La narración autobiográfica de los adolescentes en crisis

Anna Maria Nicolò y Laura Accetti

RESUMEN

El adolescente grave lleva consigo una historia autobiográfica o bien defectuosa o bien saturada de objetos parasitarios y patógenos que se introducen en la construcción de un espacio privado del self. Cuando se crean, estas construcciones tienden a configurarse como caricaturescas y podemos considerarlas similares a un falso self defensivo pero inconsciente. Examinaremos cómo trabajar eficazmente en estos casos, localizando en el relato autobiográfico los recuerdos traumáticos que impiden al paciente organizar su propia historia, recuerdos explícitos e implícitos, desconocidos para él, pero influyentes en la organización de su self. PALABRAS CLAVE: autobiografía, identidad narrativa, memoria, psicosis, crisis adolescente, self.

ABSTRACT

Autobiographical narrative of adolescents in crisis. Adolescents with serious disorders tend to have a defective vi­sion of their own autobiographical history, or one that is dominated by parasitic and pathogenic objects that are inserted into the construction of the private space of the self. When they are created, these constructions tend to take the shape of caricatures, and we can consider them to be similar to a defensive but unconscious false self. We will examine how to work effectively in these cases, locating the traumatic memories in the autobiographical account that prevent the patient from organizing his own history. These are explicit and implicit memories, unknown to him or her, but influential in the organization of the self. KEY WORDS: autobiography, narrative identity, memory, psychosis, developmental break, self.

RESUM

La narració autobiogràficadels adolescents en crisi. L’adolescent greu porta amb ell mateix una història autobiogràfica o bé defectuosa o bé saturada d’objectes parasitaris que s’introdueixen en la construcció d’un espai privat del self. Quan es creen, aquestes construccions tendeixen a configurar-se com a caricaturesques i podem considerarles similars a un fals self defensiu però inconscient. Examinarem com treballar eficaçment amb aquests casos, localitzant en el relat autobiogràfic els records traumàtics que impedeixen al pacient organitzar la seva pròpia història, records explícits i implícits, desconeguts per ell, però influents en l’organització del seu self. PARAULES CLAU: autobiografia, identitat narrativa, memòria, psicosi, crisi adolescent, self.

Introducción

En este trabajo examinaremos el relato autobiográfico en los adolescentes graves y debatiremos las carac­terísticas de la autobiografía psicótica. El adolescente grave, psicótico o borderline, lleva consigo una historia autobiográfica o bien defectuosa o bien saturada de objetos parasitarios y patógenos que se introducen en la construcción de un espacio privado del self. Cuando se crean, estas construcciones tienden a configurarse como caricaturescas y podemos considerarlas similares a un falso self defensivo pero inconsciente, una especie de cicatriz hipertrófica que aparentemente sostiene el self pero que en realidad lo oculta y no permite reconstruir los vacíos. Para el analista, podría ser angustiante afrontar la continua repetición que este tipo de pacientes hace de los fragmentos de su historia de vida o de la historia familiar, que en realidad tanto desvelan como cubren la verdad. Examinaremos cómo trabajar eficazmente en estos casos, localizando en el relato autobiográfico los recuerdos traumáticos que impiden al paciente organizar su propia historia, recuerdos explícitos e implícitos (estos últimos desconocidos para él) pero influyentes en la organización de su self. Para ello, el análisis necesita elaboraciones fecundas en la pareja analítica, dotadas tanto de las asociaciones libres como de la experiencia viva de la transferencia, para fundar una nueva identidad y, al mismo tiempo, favorecer a través de la creación de nuevos nexos y significados un desplazamiento de aquellos objetos internos patológicos y patógenos que usurpan el self de su esencia. La labor del analista será la de ayudar a desarrollar una narración progresiva que, al permitir la clarificación de la historia, dé luz a nuevos aspectos de ésta, como una nueva experiencia estructurante y vital que refunde el pasado o encauce el olvido de los aspectos traumáticos. Y en estos casos, diría Winnicott, es necesario dar tiempo al paciente para articular su mundo interno; un tiempo para poder construir su historia, transformada por las nuevas experiencias y por las nuevas comprensiones señaladas en el proceso analítico. Pero antes de empezar es necesario partir de una premisa.

Memorias y autobiografía

Si trabajamos con la autobiografía de un paciente, descubriremos nuevas tramas desconocidas para el na­rrador que nos hacen contactar con partes del self que han excedido la consciencia de quien escribía. ¿Pero cuántos recuerdos están presentes en la narración, a pesar de estar transformados por el narrador? ¿Cuántos inconscientes se pueden entrever en la narración? ¿Cuántas historias se esconden en aquella novela familiar del adolescente o en la autobiografía que él construye? Antes de proseguir nuestro discurso, es importante hacer una reflexión sobre estos puntos. Al inicio del Proyecto de psicología (1895), Freud subrayó “el carácter tendencioso de nuestra memoria” (Freud, 1924, p. 57). Él llamó “recuerdos de cobertura” (1899a, p. 436), a “[…] aquellos recuerdos que deben su validez no tanto a su contenido sino a la relación que existe entre éste y otro contenido reprimido” (p. 450). Con la fantasía, por tanto, construimos y reconstruimos los recuerdos de nuestra vida en un continuo ir y venir entre verdadera historia y construcción fantástica. En La interpretación de los sueños (1899b), Freud definitivamente confirmó que, en realidad, los recuerdos deforman los acontecimientos realmente ocurridos bajo la presión de las fantasías y de los deseos o de las pulsiones del presente. Para Freud, el analista es un historiador y un explorador que reconstruye y “transforma” las experiencias removidas o archivadas. Pero Freud era también un extraordinario clínico y le parecía intuitivamente reconocer cómo, junto a la memoria explícita y autobiográfica (Fonagy, 2001, p. 218) con la que se tiene acceso a todo cuanto pertenece al inconsciente dinámico del paciente, existe una memoria (1), que hoy definimos implícita, es decir, “el conjunto de experiencias, fantasías y defensas precoces, pre simbólicas y pre verbales, que fundan el inconsciente y la personalidad del sujeto” (Merciai y Cannella, 2009, p. 253). “[…]En la vida psíquica nada puede desaparecer una vez que se ha formado […], de un modo u otro se conserva y […], en circunstancias oportunas, por ejemplo a través de una regresión que lleve a bastante lejos, cada cosa puede ser traída a la luz” (Freud, 1929, p. 562). A nuestro parecer, Freud mostraba con estas afirma­ciones, bastante oscuras en aquel período, su intuición sobre la existencia, no sólo de recuerdos que se some­ten al olvido, sino también de otro tipo de memorias. Difícil ejercicio el del analista, ya que se encuentra ante dos tipos de memoria diferentes. Con una, la explícita, el analista construye (2) y reconstruye el material olvi­dado que tomará forma y sentido propio gracias a sus intervenciones. Con la otra, la implícita, el analista tendrá un trabajo más complejo, dado que este tipo de memorias consttuidas por “representaciones pre verbales y pre simbólicas continúan actuando también en el adulto” (Mancia, 2004, p. 42) y, según muchos autores, las podemos reencontrar en la transferencia y en el sueño, y quizás incluso en aquelles narraciones autobiográficas (3) que, igual que el sueño narrado, el paciente construye y re­construye.

La experiencia autobiográfica

Todos somos un poco nuestros propios biógrafos. Nos contamos a los amigos, a los desconocidos cuando nos damos a conocer, pero sobre todo nos contamos a nosotros mismos. Cada día construimos nuestras experiencias sobre un continuum creado por la continuidad de nuestros recuerdos; continuidad reconstruida en la memoria y recreada en nuestra imaginación juntamente con el retorno de nosotros que viene del otro. Nuestro idioma, para utilizar el evocativo término de Bollas, está constituido por una gama original de “efectos personales” (Bollas, 1992b), hechos vividos, investidos y escogidos como representativos de acontecimientos, con todas sus “joyas, duelos y… también estropicios” (Goethe, 1808) y en ellos se conserva nuestra realidad emotiva, que se combina con nuestra fantasía, que los recrea y los deforma.La narración autobiográfica podría considerarse como un trabajo articulado y organizado de transformación de estos relatos internos nuestros y adquiere significado al conseguir objetivos que van más allá del simple relato interno. La finalidad es crear la vida para que sea reconocida como propia y que la mente, capaz de simbolizar y crear metáforas, sea el aparato transformador. Podemos así pensar que reconstruir la propia vida hace posible cambiarla y reconocer que nuestra historia autobiográfica es “una materia en transformación”.No podemos, entonces, excluir que, en cada obra de arte, el autor nos hable de sí mismo y de aspectos de su vida interior. Freud consideraba la interpretación de los sueños su autobiografía, hasta el punto de escribir: “este libro tiene de hecho para mí otro significado subjetivo, que me ha sido aclarado sólo después de haberlo llevado a término” (Freud, 1899b, p. 5).

Autobiografía y adolescencia

Pero la narración autobiográfica o la necesidad de hacerla es, sobretodo, fisiológica y un instrumento útil en determinadas etapas de la vida. A menudo, los adolescentes se encuentran con el problema de explicarse y explicar de sí mismos a los demás. La novela familiar y el diario íntimo son las manifestaciones más comunes de esta actividad que gira alrededor del problema de la construcción del self y de su consciencia. En la base de la necesidad de explicarse, está la pregunta fundamental que el adolescen­te nos hace y se hace: “¿Quién soy yo?” Ésta es, naturalmente, una construcción compleja, porque es una actividad a la vez personal y creativa, absolutamente subjetiva y, además, en esta construcción no se puede prescindir del otro: el compañero, el padre, la historia familiar transmitida, las memorias presentes o pasadas que los demás cuentan. En ello toma particular relevancia la función de la autorreflexión a partir de la realidad subjetiva pero dentro de una relación a dos. No hay construcción identitaria sino a través de la intervención del otro, como espejo (Winnicott, 1967), como portador de la palabra y del significado (Aulagnier, 1984). Este proceso culmina en la adolescencia cuando, por la vía de su nuevo funcionamiento psíquico, el adolescente se encuentra ante una tarea paradójica: por un lado, es empujado a deshacerse de la propia historia infantil, de la historia de sus propios padres, para encontrar por mismo respuestas nuevas; por el otro, el descubrimiento de que si el sentido es múltiple le puede parecer una insoportable pérdida de sentido la cohesión del self. De hecho, las imágenes de sí mismo, las de la infancia y las de la innovación adolescente son múltiples. En este sentido, la necesidad del adolescente de hablar de sí mismo parece responder a la exigencia de una “puesta en marcha” identitaria, permitiendo que se unifiquen las numerosas imágenes que constituyen su self en construcción. De la búsqueda de una imagen de sí mismo puede surgir un retrato autobiográfico en el que el adolescente, como en el “doble” de Dorian Gray, por una parte puede ver aquello que ha sido y por el otro aquello en lo que se convierte. Este conjunto de imágenes conscientes e inconscientes está en continuo movimiento en el entramado identitario que, como un calidoscopio, se permite crear nuevas formas, incompletas o temporales, de “prueba”, donde quedan reflejadas las negociaciones entre las experiencias del pasado y las actuales. Todo este esfuerzo y estos contenidos son naturalmente recreados en la fantasía; y en esta operación de dar sentido, el adolescente, pero también en general cualquier persona, debe usar una imaginación creativa. El uso de la fantasía en este sentido puede adquirir una función de apoyo cuando se utiliza como un instrumento de conocimiento; creando escenas, soñando despierto, el adolescente puede revivir experiencias vividas positivamente o negativamente, o bien anticipar algunas todavía no vividas antes de atravesar lo desconocido y lo imprevisible de lo nuevo. La autobiografía se convierte entonces en un dispositivo narrativo muy articulado, que contiene elementos de base del funcionamiento mental del sujeto e indicaciones de su futura evolución. Al analista le interesa de qué manera el adolescente se sitúa ante sí mismo, cómo se representa, cómo oscila entre la representación ideal del self y el cómo “es”, pero para el analista es también importante saber qué lugar ocupan las imágenes del pasado en él, si dejan espacio para una imagen de sí mismo nueva o bien si paralizan esa creación atrapándolo indefinidamente. Mientras que en el adolescente sin problemas su narración autobiográfica, quizás trasladada al diario, es un modo de explorarse a sí mismo, crear y fijar el self que queda a pesar de estar continuamente en evolución, en el adolescente problemático la situación es del todo diferente. En la historia de estos pacientes, el vínculo con el recuerdo se pierde, queda oculto, mientras que la narración se convierte en expresión de sus defensas, de sus construcciones organizadas y fantasiosas. El hilo conductor a veces se interrumpe para dar paso a saltos lógicos, y los vacíos de memoria se sustituyen por fantasías que quitan la capacidad mental para elaborar. El tiempo es circular y repetitivo. Podemos encontrar el mismo esquema narrativo, la misma trama que se repite a lo largo del tiempo. Y, no obstante, sabemos que lo que el adolescente en crisis trata de hacer con la narración autobiográfica es un intento desesperado para encontrarse, para dar sentido a un self que se desconoce, quizás disperso y confuso. En el conjunto de la narración, el analista puede descubrir el funcionamiento actual de la mente y la manifestación enmascarada de antiguas memorias traumáticas que están en la base. Veamos qué le sucede a un adolescente que ha estado a punto de entrar en crisis.

Santiago y el uso de las puertas correderas

Santiago tiene 17 años. Es un brillante estudiante de bachillerato, pero ha decidido dejar de estudiar. Son muchas las cosas que desearía hacer y no soporta la idea de que escoger una de ellas pueda significar excluir las demás. Lo define el uso de las “puertas correderas”: imaginarse en las mil ocasiones o las mil vidas que habría podido vivir. Físicamente parece amorfo y va vestido de oscuro. No ha tenido nunca novia, aunque tampoco piensa en ello. Con los amigos, se define como “despegado”. Sabe ingeniárselas hasta que se habla en términos intelectuales; entonces, no sabe qué decir. Sus únicas pasiones son la mú­sica y el canto, que le ayudan a soñar. Santiago fue adoptado por una pareja italiana. Su vida hasta aquel momento había sido difícil. Por la noche, en la oscuridad de la habitación, o en momentos de espera o soledad, a menudo “soñaba despierto” con una madre que lo abrazaba e imaginaba sus facciones, la cara, el pelo. A los 5 años, le comunicaron que una pareja se lo llevaría. Al ver a la nueva madre, sintió una fuerte sensación de extrañeza: ¡no era la que siempre había imaginado! La madre de su historia tenía el mismo color de su piel, su pelo era negro azabache y era muy alejada a la madre real adoptiva. Este conflicto representó uno de los motivos por los cuales su experiencia de adopción no se constituyó nunca como reparadora respecto a la experiencia traumática precedente.

El uso de la imaginación, que había desarrollado una función de bienestar y sostén en los momentos difíci­les de su vida en el instituto, empezó a transformarse en fantasías de puertas correderas, como si se hubiera organizado defensivamente para protegerse a sí mismo.

Santiago cuenta que prefiere soñar despierto un mundo en el que puede ser el director de su historia sin renunciar a nada en vez de vivir la vida real. Empieza así a construir fragmentos de su autobiografía fantaseada.

Esta actitud, que resultó sustancial en su vida, penetra en todos sus investimentos adolescentes. En la pri­mera fase del proceso analítico, partiendo del recuerdo de un sueño, entra en una especie de estado oniroide que tiene por base su autobiografía. Un día, durante un viaje a una ciudad extranjera junto con sus padres, vio en un restaurante una foto de familia en la que un niño celebraba su cumpleaños y le pareció reconocer en ella a sí mismo y a su familia ideal. Las puertas correderas le permitían entrar en otro mundo, su retiro interno, a la vez extraño, delirante y protector con el que reconstruía otra de sus historias autobiográficas. Empezaba así otra historia particular donde colocaba los pocos recuerdos de su pasado y los fragmentos del presente que escogía con cuidado de la infinidad de acontecimientos cotidianos. Esta historia, de hecho, le extraña a sí mismo pero, al mismo tiempo, le da una coherencia interna. Hay, en alguna parte de su mente, un self que ha tenido un pasado y también relaciones de confianza. Según Fonagy, personas con graves patologías del self tienen profundas limitaciones en la estructuración de las representaciones múltiples de sí mismos desde una “perspectiva autobiográfica” (Fonagy et al., 2002). La autobiografía que Santiago crea no da acceso a la historia, aunque la recrea totalmente. Santiago utiliza un mecanismo particular, también usado por muchos otros pacientes borderline o psicóticos: recoge del entorno un elemento sacado de contexto, un fragmento de realidad, para utilizarlo después en su construcción fantástica. Este paciente nos expone así una continua paradoja: su historia autobiográfica fantástica (que tiene como temática el reencuentro de la continuidad en sus orígenes, encontrar un self, una madre, una familia que representen lo idéntico a sí mismo) no es más que fantasía y no existe. Pero Santiago, por otra parte, es incapaz de construir una continuidad en su vida, aceptando y elaborando el duelo de sus pérdidas traumáticas, su realidad actual, sus padres de piel blanca que siente como extraños y extrañantes. La otra cara de este problema, de hecho, es la extrañeza de sí mismo hacia sí mismo; es la presencia constante de un ajeno dentro de él y la continua confusión sobre qué parte de sí mismo no le pertenece. La defensa utilizada por él es, de hecho, de una eficacia extraordinaria. Gracias a este tipo de construcción autobiográfica, Santiago mantuvo un ilusorio sentido de continuidad del self, no marcado por el reconocimiento del otro como separado. Se privó de la relación con el objeto que habría podido reunir los fragmentos esparcidos del self, pero que habría vivido como el monstruo que lo podía envolver. ¿Podemos llegar a la afirmación paradójica que cualquier narración autobiográfica puede ser considerada útil para el mantenimiento de un self, aunque en el caso de la psicosis sea protésica y parcialmente alejada de la verdad histórica? No debemos olvidar, de hecho, lo que dijo Freud (1910) acerca de que en todo delirio hay un núcleo de verdad y en el caso clínico del presidente Schreber, afirma: “el paranoico reconstruye el mundo, no mejor en verdad, pero al menos de tal forma que puede nuevamente vivir en él. Lo reconstruye con el trabajo de su delirio. La formación delirante que nosotros consideramos el producto de la enfermedad constituye en realidad el intento de curación, su reconstrucción” (p. 396). Así, la autobiografía del psicótico, por muy alejada que esté de la realidad, es también un modo de sobrevivir y encontrar una cierta continuidad a un self que presenta interrupciones, fragilidades, inconsistencias y que, a pesar de todo, tiene un núcleo de verdad histórica. En la quinta lección de psicoanálisis, Freud escribe que allí donde la reminiscencia parece fracasar, resulta una proliferación de proyecciones fantasmáticas que tratan de colmar este vacío; es la creación de aquella cicatriz hipertrófica de la que hablábamos al principio.

La autobiografía psicótica

Podemos preguntarnos respecto a Phil Dick, uno de los más grandes escritores de ciencia ficción, cuántos de los grandes traumas que caracterizaron su vida de niño no habría explicado en su famoso Blade Runner (1968). Nacido de un parto gemelar, su hermanita murió al nacer y sus padres inscribieron en la lápida el nombre y fecha de nacimiento tanto de la niña como de Phil, y, a su muerte, Phil Dick fue también sepultado en aquella tumba. Quizás él fue un replicante toda su vida, como los protagonistas de sus libros, intentando desesperadamente encontrar en sus historias futuristas una especie de autoterapia fallida, dado que finalmente se suicidó. Por otro lado, estamos acostumbrados a considerar a las autobiografías formas más o menos logradas de autoterapia. Lo hemos visto con Schreber y también con Althusser. Althuser fue tratado en un hospital psiquiátrico por el homicidio de su mujer. Depresiones y delirios inun­daron su vida y escribió su autobiografía en pocas semanas, mientras se encontraba en período de recu­peración. Tal y como escribió Petrella (2001), “su autobiografía tiene un significado claramente autoterapéutico y rehabilitador en el sentido clínico y psiquiátrico del término, cada vez más claro a lo largo de sus casi 300 páginas”. Con ella intentó reconquistar el derecho a la palabra, se hizo amo de la propia historia, pero sobretodo procuró dar sentido al caos y a la confusión. Tendremos, entonces, no ya una narración autobio­gráfica que, aunque reconstruida por la fantasía tiene aspectos de coherencia, continuidad, lógica y respeto por los acontecimientos pasados; sino más bien una construcción más o menos fantástica o delirante que tiene como objetivo la organización de una estructura protésica o grandiosa para el narcisismo destructivo omnipotente. En la psicosis hay también una compleja negocia­ción con los datos autobiográficos, que a veces trata de cancelar. Es un intento a dar sentido a un origen per­dido, sin que nunca se haya accedido a él (Aulagnier, 1984). De hecho, el psicótico no tiene acceso al origen de la propia vida ni al significado de las experiencias que lo conciernen. Él crea áreas secretas en la mente a las cuales no se puede acceder con el pensamiento, áreas selladas en las que pueden estar contenidos los secretos relacionados con los orígenes o que evocan temas acerca de dudas sobre la existencia. Es enton­ces inevitable una concepción de sí mismo como ser auto-realizado, renunciando a las identificaciones y a la relación con el otro. El aislamiento de estas partes, determinado por la falta de un self capaz de contener los pensamientos sobre la propia existencia, generará una continua bús­queda de respuestas precisamente con el objetivo de tapar esta falta. Esta operación confirma la repetición atemporal típica del funcionamiento psicótico. La per­cepción del tiempo permite asumir una perspectiva histórica de la propia vida. En el psicótico, en cambio, el pensamiento es un fenómeno cerrado y circular, el tiempo permanece estático, la narración concreta, pri­vando de un orden cronológico que anude los diversos episodios de la existencia. El psicótico se percibe, en sentido literal, víctima de un cambio que no le pertene­ce, o de enigmas irresolubles que funestan su historia, por cuanto no puede subvertir la inquietante sensación de ser transformado en otro, construyendo un delirio sobre el propio origen, una “novela familiar delirante” que, de un modo u otro, supla una continuidad identi­taria y una nueva historia que pueda ser quizás narrable aunque no sea creíble. La autobiografía se convierte entonces en un inten­to de representación del self en substitución o como abolición de los propios orígenes y de la creación de otro, un intento de autoconstrucción en la que el psi­cótico se esfuerza constantemente por “dar forma” a experiencias traumáticas, como en el caso de Schreber.

La utilidad del relato autobiográfico

Pero ¿por qué es útil explicarse y explicar de sí mismo al otro, específicamente al analista, incluso en pacien­tes graves? ¿Qué se consigue en este proceso? Ricoeur (1996) habla de la identidad narrativa como el punto de encuentro de dos modelos de narración: uno his­tórico, relacionado con la memoria, los documentos de mi propia existencia, las fotos de familia. El otro, pertenece al orden de la “ficción”, una exposición del imaginario: es el relato de mí mismo, la novela de mi vida, hecha de entresijos de mi existencia. También Bion (1970) distingue entre memoria literal y recordar. A este último podemos reconocer el sentido de “re­portar al corazón” (re-cordar). Desde esta perspectiva, el intento por reconocer los orígenes de la novela fa­miliar (Freud) parece como una búsqueda de sentido a partir de la creación de una auto-lectura, una lectura en la que nuestros recuerdos pueden ser reelaborados mentalmente y pueden transformarse en imaginacio­nes tal y como sucede en los sueños; pueden ser trans­figurados al contacto vivificante con las emociones en ese reportar al corazón, que es el verdadero recuerdo. ¿Podemos, entonces, afirmar que el relato autobiográ­fico está situado en un área intermedia entre la verdad y la fantasía? Un relato interno, de hecho, no es un informe está­tico ni objetivo sino que se puede modificar, plasmar al ser confrontado con el self y, desde una óptica rela­cional, se genera a partir del diálogo, del intercambio de palabras, representaciones e imágenes con el otro de sí mismo, o aquel otro self imaginario y disociado con el que el narrador se confronta en su realización. Este otro tiene entonces una función de observación. Si la narración es también eso (un otro que escucha o lee), en la autobiografía, el otro es un desdoblamiento del self, un aspecto del self separado que lo represen­ta. Se genera una disociación generadora: el indivi­duo explica a sí mismo y es como el personaje del self, como el soñador que sueña y el que escucha el sueño (Grotstein, 2000). Pero para construir la nueva historia deberán deshacerse los nudos que bloquearon la otra; deberán observarse los vacíos, los saltos de la historia presente; se deberá hacer aquella compleja operación que disuelve y reanuda al mismo tiempo. Ferro (2014) habla de deconstruir los nexos embrollados, y éste es un aspecto cuanto menos delicado y complejo. El resultado es un relato que posibilita una forma de individuación en la que fantasía y autobiografía se entrelazan para construir un nuevo discurso del self. Reconstruir los momentos de la vida puede suponer también un intento de reparar con sentimientos de dis­persión que están en contacto con partes de la memo­ria, con experiencias que pueden ser re-evocadas; un intento de sobrevivir al recuerdo y por tanto conservar los estados del self (Bollas, 2009).El recuerdo puede ser entendido como una proyec­ción para comprender el funcionamiento mental del paciente desde el momento en que lo podemos leer, igual que en el sueño. Así, los objetivos del analista con estos pacientes son múltiples. En primer lugar, pondrá en marcha un proceso que relaciona dialécticamente las huellas del pasado con la experiencia del presente -un presente capaz de operar sobre el pasado (4)-, es­tableciendo una influencia mutua en la formación del self. Esta operación no es sólo respecto a los recuerdos explícitos sino también a ese conocido no pensado que muy a menudo constituye el depósito de los traumas no elaborados y cotidianos que han constituido la vida temprana de estos pacientes. Otro objetivo es dar co­herencia y continuidad a un self histórico permitiendo su definición, y con esta operación favorecer en el paciente una capacidad activa de autohistorizarse. Pero el aspecto más importante es otro, muy similar a lo que Bolognini (2008) afirma en su trabajo sobre estilos y técnicas de exploración de los estados incons­cientes, haciendo hincapié en que la integración de la experiencia puede tener lugar en el preconsciente: cuando se nos ofrece la posibilidad de “…flotar, fluc­tuar, confiar en una realidad que sigue códigos diferen­tes e inesperados pero que no nos es prohibida… el río asociativo disuelve el cemento de la puerta amurallada, la pared se agrieta poco a poco, sin precipitaciones rui­nosas, abriendo zonas que antes eran inaccesibles”.

Caso clínico

Mateo es un joven de 15 años, segundo y último hijo de padres bastante mayores. Llega a psicoanálisis en si­tuación de crisis nerviosa con importantes problemas de identidad, comportamiento, socialización y escolares. Seis meses después de un comienzo difícil, siempre aburrido en las sesiones (¡siempre igual!), en las que a menudo falta y durante las cuales a veces me agrede verbalmente, me pregunta un día (la primera sesión de la semana) si puede hablarme de las asignaturas. Quería hablarme de Historia. Le digo que quizás quiere hablarme de su historia.Me contesta que no sabe si tiene que ver; de todos modos, empezó justo así: en 1979 era muy cerrado; en 1978 era muy cerrado pero tenía algunos compañeros; en 1977 iba a otra escuela. La semana siguiente, en la primera sesión, se muestra de nuevo aburrido. Decide retomar la historia. No recuerda sus primeros cinco años de vida. Sobre los 5 o 6 años, empezó a ver la televisión. Su hermano se quejaba porque, a diferencia de él, empezó a verla a los 10 o 12 años. Hace el listado de cada año de las “canzonissime” (5), citando también a los presentadores: Vianello, la Goggi, etc. En 1975, murió la abuela. Su mente empezó a abrirse en el 77 o 78 y, actualmente (1980), va mejor. Ahora en la escuela ha dicho sólo dos o tres frases sin sentido que con el tiempo desaparecieron. Hace el listado de los cassettes que ha tenido. Los rompe porque los lava en alcohol y otros se los arreglan.Cuando le pido que me hable de la muerte de la abuela me dice que estaba muy unido a ella pero que tenía miedo de reírse en el funeral. De vez en cuando, Mateo comenta nuestra relación: “pasa un rio entre usted y yo, al igual que pasa un rio entre mis compañeros y yo”, dice. “Hay algunos puentes, pero están sobre el rio…”. “Estos puentes son la comunión de palabras, pero a veces saltan. Es la mayoría la que hace saltar los puentes que la oposición construye. Mejor dicho, la mayoría se asoma entre la oposición y la divide en dos”.Con esta terminología de las sesiones anteriores parecía como que Mateo entendía que había partes de sí mismo en contraposición, de las cuales sólo la que el definía “la oposición” me era confiada. Yo misma, en este momento de la terapia, sentía el riesgo de convertirme en la oposición.Después de un año, Mateo empezó a contarme que estaba escribiendo un libro. Era la historia de un em­perador, sólo que la novela era la continuación de su vida, sin saber dónde empezaba una y dónde acababa la otra, como con la televisión, cuando se sentía uno de los personajes de las películas. En esa época no escribía más, pero seguía viviendo en la novela. Acordamos que me contaría todo. Era una historia llena de genealogías, conexiones familia­res, relaciones complejas, fechas. Parecía que hablaba de hechos realmente ocurridos y a veces parecía que la fantasía atrapaba la realidad y viceversa. Durante los meses siguientes, profundizamos en la historia de la que, a veces, en los años o incluso en la distancia de meses, retomaba la narración Era la historia de un emperador traicionado por su es­posa, que lo hace matar, al que sucede su propio hijo, quien asume la regencia. Pero las traiciones se suceden unas tras otras y un hermano quiere también mandar ma­tar al joven. Se establecieron alianzas internacionales con el duque de Aosta, dado que el emperador era democrá­tico y la monarquía, constitucional. En verdad, al nacer el niño, había habido una substitución y el hijo de un em­presario había sido substituido por el hijo del emperador. Una multitud de elementos de la vida real fueron usa­dos por Mateo como partes de su novela. Por ejemplo, un broche en mi vestido que era una pequeña palo­ma se convertía en el escudo de un águila rampante. Él también pensó en hacerse un escudo con un águila sobre fondo azul y blanco. Pero, en general, durante más sesiones especialmente a lo largo del primer año, cuando en la novela surgían temas sobre la monarquía, yo era en el análisis una especie de “consejera del rey”, o, tal vez, un juglar destinado a divertirlo. Confieso que al principio me había quedado bastante sorprendida por su forma de tratarme. Durante mucho tiempo me he preguntado dónde y con qué me equi­vocaba. Sus reacciones iniciales sobre cualquier tipo de interpretación me habían llevado a ser muy cautelosa y a cambiar mi estilo. Escuchaba, por lo tanto, el desarro­llo de sus sesiones o su historia e intentaba participar de una forma diferente, confrontándolo, reflexionando, conectando y, en menor medida, interpretando. La historia progresivamente se transformó y cuando al año siguiente Mateo conoció a Elisa, la joven hija de un pequeño empresario, en una sesión me contó que había imaginado recibir la herencia. Con aquella canti­dad -continuaba su novela-, compraba una industria de sistemas de radio-televisión, pero los relatives entraban en la industria y controlaban los puntos neurálgicos. Él lo permitía porque tenía un acuerdo secreto. Con el término relatives indicaba los familiares y, a mi pregunta específica, se refería al tío y los primos. Cuando le preguntaba si la historia tenía que ver con el reciente encuentro con Elisa, Mateo se reía y aclaraba que en la historia Elisa se casaba con otro aunque hu­biera un acuerdo empresarial.En otra sesión, lo confronté con el hecho que en­tonces su novela había cambiado: antes él era empera­dor, ahora era un empresario que fundaba una empre­sa con una herencia. Quizás reconsiderara la herencia de los padres, quizás había mayor adherencia con la vida cotidiana.Protestó pero luego sostuvo que, para ser indepen­diente, debía matar algunos lazos con los padres. Con­tinuaba diciendo que, en la empresa, uno de los relatives era el hermano, y así él podía controlarlo. Le hablé de este control suyo y de ser controlado por la familia, y de cómo quería controlar al hermano que por otro lado envidiaba.Mateo seguía explicando que la empresa formaba parte de un holding financiero que poseía inicialmen­te una fábrica de videos pornográficos para personas anormales, que después habría comprado las televisio­nes y luego las acciones de Alfa Romeo. Le comento que este holding es una especie de madre que tiene de todo dentro, pero que él tiene miedo de que el hermano y el padre la ocupen.A este comentario respondió con vivas protestas y resistiéndose, diciendo que, con todas aquellas cosas, yo le impedía contar su historia. En realidad, a lo largo de los meses, la historia se transformó, mostrando las vicisitudes internas de Mateo y sus intentos por alcan­zar un nuevo orden, así como su miedo a otro colapso nervioso.En el trabajo, me parece que las cosas se aclaraban progresivamente. Curiosa por su relato anterior sobre la sustitución de los dos niños, el hijo del empresario por el niño del emperador, le pregunté sobre su naci­miento.Me dijo que supo que cuando nació esperaban a una niña y que le contaron que la madre había reaccionado mal al ver que el recién nacido era un varón, pero que de esta historia él no se acuerda. Se trata de algo poco significativo que le contaron los tíos.Mateo demuestra, a pesar de todo, haber mantenido cierta conciencia y una pequeña capacidad de reflexión. En la segunda sesión de la semana, siete días antes de las vacaciones de verano y tras aproximadamente un año de trabajo, Mateo me cuenta que la familia real, marcada por el modelo empresarial, se había recluido en algunas islas, islas segregadas desde los tiempos en que las personas vivían con los hábitos del siglo XVII. Algunas personas -aunque tiene que organizar bien la historia- tienen que ser encontradas para ser traídas a nuestra civilización. Me pregunta angustiado el moti­vo de su identificación masiva con estos personajes. “¿Estoy loco?”, me pregunta “¿Por qué me identifico tanto?”. Le contesto que “identificarse tanto con un personaje permite entenderlo mejor. Hay cosas que no están ni locas ni sanas; pero que se pueden transformar como hace progresivamente con su historia.”Le pregunto el porqué de esta segregación. Mateo me contesta que “querían quedarse aislados porque de­seaban vencer a la muerte”. La conexión, aunque sólo señalada, con las numerosas muertes ocurridas en su familia, parecía tan natural como lo era la futura inte­rrupción por el período de verano. Mateo luego hablaría de las armas antiguas de los habitantes de la isla. Éstas también eran cosas de un mundo “secreto”, y luego añadiría que él tenía cosas apartadas de sí mismo, incluso del propio cuerpo (el paciente se muestra muy avergonzado).Le pregunté si hablaba del área genital (término uti­lizado por él) y del hecho que quizás también por su edad la percibiera como segregada. Es más, a veces él mismo se aislaba en su habitación (se reía nervioso). Contó que también hablaba de eso. Pero en realidad te­nía miedo de estar completamente solo. Tenía también miedo por los suyos si él no estaba. Recuerda (estos recuerdos son muy raros) cuando entre los cuatro y los seis años estaba solo en casa con el hermano y la mujer de la limpieza. El hermano abrió la nevera y bebió el ácido bórico que se usaba para des­infectar los ojos de Mateo. Estuvo a punto de morir, la luz se apagó y no se podía avisar a nadie. Sus padres no estaban. Le comento que lo que sirve para ver puede doler. Quizás como se detecta en su novela, él estaba muy enfadado también con su hermano.

Comentario

Mateo escribió y narró una novela familiar que, poco a poco, también se convirtió en una especie de auto­biografía. Recompuso los trozos conocidos del puzle de su historia para resolver la diferencia entre la imagen idealizada y la imagen real de sus padres, pero sobre todo para reconstituir, en un primer momento de for­ma omnipotente, su auto-construcción. Mateo nació cuando sus padres eran mayores y estaban ya cansados. En su lugar esperaban a una niña. Para entonces el pa­dre trabajaba en una empresa, mientras que la familia materna de Mateo tenía orígenes nobles. Su educación fue bastante formal. Los primeros años, a pesar de su edad, vestía siempre traje y corbata. El padre, a menu­do ausente y especialmente débil, fue suplantado por la madre. Pero, sobre todo, su tío materno, después del suicidio de su esposa, influyó especialmente respecto a las normas. Las dos familias casi se fusionaron. Todos los domingos Mateo tenía que estar con la familia del tío monárquico. En la cita de la primera sesión, el recuerdo que Mateo hace de su historia personal es, en el fondo, la secuencia casi desanimada de su relación con las máquinas. La televisión y los diversos programas representan recuer­dos de relaciones con algo distinto de sí mismo, aunque inanimado, una especie de “serie histórica” (para usar la expresión de Bollas) que condensa la historia infantil de una parte verdadera del self. Al crear su historia, Mateo debe integrar diferentes y discordantes vivencias como las representadas por esta serie con las referidas en la historia compleja que los padres le imponen, una historia que predefine también su identidad y le asigna rígidamente un lugar. Pero, des­de el principio, este mismo lugar es puesto en duda: se esperaba una niña en su nacimiento y no hay lugar para él después del suicidio de su tía materna, que fusionó las dos familias. La novela familiar del emperador, con sus transfor­maciones sucesivas, tiene una calidad psicótica por su gravidez y difusión, así como por los factores de con­fusión entre fantasía y realidad, hasta el punto de con­vertirse en una especie de vida en paralelo y, en cierta medida, des-subjetivada, características éstas que la dis­tinguen de la novela familiar neurótica.Sin embargo, se trata de un intento complejo y en parte exitoso de articular diferentes momentos e his­torias como las de su pasado infantil, de la familia, de su vida diaria, de su relación con la analista. Probable­mente, también es una forma de crear, en el setting, una historia nueva. A través de ella, Mateo hace numerosas identificaciones de prueba, como las relacionadas a la madre-emperador o al padre-empresario o, mejor, al confuso mundo de la una y de la otra. Poco a poco, estos experimentos de identificación son abandonados y/o procesados e integrados, a la vez que Mateo, na­rrandose a sí mismo en la sesión, va experimentando una relación novedosa. Mediante la dinámica metafórica de la novela/auto­biografía, Mateo se acerca también a cuestiones com­plejas para él, incomprensibles o embarazosas, como su identidad de género o sobre qué hacer con la novedad de su cuerpo sexuado, o la cuestión de la segregación familiar, personal y de partes del self. A lo largo del tiempo y en el desarrollo de las sesiones, la multiplicación de las vivencias que Mateo iba contan­do llamó la atención de la analista sobre el hecho de que no era tan importante la historia, como la narración en sí, por una especie de proceso con múltiples funciones: 1) el reestablecerse de una continuidad temporal en el sentido lineal, 2) la reflexión sobre la propia identidad histórica y narrativa a través de un desdoblamiento del self, y 3) quizás el aspecto más importante, la intro­yección y la consolidación de una función psíquica: la capacidad de crear y recrear continuamente la propia historia. Ligada a ésta se encuentra la constitución de la consciencia de una historia, lo que Bollas denomina “consciencia histórica” que, al mismo tiempo, reenvía a una “zona receptiva en la mente del analista que con­siente al analizante desarrollar la parte de la psique que conocía la historia del self” (Bollas, 1989). Podemos en­tonces preguntarnos si la sustitución de los dos niños, el hijo del emperador y el hijo del empresario, no era sino una forma de recordar algo muy primitivo, ligado a la decepción y la depresión que la madre tuvo en su nacimiento, cuyas consecuencias ha padecido.

Como conclusión: transformar la historia en herra­mientas para el self

Para resumir nuestro argumento, podemos reiterar la importancia de la narración autobiográfica al cons­tituirse como lugar de expresión del self en el orden espacial y temporal, no tanto definidos como sistemas objetivos, cronológicos y topográficos, sino como in­dicativos de la distancia y/o proximidad de los “obje­tos” en nuestro interior, de las “vínculos” con ellos, las “identificaciones”, las “transposiciones”, pero también las nuevas construcciones que se han creado, como por ejemplo en el presente de la experiencia analítica. Del mismo modo que el corazón en el cuerpo, nues­tra historia y las memorias hablan así de lo vivido, de lo que somos, lo que nos motiva, lo que nos alimenta, en su continua reconstrucción, y nos habla también de recuerdos desconocidos, pero depositados ahí, lo conocido no pensado de Bollas. Y este es el elemento más iluminador del descubri­miento de Freud, citado en una carta a Fliess (6 di­ciembre 1896): “estoy trabajando sobre la hipótesis de que nuestro mecanismo psíquico esté formado por un proceso de estratificación: el material de huellas mné­micas existente es sometido de vez en cuando a una resistematización en base a nuevas relaciones, una es­pecie de reescritura. La novedad esencial de mi teoría está por tanto en la tesis de que la memoria no esté presente de forma unívoca sino múltiple y quede fijada por diversos tipos de signos”. El analista sabe que cada “estilo” autobiográfico re­vela una “economía” interna, donde se declinan tam­bién las “partes mudas” del self, zonas inaccesibles que pueden relacionarse con vivencias irrepresentables, si­lenciadas, disociadas, negadas o escindidas, o bien con fantasmas transgeneracionales que pertenecen a otros tiempos, respecto a los personales, que pueden obs­truir la capacidad de pensar y crear nuevas imágenes. Incluso cuando estas viejas imágenes representan una cadena inmovilizadora de una economía defensiva, son para siempre utilizadas por el sujeto para darse sentido a sí mismo. Esto surge del continuo intento no para reencontrarse, sino para reinventarse, para reconstruir el sentido de continuidad perdido. La historia autobiográfica que el paciente intenta or­ganizar se presta entonces a una re-escritura fantasmá­tica, que, como una “máscara”, no es nunca verdadera o falsa, sino que esconde sus “significantes” entre los pliegues y, como el falso self de Winnicott, protege de una creación bloqueada o incompleta, frágil e inade­cuada y, como tal, necesaria. Las interpretaciones orientadas a desenmascarar se­rían traumáticas, además de violentas; no necesitamos una supuesta “verdad”; la apuesta es activar un pro­ceso de pensamiento atascado, para reactivar o iniciar un funcionamiento mental que ha sido obstaculizado, bloqueado a causa de un trauma no elaborado o impo­sible de elaborar. En el caso de Santiago, hemos visto cómo, a pesar de las nuevas experiencias de su vida, su estructura no se ha modificado y cada futuro ha quedado enredado en la historia de su pasado. Una historia que se convierte en su presente, que se esconde en cada mirada suya, cada gesto, cada palabra; sobrevive, no como un re­cuerdo, sino como una manera de ser, de relacionarse con el mundo. Con el uso de las puertas correderas, entonces, puede escapar del asedio del pasado, para habitar otros mundos. Para Mateo, la lenta transformación de la biografía y de la novela familiar delirante recreada en la relación con el analista permite progresivamente recuperar el control de las experiencias mantenidas alejadas de sí mismo, de un pasado a menudo difícil de significar. Con la búsqueda de sus orígenes, por lo tanto, no se propone la restitución de la verdad, el reconocimiento de la realidad o el total conocimiento del ser, sino que el objetivo es un viaje en el espacio y en el núcleo de la persona en el que el viajar mismo es la experiencia fundante, con el sujeto, al centro de lo que ocurre.En nuestra práctica clínica la mayoría de las veces no sabemos hasta dónde podemos llegar, y debemos esperar a que el paciente pueda encontrar partes de su historia excluidas de diversas maneras, o que se han mantenido inaccesibles; una apertura que puede des­plegar, fertilizar el trabajo del preconsciente. Y la au­tobiografía que se recrea en el análisis puede entonces representar la reinvención de sí mismo y de la propia historia. ¿Podemos afirmar que tenemos que conver­tirnos en artistas para la creación de nuestras vidas? En cierta manera, remarca Gutton (2008): “Narciso muere porque se ha quedado atrapado en su autorre­trato, porque no ha sido capaz de crear un objeto artís­tico entre él y su propia imagen”.

Notas

(1) En Recordar, repetir y reelaborar (1914), tras haber afirmado que lo que no puede ser recordado con pa­labras es recordado en realidad por vías diversas, me­diante la repetición del acto, añade: “por una especie de situaciones bastante importantes que se verifican en una situación remota en la infancia […] no es posible suscitar el recuerdo. Se llega a tomar consciencia a tra­vés de los sueños […]” (Freud, 1914, p. 355).

(2) Para utilizar las palabras de Freud “[…] el ana­lizante debe ser llevado a recordar cualquier cosa de sí mismo que haya vivido y recordado […]” (Freud, 1937, p. 542) “El analista debe […] construir el mate­rial olvidado a partir de las trazas que han quedado en ello” (p. 543).

(3) Los estudios sobre psicología del desarrollo nos han mostrado de forma inequívoca la importancia de la memoria en las primeras representaciones del self (Mancia, 1981). De modo muy significativo, mu­chos psicoanalistas subrayan cómo la emergencia de la capacidad autobiográfica es tardía en la evolución del niño. Stern (1985), por ejemplo, afirma que el self narrativo definido en las narraciones autobiográficas emerge sólo con el advenimiento del lenguaje, aunque tales narraciones están naturalmente condicionadas por los estadios precedentes. Para estos autores, el self narrativo es uno de los estadios más evolucionados del desarrollo del sí mismo e incluye naturalmente los es­tadios precedentes, y éste es un punto crucial.

(4) El interés del analista reside en la posibilidad de usar la tercera área cuando en el espacio analítico la na­rración autobiográfica “renuncia a ser una crónica de vida vívida y deviene el resultado de una elaboración de las fantasías inconscientes” (Cupelloni, 2005).

(5) Se refiere a un programa televisivo musical (Nota de las T.)

Traducción del italiano de Montse Balcells y Elena Venuti.

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