Cuando todo es peligroso: “el infierno son los otros”

Stella Acquarone

RESUMEN

El texto propone una aproximación a la mentalidad autista desde el punto de vista individual y relacional. Como hipótesis se plantea que los bebés no se relacionan bien con sus padres porque tienen terror y sienten que todo es peligroso en el mundo externo. La autora decide buscar y crear tratamientos al inicio de esta patología a través de encontrar señales tempranas de alarma. A partir de una consulta inicial con padres preocupados por la poca relación con sus bebés, se diseñan distintos abordajes tanto individuales como familiares para tratar al infante y a su familia. A lo largo del artículo se realiza una revisión bibliográfica, ilustrada con diferentes viñetas clínicas. PALABRAS CLAVE: autismo, relación temprana, vínculo, señales de alarma.

ABSTRACT

 WHEN EVERYTHING IS DANGEROUS: “HELL IS OTHER PEOPLE”. This paper aims to approach the autistic mentality from an individual and relational perspective. As a hypothesis, it is suggested that babies do not relate well to their caregivers because they suffer terror and feel everything in the external world is dangerous. The author attempts to fi nd and create early treatment interventions through the search of early alarm signals. Starting from an early consultation with worried parents due to poor bonding with their babies, different individual and family interventions were performed to treat the infant and family. The paper includes a bibliographical review and is illustrated with clinical case vignettes. KEY WORDS: autism, early relation, bond, alarm signals.

RESUM

QUAN TOT ÉS PERILLÓS “L’INFERN SÓN ELS ALTRES”. El text proposa una aproximació a la mentalitat autista des del punt de vista individual i relacional. Com a hipòtesi es planteja que els bebès no es relacionen bé amb els seus pares per què tenen terror i senten que tot és perillós en el món extern. L’autora decideix buscar i crear tractaments a l’inici d’aquesta patologia a través de trobar senyals primerencs d’alarma. A partir d’una consulta inicial amb pares preocupats per la poca relació amb els seus bebès, es dissenyen diferents abordatges tant individuals com familiars per tractar l’infant i la seva família. Al llarg de l’article es fa una revisió bibliogràfi ca, il·lustrada amb diferents vinyetes clíniques. PARAULES CLAU: autisme, relació primerenca, vincle, senyals d’alarma.

Quiero empezar el artículo con el comentario de Sartre, de su obra de teatro Sin salida: “el infierno son los otros”. A lo largo de mi trabajo clínico me he encontrado con ciertos niños y bebés que se presentan como lejanos, sin interés por el mundo de los humanos. Parece, incluso, que tengan miedo de los humanos y, por tanto, se repliegan en sí mismos, desplegando toda una serie de rituales que los tranquilice. En este artículo expondré por qué y cómo me interesé por estos bebés, haré una revisión breve de la literatura prevalente y comentaré algunos casos clínicos.

Comencé en mi consulta clínica con niños autistas en 1974. Supervisé durante 5 años con Frances Tustin (1972, 1986) y había un punto de vista en el que no concordamos: la concepción del estadio autista como normal al comienzo de la vida extrauterina (1992). Veinte años más tarde lo reconoció públicamente. Mi argumento provenía de haber visitado dos niños que, desde el principio, se mostraron comunicativos. Sin embargo, en la primera consulta con padres de niños autistas escuchaba reiteradamente el comentario de las madres que decían que ellas se dieron cuenta, desde el comienzo, que ese niño en particular era “raro” o distinto a los otros. Mencionaban, como ejemplo de su incertidumbre, los comportamientos siguientes: los bebés parecían no quererlas, porque nunca las miraban; no sonreían nunca; se desinteresaban de ellas a la hora de jugar o recibir mimos; no se dejaban alzar en brazos y la gente parecía molestarles, llorando constantemente. En realidad parecían más felices durmiendo todo el tiempo o jugando solos, muchas veces consigo mismo, o mirando al vacío. Como diría Donald Williams (1992): nobody, nowhere.

En 1980 con la idea de poder encontrar estos bebés, pedí permiso a la clínica donde trabajaba para visitar en dos centros de chequeo de salud física, a niños de cero a cinco años. De acuerdo con el pediatra, que estaba a punto de jubilarse, y que había hecho la misma observación, me encontraba con bebés que estaban bien físicamente, pero cuyas madres estaban preocupadas y no sabían porque.

Posteriormente llevé a cabo un estudio longitudinal que incluía 150 casos de trastornos emocionales en la primera infancia que fueron seguidos durante siete años. De esta muestra, 7 mostraron sintomatología del espectro autista y, en estos casos, la madre y el bebé recibieron una atención específica. Después del tratamiento los bebés siguieron una evolución positiva, fueron capaces de vincularse emocionalmente con la madre y los demás personas de su entorno y, posteriormente, asistieron a colegios normales, logrando desarrollar sus capacidades de una manera óptima. Otros 5 no continuaron con el tratamiento después que se solucionó su problema de sueño. Regresaron al servicio de niños y adolescentes en el hospital donde trabajaba, cuatro años más tarde, diagnosticados autistas graves. Los 138 restantes desarrollaron una mejor relación con los padres, el vínculo se fortaleció y los bebés fueron capaces de integrar experiencias y jugar. Como trabajaba en la clínica local de niños pude ver que 3 de 60 volvieron más tarde a consulta por diferentes síntomas leves.

Lo que pude observar en aquel momento fue:

  • 7 bebés con señales de alarma de comportamientos autistas que fueron tratados no desarrollaron la enfermedad y se incorporaron a la escolaridad normal.
  • 5 bebés con señales de alarma no tratados se desarrollaron un autismo grave.
  • 139 tratados por trastornos emocionales en general, llanto excesivo, etc., uno de cada 20 volvía más tarde con trastornos neuróticos leves.
  • Hasta el día de hoy siempre visito uno o dos autistas para recordarme lo penoso que es el tratamiento tanto para el terapeuta como para el niño. Hasta los más graves que atiendo durante de 7-8 años, logran cambiar su destino, en el sentido que van al colegio normal, se integran a la sociedad y son capaces de expresar su mundo interno elocuentemente. El tratamiento suele durar entre 8 y 10 años, dos o tres veces a la semana. El insight lo traigo del tratamiento no verbal con los bebés.

El manejo de las intervenciones tempranas

Para lograr que los bebés, que se muestran distantes emocionalmente, puedan cambiar su manera de comportarse, tenemos que hacer una intervención temprana (Al-Qabandi, Gorter and Rosenbaum, 2011) que depende de nuestra capacidad para leer e interpretar las relaciones interpersonales.

Si lo analizamos fenomenológicamente, las relaciones dependen de tres hechos fundamentales: I) son importantes para sobrevivir física y mentalmente; II) es un sistema dinámico de fuerzas que actúan intergeneracionalmente, y III) cada miembro de la relación: madre, padre y bebé tienen un mundo interno con relaciones de objeto que se transfieren desde el nacimiento (Klein, 1946, 1961). Analicemos a continuación algunos elementos relevantes en las relaciones interpersonales:

  1. I) Las relaciones interpersonales son muy importantes en la existencia de los seres humanos. Sin ellas hay muy pocas posibilidades que los individuos y las especies puedan sobrevivir (Darwin, 1872). Se necesita al “otro” para existir como persona, para compartir, para crecer, para dar sentido a la vida. En el “espejamiento” -o la función de espejo (Pines, 1984)- que realiza la madre o quien cuide al bebé, de acuerdo con Winnicott (1967) y María Rhode (2004), entre otros estudiosos, el bebé se reflejado, sintiéndose observado y admirado por ellos -madre o cuidado-r. Exactamente lo opuesto a los bebés distantes, donde el “otro” (la mirada de la madre) es vivida como un infierno. Según este concepto de Sartre, a través de la mirada de la gente, nos transformamos en objetos y partes de un mundo interno torturante.
  2. II) Las relaciones interpersonales son un sistema dinámico donde fuerzas interactivas de otras generaciones, las circunstancias fatales o imprevistas sean conocidas o desconocidas, o las circunstancias familiares, pueden potenciar respuestas que promuevan o dificulten la integración de experiencias.

III) Cada miembro de la relación tiene un mundo interno lleno de relaciones de objetos y representaciones mentales que pueden ser conocidas o desconocidas. Estas relaciones, según Melanie Klein (1980), están presentes desde el nacimiento y están dotadas de significado que puede transmitirse y provocar reacciones en el contrario.

A partir de lo dicho anteriormente, en las intervenciones psicoterapéuticas con padres e infantes hay que tener presente dos condiciones necesarias para que sean efectivas:

1) Que el terapeuta y los padres estén convencidos que los bebés tienen capacidades innatas y necesitan relacionarse desde el nacimiento (y anteriormente) con seres humanos que expresan pasión, alegría, simpatía, diversión y exploración (Trevarthen, 1979, 1998; Pankseep, 2004). Sin embargo, las características de los padres o el temperamento (o la constitución física) del bebé pueden interferir esta relación.

2) Que cada bebé tiene un potencial emocional listo para ser descubierto, con sentimientos dispuestos a ser captados por otra persona que sintonice emocionalmente con él, usualmente la madre (Urban, 2000).

¿Cómo llevar a cabo estas intervenciones?

Todos los tratamientos son distintos, pueden ser breves (2 a 5 sesiones) o largos (100 a 500 sesiones). El proceso consiste en contener, explorar, reflexionar, comunicar y, a la vez analizar sus repercusiones. Pueden ser de una vez por semana o de seis horas todos los días durante tres o cuatro semanas, con todos los miembros de la familia, individualmente, o en distintas combinaciones. Prosigue una o dos veces por semana durante un año. A esto último lo llamamos Re-comenzando: Infant-family program (Programa familia e Infante con comportamientos autistas).

El objetivo fundamental es contener la profunda rabia que causa la frustración de no entender, así como el miedo terrible que tienen todos: el bebé por razones desconocidas que hay que encontrar a través de la contratransferencia y de sus padres. Estos últimos, también tienen miedo ante la posibilidad de causar una discapacidad terrible y por creer que pueden haber dañado sus objetos internos y externos, a causa de la rabia producida por la tremenda injuria narcisista que tienen que confrontar al ver que su niño no los mira ni gratifica (Mollon, 1984). Esta rabia y miedo de los padres puede llegar a obnubilarlos.

Signos de alarma

Se ha de explorar todo gesto, comportamiento, movimiento; en definitiva, todo aquello que tiene significado, aun los que parecen insignificantes. El bebé con comportamientos autistas se entretiene con actividades bizarras, sin sentido, nulas en determinadas ocasiones o, simplemente le basta con mirar al techo, la luz, sentir el viento. Los conceptos de identificación proyectiva, contratransferencia y empatía hacen posible entender los sentimientos de la enorme desesperación e impotencia que el bebé que no responde o que está constantemente irritado trasmite a sus padres. Como el autismo se suele diagnosticar a los tres años, llamamos a estos bebés pre-autistas. Lo que es difícil de captar es que el bebé, pre-autista tiene dificultad para integrar experiencias. Nuestra intervención temprana tiene como foco reactivar, pues, los aspectos (embriónicos) potenciales no autistas del bebé, adecuándolos a su nivel de dificultad en el proceso de desarrollo. El rol del psicoterapeuta es descubrir, a través de la contratransferencia, los aspectos del desarrollo que funcionan bien y, poco a poco, conectar al bebé de tal manera que pueda contrarrestar los aspectos negativos internalizados sobre el mundo relacional.

Para esto actuamos de forma cuidadosa, usando el concepto de “andamios”. Esto alude a que para que una construcción pueda realizarse es importante poner andamios alrededor del edificio de forma que el crecimiento esté protegido, sea seguro y pueda ser observado continuamente. Así, el foco principal es crear un espacio contenedor para poder pensar. El que puedan sentirse contenidos emocionalmente es ya un gran paso que, en la mayoría de los bebés, se desarrolla naturalmente, pero que a otros bebés les resulta muy difícil, sino imposible. Cuando el bebé se puede sentir contenido consigue percibir que él y su madre son dos personas y, eventualmente, soportar la separación (saliendo y entrando de la relación continente). De esta manera el bebé permite la existencia del “otro” y puede gratificarlo, alegrarse, recibir una respuesta positiva que le permita crecer, en vez de una respuesta persecutoria que le da miedo. Puede, entonces, compartir el dolor de la separación e incluir a los otros (Fraiberg, Aldeson and Shapiro, 1975).

La teoría

El triangulo edípico, central para el desarrollo emocional, presenta una doble tensión que la llamaremos tensegrity, ya que viene de la “tensión” y de la “integración” que mantiene al triángulo afectivo activo y funcionando.

Freud (1900, 1918-1923) fue el primero en entender y explicar el rol esencial ejercitado por el padre del sexo opuesto en el desarrollo emocional del niño. El observó que la rivalidad del “otro” progenitor y de los hermanos creaba una dinámica importante. Los deseos del bebé de remplazar al padre del mismo sexo y sentirse culpable crea una dinámica interesante ya que también aprende a tolerar a los padres juntos. Klein (1946) menciona en sus escritos sobre Dick, la conexión entre el complejo de Edipo y la formación de los símbolos, que requiere que el niño ponga al padre y a la madre juntos. Bion (1950, 1959) menciona la función que tiene la madre de traducir las necesidades del infante y satisfacerlas. Winnicott (1967) habla del maternal revêrie y la importancia de los objetos y espacio transicionales para ayudar a la separación de la madre y a la creación de un espacio mental para poder crecer internamente.

Mientras que Klein, Bion y Winnicot pueden hablar con distintas palabras sobre el triángulo edípico, Rhode señala la idea de “sintonía” como una manera de entender la mente del bebé con relación a la imitación, “espejamiento” e identificación. Llama “sintonía emocional” al balance positivo entre el niño y los que ocupan la mente de la madre (refiriéndose a la constelación edípica). Considera que la capacidad del niño de mirar a la madre e imitarla requiere, por parte del niño, poder encontrar sentido en relación a su propia existencia (Mollon, 1984, Wright, 1991).

Trevarthen (Treavarthen and Defafield-Butt, 2013), sin embargo, dice que la imitación involucra aprensión, no solo una copia del movimiento. Este es uno de los motivos intrínsecos que genera la comunicación, pues espera que su respuesta sea validada la otra persona. Aun los prematuros imitan y provocan a los adultos a interactuar. En cambio, los bebés que muestran desinterés por el mundo humano no hacen uso de estas cualidades en la comunicación (Nadel and Butterworth, 1999, Nadel and Decety, 2003).

Oliver Sacks, en su libro Awakening (Despertares, 2011), menciona como una droga puede despertar el sistema de los pacientes con Alzheimner y que los niños con tendencias autistas se comportan como si estuvieran atrapados en otra dimensión. Cuando habla de Temple Grandin menciona que se sentía como un antropólogo en Marte, ya que ella pensaba con imágenes y en un solo sentido cada vez.

El triangulo edípico permite, por tanto, el nacimiento del lenguaje (al tener que pedir y poder sentir la separación), pero ciertos bebés no logran hacerlo por varias razones como:

  • El bebé continua en un estado prenatal donde no experimenta el mundo exterior, no puede incorporar a la madre como alguien externo suyo, le resulta imprevista, confusa, lo cual le produce terror -en el sentido de “catástrofe” mencionado por Tustin (1990), ya que en vez de que prevalezca la diferenciación e integración, se impone y aparece una desintegración explosiva o paralización no integrativa-. Para poder sobrevivir psíquicamente el bebé crea objetos y formas autísticas, desarrollando toda una autosensorialidad plena de variaciones idiosincráticas que lo protege herméticamente del mundo humano y social. El bebé está simbióticamente unido a la madre y no la vive como un ser separado. Por tanto, no incorpora al padre ni a los hermanos. No vive el dolor o la pena de la separación, porque no sabe que están juntos. No hay y no desarrolla un yo, un tu, un ellos (“los otros”).
  • Para Ann Álvarez (Álvarez and Reid, 1992) el mundo interno en el niño con comportamientos autistas no posee un objeto interno, pues no está interesado en él y no quiere comunicarse. Por ello es muy importante que los psicoterapeutas tengan un vivo interés y “se impliquen” en la relación terapéutica, en vez de mantener una actitud neutral e interpretativa. El problema es que, a veces, el niño nunca llega a vincularse con el mundo externo y, tanto el niño como la madre, tienen que encontrarse por primera vez. Y es este encuentro lo más nos interesa en el tratamiento.

Por último, Mahler (1968) Meltzer (1975a, 1975b) y Hobson (1999) hablan de la hipersensibilidad del niño autista y de cómo es necesario ayudarles a entender sus percepciones fragmentadas y a poder manejarse con ellas.

Aportaciones de la neurología

El neurólogo John Ratey (2002) menciona que los niños autistas evitan el contacto debido a una “hipersensibilidad sensorial”. La información que les llega del mundo externo es demasiado rápida para que su cerebro pueda procesarla y, por ello, sobrecargados por el estímulo se cierran o se desentienden del estimulo. A esto habría que añadirle la falta de habilidad para prestar atención, por lo que la información sensorial aparece fragmentada en pedazos que pueden ser diferentes unos de otros. Bebés normales, cuando miran a sus madres, van de la nariz a los ojos y a la boca, en fracciones de segundo. Un bebé con un procesamiento lento tarda de 5 a 6 segundos en mirar solo la nariz, después puede llegar a ver solo la boca o solo un ojo, por lo que la visión global de la cara de la madre le resultará algo confuso y persecutorio, siéndole difícil retener la misma imagen cada vez que la mira. Lo mismo puede suceder auditivamente. La única manera de poder adaptarse y sobrevivir es cerrándose en experiencias sensoriales que pertenezcan tan solo a su propio cuerpo.

Diferente es la conceptualización de Bion sobre la mente del bebé de la cual dice que es extensiva y relacional, donde la revêrie maternal le permite recibir, contener, elaborar, modificar y devolver, en un estadio transformado, las proyecciones y las proyecciones identificadoras. El concepto de Bion, “las mentalizaciones”, alude a la capacidad de transformar elementos beta en elementos alfa y es crucial para construir el aparato mental del bebé, permitiendo a las madres y (a los psicoterapeutas) sintonizar con los aspectos sensoriales y los pensamientos primitivos de los niños (o pacientes) y ayudarlos a progresar.

Lo importante es ayudar a la sintonía entre la madre y el bebé creando las condiciones necesarias para que las relaciones de objeto puedan comenzar a suceder, como lo dice Bick (1964, 1968) en su trabajo sobre “la segunda piel”. Estas condiciones no se dan en algunos casos y es necesario averiguar que es lo que impide la integración, cosa que puede ir desde la manera como es tocado, hablado, mirado, ya sea muy rápido, muy fuerte, etc.

En la actualidad hay más de 150 teorías que hablan sobre las diferentes causas internas o externas del autismo. Divididas en dos grandes bloques pueden diferenciarse, a grandes rasgos, como organicistas y psicoanalíticos. Mi propuesta es que estos niños se deben tratar cuidadosamente, ayudándoles a que puedan integrar los aspectos psicológicos, cognitivos y emocionales. Es mucho más fácil ayudar en este proceso a los 2 o 6 meses que a los 4 o 6 años de edad. En los dos primeros años el crecimiento y plasticidad cerebral juega a su favor (Courchesne, Campbell and Solso, 2011).

Podríamos resumir que las señales tempranas de alarma (McFadyen, 1995; Limperopoulos et al., 2008; Al- Qabandi, Gorter and Rosenbaum, 2011; Voran, 2013), vendrían dadas, pues, por un: I) déficit en la relación con la madre, padre y otros humanos; II) déficit motor; III) déficit sensorial; IV) déficit en la transmisión afectiva y V) una dificultad de los padres para relacionarse con el niño.

Viñeta clínica 1. El caso de las trillizas Belinda, Jimena y Filomena

La madre estaba en tratamiento psicoanalítico y tiene trillizos normales. A los cuatro meses siente y ve que uno de ellos es diferente. Mientras que Filomena y Jimena se retorcían de placer al escuchar a su madre cantar una canción infantil, haciendo ruiditos con la boca, sonriendo y moviéndoles sus bracitos, Belinda parecía perdida, sin fijar la mirada, no se movía ni siquiera cuando la madre trataba de ayudarla a mover sus piernitas al son de la música.

Sin embargo, cuando la madre está sola con la bebé observa lo siguiente: que si se pone muy cercana y la acaricia, Belinda reacciona de una manera un poco más viva y satisfecha. En las escenas conjuntas, Belinda parecía perdida, ciega y sorda, como si estuviera en otro mundo, muy alejada y desinteresada.

Observamos la falta de contacto emocional, la falta de afectividad, el parecer suspendida en el aire y no querer estar en brazos, molesta con que le canten, que la toquen y no responde a la acción conjunta. La madre dice que ve perfecto, escucha perfecto, pero no la reclama, no hay satisfacción, se siente lejana.

Se realizaron sesiones individuales de dos horas cada una, dos veces a la semana, durante un mes. Luego, durante dos meses, junto con sus hermanas. Como la niña no se entretenía con ningún objeto más que en sí misma, yo le hablaba de su molestia por no encontrar nada que le diera placer, que dos hermanas muy activas y una mama y una abuela, era mucho trabajo para ella. No quería saber nada con el mundo que le rodea, lo ignora, solo estaba ella, sus manitas, comer y dormir. Pero ella (la terapeuta) estaba interesada en su persona como lo estaba su mama. ¿Cómo podría ayudarla?

La bebé, pasiva y perdida enfrente mío, coincidía con la preocupación de la madre: era distinta. La nena, sin embargo, respondía a la presencia de una persona interesada, mostrando activo rechazo, desinterés a la hora de imitar, de encontrarse en los ojos de la madre o ni de ninguna otra persona. Mi contratransferencia me indicaba que ella quería ser encontrada, que no lo conseguía porque había algún impedimento. No se excitaba con el mundo externo porque no podía engancharse a nada, sus ojos no veían ni sus manos. Su mirada blanca era la de un ciego y como se comportaba como tal, a pesar que veía, de acuerdo con el especialista, la visitaron en un centro especializado de oftalmología infantil. Mientras tanto, la tratamos como una bebé ciega y respondía al tacto de forma muy lenta. Hicimos charlas acostadas en el suelo, permaneciendo muy cerca de la madre. También hicimos charlas con la nena sentada en un babyseat y, en esta ocasión, la madre permanecía más rato enfrente suyo dando tiempo a que Belinda pudiera recomponerle su cara, su voz y su anhelo tranquilo de conectarse con ella. Le decía que la persona que permanecía quieta enfrente suyo, era la mama, que la voz que sentía tenía esa cara, ese pelo; que aceptara, cuando estaba alzada en brazos, esas caricias, ese amor desesperado por incluirla como una más de la familia.

Como la visita médica era cada dos meses, le pedí a la madre que fuera de urgencias. Mi urgencia respondía a un mensaje interno que me informaba que habían detectado una infección que dejaría ciega a la niña de no tratarse inmediatamente. Fue atendida y el problema desapareció a los ocho meses. Mientras tanto, se le ayudó a Belinda a que pudiera crear objetos y a internalizarlos en el caso de que la ceguera fuera adelante; pero también, para que no resultara afectado el proceso emocional de aprender de la experiencia, integrarla y que consiguiera identificar aspectos positivos que le permitieran contrarrestar los sentimientos de vacío y miedo. Belinda tiene 4 años y la madre está contenta ya que camina, ríe y juega con sus hermanas de una manera normal.

Viñeta clínica 2. Gregorio: tratamiento intensivo del bebé y de la familia

Gregorio, de 6 meses, rechaza a la madre y a toda persona que se sitúe enfrente suyo. En un video que mandaron los padres porque vivían lejos se veía con claridad como juntaba sus manos, las chupaba y las miraba. Con el padre, sus hermanos, sus abuelos y sus tíos, se comportaba de igual manera. Todos estaban muy preocupados. En la consulta, respondió igual, tratando de entretenerse solo.

Ofrecimos el “Programa para bebés con comportamientos rechazantes y su familia” que consiste en un tratamiento intensivo seis horas al día durante tres semanas. Se acompaña de un tratamiento individual para cada padre y hermano y se ofrece un programa para explorar el desarrollo emocional y las causas que interfieren los comportamientos esperados para cada etapa del desarrollo. Una vez que se sabe cuáles son las sensibilidades específicas, se promueve la relación materna, paterna y de los demás hermanos con Gregorio, explicando sus sensibilidades específicas a los distintos miembros de la familia, de manera que todos ellos ajusten sus comportamientos a los del pequeño. A este método de intervención temprana intensiva la llamamos “re-comenzando”.

Conclusión

Este artículo trata de mostrar una actitud preventiva con respecto al trabajo paterno infantil, partiendo de la base que la plasticidad neurológica del bebé o del niño pequeño permite detectar ciertos problemas de integración o de procesamiento de experiencias que le impiden devolver las miradas y gestos placenteros a la persona que lo cuida. Esto dificulta gravemente una buena relación interpersonal y, por consiguiente, un buen desarrollo del cerebro y de la mente ocasionando comportamientos repetitivos y regresivos que no permiten el progresivo desarrollo emocional, social y cognitivo.

Se proponen distintos tratamientos dependiendo de la sintomatología y el estado de estancamiento de la misma (Narzisi, Colombi, Fusar, Balottin and Muratori, 2014). He desarrollado un método para establecer contacto con bebés o niños pequeños que se aíslan y por medio de la técnica psicoanalítica vislumbrar las razones que impidieron que se estableciera una relación entre las personas de su entorno más próximo.

Con el tratamiento llamado “re-comenzar”, se ha observado un progreso general satisfactorio en el cual los adultos y los menores de las familias afectadas, logran integrar y ayudar al niño con dificultades. Este método se mantiene durante un año, al menos una vez por semana, a fin de seguir apoyando la transformación hacia un progreso duradero de los comportamientos no autistas, del desarrollo de la personalidad y de sus relaciones interpersonales.

En definitiva, es muy importante tener en cuenta a los bebés que evitan el contacto, en un mundo que transcurre demasiado rápido para que puedan percibirlo.

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