Reflexiones en torno a la violencia en la adolescencia

Feduchi, L. Mauri, P. Raventós, V. Sastre y J. Tió

RESUMEN

Se propone una reflexión sobre algunos mecanismos que promueven el paso al acto violento en los adolescentes, partiendo de una experiencia de atención en salud mental a adolescentes y jóvenes denunciados a la justicia. Analizaremos como la dialéctica entre ansiedades claustro-agorafóbicas propia de la adolescencia, la identificación proyectiva de aspectos vulnerables vividos como débiles, la identificación con el agresor y la salida del aburrimiento, pueden estar en la base de algunos comportamientos violentos en esta etapa de la vida. PALABRAS CLAVE: adolescencia, ansiedades claustrofóbicas y agorafóbicas, identificación proyectiva, identificación con el agresor, aburrimiento, violencia.

ABSTRACT

THINKING ABOUT VIOLENCE IN ADOLESCENSCE. This paper presents a reflection on several mechanisms that can instigate violent acting during adolescence. The work is based on an experience of mental health care with adolescents who had been reported to the Juvenile Justice system. We will analyse how the interaction between claustro-agoraphobic anxieties common to adolescence, the projective identification of vulnerable aspects experienced as a weakness, the identification with the aggressor and attempts to escape from boredom, can be at the basis of some violent behaviour during this period of life. KEY WORDS: adolescence, claustrophobic and agoraphobic anxieties, projective identification, identification with the aggressor, boredom, violence.

RESUM

REFLEXIONS A L’ENTORN DE LA VIOLÈNCIA EN L’ADOLESCÈNCIA. Es proposa una reflexió sobre alguns mecanismes que promouen el pas a l’acte violent en els adolescents, partint d’una experiència d’atenció en salut mental a adolescents i joves denunciats a la justícia. Analitzarem com la dialèctica entre ansietats claustro-agorafòbiques pròpia de l’adolescència, la identificació projectiva d’aspectes vulnerables viscuts com a dèbils, la identificació amb l’agressor i la sortida de l’avorriment poden estar a la base d’alguns comportaments violents en aquesta etapa de la vida. PARAULES CLAU: adolescència, ansietats claustrofòbiques i agorafòbiques, identificació projectiva, identificació amb l’agressor, avorriment, violència.

La adolescencia ha sido clásicamente descrita como un período de transición caracterizado por una serie de pérdidas y de nuevas adquisiciones, en el que coexisten procesos de duelo de partes infantiles con procesos de adaptación a nuevas situaciones cargadas de expectativas e ilusiones, con frecuentes momentos de duda y de ansiedad. Es una etapa de crisis, donde lo que está en juego es perder parte de la identidad infantil para asumir una identidad como adulto. Por un lado, se produce la pérdida de la imagen del cuerpo infantil y de la protección de los padres de la infancia; por otro, aparece la adquisición de una identidad sexual y la puesta en marcha de unas capacidades que permitan asumir nuevas responsabilidades. Todo esto determina un camino no lineal, lleno de movimientos progresivos (avances), de paradas para «coger fuerzas», de fugas hacia delante y de huidas hacia atrás (regresiones), con momentos de organización y de desorganización. En el adolescente normal conviven aspectos infantiles que no han terminado de desarrollarse, con aspectos adultos que inician su desarrollo; coexisten fuerzas de progreso hacia lo adulto, con fuerzas regresivas que pueden llevar a una paralización de ese desarrollo. Si el adolescente se siente excesivamente tratado como un niño (en el sentido de control, de protección, etc.) responde reivindicando sus partes adultas. Si se le trata en exceso como a un adulto, pidiéndole exclusivamente responsabilidades, se refugia o regresa a su mundo infantil. Una de las principales dificultades diagnósticas cuando trabajamos con un adolescente es poder distinguir entre lo que son sus aspectos infantiles, propios de la etapa evolutiva que está viviendo y lo que son regresiones defensivas, causadas generalmente por el miedo al fracaso o a lo desconocido. Así mismo es importante diferenciar entre lo que son acciones al servicio del progreso, para acercarse a lo nuevo, y lo que son pasos al acto indiscriminados. Esta distinción tiene importancia en la intervención terapéutica: la presencia de los aspectos infantiles y de acciones al servicio del progreso precisan ayuda al desarrollo, mientras que los aspectos adultos que regresan por temor y los pasos al acto defensivos precisan no tan sólo de esa misma ayuda, sino también tolerancia y comprensión de las ansiedades subyacentes. Las ansiedades que enfrentan los adolescentes son de diferente calidad: confusionales, entre lo interno y lo externo; agorafóbicas, por la sensación de desamparo ante lo desconocido que se les viene encima, y claustrofóbicas, por el temor a quedarse como «niños» para siempre. A falta de un aparato mental con más experiencia y desarrollo, estas intensas ansiedades que viven tienden a proyectarlas o a descargarlas en la conducta, en forma de actuaciones que suelen tomar desprevenidos a los adultos que les rodean. Dichas actuaciones, que generalmente tienen una finalidad defensiva ya sea para deshacerse de la ansiedad, ya sea para negarla, a menudo pueden expresarse como conductas violentas y destructivas. En este artículo analizaremos algunos de los mecanismos que, en nuestra experiencia de atención a la salud mental de adolescentes y jóvenes denunciados a la Justicia (Raventós, 1996; Sastre et al., 1998; Soriano et al., 1999; Mauri, 2002; Tió, 2006), promueven el paso al acto violento en los adolescentes.

Adolescencia y violencia

La dialéctica claustro-agorafóbica La exploración de la dialéctica que se da en la adolescencia entre los aspectos infantiles y adultos de la personalidad (Feduchi, 1977) está siempre presente en nuestra práctica clínica, ya que el esclarecimiento de las dinámicas de ansiedades y defensas que generan los diferentes movimientos progresivos y regresivos en el tránsito de lo infantil a lo adulto permite a menudo comprender mejor la conducta violenta de muchos de estos jóvenes. Nos vamos a referir especialmente a la violencia en la relaciones como un comportamiento agresivo con intencionalidad destructiva. En este tipo de conducta violenta el objetivo motivacional del sujeto es la destrucción, la eliminación de algo o de alguien percibido inconscientemente como una amenaza. La representación de la persona atacada en la mente del agresor ha perdido, o no ha llegado a desarrollar, su cualidad de sujeto. En su base hay un déficit de la capacidad simbólica que favorece la eliminación del malestar emocional a través de la actuación y del cuerpo físico, diferenciándose de la conducta violenta de tipo sádico en la que es necesaria una representación mental de los sentimientos de la víctima para obtener satisfacción (Fonagy y Target 1999). Por ello pensamos que es necesario tener en cuenta que en la adolescencia, al igual que en la infancia, el comportamiento violento se puede relacionar con un proceso de desarrollo que todavía no ha alcanzado todo su potencial madurativo. También diferenciaremos este tipo de violencia de la agresividad que tiene como finalidad la protección o el cuidado de las cosas o de las personas, lo que vulgarmente se considera la defensa propia, así como la diferenciación de la nueva identidad, o la defensa de la creatividad personal frente a amenazas u otras agresiones del exterior (y aquí podríamos incluir la rivalidad o la competitividad). Es por ello que la agresión xenófoba no tiene, para nosotros, la misma consideración psicodinámica que la agresividad puesta al servicio de la defensa de la nueva identidad en formación. El adolescente se ve impelido a desenvolverse en la polaridad de ansiedades claustro-agorafóbicas generada por la oscilación entre una vivencia de quedar atrapado y encerrado en la infancia, y otra de vértigo y expulsión hacia un mundo adulto desconocido. Ambos tipos de ansiedades afectan de forma importante al sentimiento de identidad. Sentirse un niño incapaz de progresar o un adulto desbordado por su incompetencia son vivencias muy desestabilizadoras para el adolescente. La polaridad de ansiedades a la que nos referimos puede generar movimientos defensivos de diversa índole. Frente a ansiedades de calidad agorafóbica, el adolescente puede quedar dominado por tendencias regresivas expresadas a través de su pasividad, inhibición, aislamiento, encierro, etc., destinadas a eludir la sensación de impotencia, desbordamiento, vértigo y desvalimiento que su inexperiencia y falta de recursos pueden provocarle ante las nuevas demandas vitales. Su capacidad de pedir ayuda en esos momentos puede ser limitada, confundiendo a menudo desde su perspectiva una demanda de ayuda con un comportamiento infantil inmaduro: «solo los niños piden ayuda, los adultos son autosuficientes». Puede optar entonces por la solución regresiva, tal como se ilustra a continuación con el siguiente caso: «Patricia es una chica de 15 años que llega a Justicia denunciada por sus padres tras varias agresiones a su madre. En las entrevistas de exploración se muestra convencida de que un hecho así no se volverá repetir y está dispuesta a demostrarlo. La denuncia y las diferentes intervenciones profesionales que ésta ha desencadenado son vividas por ella como una decepcionante muestra de desconfianza que alimenta su rencor. En el relato pronto aparece que tiene grandes dificultades para aceptar la nueva situación familiar. Sus padres decidieron separarse hace dos años, tras múltiples amenazas de ruptura. Habían mantenido, desde que ella lo recuerda, una tensa y conflictiva relación en la que habían llegado a producirse agresiones físicas entre ellos, nunca denunciadas. Al poco tiempo de la separación, organizaron sendas familias reconstituidas a las que se sumaron hijos menores de las correspondientes nuevas parejas. Esta reorganización no se hizo de forma ordenada, probablemente por las fuertes cargas de ambivalencia y culpa en una separación de difícil elaboración. Los múltiples movimientos familiares y la falta de claridad que Patricia percibe de este entorno han ido aumentando en este tiempo una sensación de incertidumbre. Sus sentimientos de rabia contenida y vergüenza la están llevando a un aislamiento cada vez mayor. Es incapaz de comunicar el malestar que siente incluso a las amigas, y en casa opta por encerrarse cada vez más en su cuarto, donde acaba realizando hasta las comidas. La dificultad de relación con las nuevas parejas de sus padres es importante, se le hacen muy difíciles de soportar y las evita siempre que puede. En una sesión, Patricia explica que tiene un perro que «solo muerde a los desconocidos», pero es su vida la que se ha llenado de desconocidos. Se ve así obligada a enfrentar las ansiedades de su desarrollo, también lleno de múltiples cambios, sin ningún vínculo estable de confianza. La solución regresiva que adopta provoca que los padres la presionen cada vez más para que acepte con naturalidad la nueva situación, a lo que ella se resiste con violencia. La espiral de proyecciones entre padres e hija va en aumento. «Para ellos nunca hago nada bien», dice ella; «Nos estás destrozando la vida», dicen ellos. Padres e hija solo son capaces de verse como mutuamente rechazantes y cruelmente abandónicos». Como esta viñeta clínica también ilustra, si este comportamiento es mal tolerado por el entorno provoca a menudo en los adultos respuestas de intensa exigencia que pretenden eliminar de raíz lo regresivo a través del control y la represión. Se intentará aplicar al joven toda una serie de exigencias, objetivos y normas, al tiempo que se lo trata de «gandul» o «negativista y desafiante». Desde la perspectiva del adolescente, esta respuesta suele ser vivida como un intento de imposición, de obligación opresiva que le encerraría en una maraña de requerimientos definidos por el deseo de los otros. Estas respuestas acentúan la vivencia claustrofóbica que ya está sintiendo fruto de sus propias tendencias regresivas, ofreciendo de esta forma un terreno abonado para la proyección: «son los adultos que no me dejan crecer y me encierran con sus exigencias y absurdas imposiciones, y no soy yo quien no puedo avanzar por mis dificultades». La amenaza catastrófica que siente sobre sus posibilidades de desarrollo, fruto de esas tendencias, puede desplazarse hacia el exterior. Y cuando esta dinámica relacional se estanca y perpetua en base a una retroalimentación mutua, se puede producir una escalada que propicie la irrupción de la violencia. Lo proyectado puede ser entonces también atacado en un intento desesperado por eliminar lo que se ha localizado como fuente de un intenso malestar. Cuando el adolescente se siente invadido por ansiedades de calidad claustrofóbica puede también recurrir a la actuación para desprenderse de ellas. Intentará hacer algo para dejar de sentirse un niño acobardado e inútil y recuperar así un sentimiento de potencia: «Carlos es un chico de 16 años que cuando acabó la ESO se puso a trabajar en un almacén. En las entrevistas explica que su familia estaba pasando dificultades económicas y que por ello se había visto obligado a ponerse a trabajar. En el almacén los adultos se burlaban de él por su falta de experiencia. Aprovechando una lumbalgia pidió la baja laboral y se pasó tres meses en cama, encerrado en su habitación. Tras el alta médica, basada exclusivamente en un criterio físico, volvió al trabajo donde le comunicaron que estaba despedido. El chico cogió una pistola de imitación y atracó una gasolinera. Explica que «necesitaba el dinero para ayudar a su familia», y que «él es capaz de eso y de más»». Por sus características defensivas estas actuaciones están más arraigadas en fantasías omnipotentes. Son actuaciones impulsivas y en ocasiones violentas, huidas hacia delante, alejadas de un proceso de pensamiento y de elaboración mental, que cogen por sorpresa al entorno causando muchas veces ansiedad en los adultos por el riesgo que suponen. Así mismo, la conducta violenta que ofrece la microcultura de un grupo violento (bandas, skins, grupos fanáticos, etc.), facilita rápidamente la adquisición de una pseudoidentidad (Feduchi, 1995). Ello puede suponer para el adolescente que esté atrapado por el vacío existencial una alternativa atractiva que alimente la formación de una identidad negativa (Eriksson, 1956), como ilustra la siguiente viñeta: «Héctor, un joven de 16 años desadaptado y aislado, fue expulsado del instituto en el que cursaba 3º de ESO por su comportamiento violento al incorporarse a varias peleas con compañeros y por tener enfrentamientos con los profesores. En una de las sesiones de tratamiento explica su deambular en grupo por las calles de la ciudad. «A veces nos juntamos muchos, veinte o más… vamos juntos… Nos miran con miedo, nos tienen respeto… En algunos sitios no nos dejan entrar porque se creen que somos una banda…». De marcados rasgos raciales, Héctor se identifica con grupos de jóvenes emigrantes del país de origen de su padre biológico. Estos grupos no forman bandas violentas aunque les divierte sentir que, cuando van por ahí, despiertan un temor que Héctor confunde con respeto. El tratamiento le ayudaba a reconocer un tipo de motivación que la pertenencia a una banda podía gratificar: la necesidad de sentirse respetado, que intentaba satisfacer inspirando temor. Algo que podría convertirse en la llave de entrada a una red de relaciones de la que no es fácil salir indemne». Otra posible respuesta de un entorno incontinente ante las demandas que el adolescente plantea es la expulsión. La expulsión consumada o el deseo de expulsión, que éste también percibe, aparece en los adultos cuando los recursos personales, grupales o institucionales de contención se han agotado, ya sea por un exceso de exigencia del joven, o bien como consecuencia de dificultades específicas de los propios adultos, grupos o instituciones. Es el momento en el que los adultos empiezan a hablar de «tirar la toalla», y en que se inician las propuestas para deshacerse del adolescente, que ha pasado a convertirse en una especie de pesadilla: aparece la idea de llevarle a un internado, de denunciarlo para que le lleven a un centro, etc. Todo esto provoca una espiral patológica de acciones y reacciones que puede determinar la irrupción de conductas violentas. La expulsión exacerba en el adolescente las ansiedades agorafóbicas. La desatención de los aspectos necesitados de confianza, reconocimiento, estímulos y oportunidades para el desarrollo, provocará una tendencia a la actuación que puede hacer muy difícil su contención. El perseguidor pasa a ser de nuevo el exterior y, como consecuencia de éste ciclo, queda seriamente comprometida la posibilidad de una elaboración mental que le permita un reconocimiento no catastrófico de sus limitaciones y dificultades, y que le abra la puerta a procesos introyectivos y de aprendizaje que empiecen a sentar las bases de un desarrollo saludable. En los casos con episodios traumáticos en su historia personal, la vivencia de repetición generada por una nueva desatención puede exacerbar el conflicto y dar lugar a la violencia que venimos observando en los adolescentes que agreden a los padres. Su expresión va desde conductas molestas y provocativas hasta episodios de violencia física o verbal. Es frecuente que estos jóvenes sean fruto de unos padres que se separan y que, tras la ruptura, han formado otras familias. En la anamnesis aparece en muchos casos que fueron niños no deseados ni más tarde aceptados por sus padres, por lo que en el momento de formación de la nueva pareja son el recordatorio constante de la relación anteriormente fracasada. En este contexto, la llegada de la pubertad activa fantasías y, en ocasiones, actuaciones abortivas que han estado presentes ya desde el momento de la concepción. Para el adolescente este nuevo escenario familiar provoca sentimientos de exclusión, despertando un estado de resentimiento hacia la nueva pareja e hijos si existieran. Esta situación, que en nuestro grupo Feduchi describe como el síndrome del adolescente abortado, presenta unas características dinámicas determinadas que lo diferencian de otros tipos de violencia. En la biografía de estos adolescentes encontramos una primera infancia marcada por la conflictiva interacción entre las fantasías abortivas de los padres y las respuestas del niño a la búsqueda de alguien que lo contenga (Bion, 1957). Los repetidos fracasos en el intento de encuentro durante este período sólo conseguirán ir reafirmando en el niño el sentimiento de ser insoportable, y en los padres la tendencia a «sacárselo de encima». Más tarde, el conflicto quedará apagado dentro del proceso de socialización y aprendizaje de la etapa de latencia, para volver a reeditarse con más fuerza al irrumpir la pubertad. Uno de los aspectos diferenciales de esta violencia en el seno de la familia es que surge como expresión de una búsqueda de relación. El adolescente está preguntando violentamente «¿quién me tiene en cuenta?», pero para los padres es difícil de entenderle por la forma de expresar su demanda y, sobre todo, por la dinámica familiar antes descrita. Esta violencia no persigue la destrucción o el triunfo sobre el otro. De hecho, ataca a quienes deberían cuidarle y le están expulsando, ya sea en su fantasía o en la realidad. Estas fantasías iniciales de aborto o expulsión originan lo que podríamos denominar un ciclo abortivo. En ocasiones, como defensa ante la culpa, los padres establecen una relación de sobreprotección que no favorece el desarrollo y la individuación del hijo, y en consecuencia no pueden separarse adecuadamente. Estos niños, rechazados y a la vez sobreprotegidos, sin límites y con baja autoestima, llegan a la adolescencia con experiencias contradictorias sobre sus propias capacidades y recursos. Y esta dinámica familiar puede generar una relación insostenible que acabe en comportamientos violentos. En los últimos años han aumentado de forma alarmante las denuncias por este tipo de violencia. Nuestra práctica nos ha permitido observar que muchas de estas denuncias, además de ser una petición de ayuda, pueden representar la ejecución de las fantasías de desembarazarse del hijo problemático, como muestra esta viñeta clínica: «Javier es un chico de 17 años recién cumplidos. Su madre, tras consultar a un profesional, denuncia la siguiente situación: en una comida familiar en casa de la abuela materna, que es la persona que siempre lo ha cuidado, el chico le exige que le de 10 euros. Ante la negativa a satisfacerle se organiza una discusión en la que, a una bofetada de ella, el chico responde con varios golpes. La madre amenaza con denunciarlo y él contesta: «si me denuncias te mato». Ella le da los 10 euros y después le denuncia. No es la primera agresión que sufre, y éstas siempre vienen después de una negativa a atender alguna demanda de ser tenido en cuenta, petición que puede ser expresada a través del dinero, como en este caso, o a través de cualquier otra situación cotidiana. En la anamnesis destaca que Javier es hijo de una madre soltera que se quedó a vivir con los abuelos maternos tras su nacimiento. Cuando tenía 2 años el abuelo murió después de sufrir una embolia y, desde ese momento hasta los 13 años, él y su madre vivieron con la abuela y con una tía. De pequeño tenía miedo a dormir solo y siempre conseguía que alguien se metiera en su cama. Cuando tenía 13 años, la madre compró un piso y se fue a vivir con el chico pensando que era lo mejor para los dos. A Javier el cambio le costó, porque «con la abuela estaba bien y con la tía eran como hermanos». A esta situación se añadió que al poco tiempo la madre inició una relación de pareja que desembocó en convivencia. A los duelos naturales de la adolescencia se habían sumado otros: la marcha de la casa de la abuela y de la tía, y la madre que había encontrado novio. Primero se había sentido sacado de casa de la abuela, y luego de la mente de la madre. Para ésta, ahora que había encontrado pareja, el hijo representaba una molestia en el inicio de su nueva relación. Desde entonces Javier tuvo varios accesos de violencia en casa, resueltos siempre con la presencia de servicios de urgencias y con algún ingreso de corta duración». Identificación proyectiva de aspectos vulnerables vividos como débiles La identificación proyectiva es un mecanismo inconsciente descrito por M. Klein (1946), que puede tener una finalidad defensiva, al servicio de deshacerse de la ansiedad, o bien puede tener una finalidad comunicativa (Bion, 1962) y estar al servicio de la empatía y de la diferenciación (Torras de Beà, 1989). Cuando se utiliza como defensa, el sujeto, mediante la escisión y la proyección, atribuye e identifica en el otro aspectos intolerables y rechazados u odiados de sí mismo, con la finalidad de desprenderse de ellos y de disminuir así la ansiedad que le provocan, haciendo que sea el otro quien sienta y viva aquello que se le ha proyectado. En la adolescencia, debido a las intensas ansiedades que se viven, puede funcionar de forma masiva o intrusiva (Meltzer, 1982), ligándose a un fracaso en la capacidad de tolerar los aspectos infantiles que son sentidos como signo de debilidad o de fragilidad, siendo proyectados en los otros, a los que se ataca o desvaloriza por ello. Es el mecanismo que a menudo encontramos en la base del fenómeno del acoso escolar, conocido como bullying y de muchas conductas violentas de tinte racista o de ataque a indigentes, tal como muestra la siguiente viñeta clínica: «Víctor es un chico perteneciente a un grupo skin que, en la primera entrevista de exploración, explicaba así la agresión que llevaron a cabo sobre una persona de raza negra a quien se encontraron durmiendo por la calle: «Le pegamos porque esa gente son una mierda. Este era un desgraciado que estaba tirado en la calle. Solo, pringado. Esa es la palabra: era un pringado». Todos los aspectos débiles, necesitados, infantiles, la soledad… todo lo que él identifica como «ser un pringado o ser un mierda», todo lo distinto que puede sentir en su interior este chico, está proyectado masivamente y es atacado en el otro, siendo negado como algo propio e interno. Se defiende a través de una identidad externa llena de lo que él denomina «hierros» (cadenas, correas, etc.), con una apariencia que da miedo y una estética que es una caricatura de fortaleza y de dureza. Su grupo le da una idea de fuerza y de seguridad, para camuflar y deshacerse del sentimiento de debilidad y de soledad». Como ya se ha dicho, la identificación proyectiva, además de tener esta finalidad defensiva, puede estar al servicio de la comunicación y de la diferenciación, especialmente cuando no es masiva u hostil. Una de las funciones del grupo espontáneo, tan necesario en la adolescencia, es que permite el interjuego rápido de identificaciones proyectivas, facilitando la elaboración y el desarrollo de la identidad. Identificación con el agresor La identificación con el agresor es un mecanismo de defensa descrito inicialmente por Ferenczi (1933) y posteriormente desarrollado parcialmente por A. Freud (1936). Consiste en un proceso inconsciente por el cual una persona incorpora dentro de sí la imagen mental de otra que ha representado una fuente de frustración o de maltrato en el mundo externo, identificándose con ella como forma patológica de manejar el trauma. En el adolescente, el proceso de construcción de su identidad tiende a buscar figuras con las que identificarse. Si se han sufrido malos tratos y la figura maltratadora se ha vivido como poderosa, a quien se ha temido y se ha admirado a la vez de forma intensa, se puede llevar a cabo una identificación introyectiva no elaborada (patológica o masiva) con el objeto interno admirado, proceso que puede verse favorecido por la carencia de identidad del momento evolutivo. Las intensas ansiedades de desvalimiento, humillación o de muerte (dependiendo de la intensidad y gravedad del maltrato) que se hubieran experimentado son así patológicamente arrinconadas. El uso de este mecanismo lo vemos en el siguiente caso. «Juan es un chico de 17 años con una historia de maltrato en la infancia. Destacaba en su anamnesis que de pequeño vio como su padre mataba a su madre a puñaladas. Había vivido los últimos 7 años en centros de la Direcció General d’Atenció a la Infància i l’Adolescència (DGAIA), presentando serios trastornos de conducta que comportaron muchos cambios de centro: su vivencia era que se lo sacaban de encima cuando ya no podían más. En un permiso de verano se puso a trabajar con una mujer en una granja. Una noche volvió bebido, la mujer se lo recriminó y le dijo que se fuera, que ya no le quería ver más. El joven no pudo soportar una nueva vivencia de expulsión: cogió un cuchillo y mató a la mujer. «Me volví loco», decía en la entrevista en que pudo explicar el episodio. El chico se había sentido nuevamente expulsado, en esta ocasión por alguien que le había acogido y que le estaba haciendo sentir que podía tener un futuro normalizado y un proyecto. La frustración era excesiva, era una perdida más dentro de una historia llena de perdidas dolorosas. En un segundo resintió toda su vida pasada y, por identificación, hizo lo mismo que había hecho su padre con su madre». Es de resaltar, en este caso, que el paso al acto violento viene facilitado por la dificultad para tolerar la frustración que le suponía una nueva pérdida. La intolerancia a la frustración está a menudo presente en el paso al acto violento de los adolescentes. Si las experiencias de frustración ya crean una cierta agresividad en todas las edades, en esta etapa el aparato mental tiene menos recursos para canalizarla, particularmente cuando ha habido una fuerte historia de deprivación y de carencias afectivas. Debido a estas vivencias tan intensas donde las sensaciones de todo o nada son tan frecuentes, la frustración se hace especialmente difícil de tolerar al ser vivida como que «se ha perdido el tren para siempre». Salida del aburrimiento Otro de los estados emocionales de especial relevancia en esta etapa y que con frecuencia hemos encontrado como antesala de conductas violentas es el aburrimiento. Aburrirse proviene en su versión etimológica del latín Ab horrere (Corominas, 1997), que significa «aborrecer», «aversión a algo», «erizarse». Se trata de una situación de profundo malestar caracterizada por la ausencia de vitalidad, de intereses u objetivos que puedan canalizar y estimular alguna motivación. El sujeto aburrido se siente invadido por sensaciones de falta de vida, mortecinas, que le restan ánimo y energía. Como su acepción etimológica subraya, es un estado que provoca aversión y horror, del que se luchará por salir lo antes posible. Lo contrario del aburrimiento no es la diversión. La diversión puede resultar un mecanismo de evasión del aburrimiento, pero no consigue resolver el problema interno de la falta de motivación. Esto sí sucede en cambio cuando un estímulo externo consigue conectar con un genuino interés interno y despertar nuestra vitalidad que pasa a percibirlo como algo agradable y atractivo, es decir, ameno. El aburrimiento aparece con frecuencia en los adolescentes. La falta de experiencias que todavía tienen hace difícil que puedan recurrir a vivencias o recuerdos anteriores para salir de ese estado. La infancia está muy cercana y las experiencias de esta etapa no le sirven. Necesita estímulos nuevos. La vinculación del adolescente con las propuestas del entorno es frágil y está sujeta a rápidas oscilaciones. Esto es así por la inestabilidad en su sentimiento de identidad. Si estas propuestas están por debajo de sus capacidades se sentirá tratado infantilmente y las abandonará. Pero si las ofertas del entorno sobrepasan sus capacidades o no son amenas, también se desconectará para no sentir su desorientación. Es fácil que, por todas estas circunstancias, el adolescente se aburra o le aburran. Las únicas vías que en ocasiones encuentra para resolver su «aversión» al aburrimiento son aquellas cargadas de altas dosis de excitación. Una excitación que deberá ser más fuerte cuanto más atrapado se sienta por ese estado insoportable. Varias opciones reúnen estas características: las drogas, el sexo, el riesgo… y la violencia, generalmente expresada en forma de vandalismo. «Ramón es un joven de 17 años que fue denunciado por robos con fuerza y daño a las cosas. También fue expulsado de la escuela por «conducta disocial». Es el segundo de cinco hermanos de una familia de padres trabajadores. El modelo de familia que presenta parece definido más por la ausencia de los padres absorbidos por los horarios laborales que por una desestructuración de la familia. Su presencia física en las primeras entrevistas es llamativa: sucio y desaliñado, maloliente, parece medio dormido. Describir su situación se le hace difícil. El desinterés y el aburrimiento parecen invadirlo todo, nada despierta su curiosidad. Pasa mucho tiempo solo y sin saber qué hacer: o duerme o sale con los amigos. En la entrevista tan solo se anima cuando explica sus «aventuras» forjadas a través de robos y estropicios en grupo, como por ejemplo cuando «… una vez rompimos las ventanas de toda una hilera de coches aparcados…». Conductas cuya motivación no sabe explicar, «… se nos ocurre cada cosa…». Estas aventuras, aparte del dinero que en ocasiones le pueden proporcionar «para bebidas o para comer», parecen tener un efecto vitalizante (observado en la misma entrevista), y constituyen una escapatoria de un sentimiento de aburrimiento invasivo e insoportable». Para concluir, decir que la comprensión de todos estos mecanismos (el paso al acto como defensa frente a ansiedades claustrofóbicas y agorafóbicas, la identificación proyectiva, la identificación con el agresor y la salida del aburrimiento) que hemos podido observar en la base de distintas expresiones fenomenológicas de violencia en una casuística muy variada de adolescentes, nos ha sido de gran utilidad para focalizar las intervenciones terapéuticas, que presentaremos en otro artículo. Agradecimientos Nuestro agradecimiento a los distintos equipos de la Dirección General de Justicia Juvenil del Departamento de Justicia de la Generalitat de Catalunya con los que hemos venido y estamos colaborando (SMAT, Medio Abierto y Centros Educativos), por la valiosa ayuda que siempre nos han prestado para llevar a cabo nuestra asistencia a la salud mental de estos adolescentes.

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