El adolescente y su cuerpo. Nuevas y viejas patologías

Anna Maria Nicolò

 

RESUMEN

La adolescencia actual se caracteriza por un cambio en su funcionamiento y en su patología. Entre las nuevas patologías podemos enumerar las escarificaciones, los tatuajes y los piercing. En este sentido, un cierto tipo de neosensualidad envuelve muchas de las manifestaciones de los adolescentes de hoy, ya sea desde un uso de la sexualidad no ligada a la dimensión afectiva y relacional, hasta las patologías que implican el cuerpo como la anorexia y el self cutting. Las escarificaciones y los tatuajes pueden representar, en ciertos pacientes, la creación de una capa sensorial en la línea de una nueva sensualidad. Sin embargo, el cutting de los pacientes más graves supone un grado de sufrimiento necesario para la existencia y la identidad. PALABRAS CLAVE: escarificaciones, cuerpo, adolescente, piel, yo-piel.

ABSTRACT

The adolescent and his body. New and old pathologies. Current adolescence is characterised by a change in its functioning and pathology. Amongst the new pathologies we can enumerate scarifications, tattoos and piercings. A certain type of neosensuality encompasses many of today’s adolescent manifestations, be it through a sexuality unrelated to an affective or relational dimension, up to pathologies involving the body such as anorexia and self-cutting. Scarifications and tattoos can, in certain patients, represent the creation of a sensorial coat or layer in line with a new sensuality. However, cutting in severe patients implies a degree of pain necessary for existence and identity. KEY WORDS: scarifications, body, skin, skin-ego.

RESUM

L’adolescent i el seu cos. Noves i velles patologies. L’adolescència actual es caracteritza per un canvi en el funcionament i en la patologia. Entre les noves patologies podem enumerar les escarificacions, els tatuatges i els pírcings. En aquest sentit, un cert tipus de neosensualitat envolta moltes de les manifestacions dels adolescents d’avui, ja sigui des d’un ús de la sexualitat no lligada a la dimensió afectiva i relacional, fins a les patologies que impliquen el cos com l’anorèxia i el self cutting. Les escarificacions i els tatuatges poden representar, en certs pacients, la creació d’una capa sensorial en la línia d’una nova sensualitat. Tanmateix, el cutting dels pacients més greus suposa un grau de sofriment necessari per a la seva existència i identitat. PARAULES CLAU: escarificacions, cos, adolescent, pell, jo-pell.

Empezaré con un tema que me es muy agradable: no podemos considerar la adolescencia como una etapa de la vida, sino que debemos verla como un proceso organizativo, como una enzima que estimula nuestra mente hacia logros evolutivos específicos capaces de activar nuevos funcionamientos. Hablo de procesos integrativos; es decir, de la integración de la novedad del cuerpo sexuado, de los nuevos aspectos de la agresividad y del luto evolutivo. También Winnicott, en su fascinante recorrido a partir de la cuestión del asentamiento de la psique en el cuerpo, afirma que lograr la personalización, o sea, la localización del sí en el cuerpo, es un complejo proceso favorecido por la función de espejo de la mirada materna y sostenido por la tendencia a la integración con alternancia de fases de no integración. Todo ello, y mucho más, representa el punto de partida con el que nos presentamos al inicio de la adolescencia. Como muchos psicoanalistas, no creo que los procesos de integración, no integración, personalización, concluyan de una vez por todas al inicio de nuestra historia. Estoy convencida de que están en proceso continuo aunque hay momentos de la vida, como la adolescencia, donde adquieren un valor particular y en los que se puede sacar más partido, como si se tratara del inicio de una nueva historia, en los casos más afortunados. Pero también ocurre lo contrario. Trastornos, problemas, dificultades en esta primera fase pueden condicionar las nuevas experiencias y el adolescente se encontrará entonces con un doble problema: gestionar los nuevos retos evolutivos pero con recursos más pobres. En la adolescencia, tras conseguir la identidad sexual adulta aparecerá el problema de la integración y, naturalmente, el nuevo cuerpo sexuado tendrá que ser integrado, con una complicación añadida: la necesidad de integrar la agresividad.

Las experiencias sensoriales, como la masturbación y la actividad sexual con parejas, desempeñan un papel estructurante. La dimensión sensorial está naturalmente ligada a las experiencias corporales del niño con la madre en el primer año de vida, pero podemos decir que la imagen corporal basada en la experiencia sensorial integra sucesivas experiencias, a lo largo de la vida. En la adolescencia estos aspectos adquieren un valor particular porqué la irrupción del cuerpo sexuado crea nuevos conflictos e impone la necesidad de integrar la nueva imagen corporal y de (re)investirla de una nueva libido narcísitica. Ha sido, particularmente, Eglé Laufer la psicoanalista que me hizo reflexionar sobre estos aspectos. Siguiendo la distinción hecha por Merleau Ponty (citado por Laufer, 2002) entre cuerpo físico y cuerpo vivido y en la línea marcada por Stoller (1975) entre cuerpo e imagen corporal, E. Laufer (2002) plantea la diferencia entre cuerpo como objeto interno –que representa el cuerpo libidinal– y la imagen corporal basada en la experiencia sensorial –que lleva a la constitución de una representación psíquica de la imagen corporal). Puedo añadir cómo he entendido esta distinción: el cuerpo libidinal refleja las primeras interacciones entre la madre y el niño y, por tanto, la capacidad de la madre de reflejarse amorosamente en el niño. La imagen, en cambio, es cuanto vemos o sentimos de nuestro cuerpo, como si fuéramos espectadores.

En situaciones normales, estos dos aspectos se conjugan en el cuerpo como objeto interno. Sin embargo, el adolescente debe llevar a cabo un complejo proceso que le permita (re)apropiarse del nuevo cuerpo sexuado en la adolescencia. Este proceso entra a formar parte de los procesos de re-narcicisación típicos de la edad. Apropiarse del nuevo cuerpo, resignificarlo, reinvestirlo de nuevo narcisismo, es el reto que el adolescente tiene pues, como dice Ladame (2004), el nuevo cuerpo es vivido inicialmente como perteneciente al sí, pero también externo a él. En situaciones disfuncionales se produce una escisión en dicha integración, originando salidas perversas u odio hacia el propio cuerpo o aspectos de él. El afán por integrar sensaciones o, por el contrario, el terror hacia ellas, caracterizarán los estadios sucesivos del crecimiento y en particular de la adolescencia.

La sensualidad

Me parece importante destacar este aspecto: las experiencias sensoriales ligadas a la audición, a la vista, al olfato, pero sobre todo al tacto, a ser tocados, permiten dotarse de una buena experiencia autoerótica. Estas experiencias sensoriales, gracias al cuidado materno y al investimento autoerótico, permiten el investimiento libidinal del niño sobre su cuerpo así como la emergencia de una sana sensualidad (1).

A partir de Freud conocemos la relación entre sensualidad y sexualidad. La experiencia sensorial de la boca del niño en el pecho de la madre (Winnicott, 1945), es la base de la sensualidad que se sitúa como experiencia en la encrucijada entre el autoerotismo y la relación objetal y, especialmente, gracias a ésta, el investimento del sujeto encuentra en la búsqueda del placer con el otro su sentido, su delimitación. Utilizando las palabras de Schmid-Kitsikis “la sensualidad engloba y liga la sensorialidad al deseo”.

Pero, ¿qué ocurre en la adolescencia? El adolescente debe pasar por un proceso complejo que le permita apropiarse del cuerpo sexuado. Este proceso entra a formar parte de las vicisitudes de (re) narcisación propias de la edad. Apropiarse del cuerpo, reinvestirlo de nuevo narcisismo, resignificarlo es la apuesta de esta edad. Aparecen nuevas sensaciones nunca experimentadas antes que afectan al hecho novedoso de la sexualización del cuerpo, la impregnación hormonal, la maduración sexual y las nuevas experiencias ligadas a la menarquía, a la pubertad y a la iniciación sexual.

Esta última permite, de forma particular en la chica, sensaciones nuevas relacionadas con experimentar los órganos internos (Nicolò, 2011). Existe, no obstante, una sensualidad que emerge en la adolescencia, que se erige sobre antiguas experiencias, pero que tiene a la vez aspectos novedosos. Podemos suponer, también, que lo que adviene en la adolescencia es una verdadera “explosión sensorial” vinculada a los nuevos aspectos del cuerpo sexuado. El equilibrio entre estas nuevas experiencias sensuales, su cuota de excitación y la capacidad de contener tal excitación y/o de representarse es muy importante puesto que un plus de excitación puede generar defensas contra la experimentación de la nueva sensualidad. Se puede dar una escisión entre sensorialidad y sensualidad o, más aún, un exceso de excitación respecto a las capacidades para contenerlas lo que proporcionaría a estas experiencias –sensoriales– un valor traumático. En este sentido, las experiencias traumáticas primitivas que no han permitido construir un cuerpo que integre las diferentes sensaciones gracias al investimento sensual realizado por la madre o por quien se ocupe del cuidado del niño, reaparecen en la pubertad y la nueva “explosión sensorial” desorganiza y desarticula el cuerpo. Los efectos del trauma primitivo se multiplican con efectos devastadores frente a los nuevos retos específicos de esta etapa. A la luz de lo dicho hasta el momento, quisiera reconsiderar todo cuanto acontece actualmente a los adolescentes y reflexionar sobre el tema de las nuevas patologías adolescentes. Para comprender mejor este aspecto, conviene reflexionar sobre una cualidad del lenguaje que los adolescentes y, sobre todo, preadolescentes, comparten.

La neosensualidad

Observamos frecuentemente que la sexualidad de los adolescentes, especialmente en sus primeras fases, es más precoz, pero también más efímera y pasajera, basada en el actuar y experimentar sensaciones en vez de construir relaciones sentimentales. Construir una relación sentimental y experimentar la relación sexual son experiencias que se habían disociado desde los tiempos de la revolución sexual gracias al uso de la píldora anticonceptiva. Hoy, de forma mucha más difusa y masificada, cada una de ellas (relación amorosa o experiencia sexual) es perseguida per se, desligada de la otra.

Los chicos o las chicas pueden acudir a una fiesta banal (por no hablar de las rave party) y tener diversos tipos de contactos sexuales que no son sostenidos por lazos sentimentales sino que, a menudo, se establecen con desconocidos; y en cambio, tienen una relación sentimental con otra pareja con la cual no establecen, sin embargo, relaciones sexuales (como ocurrió a una paciente que lo explicitaba y contaba incluso como una decisión posible para otras chicas). En este sentido, el término ligar (*), que utilizan hoy los chicos me parece significativo; con el que se hace referencia a una actividad pasajera, a tener experiencias y probar sensaciones, pero que raramente alude a un periodo preliminar de una relación sentimental significativa. En este término –ligar– hay también una referencia a aquella dimensión polimorfa perversa que caracteriza el proceso de crecimiento del adolescente. Ligar puede significar cortejo y, también, contacto físico, petting y masturbación. Puede incluso significar relación sexual, pero sin implicar una experiencia que integre afecto y sexualidad. A menudo se trata de una actividad en la que los amigos, el grupo, tienen una importancia relevante.

Chicos que no parecen reconocer ningún tipo de problema psicológico explican sus experiencias sexuales, tal vez vividas en el grupo clase y gestionadas en el seno de dinámicas donde la intimidad y el secretismo no tienen lugar, como en el relato de un muchacho que recuerda una excursión escolar durante la cual, bajo las órdenes del líder de la clase y la mirada aparentemente irónica de los compañeros, una o varias chicas por turno mantenían relaciones sexuales con sus compañeros y esto era considerado como uno de los entretenimientos habituales posibles. El paciente, un adolescente borderline, que me contó lo sucedido, se había quedado al margen y confuso por la experiencia. A mi entender, en esta como en otras manifestaciones de la adolescencia actual, es prioritaria la búsqueda de la sensación en detrimento de la relación (Gutton, 2004, p. 218) y “el sentir” ha substituido “el pensar”. Sobre la estela del término “neosexualidad” utilizado por Joyce Mac Dougall (1989) para definir algunos de los comportamientos sexuales perversos, propongo hablar para este tipo de situaciones de un tipo de “neosensualidad” hecha de experiencias fugaces, superficiales, momentáneas y efímeras. Estas experiencias, si son sexuales, no preceden la relación sentimental, finalizan en sí mismas. A menudo se consumen en una noche. Permiten experimentar sensaciones y son algo para hablarlo con los otros. El adolescente privilegia así las sensaciones en vez de vivir una relación con el otro, con su riqueza y creatividad; pero también, con los naturales límites y la posible frustración que nace en la relación con el otro, excitante y desconocido.

Con este tipo de comportamientos, el adolescente escinde la sensualidad de la sexualidad y de ello deriva su elección por la sensorialidad, en detrimento del pensar, y reflexionar que son de por sí constructos complejos. En la mayor parte de los casos, con una evolución benigna, estos encuentros son experimentos in fieri (en desarrollo) que pueden permitir, de forma gradual, el paso a la sexualidad adulta, realizando el luto necesario de la bisexualidad y permitiendo la construcción “de un escenario sexual” más personal que “garantice un sentido de continuidad con la propia historia infantil” (Marion, 2009). Hablamos de una forma peculiar de vivir el cuerpo, caracterizado también por una especie de disociación afectiva del mismo. El cuerpo y la piel, como su manifestación, están en medio de un juego narcisístico escindido. Podemos preguntarnos si no estamos así frente a un cuerpo, “objeto de habla”, “fuente de sensaciones”, no integrado en la mente y, por tanto, en la subjetividad en vías de construcción del adolescente.

Naturalmente tal tipo de funcionamientos presuponen también una actividad imaginaria que colma –en los mejores casos– el vacío de la no presencia del otro, el vacío en la relación. Una actividad imaginaria que presupone un voyeur imaginario. El adolescente se mira como si fuera alguien externo a él, es un espectador de sí mismo y existe en el sentir, en las sensaciones que experimenta en la superficie de la piel, vista desde el exterior o vivida desde el plano sensorial. Una fina película donde situar el sí mismo, una película entre el espectador, el otro que ve, y el sí que existe.

Esta sensorialidad escindida o disociada recuerda en cierto modo lo que sucede en las perversiones, donde a menudo la mayor excitación consiste en los preliminares que llevan a un acto, y donde las fantasías escindidas son una parte consistente del ritual. Estamos hablando de un fetichización de la sensualidad. Pero este exceso de sensualidad se muestra peligroso porque excluye el goce, es un acto continuo, una sensación escindida que mantiene la excitación, pero niega la afectividad. Es como si todo se convirtiera en concreto, el sentir, el ver, el hacerse ver, el oler, el tocarse, etc. Este tipo de experiencias es posible e implican un fenómeno por otro, algo normal en la adolescencia: la reactivación de manifestaciones polimorfo perversas, que están también relacionadas con la reactivación del edipo y que se caracterizan igualmente por confusiones bisexuales. Aquellas que Meltzer llama “confusiones de zona” (combinación boca-vagina-ano y, después, pezón-lengua- heces), que el niño había ya aprendido a distinguir, irrumpen en la pubertad a veces acompañadas de una idealización de la confusión. En la base de las perversiones transitorias de este período de la vida podemos reencontrar justamente estos fenómenos, expresión de una dificultad del proceso de subjetivación y de la consecución de la identidad.

Hoy día, vivir las sensaciones tiene relevancia en todas las técnicas que los adolescentes utilizan cuando tatúan, agujerean, cortan, el cuerpo y particularmente la piel que es la superficie con la que el cuerpo se muestra. A los aspectos sensoriales que caracterizan el acto de herir y cortar la piel podemos añadir, también, la cuestión del mirar y de ser mirado, del aparecer.

Si el adolescente no ha podido integrar el cuerpo como un objeto interno íntegro y amado por la madre, además en harmonía y ligado a la imagen corporal –fruto de la experiencia sensorial propia y la que le viene devuelta por el otro–, se inclinará hacia nuevas experiencias problemáticas y como otras salidas presentará, a mi entender, una avidez de sensaciones y de nuevos estímulos sensoriales en el intento de lograr aquello que nunca ha tenido: una imagen corporal distinta y sólida y así cimentar un núcleo de identidad estable.

El cuerpo como objeto persecutorio

Posiblemente, estos aspectos que acabamos de mencionar resultan fenómenos bastante más complejos y la necesidad de hacer tales integraciones supone para el adolescente la amenaza de sentirse abrumado. Como dice Eglé Laufer, “es como si la realidad del propio cuerpo asumiera un significado persecutorio”. Sobre todo en las chicas y naturalmente entre las mujeres adultas, la fantasía de alcanzar un “cuerpo ideal” a menudo las empuja a plantearse la cirugía estética. Pero no es sólo esa la única motivación. En otros casos tenemos verdaderas dismorfofobias.

Giovanni es un muchacho de 17 años que recorre Italia por qué piensa que tiene las orejas largas. Le operaron en una ciudad del centro del país. Después le intervinieron del tabique nasal, pero como su angustia permanece, ahora su preocupación son los ojos. Los compañeros y las chicas no mantienen una buena relación con él a causa de estos defectos físicos. Le parece que ve mal, piensa que tiene los ojos fijos, que no giran, que su mirada es limitada. Por suerte esta vez ha evitado el cirujano. Un oculista de una pequeña ciudad del norte lo recibe una vez al mes, a él que viene del sur, y le hace realizar ejercicios de “reeducación del movimiento de los ojos” que parecen aliviar su angustia. Mientras tanto, transcurre el tiempo y hace viajes que lo alejan periódicamente de los padres que, a pesar de su angustia, comprenden que deben tolerar esta rareza.

¿Ante a qué nos encontramos? ¿Nos encontramos ante un cuerpo vivido como algo feo, imperfecto, que expone al mundo su fealdad, su incapacidad, su impotencia o, por el contrario, Giovanni se está confrontando a un cuerpo idealizado e inalcanzable? Impresiona esta especie de desmantelamiento sensorial, una especie de retrospección en la que el paciente explora sus órganos de los sentidos, los separa de vez en cuando y somete a tratamiento, como un modo de anticipación a una desintegración más amplia que procura evitar y de la que parece protegerse, concentrándose específicamente en un sólo órgano cada vez. ¿Se trata de una angustia persecutoria que se sitúa en un órgano determinado, en una parte del cuerpo?

Creo que concentrarse en un órgano del cuerpo tiene, en definitiva, un efecto protector ante una catástrofe mayor. En este sentido quiero recordar el concepto de “islas psicóticas” de Rosenfeld: “una área encapsulada en los síntomas psicosomáticos o de otro tipo, escindida –dice Rosenfeld– del sí psíquico y presente en pacientes así denominados normales”. En pacientes como los que presento, estas áreas son proyectadas a un órgano y, así, pueden proteger de la invasión del pánico psicótico. A propósito de síntomas psicosomáticos, hablando de “cicatrices mentales”, que compara a “islas psicóticas”, Hautman afirma que hay áreas de la mente inconsciente donde ha fallado el proceso de significación. “Creo, escribe Hautmann, que se puede hipotetizar que en la encrucijada entre la sexualidad biológica y las necesidades de autoconservación, matriz de la pulsionalidad y por tanto de la integración del sentimiento de ser y del deseo…, pueden haber indicios de fracaso en el intento de significación o de designificación anómala, atribuibles respectivamente a la personalidad psicótica y a la personalidad neurótica”.

En el caso de Fabio, un brillante estudiante de música en el pasado, su operación del tendón de un dedo, que deseó con todas sus fuerzas, tuvo el efecto de desestabilizarlo completamente. La remodelación o sustracción una parte de su cuerpo muy importante para él, fue un ataque masoquista contra un sí odiado, identificado en un objeto malo y perseguidor que lo sentía capaz de limitar y ocupar su cuerpo. A veces, como en el caso de las anoréxicas, el ataque al propio cuerpo sexuado, más allá de permitir el control de una pulsionalidad que viven como espantosa, permite la diferenciación y la distancia de una madre con la que se siente fusionada y confusa. Negando la propia feminidad, la anoréxica se distancia del cuerpo de la madre y permanece así estancada.

Las nuevas patologías: desde el tatuaje hasta los cortes autoinfligidos

Exploraré a continuación el fenómeno de los piercing, tatuajes, escarificaciones, hasta el self cutting, las cicatrices especialmente elaboradas o los cortes que marcan la piel, que le infligen dolorosas mutilaciones o la decoran de manera delicada o agresiva. ¿Qué hay detrás de estas heridas cutáneas? En primer lugar estamos ante fenómenos muy complejos, que evocan múltiples significados y orígenes, algunos personales, otros grupales, otros de naturaleza sociológica y antropológica (Le Breton 2004). Bajo el mismo nombre o la misma motivación, por ejemplo piercings o cortes, se pueden ocultar motivaciones, dinámicas y estructuras muy diferentes. Los mismos adolescentes les atribuyen significados diferentes. En algunos casos una modalidad es preparatoria de otra; algunos adolescentes contraponen diferentes tipos de heridas cutáneas. Los hay que consideran que el tatuaje y el piercing están en el mismo nivel, ya que ambos implican una sustracción del cuerpo, de su superficie; mientras que muchos otros sostienen que se trata de fenómenos opuestos porque, por ejemplo, el piercing es algo que se mantiene en el exterior y no se confunde con el cuerpo, cosa que sí ocurre con el tatuaje que viene a devenir parte del mismo.

Algunos piercing parecen querer reforzar determinadas sensaciones, como por ejemplo, en los genitales. Otros piercing y tatuajes sirven para recordar de manera indeleble particulares y significativos acontecimientos, otros para exhibir al mundo fantasías sobre la propia identidad o sobre cómo es imaginada, o sobre los propios ideales o, bien, manifiestan pactos de amistad, amor, fidelidad al grupo o una causa. Para comprender este creciente fenómeno, es necesario responder a numerosas preguntas. Por ejemplo: ¿qué relación hay entre estos actos y la personalidad subyacente? ¿En qué medida la adolescencia, como funcionamiento mental especifico de esta etapa, influye en estos fenómenos? ¿Qué relación hay con las dinámicas de grupo de iguales? ¿Son actos que marcan la pertenencia a un grupo o definen una identidad?

Muchas otras preguntas podrían formularse y podemos preguntamos qué importancia tiene el dolor que estos chicos se autoinfligen con estas técnicas y qué peso tiene el dolor o la manipulación del cuerpo y la consecuente pérdida de sangre. La experiencia clínica nos enseña, también, que una parte de estas heridas en la piel tienen conexión con el odio al propio cuerpo y con aspectos autodestructivos, hasta el punto que graves automutilaciones son a veces, los pródromos de una tentativa de suicidio. No obstante, en todos los casos, señalan un fallo en el proceso de elaboración e integración del cuerpo nuevo y sexuado.

La especificidad de la piel en la adolescencia

El psicoanálisis ha destacado muchas veces el rol de la superficie cutánea en el desarrollo de la personalidad. Ya en El yo y el ello, Sigmund Freud (1922) nos recordaba que “el yo es sobre todo una entidad corpórea y no sólo una entidad superficial, pero también la proyección de una superficie”. En una nota de la traducción inglesa del 1927, añadía: “el yo es en definitiva un derivado de sensaciones corporales, sobre todo de las sensaciones que provienen de la superficie del cuerpo”. Aunque en realidad todavía hoy nos falta una teoría sobre la relación mente-cuerpo, todos los autores posteriores han confirmado la importancia de la piel.

Según Anna Freud (1936), “al principio de la vida, el ser acariciado, abrazado, acogido, hace sensibles las diferentes partes del cuerpo del niño, lo ayuda a construir una imagen corpórea y un yo corpóreo sanos, aumenta su libido narcisística y, al mismo tiempo, promueve el desarrollo del objeto de amor a través de la consolidación de la relación entre el niño y la madre. No hay duda que en esta etapa, la superficie de la piel asume, en su papel de zona erógena, una función múltiple en el crecimiento del niño”. También Winnicot, explicando el recorrido de personalización que representa la culminación del asentamiento de la psique en el cuerpo gracias al holding y al handling de la madre, afirma que los límites de la piel, delimitan lo que es yo de lo que es no yo: “el recurso a disposición, facilita la tendencia innata del niño a asentarse en el cuerpo y gozar de las funciones corpóreas, aceptando la limitación asegurada por la epidermis, una membrana que delimita y separa el yo del no yo” (Winnicot, 1958). En este contexto, la piel adquiere un valor especial. Tiene, como afirman tanto Freud como Anzieu, funciones defensivas de paraexcitación, marca el límite, la frontera con el exterior, representa una “superficie de inscripción” de todas aquellas fantasías, conflictos, angustias que, no habiendo podido encontrar –parafraseando a Anzieu (1985)– un envoltorio de palabras, buscan en la piel un envoltorio que, de un modo u otro, le confieran significado y, además, está conectada con un aspecto de la identidad.

No cabe duda que el complejo sentido de nuestra identidad tiene estrecha relación con nuestra mirada sobre nosotros mismos y la del otro en nosotros; la apariencia es una dimensión de nuestra identidad. A veces esta apariencia coincide con la identidad, otras veces ofrece una imagen contradictoria y opuesta. A veces una personalidad frágil sustituye el sentido estable de la identidad (2), mediante su apariencia. A menudo observamos como muestran los adolescentes la búsqueda de su identidad a través del angustioso e incesante cambio de apariencia, presentándose en diferentes sesiones con los looks más diversos y chocantes: vemos, por ejemplo, en una sesión a diferentes chicas vestidas de monja que en la sesión siguiente aparecen llamativas y sexys, para luego presentarse como chicas modosas y posteriormente como activas intelectuales.

Distinguiré en este sentido dos categorías de marcas en la piel. En la primera –diría más frecuente– la piel, aunque herida, incidida, punzada, sirve como escudo para las proyecciones del adolescente y estos gestos coagulan y expresan, aun en el límite, una defensa hacia la simbolización. En la segunda, estas manifestaciones son imponentes y destructivas pasan a ser dinámicas auto y heterodestructivas y donde el cuerpo está definitivamente escindido y tratado como un objeto externo y extraño. Estos últimos casos son los más peligrosos y deben alertar al terapeuta, porque en ellos se manifiesta el odio por el cuerpo escindido y, tal vez, son premisa de ataques al propio cuerpo o al cuerpo del otro, mucho más graves como pueden ser las tentativas de suicidio u homicidio. Cuando estos actos tienen una función protosimbólica son –como antes recordaba– tentativas de figuración.

Fractura del cuerpo y autoagresividad: viñetas clínicas

Podemos decir, pues, que la fractura del cuerpo remite también a una dinámica autoagresiva como, por ejemplo, dirigir hacia uno mismo una agresividad que, por otro lado, habría ido dirigida hacia el otro. En las formas más graves, la dinámica autoagresiva asume –creo– una importancia preponderante, como veremos en un caso que comentarse a continuación.

En la categoría de self cutting, algunos adolescentes usan “el corte” para evacuar la tensión exagerada. Cuando están bajo presión se cortan o, mejor, cortan la conexión entre el pensamiento y la consciencia demasiado dolorosa, y el acto. Se trata, en estos casos, de un corte físico que, al generar una sensación de “dolor físico”, aparta y vence el “dolor mental”. Pero también hablaríamos de un “corte psíquico” del cual el “corte físico” representa sólo el equivalente concreto. En otras situaciones, el cuerpo no integrado en una imagen coherente del yo, puede ser experimentado como extraño, como afirman E. Laufer y más recientemente Alessandra Lemma (2011).Amedeo, de 23 años, se corta el pecho con una cuchilla. Los cortes son profundos y dejan hondas cicatrices de las que se siente orgulloso y que le hacen sentirse más viril. Cuenta que se ha hecho los cortes como un castigo por la vergüenza que siente tras reconocer los celos hacia su novia, a la que constantemente atribuye fantasías de desear hombres fuertes, apolíneos y muy viriles.

Amedeo se castiga por no ser suficientemente hombre, como las personas que imagina atraen a su pareja, y por ser incapaz de contener sus celos. Detesta su cuerpo, dice que no merece nada, que tiene un cuerpo pequeño, feo, horrendo. También tiene miedo de la comida en el estómago, de la sensación de estar lleno, de la saciedad, percepciones que le provocan repugnancia y asco; se siente feo, inepto, mientras que en el ayuno encuentra una forma de sentirse purificado. Amedeo describe su odio hacia su padre, desempleado, con camiseta de tirantes, sentado todo el día en el sofá ante el televisor, despotricando contra el mundo. Teme que la rabia y la pasividad del padre le puedan infectar. Cuenta el asco que siente cuando le oye respirar, teme que aquel jadear le pueda entrar por la nariz. Durante mucho tiempo vivió en casa con tapones en las orejas, para protegerse de lo que él denomina “asquerosa penetración”.

Amedeo recrimina a su madre por no haberlo protegido de su padre, de su odio, por haberlo idealizado demasiado, considerándolo un genio; le reprocha no dejarle estar con otros chicos de su edad y de haberlo agobiado con la comida. Contra lo que considera una intrusión alimentaria, se defiende sintiéndose lo suficientemente fuerte para resistir y eliminar la comida que no quiere. En una sesión del segundo año de terapia cuenta que su novia recibió un anillo de un amigo y que él “se volvió loco”, empezó a romper cosas, evocando sus fantasías habituales de hombres “apolíneos” que la poseían. Comento, luego, que por la noche se volvió a herir el pecho con la navaja de afeitar, notando su habitual placer al descubrir, horas más tarde, las cicatrices en el pecho.

Rápidamente habla del horror que sintió escuchando el relato de una amiga que había tenido sexo oral con un amigo suyo, en el coche. Se quedó helado por los comentarios divertidos de la novia, habla de impotencia, de sentirse pequeño, diferente, incapaz, ante hombres que follan y violan. “Sabes”, me dijo, “ayer decidí tatuar en mi pecho falso en el lado derecho y parricida en el izquierdo, es una marca que deseo”.

Para todos nosotros son evidentes las complejas dinámicas en las que Amedeo se debate. Parece que detrás de la fantasía del cuerpo masculino idealizado que él no posee, se esconde en realidad la atracción y el disgusto ambivalente ante fantasías, miedos incestuosos hacia el padre, que también representa una parte pasiva de sí mismo y que Amedeo detesta. La madre no lo ayuda ya que le tira en dirección contraria, hacia un tipo de relación primitiva e infantilizada. Los cortes en el cuerpo coagulan en él muchos significados: refuerzan una identidad masculina frágil, castigan un cuerpo vivido como insignificante, feo y, sobre todo, lejano del modelo ideal que le hubiera gustado representar, un cuerpo que conlleva también el terror de sensaciones homosexuales y pasivas que lo asustan.

El tatuaje con las palabras falso y parricida parece hacer referencia explícita a la necesidad de Amedeo de deshacerse de su atracción hacia la pasividad representada por el padre. Más oscura, no obstante, parece la referencia a “falso” donde, con cierta paradoja, Amedeo parece dar por falsas todas sus conquistas pero, al mismo tiempo, afirmar su identidad en negativo. Este tatuaje con sus inscripciones explícitas parece expresar también aspectos de las reflexiones de Amedeo sobre su identidad y es una forma de comunicación hacia los demás y hacia a sí mismo. Amedeo limita estas afirmaciones suyas a una actuación sobre su piel, en el punto medio entre lo simbólico y lo actuado, entre pensar y actuar, en una especie de suspensión difícil de resolver. Esculpir en la piel estas ideas, casi petrificarlas, las inmoviliza e impide evolucionar, aunque ciertamente esta actuación es una forma de comunicación.

En el caso siguiente podemos encontrar, en cambio, otro tipo de self cutting mucho más grave. Ludovico de 19 años se escarifica las muñecas y los brazos con objetos punzantes, un compás, unas tijeras. Las escarificaciones se producen después de soportar mucha tensión y le sirven para calmarle la ansiedad. Angustia homosexual y miedo a la pasividad, más que una rebelión contra la intrusión materna, son las motivaciones más destacadas que Ludovico refiere a la terapeuta a lo largo de las sesiones.

A diferencia de Amedeo, Ludovico conecta abiertamente estas conductas autolesivas con fantasías manifiestas de penetración y violencia homosexual, y parece que empezó a escarificarse justo después de episodios de sexo oral con iguales. El odio hacia su cuerpo, a sus fantasías, a su pasividad ambivalente, a su placer masoquista, le empujan dos veces a intentar el suicidio, con la idea de liberarse del cuerpo fusionado con el de la madre, una mujer intrusiva y ciega a cualquier necesidad de Ludovico y con el cual mantiene una relación incestuosa e infantil (le toca el pecho, entra en el baño, le limpia la espalda cuando se baña). En una sesión explica que su madre entró en su coche y “empezó a limpiar y quitar todas mis cosas, luego vio los pantalones nuevos, yo estaba orgulloso, imagine que los compré de rebajas por sólo cuarenta y cinco euros, ¿es barato para unos tejanos no?, ¿lo he hecho bien, no?, pero ella me dijo que eran horribles, ridículos, cortos, anchos, que tenía que cambiarlos y que se sentía obligada a acompañarme”. Aquella tarde Ludovico se encerró en el baño y con las tijeras de las uñas se cortó de manera desordenada una muñeca. Al día siguiente en la sesión mostró orgulloso los cortes, intentando componer una frase con los cortes que se había hecho en el brazo.

Los cortes y, paradójicamente, el posible intento de suicidio, son lo único activo que él hace, son una forma de reaccionar a sus vivencias angustiosas y a la intrusividad materna que desvaloriza cualquier iniciativa de autonomía del chico, haciéndolo infantil. Es un mecanismo muy complejo: por un lado, se corta porque odia aquel cuerpo que confunde su madre y del cual ella reivindica inconscientemente la propiedad (por ejemplo, cuando afirma que los pantalones son feos y ridículos y que para cambiarlos necesita su compañía). Pero a la vez, ante la negativa del otro a reconocer su autonomía, su posible individuación, reacciona agarrándose al cuerpo y mostrando angustiosamente que él y sólo él, es el propietario. Ese gesto representa un agarrarse a las sensaciones que el cuerpo evoca para existir, aunque sean sensaciones dolorosas.

Comentarios

Aunque en algunos aspectos los dos casos presentan similitudes, muestran una evolución distinta, determinada sobre todo en Amedeo por la capacidad de pensar, de soñar. Hay que recordar que, desde el principio, los cortes de Amedeo tenían una estrecha relación simbólica visible, de forma clara, con la fantasía de inscribir en su piel las palabras “falso” y “parricida”. Son, de manera evidente, “tentativas de figuración”, elemento que parece mucho más tenue en Ludovico, vinculado de forma masiva a un funcionamiento concreto. En Ludovico los cortes eran una manifestación paradójica de su castigo superyoico, a la vez que representaban una peligrosa erotización masoquista; pero también una afirmación –paradójica– de autonomía y presencia.

Ambos jóvenes presentaban una confusión de la identidad; en un caso de Ludovico, masiva y peligrosa. Los trabajos de Didier Anzieu sobre el “Yo-Piel” y, especialmente, sus observaciones sobre el cuerpo de los quemados graves, nos han enseñado que “… autoinfringirse un envoltorio real de sufrimiento es una tentativa de restablecer la función de piel contenedora no ejercida por la madre o por el entorno…” (1985, 246). Hace falta por tanto restablecer un holding primitivo que en estos pacientes falta o está gravemente dañado. Cita además Aulagnier que observa como “el cuerpo se procura, a través del sufrimiento, la propia marca de objeto real” (Aulagnier, 1979, en Anzieu op.cit. 246). Observación totalmente verdadera en los psicóticos, para quienes recurrir a las heridas, a los cortes, les confiere un sentido de existencia y, tal vez, como en el caso de otra paciente, Angélica, le permite mantener un desafío con el otro que teme pueda hacerla pasiva y someterla a una dependencia intolerable.

Estamos ciertamente ante remedios extremos que permiten, aun cortando la piel, restablecer algunas de sus funciones psicológicas primitivas, como el significado de los límites del cuerpo y del yo y la “sensación de estar íntegros y unidos” (Anzieu, op. Cit. 33). Mientras que el piercing y el tatuaje pueden posponer la creación de una envoltura sensorial en la línea de la construcción de una neosensorialidad que caracteriza muchas formas actuales de adolescencia, los cortes que se infligen los pacientes más graves crean un envoltorio de sufrimiento necesario para la existencia y la identidad. A través de los cortes sienten poseer un cuerpo que les confirma su existencia y, a la vez, que están íntegros y compactos, al menos mientras se cortan.

Una reflexión para acabar

Para concluir este artículo siento la necesidad de hacer una puntualización. Sería un error considerar estos pacientes como casos extremos, alejados de la vida que impregna el día a día de los adolescentes que nos rodean. Las viñetas referidas en este trabajo son descripciones, a trozos algo exageradas, de un cambio en la patología y el funcionamiento mental de los adolescentes de hoy día. La centralidad del cuerpo, la peculiaridad de cómo es vivido o exhibido, la disociación que vemos respecto a las vivencias del cuerpo, nos conducen a un problema más general como es su uso en la adolescencia, en nuestra sociedad. Asistimos, de hecho, a verdaderas epidemias de enfermedades relacionadas con el cuerpo, desde la anorexia a la obesidad, a los trastornos alimentarios, por no hablar del particular fenómeno constituido por el uso de Internet en sus varias manifestaciones: desde el participar en escenarios complejos como una segunda vida, hasta los intercambios virtuales cada vez más frecuentes, que constituyen una parte relevante de la vida relacional del adolescente. Internet, video-juegos, chat, blog se caracterizan por la presencia virtual del otro. En estas experiencias, el cuerpo propio y el del otro, realmente apartado, no existe y es substituido por otras comunicaciones a menudo de carácter fetichista.

La multiplicación de estas experiencias, seguramente, tienen por finalidad cubrir el vacío del yo y de la propia existencia y burlar con una identidad ficticia, el deber angustiante de existir realmente y subjetivarse. La paradoja de los cortes es que ofrece, entre otros este beneficio, sentir un dolor que se puede percibir físicamente y como tal tiene un tiempo, un comienzo, un final, una duración determinada, en contraposición al dolor mental que, sin embargo, permanece incontrolable e imprevisible. Sin embargo, los fenómenos descritos en este trabajo son la punta de de lanza de un problema mucho más amplio que encuentra en la adolescencia su prueba de fuego y tienen que ver con la actual complejidad de integrar el cuerpo en el proceso de subjetivación de cada uno de nosotros. La inestabilidad de nuestra identidad multiplica angustiosamente la búsqueda de substitutos ya sea mediante actividades subrepticias y actos que actúan sobre el cuerpo o a través de él. François Richard (2011) llama a este tipo de patologías, que caracterizan a los adolescentes de hoy, “patologías de externalización”. Deberíamos en cambio considerarlas “patologías de la internalización”, que hablan de un colapso simbólico que utilizan como defensa a la externalización. Los adolescentes son una vez más, desde este punto de vista, indicadores fiables de un malestar más amplio que no afecta sólo a esta etapa de vida.

Notas

  1. En los tres ensayos sobre una teoría sexual (1905), Freud distingue el origen de la “corriente sensual”, subrayando las características sensuales de la ternura, la unión dolor-placer. Afirma también que el exceso de ternura del padre puede llevar a una sensualidad precoz e impedirá satisfacciones amorosas más maduras. A su vez, según Freud, apartar las tendencias sensuales (“o quizás dejar fuera de juego las tendencias sexuales”; Freud S., 1921, p. 300) puede provocar la ilusión de que “el objeto es amado también sensualmente a causa de sus virtudes espirituales, pero al contrario, sólo la fascinación sensual puede conferirle estas virtudes (Freud, ibidem; Schmid-Kitsikis, 1993, p. 394). No obstante esta ilusión será dañina para la vida sexual del sujeto.

2 La dificultad de definir la identidad, como ocurre en nuestra sociedad actual, hace aumentar la necesidad de agarrarse al cuerpo como punto de anclaje a la realidad y da importancia al actuar y a los actos que sustituyen el proceso de simbolización. Las actuaciones sustituyen pensar, reflexionar, verbalizar, aunque por otras vías tienen un significado protosimbólico. Catherine Chabert (2000) las define “tentativas de figuración” en el sentido que parecen estar entre “la intencionalidad consciente e inconsciente” y representan al mismo tiempo “una defensa y una elaboración”. Pueden tener también una función organizadora del yo, como muchos autores señalan. En este sentido el adolescente externaliza un conflicto intolerable para sí mismo, que no consigue elaborar, expresar con palabras, pero cuya actuación sobre el cuerpo le permite modular la tensión y la excitación.

Traducción del italiano por Montse Balcells.

 

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