El duelo y las fantasías de filicidio en la adopción

Rebeca Grinberg y Mercedes Valcarce Avello

RESUMEN

Se exponen algunas de las características de las relaciones padres-hijo en la adopción. Lo más específico es que el niño adoptado ha sufrido, de modo real, el rechazo-abandono por parte de los padres que lo engendraron. Es decir, se han hecho presentes actuaciones filicidas de los padres. Los niños adoptados también suelen actuar el interjuego filicidio/parricidio con los padres adoptivos, que son los que están a su alcance. El par «abandono-adopción» será positivo si sus términos están ligados. Pero si esos términos se desligan (se disocian), se vuelven destructivos y pueden dar lugar a ataques mutuos o a una sobreprotección que aprisiona. Se termina con dos caso clínicos, poniendo el acento en la posibilidad de hacer o no el duelo por el abandono real. PALABRAS CLAVE: adopción, duelo, filicidio.

ABSTRACT

MOURONING AND FILICIDAL FANTASIES IN ADOPTIONS. This paper examines some of the characteristics of the parentchild relationships in adoption. What is most specific is that the adopted child has suffered, in a real form, the rejectionabandonment by the parents who engendered him. In other words, the filicidal behaviours of the parents have come to fore. Likewise, adopted children also enact the filicide/parricide interplay with their adoptive parents, who are the ones within their reach. The «abandonment-adoption» pair will be positive if its terms are bound. However, if such terms are unbound (dissociated), they become destructive and can give rise to mutual attacks or a trapping overprotection. The paper ends with two clinical cases presentations that focus on the possibility, or not, of working through the mourning for the real abandonment. KEY WORDS: adoption, mourning, filicide.

RESUM

EL DOL I LES FANTASIES DE FILICIDI EN L’ADOPCIÓ. S’exposen algunes de les característiques de les relacions pare-fill en l’adopció. El més específic és que el nen adoptat ha sofert, de manera real, el rebuig-abandonament per part dels pares que el van engendrar. És a dir, s’han fet presents actuacions filicides dels pares. Els nens adoptats també solen actuar en l’interjoc filicidi/parricidi amb els pares adoptius, que són els que estan a seu abast. La dualitat «abandó-adopció» serà positiva si els seus termes estan lligats. Però si aquests termes es deslliguen (es dissocien), es tornen destructius i poden donar lloc a atacs mutus o a una sobreprotecció que empresona. S’acaba l’article amb dos casos clínics i es posa l’accent en la possibilitat de fer o no el dol per l’abandó real. PARAULES CLAU: adopció, dol, filicidi.prevenció, factor de risc, antecedents familiars.

Los niños adoptados no son los únicos que, actualmente, tienen una familia atípica. Y sabemos en qué grado la familia contribuye a la adquisición del sentimiento de identidad, como lo habíamos desarrollado una de nosotras y León Grinberg en Identidad y Cambio (1971). Considerábamos allí que el sentimiento de identidad es el resultado de la inter-relación de tres vínculos, que llamamos espacial, temporal y social. El vínculo espacial, da origen al sentimiento de individuación (ser un individuo distinto de otro); el vínculo temporal es el que contribuye al sentimiento de mismidad (ser el mismo a través del tiempo y a pesar de los cambios); y el vínculo social permite el sentimiento de pertenencia a un grupo. El conjunto implica el situarse cada uno como sujeto de sí mismo, sujeto de un vínculo con otro y sujeto de un conjunto, situación de la cual se depende para ser, tener y pertenecer. El niño adoptado sufre dificultades específicas en los tres tipos de vínculos y, más llamativamente, en el de «pertenencia» a un grupo: ¿a qué padres pertenece?; ¿a qué familia?; ¿a qué institución?; ¿a quiénes tiene como referencia? El niño adoptado tiene un «agujero en su identidad», semejante a los «agujeros de la memoria», que los padres adoptivos tendrían que tratar de llenar. Nuestras teorías sobre la constitución de las familias se basan sobre el modelo de lo que considerábamos familia «natural», en la cual a partir de una unidad narcisista de un niño y su madre se van sucediendo transformaciones, en las que ese niño puede reconocer que él y su madre son dos personas y, por intervención de la función paterna, se desplegarán nuevos vínculos derivados de un tronco común. Pero, actualmente, aparecen familias diferentes, «nuevas familias» con las parejas de segundos y terceros matrimonios. Están constituidas por personajes que, si bien ocupan los lugares y funciones de padres e hijos, no los ocupan necesariamente por la línea consanguínea y tampoco de forma definitiva. No siempre son los mismos y, en algunos casos, las nuevas alianzas hasta son con sujetos del mismo sexo. «Nuevas parejas, en síntesis, son aquellas que no lo son para siempre con los personajes iniciales», como dice J. Puget (1997). Ello introduce un futuro aleatorio. Nueva pareja es la nueva mujer del padre o el nuevo marido de la madre. Además de comprender las alternativas de estas nuevas parejas, siguiendo el modelo de la escena primaria y sus fantasías inconscientes, en las que predominan las derivadas de un niño excluido –mirando una escena dentro de la cual no se podrá incluir él por definición–, habrá que pensar en la superposición de escenas primarias, debido a la creación de nuevos lugares. La familia del segundo matrimonio crea una nueva estructura en la que la inclusión-exclusión es el eje central, y se instituye una nueva línea familiar que no proviene del parentesco, lo cual distancia más a la pareja sexual de la de progenitores-cuidadores para el niño. Cuando en una familia de este tipo se crean varias parejas o varios vínculos excluyentes, el lugar de excluido puede ser vivido como «no lugar» y ser constitutivo de síntomas: el hijo pasa de ser excluido de la escena primaria (familia tradicional) a ser alguien que no tiene lugar en ninguna de las familias. Si pasamos ahora al niño adoptado, éste tiene también una «superposición» de parejas (padres biológicos y padres adoptivos) y tendrá que elaborar una «doble renuncia»: ser espectador, excluido, de dos escenas primarias. Pero lo más específico, es que ha sufrido, de modo real, el rechazoabandono por parte de los padres que lo engendraron y parieron. Tiene un importante duelo pendiente: el acto inaugural de su vida es traumático y plantea bastantes problemas, ya que se han hecho presentes actuaciones filicidas de los padres. En el mito de Edipo, el interjuego filicidio/parricidio se daba con los padres biológicos. Pero aunque –inconscientemente– eso también ocurre así con los niños adoptados, éstos suelen actuarlo con los padres adoptivos, que son los que están a su alcance. A su vez, los padres adoptivos aunque en relación al niño adoptado juegan, en teoría, el papel de «acogedores», podrían sentirse, latentemente, filicidas de hijos propios, sobre todo si ha habido esterilidad fisiológica o muerte de un hijo biológico, y desplazar esas vivencias hacia el adoptado. Los niños adoptados son niños que fueron –evidentemente– «no deseados» y eso deja sus secuelas. Es frecuente que niños no deseados desarrollen fantasías similares a las de los niños adoptados. Nuestra hipótesis es que la ambivalencia filicida fluctúa en todas las madres (también en las biológicas), aún en aquellas en las que predomina el amor. Las madrastras malas y las brujas de los cuentos, que quieren matar a sus hijastros e hijastras o abandonarlos en el bosque o engordarlos para darse un mejor banquete al devorarlos, son –según Bettelheim (1986)– disociaciones de la madre totalmente buena, por medio de las cuales se desplazan hacia esas madre –totalmente malas– los impulsos filicidas. Por otro lado, los padres adoptantes suelen esperar al hijo idealizado imposible y, por tanto, el «producto perfecto»; esperanzas que el niño adoptado nunca podrá satisfacer y que, consiguientemente, produce frustración y una fuerte rabia hacia el niño real que llega. De modo que la fórmula del «encuentro feliz» entre dos necesidades, que se recomienda como explicación a dar de la adopción –un hijo que necesitaba padres y padres que necesitaban hijos– sólo se cumple parcialmente. Hay que ser realistas: a los nuevos padres les es difícil llenar todo el vacío que ha dejado la falta de amor inicial en el niño y, también, tendrán dificultades para compensar la frustración de no haber podido procrear o del hijo biológico perdido. Las tendencias filicidas de los padres han sido descritas hace años por Arnaldo Rascovsky (1967). Según este autor, las formas de filicidio, atenuadas y más evidentes, estarían constituidas –entre otras– por las separaciones o abandonos tempranos reiterados, los duros castigos, las prohibiciones compulsivas, las amenazas, las venganzas, la crueldad, los ataques físicos o verbales, las negaciones despóticas, el juicio denigratorio, etc. Ravscosky demuestra la fundamental existencia del filicidio en las concepciones religiosas mitológicas originarias. Según él, la actuación filicida puede observarse en las organizaciones sociales más diversas y es tanto más evidente cuanto más primitivas son dichas organizaciones, y tanto más encubierta cuanto más evolucionadas. Unos años más tarde, la psicoanalista suiza, Danielle Quinodoz (1987), ha llamado también la atención sobre el tema, en su trabajo titulado J´ai peur de tuer mon enfant («Tengo miedo de matar a mi hijo»). Se refiere en él a cuatro casos de madres biológicas que planteaban este temor, desde la primera entrevista. Ya fuera ése el motivo de la consulta o no. Las conclusiones de la autora, después de examinar esos casos, remiten a las dificultades de elaboración del complejo de Edipo. Piensa que «la resolución del complejo de Edipo pasa por la aceptación de ser un niño abandonado y adoptado (la cursiva es nuestra) por sus padres». Recalcamos el hecho de que las pacientes a las que se refiere la autora no eran adoptadas ni adoptantes, por lo que llama más la atención el que use esos términos, que tenemos que entender como pertenecientes a la realidad interna. Si aceptamos la hipótesis de que esta vivencia (casi siempre inconsciente) es algo universal, tendríamos que concluir que el hijo será capaz, a su vez, de «adoptar y abandonar» a los padres, gracias a una identificación introyectiva de padres «abandonantes y adoptantes». Los padres son sentidos como «abandonantes» en cuanto que se unen como pareja (escena primaria) y dejan al niño excluido, y como «adoptantes», en cuanto que le cuidan y le transmiten su afecto. Ese par «abandono-adopción» es positivo si sus términos están «ligados»: su desarrollo se convierte en salvaguarda de las libertades mutuas y también de la atención mutua. Pero si esos términos se «desligan» (se disocian) se vuelven destructivos: pueden dar lugar a ataques mortíferos mutuos o a una sobreprotección que aprisiona. Edipo, el del mito, sucumbió a la disociación, como defensa ante la confusión de sentimientos hacia los que conocía como padres. Tenía, pues, unos padres de Corinto (indiferenciados como pareja, ya que en el mito apenas aparecen sus nombres), sentidos como nutridores a los que idealizó y a los que quería preservar de todo mal, y los que resultaron ser los padres de Tebas, sexuales, hostiles y odiados. Si ambos pares de padres no se pueden integrar en el mundo interno, la agresividad «no ligada» puede dar lugar a «actuaciones» muy destructivas. Pero, insistimos, lo que diferencia a los niños adoptados de los otros niños es que sus padres no sólo han tenido sentimientos y fantasías filicidas sino que las han «actuado», los han «abandonado o dejado morir» en la realidad. No es de extrañar, por tanto, que la integración de ambas parejas de padres («abandonantes» y adoptantes), sea más difícil en los niños adoptados, y que éstos tiendan a mantener las disociaciones y el paso al acto destructivo. La «novela familiar» descrita por Freud (1908), no ha sido muy tratada en cuanto a las modificaciones que puede sufrir en los niños adoptados. Pero H. Wieder (1977), sí ha estudiado varios casos y llegado a algunas conclusiones. Primariamente, la «novela familiar» o fantasía de haber tenido «otros» padres (lo que es una realidad en los niños adoptados) funciona –en los hijos biológicos– como defensa frente a los deseos incestuosos o agresivos hacia los padres, reduciendo la ansiedad y la culpa al negar las relaciones padres/hijo. Secundariamente, ayuda al niño a adquirir más independencia de la autoridad de los padres y recupera la imagen de padres idealizados, cuando los padres reales son «destronados» o devaluados. (De todos modos, si esta fantasía de ser adoptado, sin serlo, es muy intensa, denotaría la existencia de serios problemas con los padres). Pero tener dos pares de padres reales, interfiere con la función de la fantasía, como forma de control de deseos e impulsos. El haber sido abandonado en la realidad, mantiene –permanentemente actualizado– ese peligro y hace sentir la ansiedad de que toda fantasía pueda realizarse. Es decir, no sólo existe la vivencia de una pérdida ocurrida, que produce dolor, vergüenza y rabia, sino la angustia de que pueda repetirse. Esto hace recrudecer la ansiedad de separación y puede aumentar la dependencia de la madre adoptiva, o bien producir un rechazo de la misma, vengándose en ella –desplazadamente– por haber sido rechazado. El intento de negar su historia, que les produce rabia y vergüenza, además de culpa («¿no habré sido bastante bueno?»), puede originar en el niño adoptado, dificultades para pensar y aprender. La madre adoptiva puede ser vivenciada como la «salvadora todopoderosa» pero que, también, podría deshacerse del niño si éste no se porta como ella quiere. Esa forma de relación puede convertirse en el modelo de relacionarse, también con otras personas. Sus vivencias en relación con los «otros» padres, los originales, pueden oscilar entre considerarlos devaluados y pobres, o bien pertenecientes a clases sociales altas a quienes perturba la llegada de un niño indeseado. Pero siempre son odiados. Aunque este odio Rebeca Grinberg y Mercedes Valcarce Avello Psicopatol. salud ment. 2006, 8, 45-54 47 puede ser actuado –como hemos dicho– alternativamente, contra los padres adoptantes que los representan. La «novela familiar» del adoptado –su deseo inconsciente– es tener un lazo de sangre con los padres adoptivos. Y así negar la adopción y borrar la humillación que implica haber sido abandonado por los padres biológicos. Su misma negación les hace dudar de todo y de todos: sentir que no hay nadie a quien se puede creer. Todo suena a falso. Un niño adoptado de 11 años cuyo material de análisis supervisó una de nosotras, dijo en una sesión: «mi madre es falsa… nací de otra». Y con ocasión de hacer un Belén para Navidad, dijo al colocar a San José: «es falso… no es el padre». El comienzo que da Thomas Mann a su novela Las Tablas de la Ley (1952), a propósito de Moisés, es éste: «Su padre no era su padre y su madre no era su madre». La preocupación por los propios orígenes es universal. Forma parte de lo que llamamos «fantasías originarias» o «protofantasías» y que se consideran estructuras fantasmáticas típicas: las referidas a la vida intrauterina, a la escena primaria, a la seducción y a la castración. El psicoanálisis las reconoce como organizadoras de la vida fantasmática, cualesquiera que sean las experiencias personales de los individuos. Al igual que los mitos colectivos, intentan aportar una «solución» o una «teoría» que explique lo que para el niño (y para el ser humano, en general) es el gran enigma. La escena primaria tiene que ver con el origen del sujeto, la fantasía de seducción con el origen de la sexualidad, la fantasía de castración con el origen de la diferencia de sexos. Todos estamos intrigados por el misterio de nuestra existencia: ¿por qué nacimos de nuestros padres y no de otros?, ¿por qué el coito fecundante fue justamente ése por el cual fuimos concebidos?, ¿por qué determinado espermatozoide alcanzó el óvulo y no otro?, etc. El niño adoptado tiene más motivos para estar intrigado, porque se agregan circunstancias particulares en su historia. En él las fantasías inconscientes, intrauterinas y de escena primaria ocupan un lugar muy importante, para intentar dar una respuesta al enigma de su origen. Si pudiéramos ponerlas en palabras –y el niño no lo puede casi nunca– serían algo así:» ¿quiénes fueron mis padres biológicos?, ¿cómo fue el coito que dio lugar a que yo naciera?, ¿en qué vientre estuve?, ¿por qué me abandonaron?, ¿ cómo me abandonaron?». Ese abandono es una pérdida tan importante que deja al niño con un duelo pendiente, difícil de elaborar. Necesitará apelar a defensas que afectarán a su proceso de desarrollo, a sus funciones cognitivas, a sus relaciones de objeto (1) y a su vida fantasmática. Bowlby (1983), que define el duelo como la posibilidad de hacer en el mundo interno los cambios correspondientes a los que ha habido en el mundo externo, señala tres fases importantes en todo duelo. En la primera existe una urgencia por recuperar al objeto perdido: el llanto, la rabia y la acusación son expresiones de las repetidas decepciones por no poder satisfacer esa urgencia. En la segunda fase suele haber desesperanza y una conducta de desorganización, con una dolorosa falta de capacidad para iniciar o mantener conductas organizadas. (Y, sin embargo, es necesario romper los antiguos moldes relacionados con el objeto perdido para poder establecer nuevos moldes). En la tercera fase, la salud mental se pone a prueba, en cuanto a la capacidad para tolerar la depresión y reorganizarse. En este punto, Bowlby parece concordar con M. Klein (1948), quien piensa que, en la posición depresiva temprana, hay una desintegración del mundo interno y una reintegración ulterior. Ella destaca que lo más importante en un duelo es tolerar la desorganización y poder llevar a cabo la reorganización, dirigida a un nuevo objeto. Ésta es la situación que permite una adopción exitosa. Por el contrario, la persistente y obstinada búsqueda de unión con el objeto definitivamente perdido, es el primer motivo presente en el duelo patológico. Para tener una idea de lo que ocurre en un niño pequeño que pierde a sus primeros objetos, veamos qué ocurre en un sujeto adulto cuando se ve enfrentado a una pérdida aguda y masiva de un objeto valorado. La primera respuesta será un estado de shock o estupor, que puede ser muy breve o prolongarse, para eludir el dolor psíquico que puede ser abrumador. Este cuadro afecta a todas las funciones del Yo, especialmente en el área de la percepción y de la motricidad. En cuanto a la percepción –y como negación del juicio de realidad– pueden producirse desmayos o estados pseudocatatónicos. Y, en el área motora, inhibiciones o automatismos motores de carácter regresivo (como rocking). Muchos de estos automatismos intentan –a través de mecanismos defensivos arcaicos como la negación, la disociación y la omnipotencia– lograr la reviviscencia mágica del objeto. Luego, siempre que no se produzca realmente una desintegración psicótica, el Yo comienza a hacerse cargo del dolor por la pérdida, aunque conserva las características de un Yo que no logra aún armonizar todas sus funciones. La falta de continuidad y constancia en la percepción, que en el Yo temprano está dada por la alternancia de los períodos de vigilia con los del dormir, tiende a crear la misma dificultad para diferenciar entre realidad externa y mundo interno, que ya había ocurrido en los primeros momentos de la vida. De aquí que los trastornos de la percepción (ilusiones frecuentes en distintas áreas sensoriales vinculadas con el objeto perdido, como creer verlo, escuchar su voz, su olor, etc.) presenten características que indican el predominio de la magia y de la omnipotencia. Priman –como vemos– características del proceso primario: condensación, desplazamiento, etc. El juicio de realidad, ante el dolor que provoca la pérdida, sucumbe reiteradamente a la negación, reforzada por otros mecanismos de defensa como los obsesivos o fóbicos. Esto se explica a causa del debilitamiento del Yo, que necesita un tiempo de recuperación y elaboración para hacerse cargo de aquello que impone el juicio de la realidad. La memoria, en un primer momento, funciona parcialmente. En general, al servicio de la idealización, restituyendo sólo aquella parte de los recuerdos que se refieren al buen vínculo con el objeto. Con respecto a la función sintética –o mejor, organizadora– la pérdida es vivida, en la fantasía inconsciente, como una amenaza a la integridad del Yo, no sólo por la regresión sino también por la pérdida de las partes propias depositadas en el objeto (Grinberg, L., 1988). La elaboración onírica maneja, activamente, los elementos que intervienen en el duelo, en las distintas etapas de su evolución. Así, los sueños pueden volver a traer al objeto perdido pero con carácter persecutorio, junto con vivencias infantiles de vaciamiento del pecho. La pérdida es vivida, entonces, como retaliación por la propia voracidad, lo que puede dar lugar a frecuentes pesadillas. Más adelante, los sueños se van transformando en menos persecutorios, agregándose elementos que simbolizan la re-integración del Yo. Luego, en una etapa ya depresiva, surgen a menudo elementos oníricos relacionados con recuerdos de la infancia: casas en las que se vivió, experiencias placenteras con imágenes parentales, etc. que pueden representar antiguas pérdidas. En resumen, el duelo es un largo proceso que se inicia en el momento mismo de la pérdida y en el que el Yo adquiere un papel fundamental. Incluye los distintos aspectos que hemos señalado: el duelo por el objeto mismo y también el duelo por las partes del Yo en él depositadas. La función sintética del Yo tiene un papel fundamental porque es la que va a permitir la integración de los aspectos disociados del objeto y de sí mismo, la superación de la ambivalencia y la reparación del objeto dañado. Por tanto, la recuperación del buen objeto interno y, simultáneamente, la reparación y recuperación de las partes dañadas del sujeto, con lo cual el proceso de duelo podrá concluir, permitiendo la identificación normal con el objeto perdido. Esto consiste en establecer la imagen de ese objeto perdido dentro de sí mismo, después de haberlo introyectado: es decir, incorporar atributos del objeto, sin perder la propia identidad. Insistimos en lo ya dicho: la necesidad de integrar las partes disociadas y proyectadas , recuperándolas para el mundo interno. Hoy sabemos que, cuando ha habido alteraciones en la elaboración del primer duelo, los duelos posteriores tienen más probabilidad de adquirir caracteres patológicos, pues el Yo deficitario no podrá utilizar todos sus recursos frente al nuevo trauma. Y no olvidemos que, si la adopción se lleva a cabo cuando ya el niño es algo mayorcito, éste tendrá que hacer, además, el duelo por las que fueron sus figuras de amor durante esos primeros años. La elaboración de un duelo no es lineal. Se lleva a cabo mediante avances y retrocesos, rodeos, extravíos, desencuentros, etc. Frente a estos numerosos duelos que el niño adoptado tiene que elaborar, a causa de sus pérdidas reales, sabemos que hay muchas personas que creen solucionarlo, tratando ingenuamente de que «el niño no sepa nada». En esta ocasión no vamos a tocar, sin embargo, este importante tema. Expondremos a continuación dos casos clínicos poniendo el acento en la posibilidad o no, de hacer el duelo por ese abandono; o, más bien, las mayores o menores dificultades para hacerlo… hasta donde es posible.

Viñeta 1: Marisol

Sus padres adoptivos no eran españoles. Por razones de trabajo, se habían establecido hacía años en España y adoptaron a la niña a poco de llegar, cuando ésta tenía dos meses. Informaron a Marisol de su condición de adoptada a los siete años, «por miedo de que se enterara por otras vías». La reacción inmediata de Marisol, frente a esa información, parece haber sido de intensa depresión, se mete en la cama y se mantiene en estado regresivo durante veinticuatro horas, en las que se comportó como un bebé. Cuando volvió a su estado habitual parecía –según cuenta la madre– que algo en ella había cambiado: comenzó a ser desagradable con la gente y a contar a todos que era adoptada, en forma provocativa y como expresión de hostilidad, especialmente contra la madre. Creemos que su reacción no se debió solamente a la confirmación de algo que ya podía intuir, sino que condensaba el dolor y la protesta por el abandono de que había sido objeto, por el engaño sufrido previamente y por el engaño que persistía escondido en la información misma, ya que la relación de adopción le fue descrita como algo «maravilloso», quedando disociados y negados todos los aspectos dolorosos. Por otra parte, todo el rencor por el abandono de sus padres naturales fue volcado contra los adoptivos, ya que estaban «presentes» para recibirlo. Los padres idealizados ausentes se transformaron en padres malos presentes. Los padres consultaron cuando la niña tenía doce años, porque presentaba problemas de conducta, muy mala relación con la madre y conflictos repetitivos con las amigas, a las que empezaba seduciendo, luego provocaba para que la humillaran y la marginaran y, finalmente, abandonaba (o se hacía abandonar), recomenzando el ciclo con un «nuevo» grupo de amigas, que siempre era, al principio, «maravilloso». Marisol comenzó su tratamiento con la doble actitud de considerar que «nada importa nada» y que «todo importa terriblemente» desplazado a los pequeños detalles. En su primera entrevista declaró «que a ella no le ocurría nada; que solamente se peleaba con las amigas pero que podía solucionarlo: ya tenía otras». Así como se mostraba maníaca y omnipotente con las amigas, también negaba toda importancia al hecho de ser adoptada. Parecía decir que las pérdidas no importaban, las personas no importaban, ni siquiera las mamás importaban: siempre había «otras». El objetivo era eludir todo sentimiento de pérdida y duelo. Poco a poco, fue surgiendo en su análisis que tenía miedo a perder «todo» y que, aunque sólo lo pensaba algunas veces, se le ocurría que «si sus padres quisieran, podrían quitarle todo». (Conscientemente pensaba que los padres naturales no pueden hacer eso, cuando habían sido, justamente, sus padres naturales los que la habían privado de todo). Lo más difícil para Marisol era mantener un «sitio propio» en un grupo y sentirse «perteneciendo» a él. Siempre creía tener que «elegir» entre dos amigas, por ejemplo. Y sentía siempre que, si aceptaba a una, traicionaba a la otra. Con su terapeuta mantenía relaciones que podríamos considerar correctas y cordiales, defendiéndose intensamente de reconocer sus sentimientos en la transferencia y, muy en particular, su dependencia y necesidad. Sin embargo, en una ocasión en que la analista tuvo que suspenderle una sesión, su material en la sesión siguiente giró alrededor de peleas con la madre y con una amiga, por haberla privado de cosas. Estaba muy furiosa con la amiga porque, habiendo traído una pelota para jugar en el colegio, se la había vuelto a llevar y, con la justificación de haber enfermado, no la trajo más. Expresaba así su indignación por la falta de la sesión anterior pero, a su vez, este episodio le hacía vivenciar la reedición de la experiencia traumática infantil de haber sido abandonada por su madre. Aunque, en su fantasía, para vivir a esa madre como menos mala, justificaba el abandono atribuyéndolo a que «podría haber enfermado». A pesar de eso, su rabia era muy fuerte. Protestaba porque esa madre, al igual que su amiga, le había traído un «pecho» del cual luego la había despojado. A continuación, contó que su hamster había tenido crías y que el padre propuso ahogarlas, ya que las madres se pueden comer a las crías. (Aquí aparecen más claramente las fantasías de ser objeto de deseos filicidas de la madre; pero también del padre, ya que para proteger a las crías de la voracidad de la madre, éste proponía ahogarlas). En esa sesión, Marisol contó que había llorado. Por primera vez asoció este acontecimiento consigo misma y expresó algún sentimiento hacia sus padres biológicos. Dijo: «me lo pudieron haber hecho a mí: mejor que me dejaron vivir». Pero tuvo un sueño terrible: «una gata negra estaba en un foso y comía rápidamente carne. Había también serpientes. Yo tenía un bebé y lo tiraba». Se sentía mala y terrible. Vemos en este sueño el retorno de lo reprimido: a pesar de tratar de mejorar la imagen de la madre, ésta resurge con características devoradoras y la defensa frente a las ansiedades paranoides que despierta es identificarse con los perseguidores. A nivel depresivo, siente que ella misma pudo haber sido demasiado voraz y rechazada por eso. En las sesiones siguientes aparecía más este aspecto de culpa, ya que decía que la madre la acusaba repetidamente de haberle «quemado la olla» en la que había cocinado algo. Parecía temer que, por ser considerada «mala», podría ser «des-adoptada», siendo su fantasía de ser mala haber «quemado la olla» de la madre adoptiva, como si fuera responsable de la esterilidad de esta madre que siente estropeado su órgano procreador y alimenticio; y como si le hubiera robado los bebés buenos que, en su sueño, arrojaba a la madre carnívora. Otras veces, sentía que su madre le reprochaba tener que «darle de comer», porque le solía decir que «cocinar da mucho trabajo», proyectando en la madre adoptiva y en la analista (porque no la atendía fuera de las horas convenidas y una vez le había suspendido una sesión), la vivencia de que su madre biológica le hubiera «echado en cara» haber nacido y que le habría resultado «mucho trabajo» criarla. La secuencia asociativa trajo nuevamente al escenario a los hamsters. Tuvo que regalarlos, agregando: «fue como yo: estuvieron demasiado poco tiempo con la madre, dos meses… Tenían con los ojos cerrados y ni se daban cuenta de que estaban con la madre». Curiosamente, parecía haber El duelo y las fantasías de filicidio en la adopción 50 Psicopatol. salud ment. 2006, 8, 45-54 percibido que había sido adoptada a los dos meses (aunque le habían dicho que fue apenas nacer). Conscientemente, no sabía que pasó esos dos meses en una institución pero, «sin saber por qué», odiaba las instituciones como los colegios internos. Una de sus frecuentes quejas, en relación con la madre adoptiva, era considerar que era una «entrometida» y que la «hacía pasar por tonta». La rivalidad, tanto con la madre como con las amigas, se centraba en «no pasar por tonta» y tratar de que los otros «queden como tontos». A través de distintas anécdotas cotidianas se pudo ver que no sólo provocaba situaciones en que la rechazaban, sino que metía, sin darse cuenta, a terceros en todas sus relaciones, a los que luego acusaba de entrometerse. Llegó a darse cuenta de que había tratado de que la echaran del colegio. A veces armaba intrigas con las compañeras, llamando por teléfono a alguna de ellas sin dar su nombre sino el de otra. Otras veces mentía acerca de su edad. Todo esto que puede formar parte, en mayor o menor medida, de conductas corrientes en la pubertad, se acentuaba en Marisol, que necesitaba engañar como fue engañada, «tomar por tontos» a los otros al no haber sabido acerca de su origen hasta los siete años, «entrometerse» y «entrometer» a otros en su vida como ocurrió en su historia, «rechazar» y «hacerse rechazar» como le había sucedido a ella. Todo ello implicaba mayores dudas, mayor confusión y mayores dificultades para la adquisición del sentimiento de identidad. A veces, llegó a admitir estar triste cuando se sentía no querida, y expresó nostalgia por la «casa de su infancia», del pueblo donde habían vivido cuando era pequeña y donde había gentes a los que llamaba «tíos» y «padrinos». (Es evidente que los abuelos, tíos, primos cumplen una función necesaria en la distribución de los afectos, de modo que si no existen, se inventan). Marisol se alarmó cuando se enteró de que su madre tenía intenciones de vender la casa del pueblo aquél, casa que el padre le había regalado. Expresó su ansiedad frente al «poder de las madres», que pueden desprenderse de lo que los hombres les dan y hacer cualquier cosa con ello, como con los hijos. Piensa que su madre natural la dejó y el padre no se opuso o no pudo. Otras veces, sin embargo, piensa que hay hombres que embarazan a las mujeres, las cuales tienen que dar luego a los hijos y son muy desgraciadas. Sintió pena por esa madre que no conoció. Una y otra vez, de distintas maneras, volvía el tema de «no ser aceptada», que «nadie se ocupó de ella cuando nació». El sentir no haber sido aceptada por sus padres le impedía aceptar a la madre que sí la había acogido, viviéndola como alguien que se «entrometió», como si le hubiera quitado a su verdadera mamá. Sentía que no podía durar mucho con las personas, que al final «no la aguantaban», porque usaba agresivamente su carencia como un «secreto» con el que intentaba mostrarse superior a los otros que, finalmente, la rechazaban. Decía que otros hacían cosas tan malas como ella, pero duran en su relación con los demás, porque «tienen padres de verdad». En uno de los frecuentes altercados con su madre le dijo «por qué no había elegido a otra niña para adoptar y la había dejado a ella en paz». (Le parecía injusto que la madre hubiera podido «elegirla», mientras ella no había podido decidir). Apenas lo hubo dicho se arrepintió, empezó a llorar y se puso a besar a la madre, muy confusa y desesperada. Después de este episodio, surgió mucho material referido a distintas personas que «no podían agradecer la ayuda recibida ni los regalos recibidos». Expresaba el odio por haberse sentido desposeída, abandonada e incapaz, tanto ella como sus dos madres: la una no pudiendo agradecer el embarazo, conservándola; y la otra no pudiendo agradecer y retener los «regalos del padre», su semen, la casa, siendo estéril. Más tarde y, poco a poco, empezó a aprender a tolerar el terror a ser «demasiado pesada» para la analista y ser «echada» del análisis porque la analista «no la aguantara»… Mejoró la relación con su madre, empezó a admitir que su padre no era ideal y a «aceptar» a ambos, a pesar de sus defectos (lo que implicaba también poder ser aceptada a pesar de su hostilidad y resentimiento). Es decir empezó a poder, a su vez, «adoptarlos» y «agradecer lo que de ellos había recibido» admitiendo al mismo tiempo, dolorosamente, haber tenido otros padres a los que había perdido. Cada avance en el proceso de duelo da por resultado la profundización de la relación del individuo con sus objetos internos, la felicidad de reconquistarlos después de haber sentido su pérdida, una mayor confianza y amor por ellos. Es semejante a la forma en que el niño pequeño construye, paso a paso, sus relaciones con los objetos externos, cuya confianza conquista, no sólo a través de experiencias placenteras, sino a través de la forma en que es capaz de vencer las frustraciones y las experiencias displacenteras. Según Melanie Klein (1948), la diferencia fundamental entre el duelo normal y los estados maníaco-depresivos está en que, en estos últimos, los sujetos no han podido, en la temprana infancia, establecer objetos internos buenos y sentir «seguridad» en su mundo interno. Esto es, justamente, lo que a los niños que han sido abandonados por sus padres les cuesta hacer: establecer dentro de sí, objetos «seguros». Aunque creemos que esto queda paliado, si la adopción es muy temprana. Volviendo al caso de Marisol, vemos que el «no haberse enterado» de su condición de adoptada hasta los 7 años, se basa en una negación, compartida con los padres adoptivos. La niña debe haber negado su percepción inconsciente de ese hecho y todos los indicios que de ello habría, como no haber oído nunca referencias al embarazo de su madre, no haber visto fotos, etc. En cuanto a la madre, era claro que se sentía insegura respecto de su maternidad: temía que la hija la rechazara al enterarse y sólo lo reveló ante el temor de que «otros» lo hicieran. Es decir, ante el temor de que alguien la «acusara». Marisol, cuando fue formalmente informada, hizo una depresión aguda pero breve, de la cual emergió negando maníacamente las pérdidas (si se pierden amigas «siempre hay otras») y «actuando» contra la madre adoptiva, como su madre biológica había «actuado» los deseos filicidas, a los que nos hemos referido. Precisamente, la experiencia nos confirma cuán frecuentemente los niños adoptados son «actuadores». Sólo algún tiempo después, Marisol empezó a reconocer que sus padres naturales podrían haber actuado el filicidio hasta sus últimas consecuencias y no lo hicieron: «pudieron haberme ahogado como a los hamsters», «mejor que me dejaron vivir». Recuperó así algo de lo bueno de los padres, aunque estas vivencias alternaban con las imágenes terroríficas, como las de la gata «carnívora», acompañada de serpientes, que devoraba bebés. Lo más difícil era establecer un objeto interno «seguro»: «los padres adoptivos pueden quitarlo todo», «las relaciones no me duran como les pasa a los que tienen padres verdaderos». Con todo, sabemos que la inseguridad respecto del objeto interno no proviene solamente de haber contado o no con alguien capaz de cumplir esa función en la realidad externa, sino también del trato que cada niño puede dar, en su mundo interno, a sus experiencias. Danielle Quinodoz (1996) describe en su trabajo An adopted analysand´s transference of a hole-Object (La transferencia como Objeto-agujero de una analizada adoptada), el caso de una paciente adulta que, en la primera entrevista antes de iniciar un análisis, le dijo: «nací cuando tenía 6 meses». Había sido abandonada al nacer y adoptada a los 6 meses. Para ella, parecía que esos seis meses de vida no hubieran existido. Sus padres no eran sentidos como «ausentes» sino como «inexistentes». Por lo tanto «no les echaba en falta», no eran fantaseados en manera alguna: eran irrepresentables. Pero hablaba de que en su vida había «agujeros negros» que describía como momentos de gran angustia, en los que perdía el sentimiento de su propia existencia y la de los demás. Era incapaz de creer que la quisieran o la apreciaran, a pesar de todas las pruebas que la realidad le podía ofrecer: se sentía siempre amenazada de «perderlo todo», todo podía caer, de pronto, en un agujero. La autora explica que, en la transferencia, dentro del tratamiento psicoanalítico y durante bastante tiempo, la paciente daba a la analista el papel de esos padres que la habían abandonado, el papel de padres inexistentes, no únicamente ausentes. Quinodoz considera que los primeros objetos de la paciente eran sentidos, inconscientemente, como «objetosagujero» lo que implicaba, para ella, un agujero en su Yo y en su sentimiento de identidad. Piensa que ese fenómeno se produjo así en el mundo interno de la paciente, como defensa contra el sufrimiento psíquico y las fuertes pulsiones agresivas desencadenadas, ya que en la realidad había estado en una institución y hubo personas que la cuidaron. No era éste el caso de Marisol la cual soñaba con «gatas que se comían bebés», pero que podía representar. De hecho, con la ayuda del análisis pudo «adoptar» a sus padres adoptivos, aumentando su seguridad en relación con ellos y evolucionar satisfactoriamente.

Viñeta 2: Joseph

Más difícil lo tuvo Joseph, un chico adoptado, que fue llevado a tratamiento a los 14 años, por problemas de conducta más serios que los de Marisol. Joseph era israelí. En Israel ser hijo de inmigrantes es lo corriente. Pero la particularidad del caso era que los padres adoptivos de Joseph eran oriundos de Europa, cultos, ricos y rubios, mientras todo en él delataba su origen norteafricano, de clase social baja, enjuto y moreno. Aún siendo un chico guapo y de buen físico, la diferencia de aspecto con sus padres era tan notoria que nadie le creía cuando decía su apellido (para colmo de males, de un político importante). Pensaba que todos creerían que era «el hijo de la sirvienta» y así se sentía. Y como tal, cultivaba un permanente resentimiento, que se expresaba en continuos enfrentamientos con el padre, directos e indirectos: promovía escándalos, se hacía echar de los colegios y robaba, dejando pistas para poner en aprietos a su padre, de tan alta posición social. La adopción, para él, había constituido un trasplante, no sólo de padres, sino de ambiente y clase social, que no toleraba. Le gustaba andar por los barrios bajos, entre gente de la peor ralea, imaginando que alguno de aquellos hombres o de aquellas mujeres podía ser su padre o su madre. Les compadecía, pensando que les habían «robado» al hijo por ser pobres. Y se imaginaba a sí mismo como futuro líder de sus reivindicaciones. Pero negaba, maníacamente, el dolor que profundamente sentía, cuando en las sesiones de su tratamiento, surgían fantasías de que sus padres biológicos copulaban –según él– «locamente», sin preocuparse por el «renacuajo» que nacería, al que podrían regalar o tirar al vertedero de desperdicios. Todo el odio contra los padres que lo abandonaron era proyectado contra los que lo habían recibido y criado. Les robaba a ellos, como sentía haber sido robado y privado de sus padres originales. Como en el caso de Marisol, el mayor conflicto se expresaba con el progenitor del mismo sexo, con el que quería y no podía identificarse. Los celos edípicos tomaban caracteres casi delirantes. Marisol decía: «¿por qué se ‘entromete’ mi madre en mi relación con mi padre?» y Joseph decía: «qué tiene que hacer este hombre en casa? Cuando él se va de viaje estamos mucho mejor». Desde luego, el tratamiento de este joven fue muy difícil. En sus sesiones, especialmente al principio, no hacía más que atacar, desvalorizar y ridiculizar a la analista, vivida como «cómplice de su padre», «burguesa», «intelectual», «que no sabe lo que es la vida», «que roba el dinero de los padres», etc. Sólo tiempo después se pudo ver, entre otras cosas, que el mayor reproche contra su padre adoptivo era… no ser su padre biológico. Y eso formaba parte de su «novela familiar». Le fascinaba la idea de que pudiera ser hijo de su padre y otra mujer, con lo cual recuperaba en la fantasía a uno de los padres, disminuyendo su sentimiento de carencia y desamparo. Como conclusión general diremos que los dos casos expuesto son de púberes. Esta edad, siempre difícil, lo es más para los niños adoptados. La conflictiva edípica que se re-actualiza tiene para ellos más posibilidades de realización, los deseos incestuosos lo son y no lo son. Y la lucha por la consolidación del sentimiento de identidad es más dolorosa y cruenta: no sólo tienen que hacer el duelo por la pérdida del objeto edípico amado, por la pérdida del propio cuerpo infantil y los padres de la infancia, también el duelo por los «otros» padres que no han conocido, a los que han idealizado y odiado; y por sí mismos abandonados por ellos. Aunque nuestra preocupación se ha centrado aquí en los niños, ellos no son los únicos que tienen que elaborar duelos en las situaciones de adopción: también los padres adoptivos (y desde luego los padres biológicos o, por lo menos, la madre). Así como se conoce la «depresión postparto», creemos que también existe la «depresión postadopción». Es frecuente que dos ó tres semanas después de traer al bebé a casa y de haberse sentido como tocando el cielo con las manos, los padres empiecen a sentir ansiedad y hasta pánico frente a las responsabilidades que genera la nueva situación. Pero no es sólo eso: es tristeza, inquietud, estado de ánimo bajo. Aquí podríamos pensar que tiene lugar lo que L. Grinberg llamó «la depresión después de un logro» (1988). Es tanto el tiempo, la libido, el espacio mental dedicado a obtener un objetivo que parecía inalcanzable que, una vez logrado, da la impresión –paradójicamente– que la persona se hubiera quedado sin objetivos. Es algo que ha perdido. Por otra parte, al tener al niño en casa, muchos padres tienen que re-elaborar sentimientos acerca de su infertilidad o de su rechazo a la reproducción biológica, que se podrían creer ya superados. A todo ello se agrega la culpa por tener un niño ajeno y la identificación con el dolor de la madre que lo dio a luz y tuvo que perderlo. Estos sentimientos de pena no les liberan del temor de estar expuestos, a su vez, a perder al niño, si los padres biológicos lo reclamaran, lo que mantiene viva una angustia persecutoria, de mayor o menor intensidad. Nos parece que ésta es una de las razones por la que muchos padres adoptivos prefieren no saber nada de los padres biológicos, darlos por «muertos» para sí mismos o para el niño, cuando le explican su situación de adoptado. Pero sabemos que los «muertos-vivos» no siempre «descansan en paz». Los padres adoptivos tienen, pues, que hacer un duelo por su incapacidad o su rechazo para tener hijos propios, por su identificación con los padres biológicos que pudieron tenerlos pero los perdieron y, también, tendrán que intentar ponerse «en paz» consigo mismos. Sin embargo, el duelo más difícil es el que tiene que elaborar el niño. Sus duelos son especiales, como lo son los duelos por los «desaparecidos» en los países donde los hubo. No sólo tienen que integrar dos pares de padres, sino que les faltan los elementos que ayudan a elaborar las situaciones de duelo corrientes: I) la información necesaria para un examen de la realidad y II), elementos simbólicos que actúan como rituales sociales y que sirven de continente para las ansiedades movilizadas por la cesura que implica el pasaje de unos padres a otros. Por algo, las diferentes culturas han instituido ritos funerarios para las situaciones de muerte y ritos de despedida en las situaciones de separación. Sirven para poner un marco protector a la tensión que se crea en ese punto límite que divide el estado de unión del estado de separación, entre el que se va y el que se queda, entre presencia y ausencia. En ese sentido, muchas formas de adopción se parecen al exilio: marchas precipitadas, perentorias, forzosas y, generalmente, sin posibilidades de despedida de todo lo que se perderá. Las pérdidas y los duelos inherentes al abandono deben tramitarse en un contexto interno y externo, altamente desfavorable. Aunque las adopciones más exitosas suelen ser las que se realizan en el primer año de la vida, sin embargo algunos de los problemas a los que acabamos de referirnos, pueden ocurrir –especialmente– en las adopciones tempranas, frecuentemente clandestinas, en las que no hay datos (o se ocultan) de los padres naturales. Éstos pueden pasar a ser objetos «inexistentes» en el mundo interno, como en la paciente que dijo haber nacido a los seis meses, constituyéndose verdaderos «agujeros» en su psiquismo. En cualquier caso, el trabajo de integración de ambas parejas de padres (y todo lo propio proyectado en ellos) debe elaborarse en el mundo interno que resulta, como siempre, mucho más importante que el mundo externo.

Notas

Entendemos por objeto aquello hacia lo que se dirige la acción o el deseo; lo que necesita el sujeto para conseguir una satisfacción instintiva; aquello con lo que el sujeto establece una relación interna significativa.

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