El proceso de la sensorialidad a la simbolización

Maite Basáñez C. y Montserrat Palau P.

 

RESUMEN

El trabajo pretende hacer un breve recorrido por el proceso que lleva de la sensorialidad a la simbolización a través de la relación terapéutica. El objetivo general es intentar mostrar a partir de un caso clínico –niña de cinco años, gemela de otra niña y prematura– como las ansiedades primitivas, fijadas en unos enclavamientos sensoriales, no mentalizados, y expresadas en una masturbación compulsiva y otras conductas autosensoriales, se pueden ir elaborando en un marco terapéutico-relacional que permite una regresión a nivel sensorial. A través de ir viviendo y verbalizando todo esto se puede facilitar la evolución desde una fase de carácter confusional a una reestructuración emocional que permite el acceso a la simbolización a través del juego, la palabra y, posteriormente, la letra. PALABRAS CLAVE: ansiedades catastróficas, enclavamientos sensoriales, autosensorialidad, sensorialidad no mentalizada.

ABSTRACT

THE PROCESS FROM SENSORIALITY TO SYMBOLIZATION. This paper describes the process that takes place in a therapeutic relation and leads from sensoriality to the capacity to symbolize. A clinical case is presented to show how primitive anxieties, fixated to unmentalized sensorial enclaves and expressed through compulsive masturbation and other autosensory behaviours, can be worked through in a relational and therapeutic framework allowing for regression to a sensorial level. Through experiencing and expressing these aspects, an evolution in the patient from a phase of confusional character to an emotional restructuring which enables an access to the capacity to symbolize through play, word and letter can be facilitated. KEY WORDS: catastrophic anxieties, sensorial enclaves, autosensoriality, unmentalized sensoriality.

RESUM

EL PROCÉS DE LA SENSORIALITAT A LA SIMBOLITZACIÓ. El treball pretén fer un breu recorregut pel procés que porta de la sensorialitat a la simbolització a través de la relació terapèutica. L’objectiu general és intentar mostrar a partir d’un cas clínic -nena de cinc anys, bessona d’una altra nena i prematura- com les ansietats primitives, fixades en uns enclavaments sensorials, no mentalitzats, i expressats en una masturbació compulsiva i altres conductes autosensorials, es poden anar elaborant en un marc terapeuticorelacional que permet una regressió a nivell sensorial. A través d’anar vivint i verbalitzant tot això, es pot facilitar l’evolució des d’una fase de caràcter confusional a una reestructuració emocional que permet l’accés a la simbolització mitjançant el joc, la paraula i, posteriorment, la lletra. PARAULES CLAU: ansietats catastròfiques, enclavaments sensorials, autosensorialitat, sensorialitat no mentalitzada.

Hay estudios que demuestran que ya desde el inicio de la vida intrauterina hay vivencias que determinaran el desarrollo posterior de aquel niño o niña. La Dra. Piontelli (2002) en sus trabajos demuestra como las primeres sensaciones que experimenta el feto determinan conductas posteriores de ese niño. En el caso que nos ocupa podemos pensar que hay un sufrimiento fetal, pues se ha de provocar el parto porque la niña no crece y ya durante el embarazo se da una desigualdad de condiciones entre los dos fetos, en la que Ana es la desfavorecida. Después del nacimiento todo bebé pasa por unas ansiedades catastróficas propias de la evolución que si hay un continente (madre, o quien realice la función materna) son superadas más o menos adecuadamente. Con Ana el sufrimiento continúa después del parto pues tiene que estar en la incubadora durante dos meses en un ambiente muy poco contenedor. La ansiedad catastrófica es definida como «la ansiedad de caer» o «sobrevivir» en la no existencia o el vacío. La persona que vive invadida por esta ansiedad experimenta la conexión con los demás y con las cualidades de los demás como algo inaccesible (Viloca, 2000; Coromines et al, 2008). Según Viloca (Brun, 2004) Bion habla de que «el ser humano nace en medio de una sensación catastrófica, y esta sensación en el desarrollo normal del ser humano se reactiva cada vez que el individuo tiene que hacer frente a un cambio. La sensación catastrófica, entonces, es la vivencia más primitiva del recién nacido y de su contención depende el crecimiento de la personalidad, es decir, la evolución del yo» (p. 173). Ana vivió una situación real de catástrofe donde difícilment podía encontrar la contención necesaria (estancia en la incubadora, madre deprimida, etc.). Delante de todas estas ansiedades aparecieron defenses en forma de enclavamientos sensoriales manifestados en las conductas de esta niña, incluida la masturbación compulsiva. En el caso de Ana estos mecanismos autosensoriales –la masturbación, los juegos repetitivos, etc.–, son una manera de evacuar la ansiedad, calmar y contienen el malestar. Citando a Coromines: «Los enclavamientos sensoriales representan un intento de reencontrar, a través de un mundo de sensaciones corporales buscadas repetidamente, aquella invariancia, aquella constancia que está perdida y no se puede encontrar de otra manera» (2005, p. 4). De todas formas no se podía afirmar que Ana presentara una patología tan grave como un autismo o un trastorno generalizado del desarrollo. Era una niña con una mínima relación y comunicación con los demás, su desarrollo había sido normal y aunque con dificultades seguía más o menos el ritmo de los niños de su edad. Coromines habla de que puede pasar también que este «replegamiento» en la sensorialidad se haga temporalment presente en diversas situaciones de patologia menos grave. «Se trataría entonces, de acuerdo con Steiner de un refugio que proporciona a quien lo experimenta una situación de relativa paz y de protección contra la ansiedad, del cual se hace difícil salir y que puede llegar a ser una manera de vivir y de funcionar» (2005, p 4). En el tratamiento de Ana las conductas autosensoriales aparecían sesión tras sesión: jugar con plastelina, pegamento, agua, apagaba la luz, se metía en la bañera en posición fetal, se me abrazaba, etc. Para Viloca, «la relación terapéutica facilita la integración de las experiències sensoriales que tiene el niño con las emociones surgidas de la interrelación terapeuta-niño y se promueve la concienciación y registro mental de las experiències emocionales, así se van creando en la mente conexiones antes inexistentes y se va organizando un sentimiento de seguridad en la relación humana, lo que posibilitará el desarrollo de la comunicación, del lenguaje y del pensamiento» (Brun, 2004, p. 187). Una función importante del terapeuta en este proceso es la de tolerar y dar sentido a los juegos y acciones del niño, lo que seria la revêrie materna de Bion. La salida o elaboración de estas vivencias es a partir de poder vivir esta sensorialidad y las emociones implicadas, en una relación significativa con el otro, donde aparece la posibilidad de diferenciación y de sustituir a «este otro» a través de la simbolización como modo de superar la pérdida

Presentación del caso clínico

Ana era una niña de cinco años y un mes, consultan por dificultades en el lenguaje, los aprendizajes en general y por problemas de inhibición y relación con otros niños y adultos. Los padres dicen que siempre ha ido más retrasada debido a la prematuridad con la que nació; es gemela de otra niña, Paula. A las 35 semanas de gestación se indujo el parto por su poco peso, y estuvo en la incubadora durante dos meses. Su evolución siempre ha sido más lenta y ha tenido más dificultades, tanto emocionales como físicas, que su hermana. Las comparaciones entre las dos parecen inevitables, de modo, que en la historia familiar, Paula es la que va bien, la espabilada, la dominante, y Ana es la retrasada, débil, sumisa. Esta idea es mantenida por la madre ya desde el embarazo: ha quedado «marcada» con esta imagen y haga lo que haga parece que no la puede cambiar. El periodo en que estuvo en la incubadora la madre lo paso muy mal, dice: «Si estaba con Ana, no podía estar con Paula, siempre me faltaba una». El padre explica que todos pensaban que Ana moriría y que no saldría adelante porque era muy pequeña, pero sobrevivió. Las continuas exigencias escolares hacen que la madre esté muy preocupada por los aprendizajes y solo se pueda fijar en lo que todavía no hace Ana, incapaz de ver la parte buena de su hija. La ve como si no pudiera hacer más de lo que ya hace; se plantea si es buena madre para ella, dice que no tiene paciencia y que hay ciertos comportamientos de Ana que no puede tolerar, como cuando se hace el bebé, cosa que hace a menudo: habla como un bebé, se estira en la cama, se chupa el dedo, etc. Los datos del desarrollo referidos por los padres muestran un retraso poco significativo en algunas áreas. En cuanto al carácter de Ana, describen a una niña dependiente, que hace lo que los demás, o sobre todo su hermana, le dicen. Al final de la primera entrevista y casi en la puerta, los padres comentan que Ana se masturba compulsivamente en casa, en el colegio, y muy a menudo. La primera vez que veo a la paciente pasamos un buen rato en silencio, no habla y casi ni me mira, cuandose decide a tomar la caja de juego lo primero que agarra es un biberón y un bebé y le da de comer; no habla nada y me intereso por su juego:

– «¿Qué come? ¿Come bien?» Hace que si con la cabeza. Toma otro bebé y le da también biberón.

– «¿A ver cómo come éste?» Hace que no con la cabeza.

– «¿No? ¿Por qué?»

– «Llora». Es la primera palabra que me dice. Me intereso por el bebé que llora.

– «¿Por qué llora?»

– «Porque no hay más, se ha acabado. El primer bebè se ha bebido toda la leche y ahora ya no queda». Este primer juego es muy significativo ya que refleja muy bien su realidad, ella es gemela de otra niña que fue dos meses antes a casa con la madre y se tuvo que quedar en la incubadora con todas las ansiedades que esto comporta. Posiblemente Ana siente que su hermana le ha quitado un poco a la «mama-leche» y ella se ha quedado con las «sobras»; esta idea se confirma con sus juegos posteriores durante la terapia y con las explicacions de la madre que a medida que avanza la teràpia está más tranquila y confiada y puede explicar más detalles sobre el embarazo. Dice, en una entrevista a soles que durante el embarazo, que Paula tenía casi todo el espacio de la matriz y Ana quedaba chafada en un rincón, añade: «A Paula la notaba moverse pero a Ana nunca la noté, además se cruzaron los vasos y mientras que Paula tenia fácil el acceso a la comida a Ana solo le llegaban los restos y por eso no crecía». En este tema me han ayudado mucho los trabajos de Piontelli (2002) sobre gemelos y vivencias intrauterinas, entre otros. Vale la pena remarcar que todo y la sospecha de que alguna dificultad existía entre la madre y su pròpia madre, nunca, durante todo el proceso terapéutico, pudimos hablar de ningún aspecto que se relacionara con su propia familia, cuando ella era pequeña, de sus padres. Después del proceso diagnóstico se hace una indicación de psicoterapia psicoanalítica de dos veces por semana, que por posibles resistencias de los padres, solo fue de una vez por semana. En principio la psicoterapia se planteó solo para la niña, por motivos que más adelante se discutirán, pero se tuvo muy en cuenta a los padres, sobre todo a la madre que estaba muy preocupada. Hipótesis de trabajo Las hipótesis que nos planteamos al principio del proceso fueron las siguientes:

  1. Presencia de unos núcleos o enclavamientos sensoriales como mecanismo de defensa frente ansiedades muy primitivas, que se expresan en forma de una masturbación compulsiva, hacerse el bebé, balbuceo, chuparse el dedo, etc. La sensorialidad como refugio de la ansiedad, para no caer en la psicosis, ya que no podemos decir que esta niña tuviera una organización psicótica.
  2. La situación familiar influye en el desarrollo de la niña. El vínculo con una madre deprimida que no ha podido elaborar el duelo de la niña con problemas en la incubadora y las continuas proyecciones de ésta hacia Ana impide la mejora y obstaculiza el tratamiento. La sensorialidad aparece también como refugio de estas proyecciones. La condición de gemela, la historia del embarazo y el parto, y el posterior desarrollo al lado de la gemela que «todo lo hace bien», añade más dificultades al crecimiento de la niña.

III. Vivir en la relación terapéutica las ansiedades más primitivas facilita la comunicación consigo misma y con los demás, pudiendo hacer un uso más adecuado de esta sensorialidad, y permite el acceso a la simbolización y el aprendizaje.

Proceso terapéutico

El proceso terapéutico de Ana se podría dividir a grandes rasgos en tres fases, a pesar de que nunca se puede separar completamente una de otra por que se solapan entre ellas o hay momentos de regresión. Primera Fase. Inicio del tratamiento. Se establece el setting y la relación de Ana con la terapeuta. Fase de mucha indiferenciación y «adhesión». Durante estos primeros encuentros habla muy poco, cuesta mucho acabar las sesiones y recoger, y a menudo se quiere llevar algun objeto de la sala, ni que sea un pequeño trozo de papel de la papelera. Las primeras producciones que aparecen son collage llenos de pegamento y celo todo mezclado y pegajoso. En el papel hay diferentes texturas y volúmenes y todo –papel, manos, entorno– queda invadido de pega y celo. No aparece ningún tema ni objeto concreto, no hay figura humana, todo es bastante confuso e indiferenciado, como expresión de su mundo interno, en estos momentos caótico, confuso, con un predominio sensorial y un deseo de adhesión. Segunda Fase. Curso del tratamiento. Aparecen los elementos más primitivos y sensoriales, fase de caràcter psicótico o esquizoparanoide. Los juegos, muy sensoriales, reproducen y proyectan comunicativamente en la terapeuta todas sus vivencias de cuando era pequeña, el claustro postnatal e incluso las sensaciones que pudo sentir cuando todavía era un feto. Cuando Ana está más confiada que vuelve cada semana, empieza a aparecer con fuerza toda su conflictiva. Ahora ya habla con fluidez y juega mucho, a pesar de que es un juego bastante sensorial: pegamento, celo, plastilina, jabón y agua, y lo que hace es tocar, oler, enganchar, juntar y desmenuzar plastilina. Son juegos sensoriales con bastante confusión, con el deseo de engancharse a la terapeuta y, posiblemente, proyectan todas sus vivencias desde que estaba en el útero materno; son sensaciones que no ha vivido a nivel simbólico pero si que hay el recuerdo sensorial, no están mentalizadas. En las sesiones y con estos juegos parecía reproduir su propia historia. Un juego muy habitual al inicio de las sesiones de esta etapa era cortar y enganchar continuamente trozos de celo, como representando las dificultades de separación de la madre. Ana dramatiza de esta manera su separación de la madre, que vive como cortes de tijera, como si se cortara el hilo que las une, al entrar en la sala, y sus deseos de confundirse y de no separarse, de quedarse enganchada. Cuando nació y cortaron el cordón umbilical Ana estuvo dos meses en la incubadora, sin apenas contacto con la madre, en un ambiente desconocido para ella, con la pérdida que esto comporta, y donde todas sus ansiedades más primitives no estaban contenidas. Nació y en la incubadora no tuvo un claustro postnatal que la contuviera (Bick, 1993; Tustin, 1994). Durante este tiempo del proceso terapéutico Ana juega a ser un bebé y digo «a ser» porque no había el «como si». En estos juegos era un bebé y la terapeuta lo sentía así: balbuceaba, no andaba, incluso se metía en la bañera en posición fetal. Cuando llegó a casa la empujaron a crecer muy rápido, sin dejarla ser un bebé porque para la madre ver a Ana pequeña era revivir situacions muy dolorosas. Sentirse una madre que no puede alimentar, que no puede hacer crecer a su hija, culpabiliza, genera miedo a que la niña muera, tal como explica Palacios en sus trabajos (2003). Durante estos juegos la terapeuta a menudo se sentia angustiada, sin entender nada y confusa, a veces actuava igual que la madre empujándola a crecer e iniciando juegos para que no hiciera tanto el bebé; vale la pena remarcar la importancia de las supervisiones para ir trabajando todo esto y poderlo vivir junto a la Pequeña paciente sin confundirse. La terapia permitió que juntas, niña y terapeuta, vivieran todo esto y se pudiera verbalitzar y comprender. Ella escuchaba con atención las intervenciones y normalmente la calmaban, podia recordar las sesiones anteriores y respondía a las interpretacions con asociaciones y nuevos juegos que ayudaban a entenderla y a pensar en ella. La psicoterapia fue el medio para facilitar esta regresión sensorial y darrecursos para elaborar todas estas ansiedades que obstaculizaban el crecimiento, a la vez que aportó a la Pequeña paciente elementos que ayudan a su desarrollo de una manera más adecuada. Los dibujos en este periodo ya no eran tan confusos y empiezan a aparecer personajes, aun poco definidos, que a menudo son malvados, también petardos y bombas, la figura humana aun no aparece bien definida. Hacia la mitad del proceso terapéutico aparecen juegos con un significado más presimbólico pero que aun proyectan en la terapeuta, de manera muy masiva, todas sus sensaciones de cuando era un bebé y sus sentimientos de abandono, de inferioridad ante su hermana, de la depresión de la madre que no la podía «alimentar», etc.

Viñeta 1 de una sesión terapéutica

Toma la plastilina y la desmenuza, dice que prepara comida para mi, son «patatas malas con gusanos y después te castigaré en el lavabo porque has tirado la Leche y te lo comerás». Le digo que posiblemente cuando ella era pequeña sintió que en vez de comer leche buena, comía gusanos malos que no la dejaban crecer, pero que ahora es una niña de cinco años que ha crecido, porque seguramente también ha comido cosas buenas. Me encierra en el lavabo, «¡castigada!» y me hace comer con crueldad los gusanos, sobre todo los más malos, los que más pican, ella me lo va dando. Le digo que me parece que esto me lo da para que yo entienda lo mal que lo pasó de pequeña. Pero también ha podido crecer porque seguramente también ha comido cosas buenas. Dice que hará «comida buena, pero en el lavabo y que ella será la mamá y yo el bebé», me da leche buena. Hace patatas y croquetas buenas y me enseña el reloj de «niña mayor» que lleva. Durante las sesiones todas estas vivencias están puestas en la terapeuta y a través de sentirlas y verbalizarlas juntas, se van volviendo cada vez menos terribles. Empieza aquí una etapa que llamaremos de la «sopa de gusanos» y que durará muchas sesiones. La anterior viñeta recuerda la situación del embarazo que explica la madre, dónde Ana solo comía los «restos» que le dejaba su hermana, y no pudo crecer como ella. Ana hace vivir a la terapeuta con una proyección masiva todo lo que posiblemente experimentó de bebé, como algo terrible y muy malo, como ésta «sopa de gusanos» que hace comer en el juego. Son juegos que ya tienen un contenido más simbólico o a veces presimbólico por su concreción y que explican con claridad su conflicto. Paralelamente al trabajo con Ana, los padres venían periódicamente ellos solos; a pesar de que reconocían las mejoras, era el padre quien veía más los progresos. Explicaban que se empezaba a relacionar mejor con los otros niños, ya no se sometía tanto a su hermana, se la entendía mejor cuando hablaba, la masturbación había desaparecido, y en el colegio también la veían mejorar; en cambio la madre, a pesar de que reconocía estas mejoras, siempre tenía un reproche que hacerle a Ana, sobre algo que aun no hacía, y era como si lo que aun no podía hacer la invadía de tal manera que era incapaç de ver la parte buena de su hija, que siempre la veía pequeña y retrasada. Tercera Fase. Cambio y mejoría. Se inicia el proceso de diferenciación y el acceso a la simbolización. Aparece la letra, pero también la envidia, la culpa y el ataque al tratamiento. Es quizás la fase de carácter más neurótico o depresivo del proceso. La sensorialidad empieza a mentalizarse, ya no hay tanto juego sensorial, aparece la letra como símbolo, la escritura y el interés por los aprendizajes. De hacerse literalmente el bebé fue cambiando para jugar a hacer de bebé. Hacia el final ella misma ya decía «juego a ser un bebé, es un juego»; aquí ya aparece el «como si», ya está lo simbólico; el símbolo le sirve para tratar sus deseos sin confundirse. Comenzó a tomar importancia la letra, también como un símbolo, que aparecía por todos lados. Ana disfrutaba escribiendo o leyendo algunos cuentos sencillos y se ponía muy contenta al darse cuenta que aquello que escribía decía algo; aparece con más claridad la figura humana y los dibujos ganan en simbolismo. Empieza a poner su nombre, el nombre de la terapeuta y reconoce y escribe todas las letras, más adelante también empieza a poner su apellido y a imitar la letra ligada. Remarcar que el esfuerzo que hacía por aprender era enorme porque delante de una nueva adquisición, la madre, el colegio, no le demostraban satisfacción, sino que le mostraban lo que aun no hacía.

Viñeta 2 de una sesión terapéutica

Ana hace un dibujo, en estos momentos está en una lucha entre la parte más primaria, más inconsciente (cosas que enganchan, que chupan), las ganas de continuar fusionada e inhibida, representadas en sus dibuixos en forma de pulpo, medusa y la parte más consciente, que aprende, que se está separando, representada en las figuras de ella misma y de la terapeuta separadas, las nubes con los nombres bien diferenciados. Iba arrugando y estirando el papel del dibujo mientras lo hacía porque todo este proceso le provocaba mucha angustia e intentaba de nuevo contenerla de forma sensorial. En estos momentos estas dos partes, consciente-inconsciente están bien separadas por una línea que hace de barrera entre una y otra. En estos momentos en que Ana está haciendo una buena evolución y va mejorando, la madre decide de golpe y sin avisar interrumpir el tratamiento casi sin tiempo para poderse despedir. La llevará a otro centro donde le harán, según la madre, estimulación logopédica.

Conclusiones

Recuperaremos las hipótesis que nos habíamos planteado al principio con tal de poderlas relacionar con el material clínico presentado. Por lo que respecta a la primera hipótesis, la paciente, pasó del claustro materno que es todo contención, a la incubadora, las ansiedades primitivas de carácter catastrófico (Viloca, 2008) no podían ser contenidas pero salió adelante, a pesar de que todos los que la rodeaban pensaban que se moriría. Aquí la autosensorialidad, probablemente tomo un papel fundamental como una defensa en esta niña, expresada más adelante en la masturbación compulsiva y en las sesiones, en los primeros juegos que hacía. La Dra. Coromines (1990) hace referencia a este tema, «Es diferente que la evolución se detenga en un nivel de respuestas unisensoriales que en uno de complejos sensoriales. Es posible que estos complejos queden encapsulados dentro de una evolución posterior neurótica, o suficientemente normal (…). En los niños, la regresión mostrará actividades puramente sensoriales: jugar con agua, plastilina o bien jabón, etc.…». Podríamos hablar de un trastorno del espectro autista, que no le permitiría un desarrollo adecuado (Tustin, 1994; Coromines, 1998). Para Ana el recurso de la autosensorialidad le sirvió de defensa precisamente para no caer en una estructura psicótica, había podido crecer y desarrollarse más o menos bien, aunque presentara unos núcleos autosensoriales de carácter psicótico. Ella utilizó estos núcleos de los que hablamos como una defensa más sana, más yoica; delante del vacío, encontró un objeto, ella misma, su cuerpo, que la contuviera en aquel claustro postnatal tan poco continente (incubadora). Coromines (1998), en su trabajo sobre núcleos de sensorialidad no mentalizada, habla de los casos que presenta: «En todos los casos descritos, la persistencia y reaparición de sensaciones se había instalado como defensa delante ansiedades catastróficas de diferenciación que habían dificultado la relación objetal y su evolución hacia la posición depresiva». La masturbación fue desapareciendo poco a poco, al igual que las conductas más sensoriales, que se fueron substituyendo por los nuevos aprendizajes. Pudo pasar de una posición más confusional a una más neurótica o depresiva. Respecto a la segunda hipótesis, durante todo el proceso terapéutico de Ana las dificultades de la madre estuvieron muy presentes, siempre estaba preocupada por alguna cosa que aun no hacia Ana y con una gran resistencia a hablar de algo que hiciera referencia a ella cuando era pequeña, o de su propia familia. Esta gran resistencia a hablar de ella misma nos confirma la sospecha de la proyección en la hija. No se indicó teràpia familiar o vincular madre-hija, porque había una gran ansiedad de la madre que se resistía a cualquier acercamiento hacia ella e intensificaba la proyección hacia la niña. Todas estas dificultades llegaron al extremo de interrumpir de golpe el tratamiento justo en el momento en que Ana estaba haciendo más progresos. La imagen que la madre tenía de su propia hija no se correspondía con la niña real. La niña era la depositaria de muchos aspectos de esta mamá que no la podía ver mejorar porque si la niña mejoraba ella se tenía que hacer cargo de cosas difíciles de ella misma, tal y como explica Palacios (2003). La posterior depresión de la madre, que explica cuando habla del periodo que Ana fue a casa, dejo a la niña investida de estos aspectos depresivos de la madre, y cada vez que Ana quería «mimitos», haciéndose el bebé, la madre se ponía muy nerviosa y no se los podía dar, porque ver a Ana haciéndose la pequeña conectaba en ella aspectos muy dolorosos, de un duelo probablemente no elaborado. La niña se había refugiado de nuevo en estos núcleos sensoriales ante estas proyecciones. Cuando la madre estaba más angustiada, Ana también estaba más nerviosa y utilizaba la pega para engancharlo todo en las sesiones o aparecía con más intensidad la masturbación en casa. La situación del parto y el posparto fue muy difícil para todos, para Ana y para los padres que sentían que siempre les faltaba una hija, sobre todo la madre, que posiblemente tuvo muchas dificultades en establecer una primera relación o vínculo con un bebé que posiblemente se moriría. Otro aspecto que daba problemas a Ana era su situación de gemela, ser comparada constantemente con su hermana le provocaba el sentimiento de no llegar nunca al nivel que los otros esperaban de ella, y parecía que no podía escapar de esta ubicación de niña retrasada. A medida que mejoró, los padres empezaron a ver aspectos no tan «perfectos» de la hermana, Ana tomó un papel más autónomo respeto a la hermana y tenía más veces la iniciativa en los juegos o en las relaciones con los otros niños y adultos. En cuanto al último aspecto que nos planteábamos, la terapia fue un espacio donde Ana pudo hacer una regresión muy importante a estadios muy primarios, que le permitió revivir y expresar aquellas situaciones tan dolorosas de sus comienzos. En la relación con la terapeuta, pudo ir verbalizando y dando sentido, haciendo la función de revêrie, Ana encontró recursos más «sanos» para crecer. La terapeuta casi no pudo despedirse de la niña y queda la duda de si se hubiera podido hacer algo más por salvar el tratamiento. A pesar de esto la niña había hecho una buena evolución y seguramente se llevó «algo bueno» del tiempo que trabajaron juntas, como una experiencia que seguramente la ayudara a tirar adelante en su crecimiento. Probablemente si no hubiera habido tanta angustia y se hubiera hecho un trabajo vincular madre-hija, hubiera permitido también a la madre la elaboración de estas vivencias, sin recurrir a la repetición de una proyección masiva y a una interrupción tan brusca de la terapia. Ana pudo acceder a la simbolización y al aprendizaje a través de elaborar en la relación terapéutica todas aquellas vivencias tan primarias, y pudo sustituir aquellos núcleos sensoriales que le servían como defensa, por recursos más sanos que le facilitaron el proceso de separación-individuación y el paso de la sensorialidad en la que estaba «enclavada» a la simbolización a través del juego, la palabra y la letra o el aprendizaje.

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