Jornada sobre el Trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH)

Eulàlia Torras de Beà

 

Organizada por la Fundación Eulàlia Torras de Beà, la Jornada tuvo lugar el día 28 de abril de 2007, bajo el título ¿Cómo entendemos el TDAH?

Introdujo la Jornada el Dr. José Manuel Ibáñez, psiquiatra, quien explicó la preocupación de los profesionales de la salud mental y del ámbito educativo y médico por lo que aparece como una relativamente reciente tendencia a sobrediagnosticar el síndrome TDAH y por la forma como se trata, incluso más allá de los ambientes profesionales. El objetivo de la Jornada era compartir experiencias diagnósticas y terapéuticas, así como ofrecer un modelo de aproximación clínica a veces olvidado.

A continuación la Dra. Carmen Fernández, médico pediatra, inició su ponencia, La primera visita del paciente al pediatra, leyendo el siguiente texto de José Antonio Marina (Filósofo y catedrático de Instituto, Toledo 1939): «En un mundo ideal sería preferible que los niños estuvieran los tres primeros años en casa, con unos padres con mucho tiempo, cariñosos y entregados, en un buen barrio, rodeado de amigos y con una tupida red de apoyos afectivos. Creo que la sociedad debería ayudar para que la madre o el padre que quisiera pudiera pasar más tiempo en casa con su bebé durante un par de años, pero el mundo real no es idílico y tenemos que resolver los problemas que surgen de la mejor manera posible».

Con esta frase dio cuenta de su preocupación acerca del tiempo: padres con poco tiempo para atender a sus hijos con las consecuencias que esto a menudo tiene, entre otras, el riesgo de que los hijos sufran, tengan problemas como los que nos ocupan; pediatras que tampoco disponen de tiempo suficiente, etc. Explicó a continuación la dificultad que conlleva para el pediatra el diagnóstico de los trastornos psicológicos, lo cual hace que para él le sea complicado manejarse en este ámbito. Alertó acerca del riesgo de limitarse a poner etiquetas que no resuelven el problema y en cambio suelen ser perjudiciales para el niño. Como consecuencia de esta situación, dijo, sólo una mínima parte de los niños afectados reciben una correcta atención especializada.

Describió, también, como aparece el síndrome TDAH para el pediatra y la importancia de informar cuidadosamente a los padres, ya que, dijo, suelen tener una ausencia de información acerca de los problemas de los hijos. Como consecuencia, los padres desorientados no pueden responder de forma favorable para mejorar la situación.

Posteriormente se refirió a la exploración que debe realizar el pediatra: desde recoger una anamnesis detallada que incluya incluso los detalles del embarazo, hasta un estudio amplio que comprenda los antecedentes personales y familiares, la exploración física, un examen neurológico completo, así como las exploraciones complementarias que se consideren necesarias. Subrayó la importancia del diagnóstico diferencial, que debe considerar las variaciones evolutivas de acuerdo con la edad del niño, descartar el retraso mental o límite, así como los trastornos de aprendizaje y los cuadros patológicos que pueden cursar con sintomatología similar al TDAH. Destacó la importancia de detectar todos los problemas relacionados con la comorbilidad. Para el pediatra es esencial la información procedente de las personas relacionadas con el niño, especialmente la que aporten ambos padres y la escuela.

Terminó su intervención refiriéndose a la comunicación del diagnóstico a los padres y al papel del pediatra como mediador, que debe tranquilizarlos y conducir su proceso de compresión del problema. Recordó que como consecuencia de su trastorno, el niño con TDAH suele recibir continuas reprimendas por parte de los adultos que lo rodean: padres, escuela, entorno en general, lo cual no mejora precisamente su situación, sino que, por el contrario, el mundo puede convertirse para él en un lugar muy desagradable para vivir.

La segunda ponencia, Diagnóstico fenomenológico y diagnóstico estructural en el TDAH, estuvo a cargo de la Dra. María Teresa Miró, psiquiatra, psicoanalista (SEP-IPA). Explicó que lo que se entiende por TDAH es un síntoma o un conjunto de síntomas que en todo caso componen un síndrome, pero que no se trata de una enfermedad, una entidad nosológica propiamente dicha.

Se refirió a la forma como este síndrome está considerado en las clasificaciones diagnósticas, concretamente el CIE-10 y el DSM, y como recibe nombres diferentes. Así, en el CIE-10 se habla de trastornos hipercinéticos, mientras que en el DSM se los denomina trastorno por déficit de atención e hiperactividad. Señaló que este síndrome, que a menudo se presenta como si fuera de reciente descubrimiento, tiene una larga historia y que a lo largo de los años ha ido recibiendo nombres diferentes: niños hiperactivos, niños hipercinéticos, disfunción cerebral mínima, inestabilidad psicomotora, niños eréticos, niños inestables, etc. Según el CIE-10, el síndrome incluye déficit de atención, hiperactividad e impulsividad. Además, su inicio no es posterior a los siete años, los criterios diagnósticos deben darse en más de una situación vital, ocasionan malestar y producen alteración en el rendimiento social, académico o laboral, se diferencia de los trastornos generalizados del desarrollo (TGD), de los episodios maníacos, depresivos o de los trastornos de ansiedad.

Se considera que entre un 3 y un 5% de los niños (APA, 1994) sufren TDAH, pero –es imprescindible subrayarlo– estas valoraciones varían mucho según los criterios y los instrumentos diagnósticos que se utilicen, así como según la edad y el sexo. Muchos autores sitúan la prevalencia entre el 3 y el 10% y algunos incluso el 24%! La proporción de niños/niñas es de 6 a 1.

Quizá el punto más importante a destacar en su ponencia fueron los modelos de comprensión del TDAH que explicó basándose en el trabajo de Lasa (1999):

  • Modelo descriptivo o fenomenológico, donde se describe la conducta pero no se toman en consideración las vivencias ni los afectos.
  • Modelo reflexivo o estructural, que estudia el problema desde el punto de vista de la realidad interna, de la estructura y el funcionamiento mental, y de la interacción o relación interpersonal.

Si estudiamos los niños con TDAH desde un punto de vista estructural, relacional, considerando su realidad interna y su funcionamiento mental, hallamos que, bajo sintomatologías similares subyacen estructuras de personalidad muy distintas unas de otras. También hallamos, por supuesto, distintas formas de interacción y de relación emocional con las figuras significativas, centralmente los padres.

En cuanto a la etiología, nunca se encuentra un solo factor etiológico que explique el trastorno; por el contrario, los factores implicados son variados y numerosos. Hoy en día a nadie le cabe duda de que la compleja interacción entre la dotación del recién nacido y la conducta específica de los cuidadores –incluyendo la conducta intrusiva, la que descuida o la sobre o infraestimuladora– saca a la luz, en estos casos, la reactividad e hipersensibilidad del niño. Así, aunque se ha considerado la posibilidad de una base genética a partir de problemas cerebrales o factores bioquímicos, este factor genético necesitaría un entorno y una relación interpersonal propiciadores para que se llegaran a producir manifestaciones clínicas. En los estudios retrospectivos hallamos el papel determinante, esencial, que han tenido las relaciones interpersonales primitivas del niño y la forma como el cuidador ha tratado la excitación del recién nacido y como ha podido –o no– ayudarlo a calmarse. Hoy en día nadie cuestionaría que los recién nacidos necesitan ayuda de sus figuras cuidadoras para regular sus funciones fisiológicas, desarrollar la atención, las funciones motoras y las afectivas.

En cuanto a los factores relacionales, la atención es una función altamente compleja del Yo. Se desarrolla en un contexto relacional específico y está influida por factores genéticos, intercambios emocionales primitivos, temperamento, micro-traumas, etc. Fue considerada por Freud como una función de screening del Yo que busca constantemente en la realidad externa para poder anticipar la situación en caso de que aparezca alguna necesidad.

En recientes investigaciones, Fonagy (2006) estudia los trastornos de la vinculación afectiva y dice que:

  • El trastorno del vínculo produce discontinuidades en la estructura del self, que son por tanto discontinuidades en la identidad.
  • Cuando hay una pobre mentalización en los padres, frecuentemente la encontramos también en los hijos y la interacción se da en términos físicos, corporales.
  • Cuando no existe la función de «mirroring» en la madre, reflejando los estados mentales del hijo, predomina la evacuación de las tensiones en forma somática y motora.

Para Burgin i Leutzinger (2006) el déficit de atención del niño es la manifestación de una disfunción muy precoz del Yo, debido a que falló la función de contención (holding) del objeto para:

  • Ayudar a centrar la atención.
  • Desarrollar un espacio transicional.
  • Tolerar progresivamente la frustración.
  • Simbolizar las experiencias. Evidentemente estas carencias tan primitivas afectan la estructuración y la organización cerebral ya que concurren en momentos clave del desarrollo y serán probablemente las que más tarde se detectan en los estudios, por ejemplo, de neuroimagen.

Ante un TDAH, por tanto, se hace imprescindible un diagnóstico diferencial que investigue la vertiente estructural de la personalidad. Así, bajo la misma presentación fenomenológica podemos hallar:

  • Niños psicóticos o con núcleos psicóticos
  • Niños deprimidos
  • Niños invadidos por ansiedad acusada, no tolerable para su aparato mental
  • Niños que no han tenido ningún límite en su educación
  • Trastornos neurológicos
  • Niños que han sufrido carencias afectivas importantes.

Como se ha sugerido al hablar de carencia de mentalización, a estos cuadros clínicos le corresponden situaciones familiares correlativas.

Según el concepto que tengamos de los síntomas del TDAH enfocaremos el diagnóstico. Evidentemente podemos quedarnos con los síntomas o preguntarnos por la personalidad del niño e investigar en esta línea estudiando sus vivencias, sus ansiedades y recursos, y también las características de su entorno, que comprenden las capacidades o limitaciones de los padres para ayudar emocionalmente a su hijo, la estructura y la dinámica familiar y el entorno social de la familia y del niño. En clínica, a menudo, hallamos que detrás de síntomas de hiperactividad se encuentra un niño deprimido o con gran sufrimiento y ansiedad y unos padres con dificultades y sufrimiento, que no consiguen atenderlo adecuadamente, ayudarlo con su malestar y tensión y modificar la situación. Hallamos también niños que no han podido madurar, excesivamente dependientes en relación a su edad y con incapacidad para sacar partido de sus propios recursos. Hallamos también padres desbordados, con escasa capacidad de tolerancia y contención, con problemas relacionales y sociales ellos mismos.

La Dra. Miró concluyó su conferencia diciendo que de la misma forma que con el diagnóstico, según sea el concepto que tengamos del trastorno así enfocaremos el tratamiento. Podemos poner en marcha las intervenciones psicológicas y psicopedagógicas necesarias para mejorar la estructura personal y emocional del niño; la intervención familiar y social-escolar que mejore el entorno familiar y relacional en general, y usar farmacología solo cuando las medidas anteriores no sean suficientes. De todos modos, si se decide utilizar un tratamiento exclusivamente sintomatológico en base a psicofármacos hemos de tener en cuenta que éstos, por sí mismos, no mejorarán la personalidad del niño, no lo ayudarán a madurar ni modificarán su entorno familiar y social, y además hemos de recordar los efectos secundarios de los fármacos descritos por la OMS.

La tercera ponencia, Aprendizaje y TDAH, estuvo a cargo del psicólogo clínico Adrià López, quien se refirió a la capacidad de aprender y a las funciones necesarias para llevarla a cabo. Dijo que aprender es una experiencia emocional que se inicia a partir del nacimiento y que se establece dentro de un proceso, continuo y sin final, de interacción mutua entre el niño, los padres y el entorno. En el ser humano hay un bagaje biológico que incluye un instinto epistemofílico, notablemente influido por las primeras experiencias del recién nacido y por el nivel de asimilación que puede hacer de ellas.

Cuando estas experiencias son suficientemente satisfactorias posibilitan edificar un sistema representativo simbólico y un sustrato mental que da paso a la adquisición de la capacidad de diferenciarse y diferenciar, imprescindible en todo proceso de crecimiento y por tanto de aprendizaje.

Explicó que las premisas para aprender son reconocer que no se sabe; tolerar la frustración que esto representa; sentir deseo y necesidad de aprender y aceptar ser enseñado por el otro. Continuó diciendo que las funciones que permiten el aprendizaje son la atención, la percepción, la memoria y el razonamiento.

La atención es la capacidad de enfocar diversas partes de una experiencia de forma que se hagan más vivas, más claras, más exactas, más conscientes, con lo cual las funciones psíquicas son utilizables en el grado más alto de su capacidad de rendimiento. El grado de atención es variable y su debilitación es causa de errores.

Los tipos de atención son: concentrada o focal, distribuida, voluntaria, involuntaria, constante, fragmentada y puntual.

Concluyó su conferencia diciendo que en la atención influyen dos tipos de factores: internos, como motivaciones, intereses, valores, estados de ánimo y capacidades; y externos, que dependen de las características del estímulo, de su grado de dificultad y de la cantidad de tiempo de que disponemos para la realización de las tareas.

La Jornada contó con una respuesta muy nutrida y alentadora por parte de los profesionales asistentes.

Bibliografía

BURGIN N, D; LEUTZINGER, M (2005). Attention Deficit Hyperactivity Disorder And Trauma. Ponencia presentada en el Congreso de la IPA de Rio de Janeiro. Report de Sugarman, A. (2006) publicado en el International Journal of Psychoanalysis, 87:237-241.

FONAGY, P (2006). Mentalization-based Treatment for Borderline Personality Disorder: A Practical Guide. London, Karnak Books.

LASA, A (1999). El niño hiperactivo. Formación Médica Continuada en Atención Primaria 641-654.