El bebé, el niño y la violencia de accesoal lenguaje

Bernard Golse

 

RESUMEN

Después de considerar el acceso a la intersubjetividad y el duelo del objeto primario que condicionan, desde el punto de vista psicoanalítico, la posibilidad de acceso al lenguaje verbal, el autor trata de manera sucesiva el tema de los dos grandes tipos de comunicación (analógica y digital) y el de la voz materna en calidad de ópera para el bebé (es decir, a modo de intercambio que se sitúa más allá de la separación entre la música y el significado), antes de enfocar la problemática de la narratividad y sus diferentes raíces epistemiológicas. Explica, también, la investigación realizada por Necher, sobre los precursores temporales y comportamentales del acceso al lenguaje verbal en el niño. Acaba con la vivencia de pérdida de las palabras que se da, algunas veces, en el sujeto psicótico. PALABRAS CLAVE: bebé, comunicación, intersubjetividad, lenguaje, narratividad, precursores del lenguaje verbal.

ABSTRACT

THE BABY, THE CHILD AND THE VIOLENCE OF ACCESS TO LANGUAGE. The author considers the access to intersubjectivity and the mourning of the primary object which determine, from a psychoanalytical perspective, the possibility to access verbal language. The two main modes of communication (analogical and digital) and the maternal voice as an opera for the baby, that is, as an exchange that goes beyond the separation between music and meaning, are examined. The problem of narrative and its different epistemic roots is also reviewed. Research conducted by Necher on the temporary and behavioural precursors of verbal language in children is explained. The experience of loss of words in some psychotic patients is finally considered. KEY WORDS: baby, communication, intersubjectivity, language, narrative, precursors of verbal language.

RESUM

El BEBÈ, EL NEN I LA VIOLÈNCIA D’ACCÉS AL LLENGUATGE. Després de considerar l’accés a la intersubjectivitat i el dol de l’objecte primari que condicionen, des del punt de vista psicoanalític, la possibilitat d’accés al llenguatge verbal, l’autor tracta de manera successiva els dos grans tipus de comunicació (analògica i digital) i la veu materna en qualitat d’òpera per al bebè (és adir, a modus d’intercanvi que se situa més enllà de la separació entre la música i el significat), abans de considerar el problema de la narrativitat i les diferents arrels epistemològiques. Explica, també, La investigació realitzada per Necher, sobre els precursors temporals i comportamentals de l’accés al llenguatge verbal en el nen, i acaba amb la vivència de pèrdua de les paraules que es dóna, algunes vegades, en el subjecte psicòtic. PARAULES CLAU: Bebè, comunicació, intersubjetivitat, llenguatge, narrativitat, precursors del llenguatge verbal. Del lenguaje: logra hacer comprender lo incomprensible, hacer visible lo invisible. J.B. Pontalis, en: Traversée des ombres (2003)

No existe ningún progreso que pueda ser creativo, sin ser también defensivo frente al alejamiento o a la pérdida del objeto primario. Y este es el caso, por ejemplo, del entendimiento afectivo, del caminar y, por lo que nos concierne, del lenguaje. El lenguaje constituye un sistema increíblemente poderoso y económico, y es increíble lo que se puede decir con el lenguaje, por poco que se acepte su aparente dimensión reductora, aunque esto pueda parecer una paradoja. Es por este motivo que no se tiene acceso al lenguaje sin una cierta forma de violencia, y esto quizás porque el pensamiento es, sobre todo, sincrónico, mientras que el lenguaje verbal es principalmente diacrónico. Este paso de un pensamiento sincrónico a un discurso diacrónico –paso que tiene valor de transformación– suscitará algunas dificultades, como podemos ver en los tartamudeos fisiológicos del niño (alrededor de los tres años) o de las taquilalias, por vulnerabilidad narcisista en el tiempo de apertura del enunciado. Pero, ¿qué se puede hacer para que esta violencia no se transforme en destructividad? Tomaremos aquí cuatro ejemplos de violencia en el campo del desarrollo del lenguaje:

  • La violencia del acceso a la intersubjetividad necesaria, sin embargo en la emergencia del lenguaje
  • La violencia de la división del lenguaje materno entre música y significado
  • La violencia del paso de la narratividad analógica (preverbal) a la narratividad… digital (verbal)
  • Y la violencia de las vivencias de pérdida de las palabras pronunciadas, para acabar.

El acceso a la intersubjetividad y el duelo del objeto primario

Bajo el término de intersubjetividad designamos, sin más, la vivencia profunda que nos hace dar cuenta de que el “yo” y el “otro” somos dos. La cosa es simple de enunciar y de representar, aunque los mecanismos íntimos que sostienen este fenómeno son probablemente muy complejos y no han sido todavía comprendidos del todo. Esta cuestión de la intersubjetividad es actualmente central y nos parece que articula el eterno debate entre los partidarios de lo interpersonal y los partidarios de lo intrapsíquico. Pero existe, también, otro debate igualmente de actualidad sobre la emergencia progresiva o, al contrario, la irrupción de esta intersubjetividad. Para decir las cosas esquemáticamente podemos avanzar la idea de que los autores europeos serían más partidarios de una instauración gradual y necesariamente lenta de la intersubjetividad, mientras que los autores anglosajones son partidarios de una intersubjetividad primaria, de algún modo programada genéticamente (Trevarthen, 2003; Stern, 1989), por ejemplo). Stern insiste particularmente sobre el hecho de que el bebé recién nacido es apto inmediatamente para percibir, representar, memorizar y sentirse agente de sus propias acciones (proceso de agentialización de los cognitivistas) y que, por este hecho, no hace falta recurrir al dogma de una indiferenciación física inicial, tan querido por los psicoanalistas (cualesquiera que sean sus referencias teóricas, o casi). Dogma, que, digámoslo de paso, apela infaliblemente a un punto de vista fenomenológico. Los psicoanalistas por el contrario, y no solamente en Europa, insisten en la dinàmica progresiva del doble gradiente de diferenciación (extra e intrafísico), elogio de la lentitud que se fija especialmente en la observación clínica de los niños que se estancan en los primeros pasos de esta ontogènesis y que se inscriben entonces en el campo de las patologías llamadas arcaicas (autismos y psicosis precoces), incluso si esta concepción de las cosas no implica necesariamente una visión estrictamente desarrolladora de estas diferentes patologías. Como siempre en este tipo de polémicas, existe una tercera vía, más dialéctica y que nosotros defenderemos con gusto. Esta tercera vía consiste en pensar que el acceso a la intersubjetividad no se juega al todo o nada sino, al contrario, se juega de manera dinámica entre momentos de intersubjetividad primaria con algunes posibles irrupciones, pero subjetivos, y probables momentos de indiferenciación, siendo precisamente problema del bebé y de sus interacciones con su entorno, estabilizar progresivamente estos primerísimos momentos de intersubjetividad haciéndoles tomar el paso, de manera más estable y continua, sobre los tiempos de indiferenciación primitiva. Nos parece, por ejemplo, que la descripción que hace Meltzer (1980) sobre las tomas del pecho, como un tiempo “de atracción consensual máxima” evoca bien este proceso ya que, según este autor, en el momento de mamar el bebé habría notado que las diferentes percepciones sensitivo-sensoriales procedentes de la madre (su olor, imagen visual, sabor de su leche, su calor, su calidad táctil, etc.) no son independientes unas de otras; esdecir, no están separadas o “desmanteladas” según las diferentes líneas de su sensorialidad personal (del bebé) sino al contrario, se encuentran juntas unidas temporalmente, durante el tiempo de la toma, y en estas condiciones el bebé tendría acceso a la vivencia puntual que existe realmente: la existencia de un ser exterior, verdadero preobjeto que marca ya la existencia de un tiempo de intersubjetividad primario. Después de mamar, esta vivencia de sensaciones conjuntas se para de nuevo, predomina de nuevo el desmantelamiento y, entre toma y toma, el bebé trabajará y volverá a trabajar esta oscilación de montar y desmantelar para lograr al final hacer prevalecer el montaje y, por lo tanto, la posibilidad de acceso a una intersubjetividad en lo sucesivo estabilizada. Esta concepción de un gradiente dinámico y progresivo entre indiferenciación primitiva e intersubjetividad, solamente ha sido posible gracias a la existencia del núcleo de intersubjetividad primaria presente en todos los niños, pero también en los niños autistas o psicóticos (quizás se trate aquí de las partes no autísticas que Álvarez (1992) describe en los niños autistas de cualquier grado y que podríamos, por analogía con los “islotes autistas” –descritos por Klein, 1980 y Tustin, 1989 en sujetos neuróticos– denominar los islotes no autistas de los sujetos autistas). El acceso a la intersubjetividad correspondería entonces a un movimiento de confluència y de convergencia progresivo de estos núcleos de intersubjetividad primaria. Los trabajos de Roussillon (1987) que van en el mismo sentido, indican que el primer otro sólo puede ser otro especular, suficientemente parecido y un poco no-parecido al yo (para retomar, aquí, la terminología de G. Haag), características del primer otro que invitan a representarse el acceso a la intersubjetividad como un proceso de liberación lento pero precozmente medido por momentos de diferenciación accesibles en el seno de las interacciones. Sabemos que Roussillon integra profundamente en su reflexión los trabajos de Winnicott (1975) sobre la “transición”, y los de Milner (1990) sobre las características de “separabilidad” del objeto; perspectivas que no excluyen en absoluto la perspectiva de esta tercera vía aquí presentada. Según nuestra concepción, la intersubjetividad, una vez adquirida, no es sin embargo, un dato definitivamente estable. Es una conquista que hay que preservar durante toda la vida. Hay que saber ponerla de nuevo en juego o en cuestión, en algunas circunstancias como el amor, el reparto de emociones (especialmente estéticas), en las experiencias de grupo y, last but not least, en el pensamiento de la muerte. En cualquier caso, independientemente que la intersubjetividad sea secundaria o adquirida gradualmente, esta dinámica de diferenciación extra física acarrea el riesgo de una cierta violencia en la medida en que puede realizarse de manera demasiado rápida o demasiado brutal; es decir: de manera traumática. Podemos incluso preguntarnos si no existe un mínimo de violencia incluso cuando esta dinámica se juega felizmente, lo que autores como Pontalis (1986) y Kristeva (1987) han mostrado con respecto a la génesis del lenguaje, uno en referencia a la separación y el otro al “duelo” del objeto primario; lo que Abraham y Torok (1972) han igualmente señalado al hablar del “paso de la boca vacía de pecho a la boca llena de palabras”, lo que Quinodoz (1991) subraya, también, cuando diferencia las “angustias de diferenciación” de las angustias de separación propiamente dichas. Y lo que G. Haag (1991, 2002) nos invita, también, a considerar cuando ella evoca el fenómeno de “de mutismo por vocalización exclusiva”, de algunos autistas que buscan patéticamente entrar en un lenguaje que no sea sinónimo de arrancamiento intersubjetivo. Todo esto para decir que este acceso a la intersubjetividad condiciona, como ya sabemos, la posibilidad de acceso al lenguaje y que en este primer plano de nuestra reflexión aparece una cierta forma de violencia como consubstancial al mismo desarrollo del lenguaje.

Entre música y el significado

Los dos grandes tipos de comunicación (y su intrincación en el seno mismo del lenguaje verbal) Se ha convertido en un clásico oponer los dos grandes registros de la comunicación que son la comunicación analógica (infraverbal o preverbal, o prelingüística) de una parte, y la comunicación “digital” (verbal o lingüística) de otra parte. Desde un cierto punto de vista todo las separa y todo las opone. La comunicación analógica estaría, sobre todo, soportada por el hemisferio cerebral menor (para los diestros), sería bàsicament de tipo sintético y transmitiría principalmente las emociones y los afectos, y ello a través de elementos no codificados –en el sentido de los signos de Saussure (1978)–, pero mucho más globales y analógicos, en cuanto al material a trasmitir (de ahí el término escogido para definirla). La comunicación digital estaría suportada por el hemisferio mayor (el izquierdo para los diestros), sería sobre todo de tipo analítico y transmitiría principalmente conceptos por medio de elementos codificados de tipo “dígitos” de información (de ahí la elección de su término genérico). Dicho de otro modo, la comunicación analógica trataría, especialmente, de la transmisión no verbal de mensajes de tipo emocional o afectivo, por medio de comportamientos no lingüísticos (mímicas, miradas, gestos, etc.) mientras que la comunicación digital trataría de la transmisión verbal de mensajes de tipo conceptual o de ideas, por medio de comportamientos lingüísticos (palabras, frases, locuciones). Sin embargo, no sería correcto querer hacer de la comunicación analógica un equivalente de la comunicación preverbal, y de la comunicación digital un sinónimo de la comunicación verbal. Asimismo, sería ilusorio pensar que la comunicación analógica estaría solamente de la parte de la metonimia y que la comunicación digital solo de la parte de la metáfora. En efecto, las cosas son, claro, mucho más complejas. En lo que quisiéramos insistir es que, en realidad, existe una concatenación estrecha entre estos dos tipos de comunicación, que cada uno de ellos puede servir conjuntamente –dibujos metonímicos y metafóricos (lo que nos envía de nuevo al concepto de “oscilación metáforo–metonímica” de Rosolato, 1978)– y, sobre todo, que hay parte analógica en lo digital, si podemos expresarnos así. Es decir, que existe una parte no verbal del verbal en sí mismo. Esta última noción es esencial para comprender la entrada del infante en el orden del lenguaje. La cadena del habla se compone de un contenido y un continente:

  • La idea del contenido verbal nos envía a los elementos del enunciado (fonemas, monemas, sílabas, palabras o frases según el tipo de desglose que se adopte, el cual se materializa en los conceptos de léxico o de semántica).
  • La idea de continente verbal nos envía, por una parte, a las reglas de la enunciación que organiza el enunciado (gramática o sintaxis) y, por otra parte, a lo que podríamos llamar la música del lenguaje (prosodia, timbre, tono e intensidad de la voz, ritmo, elocución, silencios). La cadena del habla se compone, pues, de una parte segmentaria, o mejor dicho segmentable, a saber: su enunciado lingüístico propiamente dicho; y de una parte no segmentaria, no segmentable o suprasegmentaria, a saber: su enunciación de tipo musical (de ahí la importancia de lo que denominamos el “tono” en el seno del juego teatral). La parte segmentaria del lenguaje verbal implica la parte informativa propiamente dicha del mensaje, mientras que su parte suprafragmentaria implica probablemente la parte más emocional y de motivación de éste, es decir, la expresión de las condiciones afectivas de su enunciación. Lo que es importante subrayar es que el bebé, contrariamente a lo que Dolto (1987) y otros han podido sostener en su tiempo, no entra sin ninguna duda en el lenguaje por su parte simbólica y digital, sino más bien por su parte afectiva y analógica. En efecto, el bebé parece mucho más sensible primero a la música del lenguaje y los sonidos (el que oye y el que produce) que al significado de los signos en sí mismos (la integración del vínculo entre significante y significado representa, sin duda, más un acto de aprendizaje que alguna forma de revelación inmediata). Para entrar en el orden del lenguaje (simbólico verbal) el bebé necesita, no saber sino comprobar y sentir profundamente que el lenguaje del otro (y especialmente el de su madre) le afecta y le conmueve, y que ella está asimismo afectada y conmovida por las primeras emisiones vocales suyas. Este es el motivo por el que, en el campo del desarrollo precoz, la lingüística de Saussure nos aporta menos que una lingüística más dinámica y del sujeto (Austin, 1970; Bruner, 1983, 1987), pues e parece que en este campo necesitamos más la lingüística de la enunciación que una lingüística del enunciado, a semejanza de los trabajos de Umberto Eco (1992) que se centran más sobre las condiciones dinámicas de la producción de signos que sobre la organización estática de los mismos. Desde esta perspectiva comprendemos, pues, el posible impacto de las depresiones maternales sobre la instauración y el desarrollo del lenguaje en el niño, en la medida en que estas depresiones afectan a veces profundamente a las cualidades de la voz y de la música del lenguaje de la madre. Si la voz de la madre no le afecta y si las emisiones vocales del bebé no tienen ningún efecto sobre la madre, demasiado absorta por su estado depresivo (o por uno u otro movimiento psicopatológico), entonces, desde el punto de vista del bebé: “¿para qué hablarle, pues?”

La voz materna en tanto que ópera para el bebé

En su bonito libro titulado L’opéra ou le cri de l’ange (“La ópera o el grito del ángel”), Michel Poizat (1986) cita un pasaje de Levi-Strauss (1971) que dice: “La música también habla, sin duda, pero solamente en razón de su relación negativa con la lengua y por que separándose de ella, la música ha conservado la huella… de su estructura formal y de su función semiótica: no habría música sin el lenguaje que le precede y del cual continúa dependiendo, para decirlo así, como una propiedad privada. La música es el lenguaje menos el sentido; desde entonces se entiende que el que escucha, ante todo un sujeto hablante, se sienta irresistiblemente empujado a suplir este sentido ausente como un amputado que atribuye al miembro desaparecido las sensaciones que él siente y que se localizan en el muñón”. Está claro que actualmente, respecto a todas las investigaciones referidas a la música, se podría criticar esta frase de Levi-Strauss según la cual la música se refiere al lenguaje despojado de su dimensión de significado. Las cosas son probablemente mucho más complejas. Toda la reflexión de Poizat (1986) consiste en sostener la idea de que los amantes de la ópera en el fondo buscan el lugar precoz de la voz materna, antes de la separación entre música y significado, separación que para el bebé puede, sin duda, revestir una cierta dimensión de obligada violencia. El amor a la ópera como equivalente al amor a la voz materna: la idea es verdaderamente seductora pero a condición de pensar en la madre de los inicios; es decir, aquella cuyo lenguaje nos afectaba todo y que la dimensión simbólica de sus palabras se nos escapaba en gran parte. Personalmente vería gustosamente un argumento que apoyara la tesis de Poizat en el artículo un poco más antiguo de Rosolato (1982), titulado: “El odio a la música”. Aquí es el odio a la música y no el amor a la ópera el que se ve cuestionado, pero las conclusiones son de alguna manera convergentes, en el sentido en que el odio a la música estaría apoyado por la dificultad de algunos sujetos a reencontrar esta voz materna antes de la separación entre música y significado. Del amor al odio, ya lo sabemos, a menudo sólo hay un paso… De todas formas, son los vínculos entre la música y la voz los que forman el núcleo de estas dos reflexiones, y ya hemos dicho antes hasta qué punto la voz forma parte de la música del lenguaje, es decir, de sus elementos suprasegmentarios que conmueven y afectan al bebé y por los cuales el bebé busca, muy pronto, conmover y afectar al adulto que le cuida. Pero volvamos un momento a la ópera. Existen por supuesto otros elementos que hacen de la ópera un arte relacionado directamente con nuestros ritmos más o menos arcaicos. Pensemos, por ejemplo, en esos momentos particulares donde, a partir de un aparente caos de sonidos, emerge y se organiza –muy lenta y gradualmente– una frase cantada que, finalmente, inunda y domina el caos, y prevalece sobre el material sonoro inicialmente anárquico. ¿No existe en este caso una figuración del movimiento mismo de la emergencia del lenguaje, el cual también debe liberarse de una trama sonora percibida –por el niño– como algo anárquico y aleatorio? Y con más razón porque el caos inicial sólo es aparente, como lo es probablemente el conjunto de sonidos (internos y externos) percibidos por el feto en el útero materno, especialmente al final del embarazo. En realidad estos sonidos no son tan anárquicos como a él le parecen. Están formados por sonidos internos procedentes del cuerpo materno, sonidos regulares (palpitaciones cardíacas y aórticas, etc.) o irregulares (ruidos digestivos, voz materna trasmitida a través de los tejidos del cuerpo de la madre…) y por sonidos externos, todos imprevisibles y entre los cuales, de nuevo, está la voz materna pero que esta vez llega al feto desde el exterior, atravesando el cuerpo –de la madre– y el líquido amniótico. La voz materna es, pues, al mismo tiempo interna y externa, si es que el feto puede registrar esta distinción. Y convendría recordar aquí la interesante hipótesis de Maiello (1991) según la cual la imprevisibilidad de la voz materna (es decir, “el objeto sonoro”) proporciona al bebè una especie de matriz prototípica de su problemática posterior relacionada con la dialéctica entre ausencia y presencia y que, como tal, ayudaría a la génesis del objeto en sí mismo. Pero esta vivencia inicial del ruido de fondo continúa, durante un tiempo, después del nacimiento y significa para el bebé, toda la importancia que tiene la voz materna cuyo ruido buscará el bebé para extraer, poco a poco, el código profundo de la lengua, de su lengua. Si no olvidamos que la voz materna refleja evidentemente algo del investimento del niño por su madre (de su existencia, de su nacimiento, de sus rasgos específicos, etc.) veremos claramente que el desarrollo precoz de lenguaje no puede concebirse en ningún caso fuera de toda la dinámica de las interacciones precoces y, especialmente, de las interacciones fantásmaticas, dinámica por la cual las representaciones mentales del niño en la psique de sus padres constituyen, ahora lo sabemos perfectamente, el eslabón operacional. Pero sobre lo que queremos insistir es sobre la violencia con la cual finalmente y quizás necesariamente se encuentra confrontado el bebé cuando debe distinguir entre la musicalidad y el significado del discurso materno, no para desintrincarlo sino para articularlos a un nivel semántico superior.

De la narrativa analógica a la narrativa digital: ¿traducción y/o traición?

Primero una palabra…, las diferentes raíces epistemológicas del concepto de narrativa Las raíces filosóficas. Aquí pensamos por supuesto en Paul Ricoeur (1975) de cuya obra se habla más adelante en este artículo. En efecto, según él la cuestión filosófica planteada por el trabajo de composición es la de las relaciones entre el tiempo del discurso y el de la vida y la acción afectiva. Ricoeur (1986), en su trabajo Temps et récit realiza varios abordajes, principalmente, sobre la fenomenología del tiempo, la historiografía y la teoría literaria del discurso, ya sea del discurso histórico, ya sea del discurso ficticio. Finalmente propone la idea de que la identidad del ser humano es de hecho, fundamentalmente, una “idea narrativa”. Las raíces históricas. La historia es, por definición, una ciencia narrativa y esto hace que se rehúsa menos el estatuto de ciencia a la historia que al psicoanálisis, si bien los dos comparten la evidencia de no ser repetibles: la historia tartamudea algunas veces, pero no se repite nunca de una manera idéntica! Sea como sea, el concepto de narratividad es primordial para los historiadores que están, al igual que los psicopatólogos, enfrentados a las dificultades de la dotación del sentido inmediato, a la necesidad de una toma de distancia, a los efectos del después e, inevitablemente, a tener en cuenta una cierta subjetividad, mientras que la verdadera modernidad no se define en absoluto por intentar eliminar cualquier subjetividad sino, al contrario, por el hecho de tenerla en cuanta en tanto que analista indirecto de los fenómenos y de los procesos observados. Las raíces lingüísticas. Aquí se perfila toda la cuestión del enunciado del discurso y su estilística. “El estilo, es el hombre”, decía ya en su tiempo Lacan (1966) y también conocemos todo el decriptaje lingüístico que un Barthes (1967) pudo hacer de algunos comportamientos de superficie (como la manera de vestirse), susceptibles de hacer connotaciones de la intimidad del sujeto. Existe, pues, una semiología de la apariencia, que tiene valor de narración de la visión del mundo y que el individuo se hace de sí mismo y de su entorno. Las raíces psicoanalíticas. De hecho nos remiten a la cuestión de los procesos llamados de enlace.

  • “A buen señor, buen honor”. Podemos decir que la narrativa del sueño se ha tomado evidentemente en cuenta, lo que no pasaba desde hacía mucho tiempo. Desde “la interpretación de los sueños” (Freud, 1900), hasta los trabajos de A. Garma (1981) sobre la función antitraumática del sueño, el trabajo de narración onírica se ha puesto en evidencia en la reflexión psicoanalítica, trabajo de narración extremadamente complejo puesto que el sujeto soñador es a la vez autor del sueño, su director y su (o sus diferentes) actor(es), a través de los procesos de difracción identificatoria. A esta complejidad narrativa le ha sacado provecho la narrativa moderna y, en el plano cinematográfico, recordamos la película Rêves (“Sueños”) de Kurosawa la cual, a su manera, mostraba bien el trabajo de primarización de los significantes arcaicos u originarios que el sueño, cada noche, vuelve a construir incansablemente y el cual, a causa de su actividad de puesta en escena, reactualiza algunas etapas del desarrollo precoz y repara de este modo los envoltorios psíquicos puestos eventualmente à mal durante el día (La pellicule du revé, de Anzieu, 1985).
  • Para apoyar estos temas sobre las relaciones entre el sueño y el traumatismo, permítanme aventurarme a ir más allá del registro psicoanalítico en su sentido estricto, para evocar el formidable texto de Jorge Semprun (L’écriture ou la vie,1994) dedicado a la función vital de la escritura frente a las consecuencias de la Shoah, trabajo de supervivencia que hace eco a una frase citada a menudo: “Todas las penas son soportables si se hace un relato con ellas”, entendiendo que en el relato de la vida no cambia el pasado sino la relación que una persona mantiene con su propia historia.
  • El trabajo del preconsciente se puede conceptuar, en términos de actividad narrativa, a través de un proceso de doble inscripción, consciente e inconsciente, de las representaciones de las cosas y su conexión con las representaciones de sus palabras correspondientes.
  • Diatkine (1994), ha insistido en las relaciones funcionales entre la narratividad del bebé y la “capacidad de soñar” de la madre (Bion). Según él, durante el segundo semestre de la vida, el bebé es capaz de decirse a sí mismo que “si su madre no está ahí es que está en otra parte”, elaboración minúscula pero crucial que tiene valor de relato de la ausencia.
  • La narrativa también se ve implicada en la teoría del después….puesto que la dialéctica de doble sentido (Laplanche, 1999) entre el pasado y el presente funciona como una re-escritura permanente de sus contactos recíprocos (el pasado ilumina el presente, pero el presente permite también hablar del pasado de manera retroactiva).
  • Citaré, para acabar, los trabajos de Hochmann (1997) sobre la narratividad y los de Milner (1976, 1990) sobre la maleabilidad del objeto primario, para indicar la importancia que el psicoanálisis otorga actualmente a la narrativa en tanto que fuerza de inscripción y de relación que permite autentificar la ontogénesis y las interrelaciones del sujeto con su entorno, lo cual convierte a este concepto en una herramienta crucial en el seno de la reflexión metapsicológica.

Las raíces del desarrollo. Algunas de ellas se han citado más arriba y ahora solamente indicaremos aquellas cuya importancia es actualmente incontestable.

  1. El sentido de un yo verbal o de un yo narrativo, estudiado por Stern (1992) en su libro titulado Journal d’un bebé. El autor ha intentando mostrarnos, poniéndose en cierto modo en la piel y en la mirada de un bebé, todo el trabajo que deben hacer los niños para conseguir unir entre si las diferentes experiencias y los diferentes episodios interactivos que viven a lo largo del día y que, si no, solamente representarían hechos sucesivos, independientes, tan solo yuxtapuestos y sin relación de unos con los otros. Es evidente que aquí se encuentra convocado todo el proceso de subjetivación ya que, sin el sentimiento de una cierta continuidad de la existencia (Winnicott, 1958), en tanto que individuo separado y diferenciado, no existe ningún hilo rojo que el niño pueda identificar como enlace de los diferentes episodios ocurridos durante su jornada. Dicho de otra manera, lo que puede hacer de enlace entre estos episodios, es el sentimiento del sujeto de ser siempre el mismo a lo largo de un período de tiempo determinado, lo cual implica la instauración de un narcisismo primario, pero en el seno de un movimiento en que lo recíproco también es verdadero, ya que es el acceso a la narratividad el que condiciona, a la vez, la instauración de este narcisismo. Según Stern (2003), la realidad psíquica del bebé puede dividirse en una sucesión de unidades temporales elementales, una sucesión de “ahoras” que él experimenta de manera independiente y que comportan, cada una de ellas, su propia dinámica, de un punto de vista que podríamos llamar fenomenológico. De ahí la idea de envoltura… desarrollada por este autor y que en el fondo representa la unidad de base de la realidad psíquica infantil preverbal. De hecho se trata de un concepto sacado de los trabajos de Nelson (1986) “representaciones de sucesos”; de Mandler (1983), “esquemas de sucesos” y de Schank y Abelson (1997), scripts, pero precisado aquí con su orientación hacia una finalidad /deseo, su estructura de tipo narrativo (línea dramática), su jerarquización y su estructura temporal. Es esta envoltura “proto” la que permitirá al niño localizar los invariables a través de repeticiones interactivas, representaciones que se inscribirán en la psique bajo la forma de representaciones analógicas (“representaciones de interacciones generalizadas”) y que competirán en la emergencia de un yo hacia la edad de dieciocho meses (tras las instauraciones sucesivas del sentido de un yo emergente entre cero y dos meses, del sentido de un yo-núcleo entre dos y siete meses, y del sentido del yo subjetivo entre siete y dieciocho meses). Vemos de este modo que el sentido de un yo verbal o narrativo se enraíza en el establecimiento de “esquemas–de estar–juntos” (weness para los autores anglosajones), en la repartición de los afectos y las emociones y, también, en la localización de episodios interactivos específicos o generalizados de un yo verbal que ofrece al niño la posibilidad, no inmediata, de “explicarse” a sí mismo su propia historia cotidiana.
  2. Las figuraciones y narraciones corporales protosimbólicas. Pensando, por ejemplo, en los trabajos de Haag (1985, 1991) sobre las identificaciones intracorporales o en los realizados en el Instituto Pikler-Lozy (Budapest, Hungría) junto a Tardos (1991), sobre el funcionamiento de los bebés durante sus primeros momentos llamados de “actividad libre”, podemos fácilmente sostener la idea de que el niño tiene, desde muy pronto, la capacidad de representar de nuevo, en su teatro corporal o comportamental –y esto en tanto que “ecuación simbólica” (Segal, 1970), los encuentros que acaba de realizar. En esta nueva representación corporal o comportamental protosimbólica, existen sin duda los gérmenes de la narrativa posterior. Esta narrativa preverbal que se juega, por supuesto, en una atmósfera de conciencia no tética, en el sentido que el niño no tiene todavía, la conciencia de su actividad simbólica incipiente.
  3. Afecto y narratividad. Este es un capítulo importante de la reflexión contemporánea en cuanto a narratividad y desarrollo siendo, en efecto, la hipótesis de que la calidad de la narrativa se enraíza profundamente en la cualidad de las relaciones de afecto precoces. Es precisamente esta hipótesis la que ha marcado uno de los tiempos fuertes de la reintroducción de la representación mental en el seno de la teoría del apego (Main, Kaplan y Cassidi, 1988), después de un largo período durante el cual esta teoría era considerada, precisamente por los psicoanalistas, como una teoría que despejaba –demasiado– de su campo cualquier actividad representativa. Desde entonces se han desarrollado muchos trabajos en esta perspectiva y se sabe que desde ahora, cada edad de la vida dispone de elementos que permiten evaluar la calidad de los esquemas de afecto: la strange situation (Ainsworth 1982), en los niños muy pequeños; las Histories à compléter, en los niños en periodo periedípico y la adult attachement interview (AAI de Main, 1998) en los adultos, con algunes versiones modificadas utilizables en los adolescentes y los preadolescentes. Hay que precisar, sin embargo, que si la strange situation consituyen cierta forma de narratividad preverbal (la manera en que el niño acoge a la madre equivale, a su vez, en un relato comportamental de la estabilidad que él ha forjado o no en su inscripción psíquica), las “historias para terminar” y el AAI evalúan la narratividad verbal del individuo a través de un relato reconstruido y transformado por múltiples cambios y reconstrucciones ligadas a los efectos posteriores. Recordaremos que el dogma de una correlación entre la calidad de la narratividad y las características de los vínculos de apego precoces constituye, actualmente, una hipótesis de desarrollo importante que se ha revelado desde ahora capaz de dar lugar a aperturas reflexivas y a pistas de investigación profundas. Para acabar con las raíces del desarrollo del concepto de narratividad, remarcaremos simplemente que en realidad retoman las principales líneas de fuerza inherentes a las raíces epistemológicas nombrades anteriormente: el yo verbal y la fenomenología del tiempo (para las raíces filosóficas), el relato y la historia (para las raíces históricas), lo narrativo y la enunciación (para las raíces lingüísticas), los procesos de relación ylos efectos posteriores (para las raíces psicoanalíticas). Dicho de otra manera, las diferentes raíces epistemológicas del concepto de narratividad que hemos tratado convergen de alguna manera en el abordaje del desarrollo actual y esto representa, sin ninguna duda, una de las múltiples riquezas de la psiquiatría del bebé, de la cual conocemos su impresionante expansión en los últimos decenios.

Los precursores corporales y comportamentales del acceso al lenguaje verbal (una investigación actualment en curso en el Hospital Necker) Con el traslado de nuestro equipo desde el Hospital Saint Vincent de Paul al Hospital Necker-Enfants Malades, y con la reestructuración del equipo de psiquiatría infantil en este último centro, se puso en marcha un programa de investigación sobre los precursores corporales y comportamentales del acceso del niño al lenguaje verbal. Este programa de investigación llamado PILE (Programme Internacional de recerche sur le langage de l’enfant) no habría podido pensarse, lanzarse ni organizarse sin la colaboración de Valérie Desjardins, psicólogo-psicoterapeuta, el cual representa su verdadera alma (1). Se trata de una investigación multiaxial que pretende especialmente analizar las producciones vocales, la mirada y los movimientos del bebé cuando se encuentra confrontado a la palabra del adulto, en situación diádica o triádica. Se ha instalado una cámara de video de alta tecnología con la colaboración de Alain Casanova (con el que estamos trabajando desde hace muchos años en la colección multimedia A l’aube de la vie, de la cual hemos sido cofundadores junto con Serge Lebovici) y diversos equipos, entre ellos uno para el análisis del sonido, otro para el análisis de los movimientos y una célula de reflexión para el difícil tema del análisis de las miradas. No trataremos aquí sobre los datos referentes a los picos vocálicos del bebé cuyos aspectos abren toda una serie de pistas de trabajo, aunque solamente sea por su duración extremadamente breve y su sorprendente estructura, formada por hiperfrecuencias de hasta más de 50.000 Hz., con presencia de sonidos armónicos y del fenómeno llamado “de ataque”. Este espectro de frecuencias plantea, en cualquier caso, la cuestión de la función de estos picos vocálicos, la respuesta de la cual variará según pueda demostrarse que la madre los oye o no (sabemos ya que sí los “oye”, no por el canal auditivo cuya banda se encuentra fuera de esta zona de hiperfrecuencias, sino quizás por el canal cutáneo, al igual que los delfines que “oyen” por su piel y en los cuales se ha buscado en vano durante años su oído y, también, como el feto cuya piel es sensible a los sonidos que le llegan después de haber atravesado el líquido amniótico; de la misma manera que el lenguaje corriente se muestra a través de expresiones de tipo caricias, por ejemplo) La investigación trata también otros temas, como el saber lo que mira el bebé, en qué momento mira o no, cuando el adulto le habla, cuando se calla, cuando es la madre o el padre quien habla y, asimismo, en función del contenido (tipo de enunciados) y del continente (tipo de enunciación) del discurso que se le ofrece. Nuestro deseo es poder evidenciar las correlaciones entre estos diferentes ejes de la investigación (sonidos, miradas, movimientos) y, si es posible, sacar algunos elementos de prevención de un riesgo disfásico (2). Vuelvo, pues, al problema de los movimientos del bebé es situación dialógica y quisiera insistir sobre este punto. El hecho de interesarse en los movimientos del bebé surge, en realidad, de la idea de que las capacidades de narración verbal se originan de hecho en la aptitud del bebé para una narración comportamental o preverbal con la cual “explica” algo de sus vivencias y de su historia (Golse, 2002). Esta narración analógica o preverbal precede de la emergencia de la narración verbal y eventualmente la condiciona, aunque no se trate de un encadenamiento lineal entre dos tipos de narratividad, ya que la narratividad preverbal (comunicación de tipo analógico) persistirá toda la vida, al lado de la narratividad verbal (comunicación de tipo digital) de la cual representa una espacie de sombra. Dicho de otro modo, las raíces de algunos retrasos del lenguaje y especialmente de las disfasias, deben buscarse fuera del lenguaje propiamente dicho, en el campo de la narración analógica y en el registro de las interacciones y de las emociones al cual ésta nos remite fundamentalmente. Algunos trabajos ya han demostrado que el bebé tiene unos movimientos particulares de sus miembros superiores cuando se le dirige la palabra, movimientos lentos y más rápidos, con un equilibrio dinámico probablemente sutil entre ambos. Hemos decidido, pues, centrarnos en el estudio de los movimientos del bebé en situación dialógica, en un marco relativamente parecido al propuesto por E. Fivaz-Depeursinge y colaboradores (1999), en Lausana, bajo el término de Trilogic Play Lausanne (TPL). Actualmente nos encontramos en una fase preliminar de reflexión, en las primerísimas etapas de este programa de investigación. Por lo tanto las líneas que vienen a continuación tienen solamente valor de hipótesis. Cuando hablamos, tenemos casi indefectiblemente movimientos de brazos y manos. Es posible que sobre este tema existan variaciones socioculturales (“hablamos más con las manos” en unos países que en otros), pero es difícil de imaginar un locutor estrictamente inmóvil, salvo que su interlocutor se encuentre en una situación de perplejidad o extrañeza más o menos inquietantes. ¿Cuál es pues la función de estos movimientos de acompañamiento del lenguaje verbal, movimientos que parecen tan importantes y que ni siquiera cambian la naturaleza lingüística del mensaje verbal en si mismo? Se trata de una cuestión delicada pero apasionante. De momento enfocamos tres pistas de reflexión:

  • Ante todo podemos imaginar que estos movimientos revisten un valor defensivo por medio de una “envoltura de agitación motriz” (Anzieu, 1985) con respecto a la vulnerabilidad narcisista propia al tomar la palabra. Hablar comporta siempre un riesgo: riesgo de no ser comprendido, de ser mal comprendido o juzgado de manera incorrecta, antes de acabar la frase o la idea. Entre el principio de la frase y su fin, se abre pues ineluctablemente una especie de apertura narcisista que empuja a algunos sujetos a hablar muy rápido, en un intento a menudo ilusorio de colmar un poco este periodo de vulnerabilidad (un poco como los niños que descubren que andan pero que, siendo todavía inestables, corren más que andan para intentar reducir el lapso de tiempo entre el apoyo dejado y el apoyo encontrado). Así es la antinomia entre el lenguaje y el pensamiento: ésta se desarrolla sincrónicamente (al momento) mientras que aquel se muestra diacrónicamente (en el tiempo), lo que viene a significar que la frase posee una duración, en tanto que el pensamiento está libre de este peso temporal. Desplazarse al hablar tendría asimismo un función de lucha con respecto a estas angustias inherentes al acto del habla.
  • Pero esto no es suficiente para la comprensión de estos movimientos de acompañamiento ya que no se trata de un movimiento cualquier. Son característicos los movimientos de los brazos y de las manos, En una especie de rotación circular antero-posterior, las manos se propulsan arriba y abajo para volver hacia uno mismo en una dirección hacia abajo y hacia atrás. Estos movimientos nos han recordado las famoses “curvas de devolución” descritas por Haag (1993, 2002) en los bebés de pocos meses los cuales, al acceder a la intersubjetividad, descubren de alguna manera el circuito de la comunicación y lo plasman así, en estos movimientos de las manos que tienen valor de imagen motriz. Como dice Haag, es como si estos bebè quisieran “demostrarnos” que se han dado cuenta que pueden enviar a otro, diferente de ellos mismos, algo de si mismos (un mensaje o, sobre todo, una emoción) y que este material psíquico o protopsíquico encontrará en el otro un fondo a partir del cual hacer un retorno al emisor. Estos movimientos de las manos tendrían pues valor de relato, en el sentido que, en paralelo con el lenguaje verbal instaurado, conseguirían de algún modo explicarnos, analógicamente, algo sobre el nacimiento mismo de la comunicación. Se cotejarían de este modo dos relatos, separados históricamente: un relato analógico de los orígenes y el descubrimiento de la comunicación haciendo doblaje del relato digital, es decir, del relato verbal actual. Dos tiempos del relato y dos maneras del relato que nos llevan quizás a la cuestión de “la identidad narrativa” del ser humano, tan querida por Ricoeur (1975, 1986).
  • En fin, last but not least, estos movimientos de acompañamiento del lenguaje verbal podrían igualment testimoniar la experiencia co-modal del bebé y su necesidad de recuperarla a través de la visión (visión del movimiento de su lenguaje). Desde ese momento, el movimiento de las manos descrito más arriba podría eventualmente funcionar en co-modalidad y en transmodalidad perceptivas, en el sentido de que la visión de alejamiento y de acercamiento de las manos (durante su movimiento circular) daría, a la vez, testimonio de la vivencia de pérdida de la palabras emitidas (traducción co-modal) y repararía esta pérdida con una recuperación visual (defensa transmodal).

¿Traducción y/o traición?

A partir del momento en que se tienen en cuenta diferentes formas o diferentes niveles de narratividad, se plantea la cuestión de saber si el paso de una narratividad analógica a una narratividad digital puede concebirse sin riesgo de pérdida o de traición, puesto que existe una traducción. Pero recordemos ante todo los diferentes tipos de narratividad que pueden considerarse. Hoy en día, en el estado actual de los conocimientos, podemos efectivamente distinguir una narratividad sensorial bien descrita por Nassikas (2004), una narratividad comportamental que intentaremos precisar y profundizar con nuestro programa PILE y una narratividad verbal en fin. Las narraciones sensoriales y comportamentales son de tipo analógico, la narratividad verbal es de tipo digital.

  • La narratividad sensorial se expresa en el registro del ser, se organiza según una “sintaxis del sentir” (Nassikas, 2004), lleva a una lógica de envolturas y, como tal, se realizaría en una atmósfera monádica.
  • La narratividad comportamental lleva, a la lógica binaria de los enlaces primitivos, está aferrada al acceso de la intersubjetividad y se realizaría, pues, en una atmósfera sobre todo diádica.
  • La narratividad verbal se expresa en el registro del ser y del saber, se inscribe en la lógica ternaria de las relaciones de objeto clásicas (siempre trianguladas, en referencia a un tercio real, imaginario o simbólico) y se realizaría pues, en un niño pequeño, en una atmósfera más bien triádica.

La violencia de la traducción

A partir del momento que hay traducción, hay pérdida de información –y por lo tanto, “traición lingüística”– en cada etapa del proceso; en definitiva, violencia con respecto al “texto” inicial. Lo que es cierto en el paso de un texto verbal de una lengua a otra, es también cierto (si no más) en lo que concierne al paso de un “texto” no verbal a un texto verbal; o sea, de una narratividad analógica (preverbal) a una narratividad digital (verbal). Esta problemática ya tenida en cuenta por Freud (1887-1902) en su correspondencia con Fliess sobre las inscripciones a nivel de los diferentes sistemas del aparato psíquico (inconsciente, preconsciente y consciente) ha sido, como sabemos, profundizada por Laplanche (1984, 1986, 1987) en el marco de su “Teoría de la seducción generalizada”, y cuyos rechazo y traducción, conjuntamente, han permitido describir la amnèsia infantil. Pero en el bebé y en el niño muy pequeño, la violencia no solamente está ligada al proceso de traducción en sí mismo, sino sobre todo al hecho de que esta traducción depende del trabajo psíquico del otro, lo que Aulagnier (1975) indica con su concepto de función “portavoz” de la madre (función necesaria pero portadora de una indudable “violencia de la interpretación”), cosa que Haag (1985) recalca igualmente con su noción de “interpretaciones parentales”, y que Laplanche (2002), de nuevo, avanza con su concepto de “situación antropológica fundamental”, fundada sobre la reciprocidad, pero teniendo en cuenta la disimetría de los funcionamientos psíquicos del bebé y del adulto que le cuida. A su manera y en su trabajo sobre “La representación de cosa entre pulsión y lenguaje”, Green (1987) ha mostrado, igualmente, que la conducción interactiva de la madre para ayudar al niño en el paso de la simple mentalización a la figuración de sus necesidades pulsionales era, esencialmente, un acto de violencia psíquica en tanto que llevaba a una intrusión de la madre en el mundo representacional del niño, cuya demostración estaba hecha por las representacions que valían también, probablemente, como afectos. Finalmente, si en cada etapa de la traducción hay siempre pérdida de información, nos queda por decir que lo que se pierde reviste, a la vez, el estatus de un sacrificio, en tanto que tributo pagado por una demanda de traducción, demanda a este otro del cual el bebé necessita depender en los inicios de su vida.

Perder las palabras: le mutismo del niño psicótico

Para el bebé, las vocalizaciones y las primeras palabras no son únicamente aire en una boca vacía. El los percibe, ante todo, como una verdadera sustancia sonora que llena la cavidad bucal y que como Abraham y Torok (1972) han demostrado, para acceder al lenguaje y a la posible simbolización de los objetos ausentes es necesario, sobre todo, que la boca esté “vacía de pecho” antes de “poder llenarse de palabras”. Es también lo que nos enseñan los niños autistas para quienes hablar y emitir sonidos puede dar lugar a profundas angustias arcaicas, no solamente de pérdida sino de arrancamiento de una parte de sí mismos (Tustin 1977, 1982, 1986), lo que podemos encontrar en el material clínico y, especialmente, en algunos mutismos psicóticos que nos hacen temer a veces que las palabras emitidas vayan a hundirse en el fondo de una distancia intersubjetiva tan dolorosa de admitir para estos pacientes. Hablar puede, pues, experimentarse en términos de pérdida de palabras pronunciadas, palabras-sustancia, pero palabras invisibles. En la misma perspectiva, podríamos citar aquí el concepto heurístico de “Moi-tuyau” /David Rosenfeld citado por Tustin, 1989) que, en ciertos anoréxicos de estructura más psicótica, permite comprender mejor su búsqueda, a veces patética, de una especie de equilibrio dinámico entre el lenguaje (flujo saliente) y la alimentación (flujo entrante). No insistiremos más sobre el mutismo en el marco de este trabajo. Pero nos parece, sin embargo, interesante e importante, hacer alusión a ello ya que, en el campo de la psicopatología, es siempre esencial que las investigaciones tengan resonancia en los clínicos y los terapeutas que les permitan, sobre todo, dar coherència y sentido a lo que viven en sus encuentros clínicos y terapéuticos, con sujetos con dificultades de verbalizar.

Conclusiones

De la comunicación y sus diferentes modalidades hemos llegado a la cuestión de los precursores del lenguaje verbal, pasando por la cuestión de la voz materna, a la interfaz de la música y del sentido. Nos parece que el camino valía la pena ya que este acontecimiento del lenguaje verbal se realiza en el cruce exacto de diferentes procesos fundamentales a lo largo de su ontogénesis: procesos de subjetivación, de simbolización, semánticos y, más ampliamente, semióticos. Para concluir, sin embargo, nos parece que son necesarias algunas puntualizaciones: – Es importante, a pesar de todo, no separar los registros del sentido y el de la música, figurativa o no, ya que sabemos que la música auténtica, generalmente no lo hace. Por tanto, así como el afecto ya no es considerado como un simple elemento de coloración del representante-representación de la pulsión (Freud 1915), sino como portador de su propia función de representación (Green 1973, 1987; Stern 1989, 1993); de la misma manera podemos concebir que la enunciación no es una simple valencia del enunciado, sino que dispone de su propio valor significativo, de su propia carga de significado. La voz y el afecto se revelan de este modo indisociables. La música del lenguaje no solamente da el tono, tiene sentido por sí misma y es esto, principalmente, lo que hemos querido decir con la propuesta de comparar la voz materna con una verdadera ópera para el bebé: algunos de nosotros guardarán un amor incondicional para esta forma del arte lírico, otros fraguarán un odio indefectible para la música en su conjunto. – En cuanto a la voz materna, es muy probable que el bebé no “la oiga” solamente por las orejas. Hemos hablado anteriormente de la cuestión de la comodalidad en que cada sentido se junta con las otras formes sensoriales, por lo menos en los momentos de interacción en que se encuentran fuertemente involucrados. Pero la voz materna, como cualquier estímulo sensorial, necesita estar segmentada para poder ser percibida. No hay voz…inmóvil!, excepto quizás, en la voz de la madre deprimida que, por otra parte, se revela muy poco estimulante en cuanto al desarrollo del lenguaje del bebé. Por este motivo, podemos imaginar que el niño se encuentra, de alguna manera, entre presionado entre el desmantelamiento (Meltzer, 1980) y la segmentación. El concepto de desmantelamiento permite al niño, pues, separar las sensaciones según sus propios ejes, con el fin de escapar a las vivencias de un estímulo que solicita los cinco sentidos simultáneamente. Se trata así de un proceso de tipo “intersensorial” del cual su inverso, su articulación, permite, por el contrario, que el niño empiece a percibir que existe una fuente exterior a él y común a sus diferentes sensaciones. La segmentación posibilita sentir cada estímulo sensorial como un fenómeno dinámico y no estático, en que tan sólo lo que está en movimiento puede ser percibido. Se trata, pues, de un fenómeno “intrasensorial”. Nos parece que el equilibrio dinámico entre desmantelamiento y segmentación debería ser considerado como el corazón mismo de los procesos perceptivos, ya que una sola segmentación de los flujos sensoriales según ritmos compatibles permite la articulación de las sensaciones y de ahí el acceso a la intersubjetividad. Dicho de otra manera, la puesta en movimiento de los flujos sensoriales es esencial en la llegada del lenguaje, en la medida en que éste se origina fundamental e irreductiblemente en la intersubjetividad la cual es, sin ningún género de duda, la condición sine qua non. La voz materna ocuparía aquí un lugar particular, en relación con la segmentación visual tan fisiológicamente suelta (gracias a la ritmo del esfínter palpebral), como a la segmentación auditiva tan delicada (en ausencia del esfínter auditivo, es necesario taparse las orejas para no oír, lo cual solamente algunos bebés saben hacer). La voz materna, cuya importancia conocemos para la “semiotización” del mundo del niño, sólo pude segmentarse de dos maneras: a partir del niño mismo (variando su estado de atención), o a partir del discurso de la madre (cuando realiza variaciones sobre la música de su lenguaje). Esto supone que los procesos de atención del bebé sean intactos y suficientemente móviles, y que el lenguaje materno no resulte demasiado monótono a causa de alguna psicopatología, especialmente depresiva. En el interfaz interior-exterior, bebémadre, la voz materna se muestra como un eslabón central para el desarrollo del niño y su acceso al lenguaje verbal, como un eslabón que requiere e induce a la vez las aptitudes del bebé a recibirla de manera útil y a las capacidades maternas a emitirla de manera eficaz. La madre sería como el director de orquesta de las diferentes segmentaciones sensoriales del bebé; como un director de orquesta que le ayuda a segmentar los diferentes flujos sensoriales según ritmos compatibles y al hacerlo le ayuda al montaje de sus sensaciones, acompañando así a su hijo hacia una intersubjetividad estabilizada. El conjunto de estos diferentes mecanismos se revelan eminentemente sutiles y, por muy delicados y necesarios que sean, pueden ser vividos por el infante como dolorosos y portadores de una violencia de desarrollo probablemente indeformable: violencia del acceso a la intersubjetividad, violencia de la separación de la voz de la madre entre música y significado, violencia del paso de la narrativa analógica a la narrativa digital, violencia de la vivencia de pérdida de las palabras emitidas. Todo esto nos recuerda que el lenguaje se inscribe profundamente en el registro del deseo, el cual nos confronta infaliblemente a la sexualidad, al sufrimiento y a la muerte y que el acceso al lenguaje, en tanto que nueva etapa del desarrollo, viene a retomar y a trabajar de nuevo, a su nivel, los procesos de las etapes precedentes. De esta manera, la afirmación fálica del yo por el acto de la palabra viene así, poco o mucho, a reactualizar algo de la “violencia fundamental” inicial (Bergeret, 1984), y esto nos servirá, por ahora, de palabra final.

Traducción de Montserrat Domingo

Notas

  1. Recibimos importantes ayudas y queremos manifestar aquí, la particular generosidad de los socios siguientes: la filial francesa de EADS (European Aeronautic Space Company), la Société Française de Radiotéléphone (SFR) y también la Fundación BETTENCOURT-SCHUELLER.
  2. Con el término “disfasia” entendemos una de las formas más graves de retrasos en el lenguaje infantil, que puede predominar en el lado receptivo o en el lado expresivo, pero que demuestra siempre un obstáculo importante en la integración del niño en la gramática profunda del lenguaje (especialmente la sintaxis). Generalmente estas disfasias no se integran en el marco del trastorno de organización de la personalidad (como podía pensarse antes), son muy difíciles de diagnosticar con certeza antes de la edad de seis años y en el estado actual de las cosas no se reconocen signos precursores que permitirían prevenirlas eficazmente. Su pronóstico no está todavía claro, amenaza el acceso el lenguaje escrito pero también, y es todavía más grave, el acceso a posibilidades de comunicación oral normales o sueltas.

Bibliografía

ABRAHAM, N. et TOROK, M (1972). Introjecter-Incorporer. Deuil ou Mélancolie. Nouvelle Revue de Psychanalyse, 6, «Destins du cannibalisme», 111-122.

AINSWORTH, M (1982). Attachment: retrospect and prospect, 3-30. En: The place of attachment in human behaviour, C.M. Parkes & J. Stevenson-Hinde, Ed., Basic Books, New York.

ALVAREZ, A (1992). Live company, Routledge, London. Traducción francesa: Une présence bien vivante (le travail de psychothérapie psychanalytique avec les enfants autistes, borderline, abusés, en grande carence affective, Editions du Hublot –

Regards sur les Sciences Humaines, Coll. Tavistock clinic, Larmor-Plage, 1997.

AULAGNIER, P (1975). La violence de l’interprétation – Du pictogramme à l’énoncé. PUF, Coll. Le fil rouge, Paris.

ANZIEU, D (1985). Le Moi-peau, Dunod, Paris, (1ère éd.).

AUSTIN, J. L (1970). Quand dire c’est faire. Le Seuil, Coll. L’ordre philosophique, Paris.

BARTHES, R (1967). Système de la mode. Le Seuil, Paris.

BERGERET, J (1984). La violence fondamentale – L’inépuisable. OEdipe. Dunod, Paris.

BION, W. R (1962). Aux sources de l’expérience. PUF, Coll. Bibliothèque de Psychanalyse, Paris, (1979).

BION, W. R (1963). Eléments de psychanalyse. PUF, Coll. Bibliothèque de Psychanalyse, Paris, (1979, 1ère éd.).

BION, W.R (1965). Transformations – Passage de l’apprentissage à la croissance. PUF, Paris, (1982 1ère éd.).

BRUNER, J. S (1983). Le développement de l’enfant : savoir faire, savoir dire. PUF, Coll. Psychologie d’aujourd’hui, Paris.

BRUNER, J. S (1987). Comment les enfants apprennent à parler. Retz, Coll. Actualité Pédagogique, Paris.

DIATKINE, R (1979). Le psychanalyste et l’enfant avant l’après-coup ou le vertige des origines. Nouvelle Revue de Psychanalyse, 19, «L’enfant », 49-63.

DIATKINE, R (1994). L’enfant dans l’adulte ou l’éternelle capacité de rêverie. Delachaux et Niestlé, Neuchâtel, Paris.

DIATKINE, R (1994). Enfance – Le traumatisme. En: Rivages, Rouen, (Actes de la sixième Journée d’Etude du Groupe Haut-Normand de Pédopsychiatrie, consacrée au thème: «Enfance et traumatisme»).

DOLTO, F (1987). Tout est langage. Vertiges du Nord/Carrere, Paris.

ECO, U (1992). La production des signes. Librairie Générale Française, Hachette, Paris.

FIVAZ-DEPEURSINGE, E et CORBOZ-WARNERY, A (1999). Le triangle primaire – Le père, la mère et le bébé. Editions Odile Jacob, Paris.

FREUD, S (1887-1902). Lettres à W. Fliess. En : La naissance de la psychanalyse . PUF, Paris, (4ème éd.).

FREUD, S (1967). L’interprétation des rêves. PUF, Paris, (1900).

FREUD, S (1962). Trois essais sur la théorie de la sexualité. Gallimard, Coll. Idées, Paris, (1905).

FREUD, S (1976). Pulsions et destins des pulsions, 11-44. En: Métapsychologie, Gallimard, Paris, (1915).

GARMA, A (1981). Le rêve – Traumatisme et hallucination. PUF, Coll. Bibliothèque de Psychanalyse, Paris.

GOLSE, B (2001). Pour grandir : la nécessité d’une histoire, 41-56. En : Naître et grandir autrement (sous la direction de C. Bergeret-Amselek), Desclée de Brouwer, Paris.

GOLSE, B (2002). Les interactions précoces comme espace de récit, 133-142. En : Raconter avec Jacques Hochmann (ouvrage collectif). Les éditions Grepp, Coll. Monographie, Paris.

GOLSE, B et DESJARDINS, V. Du corps, des formes, des mouvements et du rythme comme précurseurs de l’émergence de l’intersubjectivité et de la parole chez le bébé (Une réflexion sur les débuts du langage verbal). Journal de la psychanalyse de l’enfant (en prensa)

GREEN, A (1973). Le discours vivant. PUF, Coll. Le fil rouge, Paris, (1ère éd.).

GREEN, A (1987). La représentation de chose entre pulsion et langage. Psychanalyse à l’université, 12 (47), 357-372.

HAAG, G (1985). La mère et le bébé dans les deux moitiés du corps. Neuropsychiatrie de l’enfance et de l’adolescence, 33 (2-3), 107-114.

HAAG, G (1991). Nature de quelques identifications dans l’image du corps – Hypothèses Journal de la psychanalyse de l’enfant, 10, 73-92.

HAAG, G (1993). Hypothèse d’une structure radiaire de contenance et ses transformations, 41-59. En: Les contenants de pensée (ouvrage collectif). Dunod, Coll. Inconscient et Culture, Paris.

HAAG, G (2002). Le théâtre des mains. Communication au Sixième Congrès international sur l’observation des nourrissons selon la méthode d’Esther Bick (communication non publiée). Cracovie, septembre.

HOCHMANN, J (1997). Pour soigner l’enfant autiste – Des contes à rêver debout. Editions Odile Jacob, Coll. Opus, Paris.

KLEIN, S (1980). Autistic phenomena in neurotic patients. International Journal of Psychoanalysis, 61, 395-401.

KRISTEVA, J (1987). Soleil noir – Dépression et mélancolie. Gallimard, Coll. Nrf, Paris.

LACAN, J (1966) . Fonction et champ de la parole et du langage en psychanalyse, 111-208. En: Ecrits , tome I, Le Seuil, Coll. Points, Paris.

LAPLANCHE, J (1984). La pulsion et son objet-source; son destin dans le transfert, 9-24. En: La pulsion, pour quoi faire? (ouvrage collectif). Débats, Documents, Recherches de l’Association Psychanalytique de France, Paris.

LAPLANCHE, J (1986). De la théorie de la séduction restreinte à la théorie de la séduction généralisée. Etudes Freudiennes, 27, 7-25.

LAPLANCHE, J (1987). Nouveaux fondements pour la psychanalyse. PUF, Coll. Bibliothèque de Psychanalyse, Paris.

LAPLANCHE, J (1999). Notes sur l’après-coup, 57-66. En: Entre séduction et inspiration : l’homme, PUF, Paris, (1ère éd.).

LAPLANCHE, J (2002). Entretien avec Jean Laplanche (réalisé par Alain Braconnier) Le Carnet-PSY, 70, 26-33.

LEVI-STRAUSS, C (1971). Mythologiques, IV: L’homme nu. Plon, Paris.

MAIELLO, S (1991). L’objet sonore – Hypothèse d’une mémoire auditive prénatale. Journa l de la psychanalyse de l’enfant, 2O (Le corps), 40-66.

MAIN, M; KAPLAN, R et CASSIDY, J (1988). Security in infancy, childhood and adulthood : a move to the level of representations. En: Growing points of attachment theory and research, I. Bretherton & E. Waters, Ed., Monographs of the Society for research in child development, 50, 1-2, serial N°. 209, 66-104.

MAIN, M (1998). Discours, prédiction et études récentes sur l’attachement: implications pour la psychanalyse En: Le bébé et les interactions précoces (sous la direction de A. Braconnier et J. Sipos), PUF, Coll. Monographies de Psychopathologie, Paris.

MANDLER, J. M (1983). Representation, 420-494. En: Cognitive development, J.H. Flavell & E.M. Markman, Ed., Vol. 3, Handbook of Child Psychology, Wiley, New York, (4th edition).

MELTZER, D. et al (1980). Explorations dans le monde de l’autisme. Payot, Paris.

MILNER, M (1976). L’inconscient et la peinture. PUF, Coll. Le fil rouge, Paris, (1ère éd.).

MILNER, M (1990). Le rôle de l’illusion dans la formation du symbole–Les concepts psychanalytiques sur les deux fonctions du symbole. Journal de la psychanalyse de l’enfant, 8, 244-278

NELSON, K (1986). Event knowledge: structure and fuction in development. Hillsdale N.J., Lawrence Erlbaum Associates.

POIZAT, M (1986). L’opéra ou le cri de l’ange – Essai sur la jouissance de l’amateur d’Opéra. Editions A.M. Métailié, Paris.

PONTALIS, J-B (1986). L’amour des commencements. Gallimard, Coll. Nrf, Paris.

PONTALIS, J-B (2003). Traversée des ombres. Gallimard, Coll. Nrf, Paris.

QUINODOZ, J-M (1991). La solitude apprivoisée. PUF, Coll. Le fait psychanalytique, Paris, 1ère éd.).

RICOEUR, P (1975). La métaphore vive. Le Seuil, Paris.

RICOEUR, P (1986). Essais d’herméneutique. Le Seuil, Paris.

ROSOLATO, G (1978). L’oscillation métaphoro-métonymique, 52-80. En: La relation d’inconnu, Gallimard, Coll. Connaissance de l’Inconscient, Paris.

ROSOLATO, G (1982). La haine de la musique, 153-177. En: Psychanalyse et musique (ouvrage collectif), Les Belles Lettres, Paris.

ROUSSILLON, R (1987). Le paradoxe de l’origine. En: Hypnose et Psychanalyse, Dunod, Paris.

ROUSSILLON, R (2001). Paradoxes et situations limites de la psychanalyse. PUF, Coll. Quadrige, Paris, (1ère éd.).

ROUSSILLON, R (2001). Le plaisir et la répétition – Théorie du processus psychique. Dunod, Coll. Psychismes, Paris.

SAUSSURE de F (1978). Cours de linguistique générale (édition critique préparée par Tullio de Mauro). Payot, Paris.

SCHANK, R.C et ABELSON, R (1977). Scripts, plans, goals and understanding. Hillsdale N.J., Lawrence Erlbaum Associates.

SEGAL, H (1970). Notes on symbol formation. Int. J. Psycho-Anal., 1957, 37 (6), 391-397 Traduction française: Notes sur la formation du symbole. Revue Française de Psychanalyse, XXXIV, 4, 685-696.

SEMPRUN, J (1994). L’écriture ou la vie. Gallimard, Coll. Nrf, Paris.

STERN, D. N (1989). Le monde interpersonnel du nourrisson–Une perspective psychanalytique et développementale. PUF, Coll. Le fil rouge, Paris, (1ère éd.).

STERN, D. N (1992). Journal d’un bébé. Calmann-Lévy, Paris.

STERN, D. N (1993). L’enveloppe pré-narrative. Journal de la psychanalyse de l’enfant, 14, 13-65.

STERN, D. N (1995). La constellation maternelle. Calmann-Lévy, Coll. Le passé recomposé, Paris.

STERN, D. N (2003). Le moment présent en psychothérapie – Un monde dans un grain de sable. Editions Odile Jacob, Paris.

TARDOS, A et DAVID, M (1991). De la valeur de l’activité libre dans l’élaboration du Self- Résultats et discussion de quelques recherches de l’Institut Emmi PIKLER à Budapest, Devenir, 3 (4), 9-33.

TREVARTHEN, C et AITKEN, K. J (2003). Intersubjectivité chez le nourrisson: recherche, théorie et application clinique, Devenir, 15 (4), 309-428.

TUSTIN, F (1982). Autisme et psychose de l’enfant. Le Seuil, Coll. Points, Paris (1977).

TUSTIN, F (1986). Les états autistiques chez l‘enfant. Le Seuil, Paris.

TUSTIN, F (1989). Le trou noir de la psyché – Barrières autistiques chez les névrosés. Le Seuil, Paris.

WINNICOTT, D. W (1958). La capacité d’être seul, 205-213. En: De la pédiatrie à la psychanalyse. Payot, Paris (1969 et 1975).

WINNICOTT, D. W (1975). Jeu et réalité – L’espace potentiel. Gallimard, Coll. Connaissance de l’Inconscient, Paris..

WINNICOTT, D. W (1990). La nature humaine. Gallimard, Coll. Connaissance d’l’Inconscient, Paris, (1ère éd.)