Los cinco sentidos en el ser y saber hacer del terapeuta familiar

Imanol Portilla Ezkerra

 

RESUMEN

Poner los cinco sentidos en alguna actividad significa cumplirla con meticulosa perfección. La más importante actividad que el ser humano tiene encomendada – aunque sólo fuese porque abarca y comprende todas las demás – es la de vivir. En nosotros los terapeutas, se da la paradoja y coincidencia de vivir nuestras propias familias y estar viendo y viviendo simultáneamente otras familias, tratando de devolverlas de lo sin sentido, lo presentido, o consentido; a lo con sentido. ¿Poniendo nuestros cinco sentidos en el quehacer terapéutico? Propone este trabajo, las maneras de utilizar los cinco sentidos como herramientas, haciendo especial hincapié en el quinto: el tacto. PALABRAS CLAVE: sentidos, estilo, tacto, terapia.

ABSTRACT

THE FIVE SENSES IN THE BEING AND DOING OF THE FAMILY THERAPIST. To make full use all of our five senses means paying careful attention to a specific activity. The most important activity which we human beings are entrusted with, even if only because it encompasses the rest, is that of living. In us therapists, paradox and coincidence take place. We live in our own families yet at the same time observe and experience other families, while attempting to bring them from nonsense, pressentiment or consent, to make sense. By making full use of our five senses in our therapeutic task? This paper proposes diferent ways of using our five senses as tools, focusing particularly on the fifth sense: touch. KEY WORDS: senses, style, touch, therapy.

RESUM

ELS CINC SENTITS EN EL SER I SABER FER DEL TERAPEUTA FAMILIAR. Posar els cinc sentits en alguna activitat significa acomplir- la amb meticulosa perfecció. La més important activitat que l’ésser humà té encomanada -ni que només fos perquè abasta i comprèn totes les altres- és la de viure. En nosaltres, els terapeutes, es produeix la paradoxa i coincidència de viure les nostres pròpies famílies i estar vivint-ne simultàniament d’altres, tot tractant de retornar-les des d’allò sense sentit, pressentit o consentit, a allò amb sentit. Posant els nostres cinc sentits en la tasca terapèutica? Aquest treball proposa les maneres de fer servir els cinc sentits com a eines, fent especial insistència en el cinquè: el tacte. PARAULES CLAU: sentits, estil, tacte, teràpia.

Los sentidos son los puentes levadizos a través de los que nuestras más o menos profundas moradas interiores se comunican con el mundo exterior, incluyendo con él a nuestros semejantes. Tales puentes, con inoportuna asiduidad, en lugar de estar abatidos y fáciles a cualquier sensación, están levantados a fin de impedirla o, al menos, obstruidos para que nada entre del todo con plenitud y comodidad. El resultado es que vemos la vida a rachas; que la saboreamos apenas y sin regusto; que las oímos sin atención; que la olemos fruncidos y a distancia; que la palpamos como si quemara. O sea, que vivimos a medias; que convertimos en verdad la ominosa afirmación de la antífona. Media vita in morte summus; que dejamos en mal lugar a quien inventó la vida; que no la inventó –supongo– para que la convirtiéramos en un ejercicio de moderación, sino para que la consumiéramos hasta el fondo, con exaltación y apasionamiento. De todos los sentidos, el que más me impresiona y al que mayor curiosidad me lleva es el que enumeramos en quinto lugar –no hay quinto malo–: el tacto. Los otros cuatro están situados en lo que aparentemente poseemos de más personal: la cabeza, nuestra pequeña parcel·la de siete pozos; sin embargo, son, si es lícito expresarse así, más fríos, más equilibrados, más objetivos, más ecuánimes. Permanecen ahí al acecho, en sus cuévanos, como incrustados en nosotros. Por el contrario, el tacto es nuestra frontera; nos envuelve por donde quiera que vayamos. Es en cierta forma: nosotros. He conocido gente sorda, ciega, agéusica y anósmica; pero la única gente sin tacto que conozco es la mal educada. De ahí que me sorprenda que tengamos tan poco tacto, o lo utilicemos con tanta parsimonia. La educación que persisto en llamar buena, nos partió por el eje: como en una ironía del lenguaje, nos ha conducido a tener muy poco tacto o a que lo utilicemos muy poco. Para mí, el profesional de salud mental es un hombre que no tiene de especial sino hacer una labor de psicoterapia. Los caminos que le conduzcan a ello son los personales que bastante o nada tendrán que ver con la vida que viva. Sí, sin embargo, sin equívoco, en y con la familia que ha vivido y viva. Supongo que, por ejemplo, los viajes le enriquecen. Pero también le enriquece el sufrimiento si se digiere bien, y la observación de su entorno habitual y la compresión y la lectura; y para conseguir cualquiera de estas cosas no necesita moverse demasiado, afortunada o desgraciadamente. Además estas cosas enriquecen tanto a un psicólogo como a cualquier otra persona. Pues, ¿cómo es un psicólogo?, ¿en qué se distingue de otros, a no ser que esté ejerciendo y, por tanto, ensimismado y atento? Este oficio es también modesto y molesto a la vez. Yo habría preferido otro que me diera menos satisfacciones y también menos dolores de cabeza. Cuando escucho a persones que envidian “ese mundo tan apasionante de trabajo, en el que se conocen personas y situaciones fuera de lo corriente”, les desengaño y animo a que entren en lo corriente y puedan desde ahí aterrizar o continuar soñando. El terapeuta es testigo de una parte de la familia de los otros, de esa que como una correa de transmisión le llega. Ha de explicarse en ese paréntesis en el que le coincide el transcurso terapéutico con su vivir personal y familiar. Y vivir no es eso, o sobre todo eso. Es meteres hasta los dientes, dejarse alborotar, trastocar, invadir por la vida. Por la vida verdadera. De ahí que comience a erizarme cuando oigo hablar de “la vida terapéutica” porque me suena a algo artificial, incompleto, ortopédico: a una vida pequeña, que no por modesta pierde lo decisivo e importante. El psicólogo, el profesional, si es serio, utiliza datos, los maneja, los suministra. Datos que, como su nombre indica, están ahí, son dados. Si lo que desea es conservar las costosas averiguaciones para si, lo más prudente es que se reserve; pero si lo que desea es que se produzcan efectos modificadores y beneficiosos para la salud de las familias que atiende no le quedará otra opción que manejarlos según convenga. Con las intervenciones psicoterapéuticas familiares aspiramos a ejercer el inconcluso quehacer de las familias que deben continuar haciéndose en el hacerse. De lo que caben certezas es que el estilo del terapeuta conserva su memoria y profecía, de dónde procede, la familia de origen como decimos en nuestro argot. Y lo que precede a ese “ser” terapéutico. En el “saber” amplía lo impregnado con lo aprendido desde los modelos en que se ha nutrido, de sus emergentes familiares que llegan y se van; algunas se dan la vuelta, otras se quedan o reconstituyen, Ese “saber”, el estilo del terapeuta, se tiñe de aciertos y fracasos, de las familias que aleatoriamente nos tocan y de aquellas que elegimos tratar, para ir construyendo el proceso que una vez concluido debe continuar en construcción por ellos mismos: la familia nunca es un edificio de tapado.

Psicología en familia

Uno de los atractivos en la vida en general reside en ser incansable e imprevisible; nos depara, sin la menor señal de agotamiento, una sorpresa tras otra. Creo que, en tal sentido, la vida del psicólogo familiar es acaso un poco más atractiva: proporciona muchas sorpresas. En otras profesiones más impersonales –no más entretenidas, por supuesto–, hay problemas que cuando se dan, que se encuentran resueltos; batallas que cuando se dan, han sido ya saldadas, descubrimientos que cuando uno nace, ya están hechos. En esta profesión no. Si somos independientes en el oficio es porque a lo largo de toda la vida profesional hemos de ser francotiradores, y ganar o perder esta construcción cada uno por su cuenta. Por eso vamos con la “lengua fuera”. Cada psicólogo debe vivir la historia de sus pacientes, en familia, de principio a fin. Más aún: desde la prehistoria a la pos modernidad. No se en qué época individual me hallo. En una, desde luego, con capacidad de sorpresa. Sin embargo, hay ocasiones en que aún me quedo boquiabierto. De ésta última quiero hablar a continuación. Comprendo el protagonismo de algunas personas o pacientes por querer erigirse únicos, salir del anonimato de sus vidas y adquirir notoriedad, dado los tiempos que corren y lo sensible que resulta el escándalo. Ellos, respecto al profesional, pueden enriquecernos, aclararnos, sugerir propuestas; pero no como sus dueños o como una exclusiva otorgada por su familia o la divinidad. Eso sí que sería falta de respeto en sentido estricto. Difícil lo tendría si Freud (1886) o Minuchin (1997) me hubiesen demandado por haber utilizado sus teorías en mi hacer profesional. Como difícil lo tengo cuando pacientes mal aconsejados se otorgan el privilegio de decir que ellos necesitan sólo sesiones de apoyo para resolver psicosis o neurosis familiares o personales. El cáncer no se cura con agua de colonia, ni las disfunciones graves con charlas de sobremesa, a mí entender. Con mis intervenciones clínicas aspiro a ejercer el inconcluso quehacer del profesional en salud mental. El psicoterapeuta –he ahí su autoridad profesional–, ejerce el derecho de investigar como considere oportuno, a construir con cualquier material, transformado por él en estrategias. Tiene legitimidad a consultar las fuentes que le sean necesarias, a utilizar los materiales que le sirvan para elaborar estrategias de cambio.

Nuestro quehacer

Comprendo el avatar de los profesionales, en las intervenciones clínicas terapéuticas. Aspiramos a un inconcluso quehacer. Hablando se entiende a la gente y callando también. ¿Qué hemos hecho de la psicología? Aquella delicada ciencia que exploraba el alma humana y se preguntaba por el significado de nuestros sueños, lapsus, olvidos, sistemas relacionales y secretos familiares. Hoy en día apenas es un conjunto de obviedades y recetarios apresurados. Atrás parecen haber quedado la insoldable obra de Freud (1856) y la pregunta del por qué nos perturban nuestros deseos; las disfunciones de Jung (1875) sobre el poder liberador de los símbolos; las delicadas fantasías de M. Klein (1882) sobre el mundo de los niños, las reflexiones de Lacan (1953) sobre el poder creador del lenguaje. La dimensión de la terapia familiar de Andolfi (1991) y la experiencia de grupos de Foulkes (1981). La psicología ya no trata de responder la pregunta eterna de quiénes somos, en qué familia nos hallamos, a cuál formamos o deformamos, cuál es nuestro desarrollo personal en los múltiples grupos en los que nos relacionamos, qué es estar emparejados libre y personalment en familia. Si no de encontrar fórmulas que encajen en nuestro acomodo. ¿Pero nuestra profesión tiene que necesariamente ser como es? Aún más, ¿esto no supondría la necesidad de preguntarnos si podría ser de otra forma esa parte de esencial de nuestro ejercer con personas, familias, parejas o grupos? Sin embargo, a pesar del acceso a la psicología, a tratamientos psicológicos, en la sanidad pública continúan siendo precarios y defectuosos. Cuentan que Perceval (1995) visitó un extraño reino donde todo estaba muerto y contempló a su rey herido, así como el lúgubre cortejo de la copa de oro. Al evitar preguntar por lo que pasaba los condenó sin saberlo a que continuaran eternamente igual. No hacernos preguntes o no plantearlas, muchas veces, nos conducen a la esterilidad y a la muerte del pensamiento. Es un tema que se repite en el folclore y temo que ahora más que nunca. Tal vez por eso, porque no pensamos, explotamos de autosatisfacción. Pero, ¿de verdad tenemos motivos para estar tan satisfechos? Es cierto que el mundo que nos ofrecen en las oficinas de viaje y las promociones de la banca poco o nada tiene que ver con el mundo oscuro de los cuentos de hadas; en cambio, como diría Chesterton (2004), es mucho menos interesante. Un mundo sin sentimientos, ni memoria, un mundo sin desatinos, ni sueños, puede que sea menos perturbador que el nuestro, pero ¿de verdad merecería la alegría de vivir en el? La pregunta acerca de quienes somos solo puede fundarse a través de la reflexión del mundo que nos ha tocado vivir –familia, grupos, vecindades, modelos–. La realidad es nuestra máxima construcción: el terreno de lo común, de las percepciones y normas compartidas, el gran escenario de un juego familiar en el que todos participamos y cuyas regles revelan lo que estamos dispuestos a hacer con la vida. Numerosas voces claman por el trato que hemos dado a la naturaleza, a la tierra, y sus consecuencias como puede ser la perdida del ozono; o claman las muertes de género y maltrato familiar convertidos en un espectáculo grotesco. Quienes acabo de nombrar han estado en el corazón de las aspiraciones humanas a lo largo de la historia, pues el mundo es, ante todo “un lugar para vivir”. Pero el hombre posee una asombrosa capacidad para observar el complejo descubrir de sus pensamientos, sentimientos, intuiciones, fantasías, recuerdos y deseos. Esto constituye un prodigioso mundo interior sobre el que no hemos dejado de interrogarnos desde los albores de la humanidad, gracias al fabuloso misterio de la conciencia. Y desde hace más o menos dos siglos ha sido la psicología la ciencia encargada de llevar a cabo esa apasionante tarea. Y puede que el abordaje familiar, dentro de la joven disciplina de la psicología, nunca haya estado tan presente en nuestras vidas. Los terapeutas familiares, los que realizamos un trabajo asistencial, estamos en diferentes ámbitos: intervenimos en casos de tragèdies colectivas, seleccionamos personal en las empresas o participamos en reality shows televisivos, etc. Muchos Psicólogos y psiquiatras expresan sus opiniones y consejos en los medios de comunicación, en revistas o suplementos de periódicos y escribimos libros con indicacions terapéuticas o de autoayuda. En definitiva, proliferan los artículos y revistas y libros que divulgan un supuesto saber científico en torno a las profundidades de la mente humana, como acabo de decir. Uno de estos libros ellos, centrado en la autoestima, llama poderosamente la atención por la manera en que explica el trato que suelen darse a estas cuestiones en los medios de comunicación. Otros, nada aportan de original y adolecen de la misma formulación autosuficiente que suele imperar en los actuales escritos sobre psicología: son la expresión de la obviedad elevada al rango de ciencia. El autor de uno de estos libros dice: “no podemos medirlo, como el pulso o la temperatura del cuerpo”. El único método para estudiar la conducta humana es preguntar. Todo se juega pues, en las preguntas, la calidad de las respuestas dependen de ellas; por eso los grandes filósofos se han distinguido siempre por la manera singular en que interrogan la realidad. La psicología hegemónica actual, en su empeño por alcanzar el status de una ciencia empírica (cuando su objeto de estudio, la subjetividad humana, no puede ser más inasible a través de mediciones estadísticas) ha echo un tristísimo uso de los sentidos: planteando solo las preguntas más previsibles, limitando al máximo las respuestas, eliminando todo género de matices y detalles. Los resultados obtenidos son pobres, como herramientas utilizadas, pero se vuelven incuestionables tras haber pasado por el filtro de las matemáticas y de la estadística. Si hablamos del terapeuta familiar y del estilo literario, como es mi caso, abundan las citas y mis herramientas predilectas son los libros, los autores y las obras, con las cuales construir un léxico familiar, literario. La escritora Natalia Ginzpurg (2007) cuenta una historia antifascista, en un leguaje de “andar por casa”, cosido de bromas y de voces que hilan el diario íntimo de una familia. Este diario solo puede ser entendido, con toda su ironía, en ese ámbito donde las palabras se ajustan al cuerpo familiar como unos viejos vaqueros moldeados por muchos lavados. En mi familia, por ejemplo, cada vez que alguien va a meter la pata, se dice: “no seas un chisgarabís”. A Josep Pla (1956) le gustaba la palabra Cafarnaún, que aunque es una ciudad de la antigua Judea, encierra una sorna de mucho calado y puede servir tanto para describir el caos como el último episodio de una situación familiar. En ocasiones una sesión familiar se salva gracias a una palabra pronunciada cuando ésta va por un terreno resbaladizo. Porque es el vocabulario personal el que nos permite ser huéspedes y habitar como realquilados, con nuestros sentidos y estilos, en ese mundo familiar, en esa familia. Julio Cortázar (1963) llamaba gliglico a un idioma inventado que le servía para conversar con La Maga mientras caminaban por aquel París de Rayuela de cielo gris y puentes de plata. Antonio Gala (1988) en su libro Dedicado a Tobías nombra el censo familiar diciendo: “Quizás eran ellos la familia más verdadera, la más entrañable y a buena parte bochornosa. Por eso empleaban un vocabulario eficaz y hasta escatológico, no un acto para fifilies”.

Mi estilo en el saber y hacer

Deseo hablar de mi estilo terapéutico. No sólo por el gusto de transmitirlo, también por el deseo de compartirlo, como en un ejercicio de vasos comunicantes. Un poeta dijo una vez que escribir libros, hacer textos, pergeñar artículos, es preparar cartas más o menos voluminoses para los amigos …para una posible comunidad de lectores, desconocidos la mayoría de las veces, quizás situados en un futuro incierto o en un presente opaco. Me pregunto hasta qué punto un terapeuta familiar se asemeja más que otras especializaciones, a la esperanza paradójica de la correspondencia familiar que algún día puede o no llegar a descubrir. P. D. James (1964) calificaba a los epistolarios de “rehenes traicioneros” pues una carta podía ser “la más desveladora y la más engañosa de las confesiones”. Pienso también que a una sesión familiar se le puede aplicar las reflexiones de que “atrapa el estado de ánimo del momento”. La transitoriedad queda fijada para siempre… además adaptamos nuestro estilo al destinatario”. Los e-mails son las nuevas cartas electrónicas muy rápidas, más baratas en el hablar pero a diferencia de estas no transmiten sentimientos. Una carta es más lenta, más personal, tienes que pensarla, eso afecta al contenido. Porque ayudar a la salud de la familia, no solo es acercarse a la ciencia plena de la que se dispone, sino acercarme a mirar la salud como un todo, y es esa totalidad de la salud figuran la conversación y las palabras. Ser especialista en la salud y no en la enfermedad, precisa ofrecer –(regalar)– en los momentos de mayor incertidumbre el verbo y el silencio al mismo tiempo, hacerles confiar con la presencia y la palabra, en algo mucho más trascendente que la esperanza, la Seguridad absoluta de nuestro apoyo. Todo señalamiento creativo puede contener tanto la necesidad vital de expresarse como de encontrar sentido a lo epistolar en la realidad de la narrativa familiar. Pedro Salinas (2007) escribió: “guárdenme lo que puedan del olvido”. Para un terapeuta literario, un creador de la palabra como herramienta, el resguardo del Olvido puede quedar asegurado. Creo que con independència del contenido apasionantemente transitorio de las palabras levantadas sesión tras sesión, con disciplina y talento se puede llegar a cumplir lo dicho por López de Gómara (1555) sobre el castellano: “ataja grandes razones con pocas palabras”. La maestría del lenguaje respondería asimismo al mandamiento que otro poeta, Josep Brodsky (1967), que sitúa como primero de todo, cuidar el lenguaje. De manera que la transitoriedad, el estado de ánimo, el proceso entendido y del que podamos estar más o menos de acuerdo o desacuerdo, queda revestido de un lenguaje poderoso que al reunir todo el “epistolario familiar”, todos los instrumentos de transitoriedad forman un conjunto en el que salen ciertos temas, ciertas obsesiones; ritos y mitos resultan un fresco contemporáneo, una pintura ágil y vivaz de un presente que logra transformaciones en las parejas o en las familias que llevan su historia en su lenguaje. Libertad de pensar las cosas en sí mismas por encima de lo políticamente correcto o de contenciones y convenciones sociales. Stanislaw Jerzi Lec (1997) decía:”no os dejéis imponer la libertad de expresión antes que la libertad de pensamiento” ¿Y de qué sirve todo este esfuerzo, la tarea de analizar el destino que la patologia de la atmósfera en la que se produce el nacimiento o que el grupo familiar pretenden imponer? Cada familia, cada pareja, abre su cofre cerebral y deja aquí un adjetivo, un brillo, un recuerdo en zigzag, una comida de aniversario, un padrenuestro en el cementerio, el primer escondite de un suspenso: “le robé a mi madre siete pesetas y me fui a ver El forastero de Gary Cooper”. No se trata de deslumbrar al personal con acrobacias de sintaxis, como si la terapia fuese un concurso, sino de volver un texto relacional alejado de lo farragoso, con el mayor sentido de manera que el apellido familiar pueda rimar con salud, gratitud, actitud, tacto. Sólo el conocimiento de las palabras y de las ideas que ellas transportan hacen fuertes a los hombres, a las familias y les permiten no ser esclavos sino ciudadanos emparejados o familiares con sentido. Que se acuda cuanto antes a proclamar lo evidente, el valor humano y desgarradamente terapéutico o enfermizo de las palabras. Deslumbrantes por sí mismas, potencias de vida y muerte. Dicen de nosotros, los psicólogos, que asomarnos al dolor real o ficticio nos recompensa, nos refuerza. Eso tan terrible no sucede en nuestras familias. Nosotros no somos protagonistas de esa desgracia. O bien el dolor no nos golpea en exclusiva. Un consuelo cabe –entre otros–, una reacción de abandono, de abdicación de cualquier voluntad de reforma o arreglo. Todo es demasiado. Nada se puede hacer con tanto dolor como buscar una salida individual. Carpe diem. Aprovechemos lo que las familias nos dan, lo que las parejas nos muestran. Intentemos la dicha pues mañana moriremos. ¿Es tan difícil saber qué efecto tiene sobre nosotros el dolor del mundo? Un ejemplo en este sentido lo encontrarán en el capítulo 11 “La enfermedad de Cupido” (pàgines 138 – 140) del libro de Oliver Sacks: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.

La falta de sentido, la búsqueda de un lugar

Repasemos, pues, algunas de las paradojas que conforman el miasma psicológico y existencial en que estamos sumidos. Recibimos inmigrantes pero al mismo tiempo buena parte de la juventud está en paro y los hijos se independizan de los padres pasados los treinta y tres años. Se supone que la riqueza está mejor repartida pero con dos sueldos no se puede ni mantener a un hijo y medio. Se cuidan mejor que nunca los edificios del pasado y las catedrales góticas parecen recién estrenadas, a la vez que se destruyen parajes de primer orden en beneficio de un organismo que actúa sin ley en el que, para colmo, ponemos nuestra riqueza. Se combaten con más rigor que nunca los abusos del machismo y sus siniestras emanaciones y, al mismo tiempo, aparecen adolescentes crueles, capaces de golpear a sus padres. Se potencia desde el Estado y las Instituciones nuestra capacidad de frustración y de tolerancia, y a la vez surgen muchachos que no soportan ninguna contrariedad y con una capacidad de frustración tan mermada como la de un psicótico. Se recriminan los lenguajes políticamente incorrectos, pero al mismo tiempo asistimos al paroxismo de la incorrección lingüística en todos los medios de comunicación. Muchos matrimonios delegan en otros la educación de sus hijos y, a su vez, pueden agredir a un profesor que se haya permitido un mínimo comentario negativo sobre su vástago. Todo ello puede crear la impresión de que en este momento mucha gente está fuera de lugar, desplazada y desorientada. Profesores fuera de lugar, sin ningún lugar; padres e hijos fuera de lugar, parejas que dan la impresión de divergencia continua. Maduros y jóvenes fuera de lugar, políticos y discursos fuera de lugar. Al margen de las razones económicas, se trata de una desvalorización seguida de una rápida corrosión y modificación del tejido social, que ha cambiado las líneas de juego, como sucede tan explícitamente en las familias, deshilvanando las anteriores formas de convivencia. Y cuando una familia se desteje es difícil hallar sentido y percibir su dirección.

Retomemos los sentidos

¡Ah! La transparencia, “ver una cosa a través de otra”; esa labor perogrullesca. En eso, según Ortega (1914), consiste la filosofía, como quizá todo arte y toda ciencia: de revelar lo obvio que precisamente por ello suele ser “obviado”. Eso parece ser en tantas ocasiones el proceso terapéutico, una transparencia tras otra y, como dice Zubiri (1942), será la claridad de lo diáfano lo que se descubre en algunos pasajes o intervenciones. Si las familias o los pacientes ponen con tacto la mano en el pecho y se reconcilian consigo mismo, pueden encontrar el entendimiento, la paz, la cura. En todos ellos me reconozco, a todos aprecio y de todos he podido aprender algo. Muchos me han enseñado y con su apertura impidiendo caer en el pensamiento único. Ellos implicaron mi horizonte, invitándome a ser terapeuta de lejanías que es el modo de ser cercano y comprensivo, integrador. Y, por ello, de todo saco su lado amable, lúdico, curioso, sin juicios ni moralizaciones. Porque la grandeza o la minoría de la vida, como suele suceder, “no es que nos niegue lo que pedíamos, sino que nos recompensa con lo que no habíamos pedido”. Los sentidos y las direcciones se multiplican con la incertidumbre a la que la vida nos convoca, que ahora es una enfermedad social que se propaga por grados, que tiende a ser de naturaleza variable y que puede modificar la naturaleza, las leyes de la comunicación familiar. ¿Como dar sentido a la narración misma de la vida y como dárselo a los relatos familiares, algunos hijos de la ficción? ¿Es lícito que una familia o una pareja lo tengan?. Para ser real o una sustitución ¿No tendrían que carecer del mismo sentido que carece la realidad? En épocas en que la falta de sentido aparece como único horizonte social suele resurgir el arte de lo absurdo, un arte del siglo XIX y que, de aparecer ahora, no dejaría de ser una figuración “realista” de la verdad. Pensemos en la vista. Una familia tiene perspectiva y un terapeuta una mirada que se le supone más angular. Eso que vemos a primera vista y lo que queda en la retina después de la sesión. Nuestro estilo de mirar y de ver, la mirada que se nos dio y la que posamos sobre el caso; ese sentido tan inmediato de lugares, maneras de colocarse y vestirse y el ángulo visual. Hacia dónde dirijo la mirada y cómo me es devuelta conformará un “espacio ocular terapéutico” –además de los espejos unidireccionales, la cámara, los coterapeutas, etc.–. Pasemos al olfato. Aseguro que una familia huele; lan mía tiene olor inconfundible de la cocina y a mi madre con los pucheros hirviendo; a mi padre llegando con la paternidad bienoliente en la boina y en las barbas, a mis hermanos con sus tiralíneas llenos de tinta china Pelikan. Sí, todo esto está en mi memoria familiar. ¿Cómo olfateo la que se coloca a mi lado que además de ser oída y escuchada es también olida?; luego mi olfato debería ser funcional para distinguir, diferenciar, reunir; la atmosfera que el espacio terapéutico desprende. ¿Cómo los huelo? De qué manera trasminan, sus alianzas, sus conflictos, sus parras enredadas, aromas múltiples, no siempre agradables. Y el oído. Distingo como decía Machado “las voces de los ecos”, distingo “entre las voces una”. Existen familias cadenciosas, con estribillos de villancicos, y las hay sonoras y estridentes, disonantes y asonantes. En fin, orfeones, solos, dúos, tríos, orquestas, sintonías corales. Dentro de mí resuena la mía y entre mi eco y el exterior deberé poner un pentagrama que pueda ser leído por todos, o tal vez que aquel miembro calle para que otros perciban la sintonía coral. O al revés, para que perciban a ese miembro minoritario y le escuchen y se escuche el solo. Sé que de algún modo el silencio, a diferencia de callarse, tiene por sí mismo todo el sentido al que ahora me refiero. Ese ser educado es abrir un espacio, sin daño, donde el otro puede aparecer y contarnos su historia; un espacio de escucha. Continuando, hablaremos del gusto. Cómo saboreamos el conflicto, la demanda y cómo nos llega ya sea de modo apetecible, gustoso, degustativo o inapetente. De como se amalgama el sabor que dejan sus miembros, con el que nos ha impregnado en nuestras familias de origen. O de aquellos momentos en que no existe el emulgente que cohesione un sabor con otro y dé sentido al gusto familiar. En no pocas intervenciones terapéuticas faltan ingredientes para algún o algunos miembros se acerquen a degustar el plato del cambio:” Termino con el quinto que como he dicho antes no hay quinto malo. Tener poco tacto o utilizarlo con escasez o parsimonia es equivocado. No dudo que nos iría mejor de haber querido con más abandono este sentido; aunque hubiésemos visto y previsto menos, olfateado y gustado menos. Si la carencia de un sentido agudiza los otros, no quiero suponer que pasa con el deterioro por el desuso del tacto. Es preciso perder el miedo a ser tocados y a la repugnancia a tocar, una paciente dijo: “El abrazo que me dio ayer me curó”. Quizá sea ese modo de curación al que debemos aspirar. Diría como breve conclusión que de esto saben mucho las personas que han pasado una crisis psicológica. La pregunta realizada con tacto y respeto, se valora por encima de la mera curiosidad. El apretón, el abrazo, el beso. Habría que dejarse acariciar o hacerlo de quien no es objeto consciente de nuestra ternura –un niño, un animal, un anciano comatoso–. Como si manifestar la ternura fuera un crimen o un acto vergonzoso. Mirarse a los ojos, frotarse las mejillas como hacen los gnomos. En una palabra, olvidándonos de los monstruosos corsés de nuestra infancia, de nuestro aprendizaje. Porque sólo se vive una vez y hay que vivir con los cinco sentidos o más si los hubiera.

Agradecimientos

A mis hermanos de sangre y corazón, José Luís y Juanito. A mis pacientes, parejas, familias y grupos para los que siempre tendré gratitud por tener permiso para tocarlos; con mi quinto sentido.

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