Una alusión sobre la violencia en los orígenes del psicoanálisis

Juan Eduardo Groch Falcoff

 

RESUMEN

El texto señala, con una visión retrospectiva de la vida y la obra de Freud, que las contradictorias circunstancias de su vida junto a determinadas relaciones intelectuales, sobre todo con sus contemporáneos, marcaron definitivamente el carácter y la voluntad de saber del creador del Psicoanálisis. Estos aspectos, como la humillación sufrida en su infancia respecto a su origen o el hecho de haber vivido la primera y luego los comienzos de la segunda guerra mundial, lo hicieron reflexionar sobre la violencia y la guerra. Otra de las cuestiones es que, habiendo recibido una formación científico-médica en toda regla se interesara por la psicología, la arqueología, la mitología y el arte. Pensamos, que dicha actitud tiene una doble importancia, como un valor añadido, que ha repercutido en el movimiento psicoanalítico. El trabajo recoge una elaboración teórica sobre: pasión amor, odio; agresividad y violencia. PALABRAS CLAVES: identidad, violencia, cultura, política, voluntad de saber.

ABSTRACT

AN ALLUSION TO VIOLENCE IN THE ORIGINS OF PSYCHOANALYSIS. This paper takes a retrospective view of the life and work of Freud, and points out how the contradictory circumstances of his life, along with certain intellectual relations, especially with his contemporaries, marked the character and will to know of the creator of Psychoanalysis. These aspects of his life, along with the humiliation suffered during his childhood concerning his origin or the fact that he lived through World War I and the beginning of World War II, made him reflect on violence and war. Another issue is how having received a profund scientific and medical training he became interested in psychology, archaeology, mythology and art. This attitude was relevant and had repercussions within the psychoanalytical movement and in those who have continued his work. The paper includes theoretical working concerning passion, love, hate, aggression and violence. KEY WORDS: identity, violence, culture, politics, will to know.

RESUM

UNA AL·LUSIÓ SOBRE LA VIOLÈNCIA EN ELS ORÍGENS DE LA PSICOANÀLISI. El text assenyala, amb una visió retrospectiva de la vida i l’obra de Freud, que les contradictòries circumstàncies de la seva vida juntament amb determinades relacions intel·lectuals, sobretot amb els seus contemporanis, van marcar definitivament el caràcter i la voluntat de saber del creador de la psicoanàlisis. Aquests aspectes, com la humiliació que va patir durant la seva infància pel que fa a l’origen o el fet d’haver viscut la Primera i després els començaments de la Segona Guerra Mundial, el van fer reflexionar sobre la violència i la guerra. Altra qüestió és que, havent rebut una formació científica-médica s’interessés per la psicologia, l’arqueologia, la mitologia i l’art. Pensem que aquesta actitud té una doble importància, com un valor afegit, que ha repercutit en el moviment psicoanalític. El treball recull una elaboració teòrica sobre: passió amor, odio, agressivitat i violència. PARAULES CLAU: identitat, violència, cultura, política, voluntat de saber.

Jamás podremos ver los componentes aislados porque el conocimiento está relacionado y pendiente de modificación. Existe una estrecha relación entre el que crea y la obra que produce. Por ello es necesaria una comprensión de Freud, el hombre, antes de que podamos comprender el psicoanálisis como movimiento. Freud siempre se preocupó y se mantuvo pendiente por aspectos de la cultura y la política, pero si hay una temática claramente «política» sobre la que Freud no cesó nunca de reflexionar críticamente, tomando una clara y militante postura pacifista, ha sido el fenómeno de la guerra. Muchas son las reflexiones que dedica al tema, siendo muy conocidos sus textos de 1915 «De guerra y muerte. Temas de actualidad», y de 1932, en el famoso intercambio epistolar iniciado por Albert Einstein que llevó por título: «¿Por qué la guerra?». También pueden encontrarse innumerables comentarios sobre este problema, a lo largo de su vida, en diferentes ensayos, en los múltiples y diversos epistolarios publicados, así como en el lacónico diario que llevó en la última década de su vida. Ello no resulta extraño si pensamos que vivió en forma intensa y con gran decepción y amargura tanto la devastadora Primera Guerra Mundial como los graves prolegómenos de la Segunda, cuyas trágicas consecuencias no alcanzó a conocer. Acotemos que su diario contiene como última anotación de su pluma, el 25 de agosto de 1939, a menos de un mes de su muerte, tan sólo una palabra, dramática y terrible en sus connotaciones: Kriegspanik (pánico de guerra). Esta postura pacifista personal de Freud (tan diferente a su actitud científica, nada «pacificadora» o «conciliadora» por cierto), presente en la tradición antibélica de la religión judía y en los curiosos efectos de la múltiple identidad de Freud le permitió, como eterno «ser de frontera», convertirse en un lúcido crítico de su cultura, o más bien de la cultura occidental, llegando con los años a intersarse y preocuparse más por las manifestacions del inconsciente e interpretarlos en todos los campos de la cultura que por la dimensión de la cura en sí misma. Y eso fue una constante en su obra y en su pensamiento que le abrió precisamente el estudio en profundidad de una enorme veta que se conoce habitualment como la línea antropológico-social del pensamiento de Freud, por la que él en especial, y también sus primeros discípulos, se confrontaron críticamente a la sociedad, a la cultura, para hacer una lectura psicoanalítica de ella, a partir del estudio de los efectos del inconsciente. El interés que guía esta pasión por investigar las aportacions de Freud pretende discernir sobre los resortes de la crueldad como plus de la violencia social del mundo contemporáneo según su pensamiento complejo. La preocupación por la relación individuo/Sociedad (exigencias impuestas por la cultura a la vida pulsional, sometimientos a las normas para la vida en sociedad, etc.), existió siempre en el joven Freud pudiendo encontrársela en sus intercambios epistolares. De su conflictiva identidad como judío sólo podemos rescatar el aspecto general que recibió de esta tradición, ya que era decididamente ateo y no dejaba de analizar toda religión como el lugar de las ilusiones. Pero ese interés de Freud fue esencial para el nacimiento del psicoanálisis. La pregunta obvia sería: ¿qué permitió a Freud assumir esa actitud crítica ante su propia sociedad? Hay un hecho esencial, Freud se sintió siempre un ser marginal, fronterizo, portador de varias identidades constitutivas: la infantil en Moravia, de la que fue arrancado; en segundo lugar la austríaca, y por último la judía, que atravesó ambas. Por ello, como «eterno extranjero» nunca terminó de integrarse plenamente en ninguna. Se conjugaron también, es obvio, aspectos muy específicos vinculados a su estructura de personalidad. Es aquí donde sería interesante hacer una revisión retrospectiva de su biografía (Gay, 1989). Para Freud, la agresividad es un estado arcaico, anterior al estadio de la violencia. La agresividad no busca razones, ni las necesita, se siente. No ocurre lo mismo con la violencia que necesita un escenario, un drama. Respecto al tema de la violencia, muchos autores posfreudianos lo basan en el sadismo secundario como simple expresión de la «pulsión de muerte». Otros consideran que el estudio de la violencia y la destructividad en el hombre es algo más complejo y que no se agota con la expresión pulsional. Fuera de la teoría de la pulsión, Freud había planteado desde el comienzo de sus teorizaciones, que el sujeto responde con una respuesta agresiva cuando se enfrenta a la frustración temprana. Así aparece la respuesta agresiva ante las insuficiencias de los cuidados maternos tempranos y ante la frustración de sus deseos edípicos, «deseos parricidas». Decía en 1930, en el Malestar en la cultura, que el sujeto debe domesticar estas pulsiones (de vida y de muerte) y renunciar a ellas. De esta manera si el sujeto renuncia al incesto y al parricidio, aparece la exogamia, la capacidad de socialización y el fenómeno de la civilización. Sin embargo, estos elementos arcaicos destructives reprimidos, pueden encontrar libre expresión, con autorización de la cultura, cuando el «odio» va dirigido a los «enemigos» de la tribu o de la nación. Las guerras ofrecen así un canal de expresión libre a los deseos reprimidos de odio y destrucción (Lander, 2007). Se podría sintetitzar como:

  • La destructividad humana. Fundamentada en la envidia temprana: «odio al ser»
  • El odio en el humano. Fundamentado en el fenómeno de la pasión imaginaria (narcisista): «odio primordial»
  • La agresividad humana. Fundamentada en un código de ideales o de ética: «defensa propia». La destructividad humana refiere a una conducta destinada a causar daño y destrucción al propio sujeto y/o al otro (sadismo secundario). Si consideramos que la destructividad humana no es una expresión directa ni automática de la pulsión de muerte «invariante a-histórica», tendríamos entonces que explicarla de otra manera. Como hipótesis, hemos de relacionar la magnitud de la destructividad del hombre, con la magnitud de la patologia de la envidia temprana en el niño. De esta manera, el monto de capacidad destructiva de cada persona, está determinada por su propia historia personal: «variante histórica». Dicha frustración, acompañada de fantasías de ataque y destrucción al objeto, desde el punto de vista kleiniano, es uno de los puntos de origen de la violencia. Al sujeto no le será necesario recurrir a «la violencia» en la medida en que el balance entre las experiencias de satisfacción y frustración, que involucran a sus vivencias tempranas, le permite tolerar la frustración. Ahora bien, esta propuesta se va a complicar con la aparición de la voracidad. La voracidad es un mecanismo psíquico relacionado con la dificultad en la capacidad de satisfacción. En ella el niño pide más y más en una progresiva exigència al no lograr sentirse satisfecho. Esto ocurre así bien porque su verdadero deseo está en otro lugar o porque existe un desencuentro entre su demanda y el proveedor. Este incremento de la insatisfacción aumenta en forma geométrica la experiencia de la envidia al objeto, con el consecuente ataque destructivo. El predominio de las experiencias de «insatisfacción y frustración» en el niño van a dar origen a la aparición de una psicopatología de la envidia. El predominio y la excesiva experiencia de frustración de la demanda, provocaran una intolerancia progresiva a la frustración. Esto equivale a lo que podríamos llamar: un ataque de rabieta del niño (muy común alrededor de los dos años). Posteriormente a lo largo de la vida, ya como adolescentes o como adultos, ante la experiencia de frustración, este tipo de sujetos pueden caer en un ataque intenso y desproporcionado, algunas veces difícil de controlar, que empujan al acto y que puede tener series consecuencias en el registro de la violencia. El vínculo irracional de naturaleza involuntaria, en la cual se establece la pasión de odio, puede tomar dimensiones alarmantes. La intensidad del vínculo de odio puede llegar a ser de tal magnitud que deslice hacia la progresiva construcción delirante. Aun cuando el sujeto es capaz de reconocer lo absurdo o lo irracional del odio al otro, no puede evitarlo. Este odio que se va a expresar en ira o en rabia, va a constituir lo que se podría llamar «la razón de la venganza». La venganza que corresponde a la forma organizada de atacar al objeto puede dar origen, en este registro de pasión de odio, a la violencia y al sadismo humano. La pasión puede ser de tal magnitud que el sujeto no consiga escapar a sus efectos y producir un acto de violencia. No es accesible a la interpretación por dos razones: primero, porque es una formación inconsciente pre-verbal y segundo, porque tiene características de certeza delirante. Sólo el tiempo, al igual que en el vínculo pasional de amor, permitirá su disolución progresiva al ser sustituido por un nuevo objeto. Es oportuno aclarar que no todo sadismo humano tiene su origen en la pasión del odio. Otras variables del sadismo humano se originan por la vía de la destructividad. Es común observar que la conducta violenta de las pandillas de jóvenes, y de otros tipos de grupos sectarios, producen destrucción creada por el grupo. Si la destructividad que proviene de la frustración y de la consecuente envidia al objeto no encuentra suficiente intensidad como para pasar a una acción de violència destructiva y homicida en términos individuales, puede actuarse a través de la identificación con el grupo y sus ideales. Está claro, el sujeto individual aporta su pròpia carga destructiva y su necesidad de internalizar los ideales ofrecidos por el líder y por la pertenencia al grupo. Hay una identificación por sugestión con las consignes del líder del grupo, que permite pasar al acto destructivo y homicida. Igual mecanismo puede ocurrir en los grupos bien organizados que, por manipulación política o ideológica, ofrecen un enemigo común como objetivo para la expresión de la destructividad y la violencia individual. En ese caso, la identificación por sugestión de los ideales políticos explica el paso a la violencia con la destrucción de la propiedad y a veces ataque a las personas, con posibilidad de realizar el homicidio. El mecanismo opuesto también es posible. Quiero decir una tolerància social producida por un discurso antiviolencia, que por identificación con las consignas del grupo, sostiene los ideales en contra de la violencia. En ese caso la presión del grupo sostiene la capacidad de tolerar la humillación y el ataque personal, sin producir una reacción de defensa violenta. Cada persona va a construir en un periodo muy temprano de su vida las características exclusivas de su objeto perdido de amor y odio. El verdadero prototipo del vínculo de odio se encuentra en la lucha del sujeto por su existencia y afirmación. Este objeto de amor u odio es un objeto encontrado momentáneamente, cuando en ficción el sujeto lo percibe en otro, portador del objeto perdido. Este vínculo de pasión puede ser de odio o de amor, según sea el caso de frustración o satisfacción pulsional con el objeto originario. Este vínculo pasional de odio es irracional, involuntario, automático, y se construye con el mecanismo de la apropiación subjetiva (identificación proyectiva) al encontrar en el otro, el objeto perdido, que en ficción va a completar al sujeto. Otro que puede ser un déspota que se refugia en la brutalidad egoísta y morbosa. Conducido más por sus pasiones que por sus ideas, como un dictador que sólo ama a quienes puede despreciar. El dictador (o aspirante a serlo) ambiciona corromper, humillar, envilecer y esclavizar. Así pues, el origen del odio como pasión es similar al origen del amor. La pasión de odio es el reverso de la pasión de amor. Lo opuesto al amor no es el odio, sino el desamor, que se desliza en el devenir de la indiferencia. Tanto el odio como el amor son presentados como una pasión, en uno el afecto sería la ira o la rabia y en el otro, el afecto sería un sentimiento de entrega total, con empuje a la fusión corporal en el encuentro sexual y en la convivencia cotidiana que lleva a la desaparición de la otredad. El sujeto no puede escaparse voluntariamente a la pasión de odio. Como tampoco puede escaparse a la pasión de amor. Es algo que lo habita y lo más que puede hacer es negarlo o suprimirlo momentáneamente. Antes de poder discriminar entre el self y el objeto, es inevitable que la expresión del malestar del niño –»displacer»–, mostrado en su llanto y agitación motora, puede ser visto como una experiencia de dolor psíquico. Luego su alivio, producido por el encuentro de la satisfacción de la pulsión, va a contribuir a la transformación del «grito» en «llamado» (expresión de la «pulsión de muerte» o una forma primitiva y muy efectiva de comunicación). Así pues, la aparición del otro y el despliegue de los mecanismos de introyección y proyección, van a permitir la progresiva diferenciación entre el self y el objeto, en un proceso continuo de desarrollo mental. La agresividad refiere a una conducta o una actitud del sujeto, que tiene como propósito defender su integridad personal (su vida, su propiedad, su patrimonio y sus valores e ideales). La agresividad humana al igual que la destructividad posee una energía que le permite realizar la tarea y es energía que se origina en la pulsión –pulsión unificada (dual), «fusión pulsional» que no tiene calificativo, ni de vida ni de muerte–. En algunos casos, la agresividad surge en defensa del código del ideal, por ejemplo ante un ataque que intente destruir las identificaciones que sostienen estos ideales. Una convocatoria ética que autoriza a la defensa personal. En otros casos, otro código pide al sujeto inhibirse de cualquier reacción de agresividad o violència y de tener lo que se llama «una protesta pasiva» (exigència de poner la otra mejilla). Código de no-violencia. En los casos en que el código permita y estimule la respuesta de defensa agresiva, podemos encontrar toda una serie de acciones de violencia que van desde la agresividad verbal y escrita, hasta los actos contra la propiedad y las personas.

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