Por qué, cuándo y cómo preguntar sobre el abuso infantil

John Read, Paul Hammersley y Thom Rudegeair

RESUMEN

Cuando partimos de que el modelo médico enfatiza el papel de la genética en la causa de la locura y el sufrimiento, podemos subestimar gravemente el impacto de los sucesos traumáticos en el desarrollo de la mente. Este sesgo persiste a pesar de la sabiduría popular universal de que la enfermedad mental aparece cuando ocurren cosas malas a la gente. El maltrato infantil físico y sexual y la negligencia son experiencias extremadamente comunes en aquellos que desarrollan problemas graves de sa­lud mental. Por desgracia, las víctimas suelen ser reacias a revelar sus historias de abuso y los profesionales suelen ser reacios a buscarlas. Exploramos la naturaleza y el alcance del problema y las razones aparentes para el descuido generalizado de esta im­portante área de la atención. Luego, sobre la base de nuestra experiencia en Nueva Zelanda, proporcionamos directrices para preguntar a los pacientes sobre el abuso infantil y describir una iniciativa en curso en el Reino Unido para seguir avanzando en nuestra comprensión del impacto del maltrato y nuestras habilidades para detectar y tratar a los supervivientes. PALABRAS CLAVE: abuso, trauma, negligencia, preguntar, responder.

ABSTRACT

Why, when and howto ask about childhood abuse. Subscribers to the medical model of the causation of madness and distress emphasize the role of genes and can severely underestimate the impact of traumatic events on the development of the human mind. This bias persists despite the worldwide popular wisdom that mental illness arises when bad things happen to people. Childhood physical and sexual abuse and neglect are extremely common experiences among those who develop serious mental health problems. Unfortunately, victims are typically reluctant to disclose their histories of abuse and practitioners are often reluctant to seek it. We explore the nature and extent of the problem and the apparent reasons for the pervasive neglect of this important area of care. Then, on the basis of our experience in New Zealand, we provide guidelines on asking patients about childhood abuse and describe an ongoing initiative in the United Kingdom to further advance our understanding of the impact of abuse and our skills to detect it and treat survivors. KEY WORDS: abuse, trauma, negligence, ask, respond.

RESUM

Per què, quan i com preguntar sobre l’abús infantil. Quan partim de que el model mèdic emfatitza el paper de la genètica en la causa de la bogeria i el patiment, podem subestimar greument l’impacte dels successos traumàtics en el desenvolupament de la ment. Aquest biaix persisteix, malgrat la saviesa popular que la malaltia mental apareix quan passen coses dolentes a la gent. L’abús infantil físic i sexual i la negligència són experiències extremadament comunes en aquells que desenvolupen problemes greus de salut mental. Malauradament, les víctimes acostumen a estar poc disposades a revelar les seves històries d’abús i els professionals acostumen a estar poc disposats a buscar-les. Explorem la naturalesa i l’abast del problema i les raons aparents del descuit genera­litzat d’aquesta important àrea d’atenció. Després, sobre la base de la nostra experiència a Nova Zelanda, proporcionem directrius per preguntar als pacients sobre l’abús infantil i descriure una iniciativa en curs al Regne Unit per seguir avançant en la nostra com­prensió de l’impacte del maltractament i en les nostres habilitats per detectar i tractar els supervivents. PARAULES CLAU: abús, trauma, negligència, preguntar, respondre.

Los expertos en salud mental no tienen una historia sobre la que sentirse orgullosos cuando se trata de en­tender con qué frecuencia les ocurren cosas muy malas a los niños. Hace tan sólo tres décadas que un promi­nente manual de psiquiatría informó de que la preva­lencia de incesto era de uno sobre un millón (Hender­son, 1975).

El reduccionista paradigma “biogenético” que has­ta ahora ha dominado los servicios de salud mental e investigación (Bentall, 2003; Read, Mosher y Bentall, 2004a) no alentaba un foco en las causas psicosocia­les de los problemas en salud mental. Cuestiones como la pobreza, el aislamiento, la discriminación, las fami­lias disfuncionales y la violencia fueron relegadas, en el modelo bio-psicosocial o de estrés-vulnerabilidad, a ser meros desencadenantes o agravantes de una vulne­rabilidad que se presuponía de origen genético (Read, 2005). Sin embargo, la investigación (1) resumida aquí sobre la prevalencia y los efectos del maltrato infantil es un ejemplo del resurgimiento del interés en los fac­tores psico y socio. Tal vez estamos empezando a recor­dar que los que crearon el modelo estrés-vulnerabilidad declararon que no existe algo como la “vulnerabilidad adquirida” y que esto puede ser “debido a la influencia del trauma, enfermedades específicas, complicaciones perinatales, experiencias familiares, interacciones entre compañeros adolescentes y otros acontecimientos vita­les que tanto pueden potenciar como inhibir el desarro­llo de un trastorno posterior” (Zubin y Spring, 1977, p. 109).

Parece que hay una creciente conciencia de hasta qué punto el péndulo había oscilado lejos de una inte­gración genuina entre lo biológico y lo psicosocial. La comprensión de que las diferencias cerebrales, general­mente citadas como evidencia de los fenómenos bioló­gicos, pueden ser causadas por eventos adversos, espe­cialmente durante la infancia (Read, Perry, Moskowitz et al., 2001a), ha ayudado a este proceso. También hay una mayor comprensión del papel de la industria far­macéutica en la promulgación de las explicaciones fi­siológicas simplistas y soluciones químicas altamente rentables. El año pasado el presidente de la Asociación Americana de Psiquiatría aconsejó que “como aborda­mos estos temas del Big Pharma, debemos examinar el hecho de que como profesión, hemos permitido que el modelo bio-psico-social se convierta en el modelo bio-bio-bio” (Sharfstein, 2005).

Sin embargo, no es suficiente que los investigadores estén poniendo más atención a las causas psicosociales que a la angustia humana. Los clínicos necesitan refle­jar en su práctica que esta oscilación tan atrasada del péndulo se dirija a una posición más central basada en la evidencia. Describimos aquí lo que hemos apren­dido sobre una manera de hacer esto: preguntar a los pacientes sobre abuso infantil y responder bien cuando la respuesta es “sí”.

La prevalencia y los efectos del maltrato infantil

Una revisión de 46 estudios (n = 2604) en mujeres tanto ingresadas como pacientes ambulatorias, muchas de las cuales tenían psicosis, revelaron que el 48 por ciento declararon haber sido sometidas a abuso sexual y que el 48 por ciento a maltrato físico durante la in­fancia. La mayoría (69 %) habían sufrido uno u otro (o ambos). Las cifras correspondientes a hombres (31 es­tudios, n = 1536) fueron: abuso sexual en la infancia, 28 por ciento; maltrato físico en la infancia, 50 por ciento; ya sea uno u otro (o ambos), 59 por ciento (Read, Van Os, Morrison et al., 2005).

Se ha demostrado cómo el abuso infantil tiene un papel causal en muchos problemas de salud men­tal, incluyendo la depresión, trastornos de ansiedad, trastornos de estrés post-traumático, trastornos de la alimentación, abuso de sustancias, disfunción sexual, trastornos de la personalidad y trastornos disociati­vos (Mullen, Martin, Anderson et al., 1993; Boney-McCoy y Finkelhor, 1996; Kendler, Bulik, Silberg et al., 2000).

Pacientes psiquiátricos sometidos a abuso sexual o físico durante la infancia acuden a la consulta más pronto y tienen ingresos más largos y más frecuentes, están más tiempo en aislamiento, reciben más medica­ción y tienen una sintomatología más grave (Mullen et al., 1993; Lipschitz, Kaplan, Sorkenn et al., 1996; Read, Agar, Barker-Collo et al., 2001b). También son más propensos a suicidarse que otros pacientes psiquiátri­cos que no han sufrido ningún abuso (Lipschitz et al., 1996; Read, 1998). Un estudio de 200 pacientes am­bulatorios adultos encontró que la suicidabilidad esta­ba mejor predicha por el maltrato infantil que por un diagnóstico actual de depresión (Read et al., 2001b). Un estudio de población general encontró que las mujeres que habían sido víctimas de abusos sexuales cuando eran niñas tenían entre 8 y 25 veces más probabilida­des (dependiendo de la gravedad del abuso) de haber intentado suicidarse respecto las que no lo habían sido (Mullen et al., 1993).

Ahora hay una clara evidencia de que el abuso físi­co y sexual durante la infancia está relacionado con los síntomas de la psicosis y la esquizofrenia, parti­cularmente con alucionaciones y delirios paranoides (Ross, Anderson y Clark, 1994; Read y Argyle, 1999; Read et al., 2001a, 2003, 2004b, 2006a; Hammersley et al., 2003; Bebbington et al., 2004; Read y Hammers­ley, 2006). Estudios recientes de población general a gran escala de control de posibles variables mediado­ras indican que la relación es casual, con un efecto de la dosis. Por ejemplo, un estudio prospectivo de unas cuatro mil personas en los Países Bajos encontró que aquellos que habían sufrido maltrato “moderado” durante la infancia eran once veces más propensos a tener “patología nivel psicosis” que los que no habían sido abusados de niños, mientras que los que habían sufrido maltrato “grave” tenían 48 veces más proba­bilidades (Janssen et al., 2004).

No todo el mundo está convencido de que haya su­ficiente evidencia para concluir que el abuso infantil sea un factor de riesgo para la psicosis y la esquizo­frenia (Spataro et al., 2004; Morgan, Fisher y Fearon, 2006; Read et al., 2006b). Nosotros lo estamos por la investigación y por lo que oímos en nuestro trabajo clínico cuando preguntamos a los pacientes con estos diagnósticos sobre sus vidas. Este hecho, sin embargo, es totalmente irrelevante para los propósitos de este artículo. Los psiquiatras no tienen que estar convenci­dos de una relación casual con todas y cada una de las categorías diagnósticas para entender la importancia de preguntar a los pacientes a los que tratan de ayudar qué es lo que pasó en sus vidas.

Creencias públicas y expectativas

Una revisión reciente (Read et al., 2006c) encontró que el público en 16 países cree que factores psicoso­ciales como maltrato infantil, pérdida, pobreza y fa­milias problemáticas juegan un papel más importante en la causa de los problemas de salud mental que la genética, la disfunción cerebral o el desequilibrio quí­mico. Esto también resulta cierto para los pacientes y sus familiares (Read y Haslam, 2004).

Un estudio sobre los londinenses (Furnham y Bower, 1992) encontró que los modelos causales más avalados sobre la esquizofrenia eran “experiencias traumáticas o inusuales o el fracaso en negociar algu­na etapa crítica del desarrollo” y “presiones sociales, económicas y familiares”. Además, los participantes “estaban de acuerdo en que el comportamiento es­quizofrénico tenía algún significado y que no era al azar ni simplemente un síntoma de una enfermedad”. En un estudio de Londres más reciente, sólo el cinco por ciento de las personas diagnosticadas de esquizo­frenia creían que la causa de sus problemas fuera la enfermedad mental y sólo el trece por ciento citaron otras causas biológicas, mientras que el 43 por ciento hacían referencia a causas sociales como problemas interpersonales, estrés y acontecimientos en la infan­cia (McCabe y Priebe, 2004).

Esta creencia pública en causas psicosociales ha de­mostrado su resistencia a los esfuerzos, apoyados con entusiasmo por la industria farmacéutica, para persua­dir al público a adoptar una comprensión más bioló­gica de la angustia humana. Debemos tener en cuenta, de paso, que el enfoque de la educación pública de que la “enfermedad mental es una enfermedad como cualquier otra”, destinado a reducir el estigma, en rea­lidad aumenta el miedo, el prejuicio y el deseo de dis­tanciarse (Walker y Read, 2002; Read y Haslam, 2004; Dietrich, Matschinger y Angermeyer, 2006; Read et al., 2006c).

No obstante, el punto importante aquí es que debido a que el público, por ejemplo clientes/pacientes, cree que sus problemas están causados predominantemen­te por cosas malas que les ha pasado, probablemente espera ser preguntado sobre éstas por los profesiona­les de salud mental. Un raro estudio de lo que usuarios de los servicios de salud mental pensaban sobre ser preguntados acerca del abuso en la infancia encontró que, aunque la mayoría (64 %) había tenido alguna experiencia de maltrato de cualquier tipo, el 78 por ciento no había sido preguntado sobre ello en la valo­ración inicial. Aquellos que informaron de sus abusos a los investigadores estaban significativamente menos satisfechos con sus respectivos tratamientos y menos propensos a pensar que sus diagnósticos eran descrip­ciones exactas de sus problemas que los participantes no maltratados (Lothian y Read, 2002). Por otra parte, el 69 por ciento de los participantes maltratados creía que había una conexión entre haber sido abusados y sus problemas de salud mental, pero que sólo el 17 % del personal así lo consideraba. Sus comentarios incluían: “somos muchos doctores, administrativas, enfermeras, trabajadoras sociales y enfermeras psi­quiátricas del distrito preguntándote sobre lo mismo, mental, mental, mental, pero no preguntándote sobre ti”, “creo que se suponía que tuve una enfermedad mental y, ya sabes, porque no dije ni un palabra sobre el maltrato, he sufrido como nadie lo sabe”, o “me encantaría que me hubieran dicho ¿qué te ha pasado? ¿Qué pasó? Pero no lo hicieron”.

¿Esperando a ser contado?

Los supervivientes de abuso sexual en la infancia sue­len ser muy reacios a hablar espontáneamente a alguien sobre ello. Un estudio estadounidense encontró que el promedio de tiempo antes de la revelación por indivi­duos que habían sufrido abuso sexual en la infancia fue de 9,5 años (Frenken y Van Stolk, 1990). Un estudio neozelandés de 252 mujeres que habían sido abusadas sexualmente durante la infancia encontró que el 52 por ciento esperó hasta diez años a contarlo a alguien, y el 28 por ciento no lo había explicado a nadie (Anderson et al., 1993). En otro estudio neozelandés, de 191 mu­jeres que habían recibido counselling por abuso sexual infantil, el promedio de tiempo que les llevó contárselo a alguien fue de 16 años (Read et al., 2006d).

Las personas no son más propensas a hablar con los profesionales de salud mental que con nadie más. De hecho, hay cierta evidencia de que los pacientes psiquiá­tricos comunican menos el maltrato infantil (Dill et al., 1991). Por ejemplo, cuando los investigadores hicieron una encuesta con mujeres que habían estado ingresadas una vez habían vuelto a la comunidad, el 85 por cien­to de las encuestadas habían revelado el abuso sexual infantil, muy por encima de la media del 48 por ciento (Read et al., 2005) que había informado anteriormen­te (cuando se les preguntó durante la hospitalización). Muchas personas con un amplio contacto con los ser­vicios de salud mental no revelan su victimización a los clínicos (Finkelhor, 1990; Elliott, 1997).

Un estudio neozelandés (Read y Fraser, 1998) com­paró las tasas de divulgación cuando se les preguntó a pacientes psiquiátricos hospitalizados sobre traumas pasados y cuando no se les preguntó durante la admi­sión (es decir, se les hizo durante la estancia en el hospi­tal o lo comunicaron de manera espontánea). Los resul­tados, que se muestran en la Tabla 1, fueron similares a los obtenidos en una réplica del estudio con pacientes ambulatorios psiquiátricos (Agar, Read y Bush, 2002).

Práctica clínica actual

Preguntando

La investigación resumida hasta ahora podría sugerir que la violencia interpersonal debe ser un objetivo prin­cipal cuando los profesionales de salud mental evalúan clientes, formulan las causas de sus dificultades y hacen planes de tratamiento. Sin embargo, no parece que sea así (Mitchell, Grindel y Laurenzano, 1996). Estudios de pacientes hospitalizados en EE.UU. y el Reino Unido han descubierto que los clínicos identifican menos de la mitad de los casos de maltrato que se informan a los investigadores. La proporción identificada por los clínicos varía del 48 al 0 por ciento (Jacobson, Koehler y Jones-Brown, 1987; Craine et al., 1988; Mills, 1993; Muenzenmaier et al., 1993; Wurr y Partridge, 1996).

Un estudio de 30 “usuarios serios” de hospitalización aguda y de urgencias que revelaron a los investigadores que habían sido víctimas de abuso sexual o físico du­rante la infancia encontró que nunca se les había pre­guntado por el maltrato antes (Rose, Peabody y Strati­geas, 1991). Una encuesta a mujeres de Nueva Zelanda que habían sido víctimas de abusos sexuales durante la infancia y más tarde fueron tratadas por los servicios de salud mental encontró que el 63 por ciento nunca había sido preguntado sobre ello por parte del perso­nal (Read et al., 2006d). Estos estudios se centran en el abuso sexual y físico, pero tanto la desatención como el maltrato emocional podrían ser igualmente ignorados por los servicios de salud mental (Thompson y Ka­plan, 1999).

Respondiendo

Ha habido poca investigación sobre lo que los pro­fesionales en salud mental hacen después de que un cliente revele maltrato infantil. En una encuesta au­toevaluada de personal británico, sólo el cinco por ciento de las enfermeras, el diez por ciento de los psi­cólogos y el 24 por ciento de los psiquiatras dijeron que no emprenden ninguna acción cuando un clien­te hombre revela haber sufrido abuso sexual infan­til (Lab, Feigenbaum y De Silva, 2000). Sin embargo, tres estudios de comportamiento registrado en este tipo de situaciones, en Nueva Zelanda (Read y Fra­ser, 1998b; Agar y Read, 2002) y los Estados Unidos (Eilenberg et al., 1996), encontraron niveles muy ba­jos de respuesta en términos de ofrecer información o apoyo, refiriéndose al counselling, documentar los maltratos en los archivos de los pacientes, preguntar acerca de la divulgación o tratamiento previo, incluir el abuso en formulaciones o planes de tratamiento, y tener en cuenta informar a las autoridades legales o de protección.

Barreras para preguntar y responder

A continuación, resumimos algunas de las razones del fracaso en preguntar sobre el maltrato infantil o en responder bien cuando éste es informado:

  • Otras necesidades y preocupaciones más inmediatas
  • Preocupación por ofender o angustiar a los pacientes
  • Miedo a la traumatización indirecta
  • Miedo a inducir “falsos recuerdos”
  • El cliente es un hombre
  • El cliente tiene más de 60 años
  • El cliente tiene un diagnóstico indicativo de psicosis, particularmente cuando el clínico tiene fuertes creen­cias causales biogenéticas
  • El clínico es un psiquiatra, especialmente uno con fuertes creencias causales biogenéticas
  • Fuertes creencias causales biogenéticas en general, tanto en psiquiatras como en psicólogos
  • El clínico es un hombre o del otro género
  • Falta de formación en cómo preguntar y cómo res­ponder

Cuestiones más importantes y no querer alterar al paciente

Preparando un taller de formación en Auckland, psi­quiatras y psicólogos fueron encuestados sobre los mo­tivos por los que a veces no preguntan sobre el maltrato pasado (Young et al., 2001). Para ambas profesiones, las dos razones más frecuentemente respaldadas fueron “demasiadas necesidades y preocupaciones más inme­diatas” y “los pacientes encontrarían la cuestión dema­siado perturbadora o podría causar un empeoramiento de su estado psicológico”. La primera podría ser una razón sensata para demorar la exploración (por ejem­plo, cuando se enfrentan a la psicosis aguda o com­portamiento suicida). La segunda es una buena razón para aprender cómo preguntar con sensibilidad y cómo responder terapéuticamente. Por supuesto, el hecho de recordar cosas malas que han sucedido puede ser muy molesto, especialmente si quien lo tiene que preguntar lo maneja con torpeza, pero no hay evidencia de que preguntar sobre ello provoque algún daño grave o per­manente, y sí que la hay (Lothian y Read, 2002) de que no hacerlo pueda causar angustia e ira.

La fiabilidad y el miedo a inducir falsos recuerdos

No muchos clínicos dieron como razón “mi consul­ta podría ser sugerente y por lo tanto inducir falsos re­cuerdos”. Sin embargo, esta respuesta fue positivamente relacionada, para ambas profesiones, con baja probabili­dad autoevaluada de preguntar sobre el maltrato (Young et al., 2001). Del mismo modo, cuanto mayor sea el porcentaje de revelaciones de abuso sexual infantil que un clínico considere falsas (media 4,9 %), menor será la probabilidad de que éste pregunte sobre el abuso. Esto sugiere que, para algunos clínicos, las frecuentes alegaciones en los medios de comunicación de que los profesionales de salud mental que están preguntando repetidamente sobre el abuso sexual, de alguna manera, siembran falsos recuerdos pueden inhibir su capacidad para hacer su trabajo. La ironía aquí es que, como he­mos visto, la realidad es todo lo contrario: el personal rara vez pregunta sobre el abuso en absoluto.

Los relatos sobre abuso por parte de pacientes psiquiá­tricos, incluso aquellos diagnosticados de psicosis, son fiables (Meyer et al., 1996; Goodman et al., 1999). A pe­sar del secretismo que rodea a menudo el abuso sexual infantil, la evidencia corroborada -proveyendo varios grados de certeza- ha sido encontrada en el 74 por ciento (Herman y Schatzow, 1987) y el 82 por ciento (Read et al., 2003) de los casos relatados por pacientes psiquiátri­cos. En un estudio neozelandés que involucró múltiples profesiones, los participantes creyeron que el 7,3 por ciento de las revelaciones de abuso sexual en la infancia fueron delirios psicóticos (Cavanagh, Read y New, 2004). Sin embargo, un estudio abordando directamente esta cuestión encontró que personas con esquizofrenia no hacían más alegaciones falsas de agresiones sexuales que la población en general (Darves-Bornoz et al., 1995).

Quién, cuándo y cómo preguntar

Preguntar a todos

A causa de la alta prevalencia de maltrato en casi to­das las categorías diagnósticas, es esencial preguntar a todos los pacientes (ver tabla 2). La tentación de pre­guntar sólo a aquellos individuos con ciertos síntomas (por ejemplo, trastorno de estrés post-traumático) refleja una visión restringida del impacto del trauma. Dado el índice tan escaso de declaraciones espontáneas documentado anteriormente, esperar a que los clientes revelen el abuso sexual no funciona. Los profesionales de salud mental deben obtener activamente la narra­ción de cada persona.

Preguntar en la valoración inicial

En una encuesta neozelandesa a psicólogos y psiquia­tras (Young et al., 2001), el 62 por ciento escogió “una vez que la relación ha sido establecida” como el mejor momento para preguntar, mientras que el 47 por ciento prefirió “normalmente en la admisión o en la valora­ción inicial excepto si el cliente está demasiado angus­tiado” (los participantes podían seleccionar más de una respuesta). La razón para preguntar durante la valora­ción inicial es que si la pregunta no se plantea entonces no se suele hacer más tarde (Read y Fraser, 1998a). Si los clínicos que se encargan de la valoración inicial de­ciden demorar la exploración deberían tener en cuenta que la historia traumática no se ha registrado (y el por qué) y tomar la responsabilidad de retomarla cuando el paciente esté menos angustiado. Los clínicos que es­tán tentados a esperar algún momento mágico cuando la relación está establecida deberían recordar que, para muchos clientes abusados, preguntar puede ser un acto crucial que estimula la vinculación más que crear una barrera en ella. Para algunos clientes, éste incluso podría ser un prerrequisito (Lothian y Read, 2002).

Contexto

Preguntas sobre el abuso no deben ser planteadas cerca del comienzo de la evaluación, ni deben venir de la nada sin prefacio o contexto claro. El tiempo obvio para preguntar es cuando se toma una historia psico­social comprehensiva, que naturalmente incluye la in­fancia (tabla 3). El tema del abuso puede ser abordado usando un “embudo” de exploración (tabla 4) que se va estrechando hacia preguntas específicas que describi­mos en el anexo. Este abordaje da al cliente algún aviso de lo que vendrá. Preguntar al individuo sobre su mejor recuerdo puede proporcionar un poco de tierra firme sobre la que sostenerse; un recordatorio para el cliente (y el clínico) de que no todo era malo.

Preámbulo

No es esencial prologar las preguntas, más allá de aquello que se explica con el propósito de recoger la historia psicosocial, pero algunos clínicos se sienten más cómodos si lo hacen. Una introducción adecuada podría ser “voy a preguntarle acerca de algunas cosas desagradables que le suceden a algunas personas en la infancia. Lo preguntamos porque a veces ayuda a en­tender algunas dificultades que se dan más adelante en la vida”, tal vez añadiendo “está bien si usted prefiere no responder a estas preguntas”. Sin embargo, es im­portante no ser demasiado “adorable”: si la gente no quiere revelar el abuso, probablemente no lo hará, sin importar que estén dando permiso o no.

Hacer preguntas específicas y objetivas sobre la conducta

Preguntar “¿fue usted sexualmente (o físicamente) abusado?” no es una manera efectiva de explorar. Mu­chos clientes no habrán utilizado ese término en rela­ción con sus experiencias. Si se les pregunta directamen­te, algunos dirán que no eran maltratados físicamente, pero si se les pregunta cómo se gestionaba la disciplina en su familia dirán algo como “oh, lo de siempre, un buen golpe de cinturón”.

Dill y colaboradores (1991) encontraron que la ela­boración de las preguntas en términos de “abuso” en general revelaba sólo alrededor de la mitad de los mal­tratos identificados por preguntas sobre el comporta­miento específico. Por lo tanto, las preguntas deben ser sobre ejemplos de hechos específicos. Por ejemplo: “cuando era un niño, ¿alguna vez un adulto le lastimó o castigó de manera que le dejara moretones, cortes o rasguños?” y “cuando era un niño, ¿alguna vez alguien hizo algo sexual que le hiciera sentir incómodo?” Se de­ben hacer preguntas específicas similares que abarquen la edad adulta, incluyendo el presente.

Cuestionarios estructurados o entrevistas dirigidas pueden ser útiles, pero si se utilizan cuestionarios, el clínico debe discutir las respuestas con el paciente in­mediatamente después. Ver Brière (1997) para una re­visión de dichos instrumentos.

Cómo responder

Para algunos clínicos, no estar seguro de cómo res­ponder puede ser una razón adicional para no pregun­tar en primer lugar (Young et al., 2001). Los clínicos pueden sentirse bajo presión para recoger todos los detalles o para intentar arreglar el “problema” inme­diatamente, o ambos. Lo primero es innecesario e inde­seable. Lo segundo no es realista. Un principio rector es centrarse más en la relación con el paciente que con el abuso. Lo fundamental es responder al hecho de que una persona acaba de revelar algo importante. Validar la experiencia de la persona y sus reacciones al hecho de revelarlo le transmitirá la actitud tanto de comprensión como de no juzgarlo del clínico. A continuación, resu­mimos los principios para responder adecuadamente a la revelación del abuso.

Validación: afirmar que ha sido algo bueno de contar

Es importante que el cliente sienta que el profesional ha entendido la importancia de lo que se le ha revelado y sobre lo que se volverá más tarde, si éste lo desea. Los clientes tienen toda una gama de respuestas a la reve­lación del abuso. Pueden sentir rabia, vergüenza, culpa, miedo, alivio, una falta de conexión con sus emociones, paralizadas o ambivalentes. Lo importante, llegados a este punto, es que lo que han revelado encuentre una respuesta positiva.

El clínico debería saber que a veces puede ser difícil hablar sobre el abuso, pero el hecho de poderlo hacer resulta una acción positiva. También es importante cali­brar cómo el individuo se está sintiendo sobre el hecho de revelarlo, más que hacer juicios sobre lo que debe­rían sentir. El tipo de respuestas que podrían ser útiles incluye: “según mi experiencia, la gente suele encontrar que, aunque es difícil, puede ser realmente útil hablar sobre ello. ¿Cómo te está resultando a ti ahora?”. Las personas que han sido abusadas suelen culparse a ellas mismas. Si esta culpa aparece, es importante afirmar que es una reacción habitual y afirmar que el abuso que experimentaron de niños no fue culpa suya.

No intentar recoger todos los detalles

Inmediatamente después de que un cliente haya habla­do del abuso por primera vez, no es necesario, ni desea­ble, intentar recoger todos los detalles (la edad que tenían, la identidad del presunto autor, detalles de los actos, etc.). Esto puede venir después, si la persona elige discutirlo. A veces, igualmente, los clínicos necesitan preguntar lo justo para confirmar que están hablando de lo mismo con su cliente. Si un cliente empieza a dar un montón de detalles, obviamente es importante escucharlo, pero de alguna manera el clínico debería sugerir cuidadosamente que se puede volver a ese material más tarde, ya que hay algunas otras cosas que quisiera preguntar.

Preguntar si lo había contado antes a alguien y cómo le fue

Hay una gran diferencia entre una situación en la que el paciente le contó a un adulto en el momento del abuso, fue creído y se tomó una actuación adecuada y una en la que el individuo nunca lo ha revelado antes. Para los primeros, es importante preguntar cuál fue la respuesta, incluyendo si recibieron algún tipo de ayuda, como counselling sobre abusos. Si el clínico es la primera persona en la que el paciente ha confiado en contarlo, es muy importante evaluar su estado emocional al final de la sesión y ofrecer seguimiento inmediato (ver más abajo).

Ofrecer acompañamiento (asegurarse de la dispo­nibilidad)

Es importante discutir el posible tratamiento y acompañamiento para los efectos de la revelación del abuso. La palabra clave aquí es “ofrecer”. Es mejor no insinuar que la persona “debería” recibir algún tipo de tratamiento. El clínico solamente debe describir lo que está disponible. Esto implica que esté familiariza­do con los servicios relacionados con los abusos en la propia institución y en la comunidad. Panfletos que re­suman esta información pueden ser extremadamente útiles, tanto para el clínico como para el paciente. No todo el mundo necesitará o querrá psicoterapia. Para algunos, hacer simplemente una conexión entre su his­toria vital y sus síntomas previamente incomprensibles puede tener efectos terapéuticos significativos (Fowler, 2000).

Preguntar si el cliente encuentra alguna relación entre el abuso y las dificultades actuales

Independientemente de su propio punto de vista so­bre si el abuso puede ser un factor causal en los pro­blemas de salud mental del paciente, es obviamente im­portante que el clínico investigue sobre el del paciente en esta cuestión. Lo que importa es el significado que tenga para el paciente, no para el clínico. Si hay un des­acuerdo, éste no es el mejor momento para discutirlo.

Comprobar la seguridad actual, por si prosigue el abuso

El clínico debe preguntar si el paciente todavía está siendo abusado. También debe preguntar si el abusador podría poner en riesgo a otros. Por ejemplo, si un pro­fesor o un sacerdote son nombrados como autores de abuso infantil, el clínico debe preguntar si esa persona sigue en contacto con los niños (véase más adelante).

Comprobar el estado emocional al final de la se­sión y ofrecer seguimiento/control

Antes de acabar la sesión, el clínico debe preguntar a la persona cómo se siente después de haber hablado del abuso y, si es posible, animarle a estar tranquilo: “explicar a alguien lo que pasó conlleva un montón de emociones. ¿Cómo se siente después de habérmelo contado?”. El clínico debe poder dar a los pacientes el nombre o el número de teléfono de alguien a quien puedan contactar fuera de la hora si después se sien­ten mal. También deben poder ayudarlos a identificar sus propios sistemas de apoyo.

Tomar buenas notas

Es importante registrar meticulosamente lo que se ha dicho. Siempre usar un estilo indirecto (“Anna dijo que su padre solía pegarla”, no “el padre de Anna so­lía pegarla”) o una cita literal (“Anna dijo mi padre solía pegarme”). Estos archivos pueden ser usados en proce­sos legales más tarde.

Considerar la posibilidad de informar a las auto­ridades

Si actualmente está en riesgo la seguridad, por ejem­plo si el paciente dice que sigue siendo abusado o un presunto abusador tiene acceso a los niños, las deci­siones sobre si se debe informar a las agencias de pro­tección de la policía o de los niños deben hacerse de acuerdo con las políticas de la unidad de tales asuntos. Estas políticas deben incluir procedimientos para si­tuaciones en las que la confidencialidad debe ser rota (los pacientes deberían haber sido informados de esto en el comienzo de su compromiso con el servicio). Los clínicos deben ser conscientes de la ley en lo re­lativo a la obligatoriedad de informar a las autorida­des. Si no existe una amenaza para la seguridad actual, debe ofrecerse a los clientes (pero no necesariamente de inmediato) una discusión acerca de tomar acciones legales con alguien que entiende plenamente los pros y los contras.

Formación y políticas

Aunque esperamos que estas sugerencias sean útiles, talleres de formación deberían estar puestos a disposi­ción de todos los profesionales de salud mental. Aun­que la introducción de políticas y directrices es un paso esencial para establecer una cultura de acompañamien­to para este estimulante trabajo, sin un poco de forma­ción el cambio es menos probable (Read, 2006).

Un estudio británico encontró que sólo el 30 por ciento de la plantilla de salud mental había recibido formación en la valoración y/o el tratamiento de abuso sexual (13 por ciento de enfermeras, 33 por ciento de psiquiatras y el 46 por ciento de psicólogos). De los psiquiatras que no habían recibido ninguna formación, el 44 por ciento, sin embargo, afirmaba haber recibido “formación sufi­ciente” (Lab et al., 2000). Un estudio estadounidense de residentes de psiquiatría encontró que sólo el 28 por ciento había recibido formación en el reconocimiento o tratamiento de acontecimientos traumáticos como la violencia doméstica (Currier et al., 1996).

La formación previa ha demostrado ser un buen in­dicador para la identificación de casos y para el inicio de una atención apropiada (Currier et al., 1996; Young et al., 2001; Cavanagh et al., 2004). En los Estados Uni­dos, los profesionales de salud mental que atendieron sólo durante una hora larga la conferencia “Introduc­ción al trauma” sobre la prevalencia, los efectos y la valoración sensible, identificó altos niveles significati­vos de violencia física y sexual, incluyendo abuso sexual infantil (37 por ciento contra un 14 por ciento), que los que no asistieron, a pesar de que ambos grupos utili­zaron la misma herramienta de entrevista estructurada para evaluar pacientes (Currier y Briere, 2000).

El programa de formación de Auckland

En el año 2000, la Junta de Salud del Distrito de Auc­kland en Nueva Zelanda presentó un documento de buenas prácticas para el trauma y el abuso sexual. Su propósito declarado era “asegurar que las evaluaciones rutinarias de salud mental incluyeran preguntas apro­piadas sobre el abuso sexual/trauma, y que su revela­ción se gestione con sensibilidad”. Sus dos principios rectores son la evaluación de clientes de salud mental incluyendo preguntas sobre posible trauma/abuso sexual para garantizar la disponibilidad de apoyo ade­cuado y terapia, y que los clínicos deben preguntar de manera rutinaria sobre la historia de traumas, especial­mente durante la infancia de los clientes (Junta de Salud del Distrito de Auckland, 2000).

Esto incluye la declaración crucial de que “se requie­re que el personal clínico tome un día de formación en habilidades para garantizar que las técnicas de explora­ción son las apropiadas” y exige los puntos de forma­ción que se resumen en la tabla 5.

El punto final de la tabla 5, la traumatización indi­recta, es importante. Escuchar el relato de haber sido abusado de niño puede ser muy doloroso para todo el personal, no sólo para los que lo han sufrido. El per­sonal debe utilizar la supervisión clínica para “descar­gar” algunos de sus sentimientos acerca de todo esto, y también buscar a otros compañeros con quien puedan compartir sentimientos.

El programa de formación de Auckland (Young et al., 2001; Read, 2006) ha estado funcionando hasta aho­ra, tres o cuatro veces al año, durante cinco años. Una evaluación temprana ha dado resultados prometedores (Cavanagh et al., 2004). Un artículo al respecto en una revista británica de enfermería (Hammersley, Burston y Read, 2004) dio lugar a casi cien solicitudes de copias del manual de formación.

Un grupo multidisciplinar de investigación basado en la Escuela de Enfermería, Asistencia en el parto y Tra­bajo Social de la Universidad de Manchester ha tomado el reto de trasladar la formación previamente elaborada en Nueva Zelanda al público británico. Esto tendrá lu­gar en colaboración con la red de trabajo Hearing Voices (http://www.hearing-voices.org) y la Universidad de Auckland.

La formación será evaluada como si lo hiciera el equi­po de Auckland (Cavanagh et al., 2004), pero incluirá una muestra más amplia e incluirá métodos cualitativos tales como análisis de contenido de los planes de acción y entrevistas semi-estructuradas. La aceptabilidad de la formación, las barreras (personales y de organización) y los facilitadores para su ejecución también serán ex­ploradas. Dada la asociación consistentemente sólida entre el abuso infantil y las alucinaciones auditivas, es fundamental que la red de trabajo Hearing Voices sea un socio de pleno derecho en la preparación y entrega de la formación.

La jornada de formación consistirá en un resumen inicial de la base de información, seguido de las expli­caciones personales de los usuarios del servicio. Los participantes tomarán parte en cinco dinámicas de rol supervisadas, que implican el establecimiento del en­cuadre, las preguntas directas, la respuesta a la revela­ción, el fortalecimiento y la garantía de la seguridad. El objetivo de la formación es dotar a los clínicos de las habilidades y la confianza necesarias para hacer las preguntas correctas y responder adecuadamente. El li­bro que acompaña a la formación incluye datos de con­tacto de numerosos grupos de usuarios de servicios y agencias de apoyo que son capaces de ofrecer ayuda inmediata si es necesario. La formación se ofrecerá ini­cialmente a los equipos de intervención temprana en el noroeste de Inglaterra, pero el objetivo a largo plazo es para que esté disponible en todo el Reino Unido (2).

Declaración de interés

John Read participó en el diseño y ejecución del pro­grama de formación de Auckland, junto con los médi­cos de la Junta de Salud del Distrito de Auckland y los usuarios de servicios y Auckland Rape Crisis. Paul Ham­mersley está implicado en el desarrollo de la iniciativa de Manchester.

Traducción del inglés por Xavier Costa

Notas

(1) No hemos referenciado exhaustivamente aquí cada resultado discutido. En lugar de ello, hemos citado sólo estudios clave o revisiones. Una lista completa de referencias está disponible de John Read.

(2) Se pueden obtener más detalles poniéndose en contacto con Paul Hammersley, en paul.hammersley@manchester.ac.uk.

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