El trato con el conflicto, agresividad y violencia en la escuela: de la normalidad a la patología

Vinyet Mirabent Junyent

 

RESUMEN

En este artículo se pretende ilustrar un aspecto del trabajo como psicóloga en una escuela. Se destaca la importancia de formar equipo con los docentes y atender las distintas dificultades de relación que se evidencian en el marco escolar, con el objetivo de promover dinámicas constructivas. Se muestra el valor de la detección del conflicto y su encauzamiento en edades tempranas como factor de prevención de situaciones que en el futuro pueden generar violencia, en una gradación desde la normalidad hasta la patología. PALABRAS CLAVE: escuela, observación, conflicto, violencia, contención.

ABSTRACT

CONFLICT MANAGEMENT, AGGRESSIVENESS AND VIOLENCE IN SCHOOLS: FROM NORMALITY TO PATHOLOGY. This paper illustrates an aspect of the work of a School psychologist. The importance of teaming up with the teaching staff and taking care of the diverse relational problems emerging within the school framework are underlined, with the objective of promoting constructive dynamics. The value of conflict detection and its channelling from early ages onwards (in a gradation ranging from normality to pathology) is considered a preventive factor of situations that could generate violence in the future. KEY WORDS: school, observation, conflict, violence, containment.

RESUM

EL TRACTE AMB EL CONFLICTE, AGRESSIVITAT I VIOLÈNCIA, A L’ESCOLA: DE LA NORMALITAT A LA PATOLOGIA. Aquest article pretén il·lustrar un aspecte del treball com a psicòloga en una escola. Es destaca la importància de formar equip amb els docents i atendre les diverses dificultats de relació que es posen de manifest en el marc escolar, amb l’objectiu de promoure dinàmiques constructives. Es mostra el valor de la detecció del conflicte i la seva orientació en edats primerenques com a factor de prevenció de situacions que en el futur poden generar violència, en una gradació des de la normalitat fins a la patologia. PARAULES CLAU: escola, observació, conflicte, violència, contenció.

Presento este trabajo a partir de la experiencia como psicóloga del equipo psicopedagógico de una escuela, del que formo parte a tiempo parcial desde hace años. Centrado en la escolaridad infantil y de primaria expone el trato con el conflicto y las reacciones violentas, en una gradación que va desde la normalidad hasta la patología, a partir de observaciones de niños y el trabajo con profesores y padres. La función específica de la escuela es la educación considerada en sus dos vertientes, la adquisición de conocimientos y la experiencia estructurante de aprender (Salzberger, 1989), y esta función la ejerce dentro de un marco grupal, que es el que contribuye a la socialización del niño. Existen distintos grupos que confluyen en el ámbito escolar: los alumnos de una clase, de un nivel, de una etapa; el de los profesores que atienden un curso, o un nivel, los que forman el claustro; el de los directivos; el personal no docente y, por descontado, el grupo de los padres. Este entramado es fundamental para la evolución del individuo, ya que la escuela proporciona la continuidad y la expansión de experiències estructurantes de relación con el mundo externo (Tous, 1999). Sin embargo, esta misma autora añade que «la tarea de la escuela es compleja y difícil ya que el niño y la institución deben encontrar un equilibrio que permita la satisfacción de las necesidades individuales y sin descuidar a la vez la atención a las colectivas, del grupo clase, del profesorado y de la misma institución» (1999, p. 107). En este difícil equilibrio se inscriben las dificultades de relación entre unos y otros. Por otro lado en la conducta es donde más se pueden manifestar las dificultades emocionales en el niño, con las múltiples variaciones dentro de la normalidad (Jiménez Pascual, 2003). Así, el conflicto, la agresividad y las reacciones violentas forman parte del entramado relacional del mundo escolar ya que por un lado se derivan de las dificultades y ajustes en la relación entre unos y otros y, por otro, de la reacción de los niños y adultos ante las frustraciones que forman parte de la vida cotidiana y del hecho de aprender y enseñar. Dos factores van a influir en la resolución del conflicto o en su enquistamiento, derivando entonces en reacciones violentas cronificadas. De una parte, el equilibrio personal de cada niño, su intensidad emocional y la cualidad de sus ansiedades y mecanismos de defensa ante las frustraciones, que van a determinar el mayor o menor grado de conflicto, agresividad o bien el paso a reacciones violentas. Por descontado también la implicación de su familia y la conciencia que ésta tenga del problema. De otra, la capacidad mayor o menor de la institución (maestro, dirección, equipo psicopedagógico) para contener y encaminar estas reacciones.

El niño normal en el aula

Clase de P-3 (3 años), hace un mes que se ha iniciado el curso. Los niños acaban de llegar, son las 9’30 de la mañana. Pablo está lloriqueando en un rincón de la clase, la maestra se le acerca y le consuela cariñosa, luego le muestra un camión y le estimula a jugar con él. Pablo se interesa, deja de llorar y se pone a rodar el camión por el suelo. Álex estaba cerca, ha mirado la escena y también observa el camión, él ya no llora al entrar al colegio desde hace unos días, pero en los primeros momentos aún está algo serio. Se acerca a Pablo y se pone al lado del camión, Pablo le aparta con la mano, y Álex le empuja y le coge el camión, Pablo cae al suelo y se golpea, con lo que rompe a llorar de nuevo. La maestra se acerca al oír los llantos, Pablo señala a Álex y la maestra le riñe con firmeza no exenta de calidez: «Álex ahora al camión lo tiene Pablo, tu luego, tienes que esperar, no puedes empujarle, le dices que si puedes jugar con él. Anda ven conmigo y juegas con este otro coche.» Esta es una escena habitual entre niños pequeños, se ha producido un conflicto de intereses que no saben resolver sino es con la acción. Dos factores influyen en que les falten aún recursos emocionales e instrumentales para encontrar vías de mediación ante el conflicto que no terminen en una pequeña acción violenta. El primero está relacionado con el momento de fragilidad: la adaptación a la escuela por el que están pasando; se sienten poco seguros ante la nueva situación que aún no han podido incorporar, la separación del entorno familiar conocido y del escolar (el anterior parvulario) les provoca ansiedad, poca confianza e inseguridad. Necesitan del adulto que calma, contiene y consuela, no tienen demasiada capacidad para tolerar frustracions añadidas cuando aún están afrontando la separación y adaptación escolar. El segundo factor es la edad. Los niños de tres años tienen en general una gran intensidad emocional que aún no han aprendido a controlar y que exteriorizan a través de la actuación, a través del impulso; el lenguaje aún no está demasiado desarrollado y la capacidad de reconocer y nombrar emociones y sentimientos es aún muy precaria. Es pues natural que los conflictos, los impulsos agresivos, se resuelvan a través de la acción, a menudo violenta. El camino que deberán ir haciendo con el crecimiento será el de poder contenerla a través de la capacidad para reconocer y pensar sus emociones, en consonancia con el desarrollo tanto de sus capacidades emocionales como instrumentales, que se interrelacionan e influyen mutuamente (Torras de Beà, 2002). Por otro lado la maestra tiene una reacción ajustada a las necesidades de los niños, entiende lo que viven y sienten y se puede acercar a ellos de forma comprensiva, flexible y contenedora, pero también señalando, ayudando a distinguir aquello que no va bien: el uso de la fuerza para conseguir las cosas (Winnicott, 1991). Puede reaccionar así porque es una situación que «espera»; es decir, que entra dentro de lo que ve como normal en niños de esta edad, no se asusta ni se sorprende demasiado, por ello puede contener y transmitir serenidad a los niños; así puede poner palabras a lo que pasa, verbalizar y ayudarles a construir pensamiento y encaminar la acción.

Marcos: el valor de la prevención

Una maestra de P-5 explica que está preocupada por Marcos, empieza a sentirse desconcertada, le llama la atención la frecuencia con que tiene reacciones violentes con los niños, a los que a menudo pega o intenta dominar en el juego, creando un grupito de adeptos. Marcos, dice, es un niño muy inteligente, que aprende bien y entiende las explicaciones, está aprendiendo a leer y tiene un dibujo con un buen trazo pero algo pobre para su edad. Su preocupación no se centra tanto en los aprendizajes como en sus dificultades de relación con los otros niños y su pobreza de imaginación. Transmite que no sabe qué hacer, ha probado de todo para pararle y ahora se siente desorientada. Observación: Los niños están realizando una actividad de «rincones de juego» y se distribuyen en la clase por grupos espontáneos que juegan a distintas cosas: cocinitas, garajes, disfraces, puzzles, construcciones o cuentos. Marcos está con dos niños más jugando con coches pequeños. Están haciendo una fila en la repisa de la pizarra, los ponen con cuidado porque sino se caen fácilmente. De golpe él con un coche empuja violentamente por detrás a toda la fila y los otros coches caen desordenadamente. Los otros dos niños ríen y se apuntan a hacer lo mismo, Marcos lo vuelve a hacer con mayor intensidad, orgulloso, tomando la iniciativa. Van repitiendo la acción en varias ocasiones. Llama la atención que el resto de la clase sigue un juego tranquilo y ellos hacen bastante bullicio con el suyo. Al cabo de poco Marcos arrebata un coche más vistoso a Juan, que primero protesta, pero enseguida se conforma y busca seguirle en el juego. En otro momento quiere poner un coche en medio de la fila, con lo que todo cae de nuevo, los otros dos niños protestan, pero él sigue, acaba parando y volviendo a empujar la fila por detrás. Los otros dos niños se cansan de esto y ahora miran unos coches con detenimiento, Marcos se acerca y al ver que no le hacen caso toma un camión y se lo pasa a Juan por delante de la cara… para hacerse notar. Éste lo mira interesado pero después sigue con lo suyo, ya que ha empezado a jugar con un garaje. Marcos «pulula», no sabe qué hacer. La maestra se le acerca y le sugiere otros juegos. Él dice: «es que no sé qué hacer… no sé jugar a nada…» La maestra le da ideas y le habla del garaje. Marcos se acerca a él, donde están sus dos compañeros jugando. Lo mira, no se le ocurre nada y finalment hace subir y bajar el ascensor con fuerza, pienso si lo va a romper. Los otros dos se apuntan excitados, pero al poco marchan a jugar a otra cosa. Marcos vuelve a pulular, no sabe qué hacer, se acerca a uno de los niños que juega ahora con unas construcciones y las empieza a tocar, caen… el niño protesta y le empuja, Marcos reacciona con violencia y le da un bofetón, el otro se queja enfadado y llama a la profesora. La maestra se ha dado cuenta y regaña a Marcos, le dice con energía y enfado que no se pega, que deje jugar a su amigo y que las cosas no se quitan. Le aparta y le lleva a otro lado de la clase. Marcos se queda quieto, mira, está entre serio y enfadado, sigue sin entretenerse con nada, al final vuelve a organizar la fila de coches en la pizarra y hacerlos saltar con fuerza. La maestra comenta que esto ocurre siempre. En esta observación se ve que Marcos es un niño ansioso con un déficit de simbolización, lo que le lleva a ser muy dependiente, a pegarse a los demás en sus juegos. El suyo está más próximo a un juego de exploración psicomotora que a su edad expresa una necesidad de evacuar tensión. En él representa choques, quizás vivencia las relaciones como un choque, sin elaboración, repetidamente, lo que es una externalización (Corominas, 1991), más que una verdadera simbolización que permitiría la elaboración del conflicto. Por ello el juego deviene árido para él mismo, se cansa, entonces se pega a los otros. A la vez necesita llamar la atención, suplir su carencia con la admiración, que es el único sistema de gratificación que encuentra, pero le dura poco porque los demás se cansan. Al pegarse intenta «ser el otro» capaz de jugar a ese juego, pero entonces provoca un conflicto y tampoco lo consigue ya que luego no sabe qué hacer con el coche vistoso o la pieza de construcción que le ha quitando al amigo. Surge el conflicto de relación ya que el otro protesta y no se deja, él entonces, una vez más frustrado y cargado de tensión reacciona violentamente (Fonagy, 2004, p. 47). Cuando la maestra interviene le dice que no sabe a que jugar. Luego cuando le riñe y aparta, ya que sólo consigue relacionarse en ese momento con reacciones violentas, se acentúa el círculo vicioso al sentirse expulsado. Marcos ilustra como los conflictos emocionales que le han llevado a una dificultad para la simbolización genera violencia. La ansiedad interna que vive le lleva a establecer relaciones poco diferenciadas, simbióticas, que a su vez no le tranquilizan ya que los otros niños le «expulsan», solo a ratos entran en su dinámica. Se siente sólo y rechazado lo que aumenta la ansiedad y la necesidad de evacuar la tensión y la rabia. La reacción de la tutora fija la dinámica. En la base de la conducta violenta hay un déficit de la capacidad simbólica que favorece la eliminación del malestar emocional a través de la actuación y del cuerpo (Feduchi, 2006). Este tipo de violencia se diferencia de la más sádica en la que sí hay una representación de los sentimientos dolorosos del otro para obtener satisfacción. Trabajo con la tutora: Después de esta observación el trabajo consiste en orientar a la maestra en su trato con el niño y realizar un seguimiento con ella a lo largo de varios meses. El objetivo se centra en favorecer una mayor comprensión de la conducta del niño para que su relación con él contemple respuestas más ajustadas a sus necesidades. Le muestro la carencia que hay detrás de la conducta agresiva de Marcos, la cual es su mecanismo defensivo para calmar su ansiedad. Podemos entonces establecer juntas formas de ayuda en la clase y en el patio. Sugiero algunas líneas de actuación: verbalitzar su conflicto, mostrándole su inquietud, y también ayudarle más a organizar el juego, quedarse un rato con él para estructurar mejor sus iniciativas. El objetivo es la dinámica tutora-niño para que Marcos se sienta menos rechazado, más contenido y así probar si puede desarrollar mayores recursos. Es una maestra sensible, pròxima a la comprensión de lo que le ocurre al niño, que asimila las observaciones y puede ampliar la visión de la relación con Marcos.  Entrevista con los padres: «Uno de los riesgos que puede surgir cuando un niño tiene problemas, es que la escuela transfiera una parte importante de su responsabilidad al niño… Si podemos conectar con la familia se ve entonces la importancia del sistema familiar como parte del problema» (Osborne, 1996, p. 75). La madre explica que a temporadas el niño está más paciente pero otras está muy inquieto. Comenta que reacciona con violencia ante los cambios y también es agresivo con su hermana pequeña, con la que se lleva 11 meses. La madre se da cuenta de que entra en círculos viciosos de tensión: «lo ves venir… pero no puedes evitarlo y acaba explotando seguro». En la conversación se va poniendo de relieve que los hermanos se llevan muy poco tiempo y que la madre quedó embarazada cuando Marcos tenía dos meses. «Era increíble cómo me hizo el vacío cuando Sofía tenia pocos meses… estuvo tiempo muy distanciado de mí… no me miraba, si me dirigía a él desviaba sus ojos… me sentía impotente y no sabía qué hacer… se me despertaban sentimientos de culpa, la sensación de ser mala madre». Hablamos de lo difícil de estos sentimientos contrastados. Dice: «claro… es que al final era un lío, entre la culpa que sentía y el enfado hacía él… Captaba los sentimientos de abandono de Marcos… pero a la vez yo no me merecía este trato». En otro momento comenta: «A los tres meses me miraba a Marcos y me preguntaba: ¿Le querré siempre? ¿Esto me durará?». «Creo que el niño lleva esto dentro». Añade que ve a su hijo muy sensible, que no tolera bien los cambios y menos los de personas. Se lo pasó muy mal con la despedida de una persona que le cuidó hasta los dos años y medio. El niño decía lastimoso: «No la veré más». Luego hizo la vida imposible a otras dos canguros que ha tenido, han acabado marchando. «Hace un año arañó y mordió a la segunda… le castigamos mucho, no puede ser, tiene que aceptar, es que nos desmonta la vida». Explica el castigo: le dejaron tres días en su habitación, entraban a verle y hacerle compañía, pero todo lo hacía en su cuarto». La madre reflexiona: «Fue muy fuerte, quizás nos pasamos, pero hay que ponerle límites, no puede hacer lo que quiera, al final tenía una cara de pena». «Pero no le ha servido, a la nueva canguro que llegó la rechazó con patadas». Comento que ante la desesperación de perder de nuevo, Marcos evita vincularse, necesita la ayuda de los adultos, para entender, poner palabras y calmar la ansiedad, sólo así podrá modificar su reacción y controlarse, estando al lado para que pueda aprender del adulto. La madre se queda pensativa e interesada. A partir de ahí podemos aclarar y diferenciar entre límite y castigo, entre firmeza y exclusión, entre su temor a un niño imposible de tratar y el contacto con su necesidad y ansiedad. La madre va viendo como necesita palabras, más que acciones de castigo que le deben haber hecho sentir excluido y malo. El mensaje que Marcos podia haber leído era: «No puedes convivir con la familia porque tienes algo monstruoso». Ahora la madre puede percibir como la ansiedad de su hijo debía ir en aumento, en su intento de reprimir su desesperación y rabia, sin poder elaborarla. A partir de ahí se puede hablar y diferenciar en la entrevista de trato firme y consistente, no duro. Ella comenta lo difícil que es no dejarse llevar por lo que dicen los familiares. Sus padres le hablan de un niño que necesita mano dura, su esposo a veces también, hablan mucho y ahora ya no sabe si se confunden o por donde ir. «Creo que mi marido tiene que oír todo esto». Explica del marido que está muy presente, que en general tiene buena relación con Marcos, pero cuando le riñe se pone muy duro, el niño le admira. Quedamos para una próxima visita con el padre incluido. Me dice de pie, si pienso que Marcos necesita terapia, digo que quizás, pero primero tenemos que hablar, entender entre todos, ellos y la escuela. Luego ya decidiremos. Comentarios de la entrevista: En la entrevista aparece el funcionamiento ansioso de Marcos y la dinámica de relación con sus padres. En primer lugar, el niño parece que necesita espacio mental en la madre para poder ser sostenido y contenido en sus sentimientos de pérdida y separación, ha tenido poco tiempo para él, a sus dos meses la madre quedó embarazada, y es muy posible que entre sus dudas acerca de su capacidad de vinculación y el nacimiento de la hermana, el niño pronto sintiese que no tenía espacio y quedara excluido. Cuando intentaba transmitir a la madre sus sentimientos intolerables, mediante su rechazo, ésta no podía recogerlos y hacerlos asimilables, devolvérselos modificados y digeribles para el hijo (Grimalt y Miró, 2002). Así se empezaron a instaurar círculos viciosos: reacciones violentes para expulsar la ansiedad y respuestas «educativas», coercitivas de los padres, vividas como violentas por el niño, con lo que aumenta su ansiedad. En algunos aspectos los padres no han podido entender a su hijo a lo largo de su desarrollo. Observo una madre sensible y cálida, capaz de escuchar, pero desorientada en el trato, con dificultades para dejarse llevar por lo que observa en su hijo y confundiendo la firmeza y seguridad con la dureza y la represión. Con ayuda, puede plantearse otros puntos de vista, es permeable a la modificación, se acerca a la ansiedad del hijo y conecta con sus sentimientos, busca ayuda, y busca incluir al padre (Anthony and Bebedek, 1983). La madre está en mejores condiciones de facilitar una respuesta sensible y gana acceso al estado mental de su hijo y le puede atribuir un significado (Marrone, 2001). Pensando en términos de apego, podemos ver que Marcos empezó a estructurar un apego ansioso –»en el que la receptividad del cuidador no se siente como segura, y el niño adopta estrategias para sortear este sentimiento»–, y desorganizado –»caracterizado por una búsqueda de la proximidad de la madre de forma extraña» (Fonagy, 2004, p. 18)–, escondiéndose, no mirándola, quedándose inmóvil. «Las alteraciones de la criança relacionadas con la construcción del vínculo afectivo estable y dificultades de separación, dan como sintomatología un niño infantilizado con problemas de relación, individuación y dificultades en la simbolización» (Fornos, 2001, p. 188). El riesgo es que la forma de estructuración del apego tenga efectos apreciables sobre los procesos mentales que están en la base de la personalidad y la psicopatología (Fonagy, 2004, p. 40). La regulación de las emociones depende de poder captar la experiència interna que surge en el contexto de la temprana relación diádica con el cuidador (la madre). La afectividad negativa aparece cuando no existe la capacidad esencial de regular adecuadamente las emociones negatives en las relaciones interpersonales (Fonagy, 2004, p. 49) Se hace pues evidente la necesidad de intervención en estas situaciones para modificar y prevenir patologies futuras. Además, como vemos en Marcos, los niños exportan sus dificultades a la escuela. En la escuela la posibilidad de ver a los padres es un recurso de gran valor para la prevención en salud mental. La escuela es un marco natural, al que acuden todos los niños. Es el medio más importante que tiene la comunidad para educar a los niños fuera del círculo familiar, las propuestas que afecten a la relación familiaescuela son un asunto de vital importancia (Meltzer, 1989). Ante las dificultades, muchos no van a llegar a las consultas de centros de asistencia, ya que para ello la familia debe estar muy concienciada. Pero sí es más fàcil que acudan al psicólogo del centro. Pienso que la función del psicólogo abriendo espacio de comprensión en la mente de padres, puede contribuir a una visión más completa y ajustada del niño. Si se precipita la derivación a una consulta, se corre el riesgo de que no se entienda, y o bien no la hagan o bien consulten por «obediencia a la escuela», con lo que probablemente no cuajará ninguna propuesta que surja.

Manuel y Jorge. Organizaciones patológicas alrededor del dèficit y de la ansiedad Vemos que niños en los que no ha sido posible intervenir y modificar sus ansiedades, van creciendo y evidenciando su malestar en la escuela, provocando situacions complejas y de resolución más difícil. Algunos de estos niños no han podido controlar adecuadamente su impulsividad y sus reacciones violentas, a pesar de haber preservado otros aspectos emocionales, intelectuales y capacidad para aprender. En otros la violencia es un reflejo de momentos de desesperación. Ambos están vinculados a patologías importantes. Manuel. Antecedentes. Es un niño de nueve años que ha mostrado un comportamiento impulsivo y actuador desde pequeño. A pesar de haberse detectado sus dificultades a los cuatro años, ha pasado por momentos de mayor tranquilidad alternados con otros de más inquietud. La colaboración con los padres ha sido escasa y difícil y la contención limitada. Al iniciar tercero, con un cambio de ciclo y de tutora, la inestabilidad emocional de Manuel se acentuó mucho. Empezó a contestar con energía verbal a los profesores, a discutir sus decisiones y a no hacer lo que se le pedía. Éstos respondieron con cierta dureza: «hay que marcarle, necesita límites, no se pueden tolerar sus respuestas» (respuestas como: «no quiero hacerlo, no me gusta, o ya he terminado así que hago lo que quiero»). Entre la tutora, los otros profesores y el niño empezó a instalarse, una relación tensa, de provocación-castigo-tensiónmayor provocación. A la vez generaba muchos conflictos con los compañeros, se peleaba y apartaba con violencia a los otros para ser el primero de la fila, o para entregar un trabajo a la profesora; en el patio daba empujones, hacía zancadillas a los demás al jugar al fútbol. De forma preocupante empezaba a organizar grupos de fidelidad, tenía «adeptos» que le defendían, generándose una dinámica de unos contra otros. Manuel empezaba a ser un líder «negativo» por su impulsividad, inteligencia y necesidad de dominio del otro. Todo ello atraía niños más abiertamente frágiles e inseguros que fácilmente confundían su dominio con fortaleza. Observación en el aula: Manuel es el primero en acabar un trabajo de matemáticas. Reacciona con viveza: «ya estoy», grita en voz alta. La profesora le dice molesta: «Pues te esperas, no puedes gritar así, molestas a los demás». Se calla enfurruñado, no sabe qué hacer, mira a los demás y les cuchichea respuestas. La profesora le vuelve a llamar la atención. Cada vez está más inquieto en la silla. De golpe toma un papelito y hace una bola, la tira a otro niño que está trabajando dos filas adelante, le da en el cuello. Éste se gira y le hace señas riendo. La profesora le riñe y se defiende «Es Manuel que me ha tirado un papel». La profesora agotada, porque está ayudando a niños con problemas para entender el ejercicio, le grita: «Ya está bien, ponte ahí de pie y te quedas sin patio», dirigiéndose a Manuel. El niño le contesta: «No me da la gana», pero se levanta y se queda de pie. Ríe con otros niños con los que establece complicidad, va diciendo en tono algo altivo: «Da igual, siempre me riñes a mí». La tutora no dice nada. Trabajo con la tutora. «Para que el cambio tenga oportunidad de efectuarse, la conducta del niño tiene que ser entendida por profesores… sino es difícil que un niño cambie, por las presiones en los contextos del aula y la escuela» (Dowling, 1996, p. 112). Para ello el primer paso es que la tutora se sienta entendida y apoyada, en la medida de lo posible, contenida, para que luego pueda actuar de «contenedor temporal de la ansiedad excesiva de este alumno» (Salzberger, 1989). Con prudència se le pueden mostrar los sentimientos «normales» que Manuel despierta y posibles formas de trato que desencallen estas situaciones. Es un aspecto delicado ya que entrar en una aula puede provocar que el tutor se sienta observado y también cuestionado en sus intervenciones, por ello es esencial crear un clima de confianza y apoyo, que evite el juicio, ayudándole a afianzar y potenciar sus recursos adecuados y retomar confianza en sí mismo. Así le muestro el funcionamiento de Manuel, su dificultad para contenerse, no puede esperar y «se dispara», como algo no voluntario que no puede controlar y que posteriormente genera gran culpa, no puede entonces aceptar ciertos límites porque le hacen sentir rechazado, excluido y «malo» (Feduchi, 2002). Por ello no tolera los castigos y las riñas. Intento subrayar el fondo necesitado de aprobación y carenciado de Manuel por el que busca defenderse y calmar ansiedades internas, mostrando una gran necesidad de sentirse apreciado y querido, pero a través de conductas negativas y utilizando a otros niños para sentirse fuerte. Probablemente se trata de ansiedades de índole depresiva que generan una gran reactividad como mecanismo defensivo (Palacio Espasa, 2002). Surge entonces la incomodidad de la profesora «no le puedo premiar un mal comportamiento». Explico que no se trata de eso, sino más bien de ponerle límites pero recordando al niño completo, su lado frágil. Le comento si se ve con ánimos de en lugar de dejarle sin patio, ponerle de pie o expulsarle de la clase, hablar con él, ayudarle a reflexionar, añadiéndole que valora lo que sí hace bien y que piensa que puede intentar aguatarse un poco. Acordamos que iré entrando en el aula. Intervenciones en la dinámica relacional. Las semanas siguientes cuando asisto a la clase me siento junto a Manuel. Hablo con él. Me conoce y espera mi llegada. A menudo me explica cosas que le han ocurrido, es un niño comunicativo y también absorbente cuando encuentra un receptor que le escucha y le ayuda a verbalitzar y pensar. La verbalización del conflicto ayuda a contenerlo y a mirarlo desde una perspectiva diferente. Frena la actuación impulsiva, estimula la reflexión y la búsqueda de modos de relación diferentes (Torras de Beà, 2002). Buscamos juntos como solucionar situaciones que se le hacen difíciles: así cuando termina rápido un trabajo y se aburre, quizás puede dibujar (lo que hace muy bien) y así evitar la inquietud de la espera y los problemas con los otros niños que entonces se generan. Con la tutora quedamos que dibujará cuando termine. Cada semana me mostrará esos dibujos y hablaremos. Esa medida sencilla ha funcionado y le ha ayudado a contenerse en el aula, con lo que recibe felicitaciones de la tutora. Tras varios encuentros ésta empieza a probar algunos cambios en su trato con Manuel. El niño responde positivamente, se aproxima a la tutora y ésta puede ver entonces su lado cálido y también su necesidad e inseguridad. Los círculos viciosos en la relación empiezan a disminuir. El trabajo con la familia de Manuel: En las entrevistas se muestra esquiva, quejosa con la escuela, consideran que ésta no hace lo suficiente. Les explicamos qué se ha intentado hacer: hablar con los profesores, ajustar el trato con él, y muestro los aspectos ansiosos y necesitados de Manuel que subyacen al conflicto. Los padres comentan que no saben qué más pueden hacer. Ahora le llevan a un centro psicológico de orientación cognitivo conductual, al que va una vez a la semana. Quedamos en irle siguiendo y en la importancia de comunicarnos también con el centro. El colegio está cuestionado y la tutora se siente poco valorada y apreciada en sus esfuerzos por estos padres. Complicaciones en la evolución: entre el progreso y el estancamiento: A pesar de las medidas que se han intentado poner en marcha, en las horas de patio surgen también muchos problemas con los compañeros. Donde está él se organizan conflictos de unos contra otros, los «del otro bando» con frecuencia reciben golpes, manotazos y empujones que los hacen caer al suelo o les causa moratones considerables. Manuel es un niño fuerte que además descarga toda su energía cuando no se puede controlar. Hay un conflicto profundo en Manuel, que expresa a través de reacciones disruptivas e inesperades de violencia hacia sus compañeros que a veces pueden tener serias consecuencias. Así, jugando a fútbol se enfadó enormemente con un niño de su equipo que falló un tiro, le tomó por las piernas y lo dejó caer al suelo. El niño se dio un golpe y por un momento perdió el conocimiento. En otra ocasión a raíz de un enfado en clase lanzó un lápiz contra un niño, le pasó rozando un ojo. Cuando hablo con Manuel de todo ello me dice: «Es que me incordian, me dicen eres tonto, no haces nada bien; o eres malo, por un rato hago «la, la, la» como si no lo escuchase, que me entre por una oreja y me salga por la otra. Pero ¿Sabes? De golpe se me tapona un oído y no me sale, se me queda dentro, y me pongo nervioso». Le digo: «Y explotas, sin darte cuenta de si haces daño, luego te duele». Se pone a llorar. Estamos en una escuela y estos incidentes han provocado que la asociación de padres haya interpelado al director sobre qué piensa hacer. Todos los padres del curso van «llenos» de las quejas de sus hijos y ahora ha pasado esto. «Este niño es peligroso». Dirección ha llamado a los padres de Manuel y se ha puesto muy seria en qué es lo que hacen para ayudarle. Comentarios y reflexiones: Manuel es un niño con intenses ansiedades, probablemente depresivas, que sufre desde la pequeña infancia (no se nada de su crianza) y que en lugar de poderse modificar, ha ido instalando una forma defensiva de reacción impulsiva para expulsar su malestar, creando en él un funcionamiento disociado. Por un lado es un niño sensible, atento e inteligente, que razona y comprende muy bien; pero por otro no ha podido integrar en su personalidad los sentimientos de rabia, rivalidad y competición, que han quedado disociados, sin contención ni elaboración y que por tanto permanecen en su mundo interno con toda su intensidad, agravada por su edad con lo que ha ido acumulando experiencias difíciles que los han incrementado. Se ha arraigado, pues, su funcionamiento disociado y proyectivo, por el que ciertas emociones «quedan lejos de ser mentalizadas y necesitan ser expulsadas con fuerza, con continuas actuaciones y pasos al acto… en muchos casos también desvalorizando al otro, ocultando en ello profundos sentimientos de inseguridad e inferioridad» (Jiménez Pascual, 2003). Manuel proyecta en los otros niños «aspectos intolerables y rechazados de sí mismo, para desprenderse de ellos y disminuir la ansiedad que le provocan» (Feduchi, 2006) Así proyecta la ineficacia, el temor a ser tonto, torpe o poca cosa, reflejando un mundo interno demasiado terrible que no puede contener (Winnicott, 1991). Por ello se dispara ante el niño que se equivoca o que le impide un éxito. En él se expresan los tres niveles, conflicto, interno y externo, agresividad como necesidad de autoafirmación frente a sentimientos de baja autoestima y reacciones violentas por falta de contención y elaboración del conflicto. Pienso que la ayuda terapéutica que está siguiendo, al no atender las ansiedades de fondo, está probablemente incidiendo en la disociación, en su intento de potenciar lo cognitivo y conductual. El niño sabe lo que no debe hacer, pero algo se le dispara y eso no es atendido suficientemente. Desgraciadamente es muy incierta la evolución que Manuel puede seguir. Si no se modifica en profundidad este funcionamiento, el riesgo es que en la adolescencia se instale, acentuándose las actitudes más desafiantes para defenderse de los sentimientos de culpa e impotencia.

 

Jorge

Acude a la escuela desde P-3 y ya entonces, después de hablar con su profesora y sus padres se le derivó a un centro público de atención precoz. Se le diagnosticó un trastorno generalizado del desarrollo dentro del espectro autista. Desde entonces sigue una ayuda psicoterapèutica dos veces por semana y los padres están también orientados por una psicóloga externa a la escuela.

Antecedentes: Comentaré brevemente la evolución de este niño para ayudar a entender sus reacciones actuales. En el parvulario era un niño que se aislaba y no buscava el contacto, podía estar ratos debajo de la mesa, meciéndose o entreteniéndose con trocitos de papel, plastelina o cualquier cosa que estuviese en el suelo. La maestra debía rescatarle con cariño para que realizase las tareas escolares, entonces a menudo respondía y se podía interesar por un rato. Era a la vez un niño muy inteligente que fue aprendiendo y mejorando su contacto relacional, sobre todo con los adultos. Pero cuando llegó al primer curso de primaria se inquietó enormement con el cambio, volvió a aislarse bajo las mesas, se desconectaba. Sin embargo era un niño que no presentava problemas disruptivos en la clase, interfería muy poco, demasiado poco, y a veces podía pasar desapercibido. El trabajo con su tutora se dirigió precisamente a tenerle más presente y vincularle, interesarle en la clase, a través de comunicarse con él, de entender su miedo al cambio y su ansiedad. Necesitaba una maestra pròxima que pudiese hablarle y verbalizar sus reacciones para que el niño pudiese rescatar sus recursos. En primero y segundo de primaria fue mejorando y pudo seguir, aunque con dificultades, su aprendizaje. Ahora en el tercer año de primaria han aparecido de forma intensa reacciones imprevistas de tipo violento. No soporta equivocarse y cuando piensa que algo es difícil empieza a lanzar cosas al suelo, libros, estuches de lápices o sillas, a menudo los otros niños reciben el golpe. En su proceso de diferenciación, frente a las frustraciones, Jorge empieza a proyectar su agresividad sobre los adultos y, a menudo, también sobre otros niños. «A veces el niño tiene también que recurrir a la fragmentación y pasará de este modo por momentos de desorganización» (Palacio Espasa, 2004, p. 47). En estos momentos la tutora no sabe como actuar. Le habían hablado de un niño que se desconectaba y que a momentos tenía enfados disruptivos, pero no de un niño tan violento. Se siente desbordada y en las reuniones de claustro empiezan a aparecer comentarios de que este niño no es para esta escuela, que está enfermo, que los otros no tienen porqué pagar su enfermedad, que es imposible llevarle de excursión y no digamos de colonias. La tutora ha hecho alguna entrevista por su cuenta con los padres y ha habido tensión. Éstos, que sienten que el niño mejora y que hacen todo lo posible, se sienten también asustados y quejosos de que la escuela ahora «rechace» a su hijo. En este contexto empezamos a trabajar juntas.

Observación: Los niños están trabajando y van terminando una hoja. La tutora comenta que deben intentar acabar para pasar a otro ejercicio distinto. Jorge ha ido terminando, está contento porque le ha salido bien y la tutora le felicita. Espera. Al poco la tutora les dice que saquen material, menciona la goma, la regla, lápices. Jorge empieza a buscar en su mochila. Otros niños van diciendo que no tienen regla o goma. La tutora se molesta porque ya lo había avisado varios días antes y debían apuntarlo en la agenda, les dice que se van a quedar sin patio en un tono alto y exigente. Jorge empieza a gritar: «Tengo que comer, tengo que comer, tengo hambre, he de ir al patio porque tengo hambre». Cada vez más alterado y nervioso, se levanta, sigue gritando, lanza al suelo lo que tiene en su pupitre y lo empieza a tirar a los demás. La maestra se desespera y le grita: «Jorge qué te pasa ahora, porqué gritas». «¡Para, para, no tienes que ponerte así, para!». Cada vez más desbordada, el niño sigue lanzando objetos y agita los brazos como alas con frenesí. Yo, que estoy observando la escena, y que tengo un papel diferente a la tutora, me decido a entrar en acción. He podido pensar mientras observaba, la tutora ha tenido que actuar todo el tiempo, estar en primera fila atenta a todos los niños y en este sentido está en condiciones menos favorables para entender a Jorge. Me acerco a él, que me conoce bien, e intento hablarle, le digo que está muy nervioso y que tiene miedo y le voy tocando el brazo, noto que el niño se relaja. Le acabo abrazando y le digo que está asustado. Se pone a llorar, la maestra mira atónita. Se va calmando y le pregunto qué le pasa, añado que parece que tiene hambre y tiene miedo de no poder desayunar. Entonces puede explicarse y dice que tiene el bocadillo y que se lo tiene que comer pero que si no va al patio no podrá. Va diciendo que él también se ha dejado la regla en casa, no puede hacer el ejercicio. Sigue algo nervioso. Le digo: » Hablemos con la tutora, que te va a entender». La tutora se acerca y el niño empieza a explicarse con mayor coherencia. Finalmente ésta le entiende y le puede decir que no, que no se va a quedar sin patio, que va a poder desayunar y que ella ya sabe que hace esfuerzos y que si se ha olvidado la regla le pondrá una nota a la mamá y mañana la traerá. La tutora ahora intenta abrazarle, está impactada por la intensidad de la preocupación de Jorge.

Comentarios: Este momento el aula se ha convertido en un punto de inflexión en la dinámica de relación entre la tutora y el niño. Ella ha podido darse cuenta de la fragilidad de Jorge, de cómo carece de herramientas para mediar en el conflicto, él a su vez puede empezar a confiar en que la tutora le va a entender. Ésta ha visto la gran ansiedad que hay debajo de la explosión violenta y ahora podemos acercarnos a su dinámica interna. Jorge es un niño desesperado que empieza a vivir abiertamente momentos de conflictividad depresiva tan agresiva que busca defensas masivas, psicóticas que le llevan a funcionar como un borderline grave y desorganizado (Palacio Espasa, 2004). Ante las frustraciones de los aprendizajes y vida diaria siente impotencia y miedo al otro, a no ser entendido, a dejar de ser querido y que se le rechace. Ante el temor se desespera y desorganiza. Cuando puede encontrar un interlocutor próximo, que percibe su desesperación y no solo su comportamiento proyectivo, se siente contenido, puede tranquilizarse y organizar mejor su pensamiento para expresarse (Grimalt y Miró, 2002). La tutora lo ha visto y piensa ahora que quizás puede ayudarle más de lo que pensaba anteriormente. Después de esta situación la relación entre ambos ha mejorado notablemente. Ella le tiene más en cuenta, le anticipa momentos que cree le van a inquietar y ha podido establecer con él una relación más individualizada. El niño ha empezado a mostrarse cariñoso con ella y ha empezado a confiar, pidiéndole ayuda. Se dan en la actualidad menos momentos de violencia y se resuelven con mayor facilidad. Por descontado que es un niño con serias dificultades que se deben seguir tratando y que comprometen su evolución, su progreso es frágil. Pero está aprendiendo, se ha empezado a relacionar con niños, sobre todo niñas, que le protegen un poco, y ha salido de su aislamiento. También quiero señalar que a mi modo de ver la comprensión de la tutora ha propiciado que los compañeros de Jorge le vean también desde otro ángulo, se le puede hablar, y desde que está más calmado pueden jugar con él, con lo que se le facilita también nuevas relaciones beneficiosas, que rompen el circulo vicioso de «ansiedad- aislamiento-vivencia de los otros» como «rarezaincomprensión- mayor aislamiento». Todo ello estimula la recuperación y salud de Jorge, más integrado dentro de su grupo natural, la escuela. Así, a partir de las observaciones en las clases y la comprensión de la dinámica que ha propiciado, nos acercamos al «propósito de alentar a tener una nueva experiencia entre tutor y alumno… lo que puede servir para comenzar a desafiar las creencias previas. La primera de ellas es la idea de que las cosas no pueden cambiar» (Dawson, 1996, p. 122). Para terminar unos comentarios acerca de la situación del psicólogo en la escuela. Éste tiene una posición claramente diferenciada, por un lado cuenta con su experiència profesional, sus conocimientos acerca del mundo interno, ansiedades, mecanismos de defensa, formas de relación, etc. Por otro lado, al no tener responsabilidades académicas, tiene una perspectiva que le permite captar las dinámicas relacionales que se producen. Su labor se centrará en diferenciar las positivas de las perjudiciales, y elaborar con los docentes formas de modificarlas (Mirabent y Torras, 1998). El psicólogo no está pues en primera línea. Esta posición diferente permite la observación, el análisis y la elaboración. Será esencial hacer equipo con el docente, éste sí está en primera línea, lo que implica una posición activa, estimular el aprendizaje, actuar y a menudo carecer de tiempo para pensar con la obligación de responder rápido a una clase. Ambas funciones se complementan en la escuela. Pero para poder ejercer esta función el psicólogo va a necesitar de todas sus capacidades de análisis y comprensión de las situaciones. A menudo deberá frenar internamente el impulso a actuar rápido, cuando contratransferencialmente siente la ansiedad y la prisa del educador para encontrar soluciones «milagrosas» que respondran a la expectativa que a veces se deposita en é. O para contener otra fantasía implícita que le llega: el que no sirve para nada. «Mucho entender pero los problemas en la clase son los mismos, veríamos como se apañaría él». Necesita darse tiempo para observar y entender, y poder así situarse al lado del docente, comprender sus dificultades. A menudo también ayudándole a encontrar donde están sus límites, ante demandas excesivas que a veces un tutor se hace para ayudar a un niño. Una de sus funciones será detectar e intervenir de forma preventiva ante las dificultades evolutivas de los niños. «En la infancia se nos hace evidente que el medio familiar y escolar juegan un rol fundamental en la eclosión de las dificultades, en su detección y eventual consulta, en la contención de aspectos enfermos y la estimulación de los saludables» (De Diego, 2002, p. 153). Para ello deberá también trabajar con las familias de los alumnos, captando la dinámica familiar y tratando de promover un cambio que modifique en algo las proyecciones mutuas. Por descontado que desde la escuela hay limitaciones, pero a la vez es una oportunidad única para trasmitir a los padres la importancia de una buena evolución del hijo y la atención a dificultades incipientes, con lo que tal vez se movilice un trabajo psicológico- psicoterapéutico externo. Pero igual de importante es acoger y ayudar a que el educador pueda seguir ejerciendo como tal. Contener la ansiedad que su trabajo despierta, clarificando y dando a entender las dinámicas de relación con el alumno, modificando estereotipos –»el enfermo», «el violento», etc.– y estimulando los recursos del propio educador. Deberá tener en cuenta sus sentimientos contratransferenciales con el niño, de desbordamiento, desánimo, impotència o rechazo, también su preocupación por el resto de la clase (que también sufre los efectos del conflicto). Sólo así podrá ayudar a que pueda ejercer su importante labor docente a menudo poco conocida y valorada en nuestra sociedad. Con frecuencia se habla muy superficialment del mundo escolar, que debería aconseguir «todo» de los niños. Tener al frente 25 niños, explicarles matemáticas, seguir los programas oficiales, estar atento al grupo, a lo que no entienden, y también a cada uno de ellos, a sus individualidades, conflictos y modos de relación, es un arduo trabajo, del que se habla poco y de mérito poco reconocido. «Los educadores tienen que hacer frente a situacions de desconcierto y preocupación derivadas de las actitudes y conductas de sus alumnos. Se encuentran con situaciones difíciles y problemáticas personales y familiares graves que exportan a la escuela sus formas de tratar con el conflicto y que involucran al educador» (Tous, 1999, p. 108). La función del psicólogo se centra, pues, en atender estas dinámicas que se establecen en la escuela (educadores – alumnos, educadores – familia, docentes – institución) y que condicionan en gran manera la posibilidad de ejercer la función educativa y estructurante que tiene, para facilitar así que ésta pueda seguir ejerciendo como tal (Salzberger, 1989).

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