Cultura de la depresión: la transformación psicocultural del imaginario adolescente

Ricardo Fandiño Pascual y Oriol Rosell Costa

RESUMEN

Cultura de la depresión: la transformación psicocultural del imaginario adolescente. Este artículo se plantea como un diálogo entre la psicología de la adolescencia y la crítica cultural. La comprensión clínica del adolescente contemporáneo implica necesariamente una contextualización. Para acercarnos a la adolescencia, no debemos hacerlo como si fuera un sujeto universal, ya que se trata de una conceptualización ligada a procesos socio­históricos y determinada culturalmente. Desde esta perspectiva constatamos cómo el continuo normalidad-psicopatología en los adolescentes ha evolucionado en las últimas décadas, cambios de los que hoy tenemos evidencia clínica pero que se pueden ir observando también a través de la representación cultural del imaginario adolescente. Palabras clave: salud mental, adolescencia, cultura, depresión.

ABSTRACT

Culture of depression: the psychocultural transformation of the imaginary adolescent. This article is posed as a dialogue between adolescent psychology and cultural criticism. The clinical understanding of the contemporary adolescent necessarily implies a contextualization. In order to approach adolescence, we must not do so as if it were a universal subject, since it is a conceptualization linked to sociohistorical processes and culturally determi­ned. From this perspective we note how the normality-psychopathology continuum in adolescents has evolved in recent decades, changes of which we now have clinical evidence but which can also be observed through the cultural representation of the imaginary adolescent. Key words: mental health, adolescence, culture, depression.

RESUM

Cultura de la depressió: la transformació psicocultural de l’imaginari adolescent. Aquest article es planteja com a un diàleg entre la psicologia de l’adolescència i la crítica cultural. La comprensió clínica de l’adolescent contem­porani implica necessàriament una contextualització. Per apropar-nos a l’adolescència, no ho hem de fer com si fos un subjecte universal, ja que es tracta d’una conceptualització lligada a processos sociohistòrics i deter­minada culturalment. Des d’aquesta perspectiva, constatem com la continuïtat normalitat-psicopatologia en els adolescents ha evolucionat en les darreres dècades, canvis dels quals avui tenim evidència clínica però que es poden anar observant també a través de la representació cultural de l’imaginari adolescent. Paraules clau: salut mental, adolescència, cultura, depressió.

La comprensión de la salud mental como un padecimiento ligado a condicionantes sociales, económicos, culturales o relacionales ha estado desplazada durante años por una perspectiva biologicista que pretende reducir el malestar psí­quico a disfunciones orgánicas, muy centradas además en una supuesta etiología genética. Esta mirada reducida tuvo especial predominancia en tiempos de un especial optimismo sistémico, en los que nuestra civilización era entendida como el culmen del bienestar. En 1992, Fukuyama (2020) proclamaba el fin de la historia de las ideologías, en un sentido hegeliano, considerando que la democracia liberal occidental se había converti­do en la forma definitiva de organización social humana, fuente de igualdad y prosperidad. La enfermedad, física o psíquica, en ese contexto, era entendida como una disfunción particular del sujeto. El propio sistema nos proveería de los medios para corregir dichas disfunciones. En el caso de las psicopatologías, este trata­miento se producía a través de psicofármacos y psicoterapias entendidas como procesos de condicionamiento de adaptación del sujeto al sistema tal y como describió Althusser (1965).

Este marco biologicista se ha visto superado por el importante incremento de problemáticas de salud mental que se han ido dando en este siglo y que han sido particularmente significa­tivas a partir de la pandemia por la Covid-19 y, de forma particular, en población infanto-juvenil. En este incremento, se han observado no solo mayores tasas de psicopatología en la población general, sino también un progresivo desplazamiento en las problemáticas de salud mental que, con mayor frecuencia, se observan en las consultas públicas y privadas. Esta evolu­ción no puede en ningún caso explicarse desde la disfunción individual y está evidentemente en relación con factores socioculturales y econó­micos.

Dentro de lo mucho que escribió Freud a lo largo de cinco décadas, no suele ser muy refe­renciado el artículo “La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna” (1980) de 1908, texto en el que establece cómo el antagonismo entre la vida pulsional y los elementos culturales defi­nitorios de una época serán determinantes para el desarrollo del sufrimiento psíquico predomi­nante en esta. Este texto serviría como punto de partida para que pensadores freudomarxis­tas del ámbito del psicoanálisis, la sociología y la filosofía pusieran en relación la salud mental con el sistema de creencias y valores propios de nuestra civilización caracterizada por el capita­lismo en sus diferentes formas a lo largo de la historia.

Los pensadores freudomarxistas establecen una relación directa entre el esfuerzo del sujeto por desarrollar una forma de ser adaptativa a un sistema sociocultural y el desarrollo de la psico­patología. Reich (2019) situaba el origen de la enfermedad mental en la represión y el control de las pulsiones sexuales entendidas estas en un sentido amplio como la base afectiva de todo sujeto. Estos mecanismos de represión y control serían las exigencias del sistema para convertir­se en un buen ciudadano. Siguiendo esta mis­ma línea conceptual, Marcuse (2010) desarrolló la idea de la desublimación represiva como una evolución en las formas de control del capita­lismo en la que progresivamente se desplaza la pulsión sexual hacia el consumo. En este senti­do, la expresión artística que funcionaba como una forma de sublimación o expresión civilizada de los impulsos instintivos pasaría a ser progre­sivamente una mercancía que sustenta el pro­pio sistema cultural. También Guattari (2004) continua esta línea de pensamiento cuando es­tablece que la producción capitalista se expresa a través de fuerzas materiales, trabajo humano y relaciones sociales, que funcionan como des­plazamientos del deseo.

Esta relación entre sistema social y enferme­dad mental ha sido estudiada profusamente por Michel Foucault (2015) en “Historia de la locura” y extiende su tradición también a estudios so­ciológicos como el de Durkheim (2007) sobre las bases sociales del suicidio. El movimiento antipsiquiátrico operativizó estas ideas a través del rechazo a las prácticas que medicalizaban problemáticas de base psicosocial. Autores con­temporáneos como Mark Fisher (2018) y Franco Bifo Berardi (2022) profundizan en la relación entre el sufrimiento psíquico de la población y las últimas evoluciones del capitalismo y, en particular, en las expresiones que la enfermedad mental está teniendo en la población más joven.

Una característica de la evolución de nuestras sociedades ha sido la invención y evolución de la adolescencia como edad. Según Le Bretón (2014), la adolescencia surge en las familias bur­guesas del siglo XVIII como una etapa de tran­sición entre la infancia y la adultez a través de la que dar respuesta a la necesidad creciente de instrucción y preparación afectiva a través de la que integrarse en la vida de las sociedades industriales. Se podría decir que la adolescencia nace como respuesta a la creciente dificultad para constituirse en un ciudadano plenamente integrado en un entramado social complejo. En el transcurso de su historia, la adolescencia es subsidiaria de los grupos etarios entre los que se encuentra (infancia y adultez). De forma progre­siva, se constituye en un mundo cultural, social y psicológico propio para, a partir de la década de los 50 del siglo pasado, ocupar progresivamen­te la centralidad social (Savage, 2018). Se podría decir que la adultez ha sido desplazada como edad deseable del humano por la adolescencia o, en todo caso, por una juventud inicial y plena. Así, habríamos pasado del síndrome de la ado­lescencia normal de Aberasturi y Knobel (1971) entendido como la anormalidad del adolescen­te en tránsito de ser adulto, a la adolescencia como destino que señala una nueva normalidad social (Fandiño y Rodríguez, 2021).

Todo este cambio en las características y con­figuración de las adolescencias está en relación con la evolución de nuestro sistema sociocultu­ral y económico y tiene repercusiones en las ca­racterísticas específicas del sufrimiento psíqui­co propio de esta época. Esta realidad mutante se puede rastrear en la producción de las cultu­ras juveniles de los últimos años, como iremos viendo a continuación.

El asentamiento de la juventud en tanto gru­po social, cultural y económicamente constitui­do y dotado de su propia idiosincrasia, ya se ha mencionado, cristalizó después de la Segunda Guerra Mundial. En la década de los cincuenta, la prosperidad económica en Estados Unidos y los cambios que comportó —aumento de la na­talidad y acceso generalizado de la población blanca urbana a los estudios medios y superio­res, entre otros— estimularon la aparición de the luckiest generation (1), la generación más afor­tunada: dieciocho millones de consumidores potenciales de entre doce y veinte años de edad con un capital estimado de diez mil millones de dólares. Para satisfacer las querencias y los afectos de aquel nuevo segmento demográfico, se desplegó la batería de mercancías —moda, alimentación, entretenimiento— que acotarían el imaginario de lo juvenil a modo de extensión de la cultura de masas; un espacio simbólico que no sería tanto una superficie reflectante del trieb adolescente como un patrón de conducta concebido para modularlo en el seno de un sis­tema aún entonces adultocéntrico. El rock’n’roll y su iconografía definieron los límites estéticos y comportamentales de una fantasía emancipa­toria, actuando como agentes reguladores de las pulsiones de sus participantes. Los jóvenes descubrieron simultáneamente su unicidad y el modo en que esta podía —debía— expresarse. No tardarían en descubrir también los límites de ese nuevo vocabulario.

Si en los cincuenta el colectivo juvenil se re­conoció a sí mismo en tanto entidad singular, en los sesenta quiso devenir sujeto histórico. La convergencia del baby boom y movimientos emergentes como el antimilitarismo, el feminis­mo de la segunda ola o la lucha por los derechos civiles redundó en la cristalización del deseo de los jóvenes de modificar el presente y su futuro. Ya no se conformaban con habitar en el mundo; también querían cambiarlo. Así nació la contra­cultura, un conjunto de ideas y prácticas que abría una brecha en lo real, a través de la cual podía atisbarse una realidad otra, distinta a la regida por la autoridad adulta. El frenesí contra­cultural fue el combustible que propulsó al mo­vimiento hippy, abanderado de la posibilidad de un modo de vida alternativo construido sobre los pilares de la paz, el amor y la comprensión. Pero el pensamiento utópico quedó herido de muerte a finales de la década. Los centenares de manifestaciones y actos organizados en todo el mundo no lograron detener la Guerra de Vietnam. El consumo de drogas duras se cobró miles de vidas, incluyendo las de iconos como Jimi Hendrix, Janis Joplin o Jim Morrison. La búsqueda de nuevas perspectivas espirituales degeneró en el entramado mercadotécnico de la new age, cuando no en la creación de sectas destructivas y grupos como la Familia Manson. Además, la primera gran crisis de posguerra es­taba a la vuelta de la esquina. El aumento del precio del petróleo de 1973 marcaría el ocaso de los treinta años de prosperidad capitalista que dieron pie el estado del bienestar. En buena medida, la conjunción de desilusión y recesión fue el disparador que iniciaría la colonización progresiva de lo depresivo en el imaginario pop que se desarrollaría en los años venideros.

Nick Land y Sadie Plant (1994), fundadores de la Unidad de Investigación de Cultura Cibernéti­ca (CCRU por sus siglas en inglés) de la Univer­sidad de Warwick, definieron la catástrofe como “el pasado haciéndose pedazos”. En este senti­do, el derrumbe de la utopía contracultural fue catastrófico porque acarreó la rotura irreparable de una época de candidez, de fe en las capaci­dades factuales del deseo de transformación. El trauma fue doble, pues se articuló en la revela­ción de dos certezas: los jóvenes no podían cam­biar las cosas, y ni siquiera el mundo que creían suyo, aquel que les permitía significarse, les per­tenecía. No solo por la participación directa de las industrias culturales y del entretenimiento —adultocéntricas ambas— en su perfilado original; también por el creciente desdibujamiento de sus lindes identitarios.

Land y Plant (1994) se refirieron igualmente a la anástrofe desde una perspectiva filosófica como “el futuro formándose”. En el ámbito de la retórica, la anástrofe es la figura consistente en la inversión de la posición de los elementos de una oración en contra de su orden lógico, sin alterar por ello su significado. Pero la transposi­ción de factores socioculturales, políticos y eco­nómicos que aconteció a mediados de los años setenta en el Occidente capitalista sí alteró el significado de la realidad y su percepción. Coin­cidiendo con la crisis del petróleo, la primera generación que vivió plenamente el rock’n’roll se hizo adulta en una coyuntura muy distinta a la de sus padres. El súbito parón económico, la subsiguiente zozobra psicológica y el inicio de la etapa neoliberal del capitalismo, con los man­datos de Margaret Thatcher en Gran Bretaña y Ronald Reagan en Estados Unidos, sentaron las bases de un nuevo futuro formándose, re­curriendo al aforismo de Land y Plant. Un es­cenario, aún vigente hoy, caracterizado por la provisionalidad y la incertidumbre. La solidez de unas perspectivas vitales hasta entonces in­discutidas comenzó a descomponerse, dando paso al estadio líquido de la modernidad tar­día teorizado por el sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman (1999). En ese nuevo marco, la concepción de la adultez fue sometida a un proceso, todavía inacabado, de reescritura ra­dical. La mayoría de edad dejó de ser garantía de seguridad laboral y estabilidad financiera y emocional. Sujeto a la amenaza perenne de una precarización inminente, al continuo vaivén de una sucesión inacabable de crisis —no menos de seis recesiones globales desde 1973 hasta el pre­sente— y a la necesidad de lo inmediato como principal recurso para la satisfacción personal, el nuevo adulto acabaría renunciando a los valo­res y símbolos tradicionalmente asociados a su condición, convirtiéndose en una suerte de ado­lescente tardío: biológicamente templado pero psicológicamente marcado por la inquietud y la indecisión.

Difuminados los límites que distinguían a la adolescencia de la adultez, los nuevos adultos reclamaron su derecho a la música pop, sintién­dola propia en tanto adolescentes tardíos —o adultescentes, en palabras de Ricardo Fandi­ño y Vanessa Rodríguez (2021)— y diluyendo, por ende, la connotación netamente juvenil de aquella. El rock progresivo, el pop para grandes estadios, el soft-rock y el muy significativamen­te denominado Adult Oriented Rock (AOR), rock dirigido a adultos, gozaron de gran éxito comercial en la segunda mitad de la década de los setenta. Fueron los principales frutos del desplazamiento intergeneracional de un sonido y una cultura en principio pensada en exclusiva para los jóvenes. En semejante tesitura, la apari­ción del punk significó un intento de reordena­ción del espacio simbólico adolescente adapta­do al cambio de paradigma

El relato hegemónico ha insistido en relacio­nar al punk con el nihilismo, fundamentándose principalmente en el celebérrimo eslogan “no future”, no hay futuro, entresacado, por si hace falta recordarlo, del estribillo de God save the queen. Sin embargo, es necesario recordar que el mensaje de los Sex Pistols coexistió con otros de carácter bien distinto: del “cámbialo, es cosa tuya” (Alternative Ulster, de Stiff Little Fingers) y el “no me digas qué tengo que hacer” (Don’t dictate, de Penetration) al “control total, incluso sobre esta canción” (Complete control, de The Clash) y el “si los chavales están unidos, jamás serán vencidos” (If the kids are united, de Sham 69). Esta diversidad ha sido omitida de mane­ra reiterada por la voluntad, algo artificiosa, del análisis académico, empeñado en conectar el punk con vanguardias artísticas (dadá) y polí­ticas (el situacionismo) y desvincularlo hasta cierto punto del subtexto pulsional que desde los rockers seminales ha atravesado a todas las subculturas pop. Un esencialismo actitudinal fácilmente identificable en el punk —rebeldía, narcisismo, inestabilidad emocional, deseo de emancipación, adhesión al grupo de iguales—, aunque esta vez se conjugaría, por vez primera, con un entendimiento del Yo juvenil recontex­tualizado en el marco post-crisis del 73. Lo que muchos quisieron interpretar como nihilismo fue la irrupción brusca, violenta incluso, de una consciencia hiperrealista que entraba en con­flicto con el carácter fantasioso del hábitat cul­tural de los jóvenes. Volviendo a los eslóganes y a los Sex Pistols, quizá el más certero de todos fue “el gran timo del rock’n’roll”, que dio título a su película póstuma.

El punk volvió a modular las tensiones relacio­nales del campo simbólico juvenil con el adul­to deconstruyéndolo y reformulándolo. Ante el saqueo gradual de los atributos adolescentes, los punks respondieron apropiándose de ras­gos históricamente asignados a la edad adulta. Principalmente, el imaginario psicopatológico. Nunca antes el pop había hecho referencia a la esquizofrenia, la depresión, la ansiedad y la pul­sión suicida. La locura y la muerte ya no eran las espectacularizaciones erotizadas plasmadas en los cancioneros de las dos décadas anteriores. En el punk nadie enloquecía ni moría de amor: moría de sobredosis, de una paliza, de un nava­jazo o por su propia voluntad, presa de un has­tío vital inconsolable.

Los jóvenes punks renunciaron a su propia juventud, o a cómo se suponía que debía ser. Sus preocupaciones se entremezclaron hasta confundirse con las de los adultos, sometidos a su vez a un proceso de des- y re-identifica­ción análogo, si bien en el sentido opuesto. No obstante, no puede magnificarse el impacto del punk en el inconsciente juvenil global. La pro­yección mediática del fenómeno fue fugaz, su rentabilidad comercial, escasa, y su alcance cul­tural, limitado. Habría que esperar tres lustros para que el arquetipo del adolescente prema­turamente “adultizado” se incorporara al mains­tream encarnado en el grunge, con sus aristas —la violencia, el feísmo y la hipoerotización de los cuerpos típicas del punk— convenientemen­te pulidas. Fruto de este vaciado de contenidos conflictivos, la estética grunge enfatizó la ver­tiente depresiva en tanto signo de “madurez” y “profundidad”. Paradójicamente, el nuevo ídolo pop renunciaba a la superficialidad y la liviandad del pop. A su propia condición de adolescen­te. Era un inadaptado sensible y atormentado, suerte de antihéroe existencialista cuya desa­zón metafísica se canalizaba a través de unas letras teñidas de pesimismo y oscuridad. El ico­no de aquella generación, Kurt Cobain, líder de Nirvana, tituló una de las últimas canciones que compuso antes de dispararse en la cabeza con una escopeta I hate myself and I want to die. Me odio a mí mismo y quiero morir.

En La distinción (2012), Pierre Bourdieu expli­có las relaciones de poder entre sujetos cultu­rales mediante la acumulación de distintos ti­pos de capital simbólico dentro de los campos donde la acumulación y el uso de esos capitales tiene lugar. Después del grunge, el imaginario juvenil quedó jerarquizado en base a la depre­sión como capital simbólico. Quien más sufría, quien peor lo pasaba, mayor prestigio adquiría dentro del orden cultural adolescente. Un es­tudio de la Lawrence Technical University de Southfield, Michigan (Kresovich et al. 2021), de­mostró este giro depresivo alimentando una in­teligencia artificial con las letras de más de seis mil canciones que habían formado parte de las listas de éxitos entre 1951 y 2016. Los resultados no dejaron lugar a dudas: el pop del siglo XXI estaba dominado por la tristeza y el decaimien­to emocional. Estrellas de cuño reciente como Billie Eilish, Lana del Rey o el grueso de artistas emo-trap, con el malogrado Lil Peep a la cabe­za, lo dejaban claro.

Las resonancias sociopolíticas de este viraje hacia lo depresivo no pueden ser pasadas por alto. Si, como sostiene el pensador italiano Fran­co Bifo Berardi (2017), la depresión es la muerte del deseo, una juventud deprimida es una juven­tud huérfana de deseo y, sobre todo, incapaz de constituir un “nosotros” deseante capaz de impulsar cualquier tipo de cambio.

Aceptando que la psicopatología refleja, tal y como postulaban los freudomarxistas, la ten­sión existente entre el deseo del sujeto y su pro­ceso de adaptación a un estándar sociocultural que va evolucionando en el tiempo histórico, es pertinente interrogarnos acerca de la transfor­mación de la psicopatología del adolescente en estos últimos años y su relación con los cambios que se han venido dando en nuestro entorno.

Tradicionalmente, la mirada que desde la psicopatología se ha tenido de la adolescen­cia ha puesto el acento en su funcionamiento transgresor. Los adolescentes con problemas de salud mental eran mayoritariamente aque­llos que por su conducta o actitud transgredían los límites socialmente aceptables. Así, etique­tas diagnósticas como el trastorno de conducta (TC), el trastorno negativista desafiante (TND) o el trastorno por déficit de atención con hipe­ractividad (TDAH) han sido predominantes en las consultas de salud mental infanto-juvenil. Se trataba, en todo caso, de jóvenes rebeldes, incómodos para el sostenimiento de un orden social determinado, ya sea en el aula, en la calle o en las casas, y a los que se trata principalmen­te con medicaciones que les ayudan a controlar sus impulsos y centrar su atención para, de este modo, adaptarse a la normativa social, acompa­ñando este trabajo, de forma subsidiaria, con te­rapias cognitivo-conductuales que los dotan de estrategias para estar en el mundo “como hay que estar”.

En estos últimos años nos encontramos con un desplazamiento en el malestar adolescente. Según un informe publicado por la Organiza­ción Mundial de la Salud (WHO) en 2014, titula­do Health for the world’s adolescents, la depre­sión ya era la principal causa de enfermedad y discapacidad entre los adolescentes de edades entre los 10 y los 19 años. El suicidio se ha con­vertido en la primera causa de muerte entre los varones de 15 a 29 años y las hospitalizaciones por autolesiones entre los 10 y los 24 años casi se han cuadruplicado en las últimas décadas: de 1.270 en el año 2000 a 4.048 en 2020.

A principios del siglo pasado, Durkheim (2007) estableció las bases sociales del suicidio distinguiendo entre suicidios egoístas, altruistas, anómicos y fatalistas. El suicidio anómico sería el que se da en sociedades cuyas instituciones y cuyos lazos de convivencia se hallan en situa­ción de desintegración. También es interesante la lectura que Merton (2002) realiza de la anomia como disociación entre los objetivos culturales y el acceso a los medios necesarios para llegar a esos objetivos. En el contexto sociocultural en el que nos encontramos, la relación entre medios y fines está evidentemente debilitada. El mandato social es de conquista del éxito y la felicidad a través de un reconocimiento público generaliza­do que se debe traducir en una gran capacidad de consumo. La frustración derivada del fracaso de estas expectativas y una vivencia generali­zada de deterioro del futuro terminan produ­ciendo formaciones reactivas en las que predo­minan las perspectivas retrotópicas (Bauman, 2017) dentro de los discursos sociales adultos. La insistencia en unos “buenos viejos tiempos” que responden a un recuerdo idealizado gene­ran en el adolescente una suerte de “nostalgia del futuro” que favorece diferentes problemáti­cas de salud mental de base melancólica.

Desde esta perspectiva, la rebeldía adolescen­te que quiere apropiarse del mundo, reformular­lo a partir de sus propios ideales, enfrentarse a la ley como limitadora del deseo, va dando pro­gresivamente paso a la depresión del adoles­cente atrapado en un mundo sin futuro, donde el adulto no le plantea ya un conflicto interge­neracional sino un juego de espejos de resonan­cias claustroagorafóbicas.

No deja de ser significativa la creciente de­manda de atención clínica en los centros de me­nores, tradicionalmente dedicados a la atención de los adolescentes en los márgenes y carac­terizados por la desestructuración social que se sintomatizaba a través de la conducta dis­ruptiva y, en ocasiones, el delito. La demanda terapéutica en contextos institucionales que se han estructurado alrededor de lo que Foucault (2022) denominaba “vigilar y castigar” inten­ta dar respuesta a las problemáticas de salud mental que parecen pasar a un primer plano en el imaginario del adolescente contemporáneo. Esta misma realidad se ve reflejada en los cen­tros escolares donde se ponen en marcha pro­tocolos para la prevención del suicidio o en el tratamiento que se da a la adolescencia en los medios de comunicación, donde predominan tags como tardía, precoz, salud mental, psicolo­gía, depresión, ansiedad…

Esta nueva normalidad depresiva que carac­teriza al adolescente contemporáneo ha cam­biado la esencia misma de dicha etapa, arrinco­nando su función transformadora para dar paso a un duelo sin fin, una vivencia circular. Ya no se trata de una edad de transición entre la infan­cia y la adultez, entre el viejo y el nuevo mundo, sino un bucle que se inicia antes de la puber­tad y se extiende ad aeternum en una búsqueda continuada de lo que la vida debía haber sido y nunca será. Franco Bifo Berardi (2022) extrapo­la esta visión a una sociedad donde lo conjunti­vo ha dado paso a lo conectivo, compuesta de sujetos que se caracterizan por rasgos autistas, desvinculados y con graves dificultades para el desarrollo de la empatía emocional.

Las políticas de salud mental características del neoliberalismo, individualizadas e individua­lizantes, resultan con frecuencia yatrogénicas al estar atravesadas por la misma lógica sistémica que genera el padecimiento que intentan tratar. Las manifestaciones psicopatológicas de este nuevo zeitgeist adolescente necesitan de un marco comprensivo que supere la mirada adul­tocéntrica y la respuesta asistencialista para pa­sar a construir espacios comunitarios en los que lo social debe ser recuperado e incluso reinven­tado como lugares donde lo nuevo es posible. Se trata de potenciar la oportunidad de trans­formar la condición presente en un futuro que será primero idealizado, después desidealizado y, finalmente, superado por un nuevo futuro.

Notas

(1) El término the luckiest generation es acu­ñado en el fotorreportaje Teen-agers going steady, publicado en la revista Life en su núme­ro del 14 de Junio de 1954.

Bibliografía

Aberasturi, A. y Knobel, M. (1971). La adolescen­cia normal. Paidós.

Althusser, L. (1965). Lire Le Capital. Maspero.

Bauman, Z. (1999). La modernidad líquida. Fon­do de cultura económica.

Bauman, Z. (2017). Retrotopía. Paidós.

Berardi, B. (2017). How do we explain depres­sion to ourselves? [en línea] Recuperado de https://novaramedia.com/2017/02/04/how-do-we-explain-depression-to-ourselves-bifo-remembers-mark-fisher/

Berardi, B. (2022). El tercer inconsciente. Caja Negra.

Bourdieu, P. 2012. La distinción: Criterio y bases sociales del gusto. Taurus.

Durkheim, E. (2007). El suicidio. Miño y Dávila Editores.

Fandiño, R. y Rodríguez, V. (2021). Ser adoles­cente. ¿Transición o destino?. UOC Editorial.

Fisher, M. (2018). Los fantasmas de mi vida. Caja Negra.

Foucault, M. (2015). Historia de la locura en la época clásica. Fondo de cultura económica.

Foucault, M. (2022). Vigilar y castigar. Clave in­telectual.

Fukuyama, F. (2020). The end of history and the last man. Penguin.

Freud, S. (1980). La moral sexual “cultural” y la nerviosidad moderna (1908). En J. Strachey (Ed.), Obras completas, vol. 9, 159-181. Amo­rrortu.

Guattari, F. (2004). Plan sobre el planeta. Capi­talismo mundial integrado y revoluciones mo­leculares. Traficantes de Sueños.

Kresovich, A., Collins, M. K. R., Riffe, D. y Car­pentier, F. R. D. (2021). A content analysis of mental health discourse in popular rap music. JAMA pediatrics, 175(3), 286-292.

Land, N. y Plant, S. (1994). “Cyberpositive”. En Matthew Fuller (Ed.), Unnatural: Techno-theory for a contaminated culture. Under­ground.

Le Bretón, D. (2014). Una breve historia de la adolescencia. Nueva Visión.

Marcuse, H. (2010). Eros y civilización. Ariel.

Merton, R. K. (2002). Teoría y estructura socia­les. Fondo de Cultura Económica de España.

Reich, W. (2019). La revolución sexual. Trafican­tes de sueños.

Savage, J. (2018). Teenage: La invención de la ju­ventud, 1875 – 1945. Desperta Ferro Ediciones.

World Health Organization (2014). Health for de world´s adolescents. WHO Document Pro­duction Services. Recuperado de:

https://apps.who.int/adolescent/second-decade/files/1612_MNCAH_HWA_Executive_Summary.pdf