede hacer es reconstruir una historia desde el proceso terapéutico.

Volnovich (2008), por su parte, señala que, en las familias de víctimas de abuso sexual in­cestuoso, se presentan diversas características, siendo una de ellas los problemas de comuni­cación. Podría pensarse que el mecanismo de­fensivo materno descripto genera un complejo interjuego, afectando a dicha función. Perro­ne y Nannini (2007) plantean que, en todas las familias con transacción incestuosa, la in­terdicción del incesto parece desplazarse a la palabra: está prohibido hablar. En este caso, el silencio conlleva a un borramiento de la figura materna de protección de Sofía. Ello aumenta la vulnerabilidad psíquica de la víctima, quien queda atrapada en un estado de soledad, des­protección y desamparo absoluto, sin ningún tipo de apoyo o de socorro, potenciando aún más la violencia que implica el abuso. Se desa­rrolla, por ende, una impronta de desesperanza, sentimientos de desasosiego y fallas internas difíciles de reparar (Altamirano y Sosa, 2020; Calvi, 2017, 2019; Dunkin et al., 2015).

Lecannelier et al. (2021) han establecido rela­ción entre trauma complejo en el desarrollo y el apego. Explican cómo los efectos más nocivos de lo traumático afectan gravemente la forma­ción de apegos seguros y competencias socioe­mocionales. En este caso específico, el trauma complejo se caracteriza por la incapacidad de la madre en poder leer e identificar el sufrimien­to de Sofía, con la consiguiente incompetencia para contener y disminuir emociones crónicas de miedo, peligro, confusión, terror y desorga­nización de la niña. Se podría pensar que esto genera en la paciente una crónica sensación de inseguridad emocional desorganizada que im­pregna, entre otras dimensiones intersubjetivas, la relación con su madre. Así, paulatinamente, se va desarrollando una desconfianza con la expectativa de que no acudirá ni la ayudará en momentos de estrés y trauma.

En relación con todo lo expuesto en este subapartado, podría realizarse una lectura pro­pia de la orientación vocacional de la paciente, considerándola como un medio reparatorio del mundo psíquico. Bohoslavsky (1971) plantea que la elección vocacional puede ser reparado­ra de objetos internos dañados y elaboradora de conflictos. Propone que se parte de una vi­vencia de dolor hacia el encuentro de una ac­ción adecuada para remediarla en la fantasía, así como también en la realidad. Tomando esto en consideración, la elección de Licenciatura en Fonoaudiología y Terapia del Lenguaje puede estar inconscientemente ligada al deseo de re­parar aquella desesperanza interna causada por una comunicación intrafamiliar interferida por la desmentida.

Acomodación al abuso sexual infantil

El síndrome de acomodación al abuso se­xual infantil (SAASI) de Summit (1983) aporta una valiosa descripción de comportamientos frecuentes en el proceso que atraviesan NNA victimizados, a pesar de que hoy no sea con un síndrome en el sentido médico de la expresión. Summit describe cinco elementos, que pueden denotarse en este caso.

(1) El secreto. Sofía mantuvo bajo secreto, a pedido del adulto agresor, todo lo que ocurría durante muchos años. Solo en dos oportunida­des intentó expresarlo a la madre, pero siempre manteniendo la mayor parte en secreto. Summit (1983) plantea que la mayoría de las víctimas no lo han contado a nadie en su infancia, por temor a ser culpados o no lo suficientemente protegi­dos como para impedir la venganza del agre­sor. Podría pensarse que el secreto se mantuvo por vergüenza, culpa (sintiendo que quizás ella pudo haberlo provocado) o miedo (por lo que podría suceder a nivel familiar si ella lo contaba).

(2) La desprotección. El agresor, en este caso, forma parte de un vínculo de confianza y se encuentra en una posición aparentemen­te afectuosa con Sofía y su madre. El agresor es alguien que debía cuidarla, protegerla y ser referente de amparo. Es este mismo sujeto el que expone a la violencia, dejando a Sofía en si­tuación total de desamparo y desprotección, no teniendo otra alternativa que la de someterse sumisamente y mantener el secreto. Esta situa­ción es agravada por el hecho de que Sofía se encuentra con el mecanismo de la desmentida cuando acude en busca de apoyo materno. Cal­vi (2017, 2019) sostiene que esto podría equipa­rarse a la caída del estado de derecho en una sociedad. Así como esta caída representa una catástrofe social, el abuso sexual en la infancia representa una catástrofe privada que aconte­ce en la intimidad, caracterizada por un potente desamparo, inermidad y sentimiento interno de terror, siendo que quien debía proteger está au­sente y/o ataca. Bleichmar (2010) propone que el terror se produce cuando el sujeto sabe a qué le teme, pero no tiene posibilidad de instrumen­tar defensas ante lo temido. Se desarrolla un es­tado de hipervigilancia que lo consume, pero no lo protege de la repitencia del acontecimiento.

(3) El atrapamiento y la adaptación. El agresor la somete a años y años de abuso. No es una situación aislada, sino que se instala y tiende a perpetuarse. Al no ocurrir en ningún momento una interrupción o intervención, la única op­ción saludable que le queda a Sofía es aprender a aceptar la situación y sobrevivir a ella, una y otra vez. Considerando lo planteado por Feren­czi (1984a), en esta etapa Sofía no logra oponer resistencia, siendo el único recurso a su alcance aquello denominado identificación con el agre­sor. De este modo, aterrorizada por este adulto fuera de control e inundada por un miedo inten­so, se ve obligada a someterse como autóma­ta a su voluntad. Se obliga a conocerlo desde adentro en un puesto de vigilancia tan cercano que permite predecirlo para anticipar los peli­gros que puedan sobrevenir e incluso adivinar sus deseos para gratificarlos y complacerlos. A lo largo de las sesiones, Sofía manifiesta verbal­mente algo del orden de este mecanismo, con­virtiéndose en lo que su atacante esperaba de ella: “Una vez me largué a llorar mientras él me hacía que yo lo tocara. Pero me di cuenta de que no le gustó y me limpió rápidamente la cara. También me dijo que no era algo triste, que era divertido. De ahí en más no volví a llorar y tra­taba de sonreírle mientras me distraía con los dibujitos animados de la televisión”.

(4) La revelación tardía y poco convincente. Este patrón puede observarse cuando, después de tres años de abuso, Sofía logra expresar que no quiere dormir con su tío porque le da “ver­güenza” al hacerle cosas “graciosas”. Al ser una vivencia no ligada, no inscripta, no hay palabras para expresarla con exactitud, no tiene nombre. Esta dificultad para poner en palabras se con­juga con ausencia o escasa presencia de otros indicadores de desadaptación en el transcurrir de la niñez de Sofía tales como fracaso escolar o mal comportamiento, haciendo que su “de­nuncia” pierda valor. En esta dirección, Summit (1983) señala que los procesos de desadapta­ción y/o síntomas suelen ponerse de manifiesto en tiempos posteriores a la ocurrencia de las si­tuaciones abusivas.

(5) La retractación. Si bien este patrón no se expresa de manera francamente manifiesta en este caso, puede pensarse que, después de la revelación tardía y poco convincente, Sofía opta por el silencio, frente al silencio e inacción de su madre. El silencio de Sofía podría, a su vez, estar relacionado con cierta retractación de desmen­tir lo revelado, ante la martirizante obligación de preservar la familia, su cohesión y el vínculo afectuoso de su mamá con su hermano.

(6) Sufrimiento subjetivo y repetición: Sín­tomas. El abuso sexual en Sofía puede leerse como un suceso que produce efectos sobre un psiquismo en constitución, efectos que tienen carácter singular y subjetivo. Tal como plantea Calvi (2019, 2020), cada sujeto arma, de acuer­do con sus posibilidades simbólicas, una res­puesta singular frente a lo traumático. Pugliese (2021) plantea que las marcas en la subjetividad dependerán de diversos factores tales como: etapa del desarrollo, etapa del proceso abusivo, frecuencia con la que se sufrió, la cronicidad, si hubo seducción o coerción, si el agresor era un desconocido o un familiar, entre otros.

Vale aquí mencionar lo que Freud plantea en Más allá del principio de placer (1920), en torno a la compulsión a la repetición y lo traumático. Se vuelve a vivencias pasadas que no contienen posibilidad alguna de placer, que tampoco en aquel momento pudieron ser satisfactorias. Se regresa a aquello que el aparato psíquico no pudo inscribir, a una vivencia que pareciera que no le pertenece y por eso es el deseo de expul­sarla y volver al aparato a una antigua posición, sin el hecho traumático; es decir, restaurarlo, lo cual es inlograble en la vida psíquica.

Freud (1920) plantea cómo el sujeto queda fi­jado al momento traumático. Laplanche y Pon­talis (2013) aportan algo nuevo especificando que no se trata de una fijación al trauma sino fijación del trauma. No es el sujeto el que está fijado al trauma sino el trauma el que está en­quistado en el sujeto y por eso se produce la compulsión a la repetición, como en los sueños. Esto marca la posición pasiva que tiene el suje­to frente a la repetición. Es el trauma el que lo mueve a actuar. Lo cual debe vincularse, a su vez, con la atemporalidad de los procesos aní­micos inconscientes. Las categorías de tiempo y acontecimientos no están ligadas necesaria­mente. Esto significa que el tiempo no altera nada en ellos.

En Sofía, el hecho ocurrió en su infancia, du­rante seis años, pero continúa insistiendo por­que el transcurrir del tiempo cronológico no trae alivio a su psiquismo, el cual continúa expe­rimentando el traumatismo del abuso. El acon­tecimiento insiste por inscribirse (Freud, 1920).

A partir de lo descripto, un ejemplo muy con­creto en la paciente serían las pesadillas que sufre de manera recurrente ahora en su vida adulta en donde el contenido suele ser similar a la violencia de la infancia: ser perseguida, to­mada y lastimada. Bleichmar (2010) retoma a Freud para explicar las repeticiones mediante los sueños. En ellos, el hecho traumático se re­pite de una forma peculiar, ya que toman solo algunos elementos de la realidad vivida. El sue­ño pretende simbolizar lo vivido, aquello para lo cual el psiquismo no estaba preparado, siendo esto un elemento fundamental de la repetición. Estos sueños repetitivos, similares en forma y contenido, atormentan a Sofía siendo la reapa­rición (una y otra vez) de la escena traumática. Se repite lo displacentero con el mismo afecto, el terror. Es a través de ellos que el psiquismo intenta inscribir lo que no pudo ser elaborado.

Los demás síntomas en Sofía también pueden ser interpretados como un claro sufrimiento psíquico asociado al abuso sexual. Más especí­ficamente, podría decirse que aparecen tras el segundo momento del trauma, cuando la expe­riencia deviene traumática. Tal como ella mani­fiesta, la sintomatología comienza al tiempo de estar en una relación con su actual pareja. Es decir que, después de cierto tiempo de latencia, aparecen síntomas que se agrupan en dos gran­des modalidades: el cuadro de neurosis traumá­tica propiamente dicha y, en el otro extremo, un cuadro que es mucho más banalmente neuróti­co, como si el traumatismo no hiciera más que revelar una neurosis latente preexistente (Blei­chmar, 2010).

Está aquí también en juego la repetición, ya que el síntoma repite, retornando aquello in­consciente que no se ha olvidado. Estos sínto­mas parecen ser un mensaje que se halla a la espera de ser leído y significado. En ellos se ex­presa lo silenciado por tantos años, lo que no se pudo hablar.

La sintomatología somática descripta por la paciente como nudo en la garganta, molestias en la barriga, sudoración de manos y mareos puede ser una angustia referida a aquel monto de afecto que, en un primer momento, no pudo ser ligado. Se refiere al afecto en forma pura que emerge en la conciencia descualificado (Blei­chmar, 2010; Toporosi, 2018). La paciente solo puede definirla como un cúmulo de sensaciones displacenteras que experimenta cotidianamente sin un estímulo aparente o concreto y que están a mitad de camino entre lo psíquico y lo somá­tico.

En cuanto a la anorexia nerviosa, Hekier y Mi­ller (1996) puntuaron la estrecha relación entre lo sexual y lo alimentario, planteando cómo en la anorexia se puede intuir un rechazo al inter­cambio sexual. Tal como plantean Abraham y Llewlyn-Jones (2005), mujeres que sufren anorexia temen a hacerse física y sexualmente maduras. De esta manera, al evitar comer, se niega su sexualidad, los contornos corporales se hacen como los de una niña y hasta incluso los periodos menstruales pueden desaparecer. Para Tubert (2000), el cuerpo en la anorexia es andrógino, no deseable por el otro, colocándo­se a salvo del abuso sexual. Es así como Galán Jiménez Jaime y De Ávila Ramirez (2015) man­tienen la hipótesis de que adelgazar dentro de un cuadro de anorexia es dar menos cuerpo al otro. Desde este punto de vista es que Recalcati (2003) pronuncia que el ideal anoréxico es el de una separación absoluta, sin intercambio con el otro. Esto puede vincularse estrechamente con otra sintomatología presentada en Sofía, aque­lla que se manifiesta conscientemente como motivo de consulta: la falta de deseo de relacio­nes sexuales con su pareja.

Por otro lado, también puede pensarse a la anorexia como un intento de tener el control. Es así como podría decirse que Sofía, con su trastorno alimentario, busca sentir que tiene control, un control con el que no contaba al ser víctima de aquellos abusos sexuales. Desde la anorexia controla de manera rígida y no permite que nada que no esté en su deseo se introduzca en su cuerpo, construyendo una barrera impe­netrable (Dio Bleichmar, 2000; Médico y Quin­tanilla, 1996).

En relación con sentimientos de inseguridad e inferioridad y baja autoestima, se podría vin­cular con el “síndrome de mercancía dañada” planteado por Sgroi como posible efecto des­de el punto de vista emocional del abuso sexual (Intebi, 2017), siendo que la paciente se siente irreparablemente dañada para siempre y en desventajas de otros. Tal como se planteaba con anterioridad junto a Giberti (2016), el abu­so produce desinvestidura del Yo en la víctima. El incesto deviene desubjetivación, una pérdida de libidinización del Yo, descripta como un “dar de baja al yo”. Calvi (2020) describe cómo lo traumático no es una simple perturbación de la economía libidinal, sino que amenaza más radi­calmente la integridad del sujeto, volviendo al yo indefenso e inferior.

En cuanto a los problemas de aprendizaje, hay una clara inhibición de las distintas funciones yoicas básicas que entorpecen los procesos de adquisición de conocimiento provenientes del mundo exterior, fracasando en su proyecto aca­démico facultativo. Se trata de un yo empobre­cido como parte de aquella mercancía dañada. Asimismo, es importarte mencionar que existe cierta taxonomía en torno a los problemas de aprendizaje. Diversos autores (Fernández, 1997; Taborda y Labin, 2020) mencionan diversos grupos entre los que se destacan: los reactivos y los que se corresponden con un síntoma e in­hibición. En Sofía, se percibe claramente este segundo grupo. Fernández (1997) nos invita a pensar que el síntoma en ella consistiría en un no conocer, atrapando a la inteligencia y, más precisamente, a la capacidad para aprender. Es así como los recursos de elaboración cognitiva quedan no disponibles, sin tener la posibilidad de revelar un saber o una verdad que a veces se la evita, ya que puede ser dolorosa (como aquella sobre la violencia sexual por parte de su tío materno). Parecería ser que el mecanis­mo defensivo de la desmentida interfiere en el funcionamiento yoico más consciente y en sus funciones cognitivas.

También podría mencionarse la hipótesis pro­puesta por Luzuriaga (1998) acerca de la inteli­gencia contra sí misma. En Sofía puede visua­lizarse, de manera clara, cómo la inteligencia se destruye a sí misma con el fin de no cono­cer contenidos que resultan dolorosos. No hay aquí una detención de la función intelectual o una carencia o ausencia de esta, sino una inten­sa existencia de una disfunción, de una fuerza constante y organizada que ataca al sí mismo denominada contrainteligencia. Su esencia es el ataque a la percepción y comprensión del mundo externo y mundo interno y contra las vi­vencias que ambos despiertan (vivencias trau­máticas y dolorosas). Así, se arriba a la incom­prensión de hechos de vital importancia para su psiquis, como mecanismo defensivo.

Por último, la “mala relación” con su madre puede ser relacionada con aquella consecuencia psíquica del abuso sexual planteada por Finke­lhor (Intebi, 2017): la traición. Se trata de un sentimiento que representa una falla en la con­fianza depositada en las personas que deberían proteger. La ira y la desconfianza generalizada son consecuencias emocionales producidas por la “traición” de su madre por su desmentida ya descripta y sus resultantes fallas en la función materna. Esto también puede explicarse desde lo planteado anteriormente por Lecannelier et al. (2021) en torno a cómo un trauma complejo en el desarrollo afecta la formación de apegos seguros.

Cabe mencionar que todos estos síntomas aluden y eluden al conflicto inconsciente. Lo eluden para no contactarse de manera directa con él pero, al mismo tiempo, están mostrando una marca, señalando y aludiendo al conflicto. En todo síntoma hay un mensaje encapsulado. Sofía habla a través de sus síntomas, aludiendo y eludiendo, denunciando y renunciando. Como refiere Calvi (2020), el silencio impuesto en el abuso sexual siempre produce sonidos que las víctimas, en este caso Sofía, escucharán de ma­nera enigmática.

Desde esta línea, Pugliese (2021) describe cómo los efectos de lo traumático permanecen como “cuerpo extraño” dentro del psiquismo hasta que se puede procesar, no solo recordan­do y repitiendo, sino también reelaborando la representación.

Si bien la sintomatología psíquica analizada aquí se refiere a efectos singulares y subjetivos, es importante destacar que gran parte de esta coincide con aquellos indicadores específicos que suelen surgir tras haber sufrido abuso se­xual: ansiedad, trastornos del sueño, baja auto­estima, trastornos alimentarios, fracaso acadé­mico, relaciones conflictivas a nivel familiar y sexualización no satisfactoria con inhibiciones a nivel sexual (Intebi, 2017, 2018).

Elaboración en espacio terapéutico

Desde el espacio terapéutico, se le ofreció a Sofía escucha activa, contención y sostén para que pudiese hablar, relatar y denunciar. Tal como plantea Mannoni (1992), nada puede ser escuchado sin lugar de acogida. Este trabajo implica una situación transferencial mediante la que la paciente pone a prueba la posibilidad de contar con alguien.

Para que un traumatismo de esta índole pu­diese ser procesado, elaborado y metabolizado por la paciente, fue importante la posibilidad de construir un relato y trabajar sobre la memo­ria porque, al hacerlo, podía reconstruirse a ella misma. En este sentido, Horstein (1993, en Cal­vi, 2019) plantea que recordar no es solo traer al presente y a la memoria sucesos aislados sino formar secuencias significativas, historizar, con el fin de construir y reconstruir la propia existencia.

El hecho de compartir lo acontecido con el profesional fue posibilitando un proceso de transformación en experiencia en la medida en que se pudo ir conectando el afecto y la an­gustia con las representaciones. Fue necesario que el psiquismo lograra dicha articulación para poder metabolizar las experiencias (Bleichmar, 2010; Franco et al., 2018).

Tomando a Bleichmar (2010), podríamos de­cir que la paciente pudo acceder al beneficio de oírse, logrando integrar en una nueva serie psí­quica aquello que sentía ajeno (extraño) a sí mis­ma. Así, aquella angustia no ligada logra ligarse a la representación mediante la palabra y el re­cuerdo, entrando al terreno del sentimiento y del afecto cualificado y es allí donde aparece el mie­do. Esta es la diferencia entre angustia (descuali­ficado y no ligado) y miedo (cualificado y ligado) (Bleichmar, 2010). Aparece el miedo, es decir, la simbolización, ya que la paciente logra compren­der a qué le teme: a aquella vivencia traumática y a que esta se repita en la actualidad.

También aparece una segunda ligazón de una representación con otra: de una segunda esce­na del trauma con una primera, pudiendo de esta manera comprender en parte algunos de sus síntomas, como las dificultades en las rela­ciones sexuales con su pareja.

A partir de lo planteado por Ferenczi (1984b), podría afirmarse que la actitud del profesional fue aquí un punto clave. A veces, una situación analítica puede retrotraer a la situación trau­mática y repetirla, haciendo que el paciente sea también traumatizado en el presente por una actitud negativa del analista (por ejemplo, cuando hay antipatía en el profesional). En ese caso, no se podría elaborar el pasado porque el presente se vive como semejante. Con Sofía, el profesional posibilitó el avance planteando una diferencia entre el presente y pasado por aspec­tos transferenciales positivos. No se llevó a cabo una repetición sino una reproducción de lo des­agradable y traumático, que habilita entonces a la elaboración.

Dent (2021) describe la importancia de la con­ciencia dual en los procesos de análisis de lo traumático. Esto implica que la paciente tenga conciencia de que está en un presente a salvo con un profesional que lo sostiene con confian­za para poder luego tomar conciencia y contac­to con el recuerdo doloroso. Sofía pudo bucear en su pasado solo por el hecho de tener esta conciencia de estar sostenida en un presente. Es fundamental, sostiene Calvi (2019), otorgar una mirada y un soporte que permita la histo­rización, el alojamiento del padecimiento y el surgimiento de la palabra estableciendo nuevos lazos libidinales.

Es importante mencionar que, en el proceso, se acompañó, se orientó y se informó a la pa­ciente, quien, tras un largo camino, denunció ante su madre lo sucedido durante tantos años, imponiendo distancia con su tío, no continuan­do con las reuniones familiares semanales que solían llevar a cabo. Tiempo después, también denunció penalmente a su tío, siendo acompa­ñada aquí por su madre.

Podría considerarse que este espacio terapéu­tico construido implicó un ambiente sostene­dor, dando lugar a una experiencia productora de subjetividad, a un nuevo sentido de conti­nuidad y vivencia esperanzadora (Altamirano y Sosa, 2020).

Por último, el trabajo terapéutico post denun­cia fue abriendo diversas líneas de nuevos análi­sis. Un gran camino construido, no mencionado ni descripto en el presente trabajo, es la pérdida temprana del padre, el cual merece ser estudia­do de forma particular en otro artículo.

Denuncia en contexto patriarcal

En cuanto la denuncia en la fiscalía correspon­diente, esta se efectuó en octubre del 2019, ini­ciando un proceso judicial que continúa vigente hasta la fecha actual. Este punto cobra relevan­cia, ya que, como sostiene Intebi (2017), pese a sus limitaciones y complicaciones, la intervención legal puede tener beneficios para la víctima. Tal como plantea Toporosi (2018), la posibilidad de procesamiento del psiquismo individual depen­de de que desde las instituciones de la socie­dad se registre y se condene a quien provocó el padecimiento y sus cómplices. Calvi (2020) expresa que si bien el castigo al culpable no va a borrar los hechos acontecidos va a dictaminar que hay alguien que cometió un delito y alguien que fue víctima.

Sin embargo, la paciente describe al proceso como “lento” y “tedioso”, en donde en innume­rables momentos se ha encontrado bajo la obli­gación de relatar lo acontecido en su infancia. Parece que un solo relato no es prueba suficien­te, no alcanza. En una de dichas oportunidades cuestionaron su demora para concretar la de­nuncia. Incluso lo más temido por ella sucedió: en una ocasión, debió testimoniar frente a su abusador, encontrándose en un mismo recinto con él, a pocos metros, frente a frente.

Sofía vivencia este proceso de manera doloro­sa, siendo visualizada como sospechosa y poco confiable. A su vez, parece ser revictimizada por la intervención judicial, que la posiciona nueva­mente como objeto, desubjetivándola. Como plantea Calvi (2020), toda intervención que no le otorgue al traumatismo el estatus que le co­rresponde revictimiza a quienes han debido so­portar los hechos disruptivos.

Hay una notoria ideología patriarcal regulan­do los pensamientos de numerosos jueces y profesionales dedicados a esta temática, que pretende mantener incólume la figura del hom­bre, en las cuales se desdicen las aberraciones incestuosas y abusivas (Calvi, 2020).

A ello, debe sumársele que el agresor de So­fía mantiene también un discurso patriarcal, sin responsabilizarse, descalificando a la víctima insistiendo que tales hechos nunca ocurrieron, dejándolos bajo un manto de fantasía propia de una niña “muy imaginativa” para que su relato pierda credibilidad. Estas reacciones son aque­llas típicas en la defensa de un agresor sexual (Calvi, 2020; Intebi, 2017).

Conclusiones

La familia es reconocida como núcleo central de protección de la infancia y la adolescencia, debiendo asegurar a NNA el pleno disfrute y ejercicio de sus derechos. En Argentina, La Ley Nacional N° 26.061 (2005), basada en la Con­vención sobre los Derechos del Niño (1989), identifica a la familia como la principal respon­sable del cuidado de NNA (Art. 7º) y plantea, como derecho básico, el desarrollo en el ámbito familiar de origen (Art. 11º). Sin embargo, los ca­sos clínicos de abuso sexual intrafamiliar nos ha­cen reflexionar acerca del ideal de familia como dadora privilegiada e incondicional de protec­ción y cuidado; siendo que la familia puede ser tan peligrosa como el temido mundo exterior e incluso ser un privilegiado ámbito privado don­de los más débiles pueden estar impunemente sometidos a todo tipo de violencia.

Los mecanismos defensivos, como la renega­ción o la desmentida, funcionan en el imaginario social, silenciando funcionamientos sociales de producción y reproducción de violencias coti­dianas, tales como el ASI. Este ha sido oculta­do históricamente bajo el manto protector de la vida privada. A su vez, a los abusos contra ni­ñas se les agrega la dificultad de reconocimien­to propia de una sociedad con cierta ideología misógina y patriarcal, donde el lugar otorgado a las mujeres no es el de los privilegios (Calvi, 2017, 2019, 2020; Cohen Imach, 2017). Es así como Cohen Imach (2017) destaca que el ASI se inscribe como un síntoma social en nuestra actualidad.

De manera más esperanzadora, la autora des­cribe cómo movimientos feministas que buscan desenmascarar la hegemonía del poder mascu­lino en la mayor parte de los escenarios sociales, como así también los aportes propios del psi­coanálisis a la comprensión del abuso, permiten actualmente una mayor visibilización de la pro­blemática, aunque aún queda mucho camino por recorrer.

Más allá de la dificultad o posibilidad de visi­bilización, no se puede negar que el abuso se­xual contra NNA es real y existe. Se trata de una situación extrema de violenta intromisión que irrumpe sobre la subjetividad con efectos psí­quicos que refieren a lo traumático (Calvi, 2017, 2019, 2020). Es una problemática de salud pú­blica que requiere de políticas del Estado para su prevención, detección y asistencia o trata­miento (Sosa et al., 2020). Considerando que el abuso sexual en la infan­cia es una situación compleja donde se conjugan diversos factores bio- psico- sociales-legales que influye tanto en dinámicas intrapsíquica y familiares como en la comunidad en su conjun­to, es de fundamental importancia que dichas políticas públicas reúnan enfoques transdiscipli­narios. Estos deberían incluir aportes de la medi­cina, psicología, derecho y trabajo social, entre otras disciplinas, en pos de transcender las su­matorias de aportes individuales para construir el trabajo en equipo, en el marco del paradigma de complejidad (Sosa et al, 2020).

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