El yo frente a la libertad. Evolución social y adolescencia

Philippe Jeammet

 

RESUMEN

La evolución de la sociedad nos ha hecho cambiar de perspectiva con respecto a algunos aspectos de la psicopatología. De una patología de los conflictos, que fomentaba una sociedad represiva, hemos pasado a centrarnos en una patología de las relaciones, los límites y la dependencia, que favorece una sociedad liberal. Ya no podemos seguir pensando en la problemàtica pulsional de la agresividad o de la sexualidad sin considerar dialécticamente la problemática de la identidad, de los límites, del temor a quedar atrapado por las personas investidas o a ser abandonado por ellas. La adolescencia es un momento privilegiado para que se exprese esta problemática. Por tanto, la situación actual nos lleva a cuestionar los modelos clásicos de psicoterapia y a preguntarnos, en general, cuáles son los medios más efectivos para facilitar el cambio en estos individuos. PALABRAS CLAVE: adolescencia, dependencia, pulsión, psicopatología, psicoterapia, yo.

ABSTRACT

THE EGO FACE TO FREEDOM. SOCIAL EVOLUTION AND ADOLESCENCE. The development of society has changed our views on certain aspects of psychopathology. Our focus has shifted from the pathology of conflict, nourished by a repressive society, towards pathologies of relationships, limits and dependence, favoured by a liberal society. We can no longer consider problems of impulse related to aggressiveness or sexuality without dialectically considering those of the identity of limits, the fear of drowning or of being abandoned by loved ones. Adolescence is a privileged moment of expression of this problematic. This development makes us question classical models of psychotherapy as well as the most effective means to facilitate change in these subjects. KEY WORDS: adolescence, dependency, drive, psychopathology, psychotherapy, self.

RESUM

EL JO FRONT A LA LLIBERTAT. EVOLUCIÓ SOCIAL I ADOLESCÈNCIA L’evolució de la societat ens ha fet canviar de perspectiva pel que fa a alguns aspectes de la psicopatologia. D’una patologia dels conflictes, que fomentava una societat repressiva, hem passat a centrar-nos en una patologia de les relacions, els límits i la dependència, que afavoreix una societat liberal. Ja no podem seguir pensant en la problemàtica pulsional de l’agressivitat o de la sexualitat sense considerar dialècticament la problemàtica de la identitat, dels límits, del temor a quedar atrapat per les persones investides o a ser abandonat per elles. L’adolescència és un moment privilegiat per que surti aquesta problemàtica. Per tant, aquesta situació actual ens porta a qüestionar els models clàssics de psicoteràpia i a preguntar-nos, en general, quals són els mitjans més efectius per facilitar el canvi en aquests individus. PARAULES CLAU: adolescència, dependència, pulsió, psicopatologia, psicoteràpia, jo.

Desde muy pronto la adolescencia se me aparició como un notable revelador de las contradicciones –sería más adecuado decir de las paradojas– de las cuales es portador el ser humano. Revelador de los condicionamientos que heredamos de la infancia, pero también revelador de los modelos que el mundo adulto ofrece como respuesta a las expectativas específicas que los cambios producidos por la pubertad despiertan en los adolescentes. Condicionamientos de la infancia, de naturaleza genética, no del orden de una herencia de tipo mendeliana –como en las enfermedades llamadas hereditarias– sino en lo heredable referente al comportamiento, los fenómenos psíquicos y los trastornos «mentales». Ésta herencia, en general poligénica, se redistribuye de forma muy variable para cada individuo y para cada generación y condiciona lo que podría llamarse el «temperamento» del niño y también algunas características de la intensidad, la naturaleza, la expresividad y la gestión de las emociones. Y también, por supuesto, condicionantes no menos importantes derivados de la interacción del niño con su ambiente y, en particular, con sus padres o las persones que le crían, sus «objetos de apego». El peso de la historia infantil, de los acontecimientos que la jalonan y los traumatismos que la marcan. La primera paradoja que me llamó la atención en seguida fue que, ante condicionants y factores de riesgo similares, el destino de estos adolescentes podía ser radicalmente diferente. Algunos utilizaban su vulnerabilidad como una oportunidad que, tras dificultades más o menos importantes y a veces duraderas, les llevaría, no sin dolor, a reemprender unos intercambios en los que podían nutrirse y desarrollar sus potencialidades quizás con alguna ventaja con respecto a otros jóvenes. La ventaja de haber conocido el riesgo de hundimiento y la tentación de abandonarse a la destructividad y haberla superado, así como de haber tenido la experiencia de que tal cosa era posible. Otros, al contrario, se encerraban en conductes cuya constante común se caracteriza por una amputación más o menos importante de sus posibilidades y una forma de empobrecimiento de sus riquezas potenciales. Me pareció que el hecho de que se decantaran hacia lo que podría llamarse «la creatividad» o «la destructividad» dependía a menudo de la cualidad de los encuentros que hubiera tenido el adolescente con personas significatives de su entorno, ya formasen éstas parte de la familia y del mundo de los compañeros y amigos, ya de un entorno de cuidados o educativo en sentido amplio. Encuentros que entran a menudo en resonancia con figuras significativas del pasado pero que, al mismo tiempo, se diferencian de ellas por lo nuevo que aportan. Así, cuanto más importantes son los condicionantesinternos que ha heredado el adolescente y cuanto más generan una inseguridad interna, una mala autoimagen, una falta de confianza en los propios recursos internos, más dependiente deviene el adolescente de su entorno; es decir, más dependiente de la capacidad del entorno para aportarle la seguridad de la que no se siente depositario. Pero esta misma dependencia convierte a aquello que necesita en una amenaza para su autonomía: «lo que necesito, puesto que lo necesito y en la medida en la que lo necesito, es lo que amenaza mi autonomía». Le tocará entonces al entorno manejar esta paradoja y saber convertir en tolerable lo que el adolescente necesita. Creo que a partir de eso la cuestión de la buena distancia relacional –»ni demasiado cerca ni demasiado lejos»– se convirtió en el hilo rojo de mi práctica y de mi reflexión. Cuestionamiento que me colocó frente a las posibles contradicciones –prefiero pensar que frente a la paradoja– de mi función de psiquiatra psicoanalista posicionado en los confines de dos mundos y en su articulación: el de la realidad interna y el de la realidad externa. Contradicciones o paradoja, en efecto, puesto que la práctica pone de manifesto que no es posible pensar en una de las realidades sin la otra. El psicoanálisis condujo  a poner en cuestión la primacía de una realidad externa de la cual era expresión y garante el yo y que prevalecía hasta entonces. Pero la adolescencia ilustra la puesta a prueba de los límites y del yo que genera y hasta qué punto la inseguridad interna y una excesiva vulnerabilidad hacen necesario apoyarse en la realidad externa para evitar la amenaza de desorganización. Al mismo tiempo, la evolución social actual, con la libertad de expresión que permite, y su cuestionamiento de los límites pone a prueba los recursos narcisistas del individuo y la fuerza de su yo y entra así en resonancia con la dinámica de la adolescencia, cuyos efectos intensifica. Los adolescentes más vulnerables, sin límites continentes suficientes, quedan abandonados a sus condicionants emocionales y a su paso al acto. La «actuación» se convierte en la única manera de retomar un papel activo frente a los desbordamientos emocionales y a las personas que los suscitan. Por ello nos parece que la mayor frecuencia de los estados límite, de las patologies narcisistas y de los trastornos del comportamiento en la adolescencia no reflejan tanto los cambios estructurales profundos de la organización psíquica de los adolescentes, cuanto nuevas formas de expresión de organizaciones psíquicas que difieren poco de las del pasado y son congruentes con la evolución social y el comportamiento de los adultos. Esta función propia de la adolescencia es tanto más sensible actualmente dado que ese periodo de la vida se ha alargado y que la sociedad, a falta de valores reconocidos, la utiliza como un espejo que permite a los adultos negar a la vez el paso del tiempo y su propia depresión, focalizando sus inquietudes en los jóvenes. Esta situación aumenta la proximidad entre adolescentes y adultos, debilita la capacidad mediadora susceptible de poder contener y hacer de sostén a una función diferenciadora, lo que hace a estos adolescentes tanto más reactivos a las actitudes y a los estados psicológicos de los adultos. Pero, ¿están los jóvenes realmente en una situación más difícil que los de las generaciones anteriores? ¿No se trata más bien de un cambio en las formas de expresión de un malestar que ya existía en las generaciones anteriores, que de una agravación y una extensión de éste? Dicho cambio sería congruente con el de una sociedad que presta atención sobre todo a las apariencias, a lo que se ve y a lo que hace ruido. Los jóvenes participan de esta hiperexpresividad. El cambio más evidente parece ser el desvanecimiento relativo de todo lo que es del orden de la función diferenciadora de un tercero, indispensable para la evolución del ser humano y el desarrollo de su personalidad. El «tercero» como tal, con la referencia paterna edípica, se organizará progresivamente. Esta referencia está ya preorganizada en la mente de los padres y, después, se ordenará alrededor del Edipo para el niño. Pero existen etapas en este proceso de apertura a la diferencia y al tercero. La separación en bueno-malo y la ansiedad ante el extraño son unas de sus primeras manifestaciones. Este proceso de diferenciación era sostenido y facilitado antes por un consenso social con respecto a las reglas educativas que, hasta hace algunos años, era lo bastante fuerte, y que se ha debilitado muy rápidamente. En efecto, ya no hay mucho consenso en cuanto a la manera de educar a los niños, la disciplina, el funcionamiento de la vida familiar, las reglas de vida, con las ventajas que esto representaba. Pero esta pérdida de consenso contribuye a reforzar la relación de deseo y, por tanto, de proximidad entre el niño y sus padres. Ya no existe la posibilidad de decir «es así porque es así». Este «es así» era quizás estúpido pero tenía una función de límite entre el deseo de los niños y el de los padres. Actualmente cada niño replicarà muy rápidamente a sus padres: «Justifícate. El padre de mi amigo no lo hace así, ¿por qué pones límites en esto en lugar de en aquello?». Con la creencia implícita, como telón de fondo, de que no se trata de una cuestión de elección por parte de la familia y que, en consecuencia, pertenece a la arbitrariedad del deseo del más fuerte. Al niño se le interpela, pues, precozmente y con mucha intensidad sobre los vínculos entre él y sus padres, lo que si bien puede ser un factor de estimulación enriquecedor, tiene el inconveniente de que a hijos y a padres se les interpela muy directamente, demasiado, a nivel de sus deseos. Ya no les protege el efecto mediador, tal vez simplón, pero eficaz, de esa necesidad consensuada que se interponía entre ellos. Otro aspecto que parece condicionar esta relación de los padres con sus hijos es la evolución liberal de la sociedad. La evolución social permite a los jóvenes, por primera vez en la historia de la humanidad –en todo caso a tal escala–, concebir un futuro que no sea ya la pura repetición de la vida de sus padres. Si bien una sociedad liberal puede ser considerada como una oportunidad, también comporta riesgos. Esta apertura a una forma de vida parcialmente desconocida, acompanyada de una debilitación de las prohibiciones y, a la vez, de un acrecentamiento de las exigencias de realización y de éxito individuales, favorece con toda naturalidad la expresión de las inquietudes narcisistas y de las necesidades de dependencia y, disminuye, al mismo tiempo, las ocasiones de que se den conflictos de oposición. El slogan implícito de las sociedades de tipo occidental podría ser: «Haz lo que quieras pero sé el mejor». El adolescente pierde así la protección que le ofrecía el interdicto: «Si no hago lo que quiero no es porque no pueda sino porque está prohibido», en provecho de la exigencia que puede convertirse en vampirizadora y provocar una verdadera herida narcisista. Pero si uno puede hacer lo que quiera, ya no se sabe lo que se quiere, o se quieren cosas contradictorias. El niño, y más aún el adolescente, se enfrentan demasiado pronto y demasiado masivamente con su ambivalencia y con su soledad ante esa ambivalencia. Dichas contradicciones e insatisfacciones, no pueden más que imputárselas a sí mismos y no les es tan fácil, como antes, atribuirlas a las limitaciones procedentes del exterior, de los padres o de la sociedad. Una vez más, lo que se cuestiona es el narcisismo. Existen además los efectos de la regulación de la natalidad y de la posibilidad de elegir el momento en el que se tendrá un hijo. Con los medios de control de natalidad, existe la posibilidad de que uno escoja a su hijo, tal como lo quiere, lo que contribuye a crear una situación de «elegido» y a facilitar la utilización del hijo con finalidades narcisistas. Simultáneamente existe un cuestionamiento de los padres mucho mayor que antes, hay menos mediaciones y, por tanto, una tarea mucho más ardua para todos, lo cual contribuye a agravar los fenómenos de dependencia. Las proyecciones de deseo siguen siendo lo que eran, las proyecciones de culpabilidad probablemente no han cambiado mucho; en cambio el papel de complemento narcisista del niño con toda la ambivalencia que conlleva se ve reforzado por la evolución de las costumbres. Del conflicto de deseos al conflicto de apego. La problemàtica del conflicto vinculada a las taxativas prohibiciones de las propias sociedades, las reglas transaccionales rígidas, han sido sustituidas por una problemática del vínculo en la que la distancia relacional ya no puede modularse mediante los límites y las diferencias claramente definidas. Es tanto más necesario mantener el vínculo cuanto que está cargado de expectativas narcisistas recíprocas y permite contrainvestir una agresividad que la falta de medios para manejarla obliga a reprimir. No se tolera el vínculo en la misma medida en la que se lo necesita. La intolerancia refuerza la necesidad y viceversa, en un movimiento de nudo corredizo que acaba por amenaçar incluso la propia identidad del individuo. Esta situación no sólo les enajena a las personas de sus necesidades afectivas sino que contribuye a que estas estén siempre pulsando y a marginalizarlas cada vez más. Se desarrolla así toda una clínica de la desobjetalización, de la deslibidinización y de un funcionamiento cada vez más operatorio. Pero esta clínica es congruente con los valores sociales de una sociedad que tiende a dar màxima importancia a lo funcional, el rendimiento, las apariencias, el exhibicionismo y todo lo que es superficial, en detrimento de la relación afectiva profunda. El narcisismo de cada cual queda así particularment expuesto y enfrenta al individuo con sus propias fallas, lo que da lugar al sentimiento de abatimiento tan frecuente hoy en día y al que A. Ehrenberg ha llamado «el cansancio de ser uno mismo». Esta progresiva sustitución del superyó social por un ideal del yo contribuye a este cuestionamiento específico del narcisismo y a la debilitación de los puntos de referencia y del vinculo que representan (obrar de acuerdo con un valor es preservar el vínculo con el objeto o los objetos ligados a este valor) y a la pérdida de los límites en beneficio de una exigencia de rendimiento que, contrariamente a lo dicho, no tiene límites. Ausencia de límites que le confiere un efecto de vampirización sobre el yo. El conflicto se ha desplazado de la lucha contra las prohibiciones a la guerra entre los egos y sus territorios, para ser el mejor y llevarse la mayor parte del león. Esto se percibe claramente hoy en día en esta especie de culto al rendimiento y a los polos llamados de excelencia. Existe una lucha encarnizada en todos los niveles de la competición con lo que comporta de creativo, pero también de violento y de potencialmente destructor. No es sorprendente que veamos aparecer masivamente una problemática narcisista de dependencia, en busca de los apoyos narcisistas que desaparecen a nivel de los valores consensuados, de la seguridad que daba un cierto número de nociones que, en general, permanecían fijas durante casi toda la vida. Inseguridad a la cual responde la multiplicación explosiva de los comportamientos adictivos. Hay que encontrar apoyo, algo que uno crea que puede dominar. Se lo busca a nivel de una adicción a una sustancia, a un comportamiento, a una actitud. Creo que hay que diferenciar claramente este requerimiento narcisista social de una supuesta estructura narcisista de estos jóvenes. Probablemente no son más fundamentalmente narcisistas que antes, pero en cambio se ve aparecer en primer término esta problemática que otro contexto social habría podido contener y enmascarar por medio de la sumisión a los valores del grupo y a los cánones pret à porter ideológicos. Este «exceso de opciones», unido a la pérdida de consenso en cuanto a las normas educativas, a la mayor libertad de expresión y a la debilitación de las diferencias entre las generaciones, refuerza la posición del niño como objeto de deseo, sin la interposición de ningún «tercero» lo cual abunda en la dimensión narcisista de su investidura. Esta debilitación de la mediación social y el aumento de la proximidad –o sea, de la confusión de los deseos y de la dependencia–, nos parecen muy importantes para entender la evolución de la expresión de las dificultades psíquicas que pone en primer plano el debilitamiento de la figura paterna. El niño mantiene a los padres y los padres mantienen al niño en relaciones de dependencia. Existe una especie de complicidad con este hijo que adquiere muy deprisa un carácter incestuoso recíproco y un temor al conflicto que lleva a una evitación generalizada de cualquier enfrentamiento. Se dice todo, se comparte todo, lo cual es muy enriquecedor para los hijos, pero se corre el riesgo de una indiferenciación de las generaciones. Lo que actuará como tercero y tendrá una función diferenciadora, en estas relaciones de dependencia narcisista excesiva, son dos grandes modalidades de comportamiento: las conductas oposicionistas y los síntomas corporales. El niño se vuelve caprichoso, lo cual puede dar lugar ulteriormente a conductas de oposición. Necesita encontrar un punto que le diferencie y la cosa puede llegar hasta los trastornos de comportamiento y las conductas adictivas que tienen esta función diferenciadora y permiten escapar al poder parental. Todo aquello autodestructivo escapa, de hecho, a esta complicidad narcisista con los padres. Tal ocurre así con los ataques y los síntomas corporales. Todo lo que se refiere al cuerpo en su dimensión de sufrimiento viene a interponerse entre el niño y su ambiente. Esta relación de confusión afectiva y esta dependencia narcisista entre padres e hijos actúa de tal modo que, cada vez más, el sufrimiento y las dificultades de los niños y adolescentes se traducirán en forma de trastornos del comportamiento. Estos niños se expresarán por medio de la actuación, que puede manifestarse como inhibición, dificultades escolares, trastornos del comportamiento, etc. Encuentran en ella un medio de afirmar su diferencia y de asentar su identidad, a través de esas vías de diferenciación privilegiada que son la disfunción corporal y los comportamientos oposicionistas. La demanda de los niños y adolescentes no se expresa directamente sino que pasa a través de los padres. Por medio de su disfunción expresan una verdadera demanda mediante un movimiento de «devolución al remitente». Tales dificultades harán que el niño, que se diferencia mediante la oposición, no pueda decir al mismo tiempo «pido que alguien me ayude», puesto que lo que le permite escapar al dominio parental es su oposición. Se crea entonces un círculo de relaciones narcisistas; es decir, los padres van a ser los portadores de una demanda, a partir de las dificultades de sus hijos, en una modalidad de funcionamiento que da lugar a una nueva dependencia narcisista. Es importante que los padres cuyo hijo empieza a instalarse en la queja, las conductas de oposición y autosabotaje de sus potencialidades, intervengan muy precozmente. Puesto que si no lo hacen, aumenta la dependencia del niño con respecto a ellos. Cuanto más fracasa, más se vive como decepcionante, más se desprecia y más dependiente se siente, más obligado se ve a oponerse y sabotearse. El comportamiento de autosabotaje se convierte, pues, en el único medio por el que se diferencia y se afirma, con lo cual se autorefuerza. Sería importante comunicar el mensaje de que un niño que se coloca en una posición de fracaso, a uno u otro nivel, es un niño que pide que intervenga un tercero. Un tercero ajeno a la familia, pero que se encuentre en primer lugar en los circuitos sociales habituales. Los internados, cuyo número es muy insuficiente, permiten a muchos jóvenes escapar a la angustia de separación de los padres y crearse un territorio autónomo. Al cabo de uno o dos meses un poco difíciles, en una institución correcta, que sea a la vez firme y comprensiva, los adolescentes se dan cuenta de lo agradable que es para ellos funcionar independientemente de los padres. Es un descubrimiento extremadamente importante que puede dar lugar a cambios espectaculares y a que se abandonen las conductas oposicionistas autodestructivas. No hay que olvidar, en efecto, que una dependència excesiva de los padres dificulta la posibilidad de mostrar ante ellos lo que se ha recibido, valorarlo y disfrutarlo. La experiencia pone de manifiesto que es más fácil para un adolescente mostrar a los padres de sus amigos las cualidades y la buena educación –que ha recibido de ellos– que a sus propios padres. La separación prescrita en un internado permite, por ejemplo, expresar a la vez rabia contra los padres, que libera la ambivalencia, y sentir como propias las actividades y los conocimientos adquiridos, libres de la «contaminación» afectiva de los padres cuando se despliegan al abrigo de la mirada de éstos. Sabemos cómo los niños pequeños, sobre todo, necesitan no decirle nada a sus padres de lo que hacen en la escuela e, inversamente, cuán peligroso es para el futuro de un niño con dificultades escolares que reciba demasiada ayuda de uno de sus padres. Instituir una acción separadora que ponga a los padres a distancia libera a menudo las potencialidades del adolescente si la separación interviene lo bastante temprano, antes de que el proceso se haya puesto plenamente en marcha y haya tenido efectos de desvalorización y de desnarcisización demasiado importantes. El objeto de este recordatorio es subrayar la importancia, primordial desde nuestro punto de vista, del equilibrio entre las capacidades internas y el recurso al mundo exterior perceptivomotor. El correlato de la insuficiencia de los asentamientos narcisistas internos es que el equilibrio narcisista depende mucho de la relación con los objetos externos a los que se confía, en cierto modo, la misión de contrainvestir una realidad interna que, de otro modo, mantiene al sujeto bajo una amenaza de desorganización. Vemos en ello el germen de una relación de dependencia con los demás que tiene el objetivo de asegurar el equilibrio interno del individuo y las condiciones de una vulnerabilidad frente a los trastornos psíquicos, sobre todo si se añade a ello una vulnerabilidad genética. Esta nos parece la paradoja central del desarrollo: cuanto mayor es la incertidumbre interna, más se depende del otro para tranquilizarse y menos puede uno recibir. Es también la paradoja del narcisismo que tiene que alimentarse del objeto para florecer, pero que vive al objeto como antagonista en cuanto aparece como existente fuera de él, sobre todo porque se convierte en objeto de envidia. Entre la búsqueda autodestructora de sensaciones para sentir que uno existe y el placer de existir del niño satisfecho, existe toda una gama de posiciones intermedias. Es el campo de la dependencia. La dependencia del niño en el terreno de lo percibido, de la realidad externa, para contreinvestir una realidad interna demasiado ansiógena, que no le permite encontrar en sus recursos mentales internos y en el deleite de sus actividades una forma de apaciguarse y sentirse lo bastante seguro (Jeammet et Corcos, 2001). Dependencia en el sentido de que tanto su equilibrio emocional y narcisista –es decir su autoestima y su imagen de sí mismo– como su seguridad interna y su capacidad para tolerar y alimentarse de las relaciones que necesitan, depende más y excesivamente de su entorno que de sus recursos internos. Dependencia que no es patológica en sí misma, pero que puede calificarse de patógena. Patógena, porque puede pillar al niño y al adolescente en un engranaje peligroso, el de la «tríada patógena» en la cual la inseguridad interna genera dependencia con respecto al mundo perceptivo la cual genera, a su vez, la necesidad de controlar el entorno del cual depende el niño. Y no se controla el ambiente del que uno depende, por medio del placer compartido, sino estableciendo una relación basada en la insatisfacción. La forma de expresión preferida serán las quejas, los caprichos y, a continuación, la oposición y el autosabotage de las potencialidades del propio individuo. Por medio de la insatisfacción, el individuo obliga a los que le rodean a cuidarle y, al mismo tiempo salvaguarda su autonomía, pues escapa de quienes le cuidan, al implicarles en un ciclo sin fin de fracaso. Evita así el miedo al abandono y a la ansiedad que le producen la fusión o la intrusión. Añadamos a esto la observación de que el niño carenciado que no puede pedir ayuda a un entorno humano ausente trata, como el niño abandonado, de controlar su angustia por medio de la autoestimulation inevitablemente destructiva de su propio cuerpo, que va del balanceo estereotipado a las lesiones autoinfligidas, pasando por los golpes que se da o el hecho de arrancarse los cabellos. Se puede considerar así el conjunto del sistema defensivo del individuo y las modalidades relacionales que se generan como un acondicionamiento de la dependencia de un yo debilitado por un sentimiento de inseguridad interna. En el lugar de las relaciones simples y diversificadas, se instalan patrones relacionales defensivos marcados por la necesidad de dominio que reflejan dos tipos de investimiento que marcan la necesidad del yo de compensar una debilidad interna mediante un sobreinvestimiento del objeto y/o sus sustitutos, y que son: el exceso y la rigidez. El exceso es el resultado de un sobreinvestimiento que se genera debido a la necesidad de contrainvestir una realidad interna inquietante. En cuanto a la rigidez, su intensidad es proporcional a la amenaza narcisista que experimenta el yo. El equilibrio del individuo depende así, a la vez, de las condiciones biológicas internas, las cuales dependen en gran medida de su potencial genético que estamos empezando a conocer mejor, de sus interacciones con el medio ambiente, y también de las representaciones que el sujeto se hace de sí mismo y de los vínculos que tiene con su entorno. Este último punto es específico del ser humano. Todo lo que le hace vulnerable y que no tiene más remedio que sufrir, desde lo más biológico a lo más psicológico, es susceptible de reforzar su inseguridad interna y, por tanto, su dependencia y los mecanismes de control que genera. Se crea de esta forma un espiral que se autorefuerza y convierte a todo lo que desvaloriza al individuo en un factor de riesgo patógeno. Las conductas de dominación más o menos autodestructives que desarrolla sólo agravan la situación. Esta espiral patógena es la que la adolescencia puede poner en marcha, promoviendo la aparición de patología mental. La confrontación con la pasividad, cuando no la elige el ser humano y más específicamente el adolescente, es sentida como una amenaza porque pone en cuestión su sentimiento de continuidad y de unidad fruto del dominio progresivo de sus capacidades y de sus adquisiciones. Durante la adolescencia, las fuentes de tal pasividad son dobles y se refuerzan entre sí: pasividad del yo frente a las transformaciones de la pubertad de las que es objeto el cuerpo y que se le imponen; pasividad vinculada a la situación de expectativas con respecto a los adultos, pero también con respecto a los futuros objetos a investir, tanto afectivos como profesionales, y al estatus social futuro. Con la adolescencia, la problemática de la relación con los demás y la problemática narcisista de la capacidad de autonomía se hacen conflictivas recíprocamente. El apego edípico, en particular, contribuye a menudo a dramatizar la vinculación con los padres. Obliga al adolescente a tomar distancia con respecto a ellos, reactivando las inquietudes narcisistas y la búsqueda de un apoyo objetal. Inversamente, la fragilidad narcisista, al exacerbar la «apetencia objetal» contribuye a dar a los estos vínculos una intensidad que refuerza el carácter potencialmente incestuoso de los mismos. Esta dialéctica –entre la necesidad de apoyarse en los demás, la sexualización de este vínculo y la necesidad de diferenciarse y de afirmarse en la propia autonomía– constituye una de las claves de la problemática adolescente y se presenta en forma de una paradoja: «lo que necesito, la fuerza de los adultos que no tengo, y en la medida en que la necesito, es lo que amenaza mi autonomía incipiente». Esta situación puede ser vivida como una contradicción absoluta: ¿cómo, alcanzar la seguridad, la fuerza, los triunfos que uno necesita de estos adultos –de quienes se supone que tienen todo eso–, sin convertirse en totalmente dependiente de ellos? Lo cual se traduce en la expresión tan elocuente de los jóvenes, que dicen de un adulto que «les come el coco». Pero «el coco» sólo se le puede comer si está abierto. Si el adolescente no estuviera en una situación de expectativa con respecto al adulto, éste no podría penetrarle. Le penetra sólo porque existe una apertura, es decir una expectativa. Cuanto más espera el adolescente del adulto, más siente la amenaza de penetración y esta amenaza genera una humillación tanto más intensa cuanto más dispuesto esté a ceder. La pubertad contribuye a sexualizarla, sobre todo alrededor de las zones erógenas y más específicamente de la zona anal, particularment en los muchachos. El deseo y las expectatives se convierten, pues, en intolerables. La existencia de límites claros garantiza la identidad del individuo y permite los intercambios con el objeto menos amenazadores, en la medida en la que la calidad de los asentamientos narcisistas facilita una relación de confianza con el objeto que se beneficia de un a priori positivo. La aparición de un síntoma o de un trastorno del comportamiento no implica, pues, necesariamente la existencia de una patología. Pueden tener un valor adaptativo si no se instalan de forma duradera y no obstaculizan el desarrollo de la personalidad y, concretamente, si no interfieren con las adquisiciones propias de cada edad, ni con las interiorizaciones y las identificaciones; es decir, si no tienen efectos desnarcisizadores que alteren la autoestima y la confianza en uno mismo. Pero si bien no son necesariamente patológicos, no por ello dejan de ser potencialmente patógenos dada su capacidad de automantenerse e incluso de autoreforzarse. ¿No es esto comparable a la forma en la que un niño que tiene miedo se agarra a su madre? El miedo o la amenaza son los que dan esa fuerza al comportamiento del niño. Pero cuando éste se agarra a la mano de su madre no siente tanto el miedo que ha provocado ese gesto como el alivio de haber vuelto a encontrar la Seguridad acompañado incluso, a veces, de un placer más vinculado al contraste con el estado emocional anterior que al recuerdo de lo que el miedo causaba en él. El alivio puede barrer cualquier otra emoción. El niño puede creer de buena de fe que «elige» comportarse así y que encuentra en ello una seguridad beneficiosa. No se da cuenta de que se ve apremiado a hacerlo por la amenaza que representa para el yo cualquier intento de distanciase de su objeto de apego, la madre. Por supuesto, esta dimensión de apremio ressorgirà rápidamente en la dependencia física y psíquica con respecto a la madre y llevará al niño a ejercer una u otra forma de dominio sobre ésta por medio de la insatisfacción, las quejas, los caprichos. Si la madre tolera esa forma de actuar o se convierte en cómplice de una relación en la que ella misma encuentra beneficios por cuanto la reafirma y por la importancia que le confiere, la trampa corre el riesgo de cerrarse y de que el niño desarrolle conductas tanto más oposicionistas cuanto que, de una forma u otra, es ahora más dependiente de la presencia y de la mirada de su madre. Abandonar las convicciones que alimentan un comportamiento es, para el niño que tiene miedo, lo mismo que soltar la mano de su madre A lo que se suman, al prolongarse el comportamiento, los beneficios narcisistes e identitarios de un estado que le proporciona al adolescente una cierta seguridad de ser visto, de atraer la mirada y la preocupación de los demás, y de encontrar una identidad que le reconforta en su diferencia y en su capacidad para resistir a las demandas y el poder de los demás. ¿Qué es lo que es susceptible de provocar una tal adhesión a un pensamiento cualquiera? El elemento común es siempre, para mí, la carencia de recursos internos que generen seguridad y sus consecuencias: la necesidad de desarrollar una relación de dominio y de aferrarse a elementos perceptivomotores de la realidad externa o a una convicción interna. He aquí el núcleo de la problemática narcisista en cuanto tiene de inseguridad, de falta de fuentes internes de placer, de lo que hemos llamado asentamientos narcisistas, y por tanto de dependencia de los objetos externos. Volvemos a encontrarnos con las características habituales de esta relación: la falta de confianza tanto en los demás como sí mismo; la importancia de las expectatives con respecto a esos objetos que se refleja en la decepción que producen; la oscilación entre la idealización y la denigración, una sugestión a la que sólo igualan la capacidad de rechazo y la obstinación, un sobreinvestimiento de las creencias o, a la inversa, un escepticismo y una denigración implacables. Un requisito previo para el abordaje terapéutico es adecuar el setting a esta situación. ¿Cómo desactivar la trampa y abrir el vínculo? He aquí el doble desafío con el que se enfrentan los terapeutas de estos pacientes. ¿Cómo ayudar a encontrar la motivación para cuidar de ellos y aceptar el placer de apertura? ¿Cómo hacer tolerable esta motivación y evitar que sea percibida como un factor de desequilibrio interno, una pérdida de la Seguridad que les proporcionan la conducta narcisista patológica y como hacer tolerable el poder que se otorga al objeto que los motiva? La experiencia muestra que es difícil que esta motivación surja espontáneamente y que requiere para ellos un rodeo a través del interés del otro. Pero, ¿cómo asegurarse de que este interés pueda ser percibido por el paciente, que sea sensible a él y lo tolere? ¿Cómo salir del estancamiento? A veces hay que saber responder a una paradoja, con otra paradoja. Dado que lo que necesitan estos pacientes es también lo que les amenaza, hay que saber prescribirles y, a veces, imponerles lo que no se permitirían adquirir o siquiera mostrar que desean. Hay que saber oponer a la coacción interna que lleva a la privación, una coacción externa portadora potencial de libertad. Pero con la condición de evitar la confrontación simétrica de la dominación recíproca. No siempre es evitable, ya que es una empresa a largo plazo. Pero la evitaremos tanto más cuanto que lo que nos lleva a imponer ciertos límites no es el deseo de ser el más fuerte sino la creencia, que se opone temporalment a la del paciente, de que detrás de la negativa se esconden el deseo y el temor que éste inspira. El modelo sigue siendo el del niño que se aferra a su madre y el miedo a perderse y perderla, si se abre al placer de descobrir el mundo. Es ahí donde el adulto debe tomar partido por la vida, porque él sabe que la apertura es lo que le permitirá al niño crecer y mantener una relación de placer y no ya de coacción con su madre. Aquí es donde la gestión analítica clásica puede llevar a un callejón sin salida cuando considera que es ineludible que la demanda sea condición previa de la cura. Estos adolescentes se encuentran en una situación de expectativa que perciben como totalmente alienante. En efecto, y de forma aparentemente paradójica, estar sujeto a exigencias permite a la persona que es objeto de tales exigencias satisfacer sus deseos y necesidades sin tener que reconocerlos, pensando que solo se está sometiendo a una obligación que procede de fuera. Y ésta parece siempre menos penosa que las exigències internas vinculadas a las necesidades y los deseos que constituyen la verdadera pasividad, más peligrosa para la integridad del yo, porque éste no puede rebelarse contra ellas, como contra las exigencias externas, puesto que forman parte de él. El riesgo no está ya en la rebelión, sino –lo cual es mucho más grave– en el colapso del yo o la aniquilación de los deseos. En estas circunstancias, las medidas educativas y pedagógicas, de orden individual o institucional, cuando sean necesarias, no son antagónicas del proceso psicoterapéutico, sino que, al contrario, pueden ser consideradas como un instrumento útil, incluso indispensable, y ser parte integrante del mismo enfoque comprensivo y dinámico del adolescente. A través de la forma y la técnica de cada enfoque (educación, terapia ocupacional, etc.), se tratará de ofrecer al adolescente un «espacio transicional», en el sentido de Winnicott, un área de encuentro con el adolescente en el que se pueda desarrollar un lugar de intercambio de los placeres compartidos, sin que éstos sean sexualizados y excitantes; es decir, sin que el adolescente tenga que ser claramente consciente de estos placeres, y sobre todo sin que tenga que preguntarse de dónde proceden y cuál es el papel y el lugar del otro en su progreso. El objetivo de esta forma de trabajar con el adolescente es reinstaurar un placer derivado de un funcionamiento lo más amplio posible, que se apoye en el objeto de la forma menos conflictiva que sea posible (Winnicott, 1971). Nos parece que la terapia bi o plurifocal tiene, por el solo hecho de ponerla en práctica, una potencialidad preventiva y de respuesta en cierto modo extemporánea con respecto a las dificultades inherentes al funcionamiento adolescente. Consiste en que un terapeuta se ocupe de la realidad externa del adolescente, de su(s) síntoma(s), su familia, su ambiente –sobre todo escolar–. Este terapeuta es el que prescribe los medicamentós –si es necesario–, o los tratamientos complementarios; que indica la psicoterapia y que valorará la conveniencia o no de que se siga con ella. El referente, que es a menudo el que recibió inicialmente al paciente y a su familia, es el que actúa como garantía del proyecto terapéutico y, más allá del propio adolescente, representa un vínculo de continuidad relativamente laxo, en cualquier caso más laxo que con el psicoterapeuta. Se ofrece, además, como objeto de transferencia lateral posible, garantizando al mismo tiempo en la realidad externa un apoyo a la diferenciación capaz de preservarla con respecto a los objetos internos. En cuanto a este punto, el hecho de que ambos terapeutas pertenezcan a sexos distintos puede constituir una baza suplementaria. Cuando un individuo está en pleno sufrimiento, lo que se plantea no es una elección sino un apremio. Apremio que es una llamada a que intervengan, llamada que no puede ser formulada mediante el lenguaje, porque comportaría un exceso de proximidad. En este caso, la llamada a los terceros que el individuo no puede formular hay que saber imponerla, diga lo que diga el individuo, para contrarrestar esos apremios internos. Se tiene derecho a oponer a un apremio interno, que no se identifica por su nombre, una coacción externa que limita el apremio interno. No para imponer una solución definitiva, sino para permitir que la persona vuelva a encontrar progresivamente una libertad de elección que no es posible más que si adquiere una capacidad mínima de cuidar de sí mismo y de existir en su diferencia de un modo que no sea atacándose. Esto me parece cierto tanto a nivel individual como a nivel social y grupal. La respuesta terapéutica que se proponga tendrá que tener en cuenta la capacidad de ofrecer al paciente lo que podría llamarse una «alianza narcisista», que baste para contrarrestar una inseguridad interna excesiva y haga tolerable el establecimiento de una relación y la emergencia de una conflictualidad. Crear, pues, las condiciones de un encuadre contenidor que permita trabajar los contenidos. Hay que assegurar dos cosas a la vez: la continuidad y la posibilidad de incluir el tercero como protección contra la relación de dominación que constituye una amenaza permanente. En efecto, toda relación dominada por las expectatives narcisistas es particularmente susceptible de pervertirse; es decir, de sustituir al tercero diferenciador por una relación de dominación a la que es consustancial la potencialidad sadomasoquista. El dilema y la dificultad del proyecto terapéutico consisten en satisfacer las necesidades de dependencia en la medida en que su no satisfacción frena la reanudación de las necesidades de maduración, pero sin crear una dependencia con respecto a los cuidadores que podría producirse si el adolescente se aferra a su realidad material. Habrá que crear, pues, las condiciones de una relación que sea tolerable, reactivando los procesos introyectivos sin suscitar el despliegue de defensas antiobjetales o de comportamientos de sustitución marcados por la relación de dominación.

Traducción Dr. Jordi Freixas

Bibliografía

JEAMMET P, CORCOS M (2001). Évolution des problemàtiques à l’adolescence : l’émergence de la dépendance et ses aménagements. In: Références en psychiatrie. Paris: Doin Éditeurs, p. 94.

WINNICOTT D W (1971). Jeu et réalité. Paris: Gallimard.