Grupo familiar (externo/interno) y ética

Carlos Tabbia

 

RESUMEN

La capacidad del infante de desarrollar su yo depende de la función intermediadora de la familia; tal función es una de las condiciones esenciales para que el sujeto sea poseedor de cualidades éticas y devenga persona. Pero la función de la família externa ha de tener límites. La posibilidad de independizarse de la familia depende de la construcción de una familia interna y de la identifi cación con sus funciones. El “respeto” y la “violencia” pueden ser dos polos que refl ejen el éxito o el fracaso de las identifi caciones. PALABRAS CLAVE: familia, valores, respeto, violencia, crianza, objeto combinado.

ABSTRACT

FAMILY GROUP (EXTERNAL/INTERNAL) AND ETHICS. The infant’s capacity to develop his or her ego depends on the intermediary function of the family; this function is an essential condition if the subject is to possess ethical qualities and become a person. However, the function of the external family has to end at some time. The possibility of becoming independent from one’s own family depends on the construction of an internal family and the identifi cation with its functions. “Respect” and “violence” can be regarded as two poles that refl ect the success or failure of these identifi cations. KEY WORDS: family, values, respect, violence, upbringing, combined object.

RESUM

GRUP FAMILIAR (EXTERN/INTERN) I ÈTICA. La capacitat de l’infant de desenvolupar el seu jo depèn de la funció intermediadora de la família; aquesta funció és una de les condicions essencials peraquè el subjecte sigui posseïdor de qualitats ètiques i esdevingui persona. Però la funció de la família externa ha de tenir límits. La possibilitat d’independitzar-se de la família té a veure amb la construcció d’una família interna i de la identifi cació amb les seves funcions. El “respecte” i la “violència” poden ser dos pols que reflecteixen l’èxit o el fracàs de les identifi cacions. PARAULES CLAU: família, valors, respecte, violència, criança, objecte combinat.

Todo grupo genera sus costumbres y normas de funcionamiento. Morada y matriz primordial del sujeto, el grupo es la morada (ethos) donde se generan los principios y los valores. Mi intención es investigar la ética que enmarca la vida de los individuos dentro de su ethos primordial, la familia extensa, además de considerar cómo la familia interna opera como modelo ético. El desarrollo de la personalidad o el proceso de devenir persona, convertirse en humano está ligado al mundo de la familia. Tal como dice Bion (1967, p. 118 [español, p. 162]) “el individuo humano es un animal político y no puede realizarse plenamente fuera de un grupo”. No me referiré a la familia como la base de la sociedad, concepto muy desarrollado por la sociologia y la economía, sino al grupo próximo al sujeto que tiene como función primordial la de intermediar para que el individuo entre a formar parte del género humano. Entre el individuo y la comunidad/sociedad está la familia o la agrupación familiar con la intención manifi esta de “fomentar el desarrollo de sus miembros conel fin de preservar al grupo” (Meltzer, 1986, p. 155, [esp. p. 176]); ambas tareas, las del desarrollo de sus miembros como la de preservar al grupo para darle continuidad y conservarlo en benefi cio del desarrollo de los individuos, tienen sus requisitos específicos. En relación al desarrollo de la personalidad el grupo familiar ha de estimular el aprendizaje a través de la experiencia como medio auténtico de adquisición de conocimientos y habilidades; el otro requisito es el de preservar los límites entre el grupo familiar y la comunidad para evitar invasiones o actos vandálicos o depredadores en ambas direcciones. La función del grupo familiar no es una tarea menor porque ha de ayudar al infante a renunciar al deseo de “una ganancia inmediata de placer por una más segura, aunque pospuesta. Dicho en otras palabras: debe realizar, […] ese avance desde el principio de placer hasta el principio de realidad por el cual el hombre maduro se diferencia del niño” (Freud, 1916, p. 319). Cuando el grupo familiar es capaz de ayudar a tolerar la frustración, sostener el dolor y desarrollar símbolos entonces se habrá creado el continente necesario para la diferenciación infantil-adulto, entendiendo los términos adulto y maduro como sinónimos. Perfilando el sentido que le damos a adulto y maduro entendemos, tal como dice Meltzer (1965), que “la madurez de las partes del self está íntimamente correlacionada con su capacidad de pensar, la que está fuertemente vinculada a la capacidad de utilizar le lenguaje para comunicar”. Dicha capacidad para pensar ha de ser conquistada laboriosamente, y estará relacionada con la vinculación a la cualidad de los objetos internos, por ese motivo la capacidad o in-capacidad para pensar dependerá de las características y atributos del objeto interno, con toda la graduación que el proceso de desarrollo de la personalidad permita. Así, a partir de la primitiva escisión estructurante entre objeto bueno y malo devendrá una evolución con las siguientes características: “la naturaleza de este objeto-bueno-primario va del objeto parcial primitivo «pene en el pecho» al objeto total de la fi gura de padres combinados. […] El objeto-buenoprimario es vivido como omnisciente en lo que atañe a la percepción y a la comprensión de la verdad. Esta cualidad es reivindicada también por los objetosmalos- primarios y algunas veces por las partes males del self. Mientras los objetos-buenos-primarios son vividos como muy cuidadosos de sus conocimientos dispuestos por lo tanto a ayudar a algunas partes del self a pensar, los objetos-malos-primarios son verdaderes cornucopias de pensamientos que afi rman la omnisciència y tratan de impedir el pensamiento (Bion)” (Meltzer, 1965, [esp. p. 118-119]) (1). El conflicto entre los diferentes objetos del self se puede externalizar en una lucha entre la comunidad y el grupo familiar, o entre los hermanos dentro de la familia, lucha que alienta tanto la omnisciencia como el respeto a la privacidad del objeto combinado en la cotidiana resistencia contra la instauración del principio de realidad. Del resultado de ese confl icto dependerá que el yo desarrolle “gradualmente su función essencial de mediador con el mundo externo” (Klein, 1958, p. 245). Por tanto podemos concluir que el desarrollo del yo en su función intermediadora entre los deseos y la realidad, según la polaridad de los principios económicos de funcionamiento mental, está esencialmente interrelacionado con la función intermediadora de la familia; es decir, que el sujeto devenga un ser humano, entendiendo a este término como “poseedor de cualidades éticas”. Concuerdo con Kijak cuando dice que antes “Se aceptaba –siguiendo el pensamiento de Blas Pascal– que el ser humano no es ni ángel ni animal. Aunque perfectible, siempre están presentes sus atributos éticos. De hecho, el vocablo «humano» es usado como sinónimo de «el poseedor de cualidades éticas». Cuando faltan esas cualidades, se lo califi ca de inhumano, salvaje, bárbaro o animal” (2005, p. 416). Para comprender la función intermediadora de la família en la tarea de convertir en humano al infante es necesario recordar que lo que modifi ca a la persona es el aprendizaje a través de la experiencia emocional en donde “los datos sensoriales caóticos y las ansiedades catastróficas que confunden son sometidos a un objeto, ya sea interno o externo con una transferència parental, para que sean ordenados” (Meltzer, 1986, p. 155, [esp. p. 177]). Si bien es cierto que la función parental de contener y ordenar los datos para generar significados puede ser ejercida por cualquier miembro de la familia, por ejemplo un hermano, es necesario advertir que “esa idoneidad se agota rápidamente si los problemas resultan demasiado complejos” (Ídem, p. 159, [esp. p.182]); por ese motivo, cuando los padres ejercen las funciones de contener y ordenar el caos de datos, los hijos se sienten seguros, la dependencia es tolerada y la confi anza se desarrolla. “La actitud esperançada considerada como una emoción, al igual que el optimismo como su actitud caracterológica, parecen tener sus raíces en un sentido de equilibrio positivo entre las fuerzas constructivas y destructivas, en el individuo y en el grupo. Es fácilmente perturbada por eventos externos de naturaleza trágica, mucho más cuando se trata de golpes imponderables del destino, que cuando el factor humano es evidente. Por tanto la conservación de la esperanza como cualidad del ambiente familiar depende de la posibilidad de que alguno Grupo familiar (externo/interno) y ética de los miembros sea capaz de mantener un sentido de proporción, tanto en el sentido longitudinal como en el sentido global” (Ídem, p. 158, [esp. p. 180]). La capacidad de relativizar y mirar desde diferentes vértices, tanto ante los temas agradables como penosos, es un atributo de los adultos y, por eso, se afi rma que una persona madura es equilibrada. Pero la función de la agrupación familiar de col·laborar al desarrollo de una persona no es eterna; dicha función ha de tener un límite. Esto es así porque ningún objeto puede ofrecer todo lo que necesita un sujeto para su pleno desarrollo, ni siquiera la família más “perfecta” ni los padres “más maravillosos”. Mientras el niño es pequeño “está rodeado por objetos externos provistos de una integración superior que proporcionan una escala de desarrollo cuya intensidad va decreciendo a medida que la integración propia del niño avanza. El momento en que su integración supera a la del ambiente el niño comienza a verse sujeto, sometido a una escala negativa […] Aquí el trabajo de los padres debe terminar y ser asumido por la comunidad de los artistas-hombres de ciencia” (Meltzer, 1965, p. 148 [esp.: p. 122]). Dar libertad a los hijos, sintiendo que no son propiedad de la familia, exige un alto grado de madurez, de generosidad y de renuncia, sobre todo de renuncia a la fantasía narcisista de que nadie podrá cuidar mejor a los hijos que los propios padres. Creo que sólo el respeto mutuo dentro de la relación paterno filial puede permitir el desarrollo de todos los integrantes del grupo familiar; un respeto basado en la renuncia a la posesión del otro. Tal como expresaba un paciente: “amor, valorar y respetar es lo mismo para mí; es una forma de amar, pues si amas, valoras y respetas”. Este planteo ético, que reclama tolerancia al duelo y que está condicionado a la identifi cación introyectiva con el objeto perdido/liberado, puede sentar las bases de una relación familiar enriquecedora para sus integrantes, tal como señalaba M. Klein: “He señalado la importancia de la identifi cación con los padres y, más tarde, con otras personas, para el desarrollo del niño pequeño, y ahora deseo aventurar un aspecto particular de la identifi cación exitosa que se prolonga hacia la adultez. Cuando la envidia y la rivalidad no son demasiado grandes, se torna posible disfrutar en forma vicariante de los placeres ajenos. En la infancia, la hostilidad y la rivalidad del complejo edípico están neutralizadas por la capacidad de disfrutar sustitutivamente de la felicidad de los padres. En la vida adulta, los padres pueden compartir los placeres de la infancia y evitar interferirlos porque son capaces de identificarse con sus hijos: pueden contemplar sin envidia el crecimiento de sus hijos” (1959, [esp. p. 231]). No interferir y dar libertad al objeto en la búsqueda de nuevas personas y posibilidades nombra los elementos de una posición ética. Sin embargo, no siempre es posible renunciar a la creencia narcisista de que los hijos son siempre pequeños, inmaduros e incapaces; creo que la falta de respeto a los hijos puede presentarse de múltiples maneras. Una de ellas se manifiesta en la posición omnisciente paterna que pretende orientar la vida de los hijos ya sea en la elección de trabajo, de pareja, del colegio de los nietos o del lugar de vacaciones, etc. Otra manera más disimulada de expresar la intolerancia a la independencia de los hijos se traduce en las conductas regresivas de aquellos padres que se suelen enfermar frecuentemente, que se tornan infantilment dependientes y que con los trastornos psicosomáticos tiranizan a los hijos, instalándose en medio de sus parejas, si es que estos han sido capaces de sobreponerse a la culpa por separarse del progenitor y hacer una pareja exogámica. Así como los padres pueden tener difi cultades para separarse de sus hijos, es frecuente el fenómeno opuesto: me refiero al caso de los hijos que no pueden separarse de los padres, ni darles libertad. Recuerdo nuestra reacción como grupo cuando Meltzer nos anunció que ya no vendría a Barcelona porque estaba cansado y enfermo. Nos resistimos a tal pérdida, pero él reclamava el derecho a retirarse, a replegarse “a la retrospección y alcanzar la sabiduría” (Meltzer, 1973, p. 156 [esp.: 245]) y a prepararse a morir. Nos resultaban inaudites esas peticiones: separarse de un maestro tan amado y dejarlo para prepararse para morir. ¡Imposible! Luchamos como niños dependientes contra tal dolor anunciado, hasta que fi nalmente aceptamos la realidad; él se mantuvo fi rme, pues atendió más la inspiración de sus objetos internos, y no retornó a Barcelona. Su coherència nos puso ante la tarea de que ya no podíamos seguir instalados en el disfrute de la posición dependiente infantil. Su fi delidad a la sabiduría de sus objetos internos (Meltzer, 1973) nos urgió a incorporar sus enseñanzas, asimilarlas, responsabilizarnos de lo que habíamos recibido y permitir que se produjera en nosotros el cambio necesario derivado de una experiència emocional. Darle libertad al objeto y renunciar al control posesivo infantil es tarea ardua que duele aunque sea el requisito necesario para el desarrollo adulto de la personalidad. Existe otro tipo de agrupación familiar donde el respeto casi no existe y donde reina la violencia de hijos a padres y abuelos o de padres a hijos. El denominador común de los miembros de estas anti-familias es la intolerància a la frustración, tanto en los padres como en los hijos. Nadie encuentra respuesta a sus necesidades en esta agrupación, ni nadie metaboliza o transforma la agresividad. Tal como expresaba M. Klein: “Hay un deseo inherente al niño pequeño –y, según presumo, aun en el niño muy pequeño- de ser protegido, como también de ser sometido a ciertas prohibiciones, lo que equivale a un control de los impulsos destructivos. He señalado recientemente, en Envidia y gratitud, que el deseo infantil de un pecho siempre presente e inagotable incluye el deseo de que el pecho elimine o controle los impulsos destructivos del niño, protegiendo de ese modo su objeto bueno y salvaguardándolo de las ansiedades persecutorias” (1958, p. 245). Pero si los adultos son incapaces de contener la impulsividad y descargan su violencia sobre los más jóvenes, éstos –también incapaces de representar la violència y contener la descarga e identifi cados con los temidos agresores- vuelcan sobre los progenitores el odio que se retroalimenta continuamente. Creo que hay condiciones sociales que no ayudan a frenar esa repetición destructiva. El difícil acceso al mundo laboral y el acceso a las drogas son facilitadores de las descargas impulsivas tanto en padres como en hijos. Se suele emplear el término de “niños malcriados” para dar cuenta de ese complejo fenómeno de niños que terminan convirtiéndose en los dueños de la casa, regulando la vida doméstica y tiranizando a padres, abuelos y hermanos. Pero malcriados no significa sólo un término despectivo con el que se califica a personas inadecuadas; se puede pensar que son “malcriados” porque se han criado sin padres que contuvieran su hostilidad y que los protegieran de la violencia intragrupal. Seria un error considerar que estos niños malcriados abundan entre las clases más desfavorecidas; por el contrario, podría afi rmarse que los niños malcriados están en todos los grupos sociales, tanto en aquellos que están excluidos en la marginalidad como en aquellas familias donde los padres están muy ocupados en el desarrollo económico y social del grupo pero que son incapaces de entender las demandes emocionales de los niños. Lejos de existir respeto y devoción por los integrantes de la familia, muchas veces la salvaguardia de la integridad física depende de elecciones más o menos afortunadas; como fue el caso de un joven que hubo de aprender defensa personal para lograr defenderse de los golpes de su hermano mayor, quien a su vez era castigado con golpes por el padre, empresario muy comprometido en el bienestar económico y el ascenso social de la familia. Este paciente –obviamente- temió ser un adulto maltratador de sus hijos. No es exagerado afi rmar que los maltratadores crecen en hogares donde la función parental está casi ausente y donde el amor tiene poco espacio, cualquiera sea la clase social. Decía Freud que en la labor educativa el médico “se sirve de algunos componentes del amor. Es probable que en semejante poseducación no tenga sino que repetir el proceso que, en general, posibilitó la educación primera. Junto al apremio de la vida, es el amor el gran pedagogo, y el hombre inacabado es movido por el amor de quienes le son próximos a tener en cuenta los mandamientos del apremio y a ahorrarse los castigos de su trasgresión” (1916, p. 319). Para Freud existen al menos dos grandes maestros en el proceso de devenir adulto: los “apremios de la vida” y el “amor”. El término apremiar hace referencia a la acción de dar prisa, compeler, obligar a que alguien haga algo, aunque no satisfaga las exigencias del principio del placer, lo cual signifi ca que la tarea parental, por ejemplo, conlleve ejercer una presión moderada y modulada al tempus del infante para que abandone la pura satisfacción. Presionar, coaccionar, frustrar, etc. son términos que generan cierta prevención si no se los comprende; por eso es pertinente recordar lo que decía M. Klein (1959): “Los descubrimientos de Freud acerca de la infancia han aumentado la comprensión de los problemas relativos a la crianza, pero más de una vez han sido objeto de interpretaciones erróneas. Si bien es cierto que una educación demasiado severa fortalece la tendencia del niño a reprimir, debemos recordar que una indulgencia excesiva puede ser casi tan dañina como un exceso de restricción. La llamada ‘autoexpresión plena’ puede ofrecer grandes desventajas tanto para los padres como para el niño. Mientras que, en épocas anteriores, el niño era con frecuencia una víctima de la actitud severa de los padres, hoy día éstos pueden ser víctimas de sus hijos. Una conocida broma nos habla de un hombre que nunca probó pechuga de pollo pues en su infancia la comían sus padres y, cuando creció, se la daba a sus hijos. En el trato con nuestros hijos, es esencial mantenir un equilibrio entre el exceso y la ausencia de disciplina. Cerrar los ojos ante una pequeña travesura es una actitud muy sana, pero si la travesura se convierte en una continua falta de consideración, es necesario expresar desaprobación y exigir al niño un cambio. La excesiva indulgencia de los padres debe considerarse, asimismo, desde otro ángulo: si bien el niño puede sacar ventaja de la actitud de los progenitores, también experimenta sentimientos de culpa por explotarlos y siente la necesidad de una cierta restricción que le proporciona seguridad. Ello también le permitirá sentir respeto por sus padres, lo cual es esencial para una buena relación con ellos y para desarrollar el respeto hacia otras personas. Además, no debemos olvidar que los padres que sufren demasiado bajo la autoexpresión incontrolada del niño –por más que intenten someterse a ella– experimentan inevitablemente algun resentimiento que se infi ltrará en su actitud para con el niño” (esp. p. 229). M. Klein continúa haciendo referencia a las identificaciones favorables y desfavorables presentes en el desarrollo de toda persona, y dice “A partir de tales experiencias, un progenitor excesivamente severo o carente de comprensión y amor infl uye por identificación sobre la formación del carácter del niño, y puede llevarlo a repetir en su vida posterior lo que él mismo ha sufrido. Por tanto, un padre usa a veces con sus hijos los mismos métodos erróneos que su padre empleó con él. Por el otro lado, la rebelión contra las injusticias experimentadas en la infancia pueden llevar a la reacción opuesta de hacer todas las cosas en forma distinta de la que utilizaron los padres. Esto conduciría al otro extremo, por ejemplo, a la excessiva indulgencia a la que me referí antes. Aprender de nuestras experiencias infantiles y, por ende, ser más comprensivos y tolerantes con nuestros propios hijos y con las personas ajenas al círculo familiar, constituye un signo de madurez y de sano desarrollo. Pero tolerancia no signifi ca ser ciego a los defectos ajenos, sino reconocer esas fallas y, no obstante, conservar la propia capacidad para cooperar con los demás o incluso para experimentar amor hacia algunas personas” (1959, [esp.: p. 232/3]). Ni excesiva severidad ni excesiva indulgencia. Creo que los límites basados en la comprensión modulan el dolor y contienen la relación parental/fi lial y posibilita el desarrollo del afecto amoroso y del respeto; ambos se generan y se desarrollan cuando se es sincero y se obra de acuerdo a la inspiración de los objetos internos. La respuesta sincera o un trato honesto se manifi esta como respeto. Este término que ha sido repetido en varios momentos signifi ca: deferencia, consideración hacia el otro que hasta puede ir acompañada de una cierta veneración. Creo que el respeto, junto con “la capacidad de amor y devoción, en primer lugar hacia la madre, se transforma en múltiples modo en devoción hacia diversas causas que se sienten como buena y valiosas” (Klein, 1959, [esp. p. 262]). La gratitud como derivado natural del reconocimiento respetuoso del objeto se transforma en “generosidad y consideración” (Ídem, [esp. p. 259]) y deseo de conocer; por tanto, el interés y la curiosidad basada en el amor se convierte en un fuerte estímulo para el desarrollo personal y social. Por el contrario, la capacidad para evolucionar y desarrollarse se bloquea cuando la autocomplacencia predomina en la vida del sujeto. La autocomplacencia se alimenta, entre otras cosas, de mentiras y de gratifi caciones narcisistas sin límites. Mientras Peter Pan esté muy contento consigo mismo no podrá tornarse adulto. Pero los niños autocomplacientes no sólo engordan por una excesiva gratifi cación o excesiva frustración por parte de los padres o abuelos; también es posible que los hermanos, en su lucha contra los padres, estimulen una excesiva idealización de uno de los hermanos. Esto es así porque la lucha contra los padres puede darse atacando a uno de los hermanos como ensalzándolo y, de ese modo, intentar socavar la labor educativa de los padres. Éstos son vulnerables al ataque pandillero de los hijos destructivos; ellos necesitan mucho tiempo para desarrollar su labor educativa, mientras que la identifi cación imitativa con los hermanos es automática. Como dice Meltzer (1999) “La infl uencia de los padres es a la larga; en el plano inmediato tienen poca infl uencia; el único recurso es la disciplina y no tiene buenos resultados […] El mejor arma que tienen los padres para influir en sus hijos es su atractivo como pareja”. En esta afirmación se manifi esta el modelo de mundo interno que describe Meltzer: el de una agrupación familiar presidida por los padres, que tanto despierta admiración y estimula el desarrollo de los hijos, como rechazo cuando las partes infantiles son seducidas por los aspectos malignos de la personalidad (el outsider). El carácter fascinante de la pareja surge del misterio que se trasluce de la relación entre dos personas, que son capaces de generar proyectos –(es decir, imaginar en ausencia de lo concreto/inmediato–, sostenerlos –calibrando las posibilidades y tolerando las difi cultades– y produciendo cambios, sean nuevos hijos o emigrando, y no derrumbándose ante el dolor y las pérdidas. La pareja también despierta anhelos de ser protegido por ella, por eso causa tanto dolor cuando ésta se rompe y los hijos quedan atrapados en sentimientos de culpa, abandono, etc. Pero la pareja no siempre es tolerada ya sea por los celos que genera o por el sentimiento de pequeñez que se siente cuando surge la competencia; sin embargo, la pareja parental constituye el mayor foco de atracción e interés en la vida del sujeto, sobre todo en los períodos de mayor dependencia. Pero la organización narcisista de la personalidad, que seduce y coordina a las partes inmaduras, lucha contra la construcción de la familia en el mundo interno. Como veremos luego, tal lucha tiene serias consecuencias en el desarrollo de la personalidad, del pensamiento y de los valores.

Función del Objeto Combinado en la familia interna

El proceso de desarrollo está señalado, como ya se dijo, por el tránsito desde una concepción de los objetos primarios como omniscientes al objeto total de la figura de los padres combinados, que tienen como tareas la de convertir las impresiones sensoriales en elementos alfa, la de generar comprensión y prestar colaboración en la exploración del misterio. Mientras las partes infantiles están ávidas de poseer conocimientos para tornarse omniscientes, el objeto combinado tolera los límites de su propia capacidad para conocer y es capaz de disfrutar con los descubrimientos ajenos. Frente al atractivo de los padres como pareja, las partes infantiles oscilan entre la “admiración” y la “denigración y desprecio”. Oscilan entre anhelar que la pareja se mantenga unida y el deseo de separarla para controlarla; oscilan entre separarla según líneas de género –enfrenando masculino con femenino– o permitir la integración de los objetos externos e internos. En esta lucha PS↔D de incierto resultado se pone en juego el funcionamiento mental creativo que tiene como pre-requisito la identifi cación introyectiva con las funciones del objeto combinado, fundamento de la organización adulta de la personalidad. Creo que es necesario destacar que la posibilidad de pensar los datos que se perciben por los sentidos depende de la identifi cación introyectiva con las funciones de dicho objeto; ésta es la condición del pensamiento adulto, autónomo. Así como se necesita la sensibilidad para registrar cómo somos afectados por los objetos (Kant, 1787, p. 202), del mismo modo se necesita el entendimiento para “pensar el objeto de la intuición sensible”. Ambos son necesarios porque “sin sensibilidad, no nos serían dados los objetos, y sin el entendimiento, ninguno será pensado. Pensamientos sin contenido, son vacíos; intuiciones sin concepto, son ciegas” (Ídem). Así, reformulando el pensamiento kantiano, podremos afi rmar que la función del objeto combinado es la de recibir las intuiciones sensibles para destil·lar pensamientos. Esto implica reconocer que el Objeto Combinado necesita tiempo para recoger y transformar las intuiciones sensibles antes de que pueda crear y ofrecer un significado. Cuando el sujeto no tolera la demora ni la frustración, se opone al aprendizaje por la experiencia y sustituye la búsqueda de verdades por una moral reivindicativa de lo “justo” que emerge desde la omnisciencia. Cuando se sustituye la exploración de la realidad por las certezas se está caminando sobre un terreno psicótico con una ética muy diferente de la emanada por la organización adulta de la personalidad; si para la parte psicótica la mayor preocupación es reafi rmar su superioridad, para la organización adulta es la consideración respetuosa de la realidad. De todo esto se deriva que “La ética parental del trabajo y la responsabilidad respecto del mundo y sus hijos, humanos, animales y vegetales, es su preocupación central y la fuente de su alegría. Su capacidad para el compañerismo afectuoso en la sexualidad genera la familia, mientras que su capacidad para la cooperación amistosa hace posible el grupo de trabajo (Bion)” (Meltzer y M. Harris, 1976, [esp. p. 10]). Trabajo, responsabilidad, compañerismo y cooperación amistosa caracterizan la ética de la parte adulta de la personalidad. Otros son los valores (o antivalores) cuando no se tolera la pareja parental y se pretende eludir las exigències del principio de realidad. Una consecuencia de esto se puede observar cuando un niño –mediante la identifi cación intrusiva– consigue penetrar en la pareja parental y termina perdiéndose en una pseudoexistencia maníaca, como le pasó a Ausiàs quien en la tercera década de su vida vino a verme.

Viñeta clínica

Ausiàs expresó en la primera entrevista que era bisexual pero que no podía establecer una pareja porque se angustiaba; tuvo varias novias y un novio con el que convivió pero no lograba comprometerse. Cuando inició las entrevistas formaba parte de la comunidad gay. Expresó que en las relaciones se evapora, desaparece. Dijo: “me doy pero nadie me alcanza. Tengo el don de las palabras; me dedico a las relaciones públicas en una empresa multinacional y hablo perfectamente cinco lenguas. Mis padres querían dar una imagen de família convencional, donde había un hombre y una mujer pero invertido; mi madre trabajaba y mantenía a la família y mi padre cuidaba de mí, me despertaba, bañaba y llevaba al colegio; dormía desnudo conmigo”. Es hijo único. Cuando Meltzer supervisó este material dijo que este paciente “al nacer encontró una familia estructurada en torno a una madre poco disponible que lo dejó en una excitante relación homosexual con el padre”. Ausiàs llevaba una vida laboral frenética, siempre corriendo y pendiente de hacer cuadrar sus ingresos y sus gastos; pagar una sesión que había perdido era algo que lo irritaba y que despertaba ansiedades paranoides de ser abusado por el analista. El paciente estaba siempre pendiente de encontrar señales de excitación en otros hombres, por ejemplo en el gimnasio, o en sí mismo considerando de modo automático que sus excitaciones signifi caban que era homo u heterosexual. Para él el sentido de las cosas era obvio y no requería investigación alguna; desde su omnisciencia rechazaba mis interpretaciones porque él ya tenía una respuesta para cada cosa. Meltzer destacó la “simple visión del mundo que tenía, su manera infantil de pensar. Es un mundo de excitación o de falta de excitación que viene indicado por la presencia o ausencia de erecciones en el pene y en el pezón”. Las emociones eran reemplaçades por excitación. Con respecto a la frenética actividad de hacer cuadrar la economía dijo que “el problema es su dependencia del balanceo… tratando de que todo tiene que mantenerse en equilibrio” entre dos opciones, pero este equilibrio obsesivo está muy lejos del equilibrado punto de vista de la persona madura que considera muchos vértices. Al tiempo de iniciar el tratamiento estableció una relación con una mujer a la que idealizada, financiaba sus gastos domésticos, pero todo esto le empujaba a mayor esfuerzo laboral para “cuadrar la economía”. De este modo actuador, huía de la resolución de su pseudomadurez obsesiva, yendo hacia una repetición de una pseudofamilia. Pero en sus sueños aparecían lugares maravillosos junto a hombres homosexuales que miraban el culo a los hombres. Recordó un sueño en el que “un hombre joven estaba sobre un escenario y de pronto se abre la camisa y tenía un par de pechos”. En otro momento el paciente recordó que él dormía entre los padres, de forma tal que el padre se acoplaba a él por detrás y el paciente se acoplaba a la madre por detrás. Meltzer comentó que Ausiàs estaba “a punto de descobrir el objeto combinado pero no lo consigue porque está tan convencido de que el papá es un homosexual que quiere penetrar analmente al niño y que no le interesa el “el trasero de mamá”. El papá no se puede unir a la mamá para formar el objeto combinado” […] Él es el joven que se abre la camisa y revela que tiene un par de pechos. Él es bisexual, no hay objeto combinado, él es el que combina todo. Cuando intentas clarificar cosas para él… te topas con su negación de la realidad psíquica. No puede pensar porque pensar es estar acompañado por un objeto, cuanto más combinado mejor, pero él al ser el objeto combinado produce palabras a borbotones, pensando en término de cantidades no de significados; su sistema de valores es el del equilibrio contable”. Aquí Meltzer está retomando la opinión orgullosa del paciente de que tenía el don de las palabras y de la precisión con que se expresaba y polemizaba; por eso Meltzer decía que Ausiàs “no consigue hacer el cambio de pensar en cantidades a pensar en calidad. […] Ahí es donde tienes que impactarle: en su sistema de valores, su visión de la vida en blanco y negro, su orgullo en su actuación equilibrada y precisa… eso es sencillamente un asunto de poner a la venta su cuerpo y mantener la economía equilibrada […] Es importante ver el elemento de grandiosidad que hay detrás de este concepto de blanco y negro, y de precisión, la aritmètica cuantitativa. Hoy en día cuando esta grandiosidad está revestida en el lenguaje de los ordenadores y de las ciencias físicas, etc. es difícil reducirla; vivimos en una cultura de cantidades; equilibrar la economía”. Meltzer consideraba que el sistema de valores basado en equilibrar lo blanco y lo negro, y todo lo que se reduce a consideraciones cuantitativas es pura vulgaridad, con todo el cinismo que eso conlleva. Mirando el sentido de estos dos términos se ve que ambos son casi sinónimos. Vulgaridad signifi ca algo que carece de novedad e importancia, de verdad o fundamento, por eso el término “vulgo” remite al conjunto de las personas que en cada materia no conocen más que la parte superficial. No está muy lejos del signifi cado de “cínico” que, según la célebre opinión de Oscar Wilde, “es un hombre que conoce el precio de todo y no da valor a nada”. Por eso Meltzer decía que Ausiàs es “un carácter vulgar, que no piensa, que tiene un pico de oro y que cree que su lengua son los testículos del mundo”. Los antivínculos (Bion) son, según Meltzer, una precisa descripción del cinismo. Cuando predomina el puritanismo con su rechazo a las relaciones íntimas, la hipocresía con su esencial fingimiento, y el filisteísmo con el rechazo sistemático a las ideas nuevas, no queda otra alternativa que la vulgaridad, la superficialidad, la cantidad. Pero el término cínico tiene otras connotaciones; nombra no sólo a las personas vulgares sino también a los que no se fían de los otros, que viven despreciando y/o dudando de la naturaleza humana o de la bondad o sinceridad de los otros. En ese sentido Ausiàs desconfi aba de mi dedicación analítica y pensaba que mi interés era “comprarme un coche con el dinero que le arrancaba a él”, como repitiendo mecánicamente la fantasía de que él colocaba dentro de la madre el semen que el padre había depositado en su trasero. En este mundo basado no en el intercambio amoroso sino en el trueque de objetos parciales no hay sitio ni para las emociones ni la responsabilidad ni el sentido. De este modo, decía Meltzer “Toda esa realidad psíquica es totalmente negada por una persona como ésta, que lo externaliza en esta pseudotriangulación con la novia” y los hombres que sólo están interesados en sodomizar a los hombres… Ausiàs se sentía inestable en la pseudoposición de funcionar como un omnisciente objeto combinado (él tomaba mis pensamientos y se los traspasaba a su novia), porque de acuerdo a su estrategia inconsciente él debería ser poseído, dominado por el analista/padre. En la primera entrevista había declarado que su novio, con el que vivía, nunca había podido penetrarlo analmente porque él no lo toleraba aunque se había esforzado en complacerlo. Así, la vida de Ausiàs transcurría entre el escepticismo frente a las relaciones en general y el atrapamiento en un mundo estadístico que le impedían el acceso al mundo emocional en el que nacen los valores. Antes de terminar con este material clínico quiero hacer mención a la condición de Ausiàs de ser hijo único, pues creo que este elemento ha favorecido el funcionamiento de pseudo-objeto combinado. Para Ausiàs, durante el tratamiento pude observar que los otros pacientes/hermanos eran una realidad cuantitativa, lo cual se manifestaba en los cálculos económicos que él hacía de lo que podría ganar con x número de pacientes. Creo que como decía Klein “el hijo único sufre mucho más […] que otro por la ansiedad sentida frente a los posibles hermanos o hermanas que está siempre esperando y por los sentimientos de culpa debido a sus impulsos inconscientes de agresión hacia ellos en su existencia imaginaria dentro del cuerpo de la madre; porque no tiene oportunidad de desarrollar una relación positiva con ellos en la realidad. Este hecho dificulta a menudo la adaptación social de un hijo único” (1932, [esp. p. 171/2]). Los hermanos pueden ser aliados en la lucha contra los padres, o sabotejadores en la relación de los hijos con los padres, pero en última instancia la presencia de hermanos en la realidad disminuye la fantasía de haber funcionado como un obstáculo insalvable entre los padres, impidiendo la fertilidad de la pareja. El modo de funcionar de Ausiàs, basado en lo cuantitativo, lo factual, lo concreto y lo inmediato es una característica de la oposición al conocimiento; presente en todas las épocas de la historia, aunque parezca que esto fuera la actual in-cultura dominante. El acceso al mundo de los signifi cados y de los valores ha sido una preocupación de filósofos y pedagogos; prueba de ello es que una de las leyes de la dialéctica hace referencia al paso de la cantidad a la cualidad. Para Meltzer “la única manera que yo conozco –dijo– en que se pasa de la manera de pensar cuantitativa a la cualitativa es a través del impacto de la belleza”.

El respeto

Si el tema de los valores se expande en el psicoanàlisis con el modelo de relación posición esquizoparanoide– posición depresiva, formulado por Klein, es Bion quien al introducir “O” como meta inalcanzable, ensanchó los márgenes para una teoría de los valores basados en la búsqueda. El “O” de Bion no está lejos del Omega de los evolucionistas cristianos (como Teilhard de Chardin) porque ambos devienen una meta a transitar en un continuo descubrimiento; ya no existen los caminos prescriptos de los “mandamientos” ni de los “preceptos”; el camino se hace siguiendo la atracción de ese misterio que es “O”. La persona adulta reconocerá que el único camino es el que surge de la inspiración del misterio interior, ese “O” que puede manifestarse a través los objetos internos en continua remodelación, desarrollo o deterioro; por el contrario, las partes infantiles querrán encontrar el atajo para llegar a la meta sin perder las posesiones logradas y siguiendo los caminos ya transitados en una clara actitud conservadora. El concepto de “Confl icto estético” (Meltzer) es potente para dar cuenta de que para el encuentro con el objeto (brillante/opaco, bello/feo, vivo/muerto), siempre complejo, siempre misterioso, refl ejo de “O”, sólo se cuenta con las categorías trascendentales (Kant) basadas y derivas de los objetos internos. Antes se acentuaba que la angustia surgía ante el objeto ausente, que se intentaba coagular con la nominación. Ahora se destaca que la ansiedad surge ante el objeto presente; siempre parecido en su aspecto exterior pero siempre desconocido en sus estados emocionales. Cada encuentro se torna en una pregunta por la realidad del objeto, por su estado, sus motivaciones, sus intenciones. Ya no hay certeza y el camino hay que recorrerlo cada día; la memoria va tejiendo una red que orienta en la lectura de los signos de los objetos. Ante tanto desafío surgen las estrategias defensivas, como el intento de descomponer la complejidad y simplificar al objeto aunque haya que desmantelar el aparato de la conciencia y se obtenga el pobre resultado de los slogan, los clisés, la superfi cialidad que duran lo mismo que un suspiro. Ausiàs intentaba cuantificar, controlar, poseer, comprar, contabilizar para eludir el desafío de entender a su compleja familia y a su pròpia organización mental. La relación con su pareja heterosexual estaba más al servicio de huir de una historia de abandono que del deseo de descubrir el misterio de su novia, en tanto otro. Lejos está Ausiàs de enamoramiento apasionado que busca descubrir. Trachtenberg (2005) dice que “la pasión, relacionada al interior oculto del objeto estético, invita a hacer el amor, a la exploración de lo posible”. Pero hacer el amor es lo opuesto a poseer al objeto amoroso, del mismo modo que descubrir es antitético a posesión. Tener “el precio de todas las cosas pero no saber el valor…” Tener y ser/ siendo, esta es una alternativa ética. Con la posesión de conocimientos se puede tener la placidez de la latència burguesa, mientras que asumir la tarea de sostenir la interrogación por el objeto descoloca de la posición segura e invita al descubrimiento. Un objeto simplifi cado y poseído es un objeto no respetado; por el contrario, una actitud ética basada en el respecto implica asumir la limitación (castración) de que solo se tienen aproximaciones a la realidad. Concuerdo con Trachtenberg (2005) cuando dice que “el conflicto estético, en su dimensión de misterio, conlleva una noción de respeto con una connotación ético-estética que lo aleja de sus habituales impregnaciones por la moral. Bion (1974/1975) dice que el misterio se define por la capacidad de sentir respeto por lo desconocido, la capacidad de no atemorizarnos tanto ante lo que no conocemos. Destaca la importancia del psicoanalista de respetar a la mente aunque nada sepa de ella: es parte de lo que llamo conservar la capacidad de asombro. Debemos ser capaces de tolerar el misterio y nuestra propia ignorancia’”.

Así como Nemas (2005) destaca que “la responsabilidad es la categoría central de la ética” considero que el respeto es su derivado y del que se derivan los valores, porque mirar respetuosamente al objeto significa mirarlo con consideración en su complejidad y misterio sin la infantil simplifi cación ni la obsesiva posesión ni la perversa mutilación ni el desmentalizador desmantelamiento. Así como el asombro de los presocráticos fue el origen de la fi losofía, la tolerancia al conflicto estético, que abre a la experiencia respectuosa ante el misterio del objeto, es el origen de los valores.

Conclusión

El sistema de valores que emana del vivir en identificación intrusiva, gira en torno a la supervivència (Claustrum); en él se alterna entre la idealización (los padres maravillosos y la familia sagrada, de “colores”) o la extrema denigración (los padres mezquinos entretenidos en sus aristocráticas posesiones: sexo, dinero, propiedades, y los hermanos sentidos como peligrosos competidores de la misma “sociedad mafi osa”). En esta manera esquizoparanoide de relacionarse predomina la preocupación por sí mismo, la culpa persecutoria, el terror o la manía como en Ausiàs. En cambio, en el sistema de valores ligado a la posición depressiva predomina el reconocimiento de las cualidades y limitacions del objeto (tanto del amigo como del enemigo), el respeto, el anhelo de compartir (que implica esperanza), la tolerancia de la privacidad y de la autonomia de los objetos, y la aceptación de su muerte.

Notas

  1. “Si la intolerancia a la frustración no es tan grande como para poner en actividad los mecanismos de evasión, pero es lo sufi cientemente intensa como para predominar sobre el principio de realidad, la personalidad desarrolla omnipotencia como sustituto de la conjunción de la preconcepción, o de la concepción, con la realización negativa de un hecho. Esto implica que se asume la omnisciencia como sustituto del aprendizaje a través de la experiencia con la ayuda de pensamientos y del pensar. No existe por lo tanto una actividad psíquica que discrimine entre lo verdadero y lo falso. La omnisciencia substituye la discriminación entre lo verdadero y lo falso, por la afi rmación dictatorial de que una cosa es moralmente correcta y otra equivocada. La suposición de omnisciencia que niega la realidad asegura que la moral así engendrada sea una función de la psicosis. La discriminación entre lo verdadero y lo falso es una función de la parte no psicótica de la personalidad y de sus factores. Existe así en potencia un conflicto entre la afi rmación de la verdad y la afirmación de un ascendiente moral” (Bion, W., 1967, Una teoría del pensamiento (1962), p. 156-7).
  2. Ver la nota de Freud en el Cap. VII de El malestar en la cultura, donde cita a Frank Alexander en referencia a los métodos pedagógicos patógenos.

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