Atención precoz desde una perspectiva psicodinámica: un modelo de atención

Núria Beà

 

RESUMEN

Presentamos el modelo de atención, de enfoque psicodinámico, de un centro de desarrollo infantil y atención precoz (CDIAP) de Barcelona. Parte de considerar la relación entre padres e hijo como central,  con el objetivo de convertirla en estimulante y enriquecedora para toda la evolución. Usamos la relación del terapeuta con los padres y el niño como herramienta diagnóstica y terapéutica, sin excluir otras formas de terapia específicas que complementen este núcleo central de la atención precoz. PALABRAS CLAVE: atención precoz, desarrollo infantil, relación padres e hijos.

ABSTRACT

This paper presents the psychodynamically oriented intervention model of an Infant Development Early Childhood Care Centre in Barcelona. It considers the relationship between parents and children as being central, and aims to make it stimulating and enriching throughout all development. The therapist’s relationship with the parent and the child is used a diagnostic and therapeutic tool, without exluding other specific forms of therapy as a complement to this central core of early childhood health care. KEY WORD: early childhood health care, infant development, parent–child relationships.

RESUM 

Presentem el model d’atenció, d’enfocament psicodinàmic, d’un Centro de Desenvolupament Infantil i Atenció Precoç (CDIAP), de Barcelona. Parteix de considerar la relació entre pares i fill com a central,  amb l’objectiu de convertir-la en estimulant i enriquidora per a tota l’evolució. Utilitzem la relació del terapeuta amb els pares i el nen com eina de diagnosi i terapèutica, sense excloure altres formes de teràpia específiques que complementen aquest nucli central de l’atenció precoç. PARAULES CLAU: atenció precoç, desenvolupament infantil, relació pares i fills.

Introducción

Este trabajo se propone describir el modelo de atención que venimos realizando en el Centro de Desarrollo Infantil y Atención Precoz (CDIAP) de la Fundació Eulàlia Torras de Beà (Hospital Dos de Maig, Barcelona), donde se atienden niños, entre cero y seis años de edad, que presentan retrasos

o trastornos evolutivos de diversas causas. Desde nuestro enfoque psicodinámico, consideramos la relación entre el niño y su entorno como central, generadora de estímulos para la evolución. La relación del profesional con los padres y el niño es, a su vez, una de las herramientas que utilizamos para llegar al diagnóstico y desarrollar el proceso terapéutico. El nuestro es un centro privado concertado con un equipo pluridisciplinar integrado por pediatra, psicólogos, logopeda, fisioterapeuta y asistente social. Todos ellos, además de su disciplina específica, tienen formación dinámica lo cual les permite observar y valorar tanto los recursos del niño, como las capacidades de los padres y la relación entre ellos –sus ansiedades y sistemas defensivos–,  a fin de poder potenciar los elementos impulsores de progreso y reconocer y modificar los círculos viciosos que afectan negativamente la evolución.

Nos han resultado especialmente útiles en nuestro trabajo, los estudios sobre la interacción del bebé con su entorno desde el nacimiento, sobretodo los de Brazelton (1973, 1987), Stern (1991, 1996, 1997), Cramer (1989), Corominas (1991) y Palacio-Espasa (1982), entre otros. A continuación trataremos brevemente sobre algunos aspectos generales de la atención precoz y, posteriormente, nos centraremos en la práctica que venimos realizando desde nuestro centro. 

La atención precoz: aspectos generales

Según el Libro Blanco (2001), se entiende por “atención precoz”, el conjunto de intervenciones dirigidas a la población infantil de cero a seis años, a la familia y al entorno, que tienen como objetivo dar respuesta lo antes posible a las necesidades, transitorias o permanentes, que presentan los niños con trastornos en el desarrollo o que corren el riesgo de sufrirlo.

Los CDIAP  atienden bebés y niños menores de seis años en situaciones muy diversas:

  • Niños a los que, en el momento de la consulta, no se les aprecia dificultades evolutivas, pero que tienen riesgo de padecerlas; este riesgo puede ser debido a alteraciones biológicas (prematuridad extrema, ingresos repetidos por enfermedad, etc.) o social (entorno gravemente deficitario, adicciones de padre o madre, patología mental de los padres, etc.).
  • Niños con trastornos de tipo emocional y que pueden expresarlos mediante inquietud, llanto, dificultades para dormir o en la alimentación, retrasos en el habla, etc.
  • Niños con un trastorno de personalidad de mayor o menor gravedad
  • Niños con afectaciones neurobiológicas de cualquier orden: Síndrome de Down, parálisis cerebral, etc.
  • Niños a los que, en el momento de la consulta, no se les aprecia dificultades evolutivas, pero que tienen riesgo de padecerlas; este riesgo puede ser debido a alteraciones biológicas (prematuridad extrema, ingresos repetidos por enfermedad, etc.) o social (entorno gravemente deficitario, adicciones de padre o madre, patología mental de los padres, etc.).
  • Niños con trastornos de tipo emocional y que pueden expresarlos mediante inquietud, llanto, dificultades para dormir o en la alimentación, retrasos en el habla, etc.
  • Niños con un trastorno de personalidad de mayor o menor gravedad
  • Niños con afectaciones neurobiológicas de cualquier orden: Síndrome de Down, parálisis cerebral, etc.

El objetivo que persigue la intervención desde estos centros es impulsar el mejor desarrollo posible de cada niño, tanto  de sus capacidades cognitivas, como emocionales y relacionales, a fin de que pueda alcanzar una personalidad sólida y equilibrada. Para ello es necesario conocer y entender al máximo los recursos del niño y los de sus padres, las ansiedades que se generan en la relación entre ellos, las defensas que se ponen en marcha, los aspectos negativos y positivos de estas defensas, las dinámicas positivas y los círculos viciosos  que obstaculizan la evolución y cronifican los problemas, para así poder introducir elementos que ayuden al progreso.

Factores normales de evolución

Hoy sabemos que el proceso evolutivo de los bebés y los niños se debe tanto a sus capacidades biológicas innatas, como al estímulo que reciben de las personas cercanas. Entendemos que la capacidad de aprender, así como la evolución social y el equilibrio emocional se desarrollan en la interacción del niño con sus padres. Es en esta relación que se generan los estímulos imprescindibles para que el bebé –el niño– pueda organizar su mente. Desde el inicio, lo esencial para que la relación entre la madre y su bebé sea enriquecedora es la capacidad de ambos actores para estar en sintonía. El bebé –con sus demandas, llanto, gesto, sonrisa– estimula a la madre quien, a su vez, al observar e interpretar las conductas de su hijo gradúa sus respuestas, manteniendo así un diálogo estimulante con él. El significado que la madre –intuitivamente– da a estas conductas, viene  mediatizado por su propia “situación interna” respecto a aquel hijo –los llamados representantes internos del hijo en la madre–, los cuales se configuran por el impacto individual que ese hijo ejerce sobre ella y sobre sus experiencias anteriores: historia personal, conocimientos, las corrientes de pensamiento predominantes en que esta inmersa, etc. La madre, a través de sus respuestas, pone al bebé en contacto con el “mundo externo” (le enseña el nombre y el uso de cada objeto, le da a probar distintos sabores) y, también, le da a conocer sus “vivencias internas” (reconoce y nombra sus emociones). En las primeras etapas de la vida del bebé esto transcurre, básicamente, por el canal de la acción y la relación sensorial (por ejemplo, cuando la madre capta que el niño está hambriento y lo alimenta) y posteriormente, a través de la palabra (la madre no sólo prepara la comida y alimenta al bebé sino que, durante la espera, le tranquiliza explicándole lo que hace).

El objetivo que persigue la intervención desde estos centros es impulsar el mejor desarrollo posible de cada niño, tanto  de sus capacidades cognitivas, como emocionales y relacionales, a fin de que pueda alcanzar una personalidad sólida y equilibrada. Para ello es necesario conocer y entender al máximo los recursos del niño y los de sus padres, las ansiedades que se generan en la relación entre ellos, las defensas que se ponen en marcha, los aspectos negativos y positivos de estas defensas, las dinámicas positivas y los círculos viciosos  que obstaculizan la evolución y cronifican los problemas, para así poder introducir elementos que ayuden al progreso.

Factores normales de evolución

Hoy sabemos que el proceso evolutivo de los bebés y los niños se debe tanto a sus capacidades biológicas innatas, como al estímulo que reciben de las personas cercanas. Entendemos que la capacidad de aprender, así como la evolución social y el equilibrio emocional se desarrollan en la interacción del niño con sus padres. Es en esta relación que se generan los estímulos imprescindibles para que el bebé –el niño– pueda organizar su mente. Desde el inicio, lo esencial para que la relación entre la madre y su bebé sea enriquecedora es la capacidad de ambos actores para estar en sintonía. El bebé –con sus demandas, llanto, gesto, sonrisa– estimula a la madre quien, a su vez, al observar e interpretar las conductas de su hijo gradúa sus respuestas, manteniendo así un diálogo estimulante con él. El significado que la madre –intuitivamente– da a estas conductas, viene  mediatizado por su propia “situación interna” respecto a aquel hijo –los llamados representantes internos del hijo en la madre–, los cuales se configuran por el impacto individual que ese hijo ejerce sobre ella y sobre sus experiencias anteriores: historia personal, conocimientos, las corrientes de pensamiento predominantes en que esta inmersa, etc. La madre, a través de sus respuestas, pone al bebé en contacto con el “mundo externo” (le enseña el nombre y el uso de cada objeto, le da a probar distintos sabores) y, también, le da a conocer sus “vivencias internas” (reconoce y nombra sus emociones). En las primeras etapas de la vida del bebé esto transcurre, básicamente, por el canal de la acción y la relación sensorial (por ejemplo, cuando la madre capta que el niño está hambriento y lo alimenta) y posteriormente, a través de la palabra (la madre no sólo prepara la comida y alimenta al bebé sino que, durante la espera, le tranquiliza explicándole lo que hace).

Por tanto, entendemos que la intervención del profesional de atención precoz debe centrarse, ante todo, en ayudar a la madre –los padres- a relacionarse adecuadamente con el bebé, a ajustar las respuestas a sus necesidades. Se trata de ayudarlos a descubrir al hijo completo, no solamente el diagnóstico y las dificultades, sino también, sus capacidades –aunque sean reducidas– de tranquilizarse, comunicarse,  diferenciarse, de tener intereses, etc. A menudo, la preocupación por el diagnóstico o su propia psicopatología, no  deja ver de los padres las posibilidades de las que el bebé dispone. Y de estas capacidades es de las que habremos de partir para ayudar al niño en su progreso, en su necesidad de diferenciarse y de separarse para poder alcanzar una individualidad propia.

Diagnóstico y tratamiento

Nuestro trabajo tiene, necesariamente, dos fases: una de diagnóstico y  otra terapéutica. Aunque las describiré como diferenciadas, entendemos que el tratamiento se inicia en nuestro primer contacto con la familia ya que, a través de nuestra forma de escuchar, preguntar y poner en palabras las dinámicas relacionales que observamos o que ellos refieren, éstas empiezan ya a modificarse. Por la misma razón, el diagnóstico se va modificando a medida que el tratamiento avanza y se producen cambios (Torras de Beà, 1991).

La primera visita es el primer contacto directo con la familia. Dejamos que sea la familia la que elija libremente quien va a asistir a la misma; esto nos permite empezar a observar el juego relacional que se da entre sus miembros. Les acogemos en una atmósfera abierta, de escucha, que les permita expresarse de forma libre, siguiendo sus  ansiedades y asociaciones. De esta forma, el entrevistador podrá conocer cual es la demanda explícita que nos formulan y, también, empezará a conocer cual es la explicación que ellos mismos se dan, su teoría del problema. Posteriormente realizamos las preguntas necesarias para concretar algún dato, ampliar información, recoger la historia evolutiva del niño, etc.; también pedimos los informes médicos previos, exámenes complementarios, nos ponemos en contacto con la educadora de la guardería, etc. Toda esta información permitirá al entrevistador hacer una primera hipótesis diagnóstica que luego, a través de la exploración, confirmará, matizará o corregirá. Según sea el motivo de consulta o la situación del niño, será un miembro u otro miembro del equipo el que lleve a cabo esta exploración. Incluye, básicamente, la forma de relacionarse del niño con su entorno, (madre, terapeuta, objetos), su nivel evolutivo y sus competencias. Puede realizarse a través de sesiones de juego o, si se precisa, la pasación de algún test. Según el nivel de desarrollo del niño y su capacidad de separarse,  se hará en presencia o no de la madre. Todo esto nos permitirá establecer “nuestro diagnóstico” que completará aquel que, a menudo, la familia había recibido previamente.

En nuestra experiencia, cuando hay un diagnóstico médico previo como puede ser el síndrome de Down, hemorragia intracraneal, dificultades visuales severas, generalmente éste es inequívoco, cerrado, opresivo.  Se trata, por tanto, de que nuestro equipo establezca otro diagnóstico: el de las posibilidades evolutivas, las capacidades, etc. que añadimos al primero. Pienso que es muy importante tener en cuenta como comunicamos nuestras impresiones a la familia, ya que de ello dependerá, en parte, el ánimo y el interés con que conseguirán comunicarse, vincularse y, por tanto, estimular al niño. Si lo dejamos todo “en manos de los cromosomas” y no explicamos con claridad que el progreso –y por tanto el futuro del niño– será distinto dependiendo de lo que hagamos a partir de ahora, difícil es que les podamos interesar en nuestras propuestas. Debemos ser veraces, transmitir la realidad, no fomentar la negación ni la idealización ya que es la única forma de que los padres –y la escuela, los familiares– puedan orientarse en cuanto a las necesidades del niño. Pero también, debemos transmitir las posibilidades de progreso, las capacidades que hemos observado en el bebé ya que son éstas las que, a través de nuestro trabajo, pretendemos estimular y potenciar.

Desequilibrar la balanza en forma negativa, transmitiendo únicamente la gravedad, las secuelas, el riesgo en cuanto al futuro, serviría solamente para deprimir más a los padres, con lo cual tendrían pocas posibilidades de vincularse a su bebé. Ser triunfalistas, negar la gravedad, es evidente que sería un engaño y que tampoco ayudaría.

Nuestro diagnóstico –aunque no necesariamente se comunique de esta forma a la familia– debe incluir, además de la situación del niño, una aproximación a la situación familiar: capacidades de los padres, ansiedades, proyecciones sobre el niño, relaciones de éste con los hermanos, etc. pues todo ello influye en el planteamiento terapéutico que hagamos. Junto  con nuestra explicación del diagnóstico debemos, también, hacer una propuesta terapéutica.  El trabajo debe tender a modificar las ansiedades y las defensas de la familia y de cada uno de sus miembros, de forma que el sistema relacional ayude al máximo al progreso de todos ellos. Así, según creemos necesario se proponen sesiones: madre-niño, padres-niño, o bien, tratamiento al niño y entrevistas de seguimiento a la familia. Siempre  procuramos que el tratamiento  lo realice el terapeuta más adecuado según el motivo de consulta, el diagnóstico funcional y las necesidades familiares. De todos modos, tanto si el tratamiento directo lo lleva a cabo la fisioterapeuta, la logopeda, o la psicóloga del equipo, se deberá tener en cuenta en todo momento el sistema relacional, siempre complejo de la familia e incluir las aportaciones de los demás miembros del equipo. 

Hemos de tener presente que por dificultades personales una madre, en la práctica,  puede no ser capaz de realizar algo concreto que se le está indicando, pero en  la consulta expondrá sus “razones” –racionalizaciones– de porque no puede hacerlo. Hemos de ayudarla adecuadamente, sabiendo que el sentimiento de culpa por no ser “obediente” con nosotros puede empeorar su depresión o ansiedad. Lo ilustraré con las siguientes viñetas clínicas:

Mientras atiende la demanda de una familia que ha consultado por un niño afectado de parálisis cerebral, la fisioterapeuta se da cuenta de la ansiedad, temores y sentimientos de culpa de la madre, que la llevan a no permitir que el niño experimente con su propio cuerpo y a tenerlo siempre en la sillita, a pesar de que se le ha recomendado que lo deje más rato en el suelo en una colchoneta. Si la fisioterapeuta puede escuchar a la madre en una atmósfera suficientemente receptiva, contenedora y la ayuda a que hable de la ansiedad, las fantasías y los temores que le despiertan los movimientos desorganizados y anómalos de su hijo, la estará ayudando a poder soportar mejor estas dificultades. Con esto favorecerá que pueda soportar  verlo moverse mal y que, en consecuencia, pueda permitirle ejercitar sus movimientos en la colchoneta.

Otro ejemplo en el mismo sentido: una madre de mediana edad consultó porque su hijo de veintiséis meses era muy inquieto y presentaba un retraso global del desarrollo,  sobre todo, del habla. En la primera visita refirió que en la guardería le habían dado consignas respecto a no “malcriar ni consentir al hijo” y de “obligarlo a hablar”. Posteriormente, relató la separación del matrimonio –meses antes de la consulta–, de la cual no se había rehecho y que la había llevado a “pegarse” –literalmente–  a su bebé: dormía con él y le costaba muchísimo dejarlo en la guardería. A la vez, temía que en un futuro el hijo la dejara, porque “le veía el mismo carácter que su padre: chulo, pasota”. Aunque la educadora de la guardería tenía razón en que la forma de relación que madre y niño establecían era poco adecuada y no favorecía el progreso del éste, había que ayudar a la mujer a ver al niño como alguien separado de ella, con su individualidad y, también, con su propio carácter, distinto del padre, para que pudiese realmente seguir con las indicaciones que se le habían dado. Sentirse incapaz y mala madre sólo podía empeorar su situación.

Cada familia nos obliga a adecuar nuestro nivel de intervención: desde dirigir, diciendo de forma concreta qué deben y qué no deben hacer –en caso de que puedan hacerlo– en la crianza de sus hijos, hasta sencillamente respaldar, apoyar y contener. Con frecuencia, madres a las que al principio hay que guiar de forma abierta, asumiendo su necesidad de dependencia, en la medida que se sitúan, se

tranquilizan, están menos ansiosas y se pueden ir haciendo cargo, cada vez más, de observar por ellas mismas y de entender las situaciones, desarrollan gradualmente sus capacidades de crianza. Si entre tanto, además, el hijo progresa, les será más fácil vincularse adecuadamente a él. En estos casos, es muy útil que la madre asista a las sesiones con su hijo. Igualmente, incluir ésta en las sesiones minimizará la posibilidad de que ésta sienta rivalidad del o de la terapeuta que actúa como “una buena madre de su hijo”, hecho que hay que cuidar  procurar evitar, ya que sólo empeoraría la situación relacional entre ambos.

El hecho de que la madre asista más o menos tiempo a las sesiones del hijo dependerá de cual es el objetivo primero del tratamiento y, naturalmente, de la posibilidad de que ella pueda aprovechar el espacio relacional que le ofrece su presencia en las sesiones. En algunos casos, debido a su propia patología, la madre no sólo no es capaz de observar y sacar partido, sino que es claramente una interferencia y, por tanto, deberemos atenderla de su inicio, en un espacio diferenciado del de su hijo. 

Hay madres que con muy poca ayuda van bien. Tan sólo apoyándolas en la difícil situación de tener un hijo con deficiencias severas, ayudándolas a pensar en voz alta, reforzando aquello que espontáneamente harían, pero que dada la situación de mayor complejidad les hace dudar, son capaces de encontrar formas de relación ricas y estimulantes tanto para ellas como para el niño. Son madres que observan e interpretan bien a su hijo, ven sus dificultades, pero que también son capaces de captar sus recursos y apoyarles para que los utilicen. Estas madres, que en condiciones normales nunca nos hubiesen llegado, más que otra cosa, nos enseñan. Recuerdo un niño de cuatro años con una parálisis cerebral severa pero muy bien conectado con su entorno que, a su nivel, se comunicaba perfectamente a través de un código de signos que había ido surgiendo entre él y su madre de forma natural: ella le hablaba y él respondía con algún gesto. A la vez, la madre había ido transmitiendo este código a todos los que estábamos próximos al niño de forma que pudiéramos entender aquello que él deseaba decirnos. 

Diferentes momentos a lo largo del proceso 

En cada etapa de la vida del niño, las ansiedades, los temores, las preocupaciones de los padres, son vividas de diferentes maneras y esto debe ser tenido en cuenta. Hay circunstancias que vuelven a hacer más presente la dificultad del hijo y en ellas emerger a primer plano el dolor y la depresión: el primer cumpleaños, en que el bebé puede estar lejos de caminar como ellos hubiesen esperado; la comunicación de un diagnóstico neurológico, que vuelve a dejar claro, aunque ya se les hubiese dicho, que no hay “cura” posible; la entrada en la guardería, que pone en evidencia las dificultades por comparación con sus compañeros, o la despedida del servicio de atención precoz que, a veces, los padres viven como un abandono por nuestra parte. Son momentos en que vuelve a verse de forma clara la diferencia entre el bebé real y el niño esperado, soñado.

Grupos de padres

Una buena herramienta que podemos utilizar en este proceso de ayudar a los padres a metabolizary elaborar la situación de sus hijos, son los grupos de padres. Su objetivo es favorecer que puedan compartir entre ellos –con la ayuda del o de los terapeutas y con el foco centrado en la relación con sus hijos-, las reacciones, expectativas, posibilidades y frustraciones que sus hijos les despiertan (Torras de Beà, 1996). Encontrarse con otros padres en una situación similar a la suya les permite poder compartir sus sentimientos y sentirse comprendidos de una forma que muchas veces no han podido tener con anterioridad. Manifiestan a menudo que los familiares no los entienden, los amigos les compadecen y los profesionales son eso, profesionales y no pueden ponerse en su lugar e, incluso, que “ya lo ven todo normal porque ya están acostumbrados”. Este espacio entre iguales ayuda a compartir su sufrimiento por el hijo discapacitado, les ayuda a poner sus sentimientos, ansiedades y  temores en palabras, y mejora sus posibilidades de relacionarse con él.  Recuerdo una madre que en un grupo expresaba algo así como: “los demás padres no comprenden que celebremos

que nuestro hijo hace algo que ya hace tiempo que debería saber hacerlo; más bien piensan que nos tendríamos que desanimar.  Ellos no saben cuanto nos ha costado este progreso. Lo tenemos que celebrar todo en privado” (Beà, N y Tarragó, R, 1997). Evidentemente, no todos los padres pueden aprovechar una experiencia de intercambio de este tipo, por lo que es necesaria una indicación adecuada.

Atencion directa al niño

A partir del momento en que el niño puede quedarse solo con el terapeuta, con frecuencia realizamos el tratamiento a través de la relación directa con él, sin la presencia de los padres. Pensamos que ofrecer al niño un espacio propio, cuando está preparado para ello, permite que él y el terapeuta entablen relación a un nivel que estimule el proceso de individuación y autonomía, del desarrollo de su identidad, así como, hablarle de su ansiedad, sus dificultades, su forma de enfrentarlas, de las defensas que utiliza más, etc.

El tratamiento estimulativo que realizamos siempre es global, atendiendo a toda la evolución del niño –situación emocional, motricidad, pensamiento verbal, habla, lenguaje– pues cualquier actividad que se le proponga a un niño de corta edad incluye siempre todos estos aspectos. Naturalmente, el terapeuta prestará especial atención al foco primario de sus dificultades, pero sin descuidar los otros aspectos y deberá estar atento a ellos, en especial, a la forma como el niño entiende, tolera, niega sus dificultades y la ayuda que recibe. 

La función del terapeuta no estará muy alejada de aquello que se presupone que las madres “suficientemente buenas” –en palabras de Winnicott (1987)– hacen por sus hijos: de un lado acoger y contener sus emociones, verbalizarlas y al mismo tiempo que ponen en palabras todo cuanto van haciendo. El terapeuta deberá, pues, partir de conocer al niño lo más profundamente posible, porque solamente así podrá explicarle aquello que ocurre entre los dos; pero también, porque solamente así podrá hacerle al niño propuestas capaces de interesarle. El profesional, también, deberá fijarse en el tipo de relación que el niño establece con él, no sea que imite, construya, juegue, etc. de forma repetitiva, pero sin la motivación y el interés que requiere aprender, sino llevado de la necesidad de agradar, de mostrárse complaciente con el adulto, de adherirse, de ser sobreprotegido, valorado,  situación que, evidentemente, no favorecerían su individuación y progreso real.

Hemos de recordar que solamente a través del interés, la motivación y el deseo del niño se logrará que pueda prestar atención a lo que se le propone y, solamente así, cualquier cosa será viva y cobrará significado de forma que sea integrable. No se trata de suministrar al niño una acumulación de datos repetitivos y estereotipados, sino de partir de su motivación para proponer interacciones, actividades y juegos que le permitan aumentar sus capacidades.

Conclusiones

Nuestra experiencia nos lleva a la convicción de que la atención precoz debe realizarse en una atmósfera relacional adecuada al niño y sus padres. Esto significa estar especialmente atentos a las ansiedades y los sistemas defensivos que se ponen en marcha en dicha relación, para introducir elementos que favorezcan el progreso del niño.

El modelo que presentamos requiere una fuerte implicación por parte de los padres. Cuando éstos –por las razones que fuere- no tienen suficiente disponibilidad, o bien por su estructura de personalidad o su psicopatología no pueden aprovecharlo debemos buscar otras formas de intervención, generalmente más directivas hacia los padres, o que incluyan más atención directa al niño.

Notas

  1. Una versión oral de este trabajo fue presentada en la XI Reunión Interdisciplinar sobre Poblaciones de Alto Riesgo de Deficiencias, organizada por el Real Patronato de Personas con Disminución, en Madrid, el 30 de noviembre de 2001.

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