Tact-Pulsión*
Régine Prat
RESUMEN
El primer órgano sensorial funcional en desarrollo embriológico es el tocar, sentido reflexivo que inscribe el encuentro con el otro de manera indisociable. A partir del contacto-piel, una primera forma se inscribe como el primer organizador del psiquismo. La propuesta de una pulsión originaria de tocar, Tact-Pulsión, define una memoria de forma que permanece operativa a lo largo de nuestra vida y constituye la base del desarrollo del proceso pulsional, en un tratamiento transmodal que permite articular el modo de comunicación integrando el lenguaje no verbal: la “cura por la palabra” se descentra hacia una “cura por la comunicación” con el fin de establecer o restablecer las capacidades de contacto. Palabras clave: tact-pulsión, embriología, modo transmodal, metapsicología.
ABSTRACT
Tact-Pulsión. The first functional sensory organ to develop during embryological growth is touch, a reflexive sense that inscribes the encounter with the other in an inseparable manner. From skin contact, a primary form emerges as the first organizer of the psyche. The proposal of an original drive to touch, Tact-Pulsión, defines a memory of form that remains operational throughout our lives and constitutes the foundation for the development of the drive process. This transmodal treatment articulates the mode of communication by integrating non-verbal language: the «cure through words» shifts toward a «cure through communication» in order to establish or restore contact capabilities. Keywords: tact-pulsión, embryology, transmodal mode, metapsychology.
RESUM
Tact-Pulsió. El primer òrgan sensorial funcional que es desenvolupa durant el creixement embrionari és el tacte, un sentit reflexiu que inscriu la trobada amb l’altre de manera inseparable. A partir del contacte amb la pell, s’inscriu una primera forma com el primer organitzador del psiquisme. La proposta d’una pulsió originària de tocar, Tact-Pulsió, defineix una memòria de forma que roman operativa al llarg de la nostra vida i constitueix la base del desenvolupament del procés pulsional. Aquest tractament transmodal permet articular el mode de comunicació integrant el llenguatge no verbal: la “cura per la paraula” es descentra cap a una “cura per la comunicació” amb l’objectiu d’establir o restablir les capacitats de contacte. Paraules clau: tact-pulsió, embriologia, mode transmodal, metapsicologia.
*Una versión de este artículo se publicó anteriormente en Psicoanálisis. Revista de la Asociación Psicoanalítica Colombiana, 36(1), 2024.
Mi propósito está anclado en un punto de vista histórico sobre la evolución de las ideas en el campo psicoanalítico, donde, desde el comienzo, se ha planteado la pregunta sobre el punto de vista según el cual se considera el funcionamiento psíquico. Desde un punto de vista intrapsíquico, el centro se ubica en lo pulsional, el fantasma, el ángulo económico de la circulación de la libido o el ángulo estructural del punto de vista tópico. Desde un punto de vista intersubjetivo, se tendrá en cuenta la naturaleza de las interrelaciones con el entorno (en referencia a las proposiciones iniciales de Ferenczi).
Al vincular a Freud consigo mismo, vemos que se posicionó en 1893 en un punto de vista ambiental al considerar las neurosis como resultados de las condiciones de vida: “las neurosis son perfectamente evitables, pero totalmente incurables. Toda la tarea del médico es profiláctica” (Freud, 2015, 2008). Más tarde, retomó estas ideas abogando por una educación psicoanalítica de los padres para ilustrarlos sobre la conducta a tener con sus hijos, y participando muy activamente en la creación de la escuela fundada por Anna Freud en Viena en la década de 1920 con la idea de constituir “un laboratorio trabajan y progresan de forma independiente entre sí, “se necesita otro campo para reconocer que debemos cambiar el paradigma”: esto es lo que François Ansermet, psicoanalista a quien debemos el trabajo sobre plasticidad neuronal resultante de su colaboración transdisciplinaria con Pierre Magistretti, un reconocido neurocientífico, ha llamado la lógica “del punto de parada” (Fundación Agalma, 2013).
A nivel conceptual, conservaré la capacidad de transformación como la operación básica del psiquismo. La necesidad de transformar la información sensorial, es decir, las vivencias corporales accesibles, es primordial.
En su carta a Fliess 52/112 del 6 de diciembre de 1896, Freud (2008) describe “un conjunto de capas apiladas donde, de vez en cuando, el material presente bajo la forma de huellas de recuerdos se pone en orden, sufre una retranscripción según nuevas relaciones”, especificando que dicho material “está abierto en su extremo hacia lo somático y allí recoge las necesidades pulsionales que encuentran en él su expresión psíquica”: la pulsión se define allí como agente de la transformación y el pasaje entre somático y psíquico, precisión que será la base del psicoanálisis.
Me sitúo en la perspectiva de W. Bion (1962), quien pone la transformación en el centro de su obra teórica, y considera fundamental “el aprendizaje a partir de la experiencia”. Bion hace comenzar este aprendizaje en la vida prenatal; él ha sido ciertamente el pensador del psicoanálisis más avanzado en la concepción de la vida psíquica antes del nacimiento.
Si se considera —lo que ahora tiene consenso entre la gran mayoría de los psicoanalistas— que el cuerpo y la mente no están separados, sino profundamente intrincados el uno en el otro, la vida psíquica es el resultado de la necesidad vital de procesar las informaciones sensoriales, es decir, las vivencias corporales accesibles. Pensar el origen es indisociable de la cuestión de la constitución originaria, y en particular hace imprescindible saber cuál es la cronología de los primeros desarrollos de la sensorialidad, es decir, las primeras informaciones accesibles sobre el mundo.
Me centraré en los descubrimientos de la embriología que nos iluminan sobre los comienzos
experimental para una educación iluminada por el psicoanálisis” (Houssier, 2010).
Los desarrollos posteriores del psicoanálisis pueden entenderse como una especialización en una u otra de estas dos direcciones. Desafortunadamente, como en todos los campos, con puntos de vista contradictorios, incluso bélicos o religiosos: en psicoanálisis se centrarán mucho en la cuestión de la legitimidad y la identidad para determinar si un punto de vista desarrollista o intersubjetivo, por ejemplo, tiene derecho al término “psicoanalítico”.
Como señala Bolognini (2022, p. 249), “el aspecto sagrado de las formulaciones clásicas como garantes únicos de la pureza teórico-conceptual original rápidamente adquirió la apariencia de excomunión: esto no es psicoanálisis”.
La diferencia de perspectiva es simétrica de la pregunta original y conduce a diferentes concepciones sobre cómo llevar a cabo un tratamiento: la idea de un entorno terapéutico reparador a menudo se encarnará en la modalidad de la llamada técnica “activa” de Ferenczi y un enfoque intersubjetivo; un punto de vista centrado en lo intrapsíquico se organizará más a la manera de la llamada “neutralidad” del analista, conteniendo cada enfoque sus propios riesgos de deriva, en una caricatura de la actividad o de la neutralidad.
A nivel metodológico, mi enfoque se basa en datos proporcionados por disciplinas distintas al psicoanálisis. Mi investigación es más parecida a lo que se definió en la prehistoria como invención, es decir, “una revolución en las representaciones del tiempo, más que un descubrimiento” (Labrusse y Zawisza, 2019). Propongo un cambio de representación, un cambio de mirada o de paradigma que resumiré aquí, en previsión de la próxima publicación de los muchos datos que han sustentado mis propuestas (Prat, 2023).
Esto presupone adoptar “un punto de vista dialógico” que “incluye la idea de que los antagonismos pueden ser estimulantes y regulatorios” (Morin, 1995, pp. 176-177). En el enfoque de Edgar Morin para pensar la complejidad, “el conocimiento debe tener instrumentos, conceptos fundamentales que permitan conectar”. Frente al efecto silo, bien conocido como factor de esterilización, donde campos altamente especializados de la vida, a partir de los cuales podemos pensar en las consecuencias de las primeras inscripciones en la construcción de la psique (1).
El origen de la vida sensorial y la vida psíquica
Podemos considerar como establecido que en el origen de la vida hay un tríptico: tacto/movimiento/percepción amodal.
El tacto es el primer órgano de los sentidos, esbozado muy temprano en la embriogénesis: a partir de las ocho-nueve semanas de desarrollo fetal se identifican los primeros receptores táctiles en el epitelio de la boca y la zona perioral según los embriólogos. A las semanas de desarrollo fetal, al estimular el área peribucal, el embrión parece tener reacciones de alejamiento. Entre las semanas 11 y 14, la misma estimulación conllevará un acercamiento de la cabeza y posteriormente de todo el cuerpo.
Así, entre las ocho y las 11 semanas, pasaríamos de una evitación del contacto, a una búsqueda de contacto: primera transformación, primera marca de un movimiento orientado; es, por tanto, en mi opinión, el primer tratamiento psíquico de una experiencia sensorial (2).
El movimiento es contemporáneo e indisociable del comienzo del tocar porque es esencial para ejercer la búsqueda activa del contacto. Esto es lo que permite hablar, no de una simple dualidad de hecho en la sensación táctil de presencia/ausencia, sino de un juego, activo, que busca reproducirse y hacer variar sus parámetros. Según Piontelli (1992), “las imágenes de ultrasonido nos muestran la emergencia de un comportamiento independiente desde las seis o siete semanas”. A las 15 semanas, “el feto dispone ya del repertorio completo de los movimientos que se observarán después del nacimiento”.
La transformación es posible por el modo transmodal de percepción (amodal o cinestésico): la capacidad de convertir un modo sensorial en otro, un sonido en una imagen, por ejemplo. Esto permitirá experimentar en una modalidad sensorial diferente, pero equivalente a la sensación inicial.
Los juegos de tocar, de exploración por el feto de su cabeza y de su rostro, que se encuentran entre los primeros movimientos organizados que se han podido observar, le permitirán despejar modos de representación previos a la representación simbólica. Lécuyer (2014) definió niveles de representación analógica y relacional que permiten al feto abstraer los principios generales del funcionamiento del mundo. La percepción de las diferencias, las distancias y su variación en las experiencias realizadas, permitirá despejar una forma y convertirla en otra modalidad sensorial según el calendario madurativo, y así formar representaciones. Se puede plantear la hipótesis de que se constituye así un eje de desarrollo anclando la simbolización de la alternancia de presencia/ausencia y yo/otro en experiencias sensoriales y corporales, intrínsecamente ligadas al tiempo (ritmo) y al espacio (territorio). Esto permite remontar, al comienzo de la vida, la organización de un modelo que podría decirse que es un precursor del fort-da.
Las experiencias que el feto realiza en su tiempo de vigilia son juegos rítmicos con la presencia/ausencia de contacto, que irán enriqueciéndose y haciéndose más complejos, y aumentando su nivel de actividad: así se va a pasar de la experiencia inicial de contacto/no contacto, a eso que yo llamo lo agarrado-soltado que marca un aumento en la actividad, que enseguida se intensificará como poner adentro/poner afuera y agarrar/arrojar. El movimiento es tanto físico como psíquico en la conversión de un sentido en otro. El tacto se convertirá en oír, y ver, como tantas formas de mantener el contacto a través de otros modos sensoriales y de tocar con otros medios sensoriales y cognitivos: es decir, transformar el tocar físico en un tacto psíquico.
La ecografía del feto del globo muestra un feto de 15 cm y tres meses y medio, jugando a atrapar y soltar un coágulo de sangre, resultante de la amniocentesis: se observan movimientos de la mano palpando el globo que es así ubicado delante de la cara y luego puesto sobre las rodillas y rechazado por las piernas. Se asiste a este juego de pelota repetido a lo largo del tiempo de observación (Cahen et al., 2007, p. 22).
Alice es descrita así por el ecografista a las 24 semanas de desarrollo embriológico: “Ahora su mano está cerca de su cabeza, toca su rostro… vuelve a la pared… vuelve a la cara… luego a la pared… otra vez hacia la cara… hacia la pared… Tal vez ella pueda sentir la diferencia … soy yo, no soy yo, yo, no yo… mueve todos sus dedos uno por uno, el pulgar, el dedo índice, el medio, el anular, el dedo meñique. La madre se ríe y dice que a su marido le gusta tocar el piano” (Piontelli, 1992, p. 128).
El anclaje en el modelo perceptivo originario del tocar va a constituir el eje fundamental, el endoesqueleto de nuestro psiquismo, cuyo objetivo seguirá siendo el establecer el contacto, a través de sus evoluciones posteriores, resultantes de la transferencia amodal.
Así, podemos suponer que los juegos de tocar y explorar la cabeza y la cara del feto, que son algunos de los primeros movimientos que podremos observar, le permitirán identificar una forma y formarse una representación: puede percibir diferencias y distancias y variarlas.
Sólo les daré dos ejemplos, que me parecen impresionantes: Marisa López-Teijón et al. (2015) realizaron un estudio sobre el efecto de la emisión de música intravaginal en las expresiones faciales del feto. Participaron 100 mujeres embarazadas entre las semanas 14 y 39 de gestación, y los resultados mostraron que los fetos expuestos a música intravaginal tendían a mostrar expresiones faciales más positivas que los no expuestos. Esto demuestra que la percepción del sonido es mucho más temprana de lo que se pensaba. Destacó las reacciones de los fetos de 16 semanas (edad en la que el oído interno está plenamente desarrollado) a la música emitida directamente en la vagina: los fetos reaccionaban abriendo la boca y, sobre todo, sacando mucho la lengua, lo que acompañaba toda la duración de la presentación musical (a diferencia de las presentaciones externas en la pared abdominal o las emisiones internas puramente vibratorias, que no provocaban ninguna reacción).
La reactividad del feto muestra su participación y, probablemente, su participación emocional, al utilizar el repertorio expresivo de que dispone a una edad tan temprana.
Durante la exposición a la música la Partita para flauta sola de Bach, y no a ruidos, vibraciones o sonidos externos, alrededor del 50 % de los fetos reaccionaron de forma llamativa y característica, abriendo mucho la boca y sacando la lengua todo lo que podían. Las fotos son muy impresionantes
Si consideramos los modos de correspondencia organizados entre varios modos de percepción, podríamos ver el acompañamiento como tocando el sonido con la lengua y, aún más concretamente, buscando activamente tocar el sonido, quizás tragándolo o chupándolo, en cualquier caso, con una experiencia de tomar dentro, organizada en torno a lo sensorial ya conocido: en la boca se hace equivalente a en los oídos y constituiría un buen ejemplo de percepción transmodal.
La visión será el último sentido en desarrollarse, pero los párpados se desactivan a partir de las 24 semanas y hacia el séptimo mes ya hay movimientos claros de seguimiento ocular. En el útero, el bebé se interesa por los movimientos de la luz externa.
El profesor Vincent Reid, de la Universidad de Lancaster, ha realizado investigaciones que aportan pruebas que sugieren que los bebés en el útero prefieren mirar las caras antes que cualquier otro estímulo (Reid et al., 2017). Al igual que el recién nacido, el feto tiene una acuidad visual muy pobre. Sobre la base de que los recién nacidos prefieren mirar puntos de luz dispuestos como los ojos y la boca de un rostro humano, los investigadores presentaron puntos de luz organizados como los ojos y la boca de un ser humano a través de la pared uterina a mujeres embarazadas de 34 semanas. Los científicos utilizaron un modelo informático para ver cómo se modificaba la luz al atravesar la piel y el abdomen de la parturienta, de modo que pudieran producir la misma disposición de la luz. Su estudio muestra que cuando esta imagen, organizada como una cara, se proyecta a través del útero, los bebés giran la cabeza en esa dirección. Si la disposición de la luz se presentaba al revés y, por tanto, era más difícil de reconocer como un rostro, los fetos no reaccionaban. Demuestra que la experiencia visual existe prenatalmente, en un entorno en el que la luminosidad percibida es mucho mayor de lo que se pensaba inicialmente, y en particular presenta variaciones, percibidas en los últimos meses del embarazo, que permiten experiencias visuales variadas. Reid considera que el reconocimiento de estas formas es fruto de la experiencia prenatal y no innato.
Así conservamos durante toda nuestra vida una parte de esta capacidad de trabajo en todas nuestras relaciones a través de modalidades de comunicación infra-verbales como la empatía, las emociones estéticas… y a fortiori en la relación terapéutica: la transferencia en una otra modalidad sensorial permite seguir tocando con otros medios sensoriales y cognitivos, una vez que el lenguaje permite una puesta en forma verbal de sensorialidades primitivas, como en la expresión “me toca mucho” (Prat, 2016).
Esto es lo que he descrito como la “ópera del encuentro” (Prat, 2007), un modelo de comunicación polisensorial entre dos partenaires.
Esto nos hace pensar que el bebé en el útero construye su mundo y una conciencia de sí mismo ¿Es esto ya el principio de un esquema corporal?
Es muy notable que diferentes campos estén abriendo una reflexión sobre la naturaleza de la conciencia, y alejándonos del dualismo mente-cuerpo en el que estamos firmemente instalados desde el cogito ergo sum de Descartes, que fijaba la existencia y la conciencia de la existencia en la actividad del pensamiento, la actividad de la mente.
Estas cuestiones se han llevado a dos extremos opuestos, con el retorno, podría decirse, de la noción de alma:
- La movilización científica y ética en torno a la vida animal ha conducido a la cuestión de la existencia de la conciencia en los animales.
- El desarrollo cada vez más potente de la inteligencia artificial ha planteado cuestiones éticas y ha diferenciado la posibilidad de conciencia en las máquinas.
En 2020, una nueva palabra entró en el diccionario Larousse: sentiencia (del latín sentiens, sentimiento): para un ser vivo, la capacidad de sentir emociones, dolor, bienestar, etc. y de percibir su entorno y sus experiencias vitales de forma subjetiva. La percepción ya no es simplemente un indicador neuroanatómico, sino que está asociada a la subjetividad y a la identificación del sujeto: la idea ya no es sólo qué percibo y cómo, sino qué hago con ello, qué me hace a mí. La conciencia perceptiva, el propio sentido del yo de Damasio (2010), es objeto de numerosas investigaciones y abre la vía a conocimientos hasta hace poco inimaginables.
Cuando nace, un niño no tiene que construir, sino RE-construir algo de lo que ya tiene una concepción (lo que Bion [1962] llamaba “pre-concepciones”, pero que ahora me parece legítimo llamar “concepciones”).
He aquí algunos ejemplos del vasto campo de la investigación sobre el desarrollo en Baby-lab, que resultan absolutamente fascinantes en el período postnatal, cuando el bebé somete a la prueba de la realidad lo que ha concebido a partir de sus experiencias prenatales. Por ejemplo, sacar la lengua a un recién nacido (el primer rostro humano que ve): mira atentamente, hace una pausa y repite el movimiento. Meltzoff ve en esto “un impulso real de establecer un vínculo de identidad, de comunidad, un contacto que es una base primitiva de empatía… Se dice: Aquí hay alguien como yo” (Meltzoff y Moore, 2005).
Los bebés detectan inmediatamente la de-sincronización de las comunicaciones de su pareja, es decir, de las modalidades de contacto. No sólo necesitan la presencia y la reacción esperada, sino también al momento adecuado, es decir, el momento que pueden anticipar.
- Baillargeon ha demostrado que, si a un bebé se le presenta un acontecimiento que es imposible, según las leyes del mundo físico, muestra su sorpresa (permanencia del objeto, ley de la gravedad) (Baillargeon et al., 1985).
David Frank y Paul Bloom (The New York Times, 2010) han intentado determinar si los bebés reconocen las intenciones y cómo lo hacen: ¿prefieren los comportamientos justos o injustos? En resumen, ¿tienen los bebés un “sentido moral”? En lo que se conoce como el paradigma de la colina, un pequeño disco rojo intenta subir una colina y retrocede antes de llegar a la cima. Un pequeño triángulo amarillo aparece por detrás y empuja al disco rojo, que alcanza así su objetivo. Luego, en otra escena, cuando el pequeño disco rojo llega a la cima, es empujado hacia atrás por un cuadrado azul, el malo, que lo devuelve a su punto de partida. En el 81 % de los casos, el bebé elegirá el triángulo amarillo, que es “el que ayuda”.
Se trata de estudios llamados cognitivos, pero creo que es especialmente útil para los clínicos pensar en estos momentos en términos de violación de las expectativas y no separar la vida cognitiva de la emocional, que son igualmente importantes en la construcción del yo y de la identidad.
Con esta perspectiva, me gustaría echar un nuevo vistazo a los resultados retomando el famoso experimento del visual clift (Gibson y Walk, 1960), que se ha estudiado de muchas formas distintas en los últimos 50 años y que ilustra claramente la evolución de las preguntas y los intereses científicos. En este experimento realizado por Eleanor Gibson en los años 60, el objetivo era estudiar las reacciones del bebé ante una información procedente del entorno, en este caso un procedimiento experimental que simulaba un precipicio o un acantilado: se colocaba al bebé en una gran plataforma de cristal con un decorado que daba la impresión de un precipicio o un acantilado en la mitad de su superficie. Su madre, al otro lado de la mesa, le obsequia con un atractivo juguete. Joseph Campos repitió este experimento en los años 80, haciéndolo más complejo al pedir a la madre que utilizara sus expresiones faciales para expresar ánimo y confianza en la situación o, por el contrario, miedo (Treeincement, 2010). El bebé seguirá la emoción expresada por la madre, y dará prioridad a la información afectiva de esta sobre los datos de su propia percepción: el bebé, animado por su madre, avanza con cuidado, tocando con la punta del pie la parte de la plataforma de cristal que parece un acantilado, mientras permanece sentado en la parte que parece sólida. Tras varios intentos, cada vez investigando más la solidez y la realidad del suelo, finalmente cruza el acantilado.
Cuando, en una segunda presentación, la madre sustituye la expresión asustada por otra de confianza, el bebé, tras un momento de reticencia, cruza el acantilado. Pero si seguimos el análisis propuesto por J. Rochette (2014), en este caso el bebé no tomará ninguna precaución y se “lanzará” al vacío aparente, renunciando así a su propia evaluación; es decir, experimentando por sí mismo y confiando en esta estimación, que es el resultado de dos informaciones contradictorias: la información visual que informa sobre el estado físico del lugar y el estado psíquico del lugar emocional de la madre. Podríamos decir que renuncia a confiar en sus propias capacidades y experiencias, que contradicen su primera información perceptiva; renuncia a ser activo y sujeto, y delega en su madre, confiando en ella y ateniéndose a sus emociones.
Esto me parece emblemático de las experiencias emocionales de un bebé cautivo en comunicaciones paradójicas: no puede establecer ninguna identidad interna, sino que se entrega a sí mismo, o se pega a las consignas que le ofrece el otro.
Consecuencias metapsicológicas, en particular sobre la noción de pulsión
Es indispensable una revisión para tomar en cuenta los nuevos conocimientos surgidos del campo de los trabajos sobre el apego, la psicología del desarrollo, las neurociencias y la embriología, por nombrar sólo los más obvios.
La fuerza que, desde el principio, entre las ocho y las 10 semanas, parece empujar a tocar/entrar en contacto, corresponde a la definición misma de la pulsión.
El hecho de que a las ocho semanas de desarrollo fetal el embrión parezca tener primero reacciones de evitación nos permite plantear la hipótesis de que un cambio del mundo, que se convierte en un nuevo mundo sensorial, hace efracción, convulsión, ruptura en el continuum y sería entonces, por esencia, traumático.
El punto identificable del comienzo de una vida psíquica sería una transformación sensorial efractante, vuelta necesaria por el hecho de que es obligatoriamente una convulsión traumática. Se trataría de la primera manifestación de una fuerza distinta a la genéticamente programada, o funcionamiento fisiológico automático o reflejo; es decir, una primera transformación esencial para la continuidad de la vida, que constituirá el prototipo de lo que será la función psíquica.
Sabemos que Freud definió, en 1915, en Pulsión y destinos de la pulsión, a la pulsión como el eslabón intermedio entre la excitación somática y la actividad psíquica, un concepto límite entre psíquico y somático: “un concepto-límite entre anímico y somático, como representante psíquico de los estímulos surgidos del interior del cuerpo y llegando al alma” (Freud, 1915, p. 167).
El empuje, anclado del lado de las pulsiones de vida, que invierte el movimiento de la retirada para transformarlo en búsqueda es, en mi opinión, la pulsión originaria: una pulsión de tocar, invariante básico y esencial que constituirá la base de todo el desarrollo pulsional. Se trataría de la primera manifestación de una fuerza distinta de la programada genéticamente, funcionamiento fisiológico automático o reflejo; una primera transformación que constituye el prototipo de lo que será la función psíquica.
En esta etapa del desarrollo embrionario, donde no podemos hablar de sexual, es un invariante, una pulsión esencial que definirá el subsuelo, la energía básica. El hecho de que el tocar sea un sentido reflexivo es fundamental para un mayor desarrollo. De hecho, uno no puede tocar sin ser tocado al mismo tiempo: por lo tanto, la fuente y el objeto de la pulsión están indisolublemente ligados, lo que instala inmediatamente el vínculo con el objeto en el corazón de la experiencia primitiva. Propongo llamarlo Tact-Pulsión.
Tact-pulsión está en la posición de actor central para toda la vida psíquica y de organizador de todo el desarrollo. La forma primitiva derivada del contacto permanecerá en funcionamiento durante toda la vida y constituirá nuestra memoria de forma. Al nacer, el mundo se volverá más complejo, y el conjunto de todo lo que se ha construido en el útero tendrá que ser revisitado: el tacto será retomado y reorganizado -es decir, simbolizado-, bajo la primacía de la creación del vínculo con las personas cercanas, amigables, luego bajo el ángulo de las investiduras sociales, y seguramente de la sexualización. La sexualidad representará una de las modalidades de estar en contacto, particularmente poderosa, con un considerable valor añadido del lado del placer.
La anterioridad de Tact-pulsión sobre la pulsión sexual constituye una respuesta a la pregunta planteada por Didier Anzieu a raíz de los descubrimientos de Bowlby sobre el papel de la piel en la constitución de los vínculos afectivos: “¿No ha cometido el psicoanálisis un error al privilegiar la pulsión sexual? ¿No es la pulsión de apego tan primaria como la pulsión sexual?” (Anzieu, 1979). Me inscribo en esta filiación, que podemos reconsiderar ahora a la luz de los nuevos conocimientos y datos observacionales disponibles. Lo que había sido calificado por Zazzo (1973) como “revolución del apego” fue una revolución fallida para el psicoanálisis. La corriente del apego, olvidando que Bowlby fue psicoanalista hasta el final de su vida, se convirtió en tan opuesta al psicoanálisis como, en su momento, la corriente de la relación de objeto se oponía a la corriente intrapsíquica.
Los nuevos conocimientos a nuestra disposición nos llevan a reconsiderar las propuestas de articulación entre enfoque intrapsíquico y enfoque intersubjetivo. Tomar en cuenta los datos de la vida prenatal influye en la propuesta de una pulsión de apego, lo que permitiría hacer dialogar juntos dos corpus teóricos como el psicoanálisis y la teoría del apego tan a menudo presentados como “irreconciliables” (Golse y Missonnier, 2020). Ahora podemos especificar que la noción de apego es una condensación comportamiento / afecto: después del nacimiento, la inscripción de Tact-pulsión en el mundo relacional se traducirá en el doble registro de la representación en afecto y de la realización en acción. Considerar Tact-pulsión como fundadora nos permite conectar las dos direcciones de su desarrollo: la del vínculo con el mundo externo de los objetos y las experiencias relacionales, y la de lo intrapsíquico y el contacto con el mundo interno.
La primera calificación de Tact-pulsión como afecto será del orden de la ternura y su realización será en y por los comportamientos de apego.
Esto nos permite salir del clivaje entre una concepción intersubjetiva y otra intrasubjetiva y asociar los trabajos de investigación sobre el apego a los cuestionamientos de la investigación psicoanalítica.
La ternura aparece como la primera y ya no puede considerarse como, en su definición clásica, una pulsión inhibida en cuanto a la meta. La ternura es la forma emocional que toma la Tact-pulsión invistiendo a un partenaire relacional, a través de los comportamientos que se califican como de apego.
Las consecuencias clínicas son considerables
Tomar en consideración una Tact-pulsión de la cual conservamos una memoria de forma, subyacente a la evolución del proceso pulsional, da gran coherencia al despliegue de la vida psíquica, desde sus inicios hasta nuestra experiencia clínica, y nos pone en el camino de una herramienta clínica de primera.
Existen innumerables ejemplos clínicos que nos permiten revisitar nuestro abordaje terapéutico con el vector del contacto. Esto implica tener en cuenta todos los niveles del lenguaje, tanto en el material que surge del paciente, como en el que proviene del analista en forma de interpretación (Prat, 2021). Me limitaré, en el marco limitado de un artículo, a presentar algunas pistas de trabajo.
El desafío de los tratamientos hoy en día se refiere a los niveles de desorganización de lo identitario y los caminos singulares de las simbolizaciones primarias (Roussillon, 1999) y plurales (Baranes, 2003); esto supone ampliar nuestras modalidades de comunicación para encontrar los niveles relacionados con las experiencias arcaicas en las cuales ha tropezado el desarrollo. La inscripción del otro desde el comienzo de la vida prenatal permite articular el modo de comunicación integrando el lenguaje no verbal, con gran coherencia, desde el inicio de la organización del psiquismo hasta el trabajo clínico, en particular con los estados límite, pero también de una manera más sutil con los momentos límite de todo funcionamiento psíquico: la cura por la palabra se descentra hacia una cura por la comunicación con el objetivo de establecer o restablecer las modalidades de contacto, lo cual es muy consistente con los descubrimientos de las neurociencias. Así, según Schore (2011), “a pesar de la asignación del hemisferio izquierdo verbal como dominante debido a su capacidad para manejar los procesos del lenguaje, en realidad es el hemisferio derecho con su función de comunicación y manejo implícito de la homeostasis y la auto-conservación el que es realmente dominante en la existencia humana” (pp. 76-77).
En nuestra mitología fundacional, como Freud (1915) llamaba a la teoría de las pulsiones, ¿la noción de pulsión sexual nos ayuda a trabajar la cuestión del contacto, de lo íntimo en las situaciones clínicas? ¿O más bien nos estorba en nuestra capacidad terapéutica, con estos niveles primitivos de funcionamiento, cuestionando en primer lugar la seducción en el acercamiento?
Cuando no ha podido establecerse el contacto primero con el otro, en los primeros momentos de la vida después del nacimiento, prosiguiendo el juego rítmico originario de lo tenido-soltado iniciado en la vida prenatal, cuando el primer contacto ha sido demasiado intrusivo o demasiado laxo, el desarrollo psíquico permanece en barbecho: la ausencia de contacto se exaspera en la búsqueda frenética de un borde, una superficie, un doble, por falta de un reflejo; la desesperación de no poder estar en contacto, se exaspera por volver a entrar, por ponerse en contacto concretamente, o se salda por un clivaje drástico de las posibilidades de contacto con sí mismo.
En este singular trabajo psicoanalítico, se trata ante todo de establecer y restablecer el contacto con el paciente, un contacto cuya modalidad irá evolucionando a medida que evolucione el tratamiento; las características de las modalidades transformacionales del analista, por obra de su trabajo interpretativo, dan cuenta de lo que Roussillon (2001) describió como un “medio maleable”, en un tándem indisociable de las funciones del objeto, descrito por Bollas (1987) como un “objeto transformacional”. Las características de co-construcción en lo que Roussillon (2005) definió como “conversación psicoanalítica” en analogía con el squiggle game de Winnicott (1968) pueden considerarse fructíferamente como una manera de recuperar el contacto, sin presuponer formas o temas preestablecidos.
Mi propuesta teórica pretende sacar al contacto de la clandestinidad y ponerlo en un lugar central en los tratamientos, como ha estado en un lugar central y primero desde el comienzo del desarrollo, para reconstruir el camino desviado del encuentro con el otro.
Recorrer el camino de los orígenes, a partir de los conocimientos actuales, nos permite volver a situar la pulsión en su lugar primario y originario de vínculo intermediario entre lo somático y lo psíquico.
La primera forma de pulsión ancla la identidad del sujeto en términos precoces en una pulsión de contacto, que luego tomará otras formas, como el contacto sexual.
Esto tiene importantes consecuencias filosóficas y éticas, y abre un modelo terapéutico y de trabajo teórico y clínico.
Destacar el tacto en el centro de la pulsión pone en primer plano el sentimiento de ternura como representación afectiva que acompaña a la pulsión. Volver a situar la pulsión en el centro y en el principio de toda experiencia vital es profundamente unificador y vincula así diversos enfoques para comprender la constitución del sujeto y abre convergencias entre la neurobiología, la perspectiva evolutiva y el psicoanálisis de adultos, niños y bebés.
Se abre así una perspectiva clínica muy coherente desde el comienzo de la vida hasta nuestra consulta.
Nuestras modalidades interpretativas también tendrán que integrar formas de tocar al otro de manera transmodal, con la preocupación de establecer contacto sin la intrusividad del tacto físico: esto actúa como contrapunto al miedo a la seducción/transgresión resultante del modelo de la pulsión sexual, identificando el modelo de la ternura como identificando de manera particularmente apropiada lo que viene del analista y tiende hacia el paciente; en contrapunto, el analista es una caja de resonancia para los afectos particularmente mal simbolizados que vienen del paciente, y que movilizan su empatía.
La noción de memoria de forma nos invita a tener en cuenta el mantenimiento de la problemática de las modalidades de contacto en todas las evoluciones posteriores, incluso las clásicamente sexuales. La solidez en el tiempo de esta memoria de forma, que es el fundamento de lo que Bowlby (1969) describió como modelo operativo interno, la convierte en una herramienta preciosa para todos los estados altamente regresivos, las discapacidades, los ancianos, etc.
En un plano más moral, filosófico o ideológico, me parece reconfortante en esta época hipertecnificada que el primer movimiento vital sea psíquico, y esté profundamente ligado a la curiosidad y al descubrimiento del otro y del encuentro: es el sentido del Tact-pulsión, cuya memoria de forma conservamos a lo largo de toda nuestra vida.
Notas
(1) Dejaré de lado la cuestión de la memoria y de la inscripción de las huellas, que ahora se puede apoyar muy sólidamente, tanto por el lado de las neurociencias mostrando los mecanismos en juego, como del trabajo catamnésico sobre las consecuencias de los traumatismos precoces. Dicha cuestión sería un tema en sí mismo, más allá del alcance de este artículo.
(2) Se trata de una hipótesis psicoanalítica, que necesitaría ser confirmada por la investigación, actualmente en proceso.
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