Reflexiones sobre el trauma en el vínculo y su expresión a través del cuerpo adolescente
Marta Gomà
RESUMEN
En el presente artículo se reflexiona entorno al vínculo traumático de la primera infancia que se revive en la adolescencia y cómo se observa la manifestación de dicha problemática a través del cuerpo. El aumento de adolescentes que consultan por autoagresiones en el Centro de Salud Mental Infanto-Juvenil (CSMIJ) ha motivado el tratar de entender con más profundidad esta manifestación psicopatológica actual. Se ilustran las reflexiones teóricas con un resumen del tratamiento de psicoterapia focalizada en la transferencia (TFP) semanal de una paciente joven en el CSMIJ de L’Hospitalet de Llobregat. PALABRAS CLAVE: adolescencia, cuerpo, vínculo, trauma, agresividad.
ABSTRACT
Reflections on traumatic bonding and its expression through the teen body. In this article we reflect on the traumatic bonding in early childhood and on how this is revived in adolescence and the ways in which this problem manifests itself through the body in observable ways. An increase in the number of adolescents presenting with self-harm at the Center for Child and Adolescent Mental Health (CSMIJ) spurred this attempt to try to come to a deeper understanding of this contemporary psychopathological manifestation. We illustrate our theoretical reflections with a summary of a weekly Transference-Focused Psychotherapy (TFP) for a young patient at the Mental Health Center For Children And Youth of L’Hospitalet de Llobregat. KEY WORDS: adolescence, body, bond, trauma, aggression.
RESUM
Reflexions sobre el trauma en el vincle i la seva expressió mitjançant el cos adolescent. En el present article es reflexiona entorn el vincle traumàtic de la primera infància que es reviu a l’adolescència i com s’observa la manifestació d’aquesta problemàtica a través del cos. L’augment d’adolescents que consulten per autoagressions en un centre de salut mental infantil i juvenil (CSMIJ) ha motivat tractar d’entendre amb més profunditat aquesta manifestació psicopatològica actual. S’il·lustren les reflexions teòriques amb un resum del tractament amb psicoteràpia focalitzada en la transferència (TFP) setmanal d’una pacient jove en el CSMIJ de l’Hospitalet de Llobregat. PARAULES CLAU: adolescència, cos, vincle, trauma, agressivitat.
Introducción y motivación
A lo largo de este artículo pretendo reflexionar acerca del encuentro que se produce en la adolescencia entre el cuerpo y el vínculo primario. En la actualidad, recibimos un aumento de la consultas de jóvenes con autoagresiones en los Centros de Salut Mental Infanto-Juveniles. El interés en entender esta manifestación psicopatológica actual, junto con la oportunidad de conocer el pensamiento del Dr. Kernberg, me ha llevado a reflexionar en torno a este encuentro especial que se produce entre el vínculo primario y el cuerpo a raíz de la eclosión puberal que puede dar origen a la auto y heteroagresividad.
La adolescencia como proceso evolutivo y organizativo
Partiendo de la idea de Freud que el primer yo es corporal y de la idea de la “personificación” winnicottiana, viajamos hasta la adolescencia dónde el cambio corporal puede hacer re-emerger, re-vivir las sensaciones corporales, abandónicas, sentidas como agresivas, en un momento de profundo duelo (tanto en lo corporal, como de la infancia, como de los padres de la infancia, Aberastury y Knobel, 1988).
Muchos autores han descrito la adolescencia como un proceso organizativo (entre otros, Nicolò, 2013). Este proceso se inicia con el cuerpo sexuado, requiriendo ser integrado con nuevos aspectos de agresividad y del luto evolutivo. Este despertar de la sexualidad, que se dirige hacia los referentes paternos, implica una revisión de las vivencias infantiles tanto de tipo sensorial como vincular. La adolescencia pretende como finalidad última la independencia de los propios padres y por tanto, se moviliza y se activa el proceso de separación individuación que empezó con el nacimiento (Icart, 2012).
Dr. Hernández (2014) nos describe gráficamente que “el desarrollo psicoemocional es un continuum evolutivo desde una relación sin conciencia de diferenciación hacia una relación conscientemente diferenciada; desde lo que Freud llama narcisismo primario (que correspondería aproximadamente a la fase autosensorial) hasta lo que llamaba relación “genital”, que es la relación madura con conciencia de identidad mutua y diferenciada (diferenciación e individuación de Mahler; posición depresiva de Klein).” El aspecto evolutivo y organizativo de la adolescencia sería precisamente ese caminar de la sexualidad, ya no dirigida hacia uno mismo ni hacia los padres, sino a través de la sexualidad genital adulta. Para llegar a ese estadio, necesitamos pasar por una tormenta emocional a raíz de los cambios corporales.
Muchos maestros nuestros (Tous, Torras de Beà, Corominas, Palau, etc.) han trabajado en la línea que presenta Dr. Hernández donde partimos de la indiferenciación (la autosensorialidad) ayudando a conocerse uno mismo y al otro. A través del autoerotismo inicial se van integrando muchas funciones que culminan en la adolescencia. Se produce en este momento una revisión y una re-integración para dirigir la sexualidad, no hacia uno mismo (autosensorial) o hacia los padres (Edipo), sino hacia buscar una persona adecuada y satisfacer la sexualidad adulta i genital.
Cambios corporales y su impacto en la mente adolescente
Los cambios corporales son bruscos y no piden permiso al joven para poder eclosionar. El crecimiento se produce de una forma muy desorganizada, disharmónica. Rodríguez Rigual (2003) describe la tormenta corporal de la adolescencia a nivel interno con el siguiente detalle: “se adquiere el 20 % de la talla, el 50 % del peso y masa esquelética del adulto y doblan su tamaño órganos como el corazón, pulmones, hígado, bazo, suprarrenales y tiroides. (…) Es, en efecto, una época de crecimiento máximo”. El cuerpo es motor de cambio y al mismo tiempo es receptáculo de su malestar. La relación entre cambios físicos, emocionales, relacionales en la adolescencia es compleja. Todo está vinculado. Se alternan momentos de una extrema pasividad con otros de extrema hiperactividad. El cuerpo funciona por impulsos.
Trauma en el vínculo: el camino hacia el cuerpo y la transferencia
Viajamos ahora hacia los principios de ese yo corporal que comentábamos de Freud, con la mirada de Dolto (1986) acerca de la imagen inconsciente del cuerpo: “se ha dicho ya que el niño puede, por medio de imágenes (fantasías anticipatorias), suplir provisionalmente la ausencia del otro dilecto, que es indispensable para su supervivencia. Si este otro llega a faltar por un tiempo excesivamente largo, hay obligatoriamente esbozo de regresión, sólo observable entonces en somnolencia del bebé. Si se trata de una regresión traumática, surgen en la imaginación del niño pulsiones disociadas de toda fantasía, de imágenes de funcionamiento. Entonces, comienzan a predominar las pulsiones de muerte del sujeto. A la inversa, el pre-yo del niño se origina en la dialéctica de la presencia-ausencia materna, dentro del continuo asegurador de una percepción progresivamente asociada a la presencia prometida, esperada y reencontrada, en el seno del medio espacial y temporal del ser en el mundo, y por la memorización en lenguaje. El niño oyente se conoce el mismo por quien le habla; Y, día tras día, ese reencuentro lo personaliza”.
Las aportaciones de Dolto enfatizan, pues, el papel de lo sensorial primitivo en la relación, en los primeros contactos con la madre, con la voz materna. Y así, poco a poco se va introyectando el objeto materno.
Pero cuando no hay reencuentro, no se genera este feedback organizador. Aparece entonces una tendencia a la actuación, más que la capacidad de reencuentro, olvido y perdón. Se opta por el rencor y la identificación con el objeto sádico. En el caso que comentaré, siento, a nivel contratransferencial, la amenaza sobre el tratamiento constantemente. Dolto sugiere que la imagen del cuerpo se ha elaborado como una red de seguridad con la madre fundada en el lenguaje. Esta vinculación del sujeto al cuerpo se cumple mediante la elaboración de un narcisismo pre-yoico.
Observaremos en el caso que ilustrará este breve resumen teórico cómo no sólo la agresividad va dirigida hacia el propio cuerpo y a través de autoagresiones, sino también cómo se dirige hacia la terapeuta (transferencia), aspecto que focaliza la Transference-Focused Psychotherapy (TFP) (Kernberg y cols, 2008).
Dr. Kernberg (1994) nos ilustra la implicación de los elementos patológicos del vínculo primario considerando que “la conducta de apego más severamente patológica ha sido descrita en infantes de madres cuya conducta combina el abandono, la violencia, el caos y una hiperestimulación irritante, junto con la frustración crónica” (citando a Fraiberg, 1983; Galenson, 1986). Observamos cómo una situación abandónica con cambios en la vinculación continuados y carenciales, con agresividad y violencia en el núcleo familiar, constituyen las bases para una conducta de apego severamente patológica.
Dr. Salomonsson (2014), en cambio, nos aporta una visión interesante cuando considera que el primer objeto persecutorio es el mismo objeto primario, que es la madre. Este psiquiatra sueco nos expone cómo la madre es el primer objeto que satisface pero también el primer objeto que frustra. En la historia de la adolescente que presentamos hoy, podemos reflexionar cómo este primer objeto frustra enormemente con un abandono durante cuatro años y sobreviene intolerable. El mismo autor cita a Isaacs Elmhist (1980): “los estados emocionales tempranos, tanto los placenteros como los dolorosos son experimentados concretamente y por ese motivo no están disponibles para el crecimiento mental” (la traducción es mía).
Para hablar de la Psicoterapia Focalizada en la Transferencia (Transference-Focused Psychotherapy, TFP), por falta de espacio en la exposición, les remito a los artículos publicados por Kernberg y colaboradores (2008) y su adaptación en la adolescencia escrita recientemente por Normadin, Ensik y Kernberg (2014). A continuación, presentaré un material que a mi entender ilustra las aportaciones teóricas de los diferentes autores recogidos anteriormente.
Nadja consulta en el centro de salud mental por una agresividad tanto física como verbal dirigida principalmente hacia ella misma desde hace un año y medio. A los trece años había estado consumiendo alcohol no sólo durante los fines de semana, como es habitual en los adolescentes. A los catorce años empezó con cortes en el brazo y el consumo de marihuana. Un síntoma substituía el otro, el malestar continuaba: sensación de vacío, ideación de muerte, irritabilidad, explosividad,… Tenía relaciones de mucha dependencia con un chico o con una chica de su edad buscando complicidad en contra de otros adolescentes que se organizaban en grupo. Explicaba toda esta serie de dificultades sonriendo, alegando que la madre quería que viniera y “para que se calle de una vez, vendré un tiempo”. Vestía de forma seductora y adulta. Recién había acabado una relación con un chico “sin importancia, le dejé yo…”
De la historia infantil, me explican que antes de cumplir el año, los padres decidieron mudarse a Cataluña. Ella estuvo cuatro años alejada de su familia nuclear, alternando estancias con la familia paterna y materna (por dificultades económicas en unos y emocionales en otros). A los cinco años de edad, Nadja llega a Cataluña. Pasó la latencia bastante bien a nivel académico, adaptándose en el colegio. Pero al llegar a casa descubrió un padre alcohólico, agresivo y una madre trabajando de sol a sol. La vivencia concreta, corporal, primitiva de esas experiencias traumáticas hace pensar en una comprensión relacional del síntoma de la autoagresión física de la paciente.
En la descripción que haré, diferenciaré el tratamiento por trimestres, ya que así se presentó en la clínica. La chica refirió ya al principio que las relaciones duran unos tres meses. Este elemento nos acompañará siempre en forma de un sentimiento de incertidumbre, de inestabilidad (brevedad, interrupción), con el que ella ha vivido toda su vida.
El primer trimestre de tratamiento lo dedicamos a organizar el vínculo. Ella no se presentaba a las visitas. La colaboración de su madre y su empeño para que su hija se tratara permitieron consolidar el tratamiento. Cuando venía, Nadja se sentaba, y me hablaba despectiva de cosas del colegio, intentando no comunicarme nada, buscando el beneficio secundario en el tratamiento que su madre la dejara en paz y ella pudiera salir. Desde el colegio me informan que el consumo de cánnabis continúa. Ella lo niega en el tratamiento. Mi tarea fue compaginar la técnica recomendada por el grupo TLP BCN (1) en contratar los riesgos para la salud y al mismo tiempo el conocimiento del psiquismo me llevaba a profundizar en la comprensión de estas conductas.
Desde el principio del tratamiento, la paciente sabía que a primeros del curso siguiente (segundo trimestre de tratamiento), yo estaría tres semanas fuera del centro. La última sesión antes de la interrupción del tratamiento, Nadja me cuenta que salió con una amiga que había invitado a dormir a su casa: “bueno… una amiga… una compañera, por así decirlo”. Se juntaron con un grupo de chicos, bebieron, fumaron y ella decidió, de repente, irse. Avisó a su compañera y se marchó a casa. La amiga no apareció y al día siguiente se la encontró por la calle llorando.
La amiga se sintió abusada por el grupo de chicos. Nadja lo cuenta como de pasada, sin darle importancia. En mi mente aparece la imagen de la persona responsable que debe acoger a la otra en su casa ante una situación de peligro, pero ésta se va. Tengo presente que yo estaré fuera un tiempo y ella debe enfrentar un nuevo curso con muchas dificultades. Yo la abandono a merced de lo que pueda pasar en una situación de descontrol, en una situación en la que ella se puede sentir maltratada y abandonada, sola y llorando. A pesar de haber trabajado estos aspectos anteriormente, es a raíz de la separación por la interrupción en el tratamiento que podemos relacionarlo a nivel transferencial. El abandono era actuado y su sensación quedaba proyectada en la amiga. Podíamos observar la díada: yo abandonaba y ella se sentía abandonada, proyectando esta díada en la relación con su amiga, quedando invertida. Así ella no se sentía ya abandonada por mí.
Podemos detenernos un momento aquí para observar un elemento importante de fijación al trauma, de compulsión a la repetición del abandono. Kernberg (1994) describe que “se desarrolla una búsqueda de otros objetos sobre los cuales pueda proyectarse el sí-mismo atacado, desvalorizado y maltratado. Al identificarse tanto con el sí-mismo que sufre como con el objeto sádico, la agresión de la relación, que lo abarca todo, se traga al propio objeto. El odio como inversión del sufrimiento es un tipo básico de triunfo vengativo sobre el objeto y sobre la horrible representación del sí-mismo lograda por identificación proyectiva y una venganza simbólica por el sufrimiento pasado, todo ello condensado en la fijación a pautas conductuales sádicas”.
Observamos cómo el odio y la agresión aparecen secundarios al abandono. La venganza está actuada. Pasa al acto tanto conmigo como con la amiga. Ella abandonó también al novio sin darle importancia. Nadja tiene que esperar mi llegada. Siento que el vínculo establecido durante los tres primeros meses y medio son determinantes para tolerar el retorno al tratamiento. Siento miedo contratransferencial a una venganza real. Sin embargo, en este reencuentro, es la primera vez en la que ella se muestra emotiva y cercana. Este hecho me hizo pensar que esta chica tuvo alguna figura significativa en su primera infancia que le permitió retornar conmigo y sentirme con más afecto. A través de su discurso refiriendo experiencias externas podemos ver, de nuevo, su sensación de abandono y al comentarlo en seguida refiere “¡pero estás aquí! ¡Has vuelto!”. Es en este punto en el que se difumina la sonrisa desconectada y empiezan a aparecen las primeras lágrimas en el tratamiento. Estamos una enfrente de la otra. Hay reencuentro. Hay vínculo. Se sienten las emociones. Más adelante sabré que en estos momentos Nadja deja de cortarse. La relación terapéutica cambia. Ya no vuelve a mencionar el beneficio secundario del tratamiento. Quiere su espacio.
Sentimos en este fragmento de Dolto cómo podemos hipotetizar que nacen en la paciente las pulsiones disociadas que promueven las pulsiones de muerte. En la relación transferencial, emerge muy tempranamente en el tratamiento como la dialéctica presencia-ausencia de la terapeuta en la primera interrupción en el tratamiento y ser reencontrada “¡pero estás aquí! ¡Has vuelto!”, aspecto que permite elaborar la personificación winnicottiana de la que hablábamos, apareciendo el lenguaje, la emoción, la lágrima, con una disminución de la actuación.
Una vez organizado el vínculo con la madre-terapeuta-que-vuelve, Nadja puede adentrarse y revisar la relación con su padre, que ella describe como claramente conflictiva. Nadja empieza a recordar experiencias concretas vividas con él. Recuerda un enfado de su padre, por una causa ridícula. Una agresión, con violencia. Ella lo observa asustada, inmóvil, esperando otro golpe. Recuerda la cara de satisfacción de su padre ante el miedo de su hija. Él impone miedo. Su padre de repente cambia la cara, sonríe y le dice “¿qué, cariño, vamos a comer? ¿Preparas la mesa? Hoy comemos tú y yo solos…” Ella sintió el placer que su padre mostraba ante el sufrimiento de su hija, ante la violencia que él ejercía sobre ella. La paciente lo tenía incorporado como defensa ante el miedo a vincularse y a que el otro desaparezca (identificación con el agresor). Recuerdo una sesión muy intensa en la que Nadja me transmite su sufrimiento. Revive en la sesión momentos de violencia con su padre con fuerte carga emotiva, sádica e incluso psicopática. Me percato en la sesión que siento una opresión física en mi estómago: me hago cargo, en esos momentos, de tolerar y revivir su dolor interno, como si un objeto (interno) presionara mi interior, me oprimiera. Trabajamos con la hipótesis que Nadja ha incorporado un objeto agresor que aparece cuando las situaciones la desbordan. No sólo hacia las personas y las relaciones externas, sino también físicamente, produciendo agresiones (ya sea en su piel, ya sea a través del consumo de tóxicos).
Kernberg (1994) ilustra estos movimientos en los tratamientos partiendo de que “el paciente tiene un deseo consciente o inconsciente de hacer sufrir el objeto, con una sensación de profundo goce consciente o inconsciente por ese sufrimiento. (…) Una forma más moderada del odio se centra en el deseo de dominar al objeto, en una búsqueda de poder sobre él, que puede incluir componentes sádicos”.
La transferencia era tan intensa, tan difícil, que me llevaba a sentir físicamente el dolor. La contratransferencia costaba de digerir. Este es un mecanismo frecuente y común en la adolescencia, pero en esta chica era de tal magnitud que resulta ilustrativo del trabajo interno que requieren estos tratamientos y de la importancia del abordaje a través de la transferencia. Kernberg (1994) expone que “las experiencias del sí-mismo y el objeto bajo la influencia de una activación afectiva extrema adquieren una intensidad que facilita el establecimiento de estructuras mnémicas afectivamente impregnadas”. (…) De modo que las experiencias afectivas cumbre originan una estructura nuclear de la intersubjetividad, tanto en la identificación más antigua con un objeto de amor (identificación introyectiva) o con un objeto de odio en la “periferia” de la experiencia del sí-mismo (identificación proyectiva), que es más tarde disociada, proyectada con más eficacia y finalmente reprimida”.
Continuamente sentía que la terapia podría finalizar en cualquier momento. Su agresión la sentía a través de la posibilidad de que abandonara el tratamiento. Estos elementos se pueden transferir en la sesión con la finalidad de metabolizar las experiencias en el aquí y ahora. Sus ausencias tenían el carácter de un abandono agresivo, yo era dejada y no ella, secundariamente a la amiga.
Sobre estos elementos transferenciales y contratransferenciales se basa el tratamiento TFP. Se puede observar claramente cómo la paciente ha introyectado una relación sádica con el objeto que puede transferir en la sesión y el objetivo del trabajo será sostener (Winicott) y metabolizar estos elementos beta (Bion) para la paciente que pasan a ser elementos alfa integradores a través de la clarificación con el afecto dominante, la confrontación y la interpretación de la relación de objeto. “Obviamente, por medio de la identificación proyectiva, el paciente le atribuye al terapeuta su propio odio y sadismo; la situación ilustra el vínculo íntimo que existe entre el perseguidor y el perseguido, el amo y el esclavo, el sádico y el masoquista, todo lo cual remite en última instancia a la madre sádica, frustradora, irritante y al niño pequeño desamparado, paralizado” (Kernberg 1994). Siguiendo las palabras de Dr. Kernberg observamos esta finalidad comunicativa de la identificación proyectiva, al mismo tiempo que nos ofrece la posibilidad de interpretar transferencialmente esta identificación con el agresor en una segunda etapa. La paciente nos muestra un padre sádico-agresivo y una niña temerosa-víctima. Podemos observar cómo la díada que trae la paciente en estos momentos es contrapuesta a la mostrada en el fragmento anterior, donde ella era una chica que agredía a través de abandonar en una situación de riesgo a una amiga y la amiga quedaba como víctima agredida. En este segundo momento, donde el recuerdo emerge en la sesión, no observamos un acting out, sino que se puede transferir y contener la emoción en la misma sesión. Se puede re-vivir, sentir y pensar en la relación transferencial. “La identificación proyectiva es una fuente básica de información sobre el paciente; para elaborar su interpretación en la transferencia se requiere la utilización activa de las respuestas contratransferenciales” (Kernberg, 1994).
Tras las vacaciones de Navidad, el tratamiento se ha interrumpido diez días. Retomamos las visitas. La tercera visita no la puedo hacer. Estoy con fiebre. La secretaria avisa a Nadja que no la podré atender. La siguiente semana cuando la atiendo viste un chándal viejo, no se ha maquillado como de costumbre. Su cara es apagada y triste. Me explica que lleva una semana llorando, que no entiende qué es lo que le pasa. Lleva más de medio año de tratamiento y está fatal. Ha tenido un bajón horrible, no ha podido ir al instituto, no podía parar de llorar. Iba a clase y lloraba, tenía que salir y no podía parar de llorar. Se desespera. Observamos juntas a partir de reordenar los hechos, que empezó a sentirse mal el día que le tuve que anular la visita. Al mediodía empezó a llorar y no ha podido parar en una semana. Siento su profundo dolor de abandono. Le cuesta hablar, recordar, articular palabras. Nadja se apoya en la mesa del despacho que la sostiene Ha perdido el apetito y ha perdido algo de peso. Tiene un tono corporal cómo los relojes de Dalí (Persistencia de la memoria, 1931). Siento que viajamos a sensaciones muy primitivas (somnolencia del bebé de Dolto), que se da una modificación la percepción del tiempo, de la sensación de abandono y que con ella desaparece la confianza básica del vínculo primario. La siento carenciada. Aparece la falla básica en el tratamiento. La ausencia de la terapeuta le remueve las sensaciones corporales más iniciales del abandono en el vínculo primario. Como Dolto nos recordaba, cuando las ausencias son prolongadas aparece la regresión a través de la somnolencia del bebé.
En el tercer trimestre, a partir de que Nadja y su madre preparan un viaje a la ciudad natal, la chica recuerda que a los siete años retornó a sus orígenes. Su mamá debía visitar a una familiar que vivía lejos y debía ausentarse unos días. Nadja revive físicamente en la sesión conmigo la emoción y las sensaciones corporales que sentía cuando tras dos años después de recuperar a su madre, la ve desaparecer de nuevo sin saber de su retorno. La contratransferencia era muy intensa. Sentía encontrarme con la pequeña Nadja aterrorizada, petrificada ante otro fantasma de la madre-que-se-ausenta. Puedo sentir la desolación de la paciente. Me siento paralizada. Al darme cuenta de la parálisis que me invade, voy lentamente acercando estas emociones a la Nadja. Ella puede empezar a poner palabras a sus sentimientos y sus recuerdos. Vinculamos estas sensaciones en la transferencia con los sentimientos de abandono que sintió ante mi anulación de la visita por estar enferma. Refiere que ha sentido últimamente bastante voracidad, especialmente por la noche, antes de acostarse. El cuerpo no se puede saciar. Es como si un agujero se tragara la posibilidad de nutrir, sentir el otro. Se traga el vacío, la ausencia y nada es suficiente para llenar esta desolación. Siento lejos la Nadja despectiva, humillante, seductora y agresiva en el contacto.
Nadja y su madre preparan el viaje: las maletas, la ropa que debe llevar, los regalos a la familia, el espacio… se organizan para emprender un contacto con la tierra que les separó. Nadja me explica que su mamá está nerviosa y que le acepta las aportaciones, porque “tanto da esta camiseta o la otra, ella está más cómoda así, yo lo entiendo, hace mucho que no me ven, que no nos ven”. El viaje funcionó como una reparación del vínculo madre-hija. Se puede dar cuenta de cómo vestía, cómo provocaba con su cuerpo.
Cuando empezamos a trabajar el final del tratamiento, Nadja empieza a fallar a las visitas. Es a través de comprender que nunca ha tenido antes la experiencia de la separación con despedida, sino que las separaciones siempre han sido vividas como desapariciones traumáticas, la que permite a la adolescente afirmar “es que no me había dado cuenta, que nunca me he despedido de nadie… no sé cómo se hace, prefería dejarlo yo antes”.
Nadja se lleva del tratamiento unas herramientas con las cuales tendrá que trazar las líneas, los esbozos de su futuro. Contacta con sus deseos profesionales y la implicación de su elección educativa. Ha aprobado el curso. Se siente adaptada en el grupo-clase. Ha empezado a cuidar su cuerpo haciendo deporte. Viste de forma adecuada. Agradece el tratamiento. No entiende cómo ha sido el cambio: ella no quería venir, “¡No estaba dispuesta a aguantar una psicóloga pesada con sus rollos! No sé exactamente qué ha pasado, pero me siento bien”.
Tras un año de finalizar el tratamiento, Nadja me contacta de nuevo. Quiere verme. La madre me explica por teléfono que están muy contentos: “¿sabes? ¡Está estudiando muy bien! Ya te contará ella”.
Algunas reflexiones finales sobre el caso
Freud ya hablaba del estancamiento de la libido de objeto, retornando al propio yo, magnificándose en su obra de la Introducción al narcisismo (1914, pág 85). En este mismo texto, se refiere el proceso puberal de la siguiente manera: “con el desarrollo puberal, por la conformación de los órganos sexuales femeninos hasta entonces latentes, parece sobrevenirle un acrecentamiento del narcisismo originario; ese aumento es desfavorable a la constitución de un objeto de amor en toda regla, dotado de sobreestimación sexual”.
Desde la propuesta de Freud podríamos pensar que Nadja, al empezar el cambio corporal, le sobreviene el narcisismo originario, desfavorable a la libido de objeto. Con la historia infantil de Nadja, con esos vínculos primarios tan entrecortados, pensamos cómo la teoría de Freud nos podría poner en contacto con una pérdida de la libido de objeto que se retorna hacia el yo ante la ausencia de los padres y el cambio constante de vivienda alternando entre los abuelos.
Si recordamos que la libido de objeto se asienta sobre la base del autoerotismo, podemos vincular en ese capítulo el contacto con lo autosensorial y corporal, no sólo por el momento puberal de eclosión sexual y transformación, sino también por la regresión hacia estadios anteriores cuando una fase evolutiva no ha sido elaborada. Cuando el otro está ausente, el dolor físico contiene y emerge como foco de excitación somática, manteniendo la integridad del self. Podríamos hipotetizar si el otro se concretiza somáticamente presente con la auto-agresión corporal.
Volviendo al momento de la eclosión puberal, en Nadja se despiertan unos miedos primitivos, no verbales, autosensoriales, que no posibilitan la evolución y organización propias de la adolescencia. Estos elementos que habían permanecido latentes en los años anteriores, emergen con fuerza y violencia. La separación-individuación de los padres no es posible cuando el apego primario está tan seriamente afectado (recordando al Dr. Kernberg) y es a través del ejercicio de la transferencia y la contratransferencia intensas que llegamos a la comprensión de los miedos más primitivos expresados a través del cuerpo del adolescente: receptáculo y comunicador del malestar emocional. El abandono era tal que no había fantasías inconscientes capaces de poder llenar ese vacío. Se había incorporado el vacío separando emoción y conducta, emoción y vínculo. El acto toma protagonismo en una poderosa identificación con el agresor para no sentir el dolor. Se da un empobrecimiento del yo y de la libido de objeto (Freud, 1914), con un deterioro en rendimiento académico y en las relaciones de objeto.
El cuerpo de los adolescentes puede funcionar como un comunicador del malestar interno más primitivo. La incorporación del cuerpo como elemento para la comprensión del paciente adolescente parece en este caso indispensable. Las sensaciones corporales del abandono no verbalizadas, no contenidas mediante la nueva presencia de la madre, sino que persistía una ausencia día tras día, necesitaban ser verbalizadas, re-vividas en la transferencia para poder ser elaboradas y introyectadas como elementos integrados e integradores de la experiencia pasada para poder organizar un futuro y promover todas las áreas del desarrollo. Nadja está en el camino de este proceso. Esperamos que la vida no le reporte nuevas experiencias traumáticas de separación, dada su vulnerabilidad.
Notas
(1) Es una entidad formada por CPB (Centre Psicoteràpia de Barcelona), Fundació Orienta y Hospital Universitario Vall d’Hebrón centrado en el estudio y tratamiento de los TLP. Para más información: http://www.gruptlpbarcelona.org/
Bibliografía
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