La transmisión de la temporalidad familiar

Rosa Jaitin

 

RESUMEN

Este artículo, centrado en el proceso de la terapia familiar psicoanalítica, la actualidad y el ritmo de los encuentro entre la familia y el terapeuta, trata del espacio potencial que pone en escena formas que revelan una nueva memoria de ritmos transgeneracionales en los vínculos familiares. La potencialidad de este encuentro abrirá nuevos recorridos identificatorios y permitirá comenzar un itinerario que ayudará a proseguir y a consolidar nuevas modalidades de configuraciones vinculares. La posibilidad de crear un espacio para los deseos de vida y para pensar nuevas formas de alianzas que los sostienen, abre las vías a la expresión del sufrimiento familiar, introduciendo la dimensión del futuro y del cambio. PALABRAS CLAVES: teràpia familiar psicoanalítica, temporalidad, protoritmo, transgeneracional, sueño.

ABSTRACT

THE TRANSMISSION OF FAMILY TEMPORARINESS. This paper is centred on the process of psychoanalytic family therapy and the presence and rhythm of encounters between the family and therapist. The potential space that puts on the scene forms which reveal a new memory of transgenerational rhythms in family bonds is considered. The potentiality of this encounter will open new paths of identification and initiate an itinerary that pursues the consolidation of new modalities of relational configurations. The possibility of creating a space for life wishes and thinking of new forms of alliances to sustain these leads the way to the expression of family suffering, introducing the dimensions of future and change. KEY WORDS: psychoanalytic family psychotherapy, temporality, protorhythm, transgenerational, dream.

RESUM

LA TRANSMISSIÓ DE LA TEMPORALITAT FAMILIAR. Aquest article, centrat en el procés de la teràpia familiar psicoanalítica, l’actualitat i el ritme de les trobades entre la família i el terapeuta, tracta de l’espai potencial que posa en escena formes que revelen una nova memòria de ritmes transgeneracionals en els vincles familiars. La potencialitat d’aquesta trobada obrirà nous recorreguts identificatoris i permetrà començar un itinerari identificatori que ajudarà a prosseguir i a consolidar noves modalitats de configuracions vinculars. La possibilitat de crear un espai per a als desitjos de vida i per pensar noves formes d’aliances que els sostenen, obre les vies a l’expressió del sofriment familiar i introdueix la dimensió del futur i del canvi. PARAULES CLAU: teràpia familiar psicoanalítica, temporalitat, protoritme, transgeneracional, son.

 

Los ritmos de la transmisión transgeneracional son constitutivos del organizador temporal en las familias. El vínculo del niño con su familia nuclear, de los padres con la suya, y los vínculos de cada generación con el medio social y cultural, caracterizan los espacios de apoyo y de desapoyo de los diferentes grupos. La articulación de las redes generacionales puede producir espacios de complementariedad, de superposición o de ruptura entre las diferentes generaciones. Los padres anticipan la venida del hijo a partir de su proyecto sobre el recién nacido. Ellos se apoyan en la genealogía, en los propios padres, para tolerar la angustia frente a la llegada del hijo. Son los abuelos los que vuelven a poner en cuestión el origen de la temporalidad familiar, porque ellos dan un status diferente a la realidad del cuerpo ya que están más en contacto con la finitud de la vida. La temporalidad inconsciente será entonces el hilo conductor para acceder a los espacios y a los «impasse» de la filiación. Veamos a continuación cómo estas diferentes formes temporales van a presentarse en el campo transferencial de la terapia familiar psicoanalítica. Subrayo las regles enunciadas en el dispositivo de la terapia familiar que hacen posible la emergencia de la historia familiar son: la asociación libre; la abstinencia del terapeuta y la restitución de parte del grupo; así como la frecuencia y la duración de las sesiones. Todo ello mediante la presencia bigeneracional (padres e hijos) o trigeneracional (con los abuelos) en el encuentro. Estos preámbulos son condiciones necesarias que permiten la emergencia del tiempo inconsciente de la estructura familiar. El encuadre se construye, pues, a partir de los ritmos de encuentro y separación. Al comienzo, el orden temporal específico está ligado a la acción, pero sin una relación de continuidad entre las acciones. En este sentido, la etimología de la palabra ritmo es reveladora, rheim –correr, fluir– tendrá que ver con lo que está en movimiento, es fluido, modificable. Estos movimientos regresivos de la temporalidad están siempre presentes en la terapia familiar. En la transferencia, el problema de la patología de la forma del ritmo del vínculo familiar, se manifiesta por una aceleración o lentitud, ya sea en la fase inicial de contacto entre el terapeuta y la familia, ya sea en el momento de la separación; o bien por el ritmo de presencia o de ausencia a las sesiones de los diferentes miembros de la familia. La secuencia de la repetición de ciertos eventos de la vida familiar tomará las formas de la figuración arcaica del sufrimiento, lo que reaparecerá en el campo transfero-contratransferencial. Las formas primarias de la temporalidad Damos al conjunto de los ritmos (tempos) el nombre de temporalidad y utilizaré la palabra tempo del italiano. Designa la notación de los movimientos en la música –tempo moderato– y en el jazz se utiliza para indicar las velocidades de ejecución. Por extensión, es el ritmo propio de un individuo en sus actividades. El tempo familiar sería la velocidad, el ritmo de los intercambios en los vínculos intrafamiliares, una suerte de organizador de la matriz temporal del self familiar y de las formas de intercambio de la familia, que se repite en la transferencia. Por ejemplo, ciertas familias son de la noche, otras de la mañana, ciertas familias son precises en sus acciones, otras desorganizadas. Ellas están todas marcadas por una cierta concepción del tiempo ancestral del ayer, del hoy o del mañana, de la mortalidad y de la inmortalidad. Los ritmos de un grupo están de todas maneras sostenidos por una suerte de continuo o base continua –de un battement elemental–, que marca una familia y que es transmitido a varias generaciones. A veces es difícil, a causa de la propia pertenencia grupal, sintonizar con los ritmos de diferentes grupos. André-Fustier et Grange-Ségéral (1993) en el marco de la terapia familiar psicoanalítica, han postulado la existencia de un «organizador rítmico familiar». La familia se presenta en el marco grupal de la terapia, con modalidades de comunicación interimpulsivas ya estructuradas. Estas autoras diferencian dos tipos de interinpulsividad: una en fase, basada en el acuerdo, y otra en discordancia, con predominio de excitación y que provocaria una desorganización rítmica. Señalan que la regulación interpretativa de los intercambios rítmicos de los terapeutas, con los intercambios disrítmicos de la familia, operan como una restauración del continente rítmico familiar. Pichon-Rivière (1944) en sus investigaciones sobre la epilepsia y la familia, introduce la noción de patorritmo: se trata de una patología en el ritmo de las relaciones que alude a formas de vínculos indiferenciados que se manifiestan por un colage adhesivo. Este pegamento vincular es una modalidad defensiva que se encuentra, como lo puso en evidencia el autor, en las familias que califica de «epileptoides». La intensidad de la angustia de pérdida y de ataque, provocaría una indiferenciación en los afectos, en su calidad amor-odio y en su procedència del interior o del exterior, provocando confusión.

La noción de protoritmo Pichon-Rivière se interesó por ciertas patologías del ritmo. En mi caso introduje la noción de protoritmo en diferentes campos de investigación. En un comienzo me interesé por el ritmo, del vínculo epistémico en un grupo de niños (1982, 1986), en un grupo de adultos (1984) y en un grupo de estudiantes universitarios (1995). En este sentido desarrollé el concepto de «vinculo epistémico» como un proceso de apropiación instrumental de la realidad, en la que el sujeto se transforma y transforma el objeto. Es decir, que el vínculo epistémico es una estructura potencial de transformación relacional, apoyada sobre variables espacio-temporales. Con el estudio de la psicopatología de los aprendizajes en el niño y en el adulto, avancé la idea de que la representación del espacio epistémico se organiza a partir de protoritmos. Caracterizaré los protoritmos como las formes de representación inicial de la relación epistémica y de la relación de aprendizaje en el sentido amplio. Los protoaprendizajes son formas de representación arcaicas, repetitivas, monótonas de la imagen del vinculo epistémico. La temporalidad ha sido una dirección en mis trabajos de investigación sobre la construcción de la relación epistémica, como un modo de relación rítmica con el objeto primario. Estudiando un grupo de niños en un Centro de Acción Familiar (1987), en relación con los apoyos de los grupos sociales en la crianza, avancé la hipótesis de organizadores específicos, sincréticos, en el aparato psíquico grupal infantil. Los protorritmos son formas primitives de la representación, que permiten la transformación del vínculo narcisístico y del vínculo objetal y, por tanto, hacen posible la diferenciación de las diferentes capas de la envoltura psíquica. Formulé entonces la idea de que esas estructuras rítmicas funcionan como espacios de apoyo cuando tienen un ritmo constante y como espacios de desapoyo cuando son arrítmicas. Mis hipótesis han sido retomadas por D. Marcelli (2000) que introduce los conceptos centrales de macroritmos y de microritmos para estudiar la díada madre-bebé. Para el autor, los macroritmos garantizan el tejido narcisístico y el microritmo, organiza el engaño, el falso semblante narcisístico e introduce una distancia entre madre e hijo. Estas faltas organizan el juego rítmico de la díada, lo que está en el origen del desinvestismiento en la relación. Sin embargo, este autor critica mis hipótesis como binarias, «nosotros contestamos esta hipótesis binaria haciendo cohabitar un ritmo repetitivo organizador y una arritmia desorganizadora». Para Marcelli, en efecto, al lado del ritmo cíclico existe otro tiempo, un ritmo corto que es un tiempo linear. Una diferencia con este autor proviene de los campos clínicos de investigación con los que cada uno de nosotros trabaja. Yo he investigado diferentes dispositives grupos de formación y de terapias grupales con niños, adultos o familias. La segunda discrepancia se refiere a la función de la arritmia. Por mi parte jamás he sostenido que la arritmia impida la transformación. Al contrario, he postulado que la ritmicidad tiene el rol de continente, y que la arritmia tiene la función de contenedor, noción introducida por Kaës (1983), que define el grupo como aparato de transformación. El ritmo ayuda a la construcción y la modificación de los continentes; mientras que la arritmia favorece la transformación de los contenidos. La tercera objeción seria que Marcelli ha omitido el final de mi cita. Retranscribo la frase: «al contrario, las arritmias producen movimientos que desequilibran los modos de intercambio y cierran las aberturas»… El autor no incluye el final de la frase «…. entre los grupos internos y los grupos externos» (p. 26). En efecto, cuando no se crea un área de transición que permita la comunicación se producen rupturas, crisis, que impiden el intercambio en el placer y la sorpresa. El juego de la sorpresa, escribe Marcelli es posible cuando existe entre la madre y el bebé un área intermediària que haga posible el intercambio. Considero que los juegos, la sorpresa, el placer del reencuentro, así como el desencuentro, son aspectos centrales del anclaje rítmico del lenguaje, y constato también que la arítmia de mi lenguaje de extranjera en Francia es una sorpresa que puede favorecer la escucha del otro. Para terminar, parto de una temporalidad histórica, dialèctica y no de una temporalidad lineal. Hago mías las palabras de Pichon Rivière (1975), para quien el psicoanálisis es una parte de las ciencias del hombre con un objeto único: «el hombre en situación».

Protoritmo y grupo familiar

El protoritmo del vínculo fraternal en los niños separados de sus familias (Jaitin, 2000) se caracteriza por la pasividad, el paroxismo, y la multiplicidad. Estos aspectos del protoritmo tienen como efecto disociar la palabra del acto, lo que altera la constitución de los continentes. La cuestión de los continentes del pensamiento ha sido definido como envoltura psíquica (Anzieu, 1994). En un trabajo anterior (Jaitin, 2000) me he interesado por este aspecto de la temporalidad en las familias: la dimensión del ritmo en la envoltura familiar, como continente del negativo transgeneracional (Jaitin, 1987). Me parece interesante proponer, siguiendo la noción de protomental de Bion (1962), la idea de que un protoritmo es una forma de figuración inicial del vinculo familiar. Retomar los protorritmos permitiría observar las formas primitivas de relación, en el dispositivo de terapia familiar. Estas formas podrían pensarse como el resultado de una transmisión transgeneracional que da cuenta de modalidades existentes entre los miembros de la familia. El protorritmo configuraría el primer organitzador de la temporalidad familiar. Estos protorritmos constituirían la primera interfase de la envoltura familiar, que tendría el valor de un audiograma, en oposición al pictograma de P. Aulagnier, para retomar las palabras de Maiello (Raitin, 2003). Los estudios de Maiello en Italia (1998), sobre el desarrollo del bebé parten del hecho de que en la vida prenatal, el niño está en contacto con la voz de la madre y con el ritmo de la respiración y las palpitaciones del corazón. En el desarrollo normal hay una transformación de las impresiones auditivas en elementos alfas específicamente auditivos, que podrían ser calificados de «audiogramas» y que serían subyacentes a los elementos alfa que tienen una cualidad visual. El audiograma sería, en el marco de la terapia familiar, una forma de figuración intermediaria de la transmisión entre las generaciones; un estado que revela la dimensión de la experiencia de transmisión psicosomática. En el marco de la terapia familiar psicoanalítica, el ritmo del encuentro entre la familia y el equipo de terapeutes crean un espacio potencial que pone en escena las formas que despiertan una nueva memoria de los ritmos transgeneraciones de los vínculos familiares. La potencialidad de este encuentro abre nuevos recorridos identificatorios y permite considerar un itinerario que ayudará a continuar y consolidar nuevos vínculos. La posibilidad de crear un espacio para los deseos de vida y para poder pensar nuevas formas de vínculos, abre vías de expresión del sufrimiento familiar, introduciendo la dimensión de futuro y de cambio. El sufrimiento familiar inscribe el pasado en el presente e impide el desarrollo de un futuro potencial. La cuestión a la cual nos vemos frecuentemente confrontados con las familias es: las nuevas generaciones, ¿llegarán o no a responder al proyecto identificatorio familiar y así de la parte maldita de la herencia? Las reminiscencias de los fracasos en la familia o sus contrarios, los éxitos de los ancestros, hacen transferir premoniciones a los hijos. Los miedos al fracaso, el deber de triunfar, son tipos de premoniciones. Las reminiscencias y las premoniciones son formas de significación propias de una conjunción constante de impotencia, omnipotencia e idealización, en el sentido embrionario y mágico de la realidad. Si la familia niega el futuro en su dimensión de lo inédito, de la incertidumbre, de lo aleatorio, corre el riesgo de una necesaria repetición. Si la familia se sitúa en la línea de crear «un después», será necesario recuperar el haber tenido, en una historia mítica, en un aquí y ahora. El problema en terapia familiar se presenta cuando el grupo familiar se confronta a un pasado trazado como imposible, lo que hace difícil la organización de la temporalidad en su triple dimensión de presente, pasado y futuro. Cuando la transmisión en la filiación está bloqueada en su dimensión imaginaria de futuro, ella es reemplazada por un enclave temporal inconsciente y, en consecuencia, la transmisión se efectúa a partir de un síntoma vacío, no simbolizado: el chronos, como los propone Bourdoux (1980). La filiación, la transmisión de una generación a otra, representa una necesidad absoluta. Cuando ella es imposible, la necesidad de la herencia es reemplaçada por una necesidad de cronología; a cierta edad el síntoma se fija; aparecen entonces diferentes formas de expresión de los vínculos familiares a través de los lenguajes del cuerpo, del pensamiento o del acto. Pero es a partir de las formas primitivas del ritmo, que comenzará a figurar el tiempo en su dimensión diacrónica, lo que permite establecer las líneas de demarcación entre las generaciones. El material clínico de una familia atendida en terapia familiar psicoanalítica nos permitirá observar el vínculo transgeneracional, especialmente a través del sufrimiento. Los terapeutas de familia creamos con ella un nuevo espacio-tiempo de encuentro, en el que el intercambio se hace necesario para inventar respuestas nuevas a cuestiones antiguas.

Viñeta clínica: la família B

Primeras entrevistas: La familia B. está compuesta por una pareja que bordea la cuarentena y tiene dos hijos, un varón de 9 años y una nena de 6 años, en el comienzo de la terapia. Consulta por problemas de aprendizaje de la hija menor que presenta síntomas de dislexia y disgrafía, en particular alteraciones en los ritmos de las palabras y atención dispersa. Durante la primera entrevista los padres explican un grave conflicto de pareja que apareció cuando la madre esperaba el nacimiento de esta hija. El papá dice: «Yo sabía que iba a pagar un día por mis actos». Los problemas de pareja aparecen en el segundo embarazo y la mamá cae enferma cuando la hija tiene tres meses y el varón tres años. Los padres me relatan el sufrimiento familiar ante la enfermedad de la mamá, una escledermia, que la madre va a describir durante la terapia como una «mortaja». La cuestión de la muerte organiza la circulación fantasmática en la familia. La madre es tratada durante mucho tiempo por la medicina tradicional. A la edad de tres y cinco años los hijos se ven separados de la madre. Durante la terapia los hijos van a evocar imágenes del viaje que realizaron con los abuelos paternos para visitar a la madre y esta rememoración les ayuda a diferenciar las categorías de ausencia y de muerte. Los problemas de pareja aparecen en el imaginario familiar como los causantes de los problemas de la hija. Los abuelos paternos ofrecieron en ese momento un sostén a la parentalidad. Protoritmo e imago: La mamá, que es una linda mujer, fue adoptada en América Latina cuando tenía tres meses. Tiene un hermano menor de tres años, adoptado en el mismo país, que tiene un hijo. Cuando su hija tiene tres meses, cae enferma y se separa de la hijita para curarse en el extranjero cuando la niña tiene tres años. El algoritmo del número 3 evoca para mí las primeres entrevistas familiares. La repetición de la cifra 3 sensibiliza mi escucha y toma el valor de signo; ¿el ritmo de la repetición temporal sería una forma de figuración arcaica en esta familia? Estos continentes formales o protoritmos configuran el modo singular de la transmisión transgeneracional en la familias, tomando la forma de una imago. (Jaitin, 1987). Ciccone (1999) escribe en este sentido, un proceso de trampa imagógica que precede de una transmisión traumática y de una construcción de un fantasma de transmisión. En una dirección cronológica, la imago es una representación transgeneracional de vinculación y de desvinculación entre las generaciones; es una nueva temptativa de recrear un origen semejante y diferente. Los vínculos familiares de alianza, de filiación y fraternal, serán transmissibles en sus orígenes por la vía imago-somato-ritmica. Para abordar la cuestión voy a presentar el proceso de la terapia familiar en tres partes, que marcan los diferentes tiempos de mi encuentro con la familia, entendiendo que en el espacio terapéutico van a acogerse los elementos negativos de la transmisión, que toman el lugar del eslabón que falta en la mitología familiar.

  1. Los signos corporales La terapia tiene lugar cada quince días, durante una hora, con la presencia bigeneracional padres-hijos. En el comienzo de la terapia la cuestión del territorio se va imponer en el transfer. El hijo se instala primero entre los dos padres, mientras que la hija va a hacerlo sobre mi escritorio, que pronto va a ser motivo de discordia. El hijo entonces se desplaza al diván, al lado mío y la niña lo sigue. La disposición espacial en las sesiones sería una primera puesta en escena del cuerpo familiar, de la dramática interna de una familia en la que la parentalidad se ve amenazada, para investirme como un ancestro acogedor y cuidadoso que ayuda a retejer los eslabones faltantes. La hija con sus dibujos y asociaciones, monopoliza la sesión, mientras que el hijo desplaza el reloj que está sobre mi escritorio marcando el fin de la sesión, anticipando el momento de la separación. ¿Cuál es el lugar de este niño siempre silencioso que llega a ocupar un lugar en esta familia como arquero de fútbol? Es el guardián del fin de la sesión: su control del reloj evita lo imprevisto y la sorpresa en el momento de la separación. La mayoría de la sesiones comenzaban con un inventario de lo escolar, sea por parte de los niños, sea por parte de los padres. La cuestión escolar preocupaba particularment a los padres que habían sido compañeros en el liceo y ambos con dificultades escolares. Otro elemento recurrente en el primer período de la terapia fue el de los alimentos; la mamá sigue un régimen muy estricto desde que estuvo enferma; no come al mediodía (presenta una anorexia estabilizada). Esta modalidad de alimentación de la madre produce un efecto de desvinculación entre los ritmos de las comidas familiares y la suya, que dificulta el encuentro. Ella no cena y es el padre el que se encarga de hacer la comida. Cuando el padre no está, la madre va a comer a casa de sus padres o a la de sus suegros, próximos al domicilio de la familia. El padre introduce la cuestión del peso que intenta controlar y los hijos agregan la cuestión del cigarrillo, completando la problemática de la dificultad oral en la familia y de su dependencia con la familia de origen. Los hijos preguntan a menudo durante las sesiones a dónde van a cenar. Un episodio de vómito tiene lugar antes de entrar en mi consultorio. Los vínculos de pareja están marcados por la cuestión del peso, por los ritmos de alimentación: anorexia y bulimia son dos formas temporales complementarias: demasiado pleno o demasiado vacío, creándose un vinculo de adicción. La anorexia como confrontación con la muerte y la bulimia por llenarse de un objeto no vivo, por no sentir la falta, serían dos formas de patología de la subcontinencia, es decir, de las fallas en la continència originaria que organiza lo que Decherf (2003) caracteriza como un vínculo de sobrevida Omega y que pone en dificultad el pensamiento como expresión de la pulsión de vida. Los obstáculos epistemológicos resultan de una filiación de traumatismos no superados que se organizan como un secreto, como una prohibición de saber encadenada a la vergüenza. En la vergüenza hay el miedo a ser excluido: es la angustia de perderlo todo y de morir (Meltzer, 1993). En el curso de las sesiones, las angustias de desaparición, de separación y de robo emergen frente a la ausencia del padre. Desde el comienzo de la terapia, la cuestión de los animales es evocada frecuentemente por la hija. Ella dibuja y asocia sus conejos y su gato llamandolos «mis hermanos». En una sesión en ausencia del padre, evoca a su gato que desapareció de la casa y a continuación cuenta que tiene permanentemente pesadillas que la fastidian. La mamá asocia que durante la ausencia de su marido ella tiene mucho miedo a los ladrones. Busca entonces refugio en el primer piso donde están los cuartos de los hijos. Recuerda un episodio en primer grado en el que la maestra la presenta delante de la clase como modelo de niña de color. Cuenta a sus hijos que cuando era chiquita se imaginaba con la piel blanca. Esta cadena asociativa de la muerte, del robo de niños, de la desaparición, ¿No estará en conexión con un deseo de matar o de dar la vida por azar, por error o por deber? Cuando la madre espera a su hija no pudo reactualizar su propia vida fetal en la que la no estabilidad de la pareja pudo determinar el destino del hijo. O bien, se trata de un niño robado. Cuando la madre dio a luz a su hija, ella transgrede de nuevo el deseo de muerte dando la vida. La hija porta en su vida fetal el fantasma de estar en el origen de la fisura entre sus padres. La madre no llega a pensar sus orígenes ancestrales anclados en una raza india pero, al mismo tiempo, no llega a reconocerse como objeto de deseo de su madre adoptiva. El origen del deseo de la historia de adopción no llega a inscribirse en la paradoja de un doble nacimiento, en el que habrá que diferenciar el tiempo de la muerte y el tiempo de la vida; la madre que ha dado cuerpo y la madre que ha dado luz al sujeto, el tiempo del pasado y el tiempo del presente en la familia. La angustia de separación va a traducirse como una angustia de muerte, con el riesgo que pesa sobre la salud de la madre. Cuando hay una somatización de la angustia, habría que buscar una reacción de violencia, frente a la prueba de realidad. La somatización, en tanto que resultado de la expresión de la violencia y la destructividad, es pues expresión ejemplar de la pulsión de muerte. Las angustias del abandono maternal no llegan a fantasearse y son desplazadas sobre el cuerpo en la persecución del mundo exterior (Dejours, 1989). Las angustias indiferenciadas de la madre y de la hija hacen fantasear una transmisión maternal de hijo robado. Este hijo de piel india, diferente de su madre adoptiva, no llega a construir una segunda piel y la envoltura del pensamiento no puede contener las angustias familiares. En revancha, el esqueleto familiar queda como despellejado, al rojo vivo, y con la imposibilidad de construir una representación del cuerpo familiar viviente. Sólo una piel que surge de un continente-esquelto garantiza las cualidades de la solidez y de la entrada en contacto (Anzieu, 1994). Sobre el modelo maternal, la piel familiar no llega a constituirse y la envoltura familiar está agujereada por lo masivo de los ritmos que no le permiten constituirse como un cuerpo familiar unitario. La envoltura familiar no llega a configurarse. El traumatismo transgeneracional se manifiesta por la dificultad de estructurar dos hojas en relación con las funciones de paraexitación y de inscripción. El negativo de la transmisión no llega a figurarse y la hoja de la paraexitación no llega todavía a contener el negativo transgeneracional para transformar el aparato de pensamiento (Jaitin, 1983).
  2. La presencia de la ausencia En el segundo año de la terapia, se produce un gran acontecimiento para la familia, que es la llegada de la Taquine (pilla, bromista en español), la perra. Es el regalo de los 11 años del hijo. El pedido había sido largamente expresado por los niños durante el primer año de la terapia. La llegada de la perra es un momento muy fructífero de la terapia familiar ya que pone a la família en contacto con los fantasmas originarios. El papà evoca la depresión y la hospitalización de su madre, rechazada por la familia política. Recuerda que su madre estuvo deprimida hasta el momento en el que retoma la empresa familiar creada por su abuelo y en el que su padre no pudo asegurar la sucesión. El fracaso de su padre, sus propias dificultades para continuar estudios superiores, van a actualizar los miedos de los fracassos escolares de sus propios hijos. También fue un momento importante para la madre que habla de los efectos de la adopción de ella y de su hermano, porque sus padres y los hijos fueron mal recibidos pues la familia no aceptaba los hijos con otro color de piel. Su llegada provoca la ruptura con las familias de origen. La hija traduce la paradoja de la doble piel del origen de su madre: muestra el dibujo de su mamá en marrón amarillento diciendo: «querías ser blanca», reenviándola a la paradoja de sus orígenes étnicos, entre sus padres biológicos y sus padres de adopción. Los niños que se muestran excitados en la sesión introducen la cuestión de la sexualidad de manera cruda y luego surge el tema del momento en que se van a dormir. Un episodio es evocado: una noche el hermano se esconde en la cama de su hermana. La madre, en alianza con su hijo, se sorprende por la manera en que la hija reacciona, porque se queda tranquila. Lo fraternal presta un apoyo figurativo al humor negro como una modalidad incestuosa de lo fraternal en la familia. La sesión continúa este eje. La hija habla de sus ocho conejos y su perra como su verdadera hermana; señalando que los destrozos que la perra realiza se deben que la madre no se ocupa de ella. ¿El fantasma de la escena primaria y de una copulación permanente, seguida del abandono como efecto de una violencia destructora, permitirá a la familia constituir un bosquejo de envoltura? La madre se ausenta de la sesión siguiente por primera vez desde el comienzo de la terapia para el seguimiento de su enfermedad. Su ausencia va a abrir un nuevo capítulo, el de la paradoja entre la presencia y la no presencia, en relación con la depresión maternal de los bisabuelos paternales.

El abandono del perro: Las historias de abandono se reviven en diferentes escenarios. Después de las vacaciones de febrero, los padres consideran la posibilidad de dejar la perra una semana para adiestrarla. Después deciden dejarla durante 15 días. El padre confiesa: «Yo no puedo asumirla, rompe, roba y destruye». Taquine es devuelta a su criador. Taquine es llamada así por los niños, pero que el padre la llama Coquine, que vendría a ser sinónimo de canalla, ladrona, maliciosa. Este episodio que pone en escena el abandono y la no protección de los animales se desplaza a través de los reproches entre la madre y la hija; el padre y la madre, mientras que el hijo guarda silencio. La hija acusa a la madre de haber abandonado la perra: «Vos no fuiste dada porque hacías travesuras». En una identificación adhesiva a su madre la hija se autoreprocha el abandono de su gato. Su gato Mustafá se marchó porque ella había tomado otro gato. Pero el segundo gato, también, desapareció. Ella es acusada de ser una mala madre que abandona porque la llegada del segundo le hace abandonar el primero. La madre reprocha al padre su partida al fútbol el domingo sin haber cortado el pasto. A continuación de mi interpretación sobre le abandono y la culpa, el padre asocia: «Cuando yo tenia dos o tres años mi madre tuvo una depresión grave y yo fui enviado con mis abuelos maternos. Cuando era chiquito tenía siempre miedo que mis padres me abandonaran». El abandono se revive también en la transferencia. En una ocasión la sesión es anulada y los padres vienen solos pues los hijos están enfermos. Desde del comienzo de la terapia, la última sesión del año, antes de las vacaciones, es anulada. Sea porque la madre parte sola de manera anticipada con sus hijos, tal vez porque el padre está de viaje por su trabajo. Durante las vacaciones, que se pasan generalment en países latinoamericanos, siempre encuentran animales abandonados en sus recorridos. El encuadre de la terapia familiar ofrece un continente para simbolizar el abandono. El de la perra a los tres meses, va a jugar nuevamente las historias de las ausencias transgeneracionales. Este pasaje de abandono permitirá a la familia avanzar en la confrontación de sus experiencias traumáticas no asimilables pero que van siendo identificables. La continuación del proceso de la terapia familiar nos permitirá observar la transformación de los contenidos organizados por angustias primitives en búsqueda de continentes de pensamiento. Los significantes rítmicos de los encuentros ayudan a separar el tiempo y las ideas de las vivencias de abandono para construir un nuevo aparato de pensamiento, en el espacio de las sesiones. Nosotros somos en principio pensados por los otros y la familia se ve obligada a moldear sus pensamientos a partir del pensar de las otras generaciones. Los acontecimientos psíquicos tienen una triple inscripción en las familias: sobre la envoltura familiar, sobre el self familiar (es decir el ideal) y sobre el pensamiento. Estos tres niveles de simbolización están intrincados en esta familia que no llega a diferenciarse. Los protoritmos de los intercambios se inscriben en principio como audiograma, como una forma del inconsciente primario. Si estas formas primarias son muy rígidas, los contenidos se paralizan. Estos movimientos están tan intrincados en esta familia que no llega a diferenciarse.

  1. El porta sueño y la memoria del futuro La familia induce el sueño y provee con su capacidad de soñar los materiales que fundan un espacio onírico compartido creando una envoltura narcisista (Granjon, 1992 y Kaës, 2002b). La calidad de los sueños se transforma en el proceso transferencial, y el futuro se hace accesible por la potencialidad transformadora del sueño. El proceso terapéutico va a permitir una transformación del «porta sueño» de la familia, que es la hija, y la puesta en contacto de la familia con la capacidad de soñar. Los diferentes tipos de sueño en el curso de la terapia van a permitir visualizar las transformaciones del aparato psíquico familiar. Durante la terapia los sueños se organizan bajo diferentes formas: el sueño del cuerpo vivido, como depósito, como forma de pensar en actos y el sueño del pensamiento primario. El contra investimento generado por la violencia del abandono permitirá el pasaje del inconsciente primario no representable, lleno de herencia filogenètica a un inconsciente secundario. Veremos que los diferentes sueños dan acceso, en el proceso de la teràpia familiar, a la escritura de un poema posibilitando que la madre se interrogue sobre su nacimiento. Al comienzo de la terapia, los sueños de la hija sobre su muerte serán un intermediario privilegiado entre le pasado reciente y el pasado antiguo, entre su funcionamiento arcaico ontogenético y filogenético de la figuración del tiempo muerto. En este sentido, el sueño como organizador psicosomático tiene una función psíquica de cuerpo vivido. El sueño en el que la hija se ve muerta y, al mismo tiempo, ella se ve en un espejo como veterinario, teniendo un negocio de venta de animales o ocupándose de la peluquería de perros. Ella se ve también casada con un perro, proyectada en un futuro destinado a reparar la pérdida; o ella va a casarse con la raza de los abandonados. El vínculo con el animal es un objeto preedípico con un fuerte investimento erótico y libidinal para los niños. No se trata en este caso de tener un hijo del padre sino de dar vida a un sujeto que muere. Este sueño próximo a sueño diurno, permite contactar un self familiar estructurado sobre los ideales destinados a reparar las heridas narcisistas de las dos líneas, materna y paterna. En esta familia padres e hijos intentan reparar las heridas de los ancestros, difícilment representables. Algunas sesiones después la hija cuenta otro sueño: «Nosotros pasamos con mi mamá delante de la casa de la familla A. Están delante de la casa, nosotros los saludamos y ellos no nos reconocen. Las asociaciones traídas por el padre hacen alusión a que «son nuestros amigos, partieron para el sur»; «eran amigos muy próximos, pero hemos tenido más noticias»; «son gente rara y no fiable»; un día muy cercanos y al día siguiente muy distantes». Un episodio se produce el día anterior a esta sesión cuando fueron a la casa de los abuelos paternos, para festejar el cumpleaños de las primas mellizas. La hija pasa la tarde frente al televisor y su madre la riñe, porque ella se queda marginada frente a la pantalla. La mamá agrega que los sueños de su hija son penosos porque por momentos ella se siente genial y por momentos nula. Tiene miedo de que su hija sea excluida. La mamá insiste sobre el hecho que la familia cree que ella va a volverse loca porque va a quedarse en lo imaginario. Este sueño da acceso a que la familia reactualice su miedo a no ser reconocida ni a reconocerse en un vinculo filiativo. La madre traduce su confusión entre el sueño (a los que ella no tiene acceso en lo imaginario) y la proyección delirante, porque tiene dificultad de comprender la tentativa de la hija de metabolizar la materia pensable de contenidos difícilmente representables. Y la madre teme que la emergencia de un pensamiento delirante denuncie el discurso transgeneracional que lleva en su cuerpo. El desasosiego del imaginario familiar y la dificultad de confrontación a los propios deseos de muerte, hace difícil la creación de un origen mítico de la familia. Este sueño va permitir trabajar el miedo a la locura y la dificultad de apreciar el valor de la ensoñación en la familia. La vergüenza reaparece depositada en la hija, portadora del miedo a la exclusión. La familia no llega a preservar la memoria de un pasado en el que la adopción del vinculo filial pudo ser investido o trabajado. Como si el tiempo vivido del doble nacimiento (biológico y de adopción) no permitiera crear una historia y, en consecuencia, como si no existiera siempre la amenaza de descubrir que el presente puede ser desmentido, como si lo que había sido desmentiera lo que se creía ser. Este sueño ayudará a expresar el tormento y el miedo de la familia a no poder crear vínculos que le ayuden a enraizarse en una filiación y en una afiliación. Ellos tienen muchas dificultades de reconocerse como una familia nuclear diferenciada. Los vínculos de amistad quedan fragilizados y mezclados con los vínculos primarios. Los amigos no llegan a constituirse como un grupo de apoyo que les permita despegarse del grupo de origen.

Del sueño a la escritura Algunas sesiones mas tarde del sueño de la hija, ésta aporta su diario con la foto de la perra y un poema para ella. Trae el poema (1) en un buen francés y quiere dejarlo con los dibujos que se conservan en mi despacho. Después de la lectura del poema, cuenta que su gato regresó. La elaboración de la pérdida de la perra abre la vía a la cuestión de lo no representable de la adopción y de los abandonos en la familia. A Continuación la madre dice: «He cumplido cuarenta y cinco años y estuve todo el día llorando, preguntándome porqué después de 45 años una madre no se interesa por las cosas que le ocurren a la hija». La hija llega a poner en palabras el fantasma de rapto subyacente a la adopción. Ella se sitúa como una doble gemela en una identificación adhesiva a la madre. La desaparición-reaparición de una figura de substitución (perro y gato) permite pensar la ausencia del objeto. Y también a preguntarse: ¿Por que una mamá puede abandonar un hijo y porqué una mamá puede adoptar un hijo? En un primer tiempo, la parte desconocida del yo pensante pudo poner en la periferia la negación de los orígenes, sin embargo, en un segundo momento, la puesta en escena de las historias de animales ayudó a desactivar el clivaje y como categoría intermedia, establece un puente entre la parte conocida y la parte desposeída de significación.

A manera de conclusión

El fantasma de la transmisión toma la forma de sueños en la familia. En un comienzo, los sueños somáticos permiten representar el cuerpo vivido como muerto. En un segundo momento, los sueños permiten confrontar la locura, la vergüenza, y el miedo a la exclusión o la dificultad, para significar la experiencia de abandono. Al final del proceso terapéutico, los sueños van a permitir una re-escritura de la historia familiar, lo que permitirá a la familia apropiarse de la representación de un origen viviente. El tema de la escritura que aparece en la primera consulta como un síntoma disléxico, ayudará también a crear una novela familiar. Esto hace referencia a un futuro en el que lo imaginario y la fantasía común ofrecen la posibilidad de elaborar las experiencias transgeneracionales traumáticas para la familia. La puesta en escena del vínculo fraternal escenificada a través del vínculo con el perro, permite simbolizar la experiència de abandono. El marco de la terapia familiar reactualiza las imagos familiares bajo la forma de audiograma, de protoritmos de vínculos difíciles de contener en los pensamientos. La expresión a través del cuerpo y los actos inaugura el proceso de transformación del aparato psíquico familiar y permite que aparezca el sufrimiento familiar relacionado con diferentes áreas de expresión de los vínculos: la primera, centrada sobre el cuerpo, se refiere al obstáculo epistémico para pensar los orígenes; la segunda se centra sobre la acción, sobre el efecto de la presencia, del encuentro y de exclusión de la perra, el sentimiento de abandono y el deseo de muerte que la nueva experiència moviliza. Finalmente, la tercera, se dirige a la posibilidad de pensar el tiempo de la ausencia que va a llamar a la memoria, donde lo imaginario y la fantasmatización van a ocupar un lugar que crea la posibilidad de rememorar y de recrear las experiencias transgeneracionales dolorosas para la familia. Con la participación de los abuelos, la experiencia del viaje de los hijos a América Latina para visitar a la madre, sirvió para interrogar la ausencia y tener un nuevo encuentro, en la terapia familiar, con una terapeuta extranjera que tiene una lengua materna diferente al francés, lo cual permitirá a la hija desarrollar la finura y la sensibilidad para el aprendizaje de las lenguas. La estancia en un país de lengua hispana ayudará a sublimar el sufrimiento de la ausencia de la madre a la edad de tres años. Ella se convertirá en la portavoz de la transformación del aparato psíquico familiar sobre el cual van a apoyarse las nuevas piezas del proyecto identificatorio de la familia. El sueño familiar no sólo fue la tentativa de elaborar la historia familiar, sino la manera de resolver los conflictos relativos al mundo exterior. Una manera de aprender a pensar la realidad en una proyección hacia un tiempo futuro.

Nota

(1) Yo estoy cansanda de no verte más, tú me faltas./ Hace tiempo que no te he visto y yo te amo./Yo te amo con locura, como tu hermana./Yo quisiera verte una vez más par decirte adiós. Como pudieron llevarte así,/porque yo te amo, yo te adoro. En tus ojos, yo veía el amor que tenías por nosotros/ y el humor que tenías así mismo si yo no hablaba tu lengua./Tu estabas siempre contenta y tus maneres me hacían gracia Y si gritabas sonreías siempre/Vos era una buena top modelo… os aburríamos…

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