Psicoanálisis y la protección a la infancia

Antonio Galán Rodríguez

 

RESUMEN

Existe una importante distancia entre el psicoanálisis y los servicios que atienden a la infancia maltratada. Este trabajo reflexiona acerca de los motivos y presenta propuestas para favorecer el acercamiento. Se aporta una nueva lectura de las diferencias entre Freud y Ferenczi para ilustrar la necesidad de un cambio de actitud en relación al niño maltratado. Se analizan las aportaciones del grupo independiente desde la perspectiva de las necesidades del niño. Finalmente, se consideran los efectos negativos de una actitud parental patológica sobre el desarrollo del niño, en relación a las exigencias que esto pudiera plantear a los profesionales. Se concluye con la necesidad de sistematizar las aportaciones psicoanalíticas sobre el maltrato y de reconsiderar nuestra actitud ante la infancia maltratada. PALABRAS CLAVE: psicoanálisis, maltrato, servicios de protección a la infancia.

ABSTRACT

PSYCHOANALYSIS AND CHILD PROTECTION. An important gap exists between Psychoanalysis and the Services designed to assist maltreated children. This paper reflects on the reasons and presents various proposals to bring them closer. A new understanding of the differences between Freud and Ferenczi is given to illustrate the necessity of a change of attitude in relation to abused children. The contributions of the Independent Group are examined from the perspective of the child’s needs. Finally, the negative effects of pathological parental attitudes on child development are considered in relation to the demands posed on professionals. The paper concludes that it is necessary to systematize psychoanalytic contributions on maltreatment and reconsider our attitude towards childhood abuse. KEY WORDS: psychoanalysis, maltreatment, child protection services.

RESUM

LA PSICOANÀLISI I LA PROTECCIÓ A LA INFÀNCIA. Existeix una important distància entre la psicoanàlisi i els serveis que atenen la infància maltractada. Aquest treball reflexiona sobre els motius i presenta propostes per afavorir-ne l’apropament. S’aporta una nova lectura de les diferències entre Freud i Ferenczi per il·lustrar la necessitat d’un canvi d’actitud pel que fa al nen maltractat. S’analitzen les aportacions del grup independent des de la perspectiva de les necessitats del nen. Finalment, es consideren els efectes negatius d’una actitud parental patològica sobre el desenvolupament del nen, pel que fa a les exigències que això pot plantejar als professionals. Es conclou amb la necessitat de sistematitzar les aportacions psicoanalítiques sobre el maltractament i de reconsiderar la nostra actitud davant la infància maltractada. PARAULES CLAU: psicoanàlisi, maltractament, serveis de protecció a la infància.

En los ámbitos psicosociosanitarios donde se aborda de manera directa el maltrato y abuso a la infancia, no es frecuente la adscripción de los profesionales al paradigma psicoanalítico. De forma complementaria, desde el psicoanálisis se han realizado pocos esfuerzos por profundizar en ese ámbito de conocimiento, o por extender su actuación a este contexto específico de la intervención psicosocial. De esta manera, se perpetúa un alejamiento muy empobrecedor entre estos dos ámbitos: de conocimiento y de práctica profesional. Analizando con más detalle los obstáculos que impiden esta interpenetración, y centrándonos en el campo psicoanalítico, los agruparíamos en dos bloques:

  • La ausencia de un cuerpo organizado y consistente de conocimientos psicoanalíticos orientados específicamente a entender la infancia maltratada y las familias abusivas. Al revisar las publicaciones psicoanalíticas, encontramos fundamentalmente referencias al trabajo individual con pacientes –sobre todo adultos– que han sufrido maltrato, o estudios sobre conceptos puntuales implicados en estas experiencias, como el de disociación (Silberg, 2000). Por ello, el operador social debe rescatar conceptos psicodinámicos dispersos dentro del amplio campo psicoanalítico; y más tarde, proceder a su integración y a un esfuerzo añadido de adaptación a su realidad asistencial. Además, resulta evidente que el interés psicoanalítico aparece sesgado hacia ciertas formas de maltrato, sobre todo el abuso sexual y –en menor medida– el físico, mientras que se ha prestado poca atención a la negligencia o el maltrato emocional (Young-Bruehl, 2004). Curiosamente, son estos últimos los que más se abordan desde los servicios de protección a la infancia.
  • Los diferentes bagajes teóricos y técnicos que sustentan dos ámbitos de práctica profesional: el clínicopsicoterapéutico y el psicosocial. El psicoanálisis se ha desenvuelto fundamentalmente en contextos clínicos –y frecuentemente sanitarios-, mientras la infancia maltractada ha recibido una atención más orientada desde una perspectiva social y jurídica. De esta manera se han realizado lecturas muy diferentes de los mismos fenómenos (Galán, Rosa y Serrano, en prensa). Y en cuanto a la intervención profesional, los marcos de referencia han resultado igualmente distantes; entre otras cosas porque la intervención psicosocial se desenvuelve en contextos fluidos, cambiantes y pragmáticamente más comprometidos que el de un encuadre psicoanalítico estándar. Por ello, pareciera necesario que el psicoanálisis ofreciera conceptos y herramientas para trabajar también en contextos familiares deficitarios y no estrictamente clínicos (intervenciones coercitivas, familias multiproblemáticas, etc.); y todo ello, sin renunciar a su bagaje intelectual, y con ello a su capacidad para ofrecer visiones compleixes de la realidad. El objetivo de este trabajo es presentar algunas propuestas dirigidas a establecer un puente entre las propuestas psicoanalíticas y los profesionales que trabajan en el ámbito de la infancia maltratada. Los ejes de referencia serán tres: la actitud ante el niño, la consideración de las necesidades en la infancia, y la atención a los derechos de los menores.

Inicios del psicoanálisis y actitud ante el abuso

En Freud encontramos ya una realidad que se va a mantener en muchos momentos de la historia del psicoanàlisis en relación al maltrato. Por un lado, su sensibilidad para captar situaciones en las que el desarrollo de un niño puede verse seriamente comprometido; por otro, la dificultad para hacer una lectura que dé especificidad a la experiencia de abuso. Las primeras aportaciones de Freud partían precisamente del efecto de un maltrato (en concreto, el abuso sexual) sobre el desarrollo del individuo. Algunas de sus primeras descripciones clínicas mostraban que niños y adolescentes sufrían abusos y cómo esto tenía importantes consecuencias en su desarrollo; por ejemplo, en el caso de Katharina, la joven aquejada de crisis de angustia cuya descripción aparece en los Estudios sobre la Histeria (Freud, 1895). El cuadro clínico fue relacionado con los asedios sexuales protagonizados por el tío, y quince años más tarde Freud añadiría una nota a la publicación original señalando que el acosador realmente había sido el padre. Pero se trataba de un enfoque clínico, a través del cual se relacionaba la aparición de algunas formas de neurosis con episodios de seducción sexual por parte de adultos; es la conocida “teoría de la seducción”, que más tarde sería abandonada (Masson, 1985). Lo que resulta relevante en relación al tema que nos ocupa es que el acento se situaba en la psicogénesis de los trastornos mentales, y no en el carácter esencialmente abusivo de esas experiencias. El ejemplo más ilustrativo de este planteamiento lo encontramos en la descripción del caso Dora, una jovent a la que Freud atendió durante algunos meses hasta que decidió interrumpir el tratamiento. En algún momento se ha planteado que este fracaso terapéutico pudo responder al hecho de que Freud estaba más interesado en sus inquietudes científicas –la teoría de los sueños, por ejemplo– que en la genuina comprensión de la paciente (García de la Hoz, 1994; Mannoni et al, 1994). Partiendo de esta consideración, podríamos realizar una nueva lectura de la situación de Dora, tanto en su família como en la atención profesional que estaba recibiendo. La paciente se encontraba inmersa en un clima familiar claramente insano, con una madre que padecía serias dificultades psíquicas, un padre emparejado con una amiga de la familia, y el esposo de esta última (el señor K) cortejando a Dora. Un suceso especialmente traumático para ésta acaeció cuando tenía 14 años; el señor K utilizó un ardid para asaltarla en una escalera y besarla. La lectura que hace Freud de la respuesta de Dora ante la celada del acosador se centra en los mecanismes psicofísicos que explicarían el surgimiento posterior de los síntomas, descuidando la vivencia de una persona engañada y violentada. Tampoco considera el contexto familiar de una adolescente cuyos padres parecían más preocupados por sus dificultades y anhelos propios que por las necesidades de su hija y, de esta forma, cómplices silenciosos de una relación abusiva. Freud fue capaz de recoger estas experiencias de sexualización inapropiada de un niño, pero el contexto cultural y científico en que se movía posiblemente le impidieron dimensionar el valor de estas realidades. Introducir un cambio de perspectiva requería una especial sensibilidad para percatarse de las vivencias de la víctima. Junto a Freud encontramos una figura que parecía preparada para dar ese paso. Se trataba del psicoanalista húngaro Sandor Ferenczi, una figura oscurecida durante un tiempo y que ahora está siendo revalorada (Aburto et al., 1999). Posiblemente fue su sensibilidad hacia el elemento más débil de una relación (el niño, la víctima, el paciente, el alumno), lo que le permitió imprimir un giro a la forma de entender las experiencias abusivas. De esta manera, se situará del lado del niño que renuncia a sus percepciones y sentimientos por amor a los padres, y defenderá que son estos últimos quienes deben adaptarse al niño y no al revés (Ferenczi, 1928). Señalará los efectos del abandono, la desatención o la desconsideración sobre los hijos. Niños que pueden perder todo placer de vivir y volver la agresividad contra su propia persona (Ferenczi, 1931). En la misma línea, mostrará cómo existen formas de hipotecar gravemente el desarrollo de un niño. En dos de sus planteamientos al respecto, Ferenczi aportó claves para entender experiències abusivas muy extendidas:

  • El “terrorismo del sufrimiento” (Ferenczi, 1933), ejercido por las madres que se lamentan continuamente de sus sufrimientos y con ello convierten a su hijo en una ayuda cuidadosa y en una sustituto maternal, donde sus propios intereses son subordinados a los de la madre.
  • El abuso sexual, en cuya base se encontraría lo que llama “confusión de lenguas” (Ferenczi, 1933). Frente a la situación habitual en la que el niño se dirige desde un erotismo “de ternura” al adulto, éste –con su correspondiente predisposición psicopatológica– confunde ese juego con el deseo de una persona madura sexualmente; el resultado será responder con pasión adulta a un requerimiento infantil de ternura. El carácter deletéreo no se limitará al acto sexual abusivo; como mecanismo de defensa el niño buscará una identificación con el adulto, y esto le llevará a incorporar los sentimientos de culpa que corresponden al abusador. De esta manera, será un niño herido y, paradójicamente, culpable. Detrás de estas propuestas se encuentra una visióngeneral del trauma y el abuso. Esto queda muy bien reflejado en dos visiones del concepto de “identificación con el agresor”. Como indica Frankel (2002), éste puede ser entendido en el sentido de Anna Freud, como un movimiento psíquico por el que se asumen los atributos del agresor, de modo que el amenazado se transforma en la persona que amenaza (Freud, 1971). Ferenczi habla de un cambio en un sentido contrario: ante una amenaza ineludible, para sobrevivir nos convertimos en lo que el atacante espera de nosotros; estamos por tanto ante una renuncia a nuestra identidad y el resultado será el opuesto al descrito por Anna Freud: acomodación y sumisión. Este planteamiento, junto con su idea de que el trauma implica una división en la personalidad (Ferenczi, 1933), permitía abrir la puerta a la comprensión de muchas características de los niños maltratados: la sumisión al agresor, los procesos disociativos, el sentimiento de culpa, la exposición futura a nuevas experiencias traumáticas, etc. Freud nos proporcionó algunas herramientas conceptuales y técnicas que enriquecían nuestra visión de la conducta humana, incluida la maltratante. La existència de motivaciones y contenidos de carácter inconsciente nos ayuda a explicar esos comportamientos anómalos que definen el maltrato. El concepto de transferència ilumina nuestra comprensión de la relación que mantenemos con los miembros de una familia maltratante. Pero a ese bagaje intelectual debía añadirse un posicionamiento diferente ante el niño y una especial sensibilidad hacia éste, si es que se quería crear un nuevo marco de comprensión de su realidad como víctima de maltrato.

Presencia de los padres y necesidades del niño

En la historia del psicoanálisis infantil ha existido una tensión mantenida entre modelos que podríamos denominar “endógenos” o “constitucionales”, y otros que quedarían recogidos bajo el rótulo de “traumáticos” o “relacionales” (Geissmann y Geissmann, 2002; Pechberty, 2002). Planteándolo esquemáticamente, encontraríamos dos posiciones contrapuestas: enfatizar la reactividad del niño ante la realidad que le rodea, o situar el centro de su desarrollo en procesos autogenerados. Se trata de dos visiones diferentes de la construcción del mundo interno, en una dialéctica cuyo origen podemos encontrar ya en el propio Freud, en sus teorías de la seducción y de la fantasía. En el proceso de elaboración de El hombre de los lobos (Freud, 1918) estas fueron objeto de un interesante planteamiento (Villamarzo, 1989). La orientación que hemos designado como “traumática” o “relacional” ofrece un marco especialmente útil a la hora de acercarse al concepto de maltrato; en efecto, su disposición y sensibilidad para recoger la influencia que tiene la conducta de los padres sobre el desarrollo de un niño, deja espacio para pensar en una mala provisión de cuidados. De hecho, desde este marco de comprensión contamos con acercamientos ya clásicos a algunas experiencias dramáticas vividas por los niños, como una severa deprivación de cuidados (Spitz, 1969) o las vivencias de separación en un contexto bélico (Freud y Burlingham, 1965). De esta perspectiva, encontramos un gran potencial en el denominado “grupo independiente”, dentro de la escuela inglesa de psicoanálisis. Al enfatizar la importància de la presencia real de los padres en la estructuración psíquica del niño, estos autores abrían las puertas a captar la realidad de los niños maltratados, puesto que permitía: a) profundizar en las necesidades de los niños, al concebirlos como sensibles a las inadecuaciones parentales, y necesitados de un ajuste mínimo en la relación con el cuidador; b) poder considerar la ejecución parental como una práctica beneficiosa o perjudicial para el desarrollo del niño. En este sentido, resulta llamativo que algunas de las figuras más relevantes de este grupo hubiesen tenido una experiencia de trabajo directo con niños que habían sufrido un cuidado deficitario en el seno de sus familias. Por ejemplo, Bowlby pasó un año en una escuela especial para niños desadaptados, que era dirigida como si fuese un hogar (Bretherton, 1992; Marrone, 2001). Se encuentran experiencias similares en Fairbain (Rodríguez- Sutil, 2002) y Winnicott (Bléandonu, 2000). Posiblemente, estos autores se confrontaron con una experiencia común en el trabajo con esta población: el persistente anhelo –más o menos ambivalente– de estar con los padres a pesar del maltrato. Este deseo resultava difícil de explicar desde la teoría psicoanalítica clásica, pero no era así en el momento en que se consideraba la existencia de una tendencia primaria hacia el objeto. Uno de los puentes que pueden unir esta corriente psicoanalítica y el campo profesional de atención al maltrato, lo encontramos en el concepto de “necesidades en la infancia”. En el ámbito del maltrato, este concepto es de uso común, si bien su aplicación es deudora de las perspectivas médica y social que han dominado la atención a los niños abusados. Desde estos enfoques las necesidades que se han tomado en consideración se centraban en cuestiones materiales, buscando indicadores externos y evidentes de desatención. Progresivamente se ha ido instalando la conciencia de que las necesidades del niño van más allá de la provisión de unos cuidados materiales o de servicios asistenciales (educativos, sanitarios, etc.), dando paso a las demandes de carácter afectivo. De esta manera, ya es habitual encontrar en las tipologías institucionales de maltrato referencias al “abandono emocional” como una falta de respuesta a los requerimientos emocionales del niño (véase por ejemplo Dirección General de Familia, Infancia y Voluntariado, 2008). Es en este punto donde las contribuciones del grupo independiente al que nos referimos pueden suponer un aporte de inestimable valor. Sus miembros han realizado una interesante labor de exploración y conceptuación de la estrecha relación que se establece en la diada madre-hijo; y con ello, nos han ofrecido una visión muy enriquecedora de las necesidades del niño y de lo que se requiere en la figura de cuidado. De esta manera encontramos descripciones como la “relación primaria” de Balint, la “madre con respuesta sensible” de Bowlby, la “madre suficientemente buena” de Winnicott, la “madre continente” de Bion, o el “objeto transformacional” de Bollás (una sistematización de estas aportaciones en Aburto et al, 1999, y en Ávila et al, 2002). Sin embargo, esta conexión entre necesidades y maltrato pocas veces ha sido explicitada. Existe alguna aportación psicoanalítica que liga el concepto de maltrato a la ausencia de esa buena relación de cuidado, esperada por el niño pero no recibida (Young-Bruehl, 2004). Se trata de una forma de entender el maltrato no como una serie de reglas sociales incumplidas sino como una desviación del buen maternage. No obstante, esta perspectiva es minoritaria, de modo que en el ámbito clínico psicoanalítico pocas veces se ha conceptualizado la ausencia de este buen cuidado “relacional” del niño como una forma de maltrato. Estas aportaciones sí han ofrecido a los psicoterapeutas guías útiles para trabajar, por ejemplo, en la integración de experiencias y relaciones dolorosas del pasado; pero no ha dado lugar a elaboraciones teóricas de cierta consistencia en relación a la infancia maltratada. Una de las pocas excepciones a esta afirmación la encontramos en la Teoría del Apego, si bien su marco conceptual ha rebasado los márgenes del psicoanálisis. En efecto, el concepto de apego se ha convertido en punto de referencia para académicos y profesionales de corrientes teóricas y campos disciplinares muy diversos. Atendiendo a los objetivos de este artículo, limitaremos nuestra visión a aquellos enfoques que conciben el apego desde un enfoque psicoanalítico o al menos en relación con éste (Bleichmar, 1997, Marrone, 2001; Fonagy, 2004; Bleichmar, 2005; Benito, 2006), y nos centraremos en una única aportación especialmente ilustrativa. Se ha entendido el maltrato como una experiencia o tipo de relación que interfiere en el desarrollo de un lazo de apego sano; de hecho, el abuso sobre el niño se encontraría en la base de algunas formas concretas de apego, especialmente el denominado “desorganizado”. En efecto, en las familias de alto riesgo es más frecuente encontrar esta forma patológica de apego, y además parece relacionarse con experiencias próximas al maltrato o franco abuso (véase la revisión de Cantón y Cortés, 2000). Esto ha dado lugar a una abundante bibliografía, incluyendo interesantes estudios longitudinales como los de Lyons-Ruth (2003, 2006). Trabajos como los de esta autora son valiosos porque incluyen: a) la psicodinamia de los protagonistas (niño y padres); b) la observación de conductas externas, aunque tengan un caràcter sutil; y c) observaciones obtenidas en ámbitos no psicoterapéuticos, y cuyas conclusiones resultan útiles en contextos de intervención social. Bajo ese marco conceptual y de investigación, se han realizado sugerentes aportaciones o relecturas de conceptos psicoanalíticos. Vemos por tanto que, exceptuando la Teoría del Apego, los conocimientos psicoanalíticos acerca del desencuentro entre las necesidades del niño y el cuidado de sus padres, apenas han sido llevados al ámbito del maltrato a la infancia. Más bien han quedado restringides a las intervenciones psicoterapéuticas y, muchas veces, como un trabajo retroactivo en la atención a un adulto. Debemos preguntarnos por qué estos valuosos conceptos psicoanalíticos no han traspasado la frontera del ámbito donde fueron planteados. La respuesta pudiera ser que para ello se requería algo más que un simple trasvase de conocimientos y que demandaría, más bien, un cambio de perspectiva. Cuando el psicoterapeuta identifica una necesidad de desarrollo no satisfecha, lo conceptualiza en términos de salud y utiliza sus técnicas de intervención para que el niño pueda recibir esa provisión de cuidado. En cambio, cuando utilizamos el concepto de “necesidad” en el campo de la protección a la infancia, de inmediato pas amos a plantearlo en términos de “derechos” del niño y “obligaciones” de los padres. Desde esta perspectiva utilizamos el concepto de “maltrato” y planteamos exigències legales a los progenitores. Es, por tanto, un posicionamiento muy diferente para el profesional, quien debe situarse ante la familia en un marco de referencia radicalment diferente. Se trata, pues, de un rol que el clínico tiende a adoptar sólo cuando existe una clara prescripción legal en este sentido (abuso sexual o grave maltrato físico). Fuera de estas excepciones, encontramos una gran oposición a introducir esta perspectiva, incluso cuando las intervenciones resultan ineficaces debido a las resistencias de los padres y ésta ausencia de cambio de los progenitores supone un daño grave para el desarrollo del niño.

Obstáculos en el desarrollo psicológico del niño y demandas a los padres

Existen abordajes psicodinámicos que se centran en el surgimiento de la subjetividad personal (con los caracteres de profundidad y complejidad que la caracterizan) dentro de contextos interpersonales. Y aquí encontramos nuevamente una rica fuente de ideas para entender la experiencia de maltrato a la infancia. Al menos, podemos señalar dos puntos de contacto:

  • En el rico juego de identificaciones proyectivas entre el niño y sus cuidadores, se encuentran processos básicos de construcción de la vida psíquica del infante pero, al mismo tiempo, en estas interacciones se encuentran graves peligros para su desarrollo. Los padres con dificultades personales pueden situar en los hijos contenidos psíquicos propios que desemboquen en un maltrato: el recuerdo de un progenitor odiado, la imagen de sí-mismo como merecedor de castigo, una relación de agresiones y venganzas con una figura significativa del pasado, etc. De esta forma, el niño puede aparecer, ante los ojos del adulto, como alguien odioso, peligroso o merecedor de castigo. Así se habrá creado un peligroso contexto relacional del que fàcilment podría surgir el maltrato. Esta forma de analizar la experiència de maltrato ha sido utilizada con frecuencia, entendiéndola como una escenificación de situacions del pasado o una reactualización de relaciones previas del maltratador (Crivillé, 1990).
  • Diversas han sido las propuestas a través de las cuales se ha mostrado cómo el cuidador puede invadir la vida interna del niño y generar psicopatología. Por ejemplo, podemos señalar a Selma Fraiberg y su sugerente concepto de “fantasmas en la cuarto de los niños” (Fraiberg, Adelson y Shapiro, 1975), con el que recoge la actualización en los padres de aspectos conflictives procedentes de la relación con sus propios progenitores. También podemos señalar el concepto de “escenarios narcisistas de la parentalidad” (Palacio, Manzano y Zilkha, 2002), que ha dado lugar a un enfoque de tratamiento de la díada madre-hijo. Finalmente, señala también los influyentes planteamientos de Doltó (1992) al considerar que los niños se ven apresados en un pasado que los ha constituido, que implica una herencia de los padres. Y con independencia de la sintomatología que pueda presentar el niño, sabemos que los cuidadores pueden introducir en la vivencia interna de sus hijos experiencias que limiten seriamente su vida. Se trata de un tipo de relaciones en las que el niño se ve inmerso desde momentos tempranos de su desarrollo, siendo más tarde incapaces de rebelarse o tan siquiera de cuestionarlas. Pensemos, por ejemplo, en niños atados a sus padres en relaciones de dependencia sustentadas en las necesidades narcisistas parentales. O en relaciones sostenidas en una dinámica amo-siervo que restringe el desarrollo del niño. En estos casos la vida interna del niño (con todos sus recursos y potencialidades) queda mermada por un tipo de imposición de los padres sobre el mundo interno de su hijo. Estos planteamientos, muy ligados al trabajo clínico, pueden proyectarse más allá de éste y recoger ideas más generales sobre la esencia del ser humano. A lo largo de la historia del psicoanálisis ha estado muy presente la idea de que nacemos con un potencial de desarrollo y que las influencias externas pueden impedir su despliegue, obligándonos a seguir un camino diferente al que señalaría nuestra verdadera identidad. Nos podemos remitir por ejemplo al concepto de “falso self” de Winnicott (1981), a las ideas lacanianas acerca de la identidad ilusoria, a los planteamientos de Bollás (1993) sobre nuestro potencial innato, o a la idea de Kohut (2002) acerca de los esfuerzos por mantener el self nuclear. Dar el salto a considerar estas interferencias en el desarrollo del niño como una forma de maltrato ha sido poco frecuente en el psicoanálisis. Advertimos cierto acercamiento en Françoise Doltó, al traducir sus intuiciones clínicas en un activismo social en defensa de la infancia y que se refleja en su decidido posicionamiento en defensa de los derechos del niño (1989, 1992). No obstante, estamos hablando de una actitud poco extendida. Así una relación amo-esclavo en el contexto de cuidado padre-hijo es abordado primariamente como un producto patológico que requiere una labor clínica. Entenderlo (de forma alternativa o complementaria) como maltrato implica hacerse un cuestionamiento de otro tipo; conlleva introducir una dimensión moral. Ya no se tratará tan sólo de preguntarse si esa relación es sana, sino si es ética. Y en relación a su modificación, no sólo debemos cuestionarnos si es curable (intervención psicoterapéutica), también si es exigible moral y socialmente a los padres. Vemos por tanto que pensar en términos de maltrato conlleva manejarse con unos conceptos y actitudes muy particulares; significa hablar de derechos, deberes, responsabilidad y moral. Entramos así en un ámbito extraclínico, que obliga a un posicionamiento moral y a involucrarse en debates sociales. Se trata de ámbitos con unas exigencias particulares en las que algunos psicoanalistas pudieran no encontrarse cómodos. Nuevamente vemos cómo conceptos psicoanalíticos nos iluminan sobre experiències de la infancia, pero que admiten una lectura más completa sólo si hay un cambio de actitud.

Vías abiertas: a manera de conclusión

El maltrato, como conducta humana, es una experiència muy compleja. Son muchos los mecanismos psíquicos y sociales implicados en su origen y en sus consecuencias. Los profesionales de los servicios de protección a la infancia deben intentar construir imágenes lo más completas posibles de la realidad con la que trabajan. Sería, pues, útil para ellos recurrir al psicoanálisis, ya que dentro de éste existen valiosos veneros de los que extraer conceptos, ideas y técnicas. Se trata de aprovechar su potencial para acercarnos a contextos relacionales que pueden destruir la vida de un niño y que, a veces, dan lugar a conductas violentas, de descuido o sexualmente abusivas. Se configuraría así como un aporte complementario a algunos de los discursos dominantes (como el médico, el social), especialmente cuando estos muestran una deriva reduccionista. De hecho, el modelo psicodinámico está mostrando su utilidad en el trabajo clínico con las víctimas del maltrato, en una intervención reparadora totalmente necesaria en la mayoría de los casos. No obstante, estimamos que desde el psicoanàlisis también debería realizarse un movimiento dirigido a ocupar un espacio que le está reservado. Ha habido algunos intentos en este sentido, como el de Elisabeth Young-Bruehl (véase por ejemplo la reseña de su informe ante el American Institute for Psychoanalysis, en Goldman, 2005). No obstante, se trata de aportacions puntuales y para que se generalizasen harían falta aportacions que se mueven tanto en el ámbito académicointelectual, como en el de las actitudes de los profesionales. Respecto a las primeras, juzgamos necesario un trabajo de sistematización, que recoja las muchas contribucions puntuales existentes en el campo psicoanalítico y que ofrezca marcos conceptuales operativos. Posiblemente esto sólo sea posible si se crean grupos de trabajo con psicoanalistas de diferentes tendencias, unidos por una misma sensibilidad. En la misma línea y, atendiendo a esa complejidad de la experiencia abusiva, pudiese ser útil recurrir a modelos multidimensionales o modulares del psiquismo (Bleichmar, 1997). Pero más allá de estas aportaciones académicas, es fundamental contar con “otra forma de mirar”, y para esto se requiere un trabajo de reflexión. Ésta es una de las ideas clave que hemos intentado transmitir a lo largo de este texto. Para que el psicoanálisis pueda enfocar de forma satisfactoria –a un nivel teórico y pragmático– el maltrato a la infancia, debe incorporar nuevos elementos a sus esquemas de reflexión y análisis. Entre ellos consideramos ineludibles los siguientes:

  • La responsabilidad moral en las conductas humanes y el consiguiente posicionamiento del profesional ante ellas, cuando el desarrollo de un niño se ve seriamente comprometido.
  • Los derechos sociales como una parte ineludible en la relación del profesional con un niño.
  • La capacidad del propio paradigma profesional para adaptarse a contextos de intervención que requieren el diálogo con otras disciplinas (jurídicas, sociales, educativas, etc.).

Se trata de cuestiones que, cuando son realmente incorporadas al esquema referencial del profesional, conllevan cambios importantes en su actuación. Probablemente son temas difíciles de abordar y cuyas consecuencias pueden ser molestas, incómodas y dolorosas. Pero la reflexión sobre ellas debería ser obligatoria. Entendemos que ya hay algunas vías abiertas. Así, podemos dirigir nuestra mirada a la Teoría del Apego. Ésta ha mostrado innegables virtudes, sin renunciar –al menos por algunos autores– a sus planteamientos propiamente psicodinámicos. Ha sabido dialogar con otros modelos teóricos, embarcarse en ambiciosos trabajos de investigación y adaptarse a diversos contextos de aplicación profesional. No obstante, es posible que sean algunos divulgadores quienes señalen con más claridad el importante potencial del psicoanálisis para entender la experiència del maltrato. Así, tras las obras de algunos reconocidos autores como Boris Cirulnik o Alice Miller, encontramos un importante poso psicoanalítico. En libros exitosos como Los patitos feos (Cyrulnik, 2005), El saber proscrito (Miller, 1998) o El origen del odio (Miller, 2000), aparece una lectura del maltrato que trasciende los modelos médicos o sociales para incorporar conceptos psicodinámicos. Esto no se hace desde un posicionamiento doctrinario y, en ocasiones, existe un rechazo explícito a algunos planteamientos psicoanalíticos (como es el caso de Alice Miller), pero la lectura que aportan resulta indudablemente deudora del psicoanálisis. Lo relevante de esto es que conceptos de inspiración psicoanalítica son utilizados por quienes están comprometidos activamente en la protección a la infancia maltratada, y que sus planteamientos son recibidos por un amplio público lego y profesional. Podemos finalizar con una reflexión que enlaza con el inicio del artículo. El psicoanálisis mostró en sus comienzos una gran honestidad intelectual a la hora de encarar realidades difíciles de aceptar (la sexualidad infantil, el poder de nuestros impulsos, etc.). Desde una perspectiva diferente, ahora nos situamos ante un reto que vuelve a requerir una actitud decididamente comprometida, en este caso con la infancia maltratada.

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