Procedimientos autocalmantes y prementalización en las autolesiones reflejadas en Instrumental de James Rhodes
Teresa Sánchez Sánchez
RESUMEN
James Rhodes, afamado concertista de piano británico, publicó en 2015 una escabrosa autobiografía en la que informaba con minucia y profundidad los episodios de violaciones y abusos sexuales que padeció en su infancia. Las consecuencias psicopatológicas que ello acarreó son expuestas con un testimonio doloroso. A partir de este material, se propone una lectura psicológica en clave de la teoría de la mentalización (Fonagy) y de la de los mecanismos autocalmantes (Smadja, Szwec) para comprender alguno de los síntomas más frecuentes y peligrosos que el músico presentó durante años: las autolesiones. El carácter de trauma acumulativo (Khan) y el de trauma desorganizador (Marty) son valorados como perspectivas útiles para entender las conductas de autolesión deliberada y otras manifestaciones autolíticas. PALABRAS CLAVE: Rhodes, abuso sexual, trauma, procedimientos autocalmantes, mentalización.
ABSTRACT
Self soothing proceduresand prementalizing in JamesRhodesself-harm, reflected in “Instrumental”. As a result of continued child sexual abuse. James Rhodes, the famous British pianist, published in 2015 an explicit autobiography in which he reported the episodes of rape and sexual abuse he suffered during his childhood in great depth and minute detail. The psychopathological consequences of the abuse are exposed with painful testimony. A psychological reading of this material is offered, using mentalization theory (Fonagy) and the theory of self-soothing mechanisms (Smadja, Szwec) to come to an understanding of one of the most prevalent and most dangerous symptoms the musician exhibited over the years: self-harm. The concepts of cumulative trauma (Khan) and disorganizing trauma (Marty) are valued as useful insights for understanding the behavior of deliberate self-harm and other autolytic manifestations. KEYWORDS: Rhodes, sexual abuse, trauma, self soothing procedures, mentalization.
RESUM
Procedimentsautocalmantsi prementalització en lesautolesionsreflectidesa Instrumental, de JamesRhodes. James Rodhes, famós concertista de piano britànic, publicà el 2015 una escabrosa autobiografia en la qual informava amb detall i profunditat dels episodis i abusos sexuals que va patir durant la seva infantesa. Les conseqüències psicopatològiques que allò va comportar són exposades amb un testimoni dolorós. A partir d’aquest material, es proposa una lectura psicològica en clau de la teoria de la mentalització (Fonagy) i de la dels mecanismes autocalmants (Smadja, Szwec) per comprendre algun dels símptomes més freqüents i perillosos que el músic presentà durant anys: les autolesions. El caràcter de trauma acumulatiu (Khan) i de trauma desorganitzador (Marty) són valorats com a perspectives útils per entendre les conductes d’autolesió deliberada i altres manifestacions autolítiques. PARAULES CLAU: Rhodes, abús sexual, trauma, procediments autocalmants, mentalització.
“La música puede llevar luz a sitios a los que nada más llega” (Rhodes, 2015, p. 260). En el mes de junio de 2015, el Tribunal Supremo de Reino Unido falló una sentencia que permitía publicar las memorias autobiográficas de James Rhodes. En las primeras páginas de su escabroso libro Instrumental (2015), el afamado concertista británico ofrece una inmisericorde descripción de sí mismo que, tal vez por la acentuación de los rasgos negativos que brinda, produce un efecto indulgente en el lector: “soy un imbécil vanidoso, egocéntrico, superficial, narcisista, manipulador, degenerado, pelota, quejica, lleno de carencias, con tendencia al exceso, agresivo, frío y autodestructivo” (p. 10). Siendo un virtuoso músico, de formación en gran parte autodidacta y tardía, padre de un niño al que adora, excepcional intérprete de los más célebres compositores de todos los tiempos, se arriesga valientemente a poner en cuestión su proyección pública desnudando ante los lectores una autobiografía de sus horrores particulares: abusos sexuales prolongados en el colegio desde los cinco años, conductas hipersexuales y promiscuas, consumo de drogas, alcohol, ingresos psiquiátricos, autolesiones deliberadas y repetidas, intentos de suicidio y comportamientos límite de fuga y autodestructivos continuados. Quiere dar visibilidad a los daños que se sufren cuando no solo se es víctima, sino que además hay que silenciar el daño porque nadie quiere ni puede hacerse cargo del trauma, escuchándolo y especularizándolo adecuadamente. Rhodes celebró el fallo del Tribunal Supremo porque creía necesario delatar su cadena de horrores, señalar al culpable aunque falleciera al poco, y poder superar su pasado. En una declaración pública al respecto dijo: “espero que todo esto demuestre que puedes sobrevivir. Y que hablar de ello es importante. A pesar de que en el pasado te hayan dicho que te calles, siempre habrá alguien que te escuchará” (El País, Sección de Cultura, 6 junio de 2015). Trataré de mostrar a continuación que las conductas autolesivas (CAL) de Rhodes, clara respuesta al trauma grave de los abusos sexuales que sufrió, representaron durante un largo periodo un procedimiento autocalmante de la tensión psicológica de todo aquello que no podía mentalizar, justamente cuando emergían las necesidades de apego más fuertes ante su sentimiento de indefensión y asco hacia sí mismo.
Registro biográfico del horror
Rhodes (2015) se ataca a sí mismo, se arranca la piel a tiras, se agrede verbalmente como si también deseara completar la imagen pública que se pudiera poseer de él: “odio quien fui, quien soy, en quien me he convertido y, tal como nos han enseñado, me castigo continuamente por las cosas que digo y hago. (…) Hay una rabia que fluye por debajo de todo, que nutre mi vida y que alimenta al animal de mi interior. Una rabia que siempre, siempre, me impide, por mucho que me esfuerce, convertirme en una versión mejor de mí mismo. (…) El motivo por el que siento tanta rabia es que sé que no hay nada ni nadie en este mundo que pueda ayudarme a superar esto del todo. Ni familiares, ni mujeres, ni novias, ni psicólogos, ni iPads, ni pastillas, ni amigos. Las violaciones infantiles son el Everest de los traumas (…). Me utilizaron, me follaron, me destrozaron, me manipularon y me violaron desde los seis años. Una y otra vez durante años y años” (p. 24-26). Treinta años de silencio respecto a las violaciones: la vergüenza, el sentimiento de estar sucio, de ser intrínseca, “molecularmente malo”, merecedor culpable de cualquier castigo, eclosionaron como una purga, como un exutorio, como un lenitivo mental, vaciándose en un libro y en unas confesiones estremecedoras y sin maquillaje puritano alguno: “abusos. Menuda palabra. Violación es mejor. Abusar es tratar mal a alguien. Que un hombre de cuarenta años le meta la polla por el culo y a la fuerza a un niño de seis años no se puede considerar abuso. Es muchísimo más que un abuso. Es una violación con ensañamiento, que provoca múltiples operaciones, cicatrices (internas y externas), tics, trastorno obsesivo-compulsivo, depresión, ideación suicida, enérgicos episodios de autolesiones, alcoholismo. Drogadicción, los complejos sexuales más chungos, confusión de género, confusión sexual, paranoia, desconfianza, una tendencia compulsiva a mentir, desórdenes alimenticios, síndrome de estrés postraumático, trastorno disociativo de la personalidad (…), etc.” (p. 35). Su evolución normal se truncó: pasó de ser un niño seguro que reía, confiaba y se aventuraba en la exploración del mundo a ser un “autómata aislado, de pies de cemento, apagado” (p. 35). Dejó de ser niño, se trasformó en alguien tóxico para sí mismo, manipulado por la mente perversa de su violador, convertido en carne tierna y vejada, en carne culpable de la propia atrocidad que se le infligía. Esa carne mancillada generó un pensamiento contaminado y una autoestima rota cuyo único eje es el sentimiento de maldad tentacular que nunca ya será redimida del todo: “de pequeño me pasaron cosas, me hicieron cosas que me llevaron a gestionar mi vida desde una posición según la cual yo, y solo yo, soy culpable de todo lo que desprecio de mi interior. Era evidente que una persona solo podía hacerme cosas así si yo ya era intrínsecamente malo a nivel celular. Y todo el conocimiento, la comprensión y la amabilidad del mundo no bastarán para cambiar, jamás, el hecho de que ésa es la verdad. Que siempre lo ha sido. Que siempre lo será” (p. 23). Su vergüenza como víctima aseguró su silencio y en su mente comenzó a florecer la habilidad de adelantarse al pensamiento de los adultos, de mimetizar sus deseos, una conducta hiperadaptada en lo académico, la habilidad de un jugador y un mentiroso para fingir y expresar lo deseado por el otro. Su primera defensa ante el mundo abusador de los adultos, el mundo ciego de los adultos, que ignoraban o disimulaban lo que pasaba, y lo toleraban omitiendo el socorro salvador o protector, fue el cinismo y la disociación mental. En medio de ello, y pese a numerosos intentos de evasión mental del dolor psíquico (Ávila, 2011), sin ser capaz de sufrir realmente, descubre la música y desarrolla su formación como concertista, prueba todas las drogas, frecuenta prostitutas, bebe, toca, se casa y se convierte en padre y es ahí justamente, cuando Jack (nombre figurado de su hijo) cumple los años que él mismo tenía al principiar los abusos, que su mente se hace astillas. No puede perdonar porque no puede perdonarse a sí mismo: “pero la verdad, en mi caso al menos, es que el abuso sexual de niños casi nunca termina en perdón, si es que llega a haberlo alguna vez. Solo lleva a la culpabilización, a una rabia y una vergüenza viscerales y autoinfligidas” (p. 205). Creemos que fue el pavor ante la fragilidad de su pequeño hijo, la vivencia proyectada hacia él de su propia vulnerabilidad infantil, su intenso amor y necesidad de protegerle, lo que activó un miedo cerval a que su propio hijo pudiera ser víctima de cualquier riesgo de daño o abuso sexual. Los cuatro años de su hijo Jack evocaron sus propios cinco o seis años, edad en que sufrió la primera violación. La mente comenzó a actuar por su cuenta, perdió el control y la capacidad de contener su angustia con los recursos habituales (drogas, alcohol, música), concibiendo solo formas extremas y primitivas de extinción de la angustia: la destrucción.
Autolesiones: fondo y forma
Foros cibernéticos fueron el camino por el que Rhodes accedió a esta “solución” autocalmante de la angustia que son los cortes u otras modalidades de autoagresión deliberada. El cutting había devenido ya una epidemia en Europa, y en especial en Gran Bretaña, pero parecía estar circunscrito a una moda adolescente empleada para gestionar las montañas rusas emocionales asociadas a la mocedad. Sorprende y asusta la agudeza de Rhodes al reflejar este grave problema de salud pública: “las autolesiones constituyen una droga de primera (…). Utilizamos pequeños objetos metálicos de bordes afilados y tiras de material absorbente. El motivo: esto brinda el subidón más efectivo, inmediato y eléctrico, solo comparable al de la heroína (inyectada, no fumada) y al del crack. Después no hay bajón, ningún efecto secundario negativo (cuando se hace bien), sale prácticamente gratis, se puede hacer en cualquier sitio,…” (p. 122). La forma provocadora y casi propagandística de la autolesión mediante cortes puede entenderse desde otro ángulo: contemplarla como un recurso de menor riesgo y envergadura, más fácil y de menores costes emocionales y sociales que el suicidio o el homicidio de las figuras odiadas responsables de su dolor íntimo. La descarnada crudeza de las ventajas de la autolesión no tropiezan en Rhodes con ninguna resistencia de recato o moralina; por ello ha sido acusado de exhibicionismo impúdico de sus trastornos, de realizar una demostración pornográfica de su victimismo, sin sublimación alguna. En el libro detalla todo el ritual y el protocolo vinculado a los cortes, a la par que analiza los beneficios primarios y secundarios que le reportaban y que más adelante analizaremos desde el prisma psicológico: “en esta actividad están presentes todos los elementos que dan “seguridad” y que confieren tanto atractivo a las drogas ilegales (el ritual, el control del pensamiento, el portazo a todo sentimiento, el aislamiento, la vía de escape, la rabia general y las ganas de que “el mundo se vaya a tomar por culo”), y añade una dosis de visceral desprecio por uno mismo, (…), mayor control, una sana (más o menos) expresión de rabia y la maravillosa sensación de poder gritarle al mundo cuánto dolor sientes sin tener que decirlo en voz alta. (…) Funciona demasiado bien, la recompensa es demasiado grande, la liberación de endorfinas demasiado intensa” (p. 122). Convencido plenamente de que los cortes pueden representar un freno de las conductas suicidas y del suicidio consumado, al tiempo que resultar compatibles con un funcionamiento social relativamente integrado, funcional y adaptativo, menciona varios nombres públicos del arte, la música, el cine o la moda que ratifican esta hipótesis y hasta pareciera que banaliza las autolesiones como si se tratara de una forma cómoda y barata de reducir las tensiones no elaborables que el mundo provoca, bien porque éstas sean demasiado intensas, bien porque los sujetos sean demasiado frágiles y proclives al desbordamiento. El mismo Rhodes revela el recurso a la autolesión como mecanismo defensivo y eficaz a corto plazo, a la vez que como un refugio íntimo que aporta la seguridad de disponer de esa salvaguarda ante circunstancias pantanosas o inundaciones emocionales descontroladas: “constituye un mecanismo de defensa regular, sólido, eficaz. (…) encontré un remedio, una forma de dejar de sentir que era una mierda tan grande. (…) Tuve la sensación de un subidón de heroína, aunque más limpio. Lo que sentí al desplomarme de nuevo en el suelo del cuarto de baño, satisfecho, agotado, feliz, era todo lo que había esperado y más. Es lo que tienen las autolesiones: no solo te colocan, sino que también te permiten expresar el asco que te inspiran el mundo y tu persona, controlar el dolor, disfrutar del ritual, de las endorfinas, de esa violencia sórdida, bestial y ejercida contra uno mismo en privado, y no hacer daño a ninguna otra persona” (p. 123-125). El deleitoso secreto, el refugio psíquico, el recreo temporal, siempre al alcance, que permite el goce anticipatorio de que cualquier exceso inundante de dolor o asco hacia sí mismo podría hallar esa letrina evacuatoria de la sangre manante y del exorcismo de los demonios interiores. Los cortes devinieron el rellano de la escalera que descendía al abismo, el freno temporal y efectivo del desmoronamiento. Merced a esos paréntesis de la autolesión, Rhodes conseguía salvar su función paterna en la seguridad de no dañar al niño que amaba. Jugando al escondite con los parientes y amigos, coordinaba la paternidad, sus ensayos musicales, la vida de esposo, las incisiones en su piel. Incluso proyectó su primer concierto público. Aparentemente, las autolesiones permitieron una cierta reorganización de aquellos aspectos disociados y segregados de la conciencia, antes de que se deshilvanara en sucesivos intentos de suicidio, ingresos en clínicas psiquiátricas, trastornos de anorexia grave, etc. De un lado: el músico, el padre cariñoso; de otro: el niño abusado que pervivía en su interior y que se encerraba con un único juguete, la cuchilla, para resucitar temporalmente mediante el dolor de la anestesia y del desmoronamiento: “era perfecto. Había encontrado algo que, aunque fuese temporal, me ayudaba a funcionar mejor, a estar más disponible, a no dejar a mi familia tirada, a ponerme la careta. Se convirtió en una especie de aplazamiento sucio y cotidiano de mi desmoronamiento, y me daba la fuerza justa para ejercer de marido y de padre frente al mundo exterior, aunque no la suficiente para quitarme de encima la asquerosa sensación de que aquello era raro, de que no estaba del todo bien, que me invadía cuando lo hacía” (p. 125). En una de las clínicas psiquiátricas pasó al acto: intentó suicidarse varias veces, y al no conseguirlo, recurrió nuevamente a las autolesiones. Ni la farmacología ni la terapia psiquiátrica lograron evitarlo. Consideraba abominable que se le administrara un fármaco destinado a frenar las autolesiones cuyo medio operativo inhibía la producción de endorfinas cuando la cuchilla se adentraba en su carne. Solo dolor sin amortiguación. “Despreciable”, juzga Rhodes (p. 140). Su historia prosigue con todos los meandros del dolor mental y una variedad de estragos psicopatológicos que vuelve a completar casi al final del texto (ver el apéndice del libro donde se reproduce el artículo que escribió para el Daily Telegraph el 1 de noviembre de 2012), una vez que se había decidido a denunciar públicamente los hechos vividos treinta años atrás y a exponerse a la morbosa o condenatoria mirada de ciertos lectores y medios de opinión, con el afán de visibilizar el problema social de la pedofilia y de las perennes lacras que acarrea. Él, Rhodes, se inmola en el altar de una sociedad puritana e hipócrita que prefiere silenciar la crudeza de estas realidades o velarlas con alusiones genéricas, que no reparen demasiado en escalofriantes detalles como el dolor y el sangrado rectal perpetuo de un niño violado analmente como lo fue él, o las indigestiones y fortísimos dolores abdominales causados por los desgarros internos en su intestino, las perforaciones e infecciones que requirieron varias intervenciones quirúrgicas. Pero detengámonos aquí. Hoy Rhodes ha transformado, en gran parte gracias a este libro, su dolor mental insuperable en sufrimiento psíquico (Ansermet, 2015). Ha sobrevivido con su memoria candente y se eleva al Olimpo con la Chacona de Bach y otras muchas piezas capaces de convocar la más noble exaltación del espíritu. Y así, su horror no cristaliza en destrucción o muerte sino en belleza y armonía. La música le ha salvado del odio a sí mismo, le ha reconciliado con la vida.
El trauma desorganizador
Concurren en el niño (y en el adulto) Rhodes muchos factores propiciadores y alimentadores del trauma: 1) la debilidad psíquica, fruto de las condiciones de su apego, separado físicamente de su madre en el internado; 2) la prematura edad en que comienzan los hechos, estando aún cimentándose su aparato mental y sus defensas; 3) la inviabilidad de la síntesis psíquica y la integración de experiencias tan desproporcionadas y brutales; 4) la endeble capacidad del pensamiento situado en niveles pre-operatorios, inerme por tanto para la formación de representaciones mentales consistentes, más allá de la sensorialidad del dolor causado por las violaciones, el miedo y el sentimiento de maldad; y 5) la recurrencia de las violaciones e intimidaciones. No hay duda admisible, por tanto, sobre el carácter traumático acumulativo de las vivencias de James Rhodes durante su infancia. Y no estamos ante un trauma emocional por déficit de amor (Coderch, 2013) o inadecuación del apego, sino del peor de los posibles: el asesinato del alma de un niño. La escisión del yo, la fractura psíquica desorganizadora, provienen de la combinación y suma de otros factores potenciadores:
- El daño le fue ocasionado por una figura de autoridad que debía ser confiable y que debía aportar seguridad, pero lejos de ello le causaba indefensión y aumentaba su incontrolabilidad sobre su vida y los abusos mismos.
- Las violaciones tuvieron lugar durante muchos años y de forma sistemática y degradante.
- El niño Rhodes carecía de la capacidad para entender y dar sentido a lo que sucedía.
- No supo por qué empezó ni a qué se debía ser “el elegido” para la violencia sexual del profesor de gimnasia, tampoco si era el único que la sufría.
- Ocurría en el mismo lugar en que vivía habitualmente (el colegio) y donde supuestamente debía estar amparado, no disponiendo de mecanismos de fuga o evitación.
- No podía comunicar los hechos porque no hubiera sido creído y porque su profunda parálisis emocional, además de la merma de su confiabilidad en las figuras de autoridad, se lo impedían.
- No contaba con relaciones protectoras o contenedoras de su angustia y el contexto le era hostil.
- Sus figuras de apego ignoraban o no querían detectar las posibles señales del malestar, sea por ingenuidad, sea por distancia, sea por falta de especularización adecuada.
Estamos, estremecedoramente, ante un retrato del desvalimiento (Voloschin, 1989). Sea como fuere, el desbordamiento excitatorio (en sentido económico), conflictivo (en sentido dinámico), y relacional (en lo relativo al apego y al fracaso en el establecimiento de vínculos válidos), produjeron una falla en la composición de una imagen del mundo y del entorno vincular, además de un colapso emocional en la organización del aparato psíquico (Lanza Castelli, 2013c). No cabe decir que lo más determinante es el modo en que la subjetividad del niño Rhodes acogió o interpretó la sucesión de violencias de la que fue víctima. Su psiquismo no podía en modo alguno metabolizar lo que le hacían y entró en bancarrota (Sánchez, 2011).
Encontramos en este caso al menos dos posibilidades para que se produjera un trauma severo en Rhodes: a) la proximidad inexorable a un objeto exterior negativo que causa amenaza, angustia de aniquilación y vulnerabilidad y b) el sentimiento de fraude afectivo hacia sus cuidadores primarios (madre) y secundarios (profesores y celadores del colegio), por desampararle a su suerte e ignorar los indicios de que algo grave estaba pasando (Marty, 1995). Los grandes traumas producen una especie de licuación del pensamiento que anula todos los mecanismos de figuración: palabra, fantasía, sueños. Rhodes no podía registrar mentalmente la experiencia atroz que vivía (Rodríguez et al., 2007). Malacrea (2011) estudió los efectos del abuso sexual en la infancia y recalcó que para el infante su propia mente se convierte en el enemigo oscuro. El pensamiento opta por no mirar, no representar, no concienciar: si no hay mente, no hay traumatismo. El primer recurso de supervivencia es desmentalizar. Si esto fracasa, sobreviene el desmoronamiento interno y es entonces cuando lo impensable destruye los acomodos psíquicos hechos hasta entonces para sobrevivir al trauma (Xavier et al., 2015) Hasta que comenzaron las autolesiones, el dolor mental de Rhodes no era ni pensable ni representable. Estaba presente de forma puramente sensorial o vegetativa (“memoria humoral”). Su cuerpo, su ano desgarrado y perforado, sus intestinos dañados, lloraban sangre. Las heridas físicas eran un vestigio de lo vivido en el pasado, la expresión del horror y de la vergüenza de la víctima. Pero muchos sentimientos, imágenes y reconocimientos mentales no alcanzaban el nivel de la figurabilidad ni de la simbolización (Weissberg, 2007). Puede decirse que Rhodes no logró convertir hasta mucho más tarde el dolor mental en sufrimiento psíquico (Ávila, 2011). Esa brecha propició la aparición de síntomas que cumplían la función de evacuación y drenaje de la tensión del trauma acumulativo (Khan, 1963) y de regular el malestar y el sentimiento de suciedad interior. Haramburu Oiharbide et al. (2016) creerían probablemente que la fórmula seguida por Rhodes fue indicativa de una “regulación emocional automática”, pues el afrontamiento, el procesamiento y la respuesta no alcanzaban plenamente el nivel consciente. Concluirían que el músico, al menos durante esta fase de su vida, pertenecería al grupo de “personas con predominio o asimetría de la región frontal derecha, con un nivel bajo de reflexividad o mentalización, reactivas ante los estímulos negativos y con graves dificultades para regular esa reactividad, con dificultades temperamentales para modular emociones negativas de alta intensidad” (p. 18). Sabemos que, en general, tras los traumas se desarrollan procesos tóxicos en el psiquismo debidos a la mala “combustión mental” de las excitaciones no elaboradas o evacuadas. Todo lo que no puede recuperarse como “recuerdo” (representación) pasa a recobrarse como encarnadura (a través de cambios en la carne-biológica, en el cuerpo) (Casado, 2011). Es la propia sensorialidad la que guarda y expresa los vestigios más primitivos de cuanto pasó. Lo traumático subsiste como un quiste, como un “estado dentro del Estado” no soluble ni extirpable (García Bernardo, 2000). El trauma de Rhodes permanecía sellado tras los barrotes del silencio, del sigilo, de lo innombrable. Disociar fue su recurso (Lanza Castelli, 2011, 2012). De hecho, mantuvo el “secreto” ante todos, incluida su primera mujer. Sabía que cuando revelara el horror que albergaba en su mente, el matrimonio no subsistiría porque desvelaría un yo real que nada tenía que ver con el yo (pretend mode) simulado, del que su esposa –sin saberlo- se había enamorado (Lanza Castelli, 2013a). Rhodes había sobrevivido gracias a multitud de “acomodaciones patológicas” (Brandchaft, 2007) de drenaje casi todas ellas (drogas, sexo promiscuo, alcohol), excepto la música, única fórmula sublimatoria eficaz.
La autolesión como procedimiento autocalmante
Claude Smadja (1993, 1995) y G. Szwec (1995) han popularizado el concepto de “procedimiento autocalmante” para referirse a los mecanismos usados por las personas cuando la excitación les desborda y puede convertirse en traumática. Si se produce una falla en la mentalización, y además falla la barrera de freno para-excitatoria del preconsciente, las sensaciones permanecerán en la esfera de lo corporal (Mikolajczac et al., 2009). Solo el cuerpo será emisor y receptor y el riesgo de desencadenarse acciones traumafofílicas se incrementa (Orozco, 2008). También lo harán las somatizaciones (Sánchez, 2008). Manifestaciones fisiológicas de la ansiedad, accidentalidad con daño corporal, enfermedades, exposición a aventuras o deportes extremos, prácticas sexuales peligrosas, etc., serán algunas de las eventuales respuestas a lo desmentalizado (Killingmo, 2005). En este encuadre, las técnicas autocalmantes se constituyen en un eficaz recurso antitraumático. Operan en un plano pre-mental y tienen un poder simplemente evacuativo. Son una solución inmediata para dar salida momentánea a la disgregación interna (Luna Montaño, 2012). Los autocalmantes, valga la obviedad, tranquilizan y regulan. Actúan como escudos protectores y evitan la disolución de la mente, sobrepasada por vivencias inundantes de malestar, culpa o asco de sí mismo. Esta perspectiva nos ayuda a entender la autolesión como autocalmante en el caso de Rhodes: cuando su sangre fluye desde las incisiones, él drena una angustia invasiva. Logra que el dolor le despierte de otras sensaciones imposibles de alojar en su interior de forma integrada, alcanza la paz de atribuir al corte su desazón y, en cierto modo, le organiza la mente. Así, con el bucle interpretativo propiciado por la sangre, al encontrarse en un escenario real –cuchillas, tiritas, soledad, baño-, logra dar sentido al dolor implosivo que experimenta y lo deja escapar, lo libera. Autolesión y calma quedarán agregados tenazmente. Es por ello que se convierte en solución adictiva, dominada por la compulsión de repetición, “expresión de un autosadismo desmentalizado” (Smadja, 1995, p. 226). Por su parte, Szwec (1993), incide en el hecho de que los procedimientos autocalmantes conducen a la traumatofilia del siguiente modo: el sujeto somete deliberadamente al cuerpo a esfuerzos o padecimientos inhumanos, comportándose como un “galeote voluntario” y, merced al dolor, halla una paradójica paz. Zubiri (2008, 2010) asegura que provocarse un dolor, causarse una autolisis, etc., constituye una opción que evita la melancolía. Dicho de otro modo: el fracaso en la elaboración de la melancolía abre la puerta al uso de procedimientos autocalmantes, algunos de tipo autosádico. Aparecen así sujetos que padecerán dolor crónico, se accidentarán, incurrirán en formas diversas de autolisis, serán incluso adictos al dolor: “los procedimientos autocalmantes son a la vez procedimientos autoexcitantes… tienen un papel capital que lleva el Yo contra el hundimiento depresivo, es decir, en definitiva, contra el hundimiento narcisista” (Smadja, 1993, p. 216). Sabemos que la solución autolesiva resulta autocalmante de forma efímera, pues el malestar (disociación, vacío, soledad, ansiedad, conflictos, indelimitación interpersonal, etc.) regresa una y otra vez, cuando se disipa el alivio ocasionado por la autolesión. Pérez Zabalza et al. (2016) destacaron algunas funciones de la autolesión, varias de las cuales son compatibles con el fin autocalmante: 1) regulación de afectos negativos, 2) autocastigo, 3) señalar angustia, 4) antidisociación, 5) antisuicidio, 6) autocuidado, 7) poner a prueba la dureza y resistencia del yo, 8) búsqueda de autonomía, 9) marcar límites interpersonales y 10) búsqueda de sensaciones. Destacamos el carácter autocurativo o de automedicación que atribuyen muchos pacientes con traumas severos a sus autoagresiones cuando experimentan un agudo dolor mental que no son capaces de gestionar, por lo que recurren a autoinfligirse dolor físico que, paradójicamente, les devuelve sensaciones de control y autoposesión. El síntoma autoagresivo parece surgir como una salida de emergencia para buscar alivio de emociones negativas, contenidos internos displacenteros, abrumadores o intolerables de los cuales hay que deshacerse rápidamente (Rodríguez et al., 2007, p. 246). Según se ha comprobado (Schmahl, 2014), los pacientes con tendencia impulsiva a la autolisis tienen un umbral del dolor muy alto, por lo que no refieren sentirlo durante la autolesión, tardando éste en aparecer. Las bases neuronales de tal contingencia pueden encontrarse tanto en la excesiva activación de la corteza prefrontal como en la inhibición del procesamiento amigdalar del dolor. Se ha certificado igualmente el hipofuncionamiento del eje del estrés, por lo que estas personas producen menos cortisol de lo habitual. Por ende, se aprecia una disfunción del sistema opioide, y alteraciones en el sistema dopaminérgico y serotoninérgico (Mendoza y Pellicer, 2002). De este modo, la autolesión facilitaría la producción y liberación en el organismo de opiáceos endógenos de los que son deficitarios: betaendorfinas y metaencefalinas y lograría despertar la percepción de dolor, aletargada o anestesiada como consecuencia del bloqueo emocional. El efecto tranquilizador o levemente euforizante de las endorfinas atenúa las sensaciones desagradables previas. Por ello, los pacientes estarán más relajados, al menos antes de que emerjan la culpa o la vergüenza. Alude Rhodes en su libro al “subidón”, al “chute de endorfinas” que experimentaba al cortarse los brazos. Más allá de esto, Taboada (2007) destaca, ante todo, el papel expresivo de la autolesión, utilizada como un lenguaje corporal para emitir emociones negativas sin intención de obtener respuesta del entorno. Expresar representa, como sabemos, una forma de gestionar y modular el mundo interno. Así lo explica: “…es un lenguaje somático que utiliza el cuerpo en vez de palabras y sentimientos (…), es un intento de manejar sentimientos caóticos como la ira, el odio, el sufrimiento emocional intenso y decirle a los otros que lo han decepcionado, abandonado o abusado de él… no hay que verlo como búsqueda de atención o deseo de manipulación” (pp. 3-4).
Modos prementales y desmentalizados en los cortes sangrantes de Rhodes
Siendo que, como hemos señalado, la autolesión es concebida como procedimiento autocalmante de regulación emocional, hemos de admitir que ha de darse una falla en el acoplamiento entre la vivencia emocional interna y su representación mental. Tal hiato genera respuestas impulsivas (adictivas, promiscuas, autolíticas) para reducir la tensión. Lo comprendemos mejor con la explicación siguiente: “en lo que hace a las experiencias no mentalizadas, ligadas a traumas tempranos, podríamos decir que nos referimos a datos sensoriales o emocionales elementales, que no han sido transformados en pensamientos oníricos, fantasías, mitos, narraciones, etc., o en afectos señal (…), sino que son, en cambio, percibidos como objetos concretos en la psiquis, como angustias sin cualificación, como alteraciones corporales o acciones impulsivas, que tienen como objetivo la evacuación de dichas protoemociones” (Lanza Castelli, 2014, p. 13). Los procesos de mentalización de la afectividad traumática pasarían por identificar –discriminando y designando-, modular –selectiva y proporcionadamente- y expresar –verbalizar, representar en palabras, gestos, cogniciones concretas- las vivencias caudalosas que desbordaron el psiquismo infantil del niño Rhodes. El acto autolesivo demuestra que el colapso mental no permite otra salida que la válvula del daño corporal para expresar la rabia, la impotencia y la pérdida de control del yo sobre la angustia impensable (Nader y Boehme, 2003). La autolesión logra, en cierto modo, inscribir el dolor en un lugar concreto del cuerpo (allí donde están los cortes y sus cicatrices) para sacarlo de la mente, donde solo desata ubicuas explosiones de dolor. Las heridas ayudan a contener y a visualizar un dolor mucho más difuso e inmanejable. Sabemos ya qué es la mentalización. Desde Fonagy et al. (2002), han proliferado las definiciones. La que sigue nos parece soberbia: “la mentalización puede ser considerada como el sistema inmune de la psique, en la medida en que absorbe estresores internos y externos, excesos traumáticos y presiones internas, procesa sus efectos en el cuerpo y los elabora en sentido progresivo. Incluye procesos como la representación, la simbolización y una serie de procesos de traducción, retranscripción y transformación” (Lanza Castelli, 2013b, p. 161). Los pacientes que presentan conductas autolesivas, en su mayor parte cercanos a un diagnóstico de trastorno límite de la personalidad (TLP), presentan mayormente características de: apego ansioso evitativo y/o de apego desorganizado, y en muchos casos fueron víctimas de abusos sexuales graves en su infancia. Al no haber establecido un apego seguro y no haber disfrutado del espejamiento materno, el niño Rhodes no llegó a mentalizar su propio self. El efecto más probable de esta desmentalización del self es que careció de una experiencia vital: sentirse representado en la mente de otros como un ser sufriente (Doctors, 2007, 2013). Por estas y otras contingencias, el niño (y posterior adulto) no avanzó desde los niveles pre-mentalizadores o no mentalizados, quedándose detenido en ellos o creando una fragilidad (estados insuficientemente mentalizados) que propiciará la vuelta a estos estados pre-mentalizados ante situaciones externas o estados internos desequilibrantes (Lanza Castelli, 2012). Los modos pre-mentalizados explicados por Fonagy (2002, 2015), equivalencia psíquica, “hacer cuenta” (o como si), y teleológico, son compatibles con los pacientes bordeline. En efecto, las personas desmentalizadas o detenidas en modos prementales del psiquismo viven su mundo interno como real sin poder distanciarse de él, creyendo que sus representaciones internas son isomórficas con la realidad (modo equivalencia psíquica) (1), disocian las experiencias y emociones negativas y se instalan con frecuencia en un mundo simulado y ficticio desde el que eluden los conflictos o los sentimientos de vacío (modo “hacer cuenta”, pretend mode o como si), y c) utilizan la acción para expresar y descargar las tensiones, no recurriendo al lenguaje verbal, convirtiendo la evacuación y la tormenta comportamental en un medio para lograr el fin de la regulación emocional o el control sobre la conducta de los otros (modo teleológico). Sin tener otros datos clínicos sobre Rhodes que los procedentes de sus memorias, resultaría muy osado proponer un diagnóstico único que explique su florida sintomatología. Recurrir al cajón de sastre de un TLP es demasiado socorrido y fácil, para una personalidad tan compleja que fue tildada por sucesivos psiquiatras como: esquizofrénica, disociada, bipolar, dual, depresiva, anoréxica, alcohólica, etc. Sin embargo, tal vez ha sido durante su período de escritura donde afinó y desplegó su virtualidad mentalizadora más amplia y eficaz, sirviéndole de autoterapia y de insight (en el sentido de las psicoterapias más ortodoxas y clásicas) (Lanza Castelli, 2010). Ese fue el camino hacia la mentalización de su propio pasado y de su identidad (Altmann de Litvan, 2014), tanto en el sentido de la mentalización reflexiva como de la transformacional (Lanza Castelli, 2013b). El manejo de la subjetividad en el niño y joven Rhodes fue eminentemente expulsivo y externalizador. Preponderó la fórmula premental teleológica al permitirle de forma rotunda e instantánea liberar tensiones y conflictos. Su pensamiento no evolucionó hacia el insight (Lanza Castelli, 2015), sino que coaguló en modos precarios e impulsivos de funcionamiento: nunca mejor dicho, coaguló en sangre, en la que manaba de sus brazos tras los cortes y en las conductas adictivas en que incurrió como si la única forma de eliminar su mundo interno y arrancar de sí lo que no podía comprender y tolerar fuera echándolo fuera a través de la sangre o aniquilándose del todo en los intentos suicidas posteriores. El recurso disociativo pretend mode (o como si) suele ligarse con las experiencias infantiles traumáticas. Los niños abusados caen en la estrategia de escisión del yo para eludir el dolor psíquico. De esta forma, no representándose mentalmente sus propias emociones negativas, tampoco tienen que concebir las intenciones dañinas y destructivas de sus cuidadores hacia él (Escobar et al., 2013). De entre todas las dimensiones, ejes o polaridades que abarca la mentalización: automática versus controlada, cognitiva versus afectiva, centrada en el self versus centrada en el otro, y basada en lo externo versus basada en lo interno, apreciamos que en el funcionamiento de Rhodes predominan: procesos automáticos, que se activaban ante estímulos tenues, inhibiéndose simultáneamente su capacidad reflexiva y controlada; procesos afectivos, con hipersensibilidad a lo emocional; procesos centrados en el yo/otro de forma difusa e indiferenciada; y procesos focalizados en lo interno (Lanza Castelli, 2011). Ante las situaciones de tensión interna o de dolor emocional, no disponiendo establemente de capacidad de mentalización, se incrementan dos reacciones incompatibles entre sí, generándose un cortocircuito psíquico: 1) se aferraba a sus figuras de apego (amigos, esposa, mentores, hijo), y 2) dichas figuras de apego despertaban su inseguridad, temor y angustia, dado que las figuras de apego infantiles (los cuidadores del colegio) modelaron e improntaron tales sensaciones y representaciones. Así lo advertía Fonagy (Temas de Psicoanálisis y Lorenzini, 2013, p. 21): “al activarse patrones de apego, después de cierto umbral, la capacidad para mentalizar empeora, el apego inhibe la mentalización”. Vemos, pues, dramática paradoja presente en los sujetos que se autolesionan: cuando sienten ansiedad, pavor, malestar emocional intenso, hiperactivan su reacción de apego, despertándose entonces los estados prementalizadores asociados a sus vínculos primitivos de apego y a su memoria primaria, con lo que la tensión (lejos de disminuir, aumenta) y es entonces cuando, concatenadamente, van pasando desde el 1) modo de equivalencia psíquica: del “me veo horrible o malo” al “soy horrible o malo”; al 2) modo como si: intentando funcionar con un self ajeno o disociado: “sé que me está pasando a mí, pero no lo siento como mío” o “mi cuerpo no es mío hasta que el dolor del corte o del golpe me lo devuelve como mío”; al 3) modo teleológico: las cosas han de suceder en el mundo físico para ser percibidas como reales: “sólo con el fluir de la sangre, tomo conciencia de mí y salgo de la disociación o del estupor emocional”. Éste nos parece un modelo interpretativo válido para comprender el calvario psicológico que se desarrollaba en la mente de Rhodes durante esos largos tramos de autolesiones. La autolesión devino la “solución física” para su problema, tras haber tropezado con su incapacidad para regular y hacerse cargo de sensaciones insoportables. Así lo entienden otros autores: “la autolesión también puede explicarse así: las partes del cuerpo agredidas equivaldrían a estados mentales que nos resultan insoportables. Atacando a esas partes del cuerpo, estamos intentando erradicar ese malestar que no podemos mentalizar” (Sánchez Quintero y De la Vega, 2013, p. 27). Rhodes incurría en un círculo vicioso: drenando la tensión mediante el acting del corte en su piel, reducía su capacidad para pensar sobre lo que le ocurría y hallar alternativas de regulación, y, al no mentalizar, aumentaba el riesgo de recurrir a modos teleológicos (impulsividad autolítica), elevando su vulnerabilidad psíquica. Sus terribles vivencias quedaron inscritas en una suerte de “memoria emocional implícita” (Ansermet, 2015), proclives a reactivarse toda vez que alguna nueva circunstancia actuaba como un après coup. Cada contingencia traumática acarreaba una sobreexcitación (Fonagy, 2015) y, careciendo de la barrera preconsciente que actúe como freno para-excitatorio, aumentaba el uso del modo teleológico para evacuar rápidamente todo el montante de tensión que no podía metabolizar. Coda Con el tiempo, y tras todas las vicisitudes psicopatológicas y también sublimatorias que tuvieron lugar en su intensa vida, Rhodes creó Instrumental, un sello discográfico de música clásica. Un puñado de cálidos amigos le ayudó una y otra vez a remontar, le inspiraron, le apoyaron incondicionalmente, los medios de comunicación sirvieron de altavoz para difundir la realidad oculta de los abusos sexuales. Y algo determinante: la directora de primaria que en aquellos años vio e intuyó la existencia de abusos de algún tipo y lo comunicó a la dirección del centro, al leer la revelación de Rhodes en una entrevista para el Sunday Times, se puso en contacto con él. Le pidió disculpas por la tardanza en su reacción, por su indolente incuria, por su ingenuidad y pasividad que favorecieron que las violaciones continuaran. Acudió a declarar ante la policía, contribuyendo con ello a la detención del violador. Llevar a los tribunales de justicia a Peter Lee, motivar la acusación de al menos diez delitos de sodomía y abuso sexual, abrió la puerta de salida a la salud mental y la creación para James Rhodes. Falta, claro, que pueda perdonarse a sí mismo. Creemos muy significativo el papel de la maestra, aunque tardío, porque logró poner fuera de sí mismo, en otros ojos y otra mente especularizantes, la realidad del abuso sexual. Dejó de ser algo que envenenaba su recuerdo como un secreto tóxico, pasando a ser desde entonces –y mucho más a partir de su divulgación en la prensa y con la publicación del libro y las entrevistas– un veneno colectivo, una lacra que pesa sobre la sociedad misma que lo tolera, mira hacia otro lado o se muestra laxa en la promulgación de leyes que prevengan y disuadan de cometer estas tropelías. Rhodes concibe su libro, en parte, como una especie de exorcismo, pero también como una carta a su violador (muerto de un derrame cerebral al poco de ser detenido y descubierto ante la opinión pública). Así se dirige a él: “es la carta que te he escrito, Peter Lee, que te estás pudriendo en tu asquerosa tumba, para contarte que no has ganado. Nuestro secreto ya no es un secreto, un vínculo que compartimos, un lazo contigo, privado e íntimo, de ningún tipo. Nada de lo que me hiciste fue inofensivo, divertido o cariñoso, a pesar de lo que decías. No fue más que una aberrante y penetrante violación de la inocencia y la confianza” (p. 205). La música le salvó. Profeta en carne propia de la posibilidad que la música tiene como transformadora del mundo interno, de obrar ese sortilegio que cambia la negatividad en positividad y entusiasmo. La música logró que hallara su camino a la rementalización y la elaboración, no sin escabrosidad ni tropiezos: “tuve también alguna recaída ocasional en las autolesiones y los cortes, (…), pero sobre todo tuve mogollón de tiempo para estar solo, pensando, sin moverme, sintiendo. Sin medicación. Era la primera vez que hacía eso, y se trataba de algo inevitable, esencial, y, más por pura chiripa que otra cosa, acabó redimiéndome y reconstituyéndome” (p. 226). Gracias, James Rhodes, por la música y la valentía.
Notas
(1) En el modo de “equivalencia psíquica”, se confunde lo pensado con lo real, lo posible con lo palpable, la percepción personal con la única verdad posible, rígida e inflexible. Las convicciones y creencias, imaginaciones y supuestos son tomados como una evidencia inapelable (Lanza Castelli, 2013d).
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