La ansiedad forma parte de la vida, tanto infantil como adulta, y el miedo es una de sus manifestaciones más frecuentes. A lo largo del proceso de crecimiento y maduración, niños y jóvenes ensayan progresivamente su capacidad para tolerarla y afrontar situaciones que la generan. Cuando la ansiedad se hace insoportable y colapsa los recursos del individuo, se pude configurar un cuadro psicopatológico.
Los miedos y algunas fobias a menudo aparecen y forman parte de la evolución infantil. Niños y jóvenes han de afrontar de manera continuada situaciones novedosas o desconocidas que “asustan” y vienen a conformar toda una gamma de miedos habituales: a los extraños, a la oscuridad, a ciertos animales, a la muerte, a estar solo o sola, a otro sexo, a independizarse, etc. Incluso, durante la primera infancia (es decir, en los primeros 5 años de vida) la ausencia de miedo podría tener un significado patológico.
Fins i tot a la primera infància (és a dir, els primers 5 anys de la vida) l’absència de pors podria tenir un significat patològic.
Miedos normales
En la evolución normal el miedo al extraño aparece cuando el niño puede distinguir entre experiencias y personas conocidas (por ejemplo los padres), de aquellas que no lo son o que son percibidas como potencialmente amenazadoras, cosa que le permitirá evitarlas. En este sentido el miedo es, inicialmente, una reacción adaptativa que regula el contacto con la realidad, la comprensión del entorno y sus peligros, así como el ser consciente de uno mismo y de sus propias capacidades y limitaciones.
Desde un punto de vista evolutivo se observa como los miedos del niño ante un extraño (entre el octavo mes y los dos años) son necesarios y normales y tienen que ver con el miedo a perder a los padres: por esto es tan importante la presencia tranquilizadora de éstos. Lo que no sería tan normal es que niños tan pequeños se fueran indistintamente con cualquiera, sea conocido o no.
La reacción de la familia es esencial para una evolución positiva de los miedos, a través de una actitud de contención y transmisora de confianza y seguridad: aprender y saber que puede y que no puede pasar, con la ayuda de alguien fiable, permite la superación de los primeros miedos habituales y que el niño adapte progresivamente sus fantasías a una realidad externa, menos amenazadora (por ejemplo, todos sabemos el efecto tranquilizador que tiene en el niño pequeño el hecho de conocer, antes de iniciar el curso, la nueva escuela a la cual asistirá, el nuevo maestro, a lo mejor algunos de sus compañeros...).
Los miedos edípicos, fobias propiamente dichas (de los 3 a los 5 años aproximadamente), se vinculan a situaciones u objetos concretos, pero son transitorias y suelen desaparecer poco a poco a partir de los 6 años. En general los miedos y fobias normales tienen que ver con las angustias internas vinculadas a los inevitables conflictos que surgen a lo largo del desarrollo.
Fobias
Son temores injustificados que aparecen sistemáticamente delante de un objeto, persona, animal o situación bien precisa y cuya posibilidad de afrontarlos genera una intensa reacción de ansiedad que hace que el niño o adolescente busque la manera de evitar este miedo insoportable a través de conductas evitativas o contrafóbicas. El paso de los miedos a una fobia depende del proceso de maduración personal, de las experiencias vividas (pasadas y actuales) y del tipo de relación paterno-filiales.
La distinción clínica entre miedos y fobias se efectúa a partir de las características básicas de éstas: persistencia en el tiempo, angustia desaforada, presencia recurrente de conductas de evitación y confusión entre el origen interno/externo de la angustia. Consideramos, pues, que en las fobias un conflicto interno ansiógeno se desplaza a un objeto externo concreto que deviene más evitable, previsible y controlable, a fin de mantener una cierta tranquilidad interior y librarnos de esta forma del conflicto originario.
En los niños esto genera una diversidad de síntomas: somáticos, conductuales, emocionales, etc. Como ejemplo podríamos citar las fobias escolares, estrechamente relacionadas con angustias tempranas de separación; estas constituyen vivencias dolorosas de inseguridad y amenaza asociadas tanto a una inmadurez personal para soportar una tensión interna o externa, como a la dependencia excesiva de un objeto externo protector que se necesita tener siempre cerca y cuya ausencia no se puede tolerar.
Aunque el método de enseñar racionalmente ayuda a disminuir significativamente los miedos normales, en el caso de temores fóbicos no siempre se obtienen los mismos resultados: el conocimiento, la razón, no sirven, generalmente, para disminuir la angustia fóbica debido a su origen inconsciente; por tanto, convendrá una ayuda terapéutica especializada que vaya mas allá de las explicaciones generales o impersonales.
A menudo, y de forma equivocada, los adultos del entorno del niño fóbico tratan de convencerloracionalmente de la irracionalidad de sus miedos lo cual, además de ser poco útil, añade un nuevo foco de tensión y conflicto entre la lógica racional conocida y la propia, desconocida, de su malestar interno.
Jordi Borràs.
Psicólogo clínico



