Vergüenza(s). Desorganización y organización de los afectos vergonzosos

Nathalie Zilkha

 

RESUMEN

Sobre la base de los aspectos fundamentales del proceso de la adolescencia, la autora profundiza en el tema de la transformación de las experiencias de vergüenza en esta época de la vida, de su desorganización y de su reorganización. El énfasis está en lo que contribuye al carácter traumático de la vergüenza y a su impacto en el narcisismo del sujeto, incluyendo aspecto pasivo frente a la emergencia pulsional puberal, genital y pregenital, y la remodelación de las identificaciones. PALABRAS CLAVE: vergüenzas, adolescencia, transformación, “pasivación”, pasividad, idealización.

ABSTRACT

Shame(s). Disorganization and organization of shameful affects. The author, on the basis of the central characteristics of the process of adolescence, reflects on the transformation of shameful experiences during this stage of life, on their disorganization and reorganization. Emphasis is placed on its contributions to the traumatic character of shame and its impact on the narcissism of the subject. A passive facet in front of the emergence of pubertal, genital and pregenital drives, and the remodelling of identifications are considered. KEY WORDS: shame, adolescence, transformation, passivity, idealization.

RESUM

Vergoyne(s). Desorganització i organització dels afectes vergonyosos. Sobre la base dels aspectes fonamentals del procés de la adolescència, l’autora profunditza en el tema de la transformació de les experiències de vergonya en aquesta època de la vida, de la seva desorganització y reorganització. L’èmfasi està en allò que contribueix al caràcter traumàtic de la vergonya i al seu impacte en el narcisisme del subjecte, incloent l’aspecte passiu front a l’emergència pulsional puberal, genital i pregenital, i a la remodelació de les identificacions. PARAULES CLAU: vergonyes, adolescència, transformació, “passivació”, passivitat, idealització.

La adolescencia es un terrero privilegiado para una reflexión sobre una clínica diferencial de la vergüenza (1). Se encuentran, en una oscilación a menudo rápida, diferentes formas de vergüenzas, según el grado de afectación narcisista, la funcionalidad de la organización fantasmática y su contenido, así como la eficacia de los mecanismos de defensa en juego. Los registros de la culpabilidad y de la vergüenza siendo conjuntos, es de su articulación y del predominio de uno respecto al otro, que depende la significación del afecto vergonzoso para un sujeto, especialmente el impacto sobre su sentimiento de valor y de continuidad de ser, pero también su poder integrador o desintegrador.

Después de algunas consideraciones clínicas que permitirán situar el encuadre y la postura de mi cuestionamiento, me dedicaré a desarrollar especialmente los factores que concurren en el carácter, a menudo, traumático y desorganizador de la vergüenza en la adolescencia, la “vergüenza actual” o “el ataque de vergüenza” según Brusset (1993). Me interesaré especialmente en la transformación de la vergüenza bajo el efecto de la carga pulsional nueva y del cuerpo sexualmente maduro, ya sea en la desoganización y la reorganización de los padecimientos vergonzosos en la pubertad y durante la adolescencia. Reflexionaré también sobre el nexo complejo que la vergüenza mantiene con las identificaciones del yo, del superyó y del ideal del yo al cual está clásicamente referida.

El afecto vergonzoso señala una regresión de la calidad del movimiento pulsional, es decir, un retorno del movimiento objetal conflictivo en un movimiento narcisista con una resexualización a partir de la mirada del otro. A veces, como ha sido clásicamente señalado, este retorno se hace con el objetivo de evitar un conflicto intrapsíquico e intersubjetivo –aun manteniendo la posibilidad de una reinvestidura, a menudo idealizada del objeto–. En otros momentos, por el contrario, se está más bien del lado de un impase desorganizador del conflicto. Dejando de lado la adolescencia, estas reflexiones nos conducen a interrogarnos sobre lo que viene a enturbiar el desarrollo y la funcionalidad de la vergüenza llamada “normal” (Janin, 2003).

El riesgo clínico es pasar cerca del punto de referencia de la vergüenza en el adolescente bajo el efecto de las diferentes defensas que pone en marcha para intentar enmascarar la acuidad. A menudo no se habla de ello espontáneamente, ya que la vergüenza es vivida de manera traumática. El incremento de la vergüenza, la vergüenza de la vergüenza vuelve a veces intolerable su simple evocación, a menos que el sujeto no intente protegerse de sus padecimientos de vergüenza(s) con evitaciones fóbicas invalidantes. De la misma forma, el adolescente preferirá tratar este afecto “enmascarándolo”, negándolo o transformándolo regresivamente en odio o retornándolo activamente en una humillación hacia del otro. Evocaremos también las conductas frecuentemente vergonzantes, “escandalosas” o provocadoras de los adolescentes que, en un “colapso” o aplastamiento de la tópica dirigen un desafío a las leyes conflictivas pero organizadoras de los fantasmas originarios. Pienso sobre todo en la escena primaria, en la cual una buena funcionalidad permite salir de la vergüenza traumática, especialmente en la adolescencia. Pero el aspecto integrador de los otros fantasmas originarios también juega un rol. El objeto y sujeto de la vergüenza pueden así circular: vergüenza de sí, vergüenza del otro, vergüenza por el otro, vergüenza de la vergüenza negada del otro, vergüenza sobre el otro, la “vergüenza del objeto que caería sobre el yo” (Roussillon, comunicación oral). Si la identificación histérica con su dimensión adolescente, que recuerda Janin en su rapport en el Congreso de los Psicoanalistas de Lengua Francesa (Janin, 2003), juega un cierto rol en el carácter contagioso de la vergüenza, se disputa el lugar preponderante en las investiduras y en las identificaciones narcisistas y en la confusión identitaria resultante. Las dificultades de articulación de las identificaciones histéricas y narcisistas amenazan con hacer perdurar estas configuraciones. Pensemos en Dorian Gray (O. Wilde, 1891) cuyo retrato, su doble, lleva la marca y el peso de la vergüenza mientras que intenta escapar a la ley del tiempo, de la afiliación y del superyó y que se libra sin límites a conductas impúdicas, impudentes. Para ahondar en esta cuestión, lo mejor es retomar ciertos puntos del proceso adolescente.

El cuerpo sexualmente maduro

Es clásico el subrayar que el cuerpo sexualmente maduro del adolescente viene a recordarle su finitud y deberá progresivamente reconocerla e integrarla. Le recuerda también que su satisfacción depende de un objeto complementario cuyo dominio se le escapa. El acceso a la masculinidad o a la feminidad nueva fuerza también, de forma diferente según el sexo, una reanudación de la elaboración de la diferencia de sexos y de la diferencia de generaciones que le es correlativa. La integración de un cuerpo sexualmente maduro y el acceso a la sexualidad adulta implica por tanto el reconocimiento de un límite y de una falta. Conduce también a reconocer en un destiempo los límites y la dimensión ilusoria de la sexualidad infantil. El adolescente debe poder renunciar al ideal de omnipotencia narcisista primario y al de la posición fálica para integrar una forma que tenga en cuenta la complementaridad inherente a la sexualidad adulta. ¿Cómo el reconocimiento de la doble finitud, actual y pasada van a trabajarse en la psique? De la calidad de esta elaboración dependerá el predominio general de la vergüenza o de la culpabilidad en el sujeto, pero sobre todo una cierta configuración especifica de sus padecimientos vergonzosos.

Así podríamos decir que el abanico de vergüenzas, como propongo llamarlo, está teñido de ciertos aspectos relativamente próximos a la culpabilidad, especialmente en la histeria, y de otros aspectos más cercanos al hundimiento narcisista. Los primeros suponen una articulación suficientemente flexible del ideal del yo con el superyó para volver tolerables el reconocimiento y la aceptación de la diferencia de sexos, de la finitud y de la falta. Más cercanas a la idealización y sus rigideces son las configuraciones del ideal del yo, herederas de un narcisismo infantil, en las formas de vergüenza que conciernen a la integridad narcisista del sujeto.

El impacto del crecimiento de la carga pulsional genital y pregenital.

Entre los diferentes factores que concurren al desarrollo de la vivencia vergonzosa, el impacto del crecimiento de la carga pulsional me parece primordial. Afila los aspectos económicos del afecto, produce las formas traumáticas y participa en el hecho que el cuerpo mismo devenga, por proyección, un objeto de vergüenza.

El acceso a la genitalidad y la sexualidad adulta transforman la relación del sujeto con sus pulsiones pregenitales e implican una reorganización de la pulsionalidad. La idea, desarrollada por Ladame y Perret (1998), de una reinvestidura de la analidad en la adolescencia con un objetivo a la vez regresivo y de mejor integración, parece poder aplicarse a toda la pregenitalidad con especificidades propias a cada una de las pulsiones. Esta reinvestidura tiene dos caras contradictorias. Comporta en secreto el mantenimiento de una idealización de las pulsiones pregenitales, al mismo tiempo que la reanudación adolescente impulsa la desidealización, la relativización y la integración, al menos parcial, bajo el primado de lo genital. La vergüenza surge en esta encrucijada. Pensemos, por ejemplo, en las anoréxicas para las cuales el cuerpo púber “es la vergüenza” y que reclaman a cuerpo descubierto que les devuelvan “su inocencia y su potencia pregenital”. Pero me refiero, también, a las fantasías “perversas” (2) propias de todo adolescente, ya sea normal o enfermo, fantasías a la vez secretamente queridas y temidas. Para evitar el conflicto psíquico ligado a la problemática edípica de la castración, la oralidad, la analidad o el exhibicionismo fálico serian entonces investidos en una negación de la falta, de la finitud, de la diferencia de sexos y de las generaciones; o sea una negación de la diferenciación.

Dicho de otra manera, no solo la pregenitalidad está reinvestida con la conflictualidad psíquica que esta implica para el sujeto, pero lo está con toda la fuerza pasional de la pulsionalidad en la adolescencia. La amenaza de confusión entre sexualidad infantil y sexualidad adulta resultante concurre también en el afecto de vergüenza. Para Roussillon (1985), la vergüenza es de hecho el afecto que señala el quiasma de una pasividad y de una confusión. Nos vemos llevados entonces a considerar el aspecto económico de la pulsión y sus efectos bajo las diferentes formas que puede tomar el padecimiento de vergüenza en la adolescencia. El crecimiento económico comporta una exigencia de trabajo psíquico que no se puede hacer de una vez y por el cual el yo va a apoyarse en las sensaciones y las experiencias corporales. En tales conjeturas, la inflación de la excitación contribuye a la prevalencia de los afectos sobre las representaciones y esto tanto para la elaboración de la libido objetal como para la del narcisismo. Es del devenir de esta elaboración que dependerá notablemente la integración de la vivencia de pasividad o la alternativa rendición-rebelión frente a lo que se vuelve entonces la forma de una pasividad.

Para Green, “la pasivación”, a diferencia de la pasividad, sería lo que fuerza a sufrir y no simplemente un modo buscado de goce” (1999). Cuando la vivencia del adolescente está del lado de la pasividad y del placer, su afecto de vergüenza permanece organizado en señal-vergüenza y, en este sentido, cercano y en conexión con la culpabilidad edípica. Por contra, si padece el empuje pulsional pubertario como una fuente de pasivación, se ve confrontado a la impotencia, al desamparo, fuera del principio del placer, y la vergüenza amenaza con tomar la forma de un “ataque de vergüenza”, partiendo de un prejuicio narcisista. A demás, lo que es vivenciado como una pasivación no puede ser subjetivizado. Es entonces del afuera, de la mirada del otro que retorna al sujeto. Como lo describe tan finamente Donnet (1993) a propósito de Lord Jim (Conrad, J, 1900) permanece fijado en la mirada del otro lo que de nuestra propia persona nos traiciona y no puede ser subjetivizado. En este caso, el objeto no es más que el soporte de lo que es no integrado en el interior y retorna del afuera. Pero tomamos aquí también que el paso por objeto, objeto de la realidad psíquica y objeto de la realidad externa, puede tener otro devenir y promover un movimiento de integracón y de subjetivización. Cruzamos la posición de Grunberger (1975) para quien la vergüenza, en el niño, deriva del fracaso de confirmación narcisista en conexión con una pulsión que no habría podido ser valorizada por el padre.

El paso por el objeto

Aunque el adolescente se defienda de la dependencia respecto al otro, especialmente con respecto a su sexualización y de la regresión anal que pueda inducir, la integración de su movimiento afectivo supone y apela a un reconocimiento de la parte del objeto para que la pulsión pueda integrarse. Cuando no encuentra este reconocimiento y se enfrenta a una respuesta indiferente, descalificante o vergonzante del objeto, en lugar de la integración, nos encontramos con la vergüenza. El movimiento pulsional del adolescente encuentra, entonces, una vivencia negada de vergüenza, o sea un punto de fragilidad narcisista en su padre. La falla narcisista de su padre que habrá así “desenmascarado” contribuye a su vergüenza y puede reenviarlo a la impotencia original, lo mismo que lo infantil.

La vergüenza de lo infantil

La clínica de una mujer muy joven servirá de punto de partida para el desarrollo de esta cuestión. Esta paciente me explica que no siente ya deseos sexuales hacia su pareja. Progresivamente llegó a comprender esta inhibición cuando tras una jornada en un campo de nudistas donde, precisamente, a raíz de un momento muy concreto en el que ella se encontró frente a una niñita de cinco años que de forma manifiesta sentía mucho placer a exhibirse en su desnudez… Mi paciente se trastornó instantáneamente y se sitió confusa y avergonzada, como si a través de ésta niñita y su mirada en ella, reencontrase un deseo de exhibición perteneciente a su propia sexualidad infantil. El resto de la escena permite el reencontrar recuerdos de tales placeres en su infancia, placeres mucho más vergonzantes ahora que están ligados al cuerpo adulto y a sus potencialidades incestuosas. Además del movimiento de identificación con la niñita que actualiza su exhibicionismo infantil, a través del miedo a seducir a la niñita que experimentó en el campo de nudista, mi paciente reencuentra su deseo de seducir su entorno, especialmente su madre con la cual mantiene desde su pubertad una relación de odio. Pero, a través de este incidente y su mirada en la niña, ella se encuentra también confrontada al retorno de la impotencia original negada. Y se inicia el duelo de la omnipotencia infantil que debía enmascarar la vivencia de impotencia. Siendo niñita, le gustaba mucho exhibirse desnuda, pero no seducía ni a su madre, ni a su padre. Su sexualidad infantil no podía dar la talla. Esto lo vemos a través de esta viñeta clínica, vergüenza y efracción de los fantasmas edípicos también pueden ir a la par.

Resulta clásico ligar la vergüenza de lo infantil al bifasismo de la sexualidad humana; como lo escribe Brusset, “la dimensión sexual genital da sentido y fuerza traumática a la reviviscencia de la vergüenza en el niño” (1973). Una particularidad de la reactualización del complejo de edipo en la adolescencia tiende a la forma frecuentemente masoquista que toman los fantasmas incestuosos. Esto es evidentemente correlativo a la vivencia de pasividad del yo frente a la pulsión y al objeto. Para Chabert, “la organización masoquista de la psicosexualidad constituye una característica esencial de la sexualidad adolescente…” (2000). El fantasma del niño golpeado aparece en los fantasmas masturbatorios corrientes y en las conductas muy idealizadas. Chabert insiste sobre la culpabilidad ligada a estas configuraciones (3). Insistiré también sobre la vergüenza, diferente según el sexo, del goce en la pasividad del adolescente que se bate contra sus deseos regresivos. La forma traumática que este padecimiento amenaza con volver explica también la fuerza de la atracción de lo regresivo en el adolescente –ya sea en forma de una regresión tópica, formal o temporal– y de la lucha encarnizada contra este movimiento a menudo amenazante para el yo en plena reorganización e incompatible con la rigidez de la confirguración del ideal del yo. Sin olvidar el peso de la resexsualización de las defensas; como nos lo indica Chervet, la vergüenza “esta siempre a punto de despertar en el momento en que el trabajo psíquico es regresivo” (2003).

Un pasaje de Freud en “el creador literario y la fantasía” permite profundizar aún más en esta cuestión. Freud evoca el nexo que el adulto –pero es lo mismo para el adolescente– mantiene con su fantasía: “se avergüenza de su fantasía como algo infantil y prohibido” (1908e). Si lo prohibido explica deseos edípicos, lo infantil podría ligarse tanto al contenido fantasmático como a la idealización defensiva de sus ensoñaciones diurnas y la huida hacia la ilusión. Sería entonces vergonzoso el sorprenderse, o ser sorprendido, en continuar creyendo, a pesar de todo, y en dejarse llevar por el juego de la ilusión en la confusión entre esta idealización secreta y la realidad, como un latente que quiere seguir creyendo todavía en Papá Noel. Algunos adolescentes intentan, por otro lado, escapar a la vergüenza de lo infantil y a la “necedad” que se le asociaría por el clivaje o por una actitud hastiada.

La vergüenza que empuja a cultivar secretamente estas ensoñaciones y a disimularlas cuidadosamente se acerca a una temática de vergüenza frecuente en la adolescencia, está ligada a la usurpación de una identidad grandiosa de la cual nos habla Mannoni (1982). Nos veremos obligados a retomar este punto interesándonos de más cerca en las revisiones identificatorias en éste periodo de la vida.

El impacto de las revisiones identificatorias del yo, del superyó y del ideal del yo sobre los padecimientos de vergüenza

Al mismo tiempo que abandona un cierto apoyo sobre sus objetos parentales externos, el sujeto debe renunciar a toda la potencia fálica y a la ilusión megalomaníaca conservada en su ideal del yo bajo la forma de una identificación con el padre absolutamente autosuficiente. Se encuentra por tanto mucho más solo frente a la realidad de sus límites.

Las diversas revisiones identificatorias del yo, del superyó y del ideal del yo necesarias para una suficiente integración de la sexualidad adulta y el acceso a una intimidad mayor no se hacen de forma progresiva; durante largo tiempo, el yo y las otras instancias se integran mal las unas con las otras. Esto nos conduce naturalmente a examinar las dificultades de la puesta en tensión del superyó y del ideal del yo. El superyó que tiene dificultad para articularse de manera suficientemente fina y flexible con el ideal del yo, puede, por ejemplo, no siempre conseguir mantener una tensión de trabajo que favorezca un movimiento evolutivo. Entonces el sujeto se verá fuertemente tentado de encontrar un artificio o una ostentación para evitar el trabajo psíquico y el dolor de la renuncia a la identificación grandiosa.

La Dame evoca el vacío identificatorio del ideal del yo en la pubertad “como una personificación transitoria de la instancia ideal que parece inevitable. Al riesgo de perderse, el yo del adolescente es entonces aspirado en un ideal del yo externo a él, al cual se somete, se sacrifica” (1999). Esta configuración evoca la alineación con respecto al otro en el afecto vergonzoso traumático, pero también en la transferencia idealizante o en espejo, según Kohut (1971).

De forma más global, es interesante cruzar la cuestión de la idealización y su relación con la vergüenza. En efecto, el artificio encontrado para escapar al dolor del reconocimiento y de la aceptación de límites y de la falta puede estar del lado de la idealización (de una pulsión, de una conducta, de un objeto, etc.). El sujeto permanece entonces, al menos parcialmente y por clibaje, del lado de la organización de la diferencia de sexos y de generaciones a través de sus fantasmas originarios. Donnet (1993) considera, por otro lado, la vergüenza como un destiempo de la negativización de los fantasmas originarios. Pero es interesante, en este contexto, evocar también la posición de Janin que se pregunta si: “¿Para reencontrar el objeto primario, evacuando al padre se podría entonces que aceptáramos trocar la culpabilidad por la vergüenza?” (2003). La negativización de los fantasmas originarios permitiría así evacuar al padre con el objetivo de reencontrar al objeto primario. Esto se haría en un movimiento de idealización de sí, del objeto o de los reencuentros.

La idealización puede evidentemente también concernir identificaciones en el yo, la clínica adolescente nos remite allí a menudo. Éste punto ha sido especialmente desarrollado por Mannoni. Éste lo ilustra, entre otros, a través de la clínica de una analizante invadida de una “vergüenza intensa”, “como para esconderse bajo tierra” (Mannoni, 1982), cuando, siendo adolescente en el patio de su escuela, fue sorprendida por su madre “haciéndose la señora”, es decir usurpando la identidad de su madre. Para Mannoni, la vergüenza estaría precisamente ligada a “la ruptura de una identificación a nivel del yo”. En ese texto, Mannoni no busca aparentemente saber para qué objeto interno, y más precisamente para el ideal de qué objeto, ésta adolescente debía mantener tal grandiosidad. Fuera del conflicto intrapsíquico que conduce a la identidad de imitación, se trataría de preguntarse a qué objeto el sujeto se consagra a sí. Yo sugiero que se trataría a menudo del objeto primario o del objeto homosexual reinvestido forzosamente en la adolescencia para tentar de engalanar regresivamente la fuerza pulsional pubertaria y de paliar la fragilidad narcisista que despierta e induce.

La fragilidad narcisista, el doble y la vergüenza

El narcisismo es puesto a dura prueba por la inflación de la excitación que produce efracción en el yo y por la desinvestidura de los objetos de la infancia. A demás se reactualizan, en la primera adolescencia, vivencias traumáticas de la infancia que suscitan movimientos regresivos intolerables para el yo. De hecho, en el acmé de todas estas revisiones psíquicas el sujeto necesita de un sostén narcisista sobre un doble. La paradoja es que el sujeto que tenga más necesidad de un sostén sobre un doble será también el más sensible a la ruptura del espejo narcisista. Pienso especialmente en los adolescentes que tienen vergüenza cuando el objeto investido como un doble se diferencia o se desvía de ellos. La vergüenza provocada por la diferenciación y la ruptura del contrato narcisista estaría entonces en conexión con un arrancamiento de las envolturas del yo y una hemorragia narcisista.

El mito de Eco es particularmente ilustrativo de este punto. El impulso amoroso de Eco se rompió y le fue devuelto brutalmente sin transformación –como en boomerang–- por el rechazo y la huida de Narciso. La ilusión se derrumba a través de ella. “Menospreciada, se esconde en los bosques: acampa bajo el follaje su rostro abrumado de vergüenza y desde entonces vive en antros solitarios; pero su amor permaneció grabado en su corazón y la pena de haber sido rechazada no hace más que aumentarlo. Las preocupaciones que la mantienen despierta agotan su cuerpo miserable, la delgadez deseca su piel…” (Ovidie, 1992). Acuciamos con Eco el potencial impase de la vergüenza, cercano al final melancólico de una anorexia, en conexión con el fracaso de una suficientemente buena homosexualidad primaria. La vergüenza intenta recubrir la efracción de las envolturas del yo. Aquí, la degradación del movimiento pulsional objetal en un movimiento narcisista no se acompaña de un movimiento de reinvestidura objetal. La solución es el repliegue y la fantasía a falta del sueño. El inicio del mito nos desdibuja, por otro lado, el fracaso de la triangulación edípica en su funcionalidad organizadora, por la que Eco paga también el precio.

Entre la vergüenza y la culpabilidad: el tabú

La cuestión de la desorganización y de la reorganización de la vergüenza en la adolescencia nos ha permitido evocar la coexistencia de los registros de culpabilidad y de vergüenza y el impacto de su articulación en el valor integrativo o desintegrativo de la vergüenza. De esta manera una vergüenza integrativa se articula con fantasmas originarios organizadores, de la misma manera que con la interiorización y la flexibilidad de las instancias. Al contrario, yo sugiero que la articulación precaria de la vergüenza, de la culpabilidad y de la angustia puede tomar la forma de un tabú y esto particularmente en la adolescencia. Pienso especialmente en el tabú de la sexualidad, del tocar o de pensamiento.

Para Freud, el temor al contacto con lo sagrado como de lo impuro, es el punto principal del tabú y conocemos los riesgos de una sexualización insoportable del contacto por la reactualización edípica tornando pasivo el yo y desbordando las defensas entabladas contra ella. Freud designa ciertos tabús, en el lenguaje popular figuran otros: “no toques a mi madre”. Es un ejemplo. Uno de los peores insultos vergonzantes para el adolescente es el ser reenviado a una imagen sexual de su madre y a su filiación con ésta. Como en todo tabú, lo sagrado –y la idealización que lo sostiene– representado aquí por la madre, sus objetos, su inconsciente al cual le estaría prohibido el pensar (4) reencuentran “lo impuro” representado aquí por el horror de la sexualidad de la madre y la tentación incestuosa aterradora que se desprende. El adolescente podría responder ferozmente por un “no toques a mi madre”, a través de la violencia o una humillación, o sea una exclusión de aquel que ha violado el tabú. De manera similar el adolescente podrá reaccionar con un “no toques a mi hermana”, en una confusión entre sexualidad y violencia, cuando otro joven intentara acercarse a ella. Aquí también, la negación explicaría a la vez la tentación incestuosa y el aspecto prohibitivo del tabú. Si lo prohibido fuera factor de integración, los deseos incestuosos suficientemente rechazados no aflorarían así. En este contexto, correlativamente a una interiorización incorporativa (más bien introyectiva) del superyó, las conductas vergonzantes de los adolescentes representarían el desafío dirigido a los imagos, la otra cara del tabú. Pero el “no toques a mi hermana” como el “no toques a mi colega”, es decir al doble, tal vez nos remite también a la difícil integración, paradigmática en la adolescencia, de la bisexualidad psíquica, de la analidad y de la pasividad. Profundizar en estas reflexiones exigiría un nuevo bucle de elaboración.

Notas

  1. En 1993, la revista Adolescence publicó un número sobre la clínica de la vergüenza. Recientemente, en mayo de 2003, en el Congreso de Psicoanalistas de habla francesa sobre el tema de “Vergüenza y Culpabilidad”, se dedicó un taller a la vergüenza en el adolescente. Este texto proviene de mi contribución a este taller.
  2. Si la perversión infantil es polimorfa, solo se vuelve “perversa” en el momento de su reanudación, en la adolescencia.
  3. Pero Chabert (1993) evoca, igualmente, un colapso entre la vergüenza y la culpabilidad en la adolescencia.
  4. ¿Se relacionaría esto con la “posición fóbica central” de Green (2000)?

Traducción del francés por Vicenç de Novoa.

 

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