La pareja y la familia en la teoría y la clínica psicoanalítica: algunas reflexiones

Elvira A. Nicolini

 

RESUMEN

Se examinan algunas cuestiones teórico y clínicas consideradas fundamentales referentes a los aportes actuales del psicoanàlisis a la psicoterapia psicoanalítica de parejas y familias, a sus consecuencias técnicas en el dispositivo de la cura y se ejemplifican con material clínico. Se destaca especialmente la distinción entre la noción de relación de objeto y vinculo, el papel de las identificaciones y los efectos de la alteridad radical presente entre los sujetos que constituyen y son constituidos por el vínculo. PALABRAS CLAVE: vínculo, pareja, familia, repetición, identificación, alteridad.

ABSTRACT

THE COUPLE AND FAMILY IN PSYCHOANALYTIC THEORY AND PRACTICE: SOME REFLECTIONS. This paper examines clinical and theoretical issues related to psychoanalytic couple and family psychotherapy. The benefit of distinguishing the notions of object relations and bond, the role of identifications, and the radical otherness present between subjects forming a bond, are underlined and discussed. Clinical case material is presented. KEY WORDS: bond, couple, family, repetition, identification, otherness.

RESUM

LA PARELLA I LA FAMÍLIA EN LA TEORIA I LA CLÍNICA PSICOANALÍTICA: ALGUNES REFLEXIONS. S’examinen algunes qüestions teòriques i clíniques considerades fonamentals referents a les aportacions actuals de la psicoanàlisi a la psicoteràpia psicoanalítica de parelles i famílies, a les seves conseqüències tècniques en el dispositiu del tractament i es posen exemples amb material clínic. Es destaca la distinció entre la noció de relació d’objecte i vincle, el paper de les identificacions i els efectes de l’alteritat radical present entre els subjectes que constitueixen i són constituïts pel vincle. PARAULES CLAU: vincle, parella, família, repetició, identificació, alteritat.

Me gustaría exponerles algunas reflexiones que emergent de un particular dispositivo de la clínica psicoanalítica: aquel que se ocupa de las parejas y las familias. No es un dispositivo clínico «tradicional»: el paciente del que nos ocupamos es una pluralidad. Es, además, una pluralidad con una particularidad ya que tiene una historia compartida y, casi siempre, una vida cotidiana en común. Se trata por tanto de relaciones duraderas y muy significativas en la vida de cada uno de nosotros. En estos últimos 40 años se han consolidado muchos conceptos y líneas de investigación, en cuanto a estos conjuntos. Pienso, por ejemplo, en la transmisión inter y transgeneracional (Granjon, 2005) o a las produccions interfantasmáticas, a los acuerdos, a los contratos y pactos inconscientes y denegativos (Kaës 2007) que subyacen a las dinámicas de estos conjuntos. Conceptos que constituyen un cuerpo teórico que ha permitido, ya sea profundizar cuestiones relativas al sufrimiento que encontramos también en el setting clásico, ya sea para ver, desde una óptica diversa, la relación terapéutica y ciertos impases que se producen en ella. Al referirme a las familias y a las parejas utilizo intencionadamente el plural porque se constata el hecho que la configuración que está en la base de estos conjuntos no es unívoca y propone una diversidad multiforme: las familias reconstituidas o reunificadas –donde uno o ambos miembros de la pareja tienen hijos de relaciones anteriores, que conviven juntos, o no–, las familias monoparentales –ya sea porque se constituyeron así desde el principio o como consecuencia de una separación–; las parejas de hecho –homo o heterosexuales–; las familias que han adoptado o han tenido hijos mediante la reproducción asistida. Y otras más. Esta multiplicidad y diversidad nos confronta con problemáticas e interrogantes que ponen a prueba nuestros instrumentos teóricos y clínicos. Obliga a replantearnos las teorías que paulatinamente, en el ámbito psicoanalítico, se han construido en base al setting llamado «individual». Ponen en evidencia no sólo los nudos no resueltos, las zonas oscuras, los puntos ciegos. Sugieren cuestiones que animan un debate vivaz y proponent hipótesis y teorías que difieren sensiblemente entre ellas, aun considerando sólo aquellas adscritas a la matriz psicoanalítica. Por ejemplo, uno de los interrogantes que se plantea es si dicha multiplicidad de configuraciones «familiares» y/o de «pareja», constituyen variaciones morfológicas de una estructuración única: la familia. ¿Son todas ellas reconducibles a una única organización de base? ¿Es la misma que articula en la familia tradicional las relaciones de filiación y de afiliación (como lo es la constitución de las relaciones de pareja), reguladas por las interdicciones fundamentales de la cultura (el tabú del incesto y del parricidio)? ¿De aquellas prohibiciones, pues, que estipulan el orden de la sexualidad, las diferencias de género y generacionales? ¿O algunas de estas configuraciones exceden o alteran esta organización de base, transmutan su lógica interna y las categorías psíquicas que constituyen su fundamento? ¿Se trata, entonces, de conjuntos radicalmente diferentes? Estos interrogantes y las diversas respuestas, más o menos implícitas que suscitan, resuenan y se reflejan en los discursos presentes en diversos ámbitos culturales y en diversas latitudes –también psicoanalíticas–. Las diferentes respuestas tienen, no obstante, fuertes implicacions sobre el trabajo terapéutico y sobre la dirección que asume la investigación y la reflexión teórica que lo acompaña. Algunos autores, no sólo del ámbito psicoanalítico, afirman que hoy la familia occidental ha mutado mucho en sus dinámicas internas, como consecuencia de los cambios sociales y del desarrollo tecnológico que incide de forma relevante sobre las modalidades relacionales y el imaginario subyacente a ellas (basta recordar, por ejemplo, las técnicas de reproducción asistida). De forma concomitante se habrían producido importantes transformaciones en las instancias simbólicas (por ejemplo, las funciones parentales) y con ellas las condiciones de producción subjetiva, las propuestas identificantes, las producciones interfantasmáticas y los procesos identificatorios. Pero también han mutado, en el ámbito psicoanalítico, algunos aspectos centrales de las teorías relativas a estos conjuntos (Berenstein, 2004, 2007; Nicolini, 2008). Me gustaría detenerme brevemente en estas transformaciones. Lo que querría transmitirles, por tanto, no son teorías acabadas, conceptos concluyentes, sino trabajos en curso, reflexiones abiertas a la controvèrsia de tal forma que sus puntos de inconsistència admitan nuevos desarrollos. Inicialmente se concebía el vínculo dentro de la teoria de las relaciones de objeto, como aquello que une a un sujeto con su objeto amoroso o libidinal. Posteriormente y hasta poco más de un decenio se teorizaba el vínculo como un elemento tercero que une dos (o más) sujetos, dos o más alteridades: sujeto A <—–> sujeto B. Al concebir el vínculo como objeto tercero, con funciones de unión, implícitamente y de hecho, era pensado externo al sujeto considerado como totalidad. Una cuestión teórica, a mi parecer fundamental, afirma que estos vínculos no son externos al sujeto. Esta premisa es un punto de partida importante que desplaza sensiblemente toda la conceptualización que se deriva. Esta premisa es, en mi opinión, central: los vínculos familiares y de pareja no son externos al sujeto. Lo constituyen y al mismo tiempo son constituidos por los sujetos. La noción de subjetividad no considera al individuo como una organización en sí misma que se relaciona con el mundo, o a una realidad humana, pensada como una exterioridad. El sujeto humano nace, crece y se constituye sólo dentro de las relaciones; de una matriz simbòlica que lo anticipa y lo acoge. Él, inexorablemente, es parte de ella, encarna su entramado y al hacerlo lo transforma, lo recrea, lo desestructura y reorganiza en virtud de las propias experiencias y de la singular ecuación personal. En este sentido, decía: los vínculos de pareja y família no son externos al sujeto, que es parte de ellos. Por tanto, pensar el vínculo como elemento tercero es insuficiente y poco adecuado. Los vínculos significativos y duraderos son internos y externos a los sujetos que constituyen su trama. Pienso que los dispositivos clínicos que se ocupan de estos conjuntos lo hacen de los procesos y los fenómenos que ocurren en aquel espacio «inter», «entre», «con» y «en» los sujetos que establecen estos vínculos entre ellos (Berenstein, 2008). Un vínculo que impone a cada uno de ellos huellas constitutivas, herederas de la pertinència a dicho conjunto. Huellas de las cuales cada uno se apropia y metaboliza de forma personal.

Los paradigmas y la clínica de los vínculos Retomar estas nociones tiene el objetivo de señalar un cambio de perspectiva teórica que la clínica con estos conjuntos ha consentido profundizar. Ahora pensamos que las fronteras entre interno y externo son más difuses y fluidas. No constituyen un límite nítido y mucho menos fijo e inmutable, que se constituye de una vez por todas. La cinta de Moebius metaforiza el devenir continuo de la alternancia recíproca entre interno y externo, el devenir del uno en el otro en el curso de la vida y no sólo en las fases iniciales de la organización psíquica. Estos nuevos paradigmas consienten superar el pensamiento dicotómico que opone, por ejemplo, interno y externo, activo y pasivo, etc. Pero también, la oposición entre sujeto y grupo, familia o cultura. La superación de estos opuestos regidos por una lógica binaria, permite afrontar situaciones clínicas y realidades complejas cuya organización y funcionamiento está regulada por otras lógicas, por ejemplo aquella paradojica que Winnicott puso de relieve. Por lo que respecta a las configuraciones vinculares (o de las relaciones) a las que me refería, en el pasado se ha explorado en profundidad el rol de las identificaciones y de la complementariedad. La referencia a las identificaciones proyectivas, a las relaciones de objeto y a las colusiones que describen la circularidad de determinadas dinámicas, son nociones que en los años sesenta y setenta consintieron una primera temptativa de aproximación teórica y clínica a estos conjuntos. Pero hemos comprendido que este modelo teórico tiene un problema: reduce los procesos intersubjetivos a lo intrapsíquico. Es decir, reconduce todo cuanto ocurre en la relación, en el espacio «inter» o «entre» a las dinámicas internas individuales, a las transferencias que desearían hacer del otro el destinatario y el depositario –más o menos complaciente– de los objetos internos y de la repetición de los lazos primordiales. Así, reduce a la escena interna la complejidad intersubjetiva, dejando en la penumbra su especificidad. El examen y la interpretación de las colusiones que resultan de las identificaciones proyectivas cruzadas, efectivamente detectables, han constituido un primer intento de superar los límites de lo singular para abordar las dinámicas intersubjetivas. Pero estas colusiones ponen de relieve sólo el grado de complementariedad adquirida por los componentes del conjunto, de adecuación recíproca, de inconsciente encaje con el fin de preservar la unidad y la cohesión. Este es el ámbito de los acuerdos y de los pactos inconscientes en su función –también en la patología– de garantizar la estabilidad y la continuidad del vínculo. Son formaciones de compromiso, contratos inconscientes, que tal y como indica su raíz etimológica, sugieren la idea de operaciones (de represión, denegación, de repudio) que implican a más de un sujeto, que trascienden, por tanto, los límites corporales de cada uno; que se desarrollan, instituyen y destituyen con otros. Son acuerdos y pactos inconscientes que (como Kaës nos enseñó) implican mecanismos defensivos comunes y necesarios –pero no siempre idénticos entre los miembros–, sostenidos e impuestos por la pertenencia al conjunto. Y también producciones fantasmáticas comunes sobre las que se sostiene dicha pertenencia. Y aun más, con esta teorización se muestra como ciertas funciones intrapsíquicas, como por ejemplo aquellas del superyó, se desplazan a un componente de la familia al cual se confieren (o se niegan) ciertas atribucions y con el que se establece, correlativamente, una particular relación. A menudo aparecen así: «De tu padre no esperes que te ayude en esto. Es demasiado rígido para entender». O también: «A tu madre no se lo contemos, porqué ella no quiere… se enfada mucho… no lo soporta». En esta óptica teórica el conjunto y sus dinámicas son leídas como el escenario sobre el que se despliega una determinada geografía intrapsíquica. O bien, se describen dinámicas circulares (de feedback), fruto de la repetición. Estas formulaciones, a mi entender, se limitan a describir lo que sucede entre los componentes de un grupo cuando, por ejemplo, defensivamente, uno de ellos se lamenta o reprocha al otro y este último «justifica» su propio comportamiento localizando la causa en las actitudes más o menos habituales del primero. Se describe por tanto un sistema cuyas partes se ensamblan en una colusión o complicidad, en una complementariedad que se establece como determinación recíproca y explicación exhaustiva, sin interrogar más profundamente las causas de esta dinámica repetitiva (en mi ejemplo, la circularidad del reproche). En los años setenta, con los instrumentos teóricos consolidados en el setting «individual», se intervenia interpretando las identificaciones proyectivas cruzadas y las transferencias internas al conjunto, reconduciéndolas a la historia infantil y a las dinámicas de las respectives familias de origen. Se trataba así de abrirse paso para contrarrestar la repetición, ampliando la comprensión de los componentes del grupo acerca de sus propias dinámicas internas, sobre la personal codeterminación del trastorno en acto en el vínculo, sobre la compulsión a la repetición. En este sentido decía más arriba que dicho modelo teórico reconduce lo intersubjetivo a lo intrapsíquico, reenvía el conjunto a lo individual. Naturalmente no es cuestión de desconocer la realidad intrapsíquica ni la dimensión histórica. Estas necesariamente están presentes y son copartícipes: son imprescindibles. Tampoco se trata de sustituir o desconocer las identificaciones proyectivas y las relaciones de objeto. Como señala Berenstein (2004) puede haber una teoría que indague los procesos que ocurren individualment dentro de un vínculo y es diferente de una teoria de las relaciones que, en cambio, tiene el vínculo por objeto; es decir, lo que deviene entre, en y con los otros del vínculo. Reconocer ya sea estas diferencias, ya sea los límites de los propios instrumentos conceptuales, ha hecho posible abrir otras vías de pensamiento. Ha permitido superar obstáculos intrínsecos de la teorías que tienen implicaciones muy directas sobre la modalidad de intervención terapéutica (Berenstein et al, 2006; Puget, 2008), como intentaré mostrar a través de material clínico. A mi modo de ver, estos obstáculos reproponen una forma paradigmática de resistencia a los vínculos: la identificación proyectiva y las relaciones de objeto que se expresan en las transferencias recíprocas, miran de sujetar la alteridad del otro a la condición de objeto. Intentan reducirlo en los límites del objeto representacional heredero de experiencias pasadas: aquel objeto deseado que vendría a satisfacer los propios anhelos inconscientes o, quizás, aquel objeto persecutorio o decepcionante. Pero de todas formas, en sintonía con las vicisitudes de la propia historia infantil, como su reproducción y, por tanto, desconociendo la diversidad. La formación clásica «individual» nos ha entrenado para dar a lo intrapsíquico una prioridad que puede ser obstáculo cuando se trata de trabajar en los dispositives multipersonales. Quizás nos sea algo difícil aceptar la coexistencia y al mismo tiempo la heterogeneidad de estas diversas dimensiones (la intrapsíquica y la intersubjetiva). Parece prioritario considerar la especificidad de cada una y la complejidad que de ellas se deriva, especialmente si estamos convencidos de que el conjunto no es la suma de las partes y que tiene recursos, procesos, producciones y defensas específicas que resultan del encuentro entre subjetividades irreductiblemente diversas. Esta diversidad –la alteridad radical– entre los sujetos del vínculo es también insustituible. Sin ella, ¿qué noción de encuentro podríamos pensar? Y, ¿qué noción de alteridad? Lo que resulta del encuentro, el vínculo, no puede reducirse a componentes del orden de lo similar y a las complementariedades reconducibles a los mecanismos identificatorios, aunque éstos estén también presentes. La circularidad repetitiva de los reproches cruzados, por ejemplo, que en el dispositivo de pareja emerge tan a menudo, es el síntoma de un malestar que también tiene su origen en el conflicto que se deriva de la alteridad radical presente en el otro. Pone en evidencia la discrepancia existente entre representación de objeto y sujeto otro. La identificación proyectiva mira de tapar esta diferencia, de recubrir la diversidad radical (que es por tanto irrepresentable). Al enmascararla convierte al otro ilusoriamente en conocido y familiar, previsible. Esta es su función defensiva, muy tranquilizadora. Pero este propósito de revestir la extrañeza del otro fracasa siempre puesto que los efectos de presencia que emergen en el aquí y ahora del encuentro exceden siempre la representación mental. Aquella discrepancia obliga a realizar un trabajo psíquico continuo, que cuestiona las certezas de cada uno, incluso aquellas identitarias y hiere narcisísticamente. La presencia del otro sujeto impone un trabajo vincular respecto al cual las representaciones precedentes y las expectativas constituyen un obstáculo que actúa como resistencia a la relación. El reproche demuestra el penoso desconcierto provocado por la falta de confirmación de las expectativas respecto al objeto. Pone en evidencia la pretensión inconsciente que querría al otro como reflejo de la representación de objeto que cada uno se ha construido, en base también a las transferències y a los propios deseos.

Sobre el determinismo y la singularidad de cada encuentro

El pensamiento contemporáneo, también en el ámbito psicoanalítico, ha puesto a debate la idea de determinisme y causalidad que había prevalecido durante largo tiempo en nuestra disciplina. Por ejemplo, la elección de pareja, era leída casi exclusivamente desde la repetición y determinada por las relaciones de objeto precoces o por la estructuración lograda con la personal elaboración de la epopeya edípica. Lo que acontecía en la relación era interpretado, por tanto, como prefigurado, preexistente y predeterminado. Así, casi no quedava espacio para lo azaroso, para lo inédito de cada nueva experiencia, para lo imprevisto del encuentro con la alteridad. Las experiencias actuales se consideraban una reedición del pasado. Si nos detenemos a reflexionar, esta conceptualización centrada en una causalidad tan radical, parece determinada por las exigencias de predictibilidad impuestas a un «saber» que aspira a una validación de cientificidad. Exigencia que hoy no es aplicada ni siquiera a las denominadas «ciencias duras». Se trata además, de una concepción aplicable a los sistemas cerrados y relativamente poco complejos que admiten una causalidad lineal. Para hacer posible esta predictibilidad los conjuntos venían descompuestos, separados en unidades cada vez menores. Pero al separar, aislar, dividir y reducir el conjunto en partes, se pierden sus relaciones intrínsecas, se fracturan los mecanismos de autorregulación propios de las organizaciones complejas. Precisamente aquello que hoy, en cambio, con fines terapéuticos se desearía comprender para discernir sus potencialidades creativas y de cambio.

Viñeta clínica

Me gustaría introducir una breve viñeta clínica, para ejemplificar lo dicho anteriormente. Rossana pide telefónicamente una consulta de pareja. Ella y Carlo llegan puntuales. Tienen poco más que la cuarentena. Tras la presentación Carlo mira a su mujer invitándola silenciosamente a empezar.

– Carlo: «… Dado que tú lo propusiste…»

– Rosanna: «Hace unos 15 años que nos casamos y tenemos dos hijos, de 13 y 10 años, Marco y Laura». Rosanna se dirigía a mí acogiendo la invitación del marido como si fuera algo descontado. Comenzó a contarme la historia de ellos, muy rica en detalles significatives y de sufrimiento, de pérdidas y desilusiones, narrada con mesura pero, al mismo tiempo, intensa actitud emotiva. Las múltiples asociaciones de sentido que iba sugiriendo, ponían de relieve, como me diría después, las trazas de un largo análisis personal. Carlo silencioso, esperaba con cierto distanciamiento y, como revelaba su actitud corporal, con una creciente inquietud. Me sentía a la vez atraída por el relato de ella (que implícitamente me proponía una alianza inconsciente) y ligeramente incomoda por la impaciencia que él demostraba: progresivamente, me parecía siempre más aburrido y cada vez menos implicado. A pesar de que el movimiento rítmico de las Piernas de él era cada vez más rápido e inquieto, Rosanna no parecía hacerle caso, concentrada en su discurso, como si tejiera a mi alrededor una trama espesa y seductora. Continuaba explicándome su historia personal, vivencias penosas de la relación con su familia de origen, para relatar que, cuando ella y Carlo se conocieron, poco más que a los veinte años, ella se recuperaba de un grave intento de suicidio. Se sintió entonces muy atraída por la actitud decidida y pragmática de él, apenas licenciado. Se casaron en seguida y tuvieron los hijos, pero pronto aparecieron serias dificultades económicas, por la quiebra de la empresa que él había creado con un socio que lo estafó. Me hablaba también de ambos hijos y de las dificultades en su crecimiento, de los esfuerzos de ella para afrontarlas, para sobrellevarlas, y sobre todo se detuvo en subrayar su gran decepción por el modo en que Carlo la había excluido de sus problemas de trabajo (que «lo ocupaban tanto»), hasta que a él se le hace imposible esconder el derrumbe, las deudas y las causes legales. Empezaron entonces las grandes dificultades en su relación, las peleas y los desacuerdos. Superada ya la mitad del tiempo de nuestro encuentro, mi impresión era que Rosanna habría podido continuar enriqueciendo su descripción, a pesar de que lo que sucedía entre nosotros en esa precisa situación empobrecía cada vez más el contacto entre ellos. ¿Cómo seguramente había ocurrido a lo largo de su vida en común? Simultáneamente, las múltiples asociaciones que se intuían en su discurso, podían encerrarme en aquella fascinante y articulada telaraña. No me era difícil recuperar en la historia de la pareja tal como ella la relataba, la repetición de la dolorosa decepción impuesta por su madre cuando, coincidiendo con el nacimiento del hermano ocho años menor, la había «cedido» a una tía casada, sin hijos. La había obligado, por tanto, a perder los vínculos de su infancia y familiares, así como los vínculos con su tierra natal para desplazarse a una gran ciudad gris y lejana, en la que se sintió sola y abandonada. Esta interpretación de la reedición, en la relación de pareja, del abandono infantil era muy evidente. Rossanna me la proponía sin saberlo. ¿Pero era ese el camino a recorrer en aquel dispositivo? Pensé que una intervención mía en esa dirección corría el riesgo de corroborar la alianza inconsciente que ella me proponía (y la inconsciente atribución transferencial que hacia de Carlo el heredero de la madre que desampara, como actualización del conflicto y el padecimiento infantiles) como obstáculo y resistencia al vinculo de pareja. Además, en su versión de los hechos Rosanna atribuía a Carlo la causa de su «fracaso» como pareja, porqué al excluirla y callar todo, la había decepcionado. A menudo, en las consultas con este dispositivo, cada uno de la pareja propone una versión de los hechos en la que la causa del malestar en la relación recae sobre el otro –o sobre terceros: los hijos, o los suegros, etc.– Casi siempre, es el otro que decepciona las propias expectativas o que no cumple los acuerdos, más o menos implícitos, en los cuales se regía el entendimiento recíproco. Pero lo que me inquietaba de aquella consulta era que tenía la viva impresión que incluso entre nosotros, en aquel coloquio, Carlo continuaba callando (¿escondiendo?) algo importante. Lo que me desconcertaba era su silencio. Me hubiera esperado que ante aquella acusación él expresara su desacuerdo, o alguna defensa, o una versión diferente de los hechos y de las responsabilidades. En cambio no. Y sin embargo, no me parecía un hombre tímido, sumiso o resignado. Le permitía hablar aunque aquel movimiento rítmico del cuerpo denotaba un malestar sin palabras. Aparentemente «quién calla otorga», y efectivamente él no oponía la más mínima objeción, aunque en la versión de su mujer se le acusara dura y exclusivamente de las dificultades presentes en su unión y del sufrimiento del que Rosanna se quejaba. Una versión que, pensaba, le era muy conocida. ¿Por qué entonces consentía? Quizás su silencio y su inquietud motora, en claro contraste recíproco (como si quisieran hacerse recíprocamente más evidentes), ¿querían indicarme algo? Ciertamente me inquietaban. Quizás podían querer decir que no era posible sustraerse del todo, que no se podía no escuchar del todo aquello que Rosanna decía allí entre nosotros (y por tanto sentir cierto malestar). Pero se podía rechazar de lleno, vaciando de sentido el hablar, la confrontación en aquel terreno, el de la palabra. Y de allí mí inquietud, dado que era precisamente aquel el terreno de nuestro encuentro, el instrumento privilegiado del cual valernos: la palabra. ¿Qué esperaban de aquel encuentro? ¿Quizá él esperava sólo que yo escuchara a su mujer?, ¿qué me ocupase de ella?, ¿qué lo relevara de esta carga? ¿Y Rosanna? ¿Quería tal vez recuperar la escucha y el soporte del terapeuta anterior? ¿Pedía una escucha que legitimara las causas a las que ella atribuía su sufrimiento? ¿Aquellas que había identificado imputándolas a él? Pero, si así era, ¿por qué habría traído a Carlo? Quizás esperaba que una palabra autorizada (¿la mía?) confiriera validez a argumentos y emociones que él rechazaba. Quizás percibía el rechazo de él como una condena que la restituía a aquella sensación de soledad insuportable de la cual, en el pasado, justamente él la había rescatado, cuando se prometieron (tras su tentativa de suicidio). Ahora Carlo traicionaba aquella promesa que los había unido: un reto que entonces él había acogido gustosamente para sentirse adulto, fuerte y capaz de separarse de su familia de origen. Mi intervención quería centrarse en la relación y, particularmente, sobre lo que ocurría en el aquí y ahora de aquel nuestro primer encuentro. ¿Cómo podía sustraerme a la alianza que ella me proponía y que, por algun motivo él, con su silenciosa ajenidad, favorecía activamente? En este sentido su silencio y su distanciamiento eran tan elocuentes como las palabras de ella. Quizás más. Entonces dije que habían venido a una entrevista de pareja por iniciativa de ella, pero juntos. Seguramente por algún motivo. Que el relato de ella era muy sugerente, rico de emociones y significados, como lo era el silencio de él, aunque comunicara con el movimiento corporal cierta inquietud. Añadí que cada uno de ellos parecía ocupado, en solitario, de sí mismo. ¿Quizás esto tuviera algo que ver con el motivo por el cual estábamos allí?

– Carlo: «Dejo que sea ella la que cuente porqué es más experta que yo en estas cosas. Ella ha estado en análisis y sabe explicar mejor».

– Terapeuta: «¿Y qué debería explicar?»

– Carlo: «Que se encuentra mal. Que nos encontramos mal…» Ambos quedaron un rato en silencio. Comentario: En este punto se abrían varias alternativas. Habría podido indagar la naturaleza de ese malestar. Pensé que Carlo sugería que el malestar partía de Rosanna y que el paso al plural («que se encuentra mal… nos encontramos mal») –que constituía una primera referencia directa a los motivos de nuestro encuentro– podía ser un arreglo más bien convencional, resultado de sus precedentes conversaciones. Decidí entonces esperar y sostener con mi silencio esta primera apertura para ver qué resultados producía, consciente del riesgo que mi intervención pudiera reconducir el presente al pasado y restituyera la palabra a Rosanna; es decir, que restableciera la dinámica precedente. Rosanna algo recuperada del impacto de mi intervención y tras un breve momento, reemprendió.

– Rosanna: «Mire doctora, siempre es así. Cuando intento hablar con él, al poco me encuentro hablando sola. Si le pregunto qué piensa, me larga discursos que no tienen nada que ver, tan lejanos y confusos que no entiendo donde quiere ir a parar. Entonces no hablamos más. Se habla con los chicos o se discute de cosas concretas y cotidianas. Y yo me siento cada vez más sola… es así».

– Carlo: Con tono molesto. «Hablo de cosas reales. Ya sé que ella dice (alude a Rosanna) que los pensamientos y los sentimientos son también reales. !Pero para mí son más reales las cosas concretas, las que se hacen o se deciden, relacionadas con los chicos, la casa, los gastos que tengo que cubrir! O nuestra vida futura ¡No se vive sólo de emociones! Comentario: También Carlo me propone una alianza y me pone a prueba: ¿Con cuál de los dos me aliaría? ¿Qué considero yo más real?: ¿los sentimientos o los hechos, las decisiones? Pero en este evidente intercambio de reproches mutuos, me parecía que ella expresaba sobre todo un sentimiento de pérdida y decepción; él en cambio, de rabia, de una mal disimulada desvalorización, de exigencia con prisas. Emergían, pues, diferenciasentre ellos.

– Terapeuta: «A lo mejor este es uno de los motivos por el cual consultan: cada uno de ustedes tiene una prioridad diferente. Usted (refiriéndome a Rosanna) expresa una necesidad de compartir aquello que siente. Parece dolida por lo que nota como distanciamiento, como si fuera una pérdida de proximidad e intimidad entre ustedes. Carlo, en cambio, parece ocupado en otro frente, el de las cosas que se deben hacer, de las decisiones. El problema que plantean es que estas diversasn ópticas sobre las prioridades en su relación, parecen oponerse y excluirse recíprocamente. Así cada uno se encuentra solo y acumula reproches como si fuera traicionado por el otro». Comentario: Con esta intervención me proponía transformar el reproche mutuo, entendido como resistència a unirse (a ponerse en juego en la relación del aquí y ahora del encuentro) en un conflicto en el cual los términos no se excluyen recíprocamente. Propongo la hipótesis que hay diferencias entre ambos, más allá de una lucha en la que se miden y cada uno quiere imponer su propio poder. Había leído en este sentido la referencia de Carlo al hecho que fuera él quién cubriera los gastos de la familia. Más allá de la discordancia, él había introducido la idea de que mientras ella hacía bonitos discursos, era él quién, de hecho, pensaba en la familia. Pero enseguida Rosanna había tomado la palabra y mi alusión a sentirse traicionados.

– Rosana: Con énfasis. «¡Efectivamente, me siento muy traicionada! Me sentí traicionada por él cuando quebró la empresa. ¡Durante mucho tiempo no me dijo nada, como si no navegáramos en el mismo barco! Me escondió la realidad, la gravedad de los hechos hasta el derrumbe definitivo. ¡Cómo puedo fiarme de él! ¡Tú que hablas de la realidad de los hechos!».

– Carlo: «¡No quería preocuparla! (se dirige a mí). Los niños eran pequeños. Nuestra hija de pocos meses tenia grandes problemas de intolerancia alimentaria. No dormía, siempre lloraba,… creí que debía afrontarlo solo. Era como un tren enloquecido. ¡No podía detenerme! ¡Tenía que hacer lo imposible! En aquella carrera creí poder evitar la catástrofe. Decírtelo, no habría resuelto nada (ahora también él se dirige a ella). Ya tenías suficiente. Me habría puesto sólo las cosas más difíciles».

– Rosanna: «Entonces no has tenido nunca confianza en mí… Nunca pensaste que podía ayudarte… Esto es lo que más me duele: la verdadera traición (el tono en que lo dice no es litigante)».

– Carlo: Todavía airado. «¿Pero qué traición? Yo no te he traicionado nunca. Tú te habrías sólo angustiado». Después de una breve pausa él continua en un tono más distendido. «Yo siempre he querido, volviendo a casa, cerrar los problemas, dejarlos fuera».

– Rosanna: «¿Por eso volvías a casa a las once o a las doce de la noche? Yo estaba sola todo el día… con los niños. No sabía cuando volverías. Te llamaba por teléfono y me decías: «Estoy llegando» y las horas pasaban en una larga espera».

– Carlo: «¿Y tú, cuántas veces desapareciste de casa? Tenía que buscarte y devolverte a casa».

– Rosanna: «Debía hacerte notar que también yo existía». Comentario: Esta es la clínica del reproche, en la cual cada uno asume la propia defensa culpabilizando al otro, pero el clima contenido y narrativo del principio ha cambiado. También el aislamiento recíproco, autodefensivo. Las emociones, que emergen con intensidad, ponen en evidencia que el compromiso con la relación permanece vivo, aunque en fuerte conflicto. A éste parecen atribuirle un origen en el pasado, pero no es el pasado. Es presente y es activo, produce efectos, malentendidos, silencios y defensas vinculares que se proponent borrar aquello que en el vivenciar de ambos es «la catástrofe» de la relación, el «fracaso» y la «intolerancia» recíproca. La implicación intensa es un indicio importante por lo que respecta al posible trabajo terapéutico. Contrasta mi impresión inicial de desinvestimiento mutuo y de la relación. Un desinvestimiento que tiene una función defensiva pero que, en este caso, parece convivir con una tensión potencialmente transformadora. Mientras tanto (no pasa desapercibido) ellos se han puesto en contacto: estamos allí juntos.

Algunas consideraciones finales

Propuse este fragmento para resaltar lo expuesto hasta aquí: una modalidad de trabajo en el dispositivo clínico que se propone. Por un lado, priorizar la relación que se instala en el neogrupo constituido en la consulta y por el otro, avalar los efectos de la presencia de ambos –no sólo de aquello que se dice o se silencia, sino también de aquello que se hace conjuntamente en la sesión y se dice en los actos o con la corporalidad– para verificar y movilizar los recursos del conjunto, para remover la repetición defensiva. Desde esta óptica, he escogido un tipo de intervención que permitiera abrir el juego del conflicto en acto. A mi parecer, el silencioso distanciamiento de Carlo y su creciente inquietud corporal, así como la modalidad narrativa de Rosanna, constituyen, en aquella situación particular, las modalidades defensivas implicadas en la relación recíproca, el obstáculo a afrontar. Se trata de describir este obstáculo, poner palabras a lo que está sucediendo entre nosotros, lo que hacen y se hacen y la manera con la cual se valen de mi presencia. Ciertamente no para negar el valor de la historia, sino con la convicción de que ésta pueda producir efectos en el presente, en los vacíos y en la modalidad vincular. Y, entonces, con el objetivo de permitir que ella (la historia) emerja en su actualidad, no como mera reproducción de una vivencia anterior. La mía es una intervención más que una interpretación. Quiero decir que el objetivo no es hacerles conocedores de algo inconsciente. Una intervención, sin embargo, tiene el objetivo de producir algo nuevo, un cambio que desestructure una determinada situación y ponga, así, la exigencia de una reestructuración. Esta pareja ponía en acto una estrategia defensiva consistente en limitar la circulación, en los límites de lo posible, del contacto, de pensamientos y de emociones, para evitar un enfrentamiento insostenible que habría amenazado seriamente la continuidad de la relación. Una relación a la cual sentían que no podían renunciar, pero que al mismo tiempo creían no poder sostener por la pesada carga de resentimiento, de recíproca desvalorización y de miedo. En cierto sentido, en aquel encuentro, se situaban como «separados bajo el mismo techo»: para continuar juntos debían aislarse de tal modo que la presencia del otro fuera tolerable. Se ponía también en escena una particular distribución del poder: a Rosanna se le atribuía la palabra como recurso; a Carlo el poder de la acción. Acciones que estaban faltas de palabra –oídas por parte del otro como un ejercicio de poder excluyente y prevaricante–, que tenían como contrapartida una palabra vacía, vacía de eficacia, de sentido, de escucha. Palabras que seguramente hablaban sólo a quién las pronunciaba, razón por la cual no se sabía «dónde iban a parar». Me parecía entender que Rosanna, la promotora del encuentro, hacía un pedido de ayuda que dirigía a mí, pero con la intención de implicar a Carlo. Quizás por ello su largo discurso inicial se convertía poco a poco en un acto acusatorio hacia él. Mientras él dejaba que hablara, no del todo ajeno pero sin implicarse y sin recoger su reclamo. Razón por la cual las palabras de ella se parecían cada vez más a un lamento impotente. Y, correlativamente, el distanciamiento de él devenía más consistente e impenetrable. En sus discursos, las diferencias presentes entre ellos (por ejemplo la prioridad atribuida a las emociones y a los pensamientos, o bien a la realidad concreta) suscitan rechazo y una asertiva oposición que los aísla en una desvalorización recíproca. Nombrar la cualidad del obstáculo que bloquea el trabajo vincular, abre la posibilidad de producir pensamiento en el lugar de la repetición y pone a trabajar los recursos de la pareja y del dispositivo clínico. Contribuye a discriminar el objetivo posible del pedido de ayuda de la acumulación de hechos, emociones, eventos y conflictos, a la vez que pone en acto el trabajo del neogrupo, su posible función.

Traducción Montserrat Balcells

Bibliografía

BERENSTEIN, I (2004). Devenir otro con otro(s). Buenos Aires, Paidós.

BERENSTEIN I. ET AL (2006). Actualizaciones en psicoanàlisis vincular. Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires, Buenos Aires.

BERENSTEIN, I (2007). Del ser al hacer. Buenos Aires, Paidós.

BERENSTEIN, I (2008). Una situazione vincolare: la presenza. Coloro che ci sono e coloro chemancano in una seduta psicoanalitica. In: Coppia e Famiglia nella Psicoanalisi: soggettività e alterità. A cura di Elvira A. Nicolini. Quaderno di Psicoterapia Psicoanalitica. Borla Roma.

GRANJON, E (2005). Trasmissione intergenerazionale e trasmissione transgenerazionale. In: Quale psicoanàlisi per la famiglia? Anna M. Nicolò e Gemma Trapanese (Comp.). Franco Angeli, Milano.

KAËS, R. (2007) Un singulier pluriel. La psychanalyseà a l’evepréu du groupe. Dunod, Paris.

NICOLINI, E (2008). Introduzione. In: Coppia e Famiglia nella Psicoanalisi: soggettività e alterità. Compiladora E. A. Nicolini. Quaderno di Psicoterapia Psicoanalitica. Borla Roma.

PUGET, J (2008). La famiglia nella psicoanalisi di coppia. In: Coppia e Famiglia nella Psicoanalisi:soggettività e alterità. A cura di Elvira A. Nicolini. Quaderno di Psicoterapia Psicoanalitica. Borla, Roma.